domingo, 1 de mayo de 2016

Páginas del Marxismo Latinoamericano


La Revolución de Octubre y los Intelectuales Argentinos*


Aníbal Ponce

LA REFORMA UNIVERSITARIA, iniciada como un movimiento de protesta contra una escuela envejecida, se convirtió rápidamente en una verdadera revolución estudiantil (mayo de 1928). Una nueva generación entraba vida proclamando muy alto su inquietud renovadora, y el país entero, preocupado de otras cosas, sintió con asombro, su empuje y su fuerza. Entre las pasiones callejeras que el periodismo encendía y los políticos aprovechaban, la juventud universitaria de Córdoba tomaba por asalto el más firme reducto de la reacción conservadora.

Mientras tanto, la neutralidad aparente de la nación no alcanzaba a impedir que llegaran hasta nosotros los estragos de la tragedia remota. Las facciones rivales envenenaban los espíritus con sus odios recíprocos, y la guerra vivía en los hogares, en las escuelas, en los partidos. Las mentiras de la prensa capitalista, la propaganda de las agencias inglesas, el viejo amor filial hacia la Francia, el aparente idealismo del presidente Wilson, parecieron conferir a los ejércitos aliados la defensa victoriosa de los ideales revolucionarios.

Voces aisladas llegaron más tarde: Romain Rolland, Barbusse, Frank, Latsko… Con los ojos enrojecidos por la hoguera, con la palabra casi quebrada por la emoción, los precursores nos gritaban todo el horror de la mentira inicua: nada de guerra por el derecho, nada de guerra por la justicia. Industriales de un lado, industriales del otro; carbón y acero, hulla y petróleo. La pobre bestia humana perecía a millones; ellos en cambio conquistaban la gloria, entraban a las Academias, centuplicaban sus tesoros.

Nadie ha contado aún cómo latía nuestro corazón de los veinte años en aquel momento decisivo de la historia. En la incertidumbre y el desconcierto, llevábamos vividos varios años, tenso el oído a los rumores lejanos. Sabíamos sí, con absoluta certidumbre, que la sociedad feudal agonizaba y que entre los escombros de un mundo deshecho, empezaba a diseñarse la ciudad del futuro. Desde la Rusia remota, el resplandor de la hoguera llegaba hasta nosotros con un sordo clamor creciente, enorme y vago como el pensamiento de las muchedumbres. Eran tan inauditos los sucesos, que retrocedieron para nosotros los límites de lo imposible. Como en el verso de Milton, “en medio del día habíamos visto levantarse la aurora”.

Pero, ¿cómo discernir entre el tumulto de las voces, la palabra de vida que señalara el camino? ¿Quién echaría sobre sí la responsabilidad tremenda de orientador y de vigía? En torno nuestro, el espectáculo indigno de los momentos graves: los profesionales de la política moviéndose en las sombras; los intelectuales del país llamándose a silencio. El miedo en todas partes; el miedo hipócrita que siempre habla de la patria y del hogar comprometido; el miedo en fin, que habría de dar, muy pronto, en la “Gran Colecta” su nota cómica y en la “semana de enero” su mueca trágica.

Sólo un hombre podía hablar y hacia él se volvían nuestros ojos. Millares de estudiantes y de obreros caldeaban la sala del Teatro Nuevo, la noche aquella de la conferencia memorable (122 de noviembre de1918), como si la intensidad de la expectativa pusiera en cada uno, un trémolo de emoción. Ingenieros apareció por fin, y con la misma sencilla naturalidad de todo lo suyo, se adelantó a la tribuna como si fuera una cátedra. Trazó a grandes rasgos el panorama revolucionario de la preguerra, tal como se había presentado, con signos inequívocos, en las transformaciones de la política, en las legislaciones del trabajo, en la renovación de los ideales éticos. En los talleres y en las escuelas, en los parlamentos y en las barricadas, mil indicios sugestivos pronosticaban la inminencia de una crisis decisiva y nadie ignoraba que una guerra entre los grandes Estados capitalistas europeos traería, como consecuencia lógica, el triunfo definitivo de las más radicales aspiraciones de las izquierdas. Pero vino la “gran guerra” y pocos, muy pocos en el mundo, pudieron sustraerse a la locura colectiva. La humareda de los combates pareció enceguecerlos. Tomando partido por uno u otro de los bandos combatientes, como si residiera en la victoria de las armas la finalidad verdadera de la guerra. Fue a principios del 18 cuando ocurrió en Rusia un vuelco decisivo, y el quinto congreso panruso de los soviets, al dictar para los pueblos emancipados el Estatuto Constitucional, inauguraba un nuevo capítulo en la filosofía del derecho político, imprimiendo nuevos caracteres al sistema republicano de gobierno, nacionalizando las fuentes de producción, suprimiendo el parasitismo de las clases ociosas. Pese a las injurias de las agencias telegráficas que los gobiernos interesados difundían por el mundo, Ingenieros afirmaba que el movimiento maximalista representa la Revolución Social en su significado verdadero, tal como fuera previsto antes de la guerra y tal como pusiera un rayo de esperanza en los ojos moribundos de Reclus.

Los errores inevitables del comienzo, las aparentes contradicciones de los primeros pasos, los excesos del sectarismo o del terror, podrán perturbar el juicio de los envejecidos o de los espantadizos. Para quien siga el curso de la historia con la visión panorámica que ignora los detalles, la Revolución Rusa señala en el mundo el advenimiento de la justicia social. Preparémonos para recibirla; pujemos por formar en el alma colectiva, la clara conciencia de las aspiraciones novísimas. “Y esa conciencia –terminaba Ingenieros– solo puede formarse en una parte de la sociedad, en los jóvenes, en los innovadores, en los oprimidos, que son ellos la minoría pensante y actuante de toda sociedad, los únicos capaces de comprender y amar el porvenir”.

Jamás, como en aquella noche, Ingenieros estuvo tan cerca de nuestro corazón.


*El presente texto pertenece al libro José Ingenieros, su vida y su obra, publicado en 1926.

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