domingo, 1 de junio de 2014

Comentario de Libros



Comentario al libro Memorias desde Némesis*





Eduardo Ibarra





Escrito en 1996 –cuatro años después de la detención de su autor– la publicación de este libro –dieciocho años después de haber sido escrito– es un acontecimiento en la historia de la bibliografía del Socialismo Peruano.



Es notorio que Memorias desde Némesis fue escrito con una intención: esclarecer el papel cumplido por su autor en la lucha contra las diversas desviaciones en el seno del Partido en los años sesenta y setenta y, al mismo tiempo, en la lucha por la reconstitución.



Ciertamente ningún otro dirigente de ese período puede presentar una foja de servicio al Partido de esa importancia.



Sin embargo, indirectamente, el propio libro da cuenta de dos errores de concepción cometidos por su autor: uno relativo al proceso de la revolución peruana, y otro relativo a la reconstitución partidaria.



En efecto, el acuerdo de la Quinta Conferencia acerca de “la construcción y desarrollo de las fuerzas armadas como tarea principal del Partido”, expresa una concepción unilateral y estrecha de nuestro proceso revolucionario; mientras el concepto de “reconstituir el partido para la guerra popular”, expresa igualmente una concepción unilateral y estrecha del objetivo del Partido.



Nos explicamos. En Problemas de la guerra y de la estrategia (noviembre 1938), Mao escribió: “La particularidad de China es que no es un país independiente y democrático, sino semicolonial y semifeudal, donde no hay democracia, sino opresión feudal, y que en sus relaciones exteriores no goza de independencia nacional, sino que sufre la opresión imperialista. Por lo tanto, no tenemos parlamento que utilizar, ni derecho legal de organizar a los obreros para realizar huelgas. Aquí la tarea fundamental del Partido Comunista no consiste en pasar por un largo período de lucha legal antes de emprender el levantamiento y la guerra, ni en apoderarse primero de las ciudades y luego ocupar el campo, sino en todo lo contrario” (OE, t.II, p. 226). Y más adelante agregó: “En China, la revolución armada combate a la contrarrevolución armada. Tal es una de las peculiaridades y una de las ventajas de la revolución china” (ibídem, p.227). Y concluyó: “En China, la forma principal de lucha es la guerra, y la forma principal de organización, el ejército” (ibídem, p.227).



En el Perú, en cambio, existe el régimen democrático. Aunque minusválido e intermitente, este régimen determina una nota particular del proceso de la revolución peruana en comparación al de la revolución china.



Así pues, mientras en la patria de Mao estuvo cerrada toda posibilidad de preparar “pacíficamente” la revolución y, por esto, el Partido debió proceder a organizar desde un principio la guerra popular en el marco de una situación revolucionaria cuya característica fundamental era la movilización de millones de campesinos, en el Perú de 1965 se imponía un período de preparación “pacífica” de la revolución que le permitiera al Partido convertirse en una potencia política en el grado necesario para acometer la lucha violenta por el poder.



Pero la llamada “tarea principal de la Quinta Conferencia” era concebida como la tarea central a aplicarse inmediatamente. Es notorio, pues, que dicha Conferencia aplicó mecánicamente la experiencia de la revolución china, y, además, que, precisamente en el momento que retomaba el “legado” de Mariátegui, infringía su método de analizar concretamente nuestra realidad concreta.



Abimael Guzmán señala en su libro: “La Facción Roja cumplió papel importante en el desarrollo de la V Conferencia; y en lo que a mí respecta, participé en ella como parte de la Facción interviniendo en los debates sobre carácter de clase del gobierno de Belaúnde, situación revolucionaria, clandestinidad y construcción y desarrollo de las fuerzas armadas como tarea principal del Partido, y me cupo presentar las propuestas sobre clandestinidad y tarea principal”.



Es claro, entonces, que, tanto en aquella aplicación mecánica de la experiencia de la revolución china como en aquella infracción del método mariateguiano, Guzmán tiene responsabilidad.



La Constitución del Partido tuvo como objetivo organizar la revolución: “El Partido Socialista del Perú es la vanguardia del proletariado, la fuerza política que asume la tarea de su orientación y dirección en la lucha por la realización de sus ideales de clase” (Programa del partido, en Ideología y política, p.162). Por lo tanto, la Reconstitución tenía y tiene el mismo objetivo.



Pero Guzmán planteó la reconstitución del Partido no para la revolución –no para “la realización de sus ideales de clase”–, sino “para la guerra popular”, revelando así una concepción estrecha y unilateral, pues no es lo mismo revolución que guerra popular: el primer concepto es más amplio e implica un proceso histórico más o menos prolongado, mientras el segundo es apenas un medio para acceder al poder.



Tanto la no observancia de una concepción correcta del proceso de la revolución peruana, así como la concepción de reconstituir el Partido para la guerra popular, fueron errores de carácter estratégico. Y, como es obvio, el segundo se derivó del primero, de manera tal que ambos errores están íntimamente ligados entre sí.



Pues bien, la lucha armada como “tarea principal del Partido” y la reconstitución como “reconstitución del Partido para la guerra popular”, fueron dos premisas que sustentaron el inicio de la lucha armada el 17 de mayo de 1980.



Por lo tanto, ahora puede percibirse que, en última instancia, la grave derrota sufrida por el PCP-SL se debió precisamente a los dos mencionados errores estratégicos. Y es claro que Guzmán es el responsable principal de los mismos.



Pero examinemos más de cerca las cosas. Con el golpe militar del 3 de octubre de 1968, la tarea principal de la Quinta Conferencia cobró de pronto una vigencia que no tuvo en el período noviembre 1965-setiembre 1968.



Por lo tanto, en la medida en que, en las nuevas condiciones creadas por el régimen militar, los conceptos de revolución y guerra popular se fusionaron, aquello de “reconstituir el Partido para la guerra popular” cobró repentina validez táctica.



Pero de octubre de 1968 a los últimos meses de 1979, el Partido debió empeñar la lucha contra el oportunismo de derecha disfrazado de “izquierda”, y, luego, contra el liquidacionismo de derecha y el liquidacionismo de izquierda, y, por esto, no pudo concretar la tarea de la Quinta Conferencia, no obstante que, en un sentido general, eran propicias las condiciones que significaba la vigencia del régimen militar.



En mayo de 1980 el país se encontraba a punto de volver al régimen democrático burgués, y, por esta razón, “la tarea principal de la Quinta Conferencia” y la fusión de los conceptos revolución y guerra popular perdieron vigencia.



Por eso, era necesario que el Partido replanteara su táctica y, respondiendo realistamente a la nueva situación, se abocara a la preparación “pacífica” del asalto violento del poder.



Pero Guzmán se encontraba prisionero de una concepción unilateral y estrecha del proceso de la revolución peruana y de la reconstitución del Partido, y, así, mostró no tener la suficiente flexibilidad mental para replantear la táctica de su partido.



En Guerra de guerrillas, un método, Che Guevara señaló que la lucha armada no puede prosperar en las condiciones del régimen democrático. Y es cierto: la propia derrota del PCP-SL confirma el aserto guevarista.



Iniciar una lucha armada cuando no existía en el país ni en ninguna de sus regiones una situación revolucionaria, es, sin duda, una completa irresponsabilidad. Dicho sea de paso: en el libro El pez fuera del agua… hemos hecho la crítica de la idea de que la situación revolucionaria en el Perú es permanente, así como la crítica de la tergiversación que comete Guzmán de las tesis de Lenin sobre la situación revolucionaria.



Así pues, Abimael Guzmán aparece como el principal responsable de la grave derrota sufrida por el PCP-SL.



Sin embargo, en Memorias desde Némesis no hay ninguna autocrítica de su autor, seguramente porque, no obstante los hechos y el tiempo transcurrido, no ha cobrado conciencia de sus errores de concepción.



Desde luego, en el libro hay muchas otras cuestiones que merecen un análisis detallado, pero no es posible hacer esto en un rápido comentario como el presente. Por eso nos hemos limitado a destacar dos cuestiones fundamentales cuyo examen permite entender las causas más profundas de la grave derrota del PCP-SL.



Por otro lado, Memorias desde Némesis tiene, entre otros, el mérito de dar cuenta de los antecedentes de un hecho actual: como seguramente se sabe, desde hace un tiempo Sergio –es decir Ramón García, quien firma como Ragarro, y que, para decir aquello que no tiene el valor de decir con su nombre, se embozó hace ya casi dos años tras el seudónimo de Eusebio Leyva– pretende levantar cabeza fundando un partido-amalgama dirigido desde la sombra por un puñado de “marxistas” no leninistas.



Copiemos lo que de García y su “grupo bolchevique” sostiene, documentadamente, Abimael Guzmán.



“El Comité Regional de Lima (denominado 14 de junio, como José Carlos Mariátegui el de Ayacucho, o Túpac Amaru el de Cuzco, de manera no sujeta a las normas comunistas), en la década del sesenta, sirvió de base a Sotomayor, primero; posteriormente copada su dirección por paredistas, fue utilizado contra la Juventud Comunista y, finalizando el decenio, en 1969, en plena lucha del Partido y la Facción Roja contra el liquidacionismo de derecha, apoyaba a Paredes. Sin embargo, una parte del mismo apoyó la defensa del Partido asumida en el II Pleno; pero el Comité quedó muy debilitado y desarticulado, correspondiendo a los camaradas de Lima la tarea de reagrupar la militancia y organizarla. En ese caldo de cultivo y circunstancias surgió el liquidacionismo de “izquierda” encabezado por Sergio y Manuel; liquidacionismo cuya esencia y parte de sus posiciones ideológicas y políticas, era aniquilar el Partido aislándolo de las masas y la lucha de clases, así como el liquidacionismo de derecha aniquilaba el Partido disolviéndolo en las masas. La Facción Roja y el “Grupo bolchevique” convergieron en la defensa del Partido en la VI Conferencia, en la lucha contra la destrucción de la organización partidaria clandestina perpetrada por el liquidacionismo de derecha y, principalmente, en la defensa de la vida, de la existencia del Partido en el II Pleno (1970). No obstante, en este evento ya surgieron las contradicciones entre ambos en relación con el fascismo, para los autodenominados “bolcheviques” el fascismo en esencia era represión; las contradicciones se irían desarrollando hasta su solución el año 1975, tras antagonizarse”. “En 1970 Sergio escribió “Fortalecer nuestras filas”. Documento en que plantea la “estabilidad del capitalismo” y reduce la base de unidad a legado de Mariátegui; así como soslaya el trabajo campesino, el poner el peso del Partido en el campo para sustentar el trabajo militar y, aprovechando los cambios y problemas surgidos el 69 y 70, incluso sin considerarlos cuestiona el traslado de la Dirección planteado el 67 como parte de poner el centro en el campo (cuestionando, pues, el correcto planteamiento de 1967, sin proponer cómo resolver el problema en las nuevas condiciones, ya que evidentemente no se podía el 70, tras la división del Partido, hacer el traslado en las mismas condiciones que el 67). Todo esto sin más fundamento que generalidades, sin ver las condiciones específicas de nuestra revolución, invocando sólo abstractamente la experiencia internacional, y, menos aún, ver la larga perspectiva como el Presidente Mao enseña”. “Igualmente, en editorial de Bandera Roja Nº 44, sacada bajo su responsabilidad en Lima, con el título “Contra el fascismo, contra el liquidacionismo, llevar la lucha hasta el fin”, Sergio desenvuelve un plan programático-político diferente al del II Pleno. En él, a la vez que soslaya la Gran Revolución Cultural Proletaria, plantea que los ejércitos ya no le sirven al imperialismo y que el fascismo es la “contrarrevolución más feroz” que destruye todo tipo de organización; mientras el capitalismo burocrático lo entiende sólo como capitalismo de Estado; calla que la ley agraria 17716 sienta bases para la corporativización y reduce el II Pleno a la gran polémica”. “En el mismo número de Bandera Roja, en artículo “Reconstituir las organizaciones populares”, redactado por Manuel, se soslaya el pensamiento maotsetung, la línea política, el campesinado y se centra en llamar a “prepararse para soportar la represión política”. Así, se mostraba terror ante el fascismo y pérdida de perspectiva; fondo común de los liquidadores de “izquierda” basado en su “fascismo es violencia” que “barre todas las organizaciones”, vieja posición revisionista”.



“En el Balance de la Reconstitución del Regional 14 de junio del PCP (1972) se sistematiza el liquidacionismo de “izquierda”: apartándose más del II Pleno, se reduce toda la actividad partidaria a “crítica y preparación”. Estas, aparte de sustentarse en la supuesta existencia de “estabilidad del capitalismo”, aunque no lo diga expresamente, constriñe la “crítica” al estudio el desarrollo de las ideas marxistas en el Perú (sobre este punto elaboraron un esquema), olvidando aplicar el pensamiento de Mariátegui a la situación concreta y desarrollar su línea política; mientras que la “preparación” la entiende y practica como separación, más acentuada aún, de las masas y la lucha de clases, reduciendo la actividad “orgánica” a pequeños de intelectuales en cenáculo al margen de la tempestad y la contienda para que el fascismo, que “todo lo barre” según ellos, no los tocara; a la vez que su preocupación fundamental el “papel del individuo en la historia” y la “militancia como forma de vida” devenían en “anarquismo señorial”. Así el liquidacionismo de “izquierda” se enrumbaría más hacia la derecha hasta la deserción de sus dos cabezas en 1975, después de derrotada su oposición al desarrollo de los organismos generados”



“De esta manera debatió el Pleno (el III, julio 1973) el carácter del Gobierno Militar en 1973 y las posiciones que se daban frente a él; planteándose además la siguiente interrogante: ¿Es el fascismo esencialmente violencia? Hay quienes sostienen, decía, que el fascismo es, en esencia, violencia, que la violencia es la característica esencial que lo define; esta es la posición de revisionistas y revolucionaristas, de lo cual derivan que el régimen de Velasco Alvarado no es fascista sino revolucionario y reformista, respectivamente. Esta posición es oportunista y falsa, reducir el fascismo simplemente a violencia no correspondió ni al anterior a la segunda guerra mundial, menos al posterior a ella; el fascismo en esencia es la negación del sistema de gobierno demoliberal (no de la dictadura burguesa), y el que lleve adelante sus planes por la violencia no es sino el camino para defender y mantener el viejo orden según sus necesidades y circunstancias, así el fascismo de Hitler, Mussolini, Franco y otros recurrió a la más desenfrenada y brutal violencia. Por otro lado, piénsese que el Estado es la “violencia organizada” y que la doble política reaccionaria ha potenciado inmensamente la violencia contrarrevolucionaria en la época del imperialismo. Mas lo anterior no niega el carácter de clase del Estado ni la ciencia política de sus objetivos; ni tampoco que la violencia elevada a nivel de guerra sea la forma principal para resolver las contradicciones fundamentales y trascendentes del mundo social. Tal fue, en líneas generales, el debate sobre este importante problema en el III Pleno”.



“Fue la reunión plenaria [el IV Pleno] en que más ampliamente y a fondo se combatieron las posiciones del liquidacionismo de “izquierda”; el centro de la lucha de dos líneas estuvo en el trabajo de masas, principalmente contra la oposición de estos a desarrollar organismos generados. Sin embargo, claro está que, tras los planteamientos organizativos e incumplimiento socavador de los acuerdos del III Pleno, por el liquidacionismo de “izquierda” estaban sus posiciones políticas sobre la ofensiva corporativista del Gobierno y, en esencia, su concepción del fascismo como violencia incontenible que todo lo barre y desaparece. Para ellos, pues, no era posible desarrollar la construcción orgánica, menos aún el trabajo de masas, porque consideraban que se venía un “baño de sangre” y sólo cabía esperar que pasara la tormenta fascista; criterios sostenidos, precisamente, cuando la lucha popular ponía término al repliegue de las masas. Estos nuevos liquidadores, profundizando sus criterios anteriores habían devenido en practicantes acérrimos del ocultismo y pregoneros en corrillos de “basta línea”. Pero las posiciones del liquidacionismo de “izquierda” fueron barridas, ya que sus sustentadores en cenáculos no fueron capaces de sostenerlas y menos defenderlas en el Comité Central. No hubo, por lo demás, sanción alguna, contra nadie, en el IV Pleno; la Facción Roja llevó adelante exitosamente la sesión y los acuerdos se tomaron por unanimidad.



El V Pleno del Comité Central marcó no sólo el desarrollo de la línea proletaria, sino igualmente el término de la lucha contra el liquidacionismo de “izquierda” cuyas posiciones habían sido barridas ya en el IV Pleno, como viéramos, y además totalmente derrotado en la lucha de masas, principalmente en los organismos generados, que analizaremos a continuación. Más aún, sus dos conspicuos representantes se marcharon del Partido: Sergio, después de los sucesos de febrero del 75 en Lima, pidió licencia por un año en carta dejada al viajar (no está demás mencionar que en el Partido Comunista no hay licencias), sin retornar hasta hoy: y Manuel no concurrió al Pleno pese a ser citado y comprometerse a asistir, comunicó su alejamiento por carta. Así, pues, ni el V Pleno ni otro evento los expulsó, ni los sancionó; simplemente se registró su deserción”.



“Tampoco tiene fundamento alguno que se haya “expulsado a la mitad del Comité Regional 14 de junio”; y esto es así, sencillamente, porque tal Comité no tenía militancia organizada; el liquidacionismo de “izquierda” desmontó la organización. Fue precisamente después del V Pleno que se organizó el Comité y volvió a marchar orgánica y regularmente”.



Todo esto es historia del PCP. Pero, de este conjunto de cuestiones examinadas por Abimael Guzmán, es necesario destacar aquí las siguientes:



1)   En los años setenta Ramón García pretendió aniquilar el Partido aislándolo de las masas y la lucha de clases;



2) consecuente con ello, desmontó la organización del Comité Regional de Lima, donde tenía influencia; 



3) con el editorial de Bandera Roja Nº 44 planteó un plan programático-político diferente al del II Pleno;



4) redujo toda la actividad partidaria a “crítica y preparación”, constriñendo lo primero al estudio del desarrollo de las ideas marxistas en el Perú; y practicando lo segundo como separación de las masas y la lucha de clases;



5) fue practicante acérrimo del ocultismo y pregonero en corrillos de “basta línea”.



Puntualización especial merece la deserción de Ramón García y Manuel Montañez de las filas del Partido. En el artículo Las cinco caídas de yo el supremo, García se pavoneó sosteniendo que “fue expulsado, con pelos y señales, primero por el PC-U, segundo por el PC-BR, tercero por el PC-SL”. Pero ocurre que lo último no es cierto, y en su oportunidad se lo hicimos saber a los activistas del Socialismo Peruano.



La verdad del caso es la siguiente: “No hubo… sanción alguna, contra nadie, en el IV Pleno”; ni el V Pleno ni otro evento los expulsó, ni los sancionó; simplemente se registró su deserción”. Esta es, pues, la verdad histórica de los hechos que García intenta silenciar con la mentira de que fue expulsado del PCP-SL.



En el mismo artículo –y enseguida de lo citado arriba– García siguió pavoneándose: “Ciertamente, ciertamente, el Supremo resultó también otro ‘Duro de Matar’”. Pero la verdad es esta: “la Facción Roja llevó adelante exitosamente la sesión [el IV Pleno] y los acuerdos se tomaron por unanimidad” (las cursivas son nuestras).



Es decir, ¡el “Duro” capituló ante las posiciones de Guzmán y votó por ellas en contra de las suyas propias! Y, después de eso y de la violenta asonada del 5 de febrero de 1975, no solo desertó del Partido sino también de toda práctica política: en unos meses más cumplirá cuarenta años de inoperancia.



Por otro lado, es un hecho que, con su actual liquidacionismo de derecha, García está políticamente muerto. Y no por homicidio, sino por suicidio.



Para adelantarnos a cualquier malicioso reparo, transcribimos la siguiente cita de nuestro artículo A propósito de algunas “observaciones” (10.11.13): “mientras en 1967 García sostenía dos estructuras en el Partido, pero sin postular ninguna diferencia doctrinal entre ambas, ahora también sostiene dos estructuras, pero pretendiendo una diferencia doctrinal entre las mismas: el nivel secreto, restringido, debe ser doctrinariamente homogéneo, y el nivel público, masivo, debe ser doctrinariamente heterogéneo. De este modo ha pasado de una fórmula puramente orgánica a una fórmula marcadamente doctrinal, subastando así la independencia ideológica y organizativa del proletariado, es decir, liquidando al Partido como partido de clase. Así pues, de su liquidacionismo de izquierda de los años 1970, García ha pasado a su actual liquidacionismo de derecha. Esto es, como lo hemos señalado en otro lugar, revisionismo en cuestiones de organización”.



Por su parte, Manuel Montañez “no concurrió al Pleno [al V] pese a ser citado y comprometerse a asistir, [y] comunicó su alejamiento por carta”. De esta forma expresó la misma impotencia de García.



Hay que agregar, respecto al punto, algo que seguramente Guzmán no sabe. En el verano de 1975, con su liquidacionismo de “izquierda” bajo el brazo, García intentó levantar tienda propia, pero fracasó. Por lo tanto, en unas circunstancias en que el antagonismo con su liquidacionismo era orgánicamente tratado como contradicción no antagónica, su escisionismo aparece como escisionismo de un liquidador de “izquierda”. Este es el fondo de la cuestión. Por eso su apelación a la idea de un “escisionismo positivo” para justificar lo injustificable, no pasa de ser una burda maniobra para consumo de incautos.



Por lo demás, los otros liquidacionistas desertaron también siguiendo así el mal ejemplo de sus cabecillas. Por eso Guzmán aclara en su libro: “Tampoco tiene fundamento alguno que se haya ‘expulsado a la mitad del Comité Regional 14 de junio’; y esto es así, sencillamente, porque tal Comité no tenía militancia organizada”.



Así pues, si en los años setenta Ramón García pretendió liquidar el Partido aislándolo de las masas, ahora pretende hacer lo mismo disolviendo su carácter de clase en una organización de masas doctrinariamente variopinta.



Pues bien, como se ha podido ver, en el presente comentario el libro Memorias desde Némesis ha servido para esclarecer el papel cumplido por Abimael Guzmán en la vida partidaria de los años sesenta y setenta; para, al mismo tiempo, examinar sus errores de concepción con respecto al proceso de la revolución peruana y a la reconstitución del Partido; para, finalmente, explicarse un hecho actual como es el liquidacionismo de derecha de Ramón García, palingenesia de su liquidacionismo de “izquierda” de los años setenta: en el marxismo toda desviación es de derecha, pues las desviaciones de “izquierda” solo lo son en la forma.



Para terminar, subrayamos que Memorias desde Nemesis es un libro imprescindible para cualquiera que quiera estudiar la historia del Partido de los años sesenta y setenta, y, por lo tanto, una importante contribución a la bibliografía del Socialismo Peruano.



En las líneas finales de su libro, Guzmán dice que “la dirección de la guerra popular del Perú por el Partido Comunista será objeto de la segunda parte de este trabajo”. Esperamos que esta segunda parte haya sido escrita y pueda ser publicada.





*Este libro ha sido escrito por Abimael Guzmán. Varios pasajes del mismo demuestran que Elena Yparraguirre se limitó a firmarlo.



22.05.2014.

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