sábado, 8 de marzo de 2014

Economía

Salario y Ganancia


César Risso


El aumento de la remuneración de los ministros en 100% ha despertado la indignación de la población. Pero este hecho, que nos remite a la situación de desigualdad que vivimos permanentemente en nuestro país, dice mucho más que la indignada reacción de los trabajadores. Nos dice, por ejemplo, que independientemente de la experiencia y la formación profesional de los ministros, la burguesía reconoce a sus intelectuales, quienes se desempeñan como apologistas del sistema capitalista.

     Difícilmente la burguesía se podría sostener en el poder si no tuviera de su lado a toda una pléyade de intelectuales a sueldo, que elaboran “explicaciones” a cada uno de los “males” que genera la economía capitalista; que nos presentan las condiciones actuales de vida como ineluctables, y que no tenemos otra alternativa que convivir con la pobreza y la explotación, pues de lo contrario caeríamos en la barbarie.

     Es precisamente en la economía, o en los aspectos económicos de la sociedad, donde la burguesía es más sensible, pues descubre sus verdaderos móviles. En este sentido, Marx nos dice que  “En economía política, la libre investigación científica tiene que luchar con enemigos que otras ciencias no conocen. El carácter especial de la materia investigada levanta contra ella las pasiones más violentas, más mezquinas y más repugnantes que anidan en el pecho humano: las furias del interés privado. La venerable Iglesia anglicana, por ejemplo, perdona de mejor grado que se nieguen 38 de sus 39 artículos de fe que el que se la prive de un 1/39 de sus ingresos pecuniarios. Hoy día, el ateísmo es un pecado venial en comparación con el crimen que supone la pretensión de criticar el régimen de propiedad consagrado por el tiempo”. (C. Marx. El Capital. T. 1. Prólogo a la primera edición)

     La expresión teórica, en la economía, de la lucha de clases surge con David Ricardo. “Fijémonos en Inglaterra. Su economía política clásica aparece en un período en que aún no se ha desarrollado la lucha de clases. Es su último gran representante, Ricardo, quien por fin toma conscientemente como eje de sus investigaciones la contradicción de los intereses de clase, la contradicción entre el salario y la ganancia y entre la ganancia y la renta del suelo, aunque viendo simplistamente en esta contradicción una ley natural de la sociedad. Al llegar aquí, la ciencia burguesa de la economía tropieza con una barrera para ella infranqueable. Todavía en vida de Ricardo y enfrentándose con él, la economía burguesa encuentra su crítico en la persona de Sismondi”. (C. Marx. Ibídem)

     Cómo se ve, la contraposición entre salario y ganancia, como categorías que designan el papel que en la economía capitalista representan los trabajadores y la burguesía, no es nueva. Sin embargo, los actores político sociales como los ministros, y los dirigentes sindicales, actúan como lo fueran. El aumento de la ganancia capitalista disminuye el salario. Por ello, si se quiere aumentar el salario, inevitablemente debemos hacerlo a costa de la ganancia de los capitalistas. De modo que, en general, se puede aumentar las remuneraciones.

     La única limitación al aumento de las remuneraciones de los obreros asalariados, está en la negativa de la burguesía a reducir sus ganancias. Los múltiples argumentos de los “economistas” no son sino el esfuerzo intelectual al que se ven obligados para sostener su situación de privilegio, a través de la protección teórica de las ganancias de sus jefes en el poder.

     Veamos algunas cifras para demostrar la posibilidad de mejorar las condiciones materiales de existencia de la clase trabajadora en el actual sistema.

     La canasta básica familiar (CBF) para el año 2012, a nivel nacional,  fue de S/ 260 por persona. Considerando que el promedio de personas por hogar es de cuatro (INEI), se tiene que la CBF por hogar es de S/ 1040. Como la remuneración mínima vital (RMV) es de S/ 750, considerando que solo trabaja el padre, hay un déficit de ingreso en el hogar.

     Establezcamos ahora los criterios oficiales que se emplean en el cálculo del empleo. Tomamos como fuente información metodológica del INEI(http://www.inei.gob.pe/media/MenuRecursivo/metodologias/empleo01.pdf).

     “Las ‘Población ocupada’ es el conjunto de todas las personas que contando con la edad mínima especificada para la medición de la PEA durante el período de referencia, se encontraban realizando ‘algún trabajo’ […], ya sea como ‘Asalariado’, percibiendo un sueldo o salario, monetario o en especie o como ‘Empleado Independiente’, obteniendo un beneficio o ganancia familiar, monetario o en especie.
     “Las normas internacionales, con las cuales se tipifica al ocupado en el Perú, señalan que la noción de ‘algún trabajo’ debe ser interpretada como una hora de trabajo por lo menos en el periodo de referencia. Este requisito ofrece la seguridad de captar la mayor cantidad de trabajo posible y ayudar a establecer vínculos entre los datos de empleo y producción del Sistema de Cuentas Nacionales. Sin embargo, permite se abarque un universo heterogéneo, incluyendo a estudiantes o trabajadores ocasionales que trabajan sólo una hora o dos a la semana.

     “Asimismo, los trabajadores familiares no remunerados (TFNR), son consideradas como ocupados si trabajaron quince horas a más, en un negocio o explotación agrícola de un familiar. Este límite fue establecido tomando en consideración lo estipulado. […] para la clasificación de los TFNR […] ‘se debe aplicar el criterio de tiempo mínimo: por lo menos un tercio de las horas de trabajo normales’.”

     Consideremos los siguientes datos: la población en edad de trabajar (PET) para el año 2012 fue de 21 millones 939 mil 82 personas. La población económicamente activa (PEA) fue de 16 millones 142 mil 123 personas. La PEA ocupada fue de 15 millones 541 mil 484 personas. En tanto que la PEA desempleada fue de 600 mil 639 personas.

     Como se puede apreciar, el desempleo en el Perú es “mínimo”. Pero el dato de la población económicamente inactiva (PEI) es de 5 millones 797 mil 740 personas, que está considerada como aquella parte de la población en edad de trabajar que ya no busca trabajo. Es decir, no teniendo trabajo, al menos formal, no se les considera en el cómputo de los desempleados. Lo cual pone en evidencia que el desempleo es mucho mayor; a lo cual hay que añadir que se considera dentro de la PEA ocupada a personas que han laborado al menos una hora, recibiendo un salario monetario o en especie. Evidentemente este criterio esconde la verdadera situación de la población. Así, los más de 15 millones de personas de la PEA ocupada y los más de 5 millones de personas de la PEI, en realidad esconden el desempleo o la precariedad de la situación de los trabajadores.

     Además, los TFNR, que se da en las microempresas, que funcionan sobre todo con mano de obra familiar no remunerada, son considerados como empleados.

     Al parecer, los criterios metodológicos de medición del empleo y el desempleo están diseñados para esconder la realidad laboral del país. Esta es precisamente una de las labores de los intelectuales a sueldo de la burguesía.
     A falta de más datos, supongamos que de la PEA, que es de más de 16 millones de personas, incluyendo empleados y desempleados, laboran 10 millones. De otro lado, de los más de 5 millones de la PEI, supongamos que 3 millones tienen la necesidad y el deseo de trabajar. Tenemos un total de 9 millones de personas que necesitan empleo. La pregunta es, de dónde puede salir el pago de sus remuneraciones. Como ya hemos señalado, el aumento de las remuneraciones de los trabajadores disminuye las ganancias de los capitalistas. Entonces, es de las ganancias de estos últimos de quienes se debe tomar para el pago de las remuneraciones, o para el aumento de las mismas.

     El año 2012, en términos corrientes, el excedente de explotación (utilidades), en términos corrientes, fue de S/ 340 142 000 000. Si tomamos este dato y lo dividimos por 9 millones de personas sin empleo, nos daría la suma mensual de S/ 3149. Si consideramos que estos 9 millones de personas realmente no están buscando trabajo, ni lo necesitan, entonces la PEA ocupada podría recibir un aumento aproximado de S/ 1824.

     Otra alternativa estaría dada por recortar la jornada de trabajo a 4 horas diarias. Esto permitiría dar trabajo al total de la PEA, sin, por supuesto, reducir las remuneraciones. Esto se debe a que las utilidades equivalen a casi tres veces las remuneraciones (S/ 116 534 000 000) recibidas por los trabajadores el año 2012.

     Las posibilidades para mejorar las condiciones materiales de existencia de la población son favorables, siendo posible aumentar las remuneraciones, contratar a los trabajadores sin empleo, o reducir la jornada manteniendo la misma remuneración o incluso con un aumento.



Capitalismo No Es Igual a Mercado. (Apuntes de Trabajo)


Santiago Ibarra



1. El discurso dominante, que no busca sino continuar con la incorporación subalterna de los países periféricos a la dinámica de acumulación del centro, iguala los conceptos de capitalismo y mercado. El sentido político de esta igualación es asimilar el capitalismo al concepto de libertad, y, así, incorporarlo a un pretendido momento cúspide e insuperable de la evolución de las sociedades humanas.  

2. Mercado y capitalismo son, en rigor, no obstante, dos términos distintos. El mercado precede al capitalismo en varios milenios, y pervive en la actualidad. La producción mercantil ha estado presente en las más distintas formaciones sociales. En el imperio incaico, por ejemplo, el intercambio mercantil no estuvo ausente, en la sierra y en la costa sur del Perú, aunque no definió al sistema en su conjunto, sino que estuvo subordinado al sistema económico centralizado estatal (1).

3. Históricamente, el capitalismo surge cuando se dan cuatro condiciones: la propiedad privada sobre los medios de producción, un mercado de bienes, el trabajo asalariado, y, por último, la maquinaria y la gran industria, que garantiza la reproducción ampliada del capital. Estas características aparecen juntas solamente en el siglo XVIII (2)

4. Marx expresaba la fórmula general del capital en los términos de D-M-D’, y la de la producción mercantil, en la de M-D-M’. La diferencia entre ambas, a pesar de contener los mismos términos (M y D), es esencial. Solamente la primera fórmula expresa el contenido del capitalismo: la acumulación incesante, el principio de la rentabilidad. La segunda expresa en cambio la dinámica económica bajo la que se  desenvuelven las grandes mayorías para la reproducción de sus vidas: venta de su fuerza de trabajo o de bienes al por menor, y adquisición de un monto de dinero determinado para comprar los bienes básicos que se requieren para reproducirse biológicamente. El fin del capital no es la producción de bienes que satisfaga las necesidades concretas de la población; su finalidad es el valor de cambio, y somete todas las dimensiones de la vida social a esta lógica.

5. Marx había señalado la tendencia del capital a la concentración y a la centralización. Sobre la concentración, dijo Marx: “El movimiento de la acumulación social presenta, en consecuencia, por un lado una creciente concentración en manos de empresarios privados, de los elementos reproductores de la riqueza, y por el otro la dispersión y multiplicación de los focos de acumulación y concentración relativos, que se rechazan mutuamente de sus órbitas específicas.” (3) Y a continuación, sobre la centralización, señaló: “En cierto punto del progreso económico, el movimiento opuesto de su atracción mutua contraría esta fragmentación del capital social en una multitud de capitales individuales, o el movimiento de repulsión de sus partes integrantes. Ya no es la concentración la que se confunde con la acumulación, sino, por el contrario, un proceso distinto en lo fundamental. La atracción reúne distintos focos de acumulación y de concentración, la concentración de capitales ya formados, la fusión de una cantidad superior de capitales en una cantidad menor; en una palabra, la centralización propiamente dicha.”(4) Es decir, en el marco de la competencia intercapitalista, las grandes empresas se tragan a las pequeñas.

6. Lenin, por su parte, sostuvo que lo que hay de fundamental en el imperialismo es la sustitución de la libre competencia por el monopolio capitalista: “los monopolios, que se derivan de la libre concurrencia, no la eliminan, sino que existen por encima y al lado de ella, engendrando así una serie de contradicciones, rozamientos y conflictos particularmente agudos. El monopolio es el tránsito del capitalismo a un régimen superior”. Asimismo, el capitalismo monopolista, las grandes asociaciones de capitales internacionales, el gran capital financiero, imponen al mundo una política colonial en base al control de sus territorios y a la exportación de capitales y mercancías (5).

7. El mercado supone la competencia, es decir, una gran cantidad de ofertantes y una gran cantidad de demandantes. Al contrario, el capitalismo supone el monopolio y el oligopolio, es decir, la exclusión de las grandes mayorías de la propiedad privada, su proletarización y consiguiente pauperización. El monopolio y el oligopolio son pues lo contrario de la competencia. 

8. El mercado supone además que sus actores estén perfectamente informados acerca de los costos de producción de las mercancías. Si en la realidad las cosas funcionaran así, evidentemente, el precio de venta de las mercancías se acercaría mucho a su precio de costo: la cuota de ganancia del capital sería entonces prácticamente nula. Luego, el sistema capitalista no podría funcionar. El capital requiere, por eso, el monopolio, o el oligopolio, que le garantiza un alto control sobre el precio de las mercancías, y, de este modo, una alta rentabilidad (6).

9. Cuando un rubro determinado es invadido por una cantidad cada vez mayor de capitales, la tasa de ganancia de los capitales individuales tiende a caer. Así, el capital monopólico migra a otros rubros, buscando la mayor rentabilidad para sus inversiones. Un rubro monopólico fue la industria textil en el siglo XIX; hoy en día lo constituye, por ejemplo, la ingeniería genética (7). Los nuevos monopolios de los que habla Amin son el fundamento sobre los que se erige hoy por hoy la nueva división internacional del trabajo, esto es, el fundamento sobre el que se reformula el estatus de subordinación de la inmensa mayoría de países periféricos.

10. La exigencia del discurso dominante de preservar y construir en todas partes del mundo “economías de mercado” equivale a preservar y abrir nuevos mercados al gran capital monopólico. Esta exigencia no equivale entonces a instituir sociedades libres ni mucho menos: todo lo contrario, equivale a imponer el dominio de unos cuantos grupos monopólicos en esos países. Esta exigencia puede eventualmente ser resistida por las burguesías y los grupos de poder de los países periféricos, que entonces puede desplegar proyectos políticos que buscan tomar una mayor tajada del excedente económico generado.

11. El capitalismo no existe fuera del mercado, pero este no es el “mercado libre”, el “mercado perfecto”. Como señala Immanuel Wallerstein, “El mercado absolutamente libre funciona como una ideología, un mito y una influencia restrictiva, pero nunca como una realidad cotidiana” (8).

12. El capitalismo tiende a “mercantilizar” absolutamente todo. No solamente los bienes producidos, sino también la riqueza natural, los valores de uso, que en sí mismos no contienen ningún valor de cambio: la tierra, el agua, los bosques, etc. Este proceso de mercantilización entra desde luego en circuitos monopólicos que hunden a la inmensa mayoría de la humanidad en la miseria, al despojarla de sus condiciones naturales e indispensables de reproducción biológica, y motiva en la actualidad numerosos conflictos y movimientos sociales. Este hecho indesmentible debe hacernos reflexionar acerca del hecho de que el desafío estratégico que tenemos delante de nosotros consiste no solamente en hacer frente a las formas extremas que toma la expansión del capital cuando este no encuentra mayores resistencias (estrategia que, por lo demás, supone que hay un capitalismo malo y un capitalismo bueno, distinción que, de otro lado, puede indicar una asimilación, o  ingenua o simplemente de inspiración reformista, del capitalismo a la economía de mercado) (9), sino en hacer frente a la lógica misma bajo la que se reproduce el sistema capitalista en su conjunto, que separa al ser humano de sus condiciones naturales e indispensables de su reproducción biológica, y sustituirlo por un nuevo sistema social que restituya esta unidad, y tenga como fin no la producción de valores de cambio sino la de valores de uso, no la ganancia, sino la satisfacción de las necesidades humanas, materiales y espirituales. Un nuevo sistema social debe suprimir la alienación mercantil y la alienación del trabajo. Y un sistema social así solamente emergerá de las luchas sociales de los trabajadores, de los desposeídos, que conforman la inmensa mayoría de la humanidad, y ese sistema social superior no puede ser confundido de ninguna manera con las pugnas y proyectos de las burguesías de los países periféricos, ni tampoco, evidentemente, con proyectos de fortalecimiento de la pequeña producción, de la pequeña empresa. De ahí la importancia trascendental, estratégica, crucial, decisiva, que tiene el trabajo político entre las masas. 

Notas

(1) Cfr. Espinoza Soriano, Waldemar, Los Incas. Economía sociedad y estado en la era del Tahuantinsuyo. Lima: Amaru Editores, 1997.

(2) Amin, Samir, “3. Capitalismo y sistema mundo”, en su: Los desafíos de la mundialización. México-España: Siglo XXI Editores, 1999.

(3) Marx, Carlos, El capital, Buenos Aires: Editorial Cartago, 1973, p. 599.

(4) Ibid., pp. 599-600.

(5) Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo. El texto usado está disponible en internet.

(6) Cfr. Wallerstein, Immanuel, Análisis de sistemas-mundo. Una introducción. México: Siglo XXI editores, 2005.

(7) Ibid.

(8) Ibid., p. 42

(9) Amin, Samir, “Capitalismo imaginario y capitalismo realmente existente” en su: Más allá del capitalismo senil. Por un siglo XXI no norteamericano. Buenos Aires: Editorial Paidós, 2005.


 

Introducción:
 «Economía y Filosofía en El Capital de Marx: La Teoría Laboral del Valor»

(Tercera Parte)

  

Diego Guerrero

 

 

IV. Crítica de otras lecturas de Marx

 

Decía Bertolt Brecht que “se ha escrito tanto sobre Marx que éste ha acabado siendo un desconocido”, a lo que podemos añadir que siempre ha sido un desconocido para los marxistas, que en su mayoría prefirieron leer a otros marxistas que a Marx. Mientras que los marxistas han sido en realidad (sobre todo) lassallianos partidarios de un “socialismo de estado” incompatible con las ideas de Marx, este es el creador de las ideas maduras del comunismo y del anarquismo (a este respecto también se equivocan la mayoría de los anarquistas). No podemos desarrollar aquí este punto, pero sí es cierto que “Marx fue un crítico del marxismo” y que, por tanto, “Rubel tenía razón”[20].

Pero hay otra forma de “desconocer” e incluso traicionar a Marx que, como hemos insinuado y se hace habitualmente, es relegar su aportación económica al papel de mero apéndice de su trabajo de filósofo, político y/o revolucionario. Por eso, nuestra interpretación de la obra teórica de Marx —que sin duda muchos considerarán “economicista”— es, al contrario, una crítica del “enfoque hiperpolítico del pensamiento marxiano” que utiliza la mayoría de los marxistas. Para Marx el objeto primario de análisis es el impersonal sistema capitalista, donde los sujetos, incluidos los propios capitalistas, son figuras, es decir, criaturas de las leyes del sistema, tanto como los trabajadores que los padecen (a ellas y a ellos). Para la mayoría de los marxistas, en cambio, el problema parece ser la alianza entre “malvados” capitalistas con nombre y apellidos (y sobre todo sus monopolios) y el Estado que los apoya, personificado en su Gobierno. Para estos la explotación es una consecuencia de la violencia política que precede y limita el funcionamiento económico[21], y para Marx la primera violencia de nuestro tiempo, la específica y definitoria de nuestro sistema, es la propia existencia y dominio de las leyes económicas del capital, empezando por la primera: que el hambre amenaza y fuerza a la sumisión a quien, en un mundo de mercancías, no tiene otra cosa que vender que su propia fuerza de trabajo. En estas violentas leyes del capital descansan, entre otros, el Estado capitalista y su Gobierno; por tanto, es la violencia económica la que limita y define el funcionamiento político, y no al revés.

Para Marx, la lucha entre los capitalistas adopta la forma (económica) de una competencia creciente y sin cuartel, y las crecientes concentración y centralización del capital no son sinónimos de monopolización de la economía; es decir, el único monopolio que domina la economía es el de la propiedad privada. Pero para los marxistas el monopolio se presenta como una categoría política que de facto anula las categorías económicas de Marx (desde la competencia al valor), al presentarse como un sinnúmero de acuerdos monopolistas que entorpecen las bondades de la competencia y eliminan las leyes descubiertas por Marx. Leyes que supuestamente sólo serían válidas para su época, pero no para la fase “actual” del capitalismo, caracterizadas por Lenin como “capitalismo monopolista” o “imperialismo”[22] (ideas muy similares a las de los economistas burgueses de todos los tiempos, sostenidas incluso por no economistas anteriores a él, como Mazzini o Buchez, por ultraliberales actuales como Milton Friedman y sus discípulos, o ¡incluso por los economistas franquistas![23]).

Y aunque es verdad que “en el siglo XXI se seguirá leyendo a Marx” —y se lo seguirá leyendo, “si es que algo se lee”, porque “estará claro, como lo está hoy, que Marx es un clásico”[24]—, a la mayoría de los marxistas se les puede hacer la crítica de no haberlo leído (y mucho menos, estudiado): “El destino del Capital como obra científica es, en su conjunto, nada envidiable. Si fuera menos alabado y menos denunciado y más ampliamente leído, habría existido menor número de ideas falsas sobre él, y la economía habría hecho progresos más rápidos”[25]. Pero también: “Frecuentemente, y en especial en América Latina, muchos estudiantes, profesionales, militantes intentan penetrar el pensamiento de Marx, en un afán de poseer un marco teórico para su acción política o sus investigaciones. Lo que les acontece es que se enfrentan a ‘manuales’ —como los de Politzer o Marta Harnecker, que han cumplido una gran función— que, en realidad, los conducen a ciertas ‘interpretaciones’ del pensar de Marx, pero no a Marx mismo.”[26]

Desde luego, hay que leer y estudiar a Marx, pero no sólo eso. Pues todavía queda mucho por desarrollar, más allá de Marx, si se quiere avanzar desde el socialismo inmaduro y utópico al “científico” (Marx prefería llamarlo “materialista crítico”). Pero tampoco será posible esto si para “modernizar” a Marx se le traiciona o se desconoce su obra o se piensa que esta puede utilizarse a beneficio de inventario, por ejemplo prescindiendo de su principal contenido: la TLV. Hay marxistas que, por creer que la TLV está superada, llegan incluso a afirmar que “en la actualidad, la economía marxista, con pocas excepciones, está intelectualmente muerta”[27]. Dicen eso pero siguen considerándose marxistas.

Otro problema es que hay quienes deslegitiman al Marx científico por su compromiso político explícito. Simplemente, no han entendido que, aunque la ciencia no tiene más remedio que terminar siendo objetiva, su proceso de construcción es el producto directo de subjetividades, de personas que no son cosas objetivas sino sujetos pensantes que, por muy científicamente que investiguen en su campo, tienen ideas políticas generales y posiciones morales que en parte explican necesariamente su propia actividad científica. Quienes denuncian como un caso especial la “tensión entre un Marx científico y un Marx revolucionario”[28] ignoran que esa tensión subjetivo-objetivo está presente en la labor creativa de cualquier científico, y además no saben hasta qué punto el especial compromiso ético de Marx le obligaba precisamente a ser lo menos moralista posible en su estudio objetivo de la realidad capitalista (lo que, por cierto, lo obligó muchas veces a enfrentarse a la mayoría en todos los partidos y organizaciones en los que militó). Hasta el punto de que Marx, el teórico máximo del proletariado, llega a decir (y así consta en las actas de la sesión del Comité central de la Liga de los Comunistas del 15-9-1850) que “siempre me he opuesto a la opinión momentánea del proletariado”; y es ese mismo Marx, al que se suele acusar de catastrofista y permanente predicador de la revolución a la vuelta de la esquina, quien afirma en esa reunión:

“Nos debemos a un Partido que, por su propio bien, todavía no debe alcanzar el poder. Si el proletariado ocupara el poder, tomaría unas medidas claramente pequeñoburguesas, pero no proletarias. Nuestro Partido sólo podrá hacerse cargo del gobierno cuando la situación permita que lleve a la práctica sus puntos de vista. Louis Blanc nos ofrece el mejor ejemplo de lo que ocurre cuando se alcanza demasiado pronto el poder”[29] (cursivas añadidas: DG).

Hay, por último, multitud de “intérpretes” de Marx que, intencionadamente o no, deforman el sentido revolucionario de su TLV (o de otras de sus teorías que derivan de ella). Muchos, porque creen hablar desde el “posmarxismo” y “no ven qué pueda ganarse” en la lucha por el socialismo con “el intento de utilizar en esta tarea materiales tomados del viejo edificio levantado por Marx”[30]. Otros, porque niegan la posibilidad de “cambios sustanciales en el sistema capitalista” que operen en “un sentido revolucionario, tal como Marx lo concebía”, y creen sólo posibles los cambios “en un plano reformista”[31]. Muchos, porque tergiversan la teoría comunista de Marx contraponiendo, por ejemplo, democracia y dictadura del proletariado en la transición desde el capitalismo al comunismo[32]. Algunos, porque incomprensiblemente caracterizan a Marx como un simple “progresista” de esos que comparten el “convencimiento de que la humanidad se movía a través de una senda lineal e ilimitada de avances”[33], o no comprenden que predecir el surgimiento del comunismo a partir del capitalismo no es una forma de “mesianismo” ni una versión de la teoría de la “predestinación” ni encierra “fatalismo mecanicista” alguno, sino una aplicación de la idea de que la marcha de las sociedades está sometida a leyes que condicionan y restringen la libertad de los individuos.

Marx piensa, en concreto, en una ley parecida a la de la gravitación natural: de hecho fue quien con más claridad expuso por qué el capitalismo dará paso al (o se transformará en) comunismo, afirmación arriesgada y al mismo tiempo similar a la que sostiene que el agua de lluvia que cae sobre la tierra tiene que terminar bajando hasta el nivel del mar (o, lo que es lo mismo, que no puede subir, salvo para remontar excepcionalmente algún obstáculo pasajero). Marx no se limitó a eso, desde luego, ni esa tesis significa que pueda predecirse con exactitud por dónde va a transcurrir cada nuevo torrente de agua que vengan a descargar las tormentas de la historia, ni cuánto va a durar su viaje hasta el mar. Pero no se puede pasar por alto la importancia que tiene afirmar que, aunque la manzana del capitalismo se moverá necesariamente en dirección al suelo, haríamos mejor en cogerla y comérnosla ya —puesto que tenemos hambre y la manzana es en realidad nuestra— sin esperar a que eso ocurra.

Los autores que se enmarañan en las dudas sobre el “marxismo como ciencia y como crítica” se preguntan: “si en verdad el capitalismo está gobernado por regularidades que lo condenan a ser suplantado por una nueva sociedad socialista (cuando hayan madurado las infraestructuras necesarias), entonces, ¿por qué insistir en que ‘lo necesario es cambiarlo’? ¿Por qué tomarse tanto trabajo para preparar el funeral del capitalismo si su defunción está garantizada por la ciencia?”[34]. Parecen no entender que, aunque ellos vivan bien, perfectamente adaptados a la sociedad capitalista y disfrutando de las ventajas que esta reserva a las minorías, hay inmensas mayorías de la población que necesitan darle muerte cuanto antes si quieren salvaguardar sus propios intereses y recuperar la dignidad. Como ha afirmado uno de los principales estudiosos de Marx en el siglo XX:

“No cabe hablar de contradicción (…) Marx concibe el advenimiento del socialismo a la vez como una posibilidad económica y una necesidad ética. Cuando presenta, tanto en El Capital como en el Manifiesto Comunista, la caída de la burguesía y el triunfo del proletariado como ‘igualmente ineluctables’, no hace otra cosa que enunciar una hipótesis racionalmente válida, fundada en el análisis científico de las leyes del movimiento económico del capitalismo y en la percepción directa de la lucha que opone a los dos clases principales de la sociedad moderna (…) La predicción del socialismo no es como tal una predicción científica sino un juicio de valor apuntalado por una convicción y una actitud éticas que se nutren de un conocimiento objetivo de los datos materiales, económicos e históricos, capaces de conducir a una revolución total de la sociedad actual y al nacimiento de la ‘humanidad social’ (Décima tesis sobre Feuerbach). Resumiendo: la tesis de la ineluctabilidad del socialismo pertenece al dominio de las verdades que, para volverse ‘objetivas’, imponen la participación activa, el compromiso ético (Segunda tesis sobre Feuerbach) (…) Posibilidad objetiva y exigencia ética: el propio Marx distinguió claramente el ‘dualismo’ de su mensaje, dualismo que sus críticos consideran irreductible y que sus discípulos menos inteligentes se empeñan en negar por todos los medios (…)”[35].

Notas
[20] Fernández Buey, F. (1998): Marx sin ismos, Barcelona: Viejo Topo (pp. 11, 15) cita a M. Rubel (1974): Marx, critique du marxisme: essais, Paris: Payot. Pero véanse, además, como apoyo de nuestra tesis, los trabajos de Pierre Ansart (1969): Marx y el anarquismo, Barcelona: Barral, 1972; M. Rubel (1977): El Estado visto por Karl Marx, Barcelona: Roselló; Rubel, M.; Janover, L. (1977): Marx, anarquista, Barcelona: Roselló; Guérin, Daniel (1969): Por un marxismo libertario, Madrid: Júcar, 1979; Kelsen, H. (1924): Socialismo y Estado. Una investigación sobre la teoría política del marxismo, México: Siglo XXI, 1982.
[21] Para Lenin, “lo típico en la ‘fase contemporánea de desarrollo del capitalismo’” son “las relaciones de dominación y la violencia ligada a dicha dominación” (p. 395). Pero Engels era más fiel a las ideas de Marx al criticar las de Dühring, para quien el valor es la cantidad de trabajo más un “suplemento” que el capitalista carga “‘con el puñal en la mano’; dicho de otro modo: el valor hoy imperante es un precio de monopolio” para Dühring, mientras que para Marx esos precios de monopolio son sólo “excepciones y casos especiales” [Engels, F. (1877): La subversión de la ciencia por el señor Eugen Dühring (Anti-Dühring), Barcelona: Grijalbo, pp. 196-7].
[22] Para Marx, en cambio, el imperialismo es sólo una forma de Estado: “la forma más prostituida y al mismo tiempo la forma última de aquel Poder estatal que la sociedad burguesa del feudalismo y que la sociedad burguesa adulta acabó transformando en un medio para la esclavización del trabajo por el capital” (Marx, K., 1871: La guerra civil en Francia, M: Ayuso, 1976, p. 65).
[23] Como el hoy Premio Rey Juan Carlos de Economía, Juan Velarde, que, haciéndose eco hace medio siglo del temor de Pigou a los monopolios, y tras propugnar “una fuerte escala impositiva sobre las grandes fortunas (…) disminuyendo, por tanto, la concentración de la propiedad en grupos muy reducidos, pero dotados de un fuerte poder económico”, recordaba que “en las conclusiones de estudio aprobadas por el I Congreso Nacional de la Falange, con el refrendo del Caudillo, y el clamor popular de Chamartín” se abogaba por la “desarticulación de los grupos monopolísticos” (en op. cit., pp. 274-276). <
[24] Sacristán, M. (1983): “¿Qué Marx se leerá en el siglo XXI?”, Mientras Tanto, nº 16-17, p. 127.
[25] Bródy, A. (1970): Proportions, Prices and Planning. A Mathematical Restatement of the Labor Theory of Value, Budapest: Akademiai Kiadó, p. 67. Téngase en cuenta que, según el socialista Luis Araquistáin “España es el país europeo donde menos se ha leído y escrito sobre marxismo, quizá con la única excepción de Portugal” (1957, citado en Ribas, (1981): Aproximación a la historia del marxismo español (1869-1939). Madrid, Endymión, pp. 96-97). El propio Ribas documenta esa idea y señala que la 1ª edición española de los 3 libros de El capital data tan sólo de 1931 (a cargo de Manuel Pedroso, para la editorial Aguilar); por cierto, que su precio equivalía, al parecer, al salario medio de 6 meses (Ribas, op. cit., p. 88). Véase más sobre la edición de Marx en español, en Gasch Grau. E. (2001): “Etapas y escritos en la recepción de Marx”, en E. Fuentes Quintana, Dir. (2001): Las críticas a la economía clásica (Economía y Economistas españoles, nº 5), Barcelona: Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores, pp. 815-833. Gasch concluye que “se sigue leyendo a Marx en España, aunque se siga leyendo lo mismo que hace un siglo, el Manifiesto del partido comunista” (op. cit., p. 825).
[26] Dussel, Enrique (1985): La producción teórica de Marx. Un comentario a los Grundrisse, México: Siglo XXI, p. 11.
[27] Elster, J. (1986): Una introducción a Karl Marx, Siglo XXI, Madrid, 1991, p. 62.
[28] Gouldner, Alvin (1980): Los dos marxismos, Madrid: Alianza.
[29] Citado en Enzensberger, H. M., ed. (1973): Conversaciones con Marx y Engels, Barcelona, Anagrama, 1999; vol. I, pp. 156-7. Estas críticas de Marx al partido “en el sentido contingente” (es decir, los grupos comunistas realmente existentes en los que él participó como militante o dirigente) fueron persistentes toda su vida, así como su sentido de pertenencia al “auténtico” partido comunista, identificado como movimiento transformador que surge del seno mismo de la sociedad capitalista. Por ejemplo, en 1846 le escribe a Annenkov: “En cuanto a nuestro partido, no se trata sólo de que es pobre, sino que también está enojado conmigo por oponerme a sus utopías y a sus declaraciones” (en Adoratski, ed… 1934, p. 23), por lo que hay que “eliminar el equívoco de que por ‘partido’ entiendo una Liga muerta hace ocho años o la redacción de un periódico que se disolvió hace doce años. Cuando hablo de ‘partido’ me refiero al partido en el amplio sentido histórico del término” (citado en F. Buey, op. cit… p. 177).
[30] Paramio, L. (1988): Tras el diluvio. La izquierda ante el fin de siglo. Madrid: Siglo XXI, p. 30.
[31] Berzosa, C. y M. Santos (2000): Los socialistas utópicos. Marx y sus discípulos, Madrid: Síntesis, pp. 200-201.
[32] Harnecker, M. (1999): La izquierda en el umbral del siglo XXI. Haciendo posible lo imposible (Madrid: Siglo XXI, p. 316), siguiendo ahora la práctica de Santiago Carrillo y otros “maestros” à la mode como M. Castells.
[33] Palazuelos, Enrique (2000): “El Capital, a casi siglo y medio de distancia”, en Karl Marx: El Capital, Madrid: Akal, 2000, p. viii.
[34] Gouldner (1980), op. cit., p. 45.
[35] Rubel, op. cit., vol. 1, pp. 33-34.


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