jueves, 14 de noviembre de 2013

Literatura



“El Carnicero de Lyon, Un Itinerario de muerte”


Julio Carmona

Cuando alguien escribe sobre un acontecimiento cruel, negativo y hasta absurdo ocurrido en el pasado, yo suelo ponerme en guardia. Y esto me lo hizo ver Belén Gopegui –escritora vasca, de obra silenciada, obviamente, entre nosotros– en una excelente crítica que le hace a La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa. Novela esta que, después de leída, hace exclamar a algunos: ¡Qué horrorosa la tiranía de Rafael Leonidas Trujillo en República Dominicana, ocurrida antaño!; pero otros preguntamos: ¿y las atrocidades de Busch y de Obama, hogaño?

Y lo mismo suele ocurrir con La guerra del fin del mundo, del mismo Vargas: ¡Qué terrible violencia la de los canudos y la del ejército brasileño en los últimos años del siglo XIX! ¿Y la violencia de los sionistas en Palestina y de los mismos civilizados occidentales en los países árabes, en los siglos XX y XXI?

E igual ocurre con las versiones cinematográficas o narrativas de la segunda guerra mundial y sus más destacados protagonistas: los ingleses, los franceses y –como diría Piero– los americanos, y en el lado opuesto el nazi-fascismo con, por supuesto, Hitler y Mussolini (los soviéticos son actores de segunda, extras, metiches y –bueno– con una sola vela en el entierro). Con la reiteración de ese hecho siempre me tinca que se busca hacer un juego de espejos: ¡cuántos millones de judíos muertos! Y entonces surge la conclusión del silogismo: los muertos del presente, localizados en países aislados, hacen un número exiguo, comparados con aquel holocausto. Es más cómodo ver la paja en ojo ajeno. Es como si se dijera que los horrores del pasado minimizan los del presente.

Y, ante esa superposición de imágenes, a uno le dan ganas de retrucar: Oye, pero si en esa época no existía Israel como país o Estado; los países agredidos, y con más millones de muertos, fueron casi todos los Estados europeos (con excepción del Vaticano, aliado entonces de Hitler; y no olvidemos que fue Mussolini quien le dio status de Estado, en 1929; independiente de Italia. Los Pactos de Letrán son firmados por la Santa Sede y Benito Mussolini, primer ministro del Reino de Italia con poderes dictatoriales).

Y hago reflexión de todo esto, después de leer la novela El carnicero de Lyon, de Manuel Lasso, peruano residente en USA. Sin lugar a dudas, existe un solo personaje con ese apelativo que da título a la novela. Y no es otro que Klaus Barbie, el tristemente célebre miembro de las huestes hitlerianas que tantos crímenes cometiera no solo en Lyon, Francia, sino por todos los lugares por donde sus botas –equivalentes a los cascos de Atila– no dejaban crecer la yerba. Y mi primera reacción fue como aquella: ¿y ahora dónde lo pongo, si ya sabemos quién fue y cómo actuó y a cuántas personas asesinó? Y estuve tentado de abandonar la lectura. Pero –y es virtud del novelista– el personaje histórico y su anécdota pasaron a un segundo plano; el informe periodístico, el dato sociológico, las cifras estadísticas se esfumaron para dar paso a la acción y la pasión del personaje literario. Las palabras (como las imágenes en movimiento del cine) dan vida a otro ser. Del personaje histórico se nos dice que mató a cientos de personas en Europa o en Bolivia o en Perú, y nos horrorizamos por la magnitud del siniestro; pero al personaje literario lo vemos torturar y eliminar a sus víctimas, empero además lo vemos reírse de eso, vanagloriarse de eso y adorar a los jefes que le dieron la orden, y justificarse a sí mismo y, de paso, a ellos, con el rostro impasible y la conciencia sucia con la cruz gamada destilando sangre.

Pero la inveterada costumbre de no dejarnos obnubilar por la destreza técnica del narrador, nos lleva a preguntarnos, otra vez, ¿y ahora dónde lo pongo? Y es entonces que surge la responsabilidad del lector literario. ¿Me contento con la simple anécdota?, ¿es esa la intención de esta novela, y es que está tomando el tema como pretexto para hacer alarde de su virtuosismo técnico? o, por último, ¿hay un mensaje oculto, subyacente en esa estructuración? De ser así, ¿cuál es ese mensaje?: ¿otra vez “llorar sobre leche derramada” para minimizar la sangre vertida hoy con similar ensañamiento por otros carniceros, clones siniestros de aquel de Lyon? 

Y lo que hago es interpretar, a partir de los elementos proporcionados por la misma novela. Y veo abrirse una doble perspectiva. Por un lado, la que sugiere el propio protagonista, de convertirse en modelo para otros esbirros en América (especialmente, Bolivia y Perú), es decir, buscar el amparo de regímenes similares al suyo para que lo blinden y serles útil en sus respectivos países. Por eso, cuando se entera que los servicios de inteligencia de Israel le siguen los pasos como perros de presa: “Klaus siguió tosiendo, muy rubicundo, inhalando el aire con un silbido y con los ojos que se le salían, pero dio un último tosido y se calmó. Pensó que si la Mossad iba a secuestrarlo en La Paz o en Lima tendría que ponerse en los tobillos un collar con púas de acero como los de su doberman, para que a sus captores no les fuese tan fácil aprisionarlo.”

Y, por otro lado, se abre la otra perspectiva (a la vez sorpresiva) de las luchas populares (que tienen un único cordón umbilical que las une en todo el mundo), a partir del capítulo 15, se abre un nuevo frente narrativo: los republicanos españoles que, casi paralelamente, llegan a refugiarse en América. Y se constituyen en adoctrinadores de esas luchas (no olvidemos la participación de Alberto Bayo Giroud en los preparativos de la revolución cubana). Y uno de esos españoles, Iván Gonzales –protagonista del capítulo 15–, encuentra apoyo en el peruano Anselmo Sánchez y en su hija Manuela, siendo esta última quien tiene en sus manos la oportunidad de ajusticiar al “carnicero de Lyon”, convertido en “carnicero de Lima” (empleándose como fámula en casa de este), luego de que su padre fuera victimado por la policía secreta “peruana” asesorada por Klaus Barbie. La performance de este no solo lo convierte en “el carnicero de Lima”, sino de toda América Latina. Cada una de nuestras dolidas repúblicas ha tenido un Klaus Barbie en su historia. Es pertinente mencionar sólo a los más feroces: Rafael Leonidas Trujillo, Rep. Dominicana (1930-1961); Anastasio Somoza, Nicaragua (toda una dinastía: 1937-1956); Gustavo Rojas Pinilla, Colombia (1953-1957); Francois Duvalier, Haití (1957-1971); Carlos Castillo Armas, Guatemala (1954-1957); Fulgencio Batista, Cuba (1952-1959); Humberto Branco, Brasil (1964-1967); Hugo Banzer, Bolivia (1971-1978); Alfredo Stroessner, Paraguay (1954-1989); Juan María Bordaberry, Uruguay (1972-1976); Jorge Rafael Videla, Argentina (1976-1981); Augusto Pinochet, Chile (1973-1990); Alberto Fujimori, Perú (1990-2000). Sin mencionar, por obvios, a los que han gobernado USA, lo cierto es que cada cual se empeñó en ser una “versión mejorada” de su común padre putativo.

Pero Manuelita Sánchez y su padre y los milicianos españoles y todos los mártires de esos carniceros en Nuestra América son nuestros padres y madres apodícticos. Nosotros somos herederos de las víctimas de esos carniceros. Si muchos de ellos fracasaron en su intento justiciero (como es el caso de Manuelita Sánchez, en la novela), con ese solo intento queda abierta la posibilidad de que otras Manuelitas Sánchez continúen con ese objetivo supremo de alcanzar justicia (sin olvido ni perdón) en contra del nazi-fascismo, porque si bien el “carnicero de Lyon” murió viejo y loco en su cárcel perpetua, sus herederos siguen adosando a su actividad carnicera el nombre de los pueblos que luchan por acabar con la ideología de los Hitlers y Mussolinis que gobiernan el mundo como líderes del ultra capitalismo liberal: el más feroz carnicero de la Historia Universal.



Parte Dos  del Cacique Blanco.
El Encuentro del Héroe  y  los Ámbitos del Antagonista

Roque Ramírez

El libro que comentamos se publicó por primera vez el año 1981, su autor el narrador Carlos Espinoza León (Piura- Perú.1941) lo ha reeditado varias veces debido a que ha tenido una calurosa acogida entre los lectores piuranos. Y esta nueva edición hubiera sido una más si de por medio no hubieran ocurrido eventos que han permitido ampliar el texto original, por tanto alterar su formato.  En realidad se trata de que los creadores han coincidido en sacar de dudas, si es que esto es factible, a los lectores respecto de obras finiquitada por sus autores, porque en el fondo dejaron con la miel en los labios a los lectores, al final de sus narraciones. Entre otros, este es el caso de C.E.L., quien buscó al protagonista anónimo de su relato por décadas, y cuando el héroe fue a su encuentro decidió escribir la parte II de su relato.

Lo reseñamos porque consideramos es una obra que se ubica en el campo realista de dicho género literario. Y si bien no es ideal para la crítica capitalina o académica, tiene sus méritos. Leamos. En el argumento de esta narración se cuenta la historia de un capataz del todo poderoso latifundismo, apellidado Pelayos, quien embestía contra todo tipo de derechos, pisoteando sembríos y cosechas, por tanto esperanzas de sobrevivencia digna. Un caporal parte del engranaje del latifundio que viola no por cierto mozas castas como sí casi todo código de leyes, convirtiéndose en un personaje no actante pero si actuante del poder opresor  con toda la bestialidad que su condición dominante y racista le permite.

En pocos años instaura el terror, mete miedo, pero todo temor es relativo, tanto que las mujeres son las que inician por  reacción  su rebeldía campesina dándole a probar un juerte hondazo, dicha reacción de los acosados campesinos se consuma con la muerte del mencionado antagonista, el Pelayos, a manos de un tirador experto en tiro de rifle.

Entonces, desde que se hilan los hechos y se va tejiendo la historia única, se muestra al lector una dinámica actividad ideológica, a pesar que cualquier interpretador de palabras sólo las repase con el propósito de entretenerse. La latencia de hechos opresivos está allí literalmente, es bullente, lo bastante para que el ojo interpretador asuma empatías vindicativas con los personajes a los que se les intenta pisotear.

Y, claro que sí, el narrador no ha tenido la intencionalidad de convertir a sus personajes en herramienta ideológica, en el informe narrativo de la parte dos lo precisa y enfatiza, mas ya sabemos que en el proceso de creación de novelas o relatos el autor no tiene el pleno control de los mismos, ciertas situaciones escapan a su voluntad. Por eso los payadores del final de la parte uno contradicen a su creador en las letras de su breve canto, expresando esas opciones de rebeldía anárquica ante la inminente pérdida del  honor:

“Cuando hay voluntad se puede
Tumbar hasta las montañas
Si con honor ¡ay! se quiere
Vivir todas las mañanas”

El Cacique Blanco (Lengash, editores,  Piura.2013), en su parte uno y parte dos, es un relato bastante extenso que parece una novela breve, pero no lo es por el diseño de su plano compositivo. Está conformado por una historia en torno a un personaje central con un solo tema: eliminar las acciones de injusticia. Esto lo ha fundamentado muy bien el escritor Julio Carmona, en la presentación del libro, en setiembre de este año.

La prosa de Carlos Espinoza León no es lírica en sus descripciones, sin embargo nos muestra los paisajes andinos del Alto Piura con el suficiente derroche de exhibiciones, detalle a detalle. A ello se suma lo ya señalado con certeza por el narrador Gonzales Viaña, quien afirma que nuestro autor C.E.L., tiene ingenio de mano para transcribir a la oralidad, sin perder lo genuino, el dialecto usado por sus personajes campesinos altopiuranos (ponencia nuestra  Chimbote, 2006)1; y en este caso, dicha fidelidad de transcripción también la ejerce con el modo seseante del hablar del personaje antagonista central, el Pelayos, un español de cepa. A propósito, los diálogos, breves por cierto, adquieren  la necesaria pericia que demanda toda buena prosa, gracias a la recreación cantarina de los modismos empleados en ese hablar campesino ya mencionado en líneas anteriores. En este asunto del lenguaje no se le pueden escatimar reconocimiento, sin pecar de injusto al autor comentado.

Aunque no complicada, la estructura de su narración lineal es sólida, si nos atenemos al entarimado propio de su diseño compositivo. En el mismo que se percibe un destello del relato épico, por lo cual no hay predominio de lo heroico en la parte uno; es en la parte dos que se llega a saber de un heroísmo asumido por Claro Choquehuanca, por efecto colateral no propuesto sino impuesto por el ánimo colectivo, alguien debía ponerle punto final a las afrentas y alguien expiar culpas externas. En este caso no tan ajenas, porque como Fuenteovejuna, en todos los hogares de Poclús los moradores pecaban y pensaban, sin un ápice de duda, eliminar el símbolo de la expoliación latifundista, en la persona del tal Pelayos.

Carlos Espinoza, vuelve a publicar su narración porque, además que se hacía necesaria una reedición pulcra y cuidada para las generaciones que no le habían visto publicado un buen libro, ha ampliado su relato, el cual como en todo informe bélico no podía conformarse con el parte uno sino que requería de un parte dos.

Este parte dos, es un informe narrativo incorporado al parte uno, en el que el archivo del tiempo ha permitido un encuentro entre el personaje prototipo real, no el literario, y el creador. Lo cual le permite saber al interpretador de palabras que hay detrás del final de un relato considerado finiquitado. Muchas narraciones nos dejan con la incógnita, entonces las interrogantes se plantean y, desde luego, se responden como en el micro relato de Elías Preciado  “La conciencia”:

“Después de muchos años, entre el pálido rescoldo de sus recuerdos, revivió aquel día justiciero, de aquel último disparo:
¡Nadie podía matarlo¡
-¡Mentira, todos podían hacerlo!
¿Tú, lo seguiste?
-Lo seguían todos, estaba pedido. El pueblo lo pedía.
¿Y, lo emboscaste?
-No, él se emboscó solo. Su destino lo guio y lo encontró.
¿Pero, tú disparaste  a matarlo?
-Yo, no. Fue el gatillo y la bala.
¿Tú, lo mataste?
-¡No!
A punto de perder la paciencia, su rostro ya se teñía de brasas en sus
ojos:
-Entonces ¿Quién diablos lo mató?
Su conciencia.”

En esta parte dos, además se debaten varias ideas: los veredictos de la (in) justicia de jueces y comisarios totalmente  opuestos a los justos anhelos justicieros, junto a esto se suma el pisoteo de los derechos humanos y la maquiavélica alternativa de sancionar justicia considerando que sacrificando un chivo expiatorio quedan restablecidos los principios de autoridad y del derecho. Siendo lo central de estas ideas la natural confrontación de las relaciones entre campesinos y latifundistas, si bien no inferida con la hondura que exige tal relevancia, es eficazmente exhibida ante el lector.

Los folios de este parte dos permiten hurgar en los orígenes andinos del personaje héroe, clandestino, a pesar de su corporeidad y ubicuidad, junto a las procedencias exóticas e hispanas del antagonista y de otros inmigrantes. Convenciendo implícitamente a nuestra memoria que la barbarie viene de fuera. Y como que así es, para el campesinado del Mundo es ancho y ajeno, de Redoble por Rancas, de los Ríos Profundos, y de cualquiera de nuestras regiones, conviviendo en comunidad solidaria, la invasión y agresión siempre llegó de más allá de sus fronteras, el poder central limeño o allende los mares.

Por último, quiero incidir en la valiente actitud de Victoria Gonza, quien decide saltar la valla de la impotencia para osar hacerle frente al feroz capataz y sus secuaces del abuso, asestándole el juerte huaracazo ya mencionado antes de estas líneas. Un saludo a  C.E.L por ofrecernos ambos partes del Cacique Blanco. Sus lectores le son fieles no tanto por simpatía como si por la vigencia de la temática de la ruralidad en tanto nunca nos convertimos en los decadentes citadinos autómatas propios de las sociedades industriales, simplemente porque no dejamos de ser sociedades pre capitalistas, y el latifundio está de regreso vía las empresas agrícolas dizque industriales (ponencia nuestra,2009)2. Hace algunas semanas atrás, en una reciente entrevista que le hacen a Edgardo Rivera Martínez3, ante una pregunta de por qué sigue escribiendo sobre el mundo andino (enfatizamos de predominio rural) si “la urbe  y la cultura cosmopolita lo invaden todo”; el autor de País de Jauja responde “Lo andino es la columna vertebral en países como el nuestro”. En próximo comentario a otro joven escritor piurano, nos explayaremos en el tema de la vigencia de la ruralidad dentro del proceso literario peruano.

Notas: 
1 Ponencia presentada en el VI Congreso Nacional de Escritores “Manuel Baquerizo” realizado en la Ciudad de Chimbote. Octubre, 2006.                                                                                                                               2 Ponencia presentada en el VI Congreso Nacional de Escritores “Manuel Baquerizo” realizado en la Ciudad de Huamachuco. Octubre 2009.
3   Entrevista a Edgardo Rivera Martinez “El aire sigue limpio y clarísimo”. Revista Somos, Suplemento de diario El Comercio. Año XXVI / Nº  140. 12/10/2013.

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