jueves, 14 de noviembre de 2013

Historia



Garcilaso Frente al Colonialismo Hispánico*

(Primera Parte)


Emilio Choy


A pesar de que todo un Congreso de Historia del Perú Colonial se realizó en homenaje a Pedro de Peralta y Barnuevo, en realidad la figura más discutida fue la de Garcilaso de la Vega. Se le criticó ser demasiado hispanista y defensor del padre Valverde, porque trató de excusarlo de toda culpa en la horrorosa matanza llevada a cabo por las huestes católi­cas, contra la inmensa masa humana que rodeaba a Atahualpa.

El ataque del Dr. Juan José Vega, evidentemente ardoroso huamán-pomista, no carece de cierto fundamento. Constata que en algunos párrafos de su obra, Garcilaso defiende al cura que se presenta como el provocador número uno en la matanza nás horrorosa de peruanos que se conoce. Defen­der a tal individuo en nuestra historia, aparentemente, no po­día ser obra de un escritor identificado con el Perú, sino con la hispanidad.

En el Congreso se armó una polémica que luego se trasladó al terreno periodístico, porque, parece que el general de la Barra calificó a nuestro joven historiador, de salvaje (1), por haber atacado a Garcilaso. Creemos que por más cariño y respeto que se tenga por el autor de los Comentarios Reales, nada nos autoriza para calificar a sus críticos como salvajes. En las opinions del Dr. Vega no hubo mala intención, tal vez alguna precipitación. Es curioso recorder que críticas provenientes de un feroz hispanista como Levillier, de esencia eminentemente oscurantista no fueron calificadas de pre-bárbaras, sin embargo se calificó de salvaje a una crítica que, aunque errónea, encierra una intención nacionalista.

Tampoco es correcto tratar de postergar a Garcilaso por Huamán Poma. Ellos son dos colosos, y por coincidencia utipistas, que hicieron obra en que el ejemplo del pasado les sirve para tratar de mejorar el presente y mejorar el porvenir. Proyectaron la historia hacia adelante frente a una historia encadenada, la tolewdana, que pretendía justificar el sistema colonial y las innovaciones, que perjudicando al indio, estaba llevando a cabo en el Perú.

Confieso que al iniciar los studios sobre la historia del Perú he sidoi uno de los que admiraba a Garcilaso con cierto desdén, por inexactitudes en cuanto a la forma como presentaba lo preincaico, pero estudiando a la luz de la dialéctica su obra con relación a las Corrientes ideológicas más progresistas del Viejo Mundo, observando su manera de oscurecer algunos hechos para destacar otros, considceré una obligación estudiar toda su obra teniendo en cuenta las contradicciones. No olvidemos que Garcilaso tuvo que recurrir a lo que Américo Castro ha denominado el intelecto enmascarado para poder publicar y hacer circular su obra. No olvidemos que para Garcilaso era imperioso que circularan sus Comentarios. Nada ganaba con tener una obra guardada con el riesgo que se perdiera, o, de ser publicada, fuera secuestrada por el Santo Oficio con algún pretexto, como había sucedido con su traducción de los Diálogos de amor, esas “lindezas” que había erscrito el filósofo neoplatónico León Hebreo.

Recordemos que Garcilaso era maestro defendiendo una opinión del enemigo, para tratar de destruirlo luego, era la única manera de confundir con su dialéctica al adversario y poder deslizar lo que quería decir. Veamos su crítica al Santo Oficio:

“León Hebreo, que anda traducido en todas las lenguas hasta en lenguaje peruano (para que se vea a donde llega la curiosidad y estudiosidad de los nuestros) y en latín corre por el orbe latino, con excepción y concepto de lois sabios y letrados que lo precian y estiman, por la alteza de su estilo y delicadeza de su material. Por lo cual, con justo acuerdo la santa y general inquisición de estos reinos, en este último expurgatorio de libros prohibidos, no vedándola em otras lenguas, lo mandó a recoger en la nuesztra vulgar (casatellano), porque no era para el vulgo; y pues constra su prohibicvión es bien se sepa la causa, aunque, después acá, he oído decir que ha habido réplica sobre ello, y porque estaba dedicado al rey nuestro señor don Felipe Segundo, que Dios haya en su Gloria”.

Calificaba de justo acuerdo del Santo Oficio el prohibir esa obra porque la iglesia española se oponía a que fuera conocida por el pueblo. Además recordemos que había traducido, Garcilaso, los Diálogos de amor a dos dos idiomas: el quechua y el castellano, con el deseo que alguna vez fuera leído por los indios, mestizos, criollos, y españoles. Pero Garcilaso, previamente, había hecho un destacado elogio al pensdamiento de León Hebreo y, con ese “gorrito” abrumaba la seca defensa que hacía de la oscurantista medida que denominaba: “justo acuerdo” inquisitorial.

En su esfuerzo por traducir la obra de León Hebreo al quechua, hay algo más que un alarde de destreza filológica. Se ve que tenia interés —no como los religiosos que traducían los catecismos para sujetar las mentes de quechuas, aymaras, etc. — porque consideraba que la filosofía de León Hebreo seria útil a los peruanos, como lambién creía que los Comentarios servían a indios, mestizos y criollos. El dominio de un idioma puede servir de auxilio para dos fines: sujetar a un pueblo o liberarlo.

Si se utiliza un idioma como medio de comunicación entre las clases sociales e inclusive se les da un alfabeto con intención de manejar mejor a tos indios, entonces se está favoreciendo los intereses de la clase dominante como era costumbre en el colonialismo, cuyos defensores elogiaron al quechua no como instrumento liberador, sino como el medio más eficaz para tenerlos sometidos. Al respecto Acosta dice:

"habiendo podido conseguir con ley sapientísima los in­gas que lodas las dilatadas provincias de este reino ha­blasen la propia del Cuzco, llamadas quichua, de suerte que en el espacio de tres mil millas y más aún hoy está en uso. ¿Pudieron, pues, dicen, unos reyes bárbaros, para conservar la concordia y unión de su reino, dar a tan­tas y tan grandes naciones la lengua que quisieron, y no podrán los príncipes cristianos, por causa tan necesaria cual es la religión, hacer que esa misma lengua se haga tan frecuente que todos la tengan en uso?




Los intereses de la dominación hispana consideraron que para sus fines de sometimiento, el quechua era mucho más eficaz que el castellano. De ahí que Acosta defiende su uso en el famoso: De Procuranda Indorum Salute. El jesuítico manual de administración colonial. En Garcilaso el quechua tenía otra finalidad: engrandecerlo con la traducción de una obra del calibre de Diálogos de amor. El problema no era reconocer las excelencias de un idioma para someter a los que lo hablan, como hacía el jesuita en su obra ya ciotada, sino dominar el idioma como lo hacía Garcilaso para enriquecerlo con lo mejor de la cultura universal y contribuir a liberar a los que se expresaban con el runa simi (2).

    La pregunta que debemos hacemos es: ¿por qué los cronistas españoles no vacilan en poner en boca de Valverde, las frases que sirvieron para incitar a las huestes españolas a la gran matanza de indios en Cajamarca? ¿por qué nuestro mestizo, a comienzos del siglo XVII se esforzó, aparente­mente, en defenderlo? Su opinión finge exculpar a Valverde de haber incitado al genocidio, pero queda aislada frente a un par de docenas entre testimonios y relatos de acuciosos cronistas como el gran Cieza de León. Cómo explicar esto si la otra de Garcllaao ha sido considerada como una bomba de tiempo por Luis Valcárcel, de la que, nos parece, sólo estalló el fulminante en la revolución de Túpac Amaru, pero la carga aún intacta explosionará en eslos años por la acción de la inmensa rebelión indígena cuyo fuego hace arder los Andes con llamaradas que sólo una auténtica reforma agra­ria podrá apagar.

Garcilaso no defendía la hispanidad de los Habsburgo al ubicar el rol de Valverde y presentarlo como no incitador; sin dejar de criticar lo negativo de la conquisla, defendía la obra de los conquistadores, y defender la Conquesta era de­fender la obra de la burguesía que la había realzado, frente a la corona que les había despojado del fruto de los esfuer­zos que realizaron para dominar el imperio de los incas.

Existe una diferencia entre el conquistador y la corona. El primero logra un imperio, el segundo lo despeja de sus fru­tos y consolida la situación del Perú como colonia de España. El conquistador se esforzaba en mantener el máxima de autonomía frente a la corona, y ésta procuraba someterlo, domesticarlo, para que esa autonomía no se reforzara y creciera haciendo derivar la conquista hacia la inevitable tendencia de los principales conquistadores, o sea tratar de "alzarse con la tierra" lo que equivalía a convertirse en dueños del Perú, prescindiendo de la dominación de la metrópoli. Garcilaso, en España, no podía alzarse con la tierra, pero se nota en su ataque o Bartolomé de los Casas y la crítica a las Nuevas Leyes, su simpatía hacia los conquistadores y sus descen­dientes, sobre todo en la forma como narra el alzamiento de Gonzalo Pizarro contra la corona y los consejos de Carvajal al caudillo español, para que completara su peruanidad uniéndose a una princesa quechua y se proclamara monarca. Mu­cha fuerza debería tener aún la línea materna para Carvajal, al creer que serviría para obtener la autoridad necesaria en la masa indígena. Carvajal se nos revela como el primer ideólogo que plantea, con claridad, la emancipación de los españoles peruanizados del colonialismo de Madrid. A veces no basta la capacidad del ideólogo, cuando la clase que ha de llevar a cabo un movimiento carece de la madurez necesaria y el enemigo es una fuerza ascendente capaz de agru­par fuerzas superiores, cercarlo y vencerlo, como ocurrió con el movimiento de Gonzalo que, además de la linea vacilante de su jefe, el feudalismo teocrático español consiguió movilizar contra éste a las fuerzas continentales, en el Perú a los enemigos de Gonzalo y los caciques indios.

En el siglo XVII defender la grandeza de los incas, la capacidad de los indios y el esfuerzo de los conquistadores, no era defender la hispanidad, aunque debemos recordar que existen dos Españas, la colonialista y la que desde las prime­ras décadas nos envía hombres con ansias de liberarse de la Madrastra Patria, porque habían encontrado en el Perú su verdadera madre. Hombres crueles, matadores de indios sí, pero acaso hombres como Carvajal y el vasco Orgóñez, el lugarteniente de Almagro, que habían sido incitados a no respetar los sagrados símbolos de la cristiandad, en otros países de Europa. ¿Qué podía esperarse de tal educación religiosa en el pueblo que decían Dios había elegido para llevar la doctrina cristiana a los indios de América? Al llegar al Nuevo Mundo y enriquecerse, quisieron librarse de la madrastra; si soñaron y lucharon por emanciparse de ella, era una actitud positiva, porque nos revela que fueron los precursores de los libertadores políticos del siglo XIX.

Notas:
[1] Designación injuriosa que no correspondía a la realidad y que en lugar de mejorar la situación de su defendido servía para prestigiar al ofendido antigarcilascista. En su indignación el famoso general ignoraba que no puede ser pre-bárbaro el más brillante de los jóvenes historiadores que se encuentra empeñado en demostrar, a través de su historia integral del Perú, y sobre todo en su buen estudio Manco Inca, el gran rebelde, que todavía es posible creer en los milagros como factor en el triunfo de la conquista y en forma específica, decisiva, en la salvación de la ciudad del Cuzco, lo que impidió su liberaciuón por las huestes de Manco Incas. Nos cita, con la emoción convincente de fervoroso hitoriador como una “señora desde lo alto” actuaba como bombereo celestial apagando los incendios que los nativos provocaban en los edificios del Cuzco, para exterminar a los españoles sitiados. Complementando tan deslumbradora intervención apareció en el “aire un caballero con la espada en mano, en un caballo blanco, peleando por los españoles”. O sea que Santiago Matamoros, el héroe y símbolo de la reconquista española, cruzaba el Atlántico y en el ombligo de Sud América se convirtió de Matamoros en Mata Indios. No compren dfemos aún por qué ardoroso y juvewni escolástico sospechó que Garcilaso era hispanófilo cuando sin darse cuenta revela pertenecer a este antiguo gremio por la ideología que aflora en su obra.

        Lo que no podemos aquilatar lo dejamos a criterio del lector, ¿quién es más hispanófilo, Garcilaso que tenía que mencionar milagros para encubrir su racionalismo amenazado por la violencia del Santo Oficio, o nuestro joven historiador que piensa racionalmente auxiliándose con la sombra del milagro para explicarnos páginas importantes del período de la conquista? También afirma en su Manco Inca, el gran rebelde que su movim iento debe ser considerfado como guerra de rfeconquista. Esta novedosa tesis, pero rancia en su médula, a la que se adhiere  nuestro joven estrudioso, merece alguna consideración. Conviene recordar que Manco Inca no era un buen católico, y sin auxilio de un Santiago Mata Españoles no se concibe rfecxonquista posible de parte de los indios paganos. Manco no contó con la ayuda de un c lero nativo capaz de proporcionar una mística unificadora. Por el otro lado, ignora que se desmereciendo la relión india cuando trata de presentarla como mera reconquyista si en el fondo se trataba de librar al Perú de su situación colonial.

        La Reconquista la hicieron católicos españoles contra musulmanes espaqñoles. Estos no manejaban la España árabe en provecho de una metrópoli situada en el exterior, sino como españoles construyeron y vivieron la grandeza de la España musulmana. El califato de Córdoba fue un centro independiente de poder económico e investigación científica que alcanzó quizá el más alto sitial en el mun do de su tiempo. Lima, a pesar de la floreciente historia que le sirve xde capa, nunca dejó de ser una capital mediatizada por su fución de mayordomía más o menos obediete de las metrópolis que le han sucedido.

          La gran rebelión de Manco Inca fue guerra de liberación nacional. En cambio, si la situamos como reconquista, le estaríamos negando ese elevado carácter.Negaríamos el objetivco de la invasión hispana y se identificaría la empresa de Manco con un movimiento destinado a unificar mediante la conquista de diferentes reinos o naciones, como ocurrió en la reconquista hisdpana, en que los monarcas bajo la dirección del clero catóilico, consiguieron unificar la península utilizando el gobierno despótico de Aragón y Castilla como instrumento para su finalidad hegemónica a costa de la expulsión de judíos y moros, desvertebrando la economía española. El clereo no consideró que estas dos castas, como las designa Américo Castro, eran tan españolas como los que profesaban la religión vencedora. Reconquista y Guerra de Liberación son dos movimientos diferentes en cuanto a categoría histçorica y opuestos en lo que se refiere a objetivos sociales.

        Es recomendable, al continuar escribiendo lña nueva historia integral del Perú, que la tesis milagrera en la supuesta reconquista de Manco Inca, sea presentada en forma menos teológica. Ya no se acostumbra, ni por historiadores jesuitas, invocar milagros para explicar victorias sobre los no católicos. El padre Ricardo García Villalobos S. J., en su Historia de la iglesia católica (T.II, P.480, Ed. 1958), se encarga de refutar la conocida y piadosa versión que atribuía a los moros bajas de 282,000 entre muertos y prisioneros, mientras que los cristianos perdieron entre 20 ó 30 (lo que nos recuerda los comunicados yanquis durante la guerra de Corea). Pero en la batalla de Navas (16 de julio de 1212), que estamos mencionando, el historiador vde la Compañía no considera de buen gusto mencionar la presencia decisivaq de guerreros y otras intervenciones celestiales  com causa del triunfo de Alfonso VIII, a pesar de que las santas crónicas mencionaban la supuesta ayuda militar de la virgen y Santiago. En forma mujy sutil desliza la cita en latín y en nota aparte, sin otorgarle mayores méritos, menciona la presencia de la Virgen en forma vaga. Como jesuita moderno hace esta concesión para halagar el gusto de los que siguen añorando tales intervenciones en los hechos históricos.
[2] “Hay algún os que opinan, y confieso que yo fui uno de ellos, que sería bueno formar y poner por maestros a hijos de españoles  y de indios, y que sería éste un gran atajo, porque saben muy biern el idioma por haberlo hablado desde la infancia. Pero aunque todo esto es verdad, sin embargo la experiencia, maestra certísima, ha mostrado de sobra que no podemos nosotros ni debemos descargar toda nuestra solicitud en estos criollos mestizos, y no es conveniente confiar tan grande empresa  a hombres, si, peritos en la lengua, pero de costumbres poco arregladas por los resabios que les quedan de haber mamado leche india y haberse criado entre indios. Grande es la fuerza de4 la primera costumbre, grande la impresión del primer color […] Es necesario, pues, observar con diligencia los ingenuos de estos hombres, probar por mucho tiempo sus costumbres para que cada uno borre la mala reputación de su patria”.

*El presente ensayo fue originalmente publicado en la revista Tareas del Pensamiento Peruano, Lima, junio 1965, Año III, Nº8, pp.22-44. (Nota del Comité de Redacción).





En Memoria de Don Emilio Choy Ma*

Callao 1915/Callao 1976


Antonio Rengifo


1.   DON EMILIO Y LA REVISTA CAMPESINO.-  Quienes conformamos el grupo que publicó la revista Campesino nos unía –entre otros aspectos- el respeto y la admiración por don Emilio.  Su muerte fue para nosotros una terrible sorpresa.  Nunca nos imaginamos que fuese mortal, tal era nuestra admiración.

Hace diez años cuando tuvimos la idea de sacar una revista a mimeógrafo dedicada al campesinado, se la comunicamos a Don Emilio: quien era un escritor fecundo y un experimentado cultor de la agonística.  Esa idea se plasmó en el primer número de la revista gracias a su actitud animosa y afirmativa y al otorgamiento de un préstamo “condicionado” de seis mil soles.   La condición que nos impuso fue la devolución del dinero en el caso que la revista dejara de aparecer.  También contribuyó como escritor y nos preciamos de haber registrado en las páginas de Campesino su acerada pluma.

2.   SU FORMACIÓN INTELECTUAL.-Objetivo.-  Reafirmar el pensamiento de Mariátegui fue el objetivo de su vida.  En la realización de ese objetivo aprovechó al máximo su condición de autodidacta y se preservó de la deformación academicista.  (Solamente cursó un par de años de Secundaria comercial en el antiguo High school del Callao.  Sus estudios se truncaron al quedar huérfano).

Permanentemente adquiría conocimientos.  Sabía sacarle provecho a las conversaciones con personas comunes y corrientes al informarse de sus experiencias de trabajo.  Hasta el cine –según el mismo decía-  le brindaba conocimientos tan solo por mostrarle una ciudad, un paisaje o un país.

Su formación fue integral.  Adquiría conocimientos de las ciencias histórico/sociales y de las ciencias físico/naturales y estaba informado de sus desarrollos.  Sus conocimientos fueron enciclopédicos y unitarios.  Unitarios bajo la concepción marxista.  Esta inquietud por abarcar múltiples conocimientos es el signo positivo del formado por sí mismo; en contraposición a la formación universitaria.  Puesto que la universidad da (…) el tono sedante, sitúa el ímpetu dentro de las normas lógicas, atenúa y por fin tamiza al hombre[1].

Por la época que se iniciaba en el socialismo los libros de los clásicos del marxismo circulaban en forma restringida o clandestina. 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana de Mariátegui era una edición prohibida.  Los pocos libros que se disponían fueron asimilados con avidez, como compensación a las limitaciones de aquella época.  Don Emilio bebió en las fuentes primigenias del marxismo.  En concordancia con su formación, propugnaba el estudio directo de los clásicos y adentrarse en la realidad nacional[2].

3.   SU MÉTODO DE TRABAJO.- Don Emilio distribuía su tiempo en forma planificada.  Se había habituado a estudiar desde muy temprano.  No era un hombre de hábitos nocturnos.  Sus tareas cotidianas más importantes las realizaba en las mañanas.  Nos recomendaba que si lo llamábamos por teléfono, lo hiciéramos en la tarde. Los sábados y domingos visitaba  a sus amigos y asistía al cine.  De lunes a viernes se ocupaba de su trabajo intelectual y de administrar sus negocios.  Su experiencia en el mundo de los negocios le permitió desarrollar gran habilidad para los cálculos económicos.  Sus estudios evidencian una estrecha relación con la realidad.  Fue un teórico que se movió con facilidad entre las abstracciones conceptuales y el manejo de información concreta.

Entre las técnicas de estudio, desechó el empleo de fichas, tal como lo hicieron los fundadores del socialismo científico.  Posiblemente consideraría que de esa manera se fragmentaba el conocimiento, perdiendo su vivacidad.  En cambio, para tomar notas y registrar sus ideas empleaba cuadernos.  Lo mismo que para hacer resúmenes de libros o artículos. Tenía experiencia en la utilización de fuentes primarias en los trabajos de historia, también en el manejo de técnicas para los estudios de arqueología y antropología física.

Utilizaba con amplitud las fuentes de información de las instituciones norteamericanas y del gobierno peruano.  Además, estaba conectado a los canales de información de los países socialistas.  Para obtener datos y mantenerse informado se le veía en los lugares más diversos.  Asi, durante el gobierno del general Velasco concurría los días viernes a las exposiciones que se efectuaban en el Instituto de Estudios e Investigación en Cooperativismo (INDEICOOP) para enterarse de los proyectos del régimen[3].  Igualmente, se le hubiera encontrado en el local de la Asociación de ingenieros de minas escuchando un ciclo de charlas.

En una época de rápidos cambios y de abundante producción de datos, le daba gran importancia a las revistas para captar información de actualidad.  Estuvo suscrito a varias revistas, especialmente norteamericanas, ya que el imperialismo yanqui concentra y maneja información a escala mundial.  Por ello, ningún acontecimiento político lo tomaba desprevenido.

Cuando concluía una investigación o cuando estaba por terminarla, elaboraba una representación gráfica de la misma sobre un gran pliego de papel, logrando sintetizarla y expresar el movimiento del proceso.  (No provocaba cierta hilaridad ver a don Emilio con sus preciados rollos de papel bajo el brazo).

Sus trabajos los redactaba en forma cristalina, directa y exacta.  Apeló al uso de alegorías para caracterizar irónicamente a los encapuchados ideólogos del capitalismo y con fines didácticos.  Nunca se emboscó en términos ambiguos ni en subterfugios; mostraba su posición tajantemente.  Esta forma de expresarse facilitaba la confrontación ideológica y era, a la vez, una incitación.  A Don Emilio le debemos el mérito de haber incorporado como arma contundente en la lucha ideológica el lenguaje vital y descarnado del pueblo[4].

Sus investigaciones fueron personales, nunca formó parte de un equipo de investigadores.  Ni nunca se hizo asalariar para investigar.  Se mantuvo fuera del mercado de trabajo intelectual.  Con sus propios recursos hizo avanzar el pensamiento marxista en el Perú.  Consideraba lo más importante para realizar una investigación:  la convicción del objetivo y la interiorización de los principios metodológicos.

4.   QUE HACIA CON SUS CONOCIMIENTOS.- Lo avanzado de sus conocimientos científicos de la realidad nacional y sus convicciones políticas ponían a don Emilio en situación de exigir la nacionalización de las grandes  empresas extranjeras que explotaban nuestra economía y depredaban nuestros recursos naturales.  Igualmente, protestaba cuando el Gobierno a través de contratos y concesiones entregaba parte de nuestro país a la voracidad de empresas extranjeras.  Entonces su firma rubricaba los comunicados y manifiestos dirigidos a las autoridades y a la opinión pública para pedir la anulación de los contratos y la asunción de nuestros principales recurso por el Estado.

Don Emilio fue un vigía en permanente estado de alerta para detectar la penetración ideológica del imperialismo yanqui y sus planes de sojuzgamiento cultural.  Junto con el eminente lingüista Alfredo Torero han sido los opositores más serios a la permanencia en el Perú del Instituto Lingüístico de Varano.  Así mismo, innumerables veces han puesto al descubierto a los agentes del imperialismo que bajo el camuflaje de ayuda técnica, investigaciones sociales, etc., operaban en nuestra patria.

En la época del boom de las ciencias sociales en América latina, cuando las luminarias de la CEPAL –y de otras instituciones-fueron promovidas inusitadamente y cuando sus “teorías” –ahora llamadas dependentistas, circulacionista- fueron hasta incorporadas como tesis programáticas de partidos pequeño burgueses de izquierda, Don Emilio con el escalpelo de su crítica llegaba a determinar la falsedad de sus supuestos.  También criticó severamente la divulgación del marxismo en los medios pequeño burgueses  a través de la labor catequística de Martha Harnecker.  En Lima, cada vez que una luminaria de la sociología latinoamericana dictaba una conferencia, el local se colmaba de jóvenes universitarios que consideraban un privilegio escuchar a los Sumos Pontífices; allí aparecía don Emilio  para criticar la concepción, la metodología y, a veces, hasta los datos. De esta manera, desconcertaba tanto a los expositores como al público asistente.  Las palabras de Don Emilio, en esos auditorios, resonaban a un sacrilegio[5].

Don Emilio asistía con la puntualidad y responsabilidad del militante de la ciencia al Instituto de Estudios Peruanos en donde se organizaban eventos académicos y se reunía la elite intelectual limeña; con sus intervenciones, desde el llano, ponía en aprietos a los expositores y organizadores de dichos eventos.  Uno de los expositores europeos que recuerdo fue el antropólogo marxista Maurice Godelier.  En el Instituto de Estudios Peruanos trataban a Don Emilio con una actitud de suficiencia y condescendencia finamente disimulada. Don Emilio con sus críticas fue un paladín solitario en la lucha por evitar la contaminación de la ciencia; y el confusionismo en la consecución del objetivo estratégico.

Sus conocimientos y fuentes de consulta los ponía a disposición de cualquier persona que se lo requería. Con esta actitud, rompía con el elitismo y el monopolio de la información.  Consecuente con esa actitud, invitaba al chifa tanto a jóvenes estudiantes sanmarquinos y a figuras consagradas mundialmente como los historiadores Eric Hobsbawm y Pierre Vilar; luego de sus conferencias en la universidad de San Marcos. 

Era con los jóvenes con quien se sentía más a gusto.  Pero, ello no era óbice para que se enfrascara en largas discusiones si algún joven universitario sostuviera posiciones discrepantes con él; Don Emilio no lo menospreciaba por su calidad de novicio ni trataba de espulgar sus conocimientos con el fin de intimidarlo.  Además de poner argumentos en la discusión, revelaba cómo había arribado a las conclusiones que afirmaba.  Solamente una vez vimos a Don Emilio apelar al criterio de autoridad; fue ante la contumacia de un estudiante que tenía todos los visos de llegar a ser un intelectual de relumbrón.

Su calidad de maestro se revelaba con nitidez en las conversaciones informales.  En ellas se prodigaba generosamente, transmitiendo sus concepciones, hallazgos y filones para investigar.  Ha sucedido que algunos intelectuales inescrupulosos han “tomado” ideas de don Emilio para insertarlas en sus propias publicaciones como si originariamente fueran de ellos.  Una notable excepción lo constituye Alfredo Torero, que como aprecio y reconocimiento al amigo, ha consignado la información e ideas que le debe a Don Emilio en el primer trabajo de lingüística peruana:  El quechua y la Historia social andina.

5.   DON EMILIO Y SUS AMIGOS.- Don Emilio fue sencillo y generoso.  Poco a poco en el proceso de la amistad, iba revelando con delicadeza sus conocimientos y uno iba percatándose de sus inagotables cualidades.  En las conversaciones cotidianas, o cuando recién conocía a una persona, no provocaba tratar temas trascendentes que él dominaba para lucirse.  Su gran respeto por las personas y su ingente riqueza interior le permitieron trabar relación con personas de diferentes edades, cultura y condiciones sociales.  Por eso es que acudíamos donde él cuando teníamos algún conflicto emocional.     

      La historiografía peruana no sólo ha recibido aportes directos de Don Emilio, sino también indirectos.  Nos atrevemos a afirmar que para el historiador Pablo Macera ha sido muy provechosa la amistad con Don Emilio.  Conocimos a Macera cuando estudiábamos en la universidad de San Marcos y nos percatamos rápidamente de su personalidad sensitiva y exuberante; observando, con alegría, su evolución ideológica cuando dictó el curso de Historia Económica.  Estamos seguros que no ha estado ajeno a esa evolución Don Emilio; quien se haría presente –como diestro cultivador de la amistad- en los momentos de mayores conflictos interiores de Macera.  Ello se puede intuir de una hermosa frase que le escuchara a Don Emilio y que escribiera Macera la recuerda en un artículo que escribiera en homenaje a don Emilio, luego de su fallecimiento:

Nunca es más oscura la noche que antes de amanecer[6]

Don Emilio simpatizaba con cualquier persona honrada y con ideales; aunque no tuviera una posición revolucionaria.  Pero, esa persona no quedaba inmunizada para recibir una severa crítica si se lo merecía.  De John Murra se refería con simpatía, pero criticó la teoría del intercambio de pisos ecológicos, arguyendo el desfase histórico y el obviar las contradicciones sociales.

Con las personas que trababa amistad ejercía una gran autoridad moral.  No solamente por su disciplina en el estudio o por su rigurosidad de su metodología; sino, sobre todo, porque se tomaba en cuenta su severa censura al oportunismo e inconsecuencia: que, algunas veces lo expresa con ironía mordaz.  Ese estilo lo usaba especialmente cuando algún amigo lograba ocupar un puesto de autoridad o cuando incrementaba notablemente sus bienes patrimoniales y, consecuentemente, mudaba de posición ideológica.  Don Emilio advertía con las tentadoras becas al extranjero y los apetecibles grant de las fundaciones Ford y Rockefeller y los altos puestos en el Estado como medios de comprar conciencias y apartarse del camino de la ciencia.
En estos momentos de crisis generalizada cuanta falta nos hace Don Emilio para mostrar un derrotero.  Con su muerte no sólo hemos perdido un científico; sino u sabio que pautaba nuestra conducta moral.

6.   NUESTRO DEBER PARA CON DON EMILIO.- Fiel a sus convicciones marxistas nunca escribió por gusto.  La lucha fue su elemento y es ahí donde se revelaban mejor sus facultades.  Siendo también por razones de lucha ideológica que su obra no es difundida.

En el futuro, conforme las fuerzas sociales que empujan la Historia en sentido del progreso ganen terreno en nuestra patria, la figura de Don Emilio se agigantará y su personalidad servirá de ejemplo a la juventud.

Con la muerte de don Emilio sentimos que algo de nosotros se ha ido. ¡Admitamos que don Emilio ha muerto y redoblemos nuestros esfuerzos por plasmar sus ideales que son los nuestros!

Antonio Rengifo Balarezo

*Publicado originalmente en la revista Campesino, Nº7, Lima, 1977, pp.89-94. El artículo ha sido gentilmente enviado por el autor. (Nota del Comité de Redacción)







         


[1] CHURATA, Gamaniel: Elogio de José Carlos Mariátegui. Amauta, revista nº 32. Lima, agosto/setiembre de 1930.
[2] Quisiera manifestar, que para nosotros, que lo estimábamos, nos era difícil -en ese entonces- comprenderlo plenamente.  Ya que al ingresar a la universidad de San Marcos, estuvimos influidos por los manuales de la Unión soviética y los novísimos libros europeo, especialmente franceses, recomendados por algunos profesores que pertenecían a las filas del partido Social progresista como Jorge Bravo Bresani, economista e ingeniero de minas..
[3] Por esos años, el enorme aparato propagandístico oficial restringió en Lima las actividades culturales independientes.  Y una buena parte de la intelectualidad fue captada por el régimen de las FF.AA. Los principales animadores del INDEICOOP fueron Jaime Llosa Larraburre, asesor de SINAMOS y Gerardo Cárdenas, asesor de CENCIRA.
[4]  Desde niño aprendió la agilidad mental y los giros propios del pueblo por haber mataperreado en la mar brava y en los potreros del Callao.
[5] Hace ya algunos años, cuando le hablé de don Emilio a un joven amigo; éste me contó que cuando recién ingresó a la universidad Nacional de Ingeniería asistió a una mesa redonda en el auditórium de la Facultad de Arquitectura donde exponían –y se exponían- algunas “vedettes” de las ciencias sociales latinoamericanas; se sintió perturbado cuando un hombre de pequeña estatura, algo despeinado y con una ropa modesta había hecho uso de la palabra sin ningún protocolo y con ademanes enérgicos se había atrevido a contradecir tajantemente a los “omniscientes” investigadores de organismos internacionales. Por ello creyó que ese hombre era un loco que por casualidad, en su caminar errático, se había metido en el auditorio
[6] El Comercio. Diario. Suplemento dominical. Lima

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