domingo, 1 de noviembre de 2026

Reconstitución

Nota: 

El texto que republicamos a continuación ha sido objeto de corrección en varios de sus pasajes al ser incorporado como el capítulo I del libro inédito Por la construcción el frente unido revolucionario del pueblo peruano. 

01.11.2026.

Comité de Redacción.


¡Defender el Pensamiento de Mariátegui de Toda Tergiversación y Desarrollarlo en Función de la Realidad Actual!

 

Acerca de las Contradicciones Antagónicas en el Seno del Pueblo 

Eduardo Ibarra 

PARA ALCANZAR UNA VISIÓN completa de las contradicciones existentes en el seno del pueblo, es necesario tener en cuenta no solo las contradicciones no antagónicas, sino también las contradicciones antagónicas. Ciertamente la adopción de una táctica correcta del proletariado peruano implica la consideración de una serie de factores nacionales e internacionales, pero ello es posible solo partiendo de una acertada comprensión de las contradicciones no antagónicas y las contradicciones antagónicas en el seno del pueblo. 

En febrero de 1957, Mao señaló: 


Hablando en términos generales, las contradicciones en el seno del pueblo son contradicciones que se dan sobre la base de la identidad fundamental de los intereses de clase. (Obras escogidas, t. V). 

Como es de conocimiento común, la identidad fundamental de los intereses de clase del pueblo está determinada por la contradicción principal de un determinado período histórico. Lenin señalaba que en toda nación moderna hay dos naciones. Por eso, puede decirse que en el actual período histórico la contradicción principal en el Perú es entre la nación peruana, de una parte, y la gran burguesía intermediaria del imperialismo de otra. Naturalmente, la nación peruana de la que hablamos aquí está conformada por la clase obrera, el campesinado, la pequeña burguesía urbana y la porción de la burguesía nacional –o burguesía media–  que se opone al imperialismo en la medida en que éste impide el desarrollo del capitalismo nacional. La contradicción entre esta nación, de una parte, y la gran burguesía y el imperialismo, de otra, es una contradicción antagónica que, naturalmente, solo puede tener su resolución con la conquista del poder político por las clases trabajadoras. 

De manera pues que, la identidad fundamental de los intereses de clase del pueblo es la línea demarcatoria que separa a quienes luchan por resolver revolucionariamente la contradicción principal de quienes desenvuelven una actividad limitada a procurar algunas reformas en el marco del régimen capitalista. 

La lucha por la resolución de la contradicción principal puede alcanzar una victoria estable sobre la base de la unidad de las clases trabajadoras en un frente unido revolucionario. Ahora bien, para que este frente sea tal efectivamente, debe presentar la necesaria correspondencia entre su programa y la posición política de sus militantes, así como para ser eficaz debe aplicar una correcta táctica en cada situación concreta de la lucha de clases. 

Como señalan Marx y Engels en el Manifiesto del Partido Comunista, «las ideas dominantes en cualquier época no han sido nunca más que las ideas de la clase dominante.» Así, el reformismo en el seno del pueblo no puede entenderse sino como un producto de la influencia de la ideología burguesa, pues apenas promueve algunos cambios compatibles con el mantenimiento de los fundamentos del régimen capitalista; por esta razón, el reformismo no es parte de la identidad fundamental de los intereses de las clases que conforman el pueblo; por el contrario, representa una posición antagónica con respecto a dicha identidad. Huelga decir que los marxistas no se oponen a las reformas que, de alguna manera, benefician a las clases trabajadoras, sino al reformismo como concepción política. Ya Lenin señalaba que los marxistas: 1) “a diferencia de los anarquistas, admiten la lucha por las reformas, es decir, por las mejoras en la situación de los trabajadores”; 2) al mismo tiempo que “sostienen la lucha más enérgica contra los reformistas, que directa o indirectamente circunscriben a las reformas los anhelos y la actividad de la clase obrera”; 3) consideran que, “incluso cuando es totalmente sincero, [el reformismo] se transforma de hecho en un instrumento de la burguesía para corromper a los obreros y reducirlos a la impotencia”; 4) reconocen que “los obreros, que han comprendido la falsedad del reformismo, utilizan las reformas para desarrollar y ampliar su lucha de clases.” (“Marxismo y reformismo”). 

Las desviaciones del marxismo son asimismo un producto de la influencia burguesa sobre el proletariado y las clases trabajadoras en general y, por eso, tampoco representan la identidad fundamental de los intereses de clase del pueblo. Lenin subrayó: 


El revisionismo o “revisión” del marxismo es hoy una de las principales manifestaciones, si no la principal de la influencia burguesa sobre el proletariado y de la corrupción burguesa de los proletarios. («Quien mucho corre, pronto para»). 

Específicamente sobre el liquidacionismo, el jefe bolchevique sostuvo:

 

las desviaciones del marxismo las engendra la “contrarrevolución burguesa”, las engendra “la influencia burguesa en el proletariado”. (…) el liquidacionismo es una desviación “peligrosa” del marxismo, una desviación contra la actual es necesario luchar, que refleja “la influencia burguesa en el proletariado. (…) Los intereses de la burguesía, cuyo estado de espíritu es contrario a la democracia, y, en general, contrarrevolucionario, exigen la liquidación, la disolución del viejo Partido del proletariado. (…) El liquidacionismo no es solamente la liquidación (es decir, la disolución, la destrucción) del viejo Partido de la clase obrera; es también la destrucción de la independencia de clase del proletariado, la corrupción de su conciencia por las ideas burguesas. («La decisión de 1910»).

el liquidacionismo desde la derecha, o liquidacionismo en el sentido propio de la palabra, fue un viraje hacia el liberalismo. (…) debe estar claro para todos lo absurdo y ridículo de pensar en la posibilidad de “unir” o “conciliar este grupo [el grupo liquidacionista] con el partido obrero marxista. («Marxismo y liquidacionismo»). 

Por vía de consecuencia, el conductor de la Revolución Rusa estableció la línea marxista en el movimiento obrero en los términos siguientes:

 

La única línea marxista en el movimiento obrero mundial consiste en explicar a las masas que la escisión con el oportunismo es inevitable e imprescindible, en educarlas para la revolución en una lucha despiadada contra él, en aprovechar la experiencia de la guerra para desenmascarar todas las infamias de la política obrera liberal-nacionalista, y no para encubrirlas. («El imperialismo y la escisión del socialismo»). 

¿Cuál es la esencia de los citados juicios y de la línea de Lenin para el movimiento obrero mundial? ¿Cuál es su fondo filosófico? La esencia de tales juicios y de tal línea, su fondo filosófico, es que, en el seno del pueblo, existen no solo contradicciones no antagónicas, sino también contradicciones antagónicas entre el revolucionarismo y el reformismo, entre el marxismo y el oportunismo. Estas contradicciones se dan porque el reformismo y el oportunismo representan intereses distintos a la identidad fundamental de los intereses de clase del pueblo; es claro, por consiguiente, que las contradicciones antagónicas en el seno del pueblo son formas específicas del antagonismo entre el proletariado y la burguesía. Por esta razón, a propósito del antagonismo entre el marxismo y el oportunismo, Mao enfatizó:

 

Los derechistas, aunque desde un punto de vista formal todavía están dentro del pueblo, en realidad son enemigos. Declaramos abiertamente que lo son, que la contradicción que nos enfrenta a ellos es una contradicción entre nosotros y el enemigo. (Obras escogidas, t. V). 

Esta cita les alcanza también a los reformistas. Así, los oportunistas y los reformistas que, desde un punto de vista formal actúan en el seno de las clases trabajadoras, son enemigos en la medida en que mantienen una posición contraria a la identidad fundamental de los intereses de clase del pueblo, razón por la cual no pueden ser parte del frente revolucionario. El hecho de que oportunistas y reformistas actúen en el seno de las clases populares, solo puede confundir a quienes no abordan el problema desde la posición del proletariado. 

Mao sostuvo:

 

[Los derechistas] son del pueblo en un tercio de sí mismos, y de la contrarrevolución en los dos tercios restantes. (Ibid) 

A algunos marxistas blandengues o más o menos blandengues, las citadas palabras de Mao (que les alcanza asimismo a los reformistas) pueden parecerles demasiado fuertes. Pero es cierto: los derechistas y los reformistas son tales porque sus posiciones son contrarias a la revolución. Socialmente, actúan en el seno del pueblo y, por eso, algunos de ellos se ven forzados a utilizar una fraseología revolucionaria; pero, ideológica y políticamente, son agentes de la influencia de la burguesía entre las clases trabajadoras. Es el caso, verbigracia, de los liquidadores, quienes utilizan un lenguaje marxista con el cual embaucan a algunas personas, siendo que lo que hacen en realidad es introducir el liberalismo burgués entre las clases trabajadoras, en cuestiones tan importantes como por ejemplo el partido y el frente unido. En efecto, los liquidadores absolutizan las contradicciones no antagónicas en el seno del pueblo y, de esta forma, encubren las contradicciones antagónicas. Es sobre esta base espuria que promueven un partido doctrinariamente heterogéneo y un frente amalgama con la participación de reformistas y oportunistas. Todo esto es liberalismo. ¿A quién sirve este liberalismo? Ciertamente no al proletariado, sino a la burguesía. 

Por lo expuesto, se comprenderá que, en cuanto a la organización política del proletariado, 


Es absurdo seguir considerando el oportunismo como un fenómeno interior de Partido. (…) Ahora toda la cuestión consiste en decidir si… hay que intentar introducir nuevamente ese pus en el organismo, en aras de la “unificación” (con el pus), o si para contribuir a la completa curación del organismo del movimiento obrero, es menester eliminar esa podre del modo más rápido y cuidadoso, aunque este proceso produzca temporalmente agudo dolor. (Lenin, «El oportunismo y la bancarrota de la II Internacional»).      

En cuanto al frente unido, es pertinente señalar que, desde los años sesenta, el Partido señaló claramente que el frente revolucionario no es para compartir con revisionistas y trotskistas. Como es obvio, este frente no puede ser solamente de las organizaciones de izquierda, sino fundamentalmente de la clase obrera, el campesinado, la pequeña burguesía urbana y la porción de la burguesía nacional que se opone al imperialismo; huelga subrayar que el frente revolucionario tiene que tener por base la alianza obrero-campesina. En consecuencia, no es posible su construcción con la pequeña burguesía reformista y con revisionismos de todo jaez. 

Por eso, si la reconstitución del Partido de Mariátegui es posible únicamente sin el revisionismo y contra el revisionismo (el liquidacionismo es una forma específica de revisionismo), la construcción del frente unido revolucionario es viable únicamente sin el reformismo y contra el reformismo, sin el oportunismo y contra el oportunismo. 

Resumiendo: no obstante actuar en el seno del pueblo, tanto el reformismo como el oportunismo son productos de la influencia de la ideología burguesa entre las clases trabajadoras y, por eso, sus posiciones son contrarias a la identidad fundamental de los intereses de clase del pueblo peruano. Sin embargo, ¿qué hace el liberalismo travestido de marxismo-leninismo? Pues, como está probado, postula un partido doctrinariamente heterogéneo, aunque lo niegue de la boca para afuera esgrimiendo las más burdas argucias y los más baratos sofismas; así como promueve también un frente amalgama con la participación de revisionistas, trotskistas y otras hierbas; es decir, niega que 


las desviaciones del marxismo… las engendra “la influencia burguesa en el proletariado”; [niega que] El revisionismo o “revisión” del marxismo es hoy una de las principales manifestaciones, si no la principal de la influencia burguesa sobre el proletariado y de la corrupción burguesa de los proletarios; [niega que] Los derechistas, aunque desde un punto de vista formal todavía están dentro del pueblo, en realidad son enemigos; [niega que] Ahora toda la cuestión consiste en decidir si… hay que intentar introducir nuevamente ese pus en el organismo, en aras de la “unificación” (con el pus), o si para contribuir a la completa curación del organismo del movimiento obrero, es menester eliminar esa podre del modo más rápido y cuidadoso; [niega que] La única línea marxista en el movimiento obrero mundial consiste en explicar a las masas que la escisión con el oportunismo es inevitable e imprescindible, en educarlas para la revolución en una lucha despiadada contra él. 

Si la independencia de clase del partido proletario está dada por su adhesión al marxismo-leninismo y, por lo tanto, por la lucha contra el oportunismo y su depuración de las filas partidarias, el carácter revolucionario del frente unido está dado por la correspondencia necesaria entre el programa revolucionario y la posición revolucionaria de sus militantes. En el Perú de hoy, son revolucionarios todos aquellos que, respondiendo a la identidad fundamental de los intereses de clase del pueblo, luchan por la conquista del poder, y no simplemente por algunas reformas. Ningún programa revolucionario que pueda existir en el papel es pasible de ser implementado si los militantes del frente no son revolucionarios, sino reformistas y oportunistas; así también, ningún contingente revolucionario puede cumplir su misión si es parte de un frente reformista. 

Sin embargo, en la medida en que los reformistas y los  oportunistas «son del pueblo en un tercio de sí mismos», en ciertas circunstancias pueden actuar a favor de una u otra reivindicación concreta, o incluso de un conjunto de reivindicaciones concretas y, en estos casos, el frente revolucionario puede actuar conjuntamente con ellos, pero preservando su independencia política y su autonomía orgánica. Esta necesaria y circunstancial “unidad en la acción”, puede darse no solo en la lucha directa de las masas sino también en la lucha electoral; por eso, en ambas situaciones puede haber coincidencias puntuales con fuerzas reformistas y oportunistas (el proletariado consciente no siempre puede cumplir las tareas que impone la lucha de clases sin sumar a la acción concreta, cuando es posible, a tales fuerzas). Pero una cosa es reconocer la necesidad de esta actuación conjunta circunstancial, y otra muy distinta es creer que la misma es la táctica revolucionaria y que, por consiguiente, hay que organizarse con reformistas y oportunistas en un mismo frente. Mientras para estas tendencias políticas la lucha por reivindicaciones inmediatas es toda su lucha, para el revolucionarismo marxista la aludida lucha reivindicativa conjunta es nada más que un momento táctico. 

Así, pues, por aquello de que los reformistas (la izquierda de la derecha) y los oportunistas (la derecha de la izquierda), son de «la contrarrevolución en los dos tercios restantes» de sí mismos, lo que no puede hacerse es incorporarlos a las filas del frente unido revolucionario. Incorporar a estas filas a reformistas y oportunistas, es negar el principio de la correspondencia necesaria entre el programa y la militancia del frente que representa la identidad fundamental de los intereses de clase del pueblo y, obviamente, dicha incorporación sería contraria a esta identidad. 

Los reformistas y oportunistas son enemigos por aquello de que en dos tercios de sí mismos no representan la identidad fundamental de los intereses de clase del pueblo, pero, por aquello de que socialmente actúan en el seno de las clases trabajadoras, no son pasibles de ser eliminados, como creyeron algunos, sino solamente desenmascarados y aislados políticamente. 

En conclusión, el liberalismo disfrazado de marxismo-leninismo encubre el antagonismo entre el revolucionarismo y el reformismo y entre el marxismo y el revisionismo, y, de esta forma, socava la identidad fundamental de los intereses de clase del pueblo peruano y da paso al liberalismo encarnado en la oportunista idea de la «unidad» con tuti quanti, idea que, dados aquel encubrimiento y aquella socavación, se revela, para cualquier marxista capaz de pensar teóricamente, como una flagrante amputación de la dialéctica en el seno del pueblo y un evidente oportunismo en el trabajo frentista.

 



¡Defender el Pensamiento de Mariátegui de Toda Tergiversación y Desarrollarlo en Función de la Realidad Actual!

 

El Manifiesto Comunista y el Partido de Clase 

(Extracto) 

E. I. 

Como es posible que lo sepan quienes han leído con atención algunos textos representativos de nuestro personaje, los mismos se caracterizan por presentar una coherencia interna formal que, precisamente por formal, pone en evidencia su condición de ser un análisis cerrado y, por lo tanto, no pasible de complementos de importancia. Este es un vicio metodológico. García abusa pues del método de la abstracción y, este abuso consiste en que deja por fuera los elementos de la realidad concreta que no calzan con su esquema prestablecido, tal como hemos visto ya en el presente artículo. Por eso no es casual que, como resultado de ello, en su exposición encontremos notorias falacias y evidentes sofismas (muy necesarios a su coherencia interna formal). Así, pues, el esquematismo de García falsea la realidad. 

Este formalismo, este abuso de la abstracción, este vicio metodológico es más o menos semejante al de Bujarin. Compare el lector, por ejemplo, el libro La economía mundial y el imperialismo, de Bujarin, y El imperialismo, fase superior del capitalismo, de Lenin, y encontrará la diferencia entre el método formalista del primero y el método marxista del segundo. Mientras Bujarin pretende agotar el tema del imperialismo mediante una exposición de una coherencia internamente formal, de una estructura expositiva cerrada, Lenin no pretendía ofrecer en su libro un análisis completo de todos los cambios experimentados por el capitalismo en  su fase imperialista y, en consecuencia, su método no aparece como un sistema cerrado, formalmente perfecto; en otras palabras, Lenin no pretendía que su libro fuera un análisis acabado de la nueva realidad del capitalismo; por el contrario, su libro deja abierta la posibilidad de nuevos desarrollos; así, por ejemplo, en sus páginas no expone sus ideas sobre el capitalismo monopolista de Estado, cuestión que aborda posteriormente en El Estado y la revolución, desarrollando así la teoría de la realidad contemporánea del capitalismo. Es decir, en Fase superior, el jefe de la revolución rusa expone los cambios del capitalismo que servían suficientemente para demostrar que el mismo había pasado a una nueva fase de su desarrollo, y, por cuanto de la problemática que se analiza en El estado y la revolución se desprende la necesidad de anotar el lugar y el papel del capitalismo monopolista de Estado en el imperialismo, entonces Lenin procedió en consecuencia; así, escribió en este libro: 


el imperialismo, la época del capital bancario, la época de los gigantescos monopolios capitalistas, la época de transformación del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado, revela un extraordinario fortalecimiento de la “máquina del Estado”, un desarrollo inaudito de su aparato burocrático y militar, en relación con el aumento de la represión contra el proletariado, así en los países monárquicos como en los países republicanos más libres. (El estado y la revolución, ELE, Pekín, 1975, p. 39) 

Dicho lo anterior, puede decirse que el método de análisis y exposición de García tiene poco que ver con el método marxista. Esta es la realidad. 

Este vicio metodológico de García se observa en muchos de sus artículos y ensayos. Mencionemos algunos: «El movimiento comunista internacional en la encrucijada», «La lección polaca», «La unidad del m.c.i.», «El socialismo en España», «El desmonte del izquierdismo», «Talón de Aquiles-Mano de piedra», «Las siete triples», «El frente unido, para qué», «El lexicón octubrino», «El socialismo peruano», «El movimiento comunista», «El partido de Mariátegui», «Nuestra época», «Las cinco caídas de yo el supremo», «El pedestal de cristal», «Los partidos comunistas hoy», «¿Al fin, quo vadis honorable Partido Comunista?», «Acerca  del centenario del socialismo peruano», «¿Reconstitución, reivindicación, refundación?», etcétera, etcétera.





¡Defender el Pensamiento de Mariátegui de Toda Tergiversación y Desarrollarlo en Función de la Realidad Actual!

 

La Táctica del proletariado

(Extracto)

E. I. 

Con el paso del capitalismo competitivo al capitalismo imperialista, todas las contradicciones del capitalismo se exacerbaron y surgieron otras nuevas. En estas nuevas condiciones, más todavía que en la época del capitalismo competitivo y de preparación de la revolución proletaria, la lucha electoral no puede ser actuada a la manera de los partidos de la Segunda Internacional, sino que, allí donde está vigente el sufragio universal, tiene que observarse escrupulosamente la relación de la lucha electoral con la lucha directa de las masas y, en general, de la lucha legal con la lucha ilegal. Por lo tanto, la lucha en las instituciones burguesas (parlamento, municipio, etc.) no puede ser actuada como la forma principal de lucha y menos todavía como la única forma de lucha.

En otras palabras, en cuanto a la táctica del proletariado se refiere, el paso de la época del capitalismo competitivo y de preparación de la revolución proletaria (de desarrollo relativamente pacífico del capitalismo) a la época del imperialismo y de la revolución proletaria (de desarrollo catastrófico del capitalismo), significó el paso de la utilización del sufragio universal como forma principal de lucha, a la lucha directa de las masas como forma principal de la lucha de clase del proletariado. La actualidad histórico-mundial de la revolución proletaria así lo exigía y, obviamente, continúa exigiéndolo. Stalin sostuvo al respecto:


El período en que dominó la II Internacional fue, principalmente, un período de formación y de instrucción de los ejércitos políticos proletarios en unas condiciones de desarrollo más o menos pacífico. Fue el período del parlamentarismo como forma preponderante de la lucha de clases. Las cuestiones de los grandes choques de clases, de la preparación del proletariado para las batallas revolucionarias, de las vías para llegar a la conquista de la dictadura del proletariado, no estaban entonces –así lo parecía– a la orden del día. La tarea reducíase a utilizar todas las vías de desarrollo legal para formar e instruir a los ejércitos proletarios, a utilizar el parlamentarismo adaptándose a las condiciones dadas, en las cuales el proletariado asumía y debía asumir –así lo parecía– el papel de oposición. No creo que sea necesario demostrar que, en ese período y con semejante concepción de las tareas del proletariado, no podía haber ni una estrategia coherente ni una táctica bien elaborada. Había pensamientos fragmentarios, ideas aisladas sobre táctica y estrategia, pero no había ni táctica ni estrategia. (…) El pecado mortal de la II Internacional no consiste en haber practicado en su tiempo la táctica de utilizar las formas parlamentarias de lucha, sino en haber sobreestimado la importancia de estas formas, considerándolas casi las únicas; y cuando llegó el período de las batallas revolucionarias abiertas y el problema de las formas extraparlamentarias de lucha pasó a primer plano, los partidos de la II Internacional volvieron la espalda a las nuevas tareas, renunciaron a ellas. (I: 1977: 79-80).

Lenin señaló sobre la lucha del proletariado en las condiciones de la vigencia de la democracia burguesa en la época del imperialismo:


Sólo los canallas o los bobos pueden creer que el proletariado debe primero conquistar la mayoría en las votaciones realizadas bajo el yugo de la burguesía, bajo el yugo de la esclavitud asalariada, y que sólo después debe conquistar el poder. Esto es el colmo de la estulticia o de la hipocresía, esto es sustituir la lucha de clases y la revolución por votaciones bajo el viejo régimen, bajo el viejo poder. (I: 1977: 164).

Es decir, ninguno de los aparatos del Estado burgués (ejecutivo, parlamento, municipio) puede servir al proletariado de medio para tomar el poder. Como señaló Mariátegui, «los cauces legales no pueden contener una acción revolucionaria.» (I: 1988a: 143).

O sea, es necesario desenvolver la lucha electoral, pero sabiendo que su utilidad es limitada. Lo realmente decisivo es la lucha directa de las masas, su organización revolucionaria, su lucha por la destrucción de la máquina estatal de la burguesía y la instauración de una máquina estatal revolucionaria, pues la lucha directa de las masas es el cauce que contiene la revolución. Así, la lucha electoral debe servir a la lucha directa de las masas, y no a la inversa.

Ninguna «reforma estructural», ninguna restructuración de ninguno de los aparatos del Estado burgués puede ser el cauce de la revolución. Creer que sí, es prácticamente suscribir estas palabras del renegado Kautsky:


La república parlamentaria –tenga o no como jefe a un monarca al estilo inglés– es, a mi juicio, la base de donde brotan la dictadura proletaria y la sociedad socialista. (V: 1965: 383).

Kautsky creía pues que los cauces legales contienen la revolución.

La lucha electoral sirve para educar a las masas. Pero el proletariado no puede reducir la lucha de clases a la lucha en el seno del parlamento o del municipio o de cualquier otro aparato del Estado burgués, ni considerar que la lucha electoral es la forma principal de lucha y que, en consecuencia, la lucha directa de las masas debe subordinarse a ella. Esto sería pasarse al lado de la burguesía.

En términos generales, puede decirse que el mundo se encuentra dividido en un puñado de países imperialistas y una mayoría de países oprimidos. En esta situación, el proletariado debe tener en cuenta que la táctica válida para los países oprimidos (que no suprime ciertas diferencias tácticas entre estos países, diferencias  determinadas por sus condiciones específicas), no es válida para los países imperialistas y capitalistas avanzados, donde existe, en cierto grado, una situación de «paz social». Analizando esta realidad, Mao escribió:


la tarea del partido del proletariado en los países capitalistas consiste en educar a los obreros, acumular fuerzas a través de un largo período de lucha legal, y prepararse así para el derrocamiento final del capitalismo. Allí la cuestión es sostener una larga lucha legal, utilizar el parlamento como tribuna, recurrir a las huelgas económicas y políticas, organizar sindicatos y educar a los obreros…(1)

En el Perú de hoy existen quienes han echado por la borda las precisiones subrayadas por Engels («propongo estas tácticas únicamente para la Alemania de hoy y solamente con una estipulación importante», etc.), y, de este modo, han absolutizado y aun universalizado la lucha electoral, procediendo así como los oportunistas que castraron el balance de Engels y, por eso, como ellos, se muestran como pacíficos adoradores de la legalidad a toda costa, como campeones de la paz a ultranza, como adversarios vergonzantes de la fuerza y la violencia, lo que se revela en la idea según la cual todo debe servir a la lucha electoral.

       Mariátegui esclareció:


Una revolución no puede ser predicha a plazo fijo. Sobre todo, una revolución no es un golpe de mano. Es una obra multitudinaria. Es una obra de la historia. Los comunistas lo saben bien. Su teoría y su praxis se han forjado en la escuela y en la experiencia del materialismo histórico. No es probable, por ende, que se alimenten de ilusiones. (I: 1988d: 135).

Teniendo en cuenta pues que la revolución «no es un golpe de mano», sino «una obra multitudinaria» que se cumple «en muchos años», Mariátegui puntualizó en otro lugar: «El comunismo conforme a su práctica mundial asistirá a las elecciones con meros fines de agitación y propaganda clasistas.» (I: 1988a: 137-138).

       De esta forma planteó la necesidad de participar en la lucha electoral y el contenido de esta participación. Pero, como ya vimos, Mariátegui era un convencido de que los cauces legales no contienen una acción revolucionaria y, por lo tanto, es claro que sostenía la casi permanente lucha directa de las masas como más decisiva que la temporaria lucha electoral.

       No obstante, los mismos que contravienen las precisiones de Engels, sostienen un pretendido «camino municipal al socialismo» y, así, contravienen aquella convicción de Mariátegui, pues, en realidad, entienden la lucha electoral como la forma principal de lucha, lo que se constata cuando sostienen que hay que trabajar todo el año como hormigas para servir a la lucha electoral. Dicho «camino municipal» es, en esencia, semejante al «camino parlamentario al socialismo» del revisionismo togliattiano-jruschoviano, lo que no puede ser ocultado con la frase «llegado el momento». (Ver: I: Ibarra: 2016 y 2012). 

       En conclusión, en nuestra época de desarrollo catastrófico del capitalismo, la táctica del proletariado de los países oprimidos es la combinación de la lucha electoral con la lucha directa de las masas, con esta última como la forma principal. Y esta táctica debe servir a la lucha por la toma del poder, y no meramente a la lucha por el gobierno.

       Desde luego, esta táctica está sujeta a las modificaciones que pueden determinar las condiciones concretas de cada situación particular, modificaciones que, sin embargo, no deben alterar el contenido central de la cuestión: la lucha por la organización de las masas trabajadoras para la toma del poder.

Notas

[1] I: 1972a: 225-226. Es necesaria la siguiente precisión: mientras en los países imperialistas y capitalistas avanzados la lucha electoral tiene una evidente estabilidad, debido a la explosividad de la lucha de clases en los países oprimidos dicha estabilidad se presenta muy precaria.

 


¡Defender el Pensamiento de Mariátegui de Toda Tergiversación y Desarrollarlo en Función de la Realidad Actual!

 

El Partido de Masas y de Ideas de José Carlos Mariátegui 

(Extracto)

E. I. 

3. En lo político. Como se sabe, Ramón García propone un municipio que tiene «que ser una corporación de trabajo, Legislativa y Ejecutiva a la vez», y que, además, «tiene que planificar su economía, asumiendo sus funciones de producción, administración y gobierno. En síntesis, tiene que ser la célula económica de la nueva sociedad.» (Municipio y Estado, mimeo.) 

Pero esta última frase no compagina con aquella otra que aparece en el mismo lugar y, según la cual, «el nuevo municipio es el “por dónde empezar” de la lucha por el cambio social», pues, si este es el por dónde empezar, entonces lo que se propone en realidad es que «el nuevo municipio» tiene que ser la célula económica de la sociedad actual.(15) Por eso, en el grupo liquidacionista se sostiene que organizar municipios con las características anotadas es construir «los gérmenes del socialismo.» 

Además, según sus promotores, los «nuevos municipios» están ligados a estas «reivindicaciones básicas»: «derecho a la vida digna material y espiritual», «derecho al trabajo emancipado»(16), «derecho al cambio social.» 

Pero ocurre que «la vida digna material y espiritual» no es posible en el capitalismo, sencillamente porque en esta sociedad el trabajo es trabajo alienado y alienante. El nuevo municipio y la vida digna material y espiritual son posibles únicamente en el socialismo. Esto debe saberlo todo marxista.(17) 

Considerar que en el marco del «nuevo municipio» (que debe «planificar» la economía capitalista local), es realizable la emancipación del trabajo, encierra la idea de que el paso al socialismo puede ser el resultado de la acción legal municipal. Así, pues, lo que de hecho plantea el grupo liquidacionista, es la vieja tesis revisionista de la transición pacífica. 

Levantar el «derecho al trabajo emancipado» puede tener eficacia solo como elemento de propaganda. Pero, con su equívoco planteo, el grupo liquidacionista crea ilusiones en las masas trabajadoras y embellece al capitalismo. 

Finalmente, levantar el «derecho al cambio social»(18) sirve nada más como elemento de agitación, pues la revolución no es una cuestión de derecho sino de situación revolucionaria y acción dirigente del Partido.(19) En resumidas cuentas, el planteamiento de los «gérmenes del socialismo» («nuevos municipios»), es completamente contrario a la justa observación mariateguiana de que «la praxis marxista… propone precisamente la conquista del poder político como base de la socialización de la riqueza.» (Elipsis nuestra) 

[15] En la revista Polémica, año II, nº 4, marzo-mayo, 2002, pp. 14-15, apareció publicado el artículo que comento, pero bajo la firma de Germán Vulcano. Allí se puede ver que, en lugar de decirse que el «nuevo municipio» «tiene que ser la célula económica de la nueva sociedad», se dice que «tiene que ser la célula económica de la sociedad», es decir, no se dice «de la nueva sociedad.» ¿Error de la revista? ¿Modificación del autor? Sea como fuere, lo cierto es que la versión de Polémica expresa con exactitud la verdadera idea de García, que se revela en la frase «el nuevo municipio es el por ‘dónde empezar’ de la lucha por el cambio social», pues, si este es el por dónde empezar, quiere decir entonces que el llamado nuevo municipio debe empezar por ser la célula económica de la sociedad actual, lo que se evita decir francamente. Esta reestructuración del Estado burgués en sus bases municipales está inspirada en la teoría de «reformas estructurales» del Palmiro Togliatti revisionista. Para percatarse de esto, el lector puede consultar el trabajo «Una vez más sobre las divergencias entre el camarada Togliatti y nosotros» (Proletarios de todos los países, uníos para luchar contra nuestro enemigo común, ELE, Pekín, 1963, pp. 263-315).

[16] En el artículo «Plan de publicación, aparecido en Polémica, año II, nº 5, p. 20, García plantea el derecho al trabajo emancipado como una reivindicación inmediata, pues se refiere a él precisamente bajo el subtítulo Frente unido. Reivindicaciones básicas.

[17] Si el trabajo emancipado y, por lo tanto, la vida digna material y espiritual fuesen realizables en el capitalismo –ilusión que se desprende del hecho de que ambas reivindicaciones son consideradas por el grupo liquidacionista como inmediatas–, entonces ¿para qué el socialismo? Por lo demás, quede dicho que el «trabajo digno», la «vida digna», etcétera, son conceptos que la burguesía internacional ha levantado para deslucir las banderas del socialismo, pero que, no obstante esto, el proletariado puede y debe agitarlas en la lucha democrática, aunque consciente de que el verdadero trabajo digno y la verdadera vida digna comienzan con el socialismo.

[18] Los conceptos de cambio social, cambio, cambios estructurales y proceso de cambios, son utilizados profusamente tanto por el reformismo como por la propia burguesía. Por eso es necesario precisar que la teoría marxista del desarrollo histórico comprende el concepto de revolución para designar la ruptura con las relaciones de producción caducas, es decir, para designar el desplazamiento en el poder político de una clase por otra, el paso de una formación social a otra superior. En el prólogo a Contribución a la crítica de la economía política, Marx escribió: «En un estadio determinado de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o –lo cual sólo constituye una expresión jurídica de lo mismo– con las relaciones de producción dentro de las cuales se habían estado moviendo hasta ese momento. Esas relaciones se transforman de formas de desarrollo de las fuerzas productivas en ataduras de las mismas. Se inicia entonces una época de revolución social.» Contra este concepto, en 1923 el sociólogo positivista Ogburn introdujo el de cambio social. El III Congreso Sociológico Internacional, realizado en 1956, fue especialmente dedicado al tema de «cambios sociales», y escenario de una particular apología del concepto de cambio social por parte del sociólogo alemán L. von Wise, quien argumentó que el mismo presupone «una estimación más prudente y escéptica de los cambios vitales y sociales en la vida de la humanidad y de las diferencias entre generaciones.» La Alianza para el Progreso levantó el concepto cambio social al objeto de oponerse al ejemplo de la Revolución Cubana, y el reformismo representado por la CEPAL lo levantó también a fin de distraer a las masas populares. Así, dicho concepto ha hecho carrera en la literatura burguesa y reformista, así como también sus parientes cambio, cambios estructurales y proceso de cambios. Desde hace un par de décadas por lo menos, un sector de la izquierda ha levantado el concepto cambio social, con el ánimo de hacer accesible a las masas populares la idea de la transformación de la sociedad. Por eso, es necesario señalar que dicho concepto tiene un carácter neutro, y que, por esta razón, no es científico. Así, pues, quienes lo utilizan deberían saber que, en rigor, no es intercambiable con el concepto científico de revolución sino en determinado contexto verbal muy específico. Deberían saber, pues, pero, por cierto, muchos no lo saben y, en consecuencia, en relación al término cambio social, es menester recordar esta aserción mariateguiana: «a Haya no le importa el lenguaje; a mí sí; y no por preocupación literaria sino ideológica y moral.» (Correspondencia, t. II, p. 491)


No hay comentarios:

Publicar un comentario

CREACIÓN HEROICA