El
Mundo de la Pseudoconcreción y su Destrucción
Karel
Kosik
LA DIALÉCTICA TRATA de la
"cosa misma". Pero la "cosa misma" no se manifiesta
inmediatamente al hombre. Para captarla se requiere no sólo hacer un esfuerzo,
sino también dar un rodeo. Por esta razón, el pensamiento dialéctico distingue
entre representación y concepto de las cosas, y por ello entiende no sólo dos
formas y grados de conocimiento de la
realidad, sino dos cualidades de la praxis
humana. La actitud que el hombre adopta primaria e inmediatamente hacia la
realidad no es la de un sujeto abstracto cognoscente, o la de una mente
pensante que enfoca la realidad de un modo especulativo, sino la de un ser que actúa
objetiva y prácticamente, la de un individuo histórico que despliega su
actividad práctica con respecto a la naturaleza y los hombres y persigue la
realización de sus fines e intereses dentro de un conjunto determinado de
relaciones sociales. Así, pues, la realidad no se presenta originariamente al
hombre en forma de objeto de intuición, de análisis y comprensión teórica -cuyo
polo complementario y opuesto sea precisamente el sujeto abstracto cognoscente que
existe fuera del mundo y aislado de él-; se presenta como el campo en que se
ejerce su actividad práctico-sensible y sobre cuya base surge la intuición práctica
inmediata de la realidad. En la relación práctico-utilitaria con las cosas, en
la cual la realidad se manifiesta como un mundo de medios, fines, instrumentos,
exigencias y esfuerzos para satisfacerla, el individuo "en situación"
se crea sus propias representaciones de las cosas y elabora todo un sistema
correlativo de conceptos con el que capta y fija el aspecto fenoménico de la
realidad.
Sin
embargo, la "existencia real" y las formas fenoménicas de la realidad
-que se reproducen inmediatamente en la mente de quienes despliegan una praxis
histórica determinada, como conjunto de representaciones o categorías del
"pensamiento ordinario" (que sólo por un "hábito bárbaro" se
consideran conceptos)- son distintas y con frecuencia absolutamente contradictorias
respecto de la ley del fenómeno, de la estructura
de la cosa, o del núcleo interno esencial
y su concepto correspondiente. Los hombres usan el dinero y realizan con él
las transacciones más complicadas sin saber ni estar obligados a saber qué es el dinero. La práctica utilitaria
inmediata y el sentido común correspondiente ponen a los hombres en condiciones
de orientarse en el mundo, de familiarizarse con las cosas y manejarlas, pero no
les proporciona una comprensión de
las cosas y de la realidad. Por esta razón, Marx pudo escribir que en el mundo de
las formas fenoménicas, sustraídas a su concatenación interna y completamente
incomprensibles en este aislamiento, quienes determinan efectivamente las
condiciones sociales se encuentran a sus anchas, como el pez en el agua. Para
ellos no hay nada de misterioso en lo que es internamente contradictorio, y su
juicio no se escandaliza lo más mínimo ante la inversión de lo racional y lo
irracional. La actividad práctica a que se hace referencia en este contexto es
una praxis históricamente determinada y unilateral, es la praxis fragmentaria de
los individuos, basada en la división social del trabajo, en la división de la
sociedad en clases y, en la creciente jerarquización de las posiciones sociales
que de ella deriva. En esta praxis, se forma tanto el ambiente material determinado
del individuo histórico como la atmósfera espiritual en la que la apariencia
superficial de la realidad se fija como el mundo de la supuesta intimidad, de la
confianza y familiaridad, en el que el hombre se mueve "naturalmente"
y con el cual tiene algo que hacer cada día.
El conjunto
de fenómenos que llenan el ambiente cotidiano y la atmósfera común de la vida
humana, que con su regularidad, inmediatez y evidencia penetra en la conciencia
de los individuos agentes asumiendo un aspecto independiente y natural, forma
el mundo de la pseudoconcreción. A él pertenecen:
- el mundo de los fenómenos
externos, que se desarrollan en la superficie de los procesos realmente
esenciales;
- el mundo del traficar y el
manipular, es decir, de la praxis fetichizada de los hombres que no coincide
con la praxis crítica y revolucionaria de la humanidad;
- el mundo de las
representaciones comunes, que son una proyección de los fenómenos externos en
la conciencia de los hombres, producto de la práctica fetichizada y forma
ideológica de su movimiento;
- el mundo de los objetos fijados,
que dan la impresión de ser condiciones naturales, y no son inmediatamente
reconocidos como resultado de la actividad social de los hombres
El mundo de la
pseudoconcreción es un claroscuro de verdad y engaño. Su elemento propio es el
doble sentido. El fenómeno muestra la esencia y, al mismo tiempo, la oculta. La
esencia se manifiesta en el fenómeno, pero sólo de manera inadecuada, parcialmente,
en algunas de sus facetas y ciertos aspectos. El fenómeno indica algo que no es
él mismo, y existe solamente gracias a su contrario. La esencia no se da
inmediatamente; es mediatizada por el fenómeno y se muestra, por tanto, en algo
distinto de lo que es. La esencia se manifiesta en el fenómeno. Su
manifestación en éste revela su movimiento y demuestra que la esencia no es
inerte y pasiva. Pero, igualmente, el fenómeno revela la esencia. La
manifestación de la esencia es la actividad del fenómeno.
El mundo
fenoménico tiene su estructura, su propio orden y su propia legalidad que puede
ser revelada y descrita. Pero la estructura de este mundo fenoménico no capta
aún la relación entre él mismo y la esencia. Si la esencia no se manifestase en
absoluto en los fenómenos, el mundo de la realidad se distinguiría de modo radical
y esencial del mundo fenoménico: en tal caso, el mundo de la realidad sería
para el hombre "el otro mundo" (platonismo, cristianismo), y el único
mundo al alcance del hombre sería el mundo de los fenómenos. Pero el mundo fenoménico
no es algo independiente y absoluto: los fenómenos se convierten en mundo fenoménico
en conexión con la esencia. El fenómeno no es radicalmente distinto de la esencia,
y la esencia no es una realidad de orden distinto a la del fenómeno. Si así fuese,
el fenómeno no tendría ningún vínculo interno con la esencia, no podría
manifestarla y, al mismo tiempo, ocultarla; la relación entre ambos sería
mutuamente externa e indiferente. Captar el fenómeno de una determinada cosa
significa indagar y describir cómo se manifiesta esta cosa en dicho fenómeno, y
también cómo se oculta al mismo tiempo. La comprensión del fenómeno marca el acceso a la esencia. Sin el fenómeno,
sin su manifestación y revelación, la esencia sería inaccesible. En el mundo de
la pseudoconcreción el lado fenoménico de la cosa, en el que ésta se manifiesta
y oculta, es considerado como la esencia misma, y la diferencia entre fenómeno y
esencia desaparece. ¿Es, pues, la
diferencia entre fenómeno y esencia una diferencia entre lo real y lo irreal, o
entre dos órdenes diversos de la realidad? ¿Es la esencia más real que el
fenómeno? La realidad es la unidad del fenómeno y la esencia. Por esto, la
esencia puede ser tan irreal como el fenómeno, y éste tan irreal como la
esencia en el caso de que se
presenten aislados y, en este aislamiento, sean considerados como la única o
"auténtica" realidad.
El fenómeno
es, por tanto, algo que, a diferencia de la esencia, oculta, se manifiesta
inmediatamente, primero y con más frecuencia. Pero ¿por qué la "cosa
misma", la estructura de la cosa, no se manifiesta inmediata y directamente?;
¿por qué requiere esfuerzos y rodeos para captarla?; ¿por qué la "cosa
misma" se oculta a la percepción inmediata? ¿De qué género de ocultación se
trata? Tal ocultación no puede ser absoluta: si el hombre, en general, busca la estructura de las cosas y
quiere escrutar la cosa "misma", para que pueda descubrir la esencia
oculta o la estructura de la realidad, debe ya poseer necesariamente antes de
iniciar cualquier indagación cierta conciencia de que existe algo como la
estructura de la cosa, su esencia, la "cosa misma"; es decir, debe
saber que, a diferencia de los fenómenos, que se manifiestan inmediatamente, existe
una verdad oculta de la cosa. El hombre da un rodeo y se esfuerza en la
búsqueda de la verdad sólo porque presupone de alguna manera su existencia, y
posee una conciencia firme de la existencia de la "cosa misma". Pero,
¿por qué la estructura de la cosa no es directa e inmediatamente accesible al
hombre; por qué para alcanzarla es preciso dar un rodeo? ¿Y a qué o hacia dónde
tiende éste? Si en la percepción inmediata no se da la "cosa misma",
sino el fenómeno de la cosa, ¿se debe ello a que la estructura de la cosa
pertenece a una realidad de orden distinto a la realidad de los fenómenos y,
por tanto, se trata de otra realidad situada detrás de los fenómenos?
En
virtud de que la esencia -a diferencia de los fenómenos- no se manifiesta
directamente, y por cuanto que el fundamento oculto de las cosas debe ser descubierto mediante una actividad especial,
existen la ciencia y la filosofía. Si la apariencia fenoménica y la esencia
de las cosas coincidieran totalmente, la ciencia y la filosofía serían
superfluas1.
Los esfuerzos
tendientes a descubrir la estructura de las cosas y la "cosa misma"
han sido siempre, desde tiempos inmemoriales, propios de la filosofía. Las
diversas tendencias filosóficas fundamentales son sólo modificaciones de esta
problemática fundamental y de su solución en las distintas etapas evolutivas de
la humanidad. La filosofía es una actividad
indispensable de la humanidad, ya que la esencia de las cosas, la
estructura de la realidad, la "cosa misma", no se muestran directa e
inmediatamente. En este sentido la filosofía puede ser caracterizada como
esfuerzo sistemático y crítico tendiente a captar la cosa misma, la estructura
oculta de la cosa, y descubrir el modo de ser del existente.
El
concepto de la cosa es la comprensión de ella, y comprender lo que la cosa es
significa conocer su estructura. El rasgo más característico del conocimiento
consiste en la descomposición del todo. La dialéctica no llega al conocimiento
desde el exterior o complementariamente, ni tampoco ello constituye una de sus
características, sino que el conocimiento es la propia dialéctica en una de sus
formas; el conocimiento es descomposición del todo. "El concepto" y "la
abstracción" tienen en la concepción dialéctica el significado de un método
que descompone el todo unitario, para poder reproducir mentalmente la
estructura de la cosa, es decir, para comprender la cosa.2
El conocimiento
se realiza como separación del fenómeno respecto de la esencia, de lo secundario
respecto de lo esencial, ya que sólo mediante tal separación se puede mostrar
la coherencia interna y, con ello, el carácter específico de la cosa.
En
este proceso no se deja a un lado lo secundario, ni se le separa como algo
irreal o menos real, sino que se revela su carácter fenoménico, o secundario,
mediante la demostración de su verdad en la esencia de la cosa. Esta
descomposición del todo unitario, que es un elemento constitutivo del
conocimiento filosófico -en efecto, sin
tal descomposición no hay conocimiento- demuestra una
estructura análoga a la del obrar humano, puesto que también éste se basa en la
desintegración del todo.
El propio
hecho de que el pensamiento se mueva de un modo natural y espontáneo en
dirección opuesta al carácter de la realidad, a la cual aísla y
"mata" y el hecho de que en este movimiento espontáneo se base la tendencia
a la abstracción, no es una particularidad inherente al pensamiento, sino que
deriva de su función práctica. Toda acción es "unilateral",3
ya que tiende a determinado fin y,
por tanto, aísla algunos aspectos de la realidad como esenciales para esa
acción, mientras deja a un lado, por el momento, a otros. Mediante esta acción
espontánea que pone de manifiesto determinados aspectos, que son importantes
para el logro de cierto fin, el pensamiento escinde la realidad única, interviene
en ella y la "valora".
La tendencia
espontánea de la "praxis" y del pensamiento, a aislar los fenómenos y
a desdoblar la realidad en lo esencial y lo secundario, va siempre acompañada de una percepción
del todo igualmente espontánea en la cual son aislados determinados aspectos,
aunque esa percepción sea para la conciencia ingenua menos evidente y, con frecuencia,
inconsciente. El "horizonte" -oscuramente intuido- de una "realidad
indeterminada" como todo, constituye
el fondo inevitable de cada acción y
cada pensamiento, aunque resulte inconsciente para la conciencia ingenua.
Los
fenómenos y las formas fenoménicas de las cosas se reproducen espontáneamente
en el pensamiento cotidiano como realidad (la realidad misma) pero no porque sean
más superficiales y estén más cerca del conocimiento sensible, sino porque el
aspecto fenoménico de la cosa es un producto espontáneo de la práctica
cotidiana. La práctica utilitaria de cada día crea "el pensamiento
común" -en el cual se captan tanto la cosa y su aspecto superficial como
la técnica del tratamiento de ella como forma de su movimiento y de su
existencia. El pensamiento común es la forma ideológica del obrar humano de
cada día. Pero el mundo que se revela al hombre en la práctica fetichizada, en el
traficar y el manipular, no es el mundo real, aunque tenga la
"consistencia" y la "validez" de este mundo, sino que es
"el mundo de la apariencia" (Marx). La representación de la cosa, que
se hace pasar por la cosa misma y crea la apariencia ideológica, no constituye
un atributo natural de la cosa y de la realidad, sino la proyección de
determinadas condiciones históricas petrificadas,
en la conciencia del sujeto.
La
distinción entre representación y concepto, entre el mundo de la apariencia y
el mundo de la realidad, entre la práctica utilitaria cotidiana de los hombres
y la praxis revolucionaria de la humanidad, o, en pocas palabras, "la
escisión de lo único", es el modo como el pensamiento capta la "cosa
misma". La dialéctica es el pensamiento crítico que quiere comprender la
"cosa misma", y se pregunta sistemáticamente cómo es posible llegar a
la comprensión de la realidad. Es, pues, lo opuesto a la sistematización
doctrinaria o a la romantización de las representaciones comunes. El
pensamiento que quiera conocer adecuadamente la realidad, y que no se contente
con los esquemas abstractos de la realidad, ni con simples representaciones también
abstractas de ella, debe destruir la aparente
independencia del mundo de las relaciones inmediatas cotidianas. El pensamiento
que destruye la pseudoconcreción para alcanzar lo concreto es, al mismo tiempo,
un proceso en el curso del cual bajo el mundo de la apariencia se revela el
mundo real; tras la apariencia externa del fenómeno se descubre la ley del
fenómeno, la esencia.4 Pero lo que confiere a estos fenómenos el carácter
de la pseudoconcreción no es de por sí su existencia, sino la independencia con
que esta existencia se manifiesta. La destrucción de la pseudoconcreción, que el
pensamiento dialéctico debe llevar a cabo, no niega por ello la existencia u
objetividad de estos fenómenos, sino que destruye su pretendida independencia
al demostrar que son causa mediata y, contrarrestando sus pretensiones de
independencia, prueba su carácter derivado.
La
dialéctica no considera los productos como algo fijo, ni las configuraciones y
los objetos, o sea, todo el conjunto del mundo material cosificado, como algo
originario e independiente; del mismo modo tampoco considera así el mundo de
las representaciones y del pensamiento común ni los acepta bajo su aspecto inmediato,
sino que los somete a un examen en el cual las formas cosificadas del mundo objetivo
e ideal se diluyen, pierden su fijeza, su naturaleza y su pretendida
originariedad, para mostrarse como fenómenos derivados y mediatos, como
sedimentos y productos de la praxis social de la humanidad.5
El pensamiento
acríticamente reflexivo6 coloca de inmediato, es decir, sin un
análisis dialéctico, las representaciones fijas en una relación causal con las
condiciones asimismo fijas, y presenta este método de "pensamiento bárbaro"
como análisis "materialista" de las ideas. Por cuanto que los hombres
han adquirido conciencia de su época (esto es, la han vivido, valorado,
criticado y comprendido) en las categorías de "la fe del carbonero" y
"el escepticismo pequeño-burgués", el doctrinario supone que el
análisis "científico" de estas ideas ya se ha cumplido cuando se ha
encontrado el adecuado equivalente económico, social o de clase de cada una de
ellas. Empero, mediante tal "materialización" se efectúa sólo una doble
mistificación: la inversión del mundo de la apariencia (de las ideas ya fijas) tiene
sus raíces en la materialidad invertida (cosificada). La teoría materialista
debe emprender el análisis partiendo
de esta cuestión: ¿por qué los hombres
han cobrado conciencia de su tiempo precisamente
en estas categorías, y qué tiempo se
muestra a los hombres en dichas categorías? Con tal planteamiento, el
materialista prepara el terreno para proceder a la destrucción de la
pseudoconcreción, tanto de las ideas como de las condiciones, y sólo después de esto puede buscar una
explicación racional de la conexión interna entre el tiempo y las ideas.
Ahora
bien, la destrucción de la pseudoconcreción como método dialéctico crítico, gracias
al cual el pensamiento disuelve las creaciones fetichizadas del mundo cosificado
e ideal, para alcanzar su realidad,
es sólo el segundo aspecto, el reverso de la dialéctica como método revolucionario de transformación de la
realidad. Para que el mundo pueda ser explicado "críticamente': es
necesario que la explicación misma sea situada en el terreno de la praxis revolucionaria.
Más adelante veremos que la realidad puede ser transformada revolucionariamente sólo porque, y sólo
en la medida en que es creada por nosotros mismos, y en que sabemos que la
realidad es producida por nosotros. La diferencia entre la realidad natural y
la realidad humano-social estriba en que el hombre puede cambiar y transformar la
naturaleza, mientras que la realidad humano-social puede cambiarla revolucionariamente, pero sólo porque él
mismo ha producido esta realidad.
El
mundo real, oculto de la pseudoconcreción y que, no obstante, se manifiesta en
ella, no es el mundo de las condiciones reales en oposición a las condiciones
irreales, o el mundo de la trascendencia en oposición a la ilusión subjetiva,
sino el mundo de la praxis humana es la comprensión de la realidad humanosocial
como unidad de la producción y el
producto, del sujeto y el objeto, de la génesis y la estructura. El mundo real
no es, por tanto, un mundo de objetos "reales" fijos, que bajo su
aspecto fetichizado llevan una existencia trascendente como una variante,
entendida en sentido naturalista, de las ideas platónicas, sino que es un mundo
en el cual las cosas, los significados y las relaciones son considerados como productos del hombre social, y el hombre
mismo se revela como sujeto real del mundo social. El mundo de la realidad no
es una variante secularizada del paraíso, de un estado de cosas ya realizado y
fuera del tiempo, sino que es un proceso en el curso del cual la humanidad y el
individuo realizan su propia verdad,
esto es, llevan a cabo la humanización del hombre. A diferencia del mundo de la
pseudoconcreción, el mundo de la realidad es el mundo de la realización de la verdad; es el mundo en
el que la verdad no está dada ni predestinada, ni está calcada indeleblemente
en la conciencia humana; es el mundo en el que la verdad deviene. Por esta razón, la historia humana puede ser el proceso de
la verdad y la historia de la verdad. La destrucción de la pseudoconcreción
significa que la verdad no es inaccesible, pero tampoco es alcanzable de una vez
y para siempre, sino que la verdad misma se hace, es decir, se desarrolla y
realiza.
En
consecuencia, la destrucción de la pseudoconcreción se efectúa como: 1) crítica
revolucionaria de la praxis de la humanidad, que coincide con el devenir humano
del hombre, con el proceso de "humanización
del hombre": cuyas etapas clave son las revoluciones sociales; 2) el
pensamiento dialéctico, que disuelve el mundo fetichizado de la apariencia,
para llegar a la realidad y a la "cosa misma"; 3) la realización de la
verdad y la creación de la realidad humana en un proceso ontogénico, ya que para
cada individuo humano el mundo de la verdad es, al mismo tiempo, su propia creación
espiritual como individuo histórico-social. Cada individuo debe -personalmente y sin que nadie pueda
sustituirle- formarse una cultura y vivir su vida.
Por
tanto, no podemos considerar la destrucción de la pseudoconcreción como el desgarramiento
de una cortina y el descubrimiento de la realidad que se ocultaba tras ella, ya
preparada y dispuesta, existiendo independientemente de la actividad del hombre.
La pseudoconcreción es precisamente la existencia autónoma de los productos humanos y la reducción del hombre
al nivel de la práctica utilitaria. La destrucción de la pseudoconcreción es el
proceso de creación de la realidad concreta y la visión de la realidad en su
concepción. Las tendencias idealistas han elevado al plano de lo absoluto ya el
sujeto, ocupándose del problema de cómo abordar la realidad para que ésta sea concreta
o bella; ya el objeto, suponiendo que la realidad es tanto más real cuanto más completamente
sea desalojado de ella el sujeto. En contraste con estas corrientes, en la
destrucción materialista de la pseudoconcreción, la liberación del "sujeto"
(esto es, la visión concreta de la
realidad a diferencia de la "intuición fetichista") coincide con la
liberación del "objeto" (creación del ambiente humano como hecho humano
de condiciones transparentes y racionales), puesto que la realidad social de los
hombres se crea como unidad dialéctica de sujeto y objeto.
El
lema "ad fontes", que resuena
periódicamente como reacción contra la pseudoconcreción en sus más variadas
manifestaciones, así como la regla metodológica del análisis positivista
("liberarse de los prejuicios"), encuentran su fundamento y su justificación
en la destrucción materialista de la pseudoconcreción. La vuelta misma "a
las fuentes" tiene, en general, dos aspectos totalmente distintos. Bajo el
primero de ellos se manifiesta como crítica docta y, humanísticamente erudita
de las fuentes, como examen de los archivos y fuentes antiguas de las que debe extraerse
la auténtica realidad. Bajo otro aspecto, más profundo y significativo, que a
los ojos de la docta erudición parece bárbaro ( como lo demuestra la reacción contra
Shakespeare y Rousseau), el lema "ad fontes" significa crítica de la civilización y de la cultura; significa
una tentativa -romántica o revolucionaria- de descubrir, tras los productos y
las creaciones, la acción y la actividad productiva, de hallar la
"auténtica realidad" del hombre concreto tras la realidad cosificada
de la cultura imperante, de revelar el verdadero sujeto histórico bajo las
estratificaciones de las convenciones solidificadas.
_________
(*) Kosic, Karel, Dialéctica
de lo concreto. Capítulo I: Dialéctica de la totalidad concreta, apartado
I: El mundo de la pseudoconcreción y su destrucción.
(1) "Si los hombres
captasen inmediatamente las conexiones ¿para qué serviría la
ciencia?" (Marx a Engels, carta del
27-6-1867). "Toda ciencia estaría de más, si la forma de manifestarse las
cosas y la esencia de éstas coincidiesen directamente." Marx, El Capital, III, Sec. VIL cap. XLVIII,
pág. 757, trad. de W. Roces, 3º ed. esp., Fondo de Cultura Económica,
México-Buenos Aires, 1965. "La Forma
exterior... a diferencia de la realidad
sustancial que en ella se exterioriza... está sujeta a la misma ley que todas lasformas exteriores y su fondo
oculto. Las primeras se reproducen de un modo directo y espontáneo, como formas discursivas que se desarrollasen
por su cuenta; el segundo es la ciencia quien ha de descubrirlo." Marx, El Capital, I, Sec., VI, cap. XVII, pág.
454, ed. esp. cit.
(2) "Algunos filósofos (por ejemplo,
Granger, "L'ancienne et la nouvelle éconornique", Esprit, 1956, pág. 515) atribuyen el
"método de la abstracción" y del "concepto" sólo a Hegel.
En realidad, éste es el único camino de la filosofía para llegar a la
estructura de la cosa, es decir, a su comprensión.
(3) "Marx, Hegel y
Goethe señalaron esta "unilateralidad" práctica frente a la
universalidad ficticia de los románticos.
(4) "El Capital, de Marx, está construido metodológicamente sobre
la distinción entre falsa conciencia y comprensión real de la cosa, de suerte
que las categorías principales de la comprensión conceptual de la realidad investigada
se dan por pares:

(5) "Le
marxisme est un effort pOUt lire
derriere la pseudo-inmédiateté du monde économique réifié les relations
interhumaines qui l'ont edifié et se sont dissimulées derriere /eur oeuvre.
"A. de Waelhens, "L'idée phénoménolosgique
d'intentionalité," en Husserl et la
pensée moderne La Haya, 1959, págs. 27-8. Esta definición de un autor no
marxista constituye un testimonio sintomático de la problemática filosófica del
siglo XX, en la cual la destrucción de la pseudoconcreción y de las múltiples
formas de enajenación se ha convertido en una de las cuestiones esenciales. Los
diversos filósofos se distinguen por el modo
de resolverla, pero la problemática es común tanto al positivismo (lucha de
Carnap y Neurath contra la metafísica real o supuesta) como a la fenomenología
y el existencialismo. Es sintomático que el verdadero sentido del método
fenomenológico husserliana y la conexión interna de su núcleo racional con la
problemática filosófica del siglo XX, sólo fuesen descubiertos por un filósofo
de orientación marxista, cuya obra es la primera tentativa seria de
confrontación de la fenomenología y la filosofía materialista. El autor define
expresivamente el carácter paradójico y rico en contrastes de la destrucción
fenomenológica de la pseudoconcreción: " ... le monde de /'apparence avait accaparé, dans le langage ordinaire, tout
le sens de la nstion de la réa/ité... Puis que les apparences sy sont imposées
d titre de monde rée/, /eur elimination se présentait comme une mise entre
parenthese de ce monde..., et la réa/ité authentique d laque/le on revenait
prenait paradoxalement la forme d'irréa/ité d'une conscience pure". Tranc-Duc-Thao,
Phénoménologie et matérialisme
dialectique, París, 1951, págs. 223-224. (Fenomenología y materialismo dialéctico, Ed. Lautaro. Buenos
Aires, 1959.)
(6) Hegel define así el
pensamiento reflexivo: "La reflexión es la actividad que consiste en poner
de manifiesto las oposiciones y en pasar de una a otra, pero sin poner en
evidencia sus conexiones y la unidad que las compenetra". Hegel, Phi/.
der Religion, /, s. 126 (Werke, Bd. XI). Véase también Marx, Grundrisse pág. 10.
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