viernes, 2 de marzo de 2018

Comentario de libros

El Verbo Eduardizar Existe

Julio Carmona

LA MAYOR ASPIRACIÓN DE TODO ESCRITOR es encontrar su propio estilo. Hacerse de una voz propia que, si bien no lo inmuniza del plagio, al menos lo distinguirá de otros que sí podrían ser sus influencias.

        Valgan esas palabras introductorias para referirme a Eduardo González Viaña, de quien se puede decir que ha inventado su propio verbo: «eduardizar», para dar ese tono de originalidad a sus escritos. Por mi parte debo decir que además de contar con su amistad, he tenido la suerte de haber leído sus últimas cuatro o cinco novelas, gracias al envío generoso que de ellas me hizo. Y, especialmente, empezando por Vallejo en los infiernos, le hice sendos comentarios desde mi modesta apreciación crítica. Y eso motivó dos hechos que me deparan orgullo y satisfacción. El primero que me permitió confirmar el aserto expuesto en el párrafo precedente. Se tendría que tener un criterio muy mezquino para regatear a las obras de Eduardo la originalidad de su estilo, es decir, esa muy suya capacidad de «eduardizar» sus escritos.

        El otro hecho aludido es que (a partir de las notas críticas que efectué a algunas de sus novelas) Eduardo me solicitó que leyera el original de El camino de Santiago, para que no esperara a comentarla solo después de publicada. Y, ahora, en trance de hacer ese comentario, en principio, huelgo tener que referirme a la calidad de su prosa y a sus virtudes narrativas, ya referidas en los párrafos anteriores, y puestas también de manifiesto en esta novela que, además, tiene el aval de un jurado idóneo que la seleccionó como finalista del Premio Planeta de Novela 2016, y por ello ha sido publicada por esa prestigiosa editorial.

        Y lo primero que, en ese sentido, acució a mi inquietud lectora es la pluralidad de opciones significativas del título El camino de Santiago. Porque podría tratarse de un viaje posible de hacerse por diversos lugares con la misma denominación, Santiago: de Chile, del Estero, de Chuco, de Compostela. Y esta connotación del título encierra la propensión poética de no dar todo servido al lector, sino de hacerlo partícipe de esa búsqueda de sentidos que se ocultan, se sugieren o se ponen como trampas para estimular su curiosidad que es un incentivo para no abandonar la lectura. Y esa inquietud lectora, en este caso, podría adoptar el famoso refrán que asegura —de manera apodíctica— que «todos los caminos conducen a Roma».

        Por otro lado, el título hace pensar en el trayecto que sigue un personaje de la novela del mismo nombre (que es el sentido cabal) pero que —antes de esa verificación fáctica— el lector puede relacionarlo con el personaje de César Vallejo, el anciano ciego de sus poemas (si no se ignora la devoción superlativa que Eduardo tiene de nuestro poeta). Aunque, ya atrapados por la vorágine de los hechos narrados, se descubre que el nombre corresponde —obviamente— al protagonista de la novela, que, asimismo, tiene apellido, Aguilar. Entonces fue que —en uno de los diálogos por teléfono que sostengo con Eduardo— le inquirí si algo tenía que ver ese nombre, Santiago Aguilar, con el que corresponde al poeta liberteño. Y, por supuesto, me dijo: «Es un homenaje amical».

        No es, pues, un homenaje baladí. El protagonista de la novela tiene mucho de poeta, de músico y de loco (¿quién, de pasar por las intensas peripecias de su vida —que es, dígase de paso, la vida de muchos peruanos—, no llega a ese estado de desequilibrio, sin encontrar respuesta lógica a tanta iniquidad?) No voy, por supuesto, a contar aquí la historia de Santiago Aguilar (ni la del poeta ficticio ni, mucho menos, la del real). Baste decir que, en ese orden de sentidos sugeridos por el narrador, se puede destacar la presencia de dos tragedias paralelas: la de los migrantes que cruzan las aguas ensangrentadas del Río Bravo o Río Grande en la parte que este forma la frontera que separa a México de USA, que es como decir la diferencia que hay entre el cielo y el infierno, aunque —por esas triquiñuelas que suele hacerle don Sata a los ingenuos habitantes del primero— estos se suelen encandilar por el oropel tentador del «estilo de vida americano» (american way of life).

        Y la otra tragedia es la que vivió el Perú en la década de los ochenta del siglo pasado, de manera particular, la que aconteció en un lugar llamado Accomarca, en Ayacucho, donde se perpetró la masacre más atroz infligida a los habitantes de dicho pueblo, en número de más de sesenta, por parte de una patrulla de veinticinco soldados que actuaba bajo las órdenes del subteniente Telmo Hurtado. Obviamente, en la ficción hubiera resultado patético el que figurara con este nombre real. Eduardo ha tenido el tino de modificarlo, Telmo Colina; del mismo modo como ha hecho con su grado de militar, alférez, y con el nombre del pueblo, Accobamba. Veamos una muestra de estos cambios, ocurridos al iniciarse la fuga de Santiago (dice el narrador: «Santiago se convirtió en lo que había sido siempre, desde niño, un hombre solitario que huye»). Y este peregrinaje comenzó con esa llegada de Telmo Colina a Accobamba, cuando Santiago pudo eludirse con Cirila, la chica que lo cuidaba, mientras su madre, la maestra de la escuela era llevada a la presencia de Telmo Colina, quien la interroga y se inicia este diálogo:

«—Nombres. Quiero que usted me dé nombres…
—¿Quién es usted? ¿Quiénes son ustedes?
—¿De veras no lo sabe? Soy Telmo Colina, alférez del ejército peruano.
¿Quiere saber más? Los tenemos rodeados. Estamos en todas partes. Aquí, en Accobamba, estoy comandando la patrulla Lobo.»

De esta breve muestra se puede destacar un ocultamiento que es, a la vez, una develación: el apellido Colina oculta el apellido del genocida real, pero devela el apelativo de un grupo mayor de genocidas: el Grupo Colina. Y todas estas tácticas narrativas conducen por sí solas a revelar la terrible deshumanización sobre la que descansa el sistema que —como dije antes— tiene como modelo el american way of life. Y eso explica la otra táctica —también ya formulada— de manejar dos tragedias en paralelo: la de los migrantes de la frontera y la de los habitantes de la sierra, ambas imbricadas por el peregrinaje de Santiago, quien siente que «Había recorrido mucho mundo para llegar hasta allí [hasta la frontera]. Le parecía que había caminado exactamente la mitad del planeta y un poco más de la mitad de su vida. Sentía que caminaba en esa dirección desde siempre».

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