lunes, 1 de octubre de 2018

Literatura

Cuestión de Interpretación

Julio Carmona

«FICHA DEL NUEVO RICO» es un texto breve de CV, pero muy sustancioso (como todos los demás de El arte y la revolución). Hace más presentable lo que el pueblo vulgarizó —para referirse a una persona con riqueza material pero con nula capacidad intelectual— de la siguiente manera: «Un burro cargado con plata». Y para probarlo recurre a una especie de parábola sobre las dos maneras que existen de leer un texto poético. La de quien sigue la distribución gráfica de sus partes con una lectura elemental, apoyándose solo en su práctica de lectura común, comprensiva, en oposición a la correcta que busca significados ocultos, es decir, la lectura literaria, interpretativa. Y dice que aun cuando la primera se adorne con explicaciones rimbombantes no pasará de ser otra cosa que «un adorno de salón de “nuevo rico”.» Escribe CV:

«La presentación gráfica de los versos no debe servir para sugerir lo que dice ya el texto de tales versos [a], sino para sugerir lo que el texto no dice [b]. De otra manera, ello no pasa de un pleonasmo y de un adorno de salón de “nuevo rico”.[c]» (1973-2: 30).1

a)   La siguiente frase: «La presentación gráfica de los versos no debe servir para sugerir lo que dice ya el texto de tales versos», es algo que de hacerse —o de quedarse en ello— es no trascender el nivel de la comprensión lingüística, como si se tratase de estar leyendo un texto informativo, sin ir más allá de su nivel denotativo, quedándose en una lectura que no pasa de los límites del diccionario;

b)   Y de lo que se trata —dice CV— es de penetrar esa superficie, de hacer una lectura de profundidad, que se abra hacia el nivel de las connotaciones: «de sugerir lo que el texto no dice», en una palabra, de interpretar y —esto no es otra cosa que— descubrir otros posibles significados, que modifiquen las interacciones que tienen las palabras en los versos; sin seguir solo la lógica gramatical del uso común del idioma. No en vano CV dice que: «La gramática, como norma colectiva en poesía, carece de razón de ser. Cada poeta forja su gramática personal e intransferible, su sintaxis, su ortografía, su analogía, su prosodia, su semántica. Le basta no salir de los fueros básicos del idioma» (1973-2: 64). Y hay que agregar: nadie debe sentirse autorizado a «corregir» lo escrito por el poeta ni a cambiar un solo signo de puntuación. Adecuar, sí, su lectura a lo escrito y a lo puntuado.

c)   Y de la última frase: que la técnica no ‘pase de ser un adorno de salón de nuevo rico’ se puede deducir que la técnica formalista o vanguardista se convirtió —casi inmediatamente después de su inicio— en «adorno de salón de “nuevo rico”». Y es algo que ya había sido propuesto por el «padre de la literatura alemana». Goethe: «… allí donde faltan las ideas/ hay siempre una palabra que viene a la medida» (en Fausto, cit. por Marx, 1972-1: 71).2 Es decir, ocurrió algo similar a la asimilación que el orden burgués hizo de los «revolucionarios románticos», como lo llegó a decir Trotski: «Harto sabido es que los románticos con sus tempestuosas protestas, sus largas melenas y chalecos encarnados nada aterrador sazonaron; tanto, que la opinión social de la burguesía acabó por adoptarlos y los canonizó en sus libros para las escuelas» (s/f: 84).3

Una lectura que comprenda solo lo que significan las palabras —según el orden lógico que indica «la gramática, como norma colectiva»— no es hacer otra cosa que incurrir en redundancia, o, como dice CV, «no pasa de [ser] un pleonasmo». Un ejemplo de este tipo de lectura que sigue la lógica gramatical se puede aplicar a la que —he constatado—hace Manuel Pantigoso de los siguientes versos de CV:

«Dios en la paz foránea,
estornuda, cual llamando también, el bruto;
husmea, golpeando el empedrado. Luego duda,
relincha
orejea a viva oreja».

Y dice Pantigoso [cita a la que también voy a aplicar la separación con alertas en corchete]:

«La representación de la voz de Dios está en el desplazamiento calificativo “Dios estornuda”, así como en la expresión el bruto husmea, que debe leerse de esa manera a pesar del punto y coma después del sustantivo “bruto” [a]; de esta forma el nombre enlaza implícitamente los contenidos que le preceden con los precedidos (¿). Dios en el animal y el animal en Dios, he ahí una dualidad de este segundo plano —el más importante— del símbolo bisémico» [b] (1975: 41).4

a)   En primer lugar, repito con CV que «La presentación gráfica de los versos no debe servir para sugerir lo que dice ya el texto de tales versos», y eso ha pasado con la lectura de Pantigoso, que ha seguido la lógica gramatical que obliga a relacionar un sustantivo o nombre, en este caso «Dios», con un verbo inmediato, y este lo encuentra al comenzar el verso siguiente: «estornuda». Sin percatarse que, de esa manera, la frase poética «la paz foránea» se queda sin explicación: sin interpretación, como si se tratase de una frase circunstancial, accesoria (y hasta prescindible o puramente descriptiva). Pero si se obvia esa «lógica gramatical» y se incluye a «Dios» en la frase descriptiva, respetando en ese sentido el uso de la coma que, en el caso contrario para justificar su empleo —y siguiendo la lógica gramatical—, debió ir otra coma después de la palabra «Dios»(de esta manera: ‘Dios, en la paz foránea,/ estornuda’),aunque, si se sigue esa lógica, el verso debe enlazar con el siguiente: «(estornuda), cual llamando también, el bruto;» es decir, que esta última calificación sería otra frase explicativa atribuida a Dios. Pero lo real es que todos los versos citados corresponden a la tercera estrofa del poema LXI de Trilce, estrofa cuyo primer verso empieza con la palabra «Dios». Y el caballo —que es a quien se alude con la expresión «el bruto»— aparece al final del primer verso de la primera estrofa: «Esta noche desciendo del caballo». Entonces, el lector que sigue la lógica gramatical aludida se ve impelido incluso a enlazar a los dos sustantivos, ‘Dios/caballo’, como lo hace Pantigoso. Y, más bien, lo que hay que hacer es interpretar el verso: «Dios en la paz foránea,» que viene a ser una suerte de síntesis temporal de lo expuesto en las dos primeras estrofas:

«Esta noche desciendo del caballo,
ante la puerta de la casa, donde
me despedí con el cantar del gallo.
Está cerrada y nadie responde.
El poyo en que mamá alumbró
al hermano mayor, para que ensille
lomos que había yo montado en pelo,
por rúas y por cercas, niño aldeano;
el poyo en que dejé que se amarille al sol
mi adolorida infancia... ¿Y este duelo
que enmarca la portada?»

Esa síntesis temporal incluye a la noche presente de la primera estrofa que niega al ‘sol del pasado en que quedó amarillando la adolorida infancia’ de la segunda estrofa, y tanto este pasado de vida constante en el recuerdo, como el presente oscuro y también vivo, resultan ser algo extraño, foráneo, exótico; el mismo locutor poético se siente un extranjero, y por eso dice que ‘en esa paz foránea’ lo único que no ha cambiado es «Dios», y es allí, en esa «paz foránea» que el caballo «estornuda [no, Dios], cual llamando también, el bruto» [porque en la primera estrofa se ha aludido a una llamada no respondida], como si se unieran en una sola impaciencia el jinete y su cabalgadura (y no Dios y el animal).

b)   Insisto en que es un enlace forzado el de Dios y el caballo, como sugiere la interpretación de Pantigoso, y —reitero la cita— dice:

«La representación de la voz de Dios está en el desplazamiento calificativo “Dios estornuda”, así como en la expresión el bruto husmea, que debe leerse de esa manera a pesar del punto y coma después del sustantivo “bruto”; de esta forma el nombre enlaza implícitamente los contenidos que le preceden con los precedidos. Dios en el animal y el animal en Dios, he ahí una dualidad de este segundo plano —el más importante— del símbolo bisémico».

Y, entonces, de lo que se trata es —como dice CV— de «sugerir lo que el texto no dice», pues no se trata de hacer un desplazamiento para que el sujeto del primer verso enlace con el verbo «estornuda» (que no es adjetivo calificativo, como dice Pantigoso, sino verbo), en caso contrario se ve obligado a seguir desplazando el final del segundo verso (el bruto), con el verbo con que se inicia el tercero (husmea) y tiene que ignorar el punto y coma, que es casi como sugerir que CV se equivocó al ponerlo ahí. Y todo ello «… no pasa de [ser] un pleonasmo», una redundancia o tautología, como decir: «el nombre enlaza implícitamente los contenidos que le preceden con los precedidos. Dios en el animal y el animal en Dios, he ahí una dualidad de este segundo plano —el más importante— del símbolo bisémico». Y, entonces, ese malabarismo formal no pasa de ser otra cosa que «un adorno de salón de “nuevo rico”.»

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(1) 1973-2. El arte y la revolución. Lima: Mosca Azul.
(2) 1972-1. El capital. Madrid: EDAF.
(3) Trotski, s/f. Literatura y revolución. Madrid: Aguilar. Me siento obligado a precisar con frase de J.C. Mariátegui: ‘que no se deduzcan mis ideas de mis citas’. Es decir, que yo no tengo nada que ver con el trotskismo. Pero si Trotski dijo esa verdad, pues le doy el crédito.
(4) 1975. Didáctica de la interpretación de textos literarios. Lima: Universo.




A la Casa de los Cachorros, Relatos de David Arce

Roque Ramírez Cueva

EN LOS MOMENTOS QUE SENTIMOS la pena de la cabra (nostalgia) por la santa tierra, donde hemos nacido, es cuando pensamos en ella, por sobre todo la reflexionamos. Y la pensamos con un epíteto, con una palabra que resuma tal inferencia. De esa manera, nosotros  hemos pensado al pueblo que nos acunó, Chulucanas, de acuerdo a los años acumulados. En la secundaria visualizamos este pueblo como chabacano, desvergonzado; en la universidad la entendimos con nociones académicas, como una ciudad desenfadada, donde todo se manifestaba sin vergüenza alguna, muy franca y lenguaraz, al menos en el uso de ajos y cebollas; fantasiosa en suma.

Sin embargo, es recién cuando aparece el hijo del telegrafista de Aracataca, el genial Gabo con su obra rumbera y cumbrera, Cien Años de Soledad, el momento justo de hallar la voz cabal y precisa que encajaba y resumía y explicaba a esta grata ciudad. Ese término es el nombre dado por García Márquez a la ciudad de las mil y una noche latinoamericanas ideada y diseñada, por tanto ficticia, como un  ámbito donde poder insertar, contar las historias, relatar sucesos y contar las historias de la saga peculiar de los Buendía. Ese pueblo irreal se llamó Macondo.

Macondo me explicó de modo rotundo a Chulucanas. Desde allí supimos que esta ciudad donde nacimos, algunos crecimos, es melliza de ese pueblo fundado en las páginas del libro del Premio Nobel colombiano. En Macondo suceden hechos maravillosos, mágicos, surrealistas, espeluznantes, llenos de manifestaciones coprolálicas. Todo esto mismo lo cuenta, lo relata  con hipérboles, exagerado y jocundo, David Arce en su libro de relatos La casa de los cachorros (Lima, edit. Caja Negra, setiembre 2018), de muy prolija edición. No olvidemos que hablar mediante superlativos es piuranísimo. Leamos un fragmento en el relato de David “La muerte nos viene dulce como la chicha”:

“…Hizo el recorrido inverso de las hormigas que iban y venían en líneas paralelas, ordenadas, por detrás de los cántaros, por los recovecos de las paredes, por el canal del desagüe de lluvias, por la pared del dormitorio principal, por el abrevadero de los piajenos, por los nidos de las gallinas, rodeando el tronco del naranjo en flor, siguiendo en línea recta hasta el fondo del corral, donde estaba el cuerpo extendido de Doralisa Seminario”  (p. 62)

Esa forma de narrar nos remite a la muerte de José Arcadio hijo, y la recreación narrativa no es involuntaria, es un manejo consciente que el narrador piurano no niega, luego veremos su propósito:

Un hilo de sangre salió por debajo de la puerta, atravesó la sala, salió a la calle, siguió en un curso directo por los andenes disparejos, descendió escalinatas y subió pretiles, pasó de largo por la calle de los turcos, dobló una esquina a la derecha y otra a la izquierda, volteó en ángulo recto frente a la casa de los Buendía, pasó por debajo de la puerta cerrada, atravesó la sala de visitas pegado a las paredes para no manchar los tapices, siguió por la otra sala, eludió en una curva ancha la mesa del comedor, avanzó por el corredor de las begonias y …” (p. 116. Cien años de soledad)

En este libro el autor se propone de algún modo, como muchos en los años 50, huir, zafarse, desentenderse de esa enorme sombra, del tentáculo influyente que significaba la poesía de Vallejo; decía, con este mismo propósito David Arce se echa al hombro la pesada y volandera alforja y de sombreros de la saga fabulosa del Macondo garciamarqueano, no sólo la evoca, la garabatea, la reestructura en intenso, con el propósito –ya se adelantó atrás- de desasirse de tamaña influencia. Entonces, David Arce expande la experiencia narrativa de Macondo, se cubre con su telaraña, la dimensiona, le rinde pleitesía, para luego pasar a ser su parricida. En otras palabras, con este libro La casa de los cachorros, se disipará la sombra de Gabo y habrá de narrar desde otras experiencias narrativas, y con seguridad desde su propio sello, un estilo personal que va en camino de plasmar.

Mientras tanto, hay otra narrativa que lo ha investido de contador de historias macanudas, sensacionales, extraordinarias; el autor de esta narrativa es el escribidor de “El Ingenioso Hidalgo don Quijote de La Mancha, cuyo autor es innombrable. La particularidad, respecto de la presencia de la escritura de Alonso Quijano en la narrativa de Arce es que es implícita, sin propósito de ofrecer loores ni ponerla en cuarentena prolongada. Los préstamos van por otro lado.                                                                                                                                                                                                                          
Lo anterior se explica si conocemos el origen de los piuranismos, como el lenguaje inmóvil, congelado de siglos anteriores, época determinada, capturado por el pueblo a las clases “cultas” para uso propio, pero en ese afán de emerger, surgir –sólo en el hablar porque en lo económico no podía- se transmitió de generación en generación y aún perdura. Y así como la palabra “churre”  que creemos es bien piurana, existió en la España del siglo XVIII hacia atrás; y las lisuras que también pensamos son piuranísimas es un lenguaje del sigloXII, XIV hablado por Pizarro y los Trece de la Isla del Gallo. Los poetas cultos del siglo de oro que tanto admiramos, escribieron poemas usando la coprolalia (las lisuras).

Buena parte de esos piuranismos también nos viene de ese lenguaje que discurre por las páginas de los cuentos y de la novela de Miguel de Cervantes. Arce no es ajeno a estas simpatías filiales con el autor del Quijote porque en Chulucanas –y todo Piura- usamos aún tal lenguaje legado por las hordas invasoras. En resumen, la filología coprolálica que expresamos en Piura proviene de allí, y es la misma que fluye en los cuentos de nuestro autor celebrado.

Leyendo el relato de “La noche de los gatos jóvenes” por la inclusión del fragmento de un poema de Ginsberg, la voz poética le habla a Kerouac; y el personaje es una tal Madame Georgette que transcurre entre Lima y París, podemos percibir –además- las otras lecturas priorizadas por David Arce, las novelas de Mario Vargas Llosa, a quien se le puede refutar o restar méritos en sus ensayos y opciones políticas, pero no a su meritoria obra narrativa. Estas lecturas varias le abren la opción al autor, de La casa de los cachorros, de una mayor posibilidad de seducir al lector. Si de García Márquez recoge el tropo de la hipérbole para graficar las exageraciones de lo real maravilloso; de Vargas Llosa toma la acción paralela, incluso una que otra caja china en que se mueve y hace confluir a sus personajes. E igual hay asomos del lenguaje cortazariano, por lo mismo que algunos personajes tienen historias que podemos leer de manera independiente y sin orden alguno, sin menoscabo de truncar el relato mayor.

Junto a ello, al lenguaje, se mueve semi clandestino, avasallador, desnudo y sarmentoso, burlador como ninguno, el humor de los chulucanenses, humor de sí mismo, peculiarísimo, sin mengua alguna, a la par del macondiano y del cervantino. La labor de Arce es haberlo asumido sin perder la originalidad del mismo. El humor sarcástico apelando a la coprolalia, sabe Arce que no le afecta al lector piurano por oírlo muy común, y menos a lectores foráneos, pues no lo entienden sin ayuda del mataburros (diccionario) especializado.

Junto a las indesligables influencias de todo escritor en sus primeras creaciones, a machete lento se va desbrozando un camino, un sello propio, y en el caso de David Arce se observa en los relatos donde él da forma a personajes entrañables, de alta estima personal, como lo son las historias de la abuela Mercedes, del Maestro Manuel María, de María Candela, del cachorro Jorge Seminario que muy bien pudo apellidarse Rubio personaje de antología, así como antologable es el relato “Ciro”; de Carmelo Seminario, de la mamá de Froilán Alama doña Geodosia, nombre telúrico, quienes vendrían a ser como el alter ego de algunos parientes y amigos.

Leer los relatos de La casa de los Cachorros nos envuelve en variedad de temas y subtemas atractivos al lector, mas dos de ellos sobresalen por encima del resto. Vemos infidelidad, rencor, venganza, amor del bueno, enajenación, bandolerismo y la justicia  –negado por los necios- y enajenaciones, fraudes, estafas, chismorreos, choques sociales; pero se imponen dos el incesto y el desenfreno concupiscente (lujuria). Temas y asuntos tratados a lo extenso de estos relatos autónomos y unidos –conexiones significativas e hilos narrativos que llaman- por lazos de una estirpe: los Seminario y sus  relaciones laborales, filiales y amicales. Tales hilos narrativos pareciera que edificaran o estructuraran una novela, sin embargo no es así, es un conjunto de narraciones con personajes y ámbitos de una ciudad, Chulucanas; cuyo corpus de escritura es el relato corto.

Dando fin a estas notas, volvemos a señalar acerca de la corriente literaria sustentadora del asunto literario y las digresiones discursivas de cada relato. Arce escribe teniendo como soporte la narrativa de lo real maravilloso, inaugurada por Alejo Carpentier y Juan Rulfo. Obviamente, imagino como homenaje al creador inmenso, jocundo y genial que es García Márquez, suscrito a la Nueva narrativa latinoamericana contemporánea -burda y prosaicamente llamada “Boom literario”- del cual busca emanciparse.

Lo que si podemos afirmar es que con el riguroso ejercicio de estos relatos David Arce tiene toda la experiencia y herramientas para escribir la novela urbana que no se ha escrito aún en la región Altopiurana. No obstante debemos destacar el importante aporte de Arce a la narrativa regional, en el aspecto de involucrar su obra en la narrativa urbana, e incorpora a Morropón en ella, dentro de un conjunto narrativo sólido e integral, no parcial. Un abrazo sin remilgos a David Arce por este esperado libro.

Leninismo

Entrevista con la Primera Delegación de Obreros Norteamericanos
(Fragmento)

J. Stalin

Pregunta.– ¿Qué nuevos principios fueron, prácticamente, introducidos en el marxismo por Lenin y por el Partido Comunista? ¿Sería exacto decir que Lenin creía en una «revolución creadora», mientras que Marx se inclinaba más bien a esperar la culminación del desarrollo de las fuerzas económicas?

Respuesta.– Yo entiendo que Lenin no «introdujo» en el marxismo ningún «principio nuevo», como tampoco borró ninguno de los «viejos» principios del marxismo. Lenin era y sigue siendo el más fiel y consecuente discípulo de Marx y Engels y se basa plena e íntegramente en los principios del marxismo. Pero Lenin no fue sólo un ejecutor de la teoría de Marx y Engels, sino que fue un continuador de esta teoría. ¿Qué significa esto? Significa que Lenin desarrolló la teoría de Marx y Engels aplicándola a las nuevas condiciones del desarrollo, a la nueva fase del capitalismo, aplicándola al imperialismo. Significa que, al desarrollar la teoría de Marx y Engels dentro de las nuevas condiciones de la lucha de clases, Lenin aportó al tesoro general del marxismo algo nuevo con relación a lo que habían aportado Marx y Engels, con relación a lo que era posible aportar en la época del capitalismo preimperialista; pero este algo nuevo aportado por Lenin al tesoro del marxismo, se basa plena e íntegramente en los principios sentados por Marx y Engels. En este sentido hablamos nosotros del leninismo como el marxismo de la época del imperialismo y de las revoluciones proletarias. He aquí algunos problemas respecto a los cuales Lenin aportó algo nuevo, desarrollando la teoría de Marx.

En primer lugar, el problema del capitalismo monopolista, del imperialismo, como nueva fase del capitalismo. Marx y Engels trazan  en «El Capital» un análisis de los fundamentos del capitalismo. Pero Marx y Engels vivieron en la época de la dominación del capitalismo premonopolista, en la época de la evolución lisa y llana del capitalismo y de su extensión «pacífica» por todo el orbe. Esta fase vieja terminó a principios del siglo XIX y comienzos del XX, cuando ya Marx y Engels no vivían. Se comprende que Marx y Engels sólo pudiesen adivinar estas nuevas condiciones de desarrollo del capitalismo, que han surgido en relación con la nueva fase capitalista que viene a reemplazar a la vieja, en relación con la fase imperialista, monopolista de desarrollo, en que la evolución lisa y llana del capitalismo es sustituida por una fase de desarrollo a saltos, catastrófico, del capitalismo, en la que cobran una fuerza enorme la desigualdad del desarrollo y las contradicciones del capitalismo, en la que la lucha por los mercados y la exportación de capitales, bajo las condiciones de la extrema desigualdad del desarrollo, hacen inevitables las guerras imperialistas periódicas por el reparto periódico del mundo y de las esferas de influencia. El mérito de Lenin, y, por tanto, lo nuevo en él, consiste, aquí, en que, basándose en las tesis fundamentales del «Capital», hace un análisis marxistamente razonado del imperialismo como última fase del capitalismo, poniendo al desnudo sus lacras y las condiciones de su inevitable hundimiento. De este análisis surgió la conocida tesis de Lenin, de que, bajo las condiciones del imperialismo, era posible el triunfo del socialismo en países capitalistas aislados.

En segundo lugar, el problema de la dictadura del proletariado. La idea fundamental de la dictadura del proletariado como dominación política del proletariado y como método para derrocar por la violencia el poder del capital, procede de Marx y Engels. Lo que Lenin aporta de nuevo, en este campo, consiste en lo siguiente: a) Lenin descubrió el Poder soviético como forma estatal de la dictadura del proletariado, aprovechando para esto las experiencias de la Comuna de París y de la revolución rusa; b) descifró la fórmula de la dictadura del proletariado desde el punto de vista del problema de los aliados de éste, definiendo la dictadura del proletariado como la forma específica de la alianza de clase del proletariado, que es el dirigente, con las masas explotadas de las clases no proletarias (campesinos, &c.), que son las dirigidas; c) recalcó con una fuerza especial el hecho de que la dictadura del proletariado es el tipo más elevado de democracia en una sociedad de clase, la forma de la democracia proletaria, expresión de los intereses de la mayoría (de los explotados), por oposición a la democracia capitalista, expresión de los intereses de la minoría (de los explotadores).

En tercer lugar, el problema de las formas y los métodos para construir con éxito el socialismo en el período de la dictadura del proletariado, en el período de transición del capitalismo al socialismo, en un país cercado por Estados capitalistas. Marx y Engels consideraban el período de la dictadura del proletariado como un período más o menos largo, lleno de contiendas revolucionarias y guerras civiles, a lo largo del cual el proletariado, instaurado en el Poder, adopta una serie de medidas de carácter económico, político, cultural y de organización, indispensables para crear, en lugar de la vieja sociedad capitalista, la nueva sociedad socialista, una sociedad sin clases, una sociedad sin Estado. Lenin manteníase plena e íntegramente sobre el terreno de estas tesis fundamentales de Marx y de Engels. Lo que Lenin aporta de nuevo, en este campo, consiste en lo siguiente: a) Lenin fundamentó la posibilidad de construir una sociedad socialista completa en el país de la dictadura del proletariado, cercado por potencias imperialistas, a condición de que este país no fuese estrangulado por una intervención armada de los Estados capitalistas circundantes; b) trazó los caminos concretos de la política económica («Nueva Política Económica»), con ayuda de los cuales el proletariado, teniendo en sus manos los puestos económicos de mando (la industria, la tierra, los transportes, los bancos, &c.), articula la industria socializada con la Economía rural («articulación de la industria con la Economía campesina») y de este modo conduce toda la Economía nacional al socialismo; c) trazó los caminos concretos para llevar y arrastrar gradualmente a las grandes masas campesinas al cauce de la construcción socialista por medio de la cooperación, que representa, en manos de la dictadura proletaria, el medio más formidable para la transformación de las pequeñas explotaciones campesinas y para la reeducación de las grandes masas campesinas dentro del espíritu del socialismo.

En cuarto lugar, el problema de la hegemonía del proletariado en la revolución, en toda revolución popular, lo mismo en la revolución contra el zarismo que en la revolución contra el capitalismo. Marx y Engels esbozaron en sus rasgos fundamentales la idea de la hegemonía del proletariado. Lo que Lenin aporta de nuevo, aquí, está en haber desarrollado y desenvuelto estos esbozos en un sistema armónico de hegemonía del proletariado, en un sistema armónico de dirección por el proletariado de las masas trabajadoras de la ciudad y del campo, no sólo para derrocar al zarismo y al capitalismo, sino también para construir el socialismo bajo la dictadura del proletariado. Es sabido que la idea de la hegemonía del proletariado obtuvo en Rusia, gracias a Lenin y a su partido, una aplicación magistral. Esto explica, entre otras cosas, el hecho de que en Rusia la revolución llevase al proletariado al Poder. Antes, las cosas ocurrían generalmente de otro modo: los obreros se batían durante la revolución en las barricadas, derramaban su sangre, derribaban lo viejo, y el Poder iba a parar a manos de los burgueses, que luego oprimían y explotaban a los obreros. Así sucedió en Inglaterra y en Francia. Así sucedió en Alemania. Aquí, en Rusia, las cosas tomaron otro giro. En nuestro país, los obreros representaban algo más que la fuerza de choque de la revolución. Al convertirse en la fuerza de choque de la revolución, el proletariado ruso se había esforzado, al mismo tiempo, en tener la hegemonía, en ser el dirigente político de todas las masas explotadas de la ciudad y del campo, apretando en torno a él sus filas, apartándolas de la burguesía, aislando políticamente a la burguesía. Teniendo la hegemonía de las masas explotadas, el proletariado ruso luchó todo el tiempo por tomar en sus manos el Poder y aprovecharlo en su propio interés contra la burguesía, contra el capitalismo. Así se explica precisamente que en Rusia todo potente movimiento revolucionario, lo mismo el de Octubre de 1905 que el de Febrero de 1917, sacase a escena los Soviets de diputados obreros, como embrión del nuevo aparato de Poder, llamado a aplastar a la burguesía, como contrapeso al parlamento burgués, al viejo aparato de Poder, llamado a aplastar al proletariado. Por dos veces intentó la burguesía restaurar en Rusia el parlamento burgués y poner fin a los Soviets: en agosto de 1917, en tiempos del «Preparlamento», antes de la toma del Poder por los bolcheviques, y en enero de 1918, en tiempos de la «Asamblea Constituyente», después de la toma del Poder por el proletariado, y las dos veces salió derrotada. ¿Por qué? Porque la burguesía estaba ya políticamente aislada y las masas de millones de trabajadores veían en el proletariado el único jefe de la revolución, y porque los Soviets habían sido contrastados y probados ya por las masas como su Poder obrero, y el cambiarlos por el parlamento burgués habría significado para el proletariado el suicidio. Por eso no tiene nada de extraño que en nuestro país no se haya podido inocular el parlamentarismo burgués. He aquí por qué la revolución, en Rusia, llevó al Poder al proletariado. Tales son los resultados de haber puesto en práctica el sistema leninista de la hegemonía del proletariado en la revolución.

En quinto lugar, el problema nacional-colonial. Marx y Engels, analizando en su tiempo los acontecimientos de Irlanda, de la India, de China, de los países de la Europa central, de Polonia, de Hungría, brindaron ideas fundamentales, que son el punto de partida sobre el problema nacional-colonial. Lenin, en sus trabajos, se basó en estas ideas. Lo que Lenin aporta de nuevo, en este terreno, consiste en lo siguiente: a) reunió en bloque estas ideas para formar un sistema armónico de concepciones sobre las revoluciones nacional-coloniales, en la época del imperialismo; b) enlazó el problema nacional-colonial con el problema del derrocamiento del imperialismo; c) declaró el problema nacional-colonial parte integrante del problema general de la revolución proletaria internacional.

Y, finalmente, el problema del Partido del proletariado. Marx y Engels trazaron esbozos fundamentales sobre el partido, como destacamento de vanguardia del proletariado, sin el cual (partido) el proletariado no podrá lograr su emancipación, ni en el sentido de tomar el Poder ni en el sentido de transformar la sociedad capitalista. Lo que Lenin aporta de nuevo, en este terreno, consiste en haber desarrollado estos esbozos, adaptándolos a las nuevas condiciones de la lucha del proletariado en el período del imperialismo y poniendo de manifiesto:

a) que el Partido es la forma superior de la organización de clase del proletariado, en comparación con otras formas de organización de éste (sindicatos, cooperativas, organización estatal), cuya labor es él el llamado a generalizar y dirigir; b) que la dictadura del proletariado sólo puede realizarse por medio del Partido, como su fuerza orientadora; c) que la dictadura del proletariado sólo puede ser completa si la dirige un partido único, el Partido de los comunistas, que no comparte ni debe compartir la dirección con otros partidos; d) que sin una disciplina férrea dentro del Partido no podrán cumplirse las tareas de la dictadura del proletariado para el aplastamiento de los explotadores y la transformación de la sociedad de clase en sociedad capitalista.

He aquí, en sus rasgos fundamentales, lo que aportó de nuevo Lenin en sus trabajos, concretando y desarrollando la doctrina de Marx con arreglo a las nuevas condiciones de la lucha del proletariado en el período del imperialismo.

Por eso nosotros decimos que el leninismo es el marxismo de la época del imperialismo y de las revoluciones proletarias.

De lo dicho se desprende que el leninismo no puede separarse del marxismo, ni mucho menos contraponerse a éste.

En la pregunta de la delegación, se añade: «¿Sería exacto decir que Lenin creía en una «revolución creadora», mientras que Marx se  inclinaba más bien a esperar la culminación del desarrollo de las fuerzas económicas?» Yo entiendo que sería completamente falso decir esto. Yo entiendo que toda revolución popular, si es una revolución verdaderamente popular, es una revolución creadora, pues destruye el viejo sistema de vida y crea, funda, otro nuevo. Claro está que en esas «revoluciones», con perdón sea dicho, que se producen de vez en cuando, digamos, en Albania, bajo la forma de juegos «insurreccionales» de unas tribus contra otras, no puede haber nada de creador. Pero los marxistas jamás han considerado como revoluciones esos juegos «insurreccionales». Aquí no se trata, evidentemente, de semejantes «insurrecciones», sino de la revolución popular de masas, que levanta a las clases oprimidas contra las clases opresoras. Y esta revolución no puede por menos de ser creadora. Marx y Lenin eran, concretamente, partidarios de esta revolución y sólo de ella. Dicho esto, se comprende que semejante revolución no puede estallar en cualesquiera condiciones, que sólo puede producirse cuando se dan determinadas condiciones favorables, de orden económico y político.
____________
(*) 9 de septiembre 1927.

Creación

Un Poema de Pablo Neruda

Alturas de Macchu Picchu

(Fragmento)
       
         Piedra en la piedra, el hombre, ¿dónde estuvo?
Aire en el aire, el hombre, ¿dónde estuvo?
Tiempo en el tiempo, el hombre, ¿dónde estuvo?
Fuiste también el pedacito roto
del hombre inconcluso, del águila vacía
que por las calles de hoy, que por las huellas,
que por las hojas del otoño muerto
va machacando el alma hasta la tumba?
La pobre mano, el pie, la pobre vida…
Los días de la luz deshilachada
en ti, como lluvia
sobre las banderillas de la fiesta,
dieron pétalo a pétalo de su alimento oscuro
en la boca vacía?
                        Hambre, coral del hombre,
hambre, planta secreta, raíz de los leñadores,
hambre, subió tu raya de arrecife
hasta estas altas torres desprendidas?

Yo te interrogo, sal de los caminos,
muéstrame la cuchara, déjame, arquitectura,
roer con un palito los estambres de piedra,
subir todos los escalones del aire hasta el vacío,
rascar la entraña hasta tocar el hombre.

Macchu Picchu, pusiste
piedra en la piedra, y en la base, harapo?
Carbón sobre carbón, y en el fondo lágrima?
Fuego en el oro, y en él, temblando el rojo
goterón de la sangre?
¡Devuelveme el esclavo que enterraste!
Sacude de las tierras el pan duro
del miserable, muéstrame los vestidos
del siervo y su ventana.
Dime cómo durmió cuando vivía.
Dime si fue su sueño
ronco, entreabierto, como un hoyo negro
hecho por la fatiga sobre el muro.
El muro, el muro! Si sobre su sueño
gravitó cada piso de piedra, y si cayó bajo ella
como bajo una luna, con el sueño!
Antigua América, novia sumergida,
también tus dedos,
al salir de la selva hacia el alto vacío de los dioses,
bajo los estandartes nupciales de la luz y el
                                                   [decoro,
mezclándose al trueno de los tambores y de las
                                                        [danzas,
también, también de tus dedos,
los que la rosa abstracta y la línea del río, los
que el pecho sangriento del nuevo cereal
                                          [trasladaron
hasta la tela de materia radiante, hasta las duras
                                                      [cavidades,
también, también, América enterrada, guardaste
                                               [en lo más bajo,
en el amargo intestino, como un águila, el
                                               [hambre?

sábado, 1 de septiembre de 2018

Política


¡Defender el Pensamiento de Mariátegui de toda tergiversación y desarrollarlo en función de la realidad actual!

José Carlos Mariátegui y la Realidad Peruana

Eduardo Ibarra

I

EN EL TÍTULO DE LA OBRA TEÓRICA más importante de José Carlos Mariátegui, 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, se destacan, como se ve, dos términos: interpretación y realidad peruana, que, como se ve también, explican el SENTIDO de su mencionada obra, sentido que quedó expresado en la Advertencia a la misma:

Toda esta labor no es sino una contribución a la crítica socialista de los problemas y la historia del Perú. (p. 12).

Así, pues, aquellos términos: interpretación (crítica socialista) y realidad peruana (los problemas y la historia del Perú), se revelan profundamente ligados entre sí en la labor teórica de José Carlos Mariátegui.

En la nota autobiográfica Del autor, el maestro fue más explícito aún:

Los 7 Ensayos no son sino la aplicación de un método marxista para los ortodoxos del marxismo insuficientemente rígido en cuanto reconoce singular importancia al aporte soreliano, pero que en concepto del autor corresponde al verdadero moderno marxismo, que no puede dejar de basarse en ninguna de las grandes adquisiciones del 900 en filosofía, psicología, etc. (Ideología y política, p. 16).

Por razones obvias, no es necesario exponer aquí aquello del «aporte soreliano», pero sí señalar que, como se ha visto, José Carlos Mariátegui dice «un método marxista», y no «el método marxista», precisamente porque consideraba el antedicho «aporte» como correspondiente «al verdadero moderno marxismo», consideración ajena a otros teóricos marxistas.

        Esta circunstancia produce a primera vista la impresión de que el marxismo de Mariátegui se distingue del marxismo clásico.(1) Para disipar esta impresión, baste recordar aquí lo que el propio maestro acordó cuando el grupo de los fundadores debió establecer la base de unidad del Partido Socialista del Perú:

El marxismo-leninismo es el método revolucionario de la etapa del imperialismo y de los monopolios. El Partido Socialista del Perú, lo adopta como su método de lucha. (ibídem, p. 160).

Pues bien, el presente artículo no tiene como propósito analizar el contenido teórico de la Creación Heroica de Mariátegui, sino estricta y exclusivamente su SENTIDO en cuanto aplicación del marxismo-leninismo a nuestra realidad concreta.

Huelga decir que José Carlos Mariátegui no nació marxista, sino que se hizo marxista en un proceso de ascensión ideológica que, como se sabe, comprendió algunas rupturas.

El propio maestro testimonió que se asimiló al marxismo durante su estancia en Europa:

De su viaje data su asimilación al marxismo. (Ideología y política, p. 16).

Como es de conocimiento común, esta asimilación tuvo lugar en la segunda mitad del año de 1920. Ahora bien, en carta a Samuel Glusberg del 10 de enero de 1928, José Carlos Mariátegui precisó:

A mi vuelta al Perú, en 1923, en reportajes, conferencias en la Federación de Estudiantes, en la Universidad Popular, artículos, etc., expliqué la situación europea e inicié mi trabajo de investigación de la realidad nacional, conforme al método marxista. (Correspondencia, t. II, p. 331).

Esto quiere decir que, en su etapa de socialista a lo Araquistain (1918-1920), José Carlos Mariátegui carecía aún, como él mismo confesó, de los puntos de vista sistemáticos para enjuiciar los acontecimientos y las cosas del país.(2)

Tales puntos de vista sistemáticos son, precisamente, los puntos de vista del método marxista y, como se ha visto, es a partir de su regreso al Perú que el maestro dio comienzo a la aplicación del método marxista al conocimiento de la realidad peruana. Así, pues, puede decirse que a partir de su primera conferencia en la Universidad Popular Gonzáles Prada, José Carlos Mariátegui empezó a ser nacionalista en el sentido proletario del término.(3)

Pues bien, retrucando a Luis Miró Quesada, en el artículo Maximalismo peruano (30 de diciembre de 1917), José Carlos Mariátegui escribió:

¡Bueno! ¡Muy bolcheviques y muy peruanos! ¡Pero más peruanos que bolcheviques! (citado por Guillermo Rouillón, La creación heroica de José Carlos Mariátegui, t. I, p. 202).

Esta frase corresponde, pues, a la superada etapa de socialista a lo Araquistain del maestro.

En nuestro ensayo La revista «Nuestra Epoca» y el socialismo peruano, escribimos lo siguiente acerca de la citada frase:

Ciertamente el lector puede darse perfecta cuenta de que, mientras en la Rusia revolucionaria el término bolchevique encerraba un concepto estricto y riguroso, en José Carlos Mariátegui encerraba un concepto tan dilatado e indefinido que hasta el señor Jorge Prado y algunos otros  (entre ellos Luis Ulloa, quien a la sazón tronaba contra «los hambreadores del pueblo»), resultaban bolcheviques. Este concepto dilatado e indefinido se observa igualmente en el hecho, más expresivo aún, de que José Carlos Mariátegui consideraba «bochevique» a Víctor M. Maúrtua, cuyo «socialismo» no le impedía ser ministro del civilista José Pardo.

Pero, como se sabe, ya marxista-leninista, expresivamente José Carlos Mariátegui no repitió nunca en ninguna forma el SENTIDO de la frase «más peruanos que bolcheviques» y, por el contrario, expuso una concepción distinta, una concepción marxista, una concepción correcta de la relación entre el marxismo y la realidad peruana. Veamos esto.

En el artículo Lo nacional y lo exótico (9 de diciembre de 1924), el maestro escribió:

Ninguna idea que fructifica, ninguna idea que se aclimata, es una idea exótica. (…) El nacionalismo a ultranza es la única idea efectivamente exótica y forastera que aquí se propaga. Y que, por forastera y exótica, tiene muy poca chance de difundirse en el conglomerado nacional. (Peruanicemos al Perú, p. 40).

En el artículo Nacionalismo y vanguardismo (27 de noviembre de 1925-4 de diciembre del mismo año), apuntó:

Cuando se supone a la juventud seducida por mirajes extranjeros  y por doctrinas exóticas, se parte, seguramente, de una interpretación superficial de las relaciones entre nacionalismo y socialismo. El socialismo no es, en ningún país del mundo, un movimiento anti-nacional. Puede parecerlo, tal vez, en los imperios. En Inglaterra, en Francia, en Estados Unidos, etc., los revolucionarios denuncian y combaten el imperialismo de sus propios gobiernos. Pero la función de la idea socialista cambia en los pueblos política o económicamente coloniales. En estos pueblos, el socialismo adquiere, por la fuerza de las circunstancias, sin renegar absolutamente ninguna de sus principios, una actitud nacionalista. (…) En el Perú los que representan e interpretan la peruanidad son quienes, concibiéndola como una afirmación y no como una negación, trabajan por dar de nuevo una patria a los que, conquistados y sometidos por los españoles, la perdieron hace cuatro siglos y no la han recuperado todavía. (…) ¿Cuál es el secreto de esta capacidad de sentir las cosas del mundo y del terruño? La respuesta es fácil. La personalidad del artista, la personalidad del hombre, no se realiza plenamente sino cuando sabe ser superior a toda limitación. (ibídem, pp. 100, 102, 106).

En el artículo La nueva cruzada pro-indígena (enero de 1927), mantuvo:

… el fenómeno nacional no se diferencia ni se desconecta, en su espíritu, del fenómeno mundial. Por el contrario, de él recibe su fermento y su impulso. La levadura de las nuevas reivindicaciones indigenistas es la idea socialista, no como la hemos heredado instintivamente del extinto Inkario sino como la hemos aprendido de la civilización occidental, en cuya ciencia y en cuya técnica sólo romanticismos utopistas pueden dejar de ver adquisiciones irrenunciables y magníficas del hombre moderno. (…) De la presencia de un espíritu renovador, palingenésico que se nutre a la vez de sentimiento autóctono y de pensamiento universal, tenemos presentemente muchas señales. (Ideología y política, p. 167).(4)

Ahora el lector puede percatarse fácilmente de la diferencia sustancial entre la frase «más peruanos que bolcheviques» del Mariátegui socialista a lo Araquistain y los copiados conceptos del Mariátegui marxista-leninista.

Pero continuemos. Al final de sus 7 ensayos, el maestro dejó sentado:

Por los caminos universales, ecuménicos, que tanto se nos reprochan, nos vamos acercando cada vez más a nosotros mismos.

De esta forma expresó el SENTIDO de su obra teórica cumbre: la aplicación del método marxista a la realidad peruana o, más bien –para ser exactos–, la fusión de dicho método y nuestra realidad concreta, es decir, el desarrollo del marxismo peruano que, como se sabe bien, en su etapa fundacional tiene nombre propio: Creación Heroica de Mariátegui.

Pero detallemos: los caminos universales a los que se refiere José Carlos Mariátegui son dos caminos consustanciales: 1) la verdad universal del marxismo-leninismo («El Partido Socialista del Perú, lo adopta como su método de lucha»); 2) el proceso de la revolución proletaria mundial («La revolución latino-americana, será nada más y nada menos que una etapa, una fase de la revolución socialista mundial»).(5)

Aquí, por lo tanto, no tienen lugar el nebuloso socialismo en general ni las «pequeñas revoluciones»  (renovaciones, palingenesias, resurgimientos).(6)

Como es de conocimiento común, por su espíritu universal, por su posición marxista, por su marxismo peruano, José Carlos Mariátegui fue acusado de «europeizante».

Esta interesada y torpe acusación fue confutada por el maestro en los siguientes términos:

No faltan quienes me suponen un europeizante, ajeno a los hechos y a las cuestiones de mi país. Que mi obra se encargue de justificarme, contra esa barata e interesada conjetura. He hecho en Europa mi mejor aprendizaje. Y creo que no hay salvación para Indo-América sin la ciencia y el pensamiento europeos u occidentales. (7 ensayos, p. 12).

Expresivamente, estos conceptos se encuentran en la obra cumbre de José Carlos Mariátegui. En la obra donde dio ejemplo de aplicación creadora del método marxista. Donde ofreció un paradigma de fusión de la verdad universal del marxismo y una realidad particular como la peruana.

Entonces, es claro que, en primer lugar, el maestro desenmascaró el prejuicio de la burguesía contra el marxismo («simple actitud reaccionaria, disfrazada de nacionalismo.»); y, al mismo tiempo, el prejuicio pequeño burgués («la pequeña burguesía es, sin duda, la clase social más sensible al prestigio de los mitos nacionalistas.»)

En segundo lugar, desenmascaró la oposición a la revolución socialista de sus aludidos detractores.

Como seguramente se sabe, la acusación de «europeizante» vino de los intelectuales saturados de espurio nacionalismo, entre ellos Haya de la Torre y sus repetidores.

Pero veamos más de cerca la cuestión.

La frase «más peruanos que bolcheviques»  tiene su explicación en las siguientes circunstancias: 1) en 1917 José Carlos Mariátegui no disponía de puntos de vista sistemáticos para enjuiciar los acontecimientos y las cosas del país; 2) ante la imputación de falta de peruanidad que implicaba la acusación de Luis Miró Quesada, el maestro se vio obligado a remarcar la condición de peruanos de los acusados.

Por otro lado, en dicha frase se constatan tres cosas: 1) el término bolchevique encierra un concepto confuso que, como ya señalamos, se pone en evidencia cuando José Carlos Mariátegui lo utiliza para calificar a Víctor M. Maúrtua y otros personajes; 2) el contraste entre «peruanos» y «bolcheviques» no comprende ni compromete, por lo tanto, al marxismo; 3) lo que queda de la frase, entonces, es el mencionado contraste como expresión específica de la relación entre nacionales y extranjeros.

Es decir, la frase mariateguiana tiene una extensión notoriamente limitada.

II

En el artículo Nuestra Epoca (Anuario Mariateguiano, Nº 2, 1990), Ramón García escribió:

No había pasado dos meses [de la Revolución de Octubre] y un 30 de diciembre [Mariátegui] escribía su célebre artículo Maximalismo Peruano, donde magistralmente marcaría la orientación cardinal del socialismo peruano: “¡Bueno! ¡Muy bolcheviquis y muy peruanos! ¡Pero más peruanos que bolcheviquis!» (p.146).

Como vemos, García erige la frase mariateguiana en «la orientación cardinal del socialismo peruano».

A propósito de ello, en nuestro artículo citado arriba escribimos lo siguiente:

Ahora bien, aparte de lo esclarecido, la frase «más peruanos que bolcheviquis» da cuenta de la relación entre peruanos y soviéticos, y esto es todo lo que queda de ella. Pero este sentido limitado de la frase es distorsionado por García con su pretensión de erigirla en «la orientación cardinal del socialismo peruano». En efecto, esta pretensión, expresada como está expresada (¡«orientación cardinal»!, ¡«del Socialismo Peruano»!) tiene un sentido general que, como es notorio, no consiente la frase del maestro. Cardinal significa fundamental, esencial, principal, trascendental; y el Socialismo Peruano está compuesto por cuatro elementos: el ideológico, el teórico, el político y el orgánico. Por lo tanto, por su sentido general, la frase de García da cuenta de la relación entre el marxismo peruano y el marxismo universal, entre el socialismo peruano y el socialismo mundial. De esta forma promueve que seamos «más peruanos» que marxistas, o sea, fomenta un nacionalismo no proletario, un nacionalismo pequeño burgués, un nacionalismo extraño al marxismo.

Pues bien, como se sabe, el marxismo es una verdad válida para todo el mundo, es decir que, en principio, el marxista representa una realidad supranacional, y, enseguida y mechado a lo anterior, encarna una realidad nacional en la medida en que aplica el marxismo a una realidad particular. Aquella supranacionalidad se expresó desde el primer momento, cuando Marx y Engels proclamaron: «¡Proletarios de todos los países, uníos!». Por eso, la relación entre el marxista y su nacionalidad (que es una forma en que se expresa la relación entre lo universal y lo particular) no es una cuestión que pueda ser resuelta a favor de uno u otro término: no podemos ser más peruanos que marxistas, porque ello representaría un cierto nacionalismo que ve en el marxismo algo ajeno a nuestra realidad, y no podemos ser más marxistas que peruanos, porque ello representaría un universalismo en alguna medida indiferente a lo peruano. Por cuanto es una verdad universal, el marxismo no es algo foráneo con respecto a la realidad peruana. Por eso, ya marxista-leninista, José Carlos Mariátegui escribió: «Ninguna idea que fructifica, ninguna idea que se aclimata, es una idea exótica.» (Peruanicemos al Perú, p. 40). Por eso escribió también: «El Perú es un fragmento de un mundo que sigue una trayectoria solidaria.» (ibídem, p. 38). Así, pues, la teoría del Socialismo Peruano es solo una expresión de la verdad universal del marxismo-leninismo, y la revolución peruana es solo una parte de la revolución proletaria mundial. Es decir, tanto la teoría del Socialismo Peruano como su concreción práctica aparecen como un caso de la unidad de lo universal y lo particular. Por eso, la identidad de los marxistas tiene dos aspectos, a saber: su ideología y su nacionalidad. Por eso, puesto ante la necesidad de resumir en una frase el SENTIDO de sus célebres 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, José Carlos Mariátegui no repitió, en ninguna forma, la frase de su etapa de socialista a lo Araquistain, sino que escribió esta otra: «Por los caminos universales, ecuménicos, que tanto se nos reprochan, nos vamos acercando cada vez más a nosotros mismos.» De esta forma subrayó que el marxismo nos permite ser peruanos en el sentido más pleno de la palabra. Los marxistas –así como los hombres en general, como todos los pueblos sin excepción– tienen una existencia nacional, pero su personalidad no se realiza plenamente sino cuando expresan su esencia universal; por esto, en su actividad revolucionaria deben saber alcanzar la plenitud de su personalidad mostrándose superiores a toda limitación o, para decirlo de otro modo, deben saber alcanzar la más perfecta unidad de sentimiento autóctono y pensamiento universal, según la formulación mariateguiana. Y basta fijarse en el pensamiento de Mariátegui para comprobar la verdad de dicha formulación: ¿alguien, en su sano juicio, puede decir, acaso, que dicho pensamiento es más peruano que marxista o, a la inversa, más marxista que peruano? Probadamente, el pensamiento de Mariátegui es marxismo peruano, es decir, la fusión –precisamente la fusión– de la verdad universal del proletariado con la realidad peruana. Por lo tanto, es un hecho que, en principio, la universalidad no niega la particularidad, sino que, por el contrario, permite su desarrollo hasta su plenitud.

Como es de conocimiento común, en el comunismo global no existirán ya las nacionalidades, pero, en cambio, no desaparecerá la concepción marxista del mundo, es decir, la nacionalidad de la gente en general se habrá disuelto en la universalidad de la humanidad liberada por fin de la forma nación de la particularidad, pero entonces el mundo será un mundo donde todos los hombres y todas las mujeres serán marxistas.

No obstante, como se ha visto, García se mueve en la superficie de los hechos; particularmente, silencia aquellos que están detrás de las afirmaciones de José Carlos Mariátegui, llegando incluso a retorcer el significado de las mismas. De esta forma pretende escamotear el análisis concreto del problema concreto, el análisis profundo de un problema ciertamente definitorio.

Ahora bien, el despropósito de García de erigir la frase mariateguiana en «la orientación cardinal del socialismo peruano», no solo constituye una evidente incomprensión de la relación entre la verdad universal del marxismo y nuestra realidad concreta, una obvia  incomprensión de la fusión de esa verdad y esta realidad concretada en la Creación Heroica de Mariátegui, sino también una soterrada intención de promover la idea de que el marxismo es algo foráneo con respecto a nuestra realidad, así como la intención de descalificar al Mariátegui marxista-leninista utilizando dolosamente una frase del Mariátegui socialista a lo Araquistain.

En el Perú, tanto en el de ayer como en el de hoy, los que representan e interpretan la peruanidad son quienes, concibiéndola como una afirmación y no como una negación, trabajan por una patria socialista.

Pero, como se ha visto, el pretendido nacionalismo de García se revela no como una afirmación de la fusión del marxismo y nuestra realidad, sino como una negación de la misma.

Hay que recordarle, sin embargo, a nuestro personaje, que, como está demostrado, lo peruano no está desconectado del fenómeno mundial del marxismo y de la revolución proletaria mundial.

El maestro señaló:

El marxismo, del cual todos hablan pero que muy pocos conocen y, sobre todo, comprenden, es un método fundamentalmente dialéctico. Esto es, un método que se apoya íntegramente en la realidad, en los hechos. No es, como algunos erróneamente suponen, un cuerpo de principios de consecuencias rígidas, iguales para todos los climas históricos y todas las latitudes sociales. Marx extrajo su método de la entraña misma de la historia. El marxismo, en cada país, en cada pueblo, opera y acciona sobre el ambiente, sobre el medio, sin descuidar ninguna de sus modalidades” (Ideología y política, pp. 111-12).

Este punto de vista expresa la esencia más profunda del marxismo y la necesidad fundamental del proletariado de todos los países de aplicar creadoramente el método marxista.

        Consecuente con su premisa, en su aplicación del marxismo José Carlos Mariátegui se apoyó íntegramente en la realidad, en los hechos peruanos. Extrajo su pensamiento de la entraña misma de la historia del Perú. Por eso, actuado por sus continuadores, el pensamiento de Mariátegui opera y acciona sobre nuestro ambiente, sobre nuestro medio, sin descuidar ninguna de sus modalidades.

El análisis indica, pues, que la propuesta de ser «más peruanos» que marxistas, es una simple actitud oportunista disfrazada de nacionalismo que, por lo demás, expresa la permeabilidad de la pequeña burguesía al prestigio de los mitos nacionalistas.
       
Contra semejante propuesta, se alza la Creación Heroica de Mariátegui como la prueba irrefutable de la fusión de lo universal marxista y lo particular peruano.

Por lo tanto, la aplicación de la verdad universal del marxismo-leninismo a la práctica concreta de la revolución peruana, ES LA ORIENTACIÓN CARDINAL DEL SOCIALISMO PERUANO.

Y bien, la fusión de lo universal marxista y lo particular peruano que comporta tal orientación, no es algo estático sino dinámico; por esto, la Creación Heroica de Mariátegui ha sido desarrollada y exige ser desarrollada permanentemente.

He ahí el Camino de Mariátegui.

Notas
[1] Sobre esta cuestión puede consultarse nuestro trabajo El método de Mariátegui, publicado en el blog CREACIÓN HEROICA.
[2] En efecto, en la citada nota autobiográfica, el maestro confesó que, aunque a partir de su ingreso al periodismo, «tuvo contacto con los acontecimientos y cosas del país… [pero que] carecía para enjuiciarlos de puntos de vista sistemáticos” (Ideología  política, p. 16). Para enjuiciarlos, es decir, para examinarlos, estimarlos, juzgarlos, conceptuarlos.
[3] Como es obvio, Mariátegui no fue nacionalista en el sentido proletario del término por los temas nacionales sobre los que escribió antes de su asimilación al marxismo-leninismo, sino por la aplicación vívida que hizo de esta doctrina en la interpretación de los problemas peruanos. «Ser “nacionalista” por el género de los estudios, no exige serlo también por la actitud política…» (Ideología y política, p. 221). Así, pues, serlo por la posición marxista aplicada a la realidad peruana, es ya nacionalismo proletario.
[4] Esto fue escrito en enero de 1927. Pero, como dejamos apuntado en nuestro ensayo La revista «Nuestra Epoca» y el socialismo peruano, José Carlos Mariátegui renunció al término renovación y sus derivados y, por lo tanto, a los términos palingenesia y resurgimiento y sus respectivos derivados para significar la revolución. En efecto, en el editorial Aniversario y balance, escribió: «La primera jornada de “Amauta” ha concluido. En la segunda jornada, no necesita ya llamarse revista de la “nueva generación”, de la “vanguardia”, de las “izquierdas”. Para ser fiel a la Revolución, le basta ser una revista socialista.» «“Nueva generación”, nuevo espíritu”, “nueva sensibilidad”, todos estos términos han envejecido. Lo mismo hay que decir de estos otros rótulos: “vanguardia,”, “izquierda”, “renovación”. Fueron nuevos y buenos en su hora. Nos hemos servido de ellos para establecer demarcaciones provisionales, por razones contingentes de topografía y orientación. Hoy resultan ya demasiado genéricos y anfibológicos. Bajo estos rótulos, empiezan a pasar gruesos contrabandos.» (Ideología y política, p. 247). Por lo demás, casi no es necesario decir que con la palabra socialista el maestro se refirió al marxismo, y no, desde luego, el nebuloso socialismo en general: «“Amauta”, en su Nº 17, el de su segundo aniversario, declara cumplido el proceso de “definición ideológica”, afirmándose, categóricamente, marxista.» (ibídem, p. 104). Por eso, en carta a Carlos Arbulú Miranda del 29 de setiembre de 1928, precisó: «El editorial [Aniversario y balance] se refiere, por una parte, al vanguardismo genérico e indefinido de los oportunistas habituales y, por otra parte, a cierta desviación que ha intentado propagarse en nuestras propias filas, a propósito del Apra.» (Correspondencia, t. II, p. 444).
[5] Precisamente en el dirimente editorial Aniversario y Balance, José Carlos Mariátegui se extendió sobre el punto: «El socialismo no es, ciertamente, una doctrina indo-americana. Pero ninguna doctrina, ningún sistema contemporáneo lo es ni puede serlo. Y el socialismo, aunque haya nacido en Europa, como el capitalismo, no es tampoco específico ni particularmente europeo. Es un movimiento mundial, al cual no se sustrae ninguno de los países que se mueven dentro de la órbita de la civilización occidental. Esta civilización conduce, con una fuerza y unos medios de que ninguna civilización dispuso, a la universalidad. Indo América, en este orden mundial, puede y debe tener individualidad y estilo; pero no una cultura ni un sino particulares.» (Ideología y política, p. 248).
[6] A propósito de esta cuestión, en nuestro ensayo La revista Nuestra Epoca y el socialismo peruano, escribimos lo siguiente: «… en el artículo Admonición trascendental (Anuario mariateguiano, Nº 3, 1991, pp. 153-54), García escribió: “José Carlos Mariátegui entendió la revolución como renovación, como palingenesia, como Resurgimiento.” (p. 154). Y, para no perder la costumbre, pretendió solventar su afirmación tergiversando el pensamiento Mariátegui. Veamos esto.» «En su mencionado artículo, García reseñó algunas afirmaciones del maestro, y quienquiera que sepa leer las mismas tiene que darse cuenta de que hubo un momento en que José Carlos Mariátegui desahució el término renovación.» «En efecto, las primeras afirmaciones mariateguianas sobre el punto citadas por García, tienen fechas que van de junio de 1918 a noviembre de 1927; pero, como ya recordamos en nuestro ensayo, en el editorial Aniversario y balance el maestro desahució el término renovación, y, no obstante que García copia la parte donde ello aparece, ¡no se dio cuenta del deshaucio!» «Este desahucio se debió a que, en 1928, decantadas las posiciones en el variopinto socialismo de la época, el término renovación y otros aparecían “…demasiado genéricos y anfibológicos”, pues bajo ellos empezaban “… a pasar gruesos contrabandos.”» «El contrabando que pretende pasar García con su artículo, empieza a revelarse con solo preguntar: ¿La revolución es renovación de qué? ¿Palingenesia de qué? ¿Resurgimiento de qué?» «Y termina por revelarse completamente cuando se asimila de verdad el significado de la siguiente afirmación de José Carlos Mariátegui, silenciada por García: “… una revolución continúa la tradición de un pueblo, en el sentido de que es una energía creadora de cosas e ideas que incorpora definitivamente en esa tradición enriqueciéndola y acrecentándola. Pero la revolución trae siempre un orden nuevo, que habría sido imposible ayer. La revolución se hace con materiales históricos; pero, como diseño y como función, corresponde a necesidades y propósitos nuevos.” (Temas de nuestra América, p. 93).» «La revolución, dice Mariátegui, no dice la renovación. Esto en primer lugar; en segundo, dice que la revolución enriquece la tradición de un pueblo, pero que trae siempre un orden nuevo, pues como diseño y como función corresponde a necesidades y propósitos nuevos: dictadura del proletariado, lucha por la realización del comunismo, para decirlo en términos bastante generales. Por eso el concepto de revolución es mucho más rico, mucho más profundo, mucho más multilateral que el concepto de renovación.» «Pero, por lo visto, con su “renovación”, su “palingenesia”, su “resurgimiento”, García escamotea la esencia de la revolución: la creación de “un orden nuevo”.»

14.08.2018.

CREACIÓN HEROICA