jueves, 3 de marzo de 2016

Literatura


El Nuevo Realismo de Juan Cristóbal

Julio Carmona

PARA EMPEZAR, DEBO INDICAR que con Juan Cristóbal nos conocemos desde la década de los setenta del siglo pasado (en la gloriosa Facultad de Letras de la Universidad Mayor de San Marcos, y en las varias universidades de la bohemia limeña en los alrededores de Palermo y el Chino Chino de esa época). Y, pese a no habernos frecuentado hace ya bastante tiempo por la lejanía que impone la panamericana, mantenemos comunicación por esa virtual cercanía que proporciona la Internet, por lo que nuestra amistad y camaradería sigue lozana e invicta, por más que pasen los años. Pero no creo que esa proximidad amical sea óbice para que yo pueda dar mi opinión en torno a su poesía. Pues siempre es mejor recibir la crítica de un amigo antes que de un desconocido (que hasta puede ser un enemigo potencial). Y, en todo caso, yo sé bien que ni a Juan Cristóbal le gusta la sobonería ni a mí me agrada suministrarla.

        Y lo que voy a decir no es adulación. Es una constatación incontestable. Juan Cristóbal es uno de los más sobresalientes poetas de la generación del ’60. Aun cuando el título de la Antología de sus poemas sugiera lo contrario: que es un «desaparecido», dándonos a entender que se siente no leído o no encontrado por los lectores de poesía. Alguna vez leí que Antonio Cisneros había declarado, en una entrevista, que veía un desconocimiento nacional en relación con su poesía. De ser así debería rectificarse el título de Juan Cristóbal en el sentido de ser ‘Memorias de una desaparecida’, atribuyéndoselo a la poesía misma que persiste en hablar por muchas bocas para ser escuchada por muy pocos oídos.

        Pero, por otro lado, creo que ha hecho bien Juan Cristóbal en subtitular a su libro de la siguiente manera: Antología personal. Porque es su decisión personal la que se ha impuesto en la selección de los poemas, dejando de lado a muchos otros que, seguramente, sus lectores hubieran preferido (si, por ejemplo, me hubiera dado a elegir a mí, me habría inclinado por más de un poema de su libro Horas de lucha, libro todo que, a manera de contrarréplica, se impone en el título de la antología Memorias de un desaparecido). En realidad, esa es la impronta de todas las antologías: no pueden contentar a todos los lectores. Tanto es así que Jorge Teillier, el poeta chileno –gran amigo de Juan Cristóbal– les cambió el nombre de «antologías» por el de antojolías, que de irónico pasa a ser sarcástico cuando el antólogo no es el poeta el que selecciona su poesía, sino la de otros.

        En el caso de Memorias de un desaparecido, quienes conocemos a su autor, intuimos que es un «testimonio de parte» o, para estar más acordes con estos tiempos en que la violencia ya se ha hecho costumbre, podemos decir que es un «parte de guerra», que –en retruécano del poeta Víctor Mazzi, gran amigo mío– se convierte en «guerra de parte», porque la poesía no viene a ser otra cosa que una guerra con las palabras. Para evitar que estas dominen al poeta, y lo obliguen a decir lo que ellas significan por sí mismas. Y es entonces que el poeta busca obligarlas a decir lo que él quiere. Por ejemplo, a cualquier usuario de las palabras cotidianas en la circunstancia específica de estar en un bar (con el perdón de la palabra) va a pedir: «dos cervezas bien heladas», mínimo (como diría Antonio Gálvez Ronceros), a lo cual el mozo retrucará: «¿blancas o negras?», y a ese parroquiano –usuario dominado por la palabra cotidiana– jamás se le ocurrirá decir: «No, deme dos cervezas azules».

        Pero el poeta sí tiene esa libertad, y dice: «Cuando bebíamos las cervezas eran azules». Y, lamentablemente, el tiempo verbal de este verso –aunque, gramaticalmente no lo sea– es un pretérito totalmente imperfecto, pues debería ser siempre tiempo presente: ‘Cuando bebemos las cervezas son azules’. Y es un verso que ha inmortalizado a Juan, ¡quién que lo trata no se lo recuerda! Yo no sé por qué, pero el color azul se ha hecho consustancial a la poesía. ¡Son pocos los poetas que no lo han usado! Lo vemos en Rubén Darío que tituló así a su libro inicial. En José María Eguren que simbolizó con él a la poesía llamándola «La niña de la lámpara azul». En Jorge Bacacorzo con su libro Las viñas azules. En «Chacho» Martínez (otro gran amigo de Juan Cristobal) con su verso: «La vida es la única realidad azul que nos cautiva» (de su memorable Cinco razones puras). Y Neruda que (en su Confieso que he vivido) cuenta la anécdota de alguien que en un recital le preguntó: «Por qué dice usted en la “Oda a Federico” que por él “pintan de azul los hospitales”?» Y dice Neruda que le respondió: «Mire, compañero, hacerle preguntas de ese tipo a un poeta es como preguntarle la edad a las mujeres. La poesía no es una materia estática, sino una corrinte fluida que muchas veces se escapa de las manos del propio creador. Su materi prima está hecha de elementos que son y al mismo tiempo no son, de cosas existentes e inexistentes. De todos modos, trataré de responderle con sinceridad. Para mí el color azul es el más bello de los colores. Tiene la implicación del espacio humano, como la bóveda celeste, hacia la libertad y la alegría. La presencia de Federico, su magia personal, imponían una atmósfera de júbilo a su alrededor. Mi verso probablemente quiere decir que incluso los hospitales, incluso la tristeza de los hospitales, podían transformarse bajo el hechizo de su influencia y verse convertidos de pronto en bellos edificios azules.»

        Quién puede no estar de acuerdo con el uso de ese adjetivo aplicado a la poesía. Es cierto, como lo aseveran varios maestros del arte poético, que el abuso de los adjetivos puede ser fatal para la concreción del poema. Pero esta es una regla que tiene su excepción. Cuando el adjetivo está bien puesto, ni vuelta que darle: es imprescindible. Y ese estar bien puesto es trabajo de maestro. La ‘obrería capulí’ de Vallejo, por ejemplo, devino inmortal en el poema VI de Trilce, en el que termina convirtiendo en verbo el color azul, cuando dice:

y si supiera qué mañana entrará
a entregarme las ropas lavadas, mi aquella
lavandera del alma. Que mañana entrará
satisfecha, capulí de obrería, dichosa
de probar que sí sabe, que sí puede
¡CÓMO NO VA A PODER!
azular y planchar todos los caos.

Y he hecho alusión a este tema del adjetivo, porque esa es una de las virtudes de Juan Cristobal. El saber dosificar los adjetivos, y con eso contradice al aforismo antes citado, de no abusar del adjetivo, que puede ser recomendado a un poeta novel; pero no a un maestro como él. Veamos un ejemplo:

POSTDATA

Vengo de un lugar
donde la lluvia y los sueños
abandonados de una aldea
luchan a diario
con los árboles exiliados
a orillas en el cielo
Miro
entristecido
las últimas sombras
amarillentas
de un antiguo cementerio
el corazón
de esos rencorosos animales
pudriéndose
como vientos desesperados en el río
en los lodazales
inmundos de los miedos
en las desconocidas musarañas
y en los feroces temporales
revelando su silencio
y sus desventuradas alegrías
en la mudez y el llanto de los pobres
pero no sé dónde me dirijo
dónde va la realidad
despiadada de mis huellas
la mirada arrinconada de mis sueños
las pesadillas inútiles
y la nostalgia indescifrable de mis ojos
por eso
no me despido de la luna
de los amigos en la noche
de las raíces eternas
y desfallecientes de los frutos
de los espejos
que no encuentran nuestros nombres en el agua

simplemente
como un eterno vagabundo
sin conocer sus tristezas y vacíos
escribo estas palabras
como si fuesen un poema
cuya imagen oculta sus heridas
y sus pisadas
en crepúsculo haraposo del verano

Son, pues, adjetivos que están bien puestos, que no son abalorios descriptivos, que no obstante estar contribuyendo a la presentación descriptiva de los elementos poéticos (de preferencia sustantivos y verbos), esos adjetivos hacen que adquieran personalidad, que se singularicen y adquieran vitalidad, porque eso es la poesía: la vida total, que vivifica a la misma muerte. Pensemos en los «heraldos negros» de Vallejo (que son pocos pero son).

        La «guerra de parte» no se da, pues, solo con las palabras. Si se la asumiera así habría el riesgo de caer en un virtuosismo ególatra. La guerra es –como escribiera Stephan Zweig– una Lucha con el demonio, con ese fiscal que cada quien lleva a cuestas. Y es así que la maestría formal, el virtuosismo técnico se pone al servicio de una de dos opciones: la de hacer una poesía formalista o hacer la otra, realista. Y la piedra de toque para la realización de cada una es la realidad, porque como dice Bertold Brecht: «Un texto realista solo puede de uno no realista confrontándolo con la realidad misma de la que trata.» Y entonces se ve que la poesía formalista busca alejarse de la realidad o, al menos, trata de impedir que esta tenga protagonismo. El elemento protagónico para ella es el yo exclusivo o excluyente. Mientras que la otra opción, la poesía realista hace lo contrario: se acerca a la realidad, convirtiéndola en la razón de ser de su yo.

En la poesía peruana la presencia de estas dos opciones se puede graficar con dos versos emblemáticos, respectivamente, por un lado, la propuesta de «la poesía no dice nada», de Martín Adán, y, por otro, el «quiero decir muchísimo» de César Vallejo. Empero, en cualquier caso el poeta debe haber ganado muchas batallas en su guerra con las palabras. Y ese es el caso concreto del poeta que nos convoca esta noche, nuestro grande y querido Juan Cristóbal. A quien yo me atrevo a incluir dentro de la tendencia del realismo, aunque –para una mejor adecuación– debemos llamarla del nuevo realismo, como quería el Amauta José Carlos Mariátegui.

Y para que esta opinión no quede como un simple enunciado, como algo que no necesita demostración voy a leer dos ejemplos, dos muestras de sus poemas que –creo yo– me respaldan en lo dicho, para que ustedes que, me escuchan, decidan:

DESPEDIDA

a Abdón Cabanillas


Adiós viejos eucaliptos de la noche
Despedirme del silencio de las lluvias
Y del transcurrir lentos de las hogueras en el alba
Adiós escuelas de provincia / poteros viejos del camino
Gracias por haberme descubierto la sonrisa de los
pobres
Y el corazón friolento de las calles
Adiós espantapájaros y hombres de almas cotidianas
Tabernas clandestinas y perros vagando por la nada
Retamas olvidadas y días invisibles de la muerte
Que hicieron tambalear mi vida
Como las enredaderas de mis sueños
Hacen tambalear los muros
Y los secretos apagados de mis huellas
Adiós entrañables canciones llenas de fantasmas
Ahogándose como moscas
En las sombras infelices de mi padre
Y en las ciudades marginales del verano
Adiós colorados amigos seniles del destierro
Recuerden: las estrellas de las playas
Se parecen a los sabios buscando caracoles en el viento
De todos ustedes me despido
Menos de los ríos inexorables de la tarde
Que grabaron en mi pecho las desgracias de la tierra
Tal como los ebrios graban en la lluvia
El atardecer más negro de sus llantos

POSTUMO

Traté de salvar mi vida
pero no pude
los ojos del silencio me miraban
como si fuese la imagen más humillante y desarrapada
del camino
No me importó reconocer
-en medio de la torpeza abrupta de los vientos–
la verdadera sombra que cubría mi nostalgia
o si esta inequívoca realidad
tan inútil como esquiva y repulsiva de las calles
podría revelarme
el único rumbo que me llevaría inevitablemente
al charco inconfesable y maligno del suicidio
pues vivir sabiendo
que no es la última página en blanco del destino
ese rostro que se ve cuando se arrastra
como un gusano en la lluvia
con su mirada lenta y llena de vacíos
es como perderse
entre las bascosidades extintas y desalentadoras de la
noche
Ciertamente
desfallecer no será nunca como esperar
que la luz se encienda en las estrellas resucitadas
o milagrosas de los bosques
pero saber
que uno se está muriendo
entre el grito de las aves heridas en su cueva
y las nubes calladas y humildes del otoño
ocultándose permanentemente
en el tragaluz del sueño y las mentiras
es como mirar el cielo
y saber que existencia sólo es un árbol triste solo y
derribado

Esta, por supuesto, ha sido una interpretación muy personal de mi parte. Y, obviamente, está sujeta a controversia, por parte de los lectores (quienes también son actores en esta guerra de parte). El único requisito que el lector requiere para ser partícipe de esta lucha es que lea el libro. Y esto se logra, con toda honestidad, comprándolo (porque la poesía no se vende, pero el poemario, sí). Una lectura de préstamo descalifica su participación plena en el conflicto. Y, en todo caso, tendrá derecho solamente a voz, pero no a un vaso de cerveza azul.

Lima, 27 de enero de 2016.




De los “Demonios” al “Elemento Añadido”

(Sexta Parte)


Julio Carmona

MOVIÉNDOSE SIEMPRE EN EL TERRENO de la ciencia literaria (postulando criterios generales, aplicables a todo el proceso de creación literaria), MV establece que los ‘demonios’ se transforman en la obra literaria como una entidad autónoma gracias al “elemento añadido”. Y es ésta quizá la única categoría válida dentro de la nomenclatura usada por MV. Aunque los es, también hay que decirlo, porque se inscribe dentro de una antigua tradición teórica: la del ‘desviacionismo’.

La tesis sobre la lengua literaria que se suele acoger bajo el término general de desvío, cruza una buena parte de las teorías sobre el lenguaje poético en nuestro siglo [XX]. Puede decirse que la “hipótesis desviacionista” es común a muy diferentes orientaciones metodológicas y escuelas críticas. La estilística idealista o genética, buena parte de la poética estructuralista y lo más difundido de la estilística generativa suscribe la tesis de que la lengua literaria cabe entenderla como un apartamiento de la lengua llamada estándar o común. (E-1994: 18.)

Y el planteamiento de MV sobre el particular es el siguiente: “Toda novela es un testimonio cifrado: constituye una representación del mundo, pero de un mundo al que el novelista ha añadido algo, su nostalgia, su crítica. Este elemento añadido es lo que hace que una novela sea una obra de creación y no de información, lo que llamamos con justicia la originalidad de un novelista.” (HD: 86.)

        Por ejemplo: El hecho de que un acontecimiento se repita en dos momentos separados por el tiempo y con las mismas características, aunque con diferentes personajes (el padre en el primer caso, y el hijo en el segundo), es difícil o no es común que se dé en la realidad; no obstante es algo que se da en una obra de García Márquez, y le sirve a MV para ilustrar la distancia que hay entre la realidad y la ficción y que está marcada por esas ‘repeticiones y duplicaciones’: “Lo que [en la realidad] aparece como premeditado, impuesto y, en suma, ‘irreal’, será en la realidad ficticia (…) una característica esencial de la vida y de la historia, uno de los ingredientes básicos del ‘elemento añadido’ que dota al mundo ficticio de soberanía y originalidad” (HD: 70.) El elemento añadido, es, pues, “reordenamiento de lo real, lo que da autonomía a un mundo novelesco y le permite competir críticamente con el mundo real.” (B-1975: 181.)

        Y no se puede menos que estar de acuerdo con MV, en ese sentido. Del mundo real todo ser humano guarda en su conciencia –pongamos otro ejemplo– las características de la noche: la oscuridad, el miedo a lo desconocido, etc. Pero los escritores –en todos los géneros– la han tratado o la han usado no sólo para repetir lo que todos sabemos, sino que siempre le ‘añaden’ algún elemento que la vuelve, en el texto literario, algo distinto al hecho real. Pienso en el título de Borges: Historia de la noche. Sólo imaginar que se pueda hacer esa “historia” pone a la conciencia en trance de ensanchar su capacidad de percepción. Ese agregado borgeano (historia) a la particularidad real (noche) es el “elemento añadido” de que habla MV, y es, en efecto, el que está dotando de autonomía al texto literario: es “el reordenamiento de lo real, lo que da autonomía a un mundo novelesco.” (B-1975: 181.) Y hasta aquí, decíamos, todo está bien. Lo que hace de esa descripción algo controvertido es la transmutación que, a partir de ella, sufre la obra literaria en un ente totalmente autónomo, al extremo que no sólo sus nexos con la realidad se anulan sino también aquellos que la unen a su autor: todos esos nexos quedan clausurados. El elemento añadido –afirma MV– permite ver “cómo la novela se emancipó de sus fuentes, cómo la realidad ficticia contradijo a la realidad real que la inspiró.” (B-1975: 146.) [Aquí vemos la inclusión de dos categorías: “realidad real” y “realidad ficticia” que veremos después, pero sobre las cuales adelanto su inconsistencia científica, su irrealidad.] MV viene a decirnos, pues, que el “elemento añadido”, de ser un medio (técnica o recurso literario) pasa a constituir un fin (un mundo aparte.) Para los formalistas, dice Pozuelo Yvancos:

Se trataba de destacar el enorme relieve de los procedimientos o recursos como finalidad y no como medios de expresión. En una palabra, muchos formalistas se interesaron por el lenguaje poético como suma de artificios tendentes a detener la atención sobre la forma del mensaje. (E-1994: 37-38.)

Y no otra cosa se descubre en el voluminoso ensayo sobre García Márquez: un muestrario puntilloso de varias técnicas para la construcción narrativa (cuentos y novelas)1 MV llega, incluso, a precisar cuáles son los recursos o procedimientos que contribuyen a ese  fin:

Hay cuatro grandes principios estratégicos de organización de la materia narrativa que abrazan la infinita variedad de técnicas y procedimientos novelísticos: los vasos comunicantes, la caja china, la muda o salto cualitativo y el dato escondido. Son meras direcciones, esquemas generales que cada autor utiliza de acuerdo a sus propias necesidades, introduciendo variantes y combinaciones, y por ello estos métodos de ordenación de los datos de la ficción adoptan en cada novela características particulares. Pero, de hecho, contra lo que se suele afirmar, la estructura de la novela ha conservado a lo largo de su evolución histórica una sorprendente continuidad, una fidelidad tenaz a estos principios estratégicos. (HD: 278.)

Y en esa explicación de cómo se construye una novela, MV incluye al “elemento añadido” como su razón de ser. Todo lo cual es reforzado con esta cita de Flaubert: “Je suis dévoré maintenant par un besoin de métamorphoses. Je voudrais écrire tout ce que je vois, non tel qu’il est, mais transfiguré. La narration exacte du fait réel le plus magnifique ne serait imposible. Il me faudrait le broder encore”.2

        La cita –agrega MV– resume los dos movimientos de la creación novelesca, las relaciones entre ficción y realidad: (1) el punto de partida es la realidad real (“tout ce que je vois”), la vida en su más ancha acepción (lo que veo puede ser lo que oigo, leo, sueño); (2) pero este material nunca es narrado ‘exacto’, es siempre ‘transfigurado’, ‘bordado’. El novelista añade algo a la realidad que ha convertido en material de trabajo, y ese elemento añadido es la originalidad de su obra, lo que da autonomía a la realidad ficticia, lo que la distingue de la real.3 (B-1975: 147.)

        Y, ciertamente, lo aquí expresado se ajusta a la verdad… hasta cuando se llega a aquello de que ‘la realidad ficticia es autónoma de la real’. En realidad, ese es el objetivo de MV: dar sustento a la teoría autonomista del formalismo, que no es un objetivo nuevo. Esa siempre ha sido la intención del formalismo. Nada más que todos los formalistas lo hacían desde su propia trinchera. No se metían en la trinchera contraria, del realismo. MV ha visto que se podía lograr el objetivo formalista de la ‘autonomía literaria’ aceptando la premisa realista: dependencia (o reflejo) de la realidad. Utilizando la treta del Caballo de Troya, que es la que mejor describe este mecanismo o subterfugio teórico. Cuando lo cierto y real es que no existe tal autonomía (que se quiere hacer pasar como absoluta) si se está partiendo de una dependencia original, pues así lo admite el mismo MV:

… el novelista no crea a partir de nada, sino en función de su experiencia, que el punto de partida de la realidad ficticia es siempre la realidad tal como la vive el escritor. (B-1975: 100)

La situación de la ficción siempre será de dependencia respecto de la realidad. Su autonomía siempre será relativa. Y está de más teorizar (científicamente) algo que no se puede demostrar: que la copia (reflejo) se independice totalmente (sea autónoma) de su original.

        Separar el mundo en uno “verdadero” y otro “aparencial”, ya al modo del cristianismo o al modo de Kant (quien fue en definitiva un cristiano pérfido), no es sino una sugestión de la decadence, un síntoma de vida descendente… El que el artista ponga la apariencia por encima de la realidad no es una objeción contra esta tesis. Pues en este caso “la apariencia” significa la realidad otra vez, sólo que a través de selección, exaltación y corrección.4

        Reflejo y autonomía absoluta son dos principios excluyentes, cada uno perteneciente a las tendencias realista y formalista, respectivamente. Es un eclecticismo vergonzante asumir las dos, con el objetivo -manipulador– de hacer que prevalezca la segunda, como lo hace MV: “De las ruinas y disolución de la realidad real surgirá entonces algo muy distinto, una respuesta y no una copia: la realidad ficticia.” (B-1975: 102.)
____________
(1) Las mismas que se repiten en Cartas a un novelista y, con menor puntillismo, en La orgía perpetua.
(2) Una traducción rápida sería ésta: “Ahora estoy devorado por una necesidad de metamorfosis. Yo quisiera escribir todo lo que veo, pero no tal como es sino transfigurado. La exacta descripción del hecho real no sería imposible. Pero a lo que yo me veo obligado a bordarlo siempre.”
(3) (Nota a pie de página de MV) “El elemento añadido, o manipulación de lo real, no es gratuito: expresa siempre el conflicto que es origen de la vocación y puede ser poco o nada consciente por parte del escritor. Naturalmente, el elemento añadido es detectado por el lector en función de su propia experiencia de la realidad, y, como ésta es cambiante, el elemento añadido muda también, según sus lectores, los lugares y las épocas.”
(4) Federico Nietzsche, El anticristo, Buenos Aires, p. 113. Y el mismo MV reconoce la naturaleza aparencial de la ficción: “¿Por qué ha habido y hay hombres que se dedican a representar el mundo en ficciones verbales, a crear esas apariencias de vida que son las novelas? (…) ¿Por qué pretenden esos hombres crear realidades imaginarias?” (B-1974: 12-13.) Y en la p. 23 habla de “esas existencias ilusorias, aparentes, verbales, que son las novelas.”

Internacional


Soberanía Alimentaria o Derecho a la Alimentación*

Roberto Laxe

LAS MOVILIZACIONES EN CUARENTA PAÍSES contra la suba de los precios agrícolas en productos de primera necesidad, las de los pequeños y medianos propietarios campesinos, que tanto en países como Argentina cómo en la Unión Europea se movilizaron contra la imposición de precios por las multinacionales o de medidas que recortan las rentas agrarias, la sobreproducción de ciertos productos, ligada a la caida de los precios de otras, y la especulación alrededor de ellos, convirtieron en un problema social y político central lo que dio origen a la burguesía como clase dominante, la propiedad de la tierra, y sin embargo, el derecho a la alimentación.
De la misma manera que la explotación de la fuerza de trabajo tiene sus límites expresados en la tendencia decreciente de la tasa de lucro, la expansión de la agricultura capitalista los encuentra en la productividad de la tierra, base de la renta diferencial de la tierra. Se expresa así, de una manera clara y meridiana, que nos encontramos delante de un proceso que avanza hacia una profunda transformación social, que no necesariamente tiene que ser hacia delante. La disyuntiva “socialismo o barbarie” es más actual que nunca.
Los límites a la expansión cuantitativa del capitalismo comienzan a ser objetivos, o lo que es igual, la posibilidad de apertura de nuevos mercados choca frontalmente con el hecho de que en el siglo XXI el único modo de producción, que no coexiste con ninguno otro, es el capitalista.
Mientras a lo largo del siglo XIX el capitalismo se ceñía a Europa y América (norte y sur), aunque conviviera en estas zonas geográficas con los restos del feudalismo (Rusia o Austria) o modos de producción previos (los indios americanos), tenía todo un mundo por conquistar: África!; a lo que se le añadió, en el siglo XX la URSS y después los llamados estados del “socialismo real”, que por la vía de la expropiación de la burguesía escapaban de la explotación directa de la fuerza de trabajo.
Con la colonización de África en el siglo XIX y comienzos del XX, y la restauración del capitalismo en el “socialismo real” a finales del XX, el modo de producción capitalista alcanzó hoy un nivel planetario sin combinación con ninguno otro modo. De este modo, la expansión cuantitativa de los mercados llegó su techo: ya no quedan zonas en el mundo para que sean incorporadas al mercado mundial, y por lo tanto, este camino como vía de escape a la crisis económica está cerrada [sic]. Ahora sólo cabe una explotación intensiva, de calidad de las principales fuerzas productivas, el ser humano y la tierra.
En los períodos de crisis y transformación social como la que atravesamos surgen, desde los sectores oprimidos y empobrecidos de la sociedad, alternativas con las que enfrentarla.
La primera conocida de la era del desarrollo capitalista fue la de Robert Owen, quien fundó en 1825 la Comunidad de New Harmony en Indiana, donde trató de llevar [a] la práctica sus ideas sobre la organización del trabajo y la distribución de la riqueza, estableciendo el seguro social, bibliotecas, escuelas para niños y adultos, y otras prestaciones para los obreros. Pero el experimento fracasó y tuvo que vender el terreno en 1828, perdiendo con eso una buena parte de su fortuna
Poco tiempo después surgieron los falansterios de Fourier, que serían comunidades rurales autosuficientes, como la base de la transformación social. Los falansterios se crearían por la acción voluntaria de sus miembros, que disponía de tierras para agricultura y para diversas actividades económicas, para viviendas y para una gran casa común. Sólo hubo una experiencia industrial de Jean Baptiste Godin, que cuajó un corto período de tiempo.
Hasta este momento, los filántropos como Godin o los llamados socialistas “utópicos” como Fourier u Owen pretendían transformar las penosas condiciones de trabajo que generaba el capitalismo en su expansión. Son ejemplos más radicales de lo que hacían las sociedades filantrópicas, amortiguar los elementos más duros de un capitalismo en expansión.
Las únicas experiencias que estaban ligadas a este carácter “socialista” de la propuesta, y que “sobrevivieron” hasta ahora fueron los kibbutz creados a partir del llamado “sionismo socialista”, y lo hicieron porque fueron los cimientos del actual estado de Israel. Después de un éxito inicial como experiencias “igualitarias” y “sostenibles” (por utilizar un término actual), están inmersas en un proceso de privatización y de rechazo del “igualitarismo” que les dio origen.
En los comienzos del siglo XX, con la expansión del capitalismo a todo el mundo, el desarrollo del imperialismo y las clases medias urbanas, un sector de la socialdemocracia alemana con E. Berstein a la cabeza, elaboran la teoría de la vía gradual al socialismo, que parte del hecho de que la clase obrera es mayoritaria en la sociedad, y el parlamentarismo le permitirá dominarla. En las palabras de Rosa Luxemburgo, la propuesta de Berstein procuraba llenar el océano de limonada “vertiendo vasos de limonada en el mar”.
La I guerra de 1914, el crack del 29, las dictaduras fascistas y la II guerra, desatadas contra la clase obrera y contra todas las organizaciones que de cualquier manera pudieran paliar las desastrosas condiciones de los trabajadores y los pueblos, dejaron bien claro que tanto las vías gradualistas al socialismo, como los remiendos filantrópicos o las experiencias de “socialismo utópico”, eran eso, utópicos. La burguesía imperialista no admitía la menor margen de maniobra y no dudaba en recurrir a sus dos herramientas más brutales para salir de la crisis que ella había generado, la guerra y el fascismo.
En los 60, tras el boom de la economía mundial de la postguerra, y ante los primeros síntomas de su agotamiento, surgieron los movimientos hippies que, a través de las comunas que se extendieron entre amplios sectores de la juventud occidental, buscaban una alternativa a un sistema que estaba generando guerras como la del Vietnam. El final del movimiento hippie es de todos conocido.
Mientras, en la América Latina, en Asia y en los países del llamado “tercer mundo”, es decir, las colonias del imperialismo se dan un proceso de liberación nacional. Son las guerras de liberación de Argelia, Vietnam, Camboya, Laos, Sáhara, etc., etc. Son los años del auge de las guerrillas en América Latina bajo el influjo de la revolución cubana, que buscan una salida a una crisis de la que se empiezan a ver sus primeros síntomas, y que estallara en el 72 y 73.
Sin querer hacer un balance de las experiencias históricas de una búsqueda de alternativas al sistema desde sectores sociales que no son la clase obrera -sería motivo de un estudio mucho más amplio-, esta relación sólo pretende establecer una primera tesis: no es la primera vez que ante la crisis del capitalismo cada sector social agredido, golpeado y empobrecido procure, por todos los medios, una salida a su situación. Ninguna clase ni sector social desaparece sin resistencia.
La fase imperialista del capitalismo
Nos encontramos en una fase muy concreta del capitalismo imperialista, en su fase de decadencia; en la que el dominio del capital financiero y las grandes multinacionales bate día sí y día también con las fronteras y los estados nacionales, que son un freno a su desarrollo.
Porque esta es la contradicción central en la que nos situamos: el capital es genéticamente internacional, y por lo tanto “odia” las fronteras, los aranceles, los limites a su expansión; pero las burguesías son genéticamente nacionales, y necesitan de las fronteras para proteger sus intereses, bien contra los competidores externos, bien contra lo enemigo interno, la clase obrera y el pueblo.
En esta contradicción permanente, en un período de crisis, las burguesías comienzan por levantar fuertes fronteras nacionales que les protejan de las agresiones externas, de la invasión de capitales más poderosos. Se cierran sobre sí mismas.
La fase imperialista del capitalismo también es la fase en la que el dominio del capital financiero se expresa en el dominio de unas naciones sobre otras, de unos estados sobre otros. El colonialismo directo del siglo XIX es sustituido por la independencia formal, política de los estados, pero su dependencia cada vez más absoluta de las potencias imperialistas, en un proceso inevitable pero no cerrado.
Dicho de otra forma, el capital imperialista en el siglo XX y el XXI domina por intermediación de las burguesías “nacionales”, en una dialéctica constante de lucha y predominio. Las burguesías nacionales fueron reducidas a nivel de dependientes, pero como burguesías que son siempre quieren su parte de la plusvalía extraída a los trabajadores.
Siempre dejan la mejor parte para la potencia imperialista de turno, pero siempre buscan “rapiñar” parte de los lucros imperialistas. De otra manera, no se entendería la aparición constante en las semi colonias de dirigentes populistas (no hay semi colonia en el mundo que no tenga su Peron, su Ghandi, su Chavez o su Sukarno o su Mugabe), que a caballo sobre las aspiraciones reales de las masas, quieren hacerse “socios” del imperialismo, dejando de ser “súbditos”.
Y para eso, recogiendo legítimas aspiraciones de las masas, se sitúan cómo Bonapartes, por encima de las clases sociales, representando a la “nación” frente al “imperio”, que llevan el progreso a la “nación”, y haciendo eje en los aspectos más pequeño burgueses de las aspiraciones de las masas populares, especialmente el campesinado, puesto que la gran burguesía de esos países están absolutamente ligados al imperialismo, y la clase obrera tiende a tener su política independiente.
Política agraria imperialista
Los países imperialistas fomentan su soberanía nacional alimentaria, protegiendo de una manera sistemática su campesinado, que en su mayoría hace años que se convirtió en burguesía.
En la Francia, tras la revolución de 1789, la reforma agraria profunda que se realizó provocó la aparición de una burguesía agraria, en la Gran Bretaña tanto la Revolución de Cronwell como la llamada “gloriosa” revolución -que no fue más que el pacto entre los terratenientes feudales y la nueva burguesía en ascenso- tuvieron como objetivo transformar la producción agrícola feudal en capitalista y sentar las bases para la revolución industrial posterior. En los EE UU, su paso directo al capitalismo se hizo sobre la base de un reparto de las tierras supuestamente vacías del oeste.
En todos los casos, las reformas agrarias permitieron la aparición de un nuevo sector de la burguesía, la agraria, que constituye, con la clase media urbana, la base social de las democracias occidentales. No es por casualidad que lo esencial de los presupuestos de la Unión Europea se vaya a la PAC (Política Agraria Común), a subvencionar la producción agrícola del campesinado europeo.
La PAC absorbe cerca de 50.000 millones de euros anuales, el 50% del presupuesto comunitario, por lo que no es de extrañar que sea en la PAC donde los choques entre las potencias que componen la UE sean de los más duros.
Aunque en Europa el porcentaje de la población en el campo sobre el conjunto sea minoritario, y en países como Gran Bretaña o Alemania no llegue siquiera al 5% de la población, no resta que desde un punto de vista económico, la aportación al PIB es importante, como político y social tengan un peso superior a la poblacional.
La PAC contribuyó al crecimiento económico, garantizando el suministro de una amplia gama de productos alimenticios de calidad intentando que los precios sean razonables. La UE se convirtió en el primero importador y el segundo exportador de productos agrícolas a nivel mundial.
La “soberanía” alimentaria es, en fin, desde el punto de vista imperialista (en Japón se da el mismo proceso, ser la 2º economía del mundo, les permite adoptar medidas de soberanía alimentaria respeto de su producción agraria “estrella”, el arroz), más incluso, con políticas defendiendo a un sector de la producción en detrimento de otros países.
Si esta contradicción se da entre potencias imperialistas como las existentes entre los USA y a la UE acerca del plátano y el banano, son “guerras comerciales”. Si esta contradicción se da entre las potencias imperialistas y las semicolonias, hablamos de lucha de liberación nacional.
Campesinado y liberación nacional
El campesinado como grupo social es la quintaesencia de esa concepción de “nación” por encima de las clases. Así, cuando se habla del tema, se olvida sistemáticamente que en su seno hay diferenciación de clases. En un informe de la OIT, en el mundo hay mil cien millones de personas en el rural, de los que la mitad son asalariados con rentas y condiciones sociales inferiores a los pequeños propietarios.
Desde un punto de vista simbólico, el campesino no explota a sus empleados, porque normalmente su enfrentamiento con el terrateniente, y ahora la gran multinacional agroalimentaria, ocultan su verdadero carácter de pequeño propietario con una renta, en muchas ocasiones, inferior a la de un obrero industrial.
De esta manera, el campesino, como el pequeño comerciante o el pequeño industrial, se presenta delante de la clase trabajadora como un elemento emprendedor, arriesgado frente al conservatismo de los obreros, que “sólo” defienden su salario, su jornada laboral, mientras ellos generan empleo, son la base social de la “nación”, de su progreso.
En las potencias imperialistas este pequeño o mediano campesino defiende sus intereses, habitualmente a través de partidos de derecha o de extrema derecha, puesto que el cierre de fronteras, impulsado por las mismas multinacionales que saquean el mundo (los USA y la UE son los mercados más cerrados del mundo), se hace sobre la base de subvenciones del estado que abaratan costes y el desarrollo tecnológico permiten producir en unas condiciones mejores que nos países semi coloniales (por ejemplo, productividad agrícola en Suecia multiplica por diez el promedio mundial). La defensa de la “nación” imperialista es la defensa de los intereses imperialistas.
Por el contrario, la debilidad económica, y su dependencia del imperialismo para casi todo, hace que en las semi colonias el campesino pobre no tenga la menor protección, primero de la rapiña de las multinacionales, y segundo, de la competencia de una producción agrícola tecnificada y altamente productiva.
Esto los convierte en la base social de las luchas de la liberación nacional, puesto que cerrarse sobre sí mismos en estas economías protege los mercados nacionales de la invasión “extranjera”, imperialista. Romper con el imperialismo les permitiría una economía autárquica y, poner, según sus ilusiones hacer lo que hicieron los campesinos europeos y norteamericanos hace 200 años, la revolución burguesa que les dio la propiedad de la tierra.
 Soberanía alimentaria y liberación nacional
“La soberanía alimentaria es el DERECHO de los pueblos, de sus Países o Uniones de Estados a definir su política agraria y alimentaria, sin dumping frente a países terceros”
“Hace falta, bajo la égida de las Naciones Unidas, dotar estos intercambios de un nuevo marco… “
De la Declaración de Vía Campesina sobre la Soberanía Alimentaria.
La pregunta ante esta declaración de intenciones es bien evidente: quién puede garantizar esa soberanía, esos derechos de los campesinos y consumidores. La misma declaración contesta: “bajo la égida de las Naciones Unidas”.
Francamente los redactores de la Declaración o son unos ingenuos o son unos canallas. Por qué fiarse de la ONU, es decir, el agrupamiento de estados dominados por las potencias imperialistas, donde tres de las más saqueadoras del mundo, los USA, la Gran Bretaña y Francia, tienen derecho de veto en el Consejo de Seguridad, es ponerse en manos de un organismo que, o bien, avala ataques a países semicoloniales o bien con su impotencia, permite que se destruyan otros.
De esta manera convierten en papel mojado las promesas de “soberanía” alimentaria, al llamar a confiar en un organismo imperialista: “la zorra guardando el gallinero”, podría titularse la Declaración.
Al revés de lo que defienden, la soberanía alimentaria, es decir el derecho a definir una política agraria y alimentaria, sin intrusiones de las multinacionales y las potencias imperialistas sólo se puede lograr rompiendo con los organismos que las representan, con la ONU, con el TLC, con la UE, etc., y avanzando en verdaderas uniones territoriales en pie de igualdad. Federaciones democráticas de estados y naciones que rompan el esquema de dominación imperialista que hay hoy en el mundo.
Este camino sólo tiene un nombre, el de la independencia nacional real del imperialismo. La soberanía alimentaria sólo es concebible en un marco de verdadera soberanía nacional, por eso el primer eje de la lucha por esos derechos debe ser la denuncia y el combate contra los organismos impuestos por las multinacionales, comenzando por la ONU. Justo lo contrario de lo que hace la declaración de Vía Campesina.
Entregar toda la confianza en la ONU es entregarse a los estados que representan a la Monsanto, a Nestle, a Pescanova -no olvidemos que el problema de la tierra es muy semejante al de la explotación de los mares-, es decir, a las multinacionales agroalimentarias, y por ello, contradictorio por el vértice con el término soberanía alimentaria, salvo que por ella se entienda la estrecha defensa del derecho del campesino propio a enriquecerse más que los vecinos.
Un ejemplo de esta contradicción en Galicia se produjo con la destrucción de 25 mil litros de leche de ganaderos portugueses, más barata que la gallega; para las organizacions patronales ganaderas gallegas “la soberanía alimentaria” de los ganaderos gallegos es más “soberanía” que la de los portugueses.
El mercado garantía de la soberanía alimentaria y nacional
Como se vio, la soberanía alimentaria (“el DERECHO de los pueblos…”) en los estados imperialistas está relativamente garantizada y protegida por las normativas tanto internas, como la de la UE a través de la PAC. La soberanía de los estados imperialista garantiza unos mínimos ingresos al campesinado.
Y como se denuncia desde todos los ámbitos, en los estados semicoloniales, esta soberanía no existe. Son los organismos internacionales, desde el FMI hasta la OMC, desde la ONU hasta el BM, los que con sus políticas neoliberales, liberalizadoras, las que imponen las normas por la que se rige el saqueo de la tierra y el mar a nivel mundial.
La burguesía en todas sus revoluciones del siglo XIX procuró extender la propiedad y la producción capitalista a todos los ámbitos de la economía y la sociedad, y por la vía de la reforma agraria a la tierra. En los estados más desarrollados esto se consiguió plenamente. No así en las naciones que por cualquiera motivo no fueron capaces de completar su proceso de independencia nacional, y la reforma agraria, como otras muchas reivindicaciones democráticas, en el mejor de los casos quedaron en medio camino; más las leyes del mercado capitalista entraron en la producción agraria, se introdujeron y fueron destruyendo todas las formas de producción previas en prácticamente todo el mundo.
Las luchas de liberación nacional de mediados del siglo XX abrieron en muchas naciones la expectativa de la reforma agraria, y así sucedió, por ejemplo, en prácticamente toda América Latina, donde se reprodujeron diversas versiones legales de reforma agraria.
El capital entraba definitivamente en la tierra y la ponía a su servicio, en un proceso agudizado en los últimos años, con la aparición de bio combustibles, las crisis financieras, la búsqueda de alternativas al petróleo, etc., que llevo a fracciones del capital no ligado directamente a la producción agrícola a fuertes inversiones en el campo, terminando con los pocos restos de producción a pequeña escala que existían.
La reforma agraria, en todas sus variantes puras o desvirtuadas, cumplía su papel histórico: había servido para llevar al capitalismo al campo. Y como todo proceso capitalista, actuaron las leyes de este sistema de concentración y centralización de capital.
De la misma manera que el capital en su origen disolvió a los gremios para liberar mano de obra barata y “libre” para ser explotada por los capitalistas, y generó una amplia pequeña burguesía que fue desapareciendo con las fusiones y la aparición del gran capital, en el campo, el reparto de la tierra que supone la reforma agraria sólo es la precondición para la aparición de grandes capitalistas en la producción agraria.
Las leyes de mercado en las que se basa la reforma agraria -división de la propiedad de la tierra- sólo tienen un final, la concentración y la centralización del capital agrario en pocas manos. Es una ley intrínseca al capital, vulgarmente conocida como “el pescado grande se come al pequeño”.
La definición de la Soberanía Alimentaria como el derecho de los pueblos a defender su política agraria y alimentaria es contradictoria con la existencia del mercado. Las leyes del mercado “La mano oscura del mercado”, en definición del Adam Smith- son inexorables y automáticas, y no admiten control: sólo garantizan que los capitales mejor invertidos van a tener una rentabilidad superior, y, tarde o temprano expulsan de la producción a los capitales peor invertidos. La concentración y centralización del capital se producirá y los gobiernos legislarán para que este proceso sea más o menos traumático.
La única garantía de una verdadera Soberanía Alimentaria para los pueblos es acabar con las leyes de mercado capitalistas, las mismas que provocaron la desaparición del artesanado, que en los países imperialistas concentraron la producción hasta extremos de monopolio en muchas ocasiones, que saquean la tierra y el mar en la búsqueda constante de inversiones rentables. Son, en fin, las leyes del capitalismo que no garantizan la soberanía de nada, puesto que se basan en la lucha a muerte por el control de la producción y del excedente generado por ella.
Frente a este caos, la concepción de Soberanía defendida actualmente es una vuelta atrás: es una ilusión en que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Una ilusión en el reparto de la tierra, como de la producción, en que “lo pequeño es hermoso”, por utilizar una definición de un economista de los 50/60, elaborada contra la supuesta concepción marxista de que “el grande y colectivo es el mejor”.
En un imitación de las experiencias propuestas en los orígenes del capitalismo para superar los desastres generado por este, las propuestas de control de precios, de proteccionismo, de defensa de derecho a consumir y a producir lo que se quiera, sin cuestionar la esencia anárquica y depredadora del mercado convierte en papel mojado, en un saludo a la bandera para incautos, toda propuesta de Soberanía que no atenten contra las bases mismas del sistema capitalista, contra el mercado y la propiedad privada de los medios de producción.
La única garantía del derecho de los pueblos a una alimentación sana es la de acabar con estas bases, y la propuesta campesina de más propiedad y más mercado sólo conducen en dirección contraria.
¿Quién, entonces, lo puede garantizar?
El derecho a la alimentación sana (que no es el de Soberanía Alimentaria), como a la vivienda, a la sanidad o a la educación, es, por decirlo de alguna manera, un “derecho biológico” del ser humano. Son derechos básicos.
De la misma manera que la vivienda no se garantiza con más mercado, de la misma manera que la privatización de la sanidad sólo conduce a convertir la salud en un negocio, de igual manera que la privatización de la educación expulsa de la enseñanza a los más pobres, la privatización de la tierra que supone la reforma agraria sólo conduce la que el derecho a la alimentación quede en manos de los propietarios, grandes o pequeños, de la producción agrícola.
Al ser derechos básicos de la población, y no un negocio, sólo un estado que no esté al servicio de los propietarios y del mercado puede caminar en la planificación democrática y racional de la producción. El mercado, sea en el sector que sea, sólo pagada al mejor inversor, al más productivo, no a lo que genera una producción al servicio de las necesidades sociales, sino a lo que produce en las mejores condiciones respeto de sus competidores.
Acabar con este caos en la producción supone acabar con la propiedad privada y planificar en función de los intereses sociales, que es el significado del concepto “socialismo”: el conjunto de la sociedad, con la mayoría asalariada al frente, a través de la planificación democrática de la economía, quien tiene que determinar qué, cuándo y cómo se produce; ningún sector de la sociedad puede imponer al conjunto esas decisiones, y menos, hacerlo en función de la rentabilidad de sus inversiones.





Páginas del Marxismo Latinoamericano



La Revolución Rusa y los Trabajadores Chilenos*


Luis Emilio Recabarren


LAS OBJECIONES QUE SE HACEN qacerca de que Rusia no ha podido todavía establecer un régimen comunista, están totalmente desprovistas de razón y de seriedad. Quien lea detenidamente el informe de Trotsky, podrá darse cuenta de lo que significa edificar un Estado obrero sobre las ruinas de un régimen capitalista que desaparece entre el torbellino de la más inmensa de las guerras que han azotado a la humanidad, cono fue la guerra europea que asoló al mundo durante los años 1914 a 1918; es sobre el montón de ruinas que acumuló el régimen capitalista durante la guerra, es venciendo las contrarrevoluciones de los capitalistas que lucharon por reconquistar el poder hasta 1922, es por encima de todos los inconvenientes de la guerra, de las contrarrevoluciones, del hambre, de la incultura del pueblo, y de la falta de cooperación obrera de los demás países, es por encima de todo que la Rusia obrera y campesina se desenvuelve y triunfa victoriosamente.

        Estas razones y las demás contenidas en diversas páginas de este libro, demostrarán al lector lo razonable que es exigir a los comunistas la construcción o edificación  rápida de un régimen nuevo sobre las ruinas y el caos dejados por un régimen que desaparece y sobre los inconvenientes creados después por el capitalismo desde fuera de Rusia. No querer creer todas estas cosas ni querer apreciar estas razones es colocarse fuera de toda realidad.

        Queda demostrado que toda la población trabajadora es la dueña del poder desde el momento que en sus manos está elegir los elementos del poder, y en sus manos también está anula el poder. Si es en los sitios del trabajo donde se hacen las elecciones, si es en verdaderas asambleas donde se eligen los miembros de los Soviets, estamos en presencia de actos electorales totalmente diferentes de los demás países. En Rusia es una realidad, una verdadera realidad que el pueblo elige sus administradores, en Rusia es una verdadera realidad que el pueblo tiene derechos electorales.

        En Chile carecemos de derechos electorales, desde el momento en que desde la inscripción en los registros se empieza por molestar a los ciudadanos que no vienen recomendados por los políticos influencia y de que las inscripciones se hacen al capricho de los mayores contribuyentes y en horas en que la mayoría de los ciudadanos están trabajando.

La inscripción en masa de los inquilinos de los fundos se opone como una fuerza que contrarresta efectivamente toda influencia de inteligencia que pudiera haber en el electorado de las ciudades. Per todavía en las ciudades se recurre a comprar el derecho a voto de los ciudadanos, o se suplantan los electores ausentes o muertos, o se falsifican las actas o los verdaderos resultados de las elecciones como lo necesiten los dirigentes políticos de las clases capitalistas.

Esto  una vieja realidad en Chile que nadie puede negar, y estas costumbres anulan todos los derechos que se han escrito en las leyes y así resulta una mentira todo lo que se dice de que existan derechos o libertades. Cuando se dice que Chile es un país donde la democracia es una costumbre establecida, se dice una mentira exacta. En Chile no ha democracia. El gobierno se hace para servir los intereses de los grandes capitalistas sin tomar en cuenta para nada los intereses de los demás habitantes de la nación. Quien examine  honradamente los actos del gobierno, tendrá que reconocer esta verdad.

Para engañar al pueblo se dice: “No es una verdad que los obreros demócratas están en el gobierno?”. Y nosotros preguntamos: ¿En compañía de quiénes gobiernan los demócratas? Y todo el pueblo verá y reconocerá que los demócratas gobiernan juntos y de acuerdo con los grandes capitalistas del país o con los representantes de esos grandes capitalistas. Y gobernando en compañía de esos grandes capitalistas tendrán que servirse preferentemente los intereses de ellos y por lo tanto abandonar los intereses de la clase trabajadora, pues en el gobierno de un país no se pueden servir jamás los dos intereses al mismo tiempo. Ésta es la verdad.

Los capitalistas que son muy hábiles han permitido que pasen hasta el Congreso y hasta el Gobierno algunos demócratas, pero a condición de que sirvan solamente sus intereses, pero de esta manera al llevar a los demócratas al gobierno, mantienen la ilusión del pueblo a quien hacen esperar y creer que así algún día vendrá algún mejoramiento, y mientras los trabajadores mantienen sus esperanzas no luchan, se cruzan de brazos esperando el cumplimiento de las promesas, y así sigue tranquila la clase capitalista explotando y oprimiendo la población.

Eso es lo que se ha conseguido con la democracia: adormecer a las clases trabajadores bajo la influencia de una esperanza.

La democracia es algo así como un juguete con que el explotado capitalista ilusiona y entretiene al pueblo para calmar sus furores y para desviar su atención. ¿Qué abuso se ha suprimido en el país desde que están en el Gobierno los demócratas? (…) ¿Ha terminado la tiranía y los abusos de los carabineros? ¿Ha desaparecido el sistema de fichas y la supresión del comercio libre en los minerales? ¿Han desaparecido los procesos calumniosos contra los obreros organizados? ¿Ha desaparecido la persecución a la prensa obrera y a los obreros federados? ¿Ha desaparecido la violación a las leyes del descanso dominical, de accidentes del trabajo, la que reprime el alcoholismo?

¿Qué es lo que han conseguido los demócratas mientras gobiernan en compañía de los capitalistas y a cambio de su concurso? Sería bueno saberlo. Sólo han conseguido unos cuantos amigos y la vanidad de sentirse gobernantes cuando en realidad sólo están para servir los intereses de los capitalistas y nunca los intereses del pueblo.

En Rusia los trabajadores no creyeron jamás en las mentiras de la democracia y fueron derechamente por el camino de la revolución que es más corto y más seguro, y eso les ha dado la victoria que nosotros los comunistas celebramos.                 

*El presente texto es un extracto del libro La Rusia Obrera y Campesina que Luis Emilio Recabarren publicó en 1923. (Nota del Comité de Redacción).

Ciencias Naturales


Las Razas Humanas

(Novena Parte)


M.F. Niesturj


EN EL TRANSCURSO DEL TIEMPO las diversas razas se han mezclado considerable­mente. Este proceso de mestizaje racial ha adquirido especial intensidad durante los últimos 10 000 ó 15 000 años. Desde el descubrimiento de América por Colón, en 1492, el cruzamiento de tipos raciales ha asumido proporciones enormes, de tal modo que en ningún lado quedan razas "puras". La humanidad entera, en mayor o menor grado, es una raza mezclada: en el mundo existen decenas de millones de personas que no pueden ser incluidas con seguridad en ninguna de las grandes razas.

La estrecha consanguinidad entre los hombres, como resultado del cruzamien­to, ha reducido en gran medida las diferencias entre ellos.

El mestizaje induda­blemente ha desempeñado un papel positivo en el desarrollo de la humanidad y ayudado a unir al hombre en una entidad biológica única, la cual es muy diferen­te, cualitativamente, de la especie antropoidea de la cual derivaron los hombres primigenios.

Lo dicho confirma la tesis, formulada por Marx y Engels, de que las diferen­cias raciales han de ser eliminadas, y lo serán en el curso del desarrollo histórico de la humanidad.

Todas las razas humanas se cruzan fácilmente; los descendientes de esos cru­zamientos son fecundos, normales y sanos. En muchos casos hasta se llega a una generación que se distingue favorablemente por sus peculiaridades físicas y mayor esbeltez. La tesis central de la antropología soviética —todas las razas humanas actuales son biológicamente iguales— se ve poderosamente confirmada por tales hechos (Roguinski, 1948; Efroimson 1964).

La ciencia del origen y desarrollo de las razas humanas mina por completo las falsas teorías misantrópicas sobre la existencia de razas superiores e inferiores. La antropología auténticamente científica echa por tierra las invenciones de los racistas referentes a cierta raza aria escogida o a la raza de blancos norteamerica­nos ciento por ciento puros, razas que, según aquellos teorizantes, estarían llamadas a subordinar a todos los demás pueblos y razas y a gobernarlos, a causa de su su­perioridad natural, física y espiritual, condicionada, supuestamente, por las pro­piedades genéticas congénitas.

Ultimamente, en la biología soviética se reforzaron en especial las investiga­ciones del factor de la herencia. Para profundizar la comprensión de su esencia y fundamentos se aplican, en sentido amplio, las leyes de la herencia de los rasgos expuestas por Gregorio Mendel. Los genetistas usan los métodos más finos para el estudio de las unidades de la herencia (genes) y del mecanismo de transmisión de los rasgos a las generaciones futuras (M. E. Lobashev, 1967).

Los fundadores del marxismo-leninismo, que elaboraron una concepción genuinamente científica del desarrollo social, probaron convincentemente que las divisiones raciales no desempeñan ni pueden desempeñar papel apreciable alguno en la historia de la humanidad.

Marx y Engels demostraron que la historia de las sociedades esclavistas, es en esencia la historia de la lucha de clases. Los ideólogos seudocientíficos del im­perialismo procuran probar que la lucha básica en la historia humana es la de ra­zas, no la de clases.

Al sustituir la lucha de clases por la de razas como principal fuerza motriz de la historia, los científicos reaccionarios falsifican conscientemente la historia.

La leyenda de razas superiores e inferiores no es nueva. Ya durante la Anti­güedad solía ocurrir que el pueblo vencedor en una guerra declaraba que él era la raza superior y que el pueblo derrotado era de raza inferior. No se trataba más que de una excusa para explotar o aniquilar al último.

La falsa idea de la superioridad racial, que se originó de la explotación del pueblo, comenzó a tomar un carácter seudocientífico en el siglo XVIII. Ya en 1786 en Alemania, desde la Universidad de Gotinga, el profesor Christoph Meiners predicaba el credo racista, poniendo a la raza "blanca" por encima de las de "color" y a los celtas en un nivel superior al de los eslavos.

Desde el siglo XIX los racistas se han basado con preferencia en las concep­ciones de teóricos como Joseph Gobineau, Georges Lapouge, Otto Ammon y Ludwig Woltmann. En sus tratados, seudocientíficos aunque frecuentemente de varios tomos, estos autores procuran fundamentar la falsa teoría de la desigualdad racial.

Los partidarios del racismo predican tesis tan reaccionarias como la de la di­visión eterna de la humanidad en grupos raciales superiores e inferiores: la antigua naturaleza aristocrática innata de las clases dirigentes; la necesidad de mantener la pureza de la raza superior, de propagar y perfeccionar a ésta; la destrucción en masa y planificada (genocidio) de la raza inferior. Los racistas recurren con predi­lección a la idea maltusiana de la "sobrepoblación".

El conocimiento auténtico contradice las invenciones racistas. Los mismos conceptos del racismo se oponen diametralmente a la ciencia. Ha sido comprobado fehacientemente que existen afinidades básicas en las peculiaridades anatomo-fisiológicas innatas de todas las razas humanas. Una de las mejores pruebas de ello es el estudio que Darwin realizó de la población de Tierra del Fuego.

Creación





Un Poema de Amanda Berenguer*


Carestía


                Si el sosegado abrazo implacable
                aprieta y es parecería anuncio
                de un silencio de paro general,
                el astuto bienestar trepa por las venas
                de piso en piso, de apagón en ciernes,
                y entremira hacia abajo por el pozo
                desalmado de los ascensores.
                Cuesta caro hoy en día mantener
                el corazón
                con títulos de propiedad perecedera,
                alimentarlo a duras penas
                de esa historia celeste
                atada como un pájaro a un mástil
que deriva.
Es escaso el salario y la vigilia
vuela entre racionados alimentos
de primera necesidad
buscando sueño, azúcar verdadera,
los puestos de la gloria, harina, sal
                y tiempo bajo los fríos menudos de las aves
                por quilo, al peso, limpios, insepultos.
                Y vale la pena su valor en ramos,
                y vale la pena escalar la desusada
                altura. Pero quién sube, vamos,
                a ese helicóptero incendiado
                para tocar la nube pasajera.
                Quien se aventure, cruja y crepite,
                que en eso está la gracia
                de este día feriado, interminable.
               
*Poeta uruguaya, nacida en 1924. Libros: La Invitación; Contracanto; Materia Prima, Quehaceres; Invenciones.
CREACIÓN HEROICA