Stalin.
Historia y Crítica de una Leyenda Negra
(26)
Domenico
Losurdo
Qué
significa gobernar: un atormentado proceso de aprendizaje
Volvamos al análisis
hegeliano de la dialéctica de la Revolución francesa (y de las grandes
revoluciones en general). A partir de la experiencia concreta y las
consecuencias desastrosas a las que conduce la «furia disolvente», los
individuos comprenden la necesidad de dar un contenido concreto y particular a
la universalidad, poniendo fin a la persecución enloquecida de la universalidad
en su inmediatez y pureza. Renunciando al igualitarismo absoluto, los
individuos «aceptan nuevamente la negación y la diferencia», esto es, «la
organización de las masas espirituales en las que se articula la multitud de
consciencias individuales». Estas, además, «vuelven a una obra particular y
limitada, pero precisamente por ello vuelven a su realidad sustancial». Por lo tanto
se entiende ya el carácter inconcluyente y desastroso del mito de una «voluntad
universal» o más bien, usando el lenguaje esta vez no de Hegel sino de no pocos
revolucionarios rusos, de una democracia directa, una «dirección colectiva» que
sin mediaciones ni obstáculos burocráticos se exprese directa e inmediatamente
en las fábricas, en los lugares de trabajo, en los organismos políticos.
Como se ve, más que el
jacobinismo, el blanco de las críticas de Hegel son el radicalismo y mesianismo
anarcoide. Esto se confirma por las consideraciones que realiza a propósito de
otra gran revolución: la revolución puritana que estalla en Inglaterra a
mediados del siglo diecisiete. Acabando con un
período de inconcluyente exaltación religiosa y pseudo-revolucionaria
dando un cauce político efectivo a un parto de largos años, Cromwell demuestra
que «sabía bien lo que era gobernar»: «tomó con pulso firme las riendas del
gobierno, deshizo aquel parlamento que se perdía en rezos y mantuvo con gran
esplendor el trono, como Protector». Saber gobernar significa aquí ser capaz de
otorgar un contenido concreto a los ideales de universalidad que han precedido
a la revolución, por ejemplo tomando claramente distancia, en lo que respecta a
la primera Revolución inglesa, de los seguidores de la «quinta monarquía», la
vacua utopía de una sociedad carente de normas jurídicas que ni siquiera
necesitarían por el hecho de que los individuos serían ilustrados y guiados por
la gracia. En la medida en la que supo tomar distancia de la utopía abstracta e
inconcluyente, también Robespierre demostró conocer, o querer aprender, el arte
de gobernar.
Tras una gran revolución,
sobre todo cuando sus protagonistas son estratos ideológicos y políticos
privados de propiedad y de la experiencia política conectada con el disfrute de
la propiedad, aprender a gobernar significa aprender a dar un contenido
concreto a la universalidad. Pero precisamente se trata de un proceso de
aprendizaje. En lo que respecta a la revolución socialista, no comienza ni
acaba con Stalin. De hecho, el límite más grave de este estadista (aunque también,
de diferente manera, de los otros estadistas que todavía en nuestros días se
vinculan al socialismo) es el de haber dejado sin completar o gravemente
inacabado este proceso de aprendizaje.
Tomemos la cuestión
nacional. En Lenin podemos leer la tesis de que la «inevitable fusión de las
naciones» y de las «diferencias nacionales», incluidas las lingüísticas, pasa a
través de un «período transitorio» de pleno y libre despliegue de las naciones y sus diferentes lenguas,
culturas e identidades. Al menos en lo que respecta al «período transitorio»
está clara aquí la consciencia de que lo universal debe saber comprehender lo
particular. Ya ha comenzado un significativo proceso de aprendizaje: ya nos
encontramos más allá del universalismo abstracto por ejemplo de Luxemburg, para
quien las particularidades nacionales son de por sí una negación del
internacionalismo.
Y sin embargo, en lo que
respecta a la cuestión nacional, la unidad de universal y particular Lenin
parece acogerla sólo en relación al «período de transición». Stalin es a ratos
más radical:
Algunos,
por ejemplo Kautsky, hablan de crear en el período de socialismo una única
lengua para toda la humanidad y de extinguir todas las demás lenguas. Yo creo
poco en esta teoría de una lengua única para toda la humanidad. En cualquier
caso, la experiencia no habla en favor, sino en contra de esta teoría316.
A juzgar por esta cita, ni
siquiera el comunismo debería caracterizarse por «una única lengua para toda la
humanidad». Pero es como si Stalin tuviese miedo de su valentía. Más bien
prefiere remitir la «fusión de las naciones y las lenguas nacionales» al momento
en el que el socialismo habrá triunfado a nivel mundial317. Quizás
solamente en los últimos años de su vida, cuando ya es una autoridad
indiscutida en el movimiento comunista internacional, Stalin se muestra más
audaz. No se limita a defender con fuerza que «la historia registra una gran
estabilidad y enorme resistencia de la lengua a la asimilación forzada»318.
Ahora la elaboración teórica va más allá: «la lengua difiere de manera radical
de una superestructura»; «no es creada por una clase cualquiera, sino más bien
por toda la sociedad, por todas las clases de la sociedad, gracias a los
esfuerzos de cientos de generaciones», por tanto es absurdo hablar de una «"naturaleza
clasista" de la lengua». Entonces ¿por qué tendrían que disolverse las
lenguas nacionales? ¿Por qué tendrían que disolverse las naciones en cuanto
tales, si es verdad que «la comunidad lingüística representa uno de los más
importantes signos distintivos de una nación»?319 Sin embargo, la
ortodoxia acaba por conseguir la victoria final pese a todo: el comunismo
continúa siendo concebido como el triunfo de la «lengua común internacional» y
en última instancia, de una única nación320". Al menos en lo
que respecta a este mítico estadio final, el universal puede ser pensado de
nuevo en su pureza, sin la contaminación de lo particular, representado por las
lenguas e identidades nacionales. No se trata de un problema abstractamente
teórico: el apego a la ortodoxia no ha contribuido ciertamente a la comprensión de las
contradicciones permanentes entre las naciones que se remiten al socialismo y
se consideran comprometidas en la construcción del comunismo. Son éstas las
contradicciones que han desarrollado un rol de primer plano en el proceso de
crisis y disolución del "campo socialista".
También en otros campos de
la vida social vemos a Stalin comprometerse en una difícil lucha contra la
utopía abstracta, para después pararse a mitad de camino, con el fin de no
comprometer la ortodoxia tradicional. Todavía en 1952 y por tanto poco antes de
su muerte, se ve obligado a criticar a aquellos que querían la liquidación de
la «economía mercantil» como tal. En polémica con ellos, Stalin observa
juiciosamente:
"Se
dice que la producción mercantil bajo cualquier condición debe llevar y necesariamente
llevará al capitalismo. Esto no es verdad. ¡No siempre y no en cualesquiera
condiciones! No se puede identificar la producción mercantil con la producción
capitalista. Son dos cosas diferentes."
Puede existir perfectamente
«una producción mercantil sin capitalistas». Y sin embargo, también en este
caso la ortodoxia se muestra como una barrera insalvable: la disolución de la
economía mercantil se vincula al momento en el que serán realmente colectivizados
«todos los medios de producción», con la superación por tanto de la misma
propiedad cooperativa321.
Finalmente, el problema
quizás decisivo. Hemos visto a Stalin reflexionar acerca de una «tercera
función», más allá de la represión y de la lucha de clases en el plano interior
e internacional. Un prestigioso jurista tuvo razón al subrayar que el informe
al XVIII Congreso del PCUS nos coloca frente a «un cambio radical de la
doctrina desarrollada por Marx y Engels»322. Era un cambio al que
Stalin llegaba a partir también de su experiencia de gobierno, por un proceso
concreto de aprendizaje que había dejado huellas en el pensamiento y en la
acción política del último Lenin pero que ahora daba un ulterior paso adelante.
De manera bastante diferente razonaba Trotsky, que consideraba sintetizar de éste
modo la posición de Marx, Engels y Lenin: «La generación que ha conquistado el
poder, la vieja guardia, comienza la liquidación del Estado; la generación
siguiente llevará a cabo esta tarea»323. Si este milagro no se
producía, ¿de quién podía ser la culpa sino de la traidora burocracia
estaliniana?
Puede parecer confundente
remitirse a categorías filosóficas para explicar la historia de la Rusia
soviética, pero quien avala este enfoque es el mismo Lenin, que cita y suscribe
la «excelente fórmula» de la Lógica hegeliana según la cual el universal debe
ser tal como para acoger en sí «la riqueza del particular»324
Al expresarse así piensa
sobre todo en la situación revolucionaria, que está siempre determinada y que
llega al punto de ruptura del eslabón débil de la cadena en un país particular.
La «excelente fórmula», sin embargo, no fue utilizada por Lenin y el grupo
dirigente bolchevique para analizar la fase siguiente a la conquista del poder.
Al enfrentarse al problema de la construcción de una nueva sociedad, los
intentos de hacer que el universal abrace «la riqueza del particular» se han
encontrado con la acusación de traición. Y se comprende bien que tal acusación
haya golpeado de manera especial a Stalin, pues gobernó durante más tiempo que
cualquier otro líder el país de la Revolución
de octubre y, precisamente a partir de la experiencia de gobierno fue
consciente de la vacuidad de la espera mesiánica por la disolución del Estado,
de las naciones, de la religión, del mercado, del dinero, y experimentó
directamente el efecto paralizante de una visión del universal inclinada a
etiquetar como una contaminación la atención prestada a las necesidades e
intereses particulares de un Estado, de una nación, de una familia, de un
individuo determinado.
Si es verdad que la
ideología cumple un papel significativo en la prolongación del Segundo período
de desórdenes, debe precisarse que ésta apunta en especial a los antagonistas
de Stalin. Este último, gracias también a la concreta experiencia de gobierno,
se ha dedicado seriamente al aprendizaje por el que, según las enseñanzas de
Hegel, se ve obligado a pasar el grupo dirigente de una gran revolución.
_____________
(316) Lenin (1955-70), vol. 22, p. 151 y vol. 31, p.
82; Stalin (1971-73), vol. 7, p. l 20 (=Stalin,
1952-56, vol. 7, p. 160).
(317) Stalin (1971-73), vol. 11, p. 308.
(318) Ibid, vol. 15, p. 218 (= Stalin, 1968, p. 52).
(319) Ibid, p. 206 (= Stalin, 1968, p. 36).
(320) lbid, p. 252 (= Stalin, 1968, p. 101).
(321) lbid, pp. 263-70 (= Stalin, 1973, pp. 18-29).
(322) Kelsen (1981b), p. 171; cfr. También Kelsen
(1981a), p. 62.
(323) Trotsky (1988), p. 853 (= Trotsky, 1968, p.
148).
(324) Lenin (1955-70), vol. 38, p. 98.
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