miércoles, 1 de abril de 2026

Stalin

Stalin. Historia y Crítica de una Leyenda Negra

(26)

Domenico Losurdo

Qué significa gobernar: un atormentado proceso de aprendizaje

Volvamos al análisis hegeliano de la dialéctica de la Revolución francesa (y de las grandes revoluciones en general). A partir de la experiencia concreta y las consecuencias desastrosas a las que conduce la «furia disolvente», los individuos comprenden la necesidad de dar un contenido concreto y particular a la universalidad, poniendo fin a la persecución enloquecida de la universalidad en su inmediatez y pureza. Renunciando al igualitarismo absoluto, los individuos «aceptan nuevamente la negación y la diferencia», esto es, «la organización de las masas espirituales en las que se articula la multitud de consciencias individuales». Estas, además, «vuelven a una obra particular y limitada, pero precisamente por ello vuelven a su realidad sustancial». Por lo tanto se entiende ya el carácter inconcluyente y desastroso del mito de una «voluntad universal» o más bien, usando el lenguaje esta vez no de Hegel sino de no pocos revolucionarios rusos, de una democracia directa, una «dirección colectiva» que sin mediaciones ni obstáculos burocráticos se exprese directa e inmediatamente en las fábricas, en los lugares de trabajo, en los organismos políticos.

Como se ve, más que el jacobinismo, el blanco de las críticas de Hegel son el radicalismo y mesianismo anarcoide. Esto se confirma por las consideraciones que realiza a propósito de otra gran revolución: la revolución puritana que estalla en Inglaterra a mediados del siglo diecisiete. Acabando con un   período de inconcluyente exaltación religiosa y pseudo-revolucionaria dando un cauce político efectivo a un parto de largos años, Cromwell demuestra que «sabía bien lo que era gobernar»: «tomó con pulso firme las riendas del gobierno, deshizo aquel parlamento que se perdía en rezos y mantuvo con gran esplendor el trono, como Protector». Saber gobernar significa aquí ser capaz de otorgar un contenido concreto a los ideales de universalidad que han precedido a la revolución, por ejemplo tomando claramente distancia, en lo que respecta a la primera Revolución inglesa, de los seguidores de la «quinta monarquía», la vacua utopía de una sociedad carente de normas jurídicas que ni siquiera necesitarían por el hecho de que los individuos serían ilustrados y guiados por la gracia. En la medida en la que supo tomar distancia de la utopía abstracta e inconcluyente, también Robespierre demostró conocer, o querer aprender, el arte de gobernar.

Tras una gran revolución, sobre todo cuando sus protagonistas son estratos ideológicos y políticos privados de propiedad y de la experiencia política conectada con el disfrute de la propiedad, aprender a gobernar significa aprender a dar un contenido concreto a la universalidad. Pero precisamente se trata de un proceso de aprendizaje. En lo que respecta a la revolución socialista, no comienza ni acaba con Stalin. De hecho, el límite más grave de este estadista (aunque también, de diferente manera, de los otros estadistas que todavía en nuestros días se vinculan al socialismo) es el de haber dejado sin completar o gravemente inacabado este proceso de aprendizaje.

Tomemos la cuestión nacional. En Lenin podemos leer la tesis de que la «inevitable fusión de las naciones» y de las «diferencias nacionales», incluidas las lingüísticas, pasa a través de un «período transitorio» de pleno y libre despliegue   de las naciones y sus diferentes lenguas, culturas e identidades. Al menos en lo que respecta al «período transitorio» está clara aquí la consciencia de que lo universal debe saber comprehender lo particular. Ya ha comenzado un significativo proceso de aprendizaje: ya nos encontramos más allá del universalismo abstracto por ejemplo de Luxemburg, para quien las particularidades nacionales son de por sí una negación del internacionalismo.

Y sin embargo, en lo que respecta a la cuestión nacional, la unidad de universal y particular Lenin parece acogerla sólo en relación al «período de transición». Stalin es a ratos más radical:

Algunos, por ejemplo Kautsky, hablan de crear en el período de socialismo una única lengua para toda la humanidad y de extinguir todas las demás lenguas. Yo creo poco en esta teoría de una lengua única para toda la humanidad. En cualquier caso, la experiencia no habla en favor, sino en contra de esta teoría316.

A juzgar por esta cita, ni siquiera el comunismo debería caracterizarse por «una única lengua para toda la humanidad». Pero es como si Stalin tuviese miedo de su valentía. Más bien prefiere remitir la «fusión de las naciones y las lenguas nacionales» al momento en el que el socialismo habrá triunfado a nivel mundial317. Quizás solamente en los últimos años de su vida, cuando ya es una autoridad indiscutida en el movimiento comunista internacional, Stalin se muestra más audaz. No se limita a defender con fuerza que «la historia registra una gran estabilidad y enorme resistencia de la lengua a la asimilación forzada»318. Ahora la elaboración teórica va más allá: «la lengua difiere de manera radical de una superestructura»; «no es creada por una clase cualquiera, sino más bien por toda la sociedad, por todas las clases de la sociedad, gracias a los esfuerzos de cientos de generaciones», por tanto es absurdo hablar de una «"naturaleza clasista" de la lengua». Entonces ¿por qué tendrían que disolverse las lenguas nacionales? ¿Por qué tendrían que disolverse las naciones en cuanto tales, si es verdad que «la comunidad lingüística representa uno de los más importantes signos distintivos de una nación»?319 Sin embargo, la ortodoxia acaba por conseguir la victoria final pese a todo: el comunismo continúa siendo concebido como el triunfo de la «lengua común internacional» y en última instancia, de una única nación320". Al menos en lo que respecta a este mítico estadio final, el universal puede ser pensado de nuevo en su pureza, sin la contaminación de lo particular, representado por las lenguas e identidades nacionales. No se trata de un problema abstractamente teórico: el apego a la ortodoxia no ha contribuido   ciertamente a la comprensión de las contradicciones permanentes entre las naciones que se remiten al socialismo y se consideran comprometidas en la construcción del comunismo. Son éstas las contradicciones que han desarrollado un rol de primer plano en el proceso de crisis y disolución del "campo socialista".

También en otros campos de la vida social vemos a Stalin comprometerse en una difícil lucha contra la utopía abstracta, para después pararse a mitad de camino, con el fin de no comprometer la ortodoxia tradicional. Todavía en 1952 y por tanto poco antes de su muerte, se ve obligado a criticar a aquellos que querían la liquidación de la «economía mercantil» como tal. En polémica con ellos, Stalin observa juiciosamente:

"Se dice que la producción mercantil bajo cualquier   condición debe llevar y necesariamente llevará al capitalismo. Esto no es verdad. ¡No siempre y no en cualesquiera condiciones! No se puede identificar la producción mercantil con la producción capitalista. Son dos cosas diferentes."

Puede existir perfectamente «una producción mercantil sin capitalistas». Y sin embargo, también en este caso la ortodoxia se muestra como una barrera insalvable: la disolución de la economía mercantil se vincula al momento en el que serán realmente colectivizados «todos los medios de producción», con la superación por tanto de la misma propiedad cooperativa321.

Finalmente, el problema quizás decisivo. Hemos visto a Stalin reflexionar acerca de una «tercera función», más allá de la represión y de la lucha de clases en el plano interior e internacional. Un prestigioso jurista tuvo razón al subrayar que el informe al XVIII Congreso del PCUS nos coloca frente a «un cambio radical de la doctrina desarrollada por Marx y Engels»322. Era un cambio al que Stalin llegaba a partir también de su experiencia de gobierno, por un proceso concreto de aprendizaje que había dejado huellas en el pensamiento y en la acción política del último Lenin pero que ahora daba un ulterior paso adelante. De manera bastante diferente razonaba Trotsky, que consideraba sintetizar de éste modo la posición de Marx, Engels y Lenin: «La generación que ha conquistado el poder, la vieja guardia, comienza la liquidación del Estado; la generación siguiente llevará a cabo esta tarea»323. Si este milagro no se producía, ¿de quién podía ser la culpa sino de la traidora burocracia estaliniana?

Puede parecer confundente remitirse a categorías filosóficas para explicar la historia de la Rusia soviética, pero quien avala este enfoque es el mismo Lenin, que cita y suscribe la «excelente fórmula» de la Lógica hegeliana según la cual el universal debe ser tal como para acoger en sí «la riqueza del particular»324

Al expresarse así piensa sobre todo en la situación revolucionaria, que está siempre determinada y que llega al punto de ruptura del eslabón débil de la cadena en un país particular. La «excelente fórmula», sin embargo, no fue utilizada por Lenin y el grupo dirigente bolchevique para analizar la fase siguiente a la conquista del poder. Al enfrentarse al problema de la construcción de una nueva sociedad, los intentos de hacer que el universal abrace «la riqueza del particular» se han encontrado con la acusación de traición. Y se comprende bien que tal acusación haya golpeado de manera especial a Stalin, pues gobernó durante más tiempo que cualquier otro líder el país de la Revolución  de octubre y, precisamente a partir de la experiencia de gobierno fue consciente de la vacuidad de la espera mesiánica por la disolución del Estado, de las naciones, de la religión, del mercado, del dinero, y experimentó directamente el efecto paralizante de una visión del universal inclinada a etiquetar como una contaminación la atención prestada a las necesidades e intereses particulares de un Estado, de una nación, de una familia, de un individuo  determinado.

Si es verdad que la ideología cumple un papel significativo en la prolongación del Segundo período de desórdenes, debe precisarse que ésta apunta en especial a los antagonistas de Stalin. Este último, gracias también a la concreta experiencia de gobierno, se ha dedicado seriamente al aprendizaje por el que, según las enseñanzas de Hegel, se ve obligado a pasar el grupo dirigente de una gran revolución.

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(316) Lenin (1955-70), vol. 22, p. 151 y vol. 31, p. 82; Stalin (1971-73), vol. 7, p.  l 20 (=Stalin, 1952-56, vol. 7, p.  160).

(317) Stalin (1971-73), vol. 11, p. 308.

(318) Ibid, vol. 15, p. 218 (= Stalin, 1968, p. 52).

(319) Ibid, p. 206 (= Stalin, 1968, p. 36).

(320) lbid, p. 252 (= Stalin, 1968, p. 101).

(321) lbid, pp. 263-70 (= Stalin, 1973, pp. 18-29).

(322) Kelsen (1981b), p. 171; cfr. También Kelsen (1981a), p.  62.

(323) Trotsky (1988), p. 853 (= Trotsky, 1968, p. 148).

(324) Lenin (1955-70), vol. 38, p. 98.

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