Nota:
Roger Garaudy, se adhirió al P. C. francés en 1933,
perteneciendo durante mucho tiempo al comité central. Fue considerado como uno
de los estalinistas más duros, pero luego evidenció en sus escritos y
pensamiento una visión ecléctica, renegando del marxismo, motivo por el cual
fue expulsado del partido comunista francés en 1970, a la sazón revisionista.
La crítica que R. Garaudy realizara a la práctica que desarrollaron, después de
la muerte de Stalin, los revisionistas de la URSS, la hizo desde posiciones
eclécticas. Posteriormente, casado con la palestina Salma Faroukhi,
se convirtió al Islam.
No obstante la evolución
ideológica de R. Garaudy, este ha publicado obras de importancia para el
movimiento marxista, una de las cuales es Dios ha muerto, que es uno de
los más profundos estudios de la obra de Hegel desde la perspectiva marxista.
En consecuencia, procedemos
a advertir al lector, la necesidad de separar la obra marxista de Roger
Garaudy, de su posterior obra no marxista.
El texto que publicamos a
continuación, de Roger Garaudy, corresponde a su etapa marxista. Destacamos en
este, los diversos aspectos que analiza acerca de los intelectuales que se
incorporan al movimiento proletario, así como la crítica que realiza del
positivismo.
01.04.2026
Comité de Redacción.
Sobre los Intelectuales
(Segunda parte)
Roger Garaudy
B. PROBLEMAS DE LOS INTELECTUALES
El que los intelectuales comunistas se planteen problemas
y el que su situación plantee problemas al partido no es en modo alguno el
signo de una crisis o de dificultades insuperables. Por el contrario, es un
fenómeno normal, un índice de crecimiento del partido, que aparece precisamente
hoy porque las adhesiones al Partido Comunista francés han dejado de ser
individuales; el partido se ha convertido en un partido de masas entre los
intelectuales.
Las tesis del XIV Congreso del partido Comunista
francés subrayan que “los intelectuales se levantan cada vez en mayor número
para defender la cultura contra el maltusianismo y la defección nacional de las
clases dirigentes. Al participar en la cultura nacional de la clase más
avanzada, entran en contacto con la teoría marxista, que, a su vez, influye en
sus trabajos y en sus pensamientos” (Segundo punto).
Estos intelectuales, como lo dicen también las tesis,
“no pueden ya tolerar la condición que el capitalismo decadente crea a la
ciencia y a la vida intelectual”. Han adquirido conciencia de esa exigencia
fundamental: para el porvenir de la nación y de su cultura es urgente que la
burguesía deje de ser la clase dirigente, y entonces se vuelven hacia la clase
obrera. Vienen al Partido Comunista francés por razones políticas y nacionales,
y todavía no han solucionado sus problemas ideológicos. Su actitud con respecto
a la ideología burguesa es de negación y rechazo, pero dicha ideología penetra
en sus pensamientos y en todas sus actividades, y la ideología socialista les
plantea al comienzo más problemas que las soluciones que les aporta.
La “posición del partido” en filosofía y en arte, y en
las ciencias, ¿no es un “prejuicio”?
Adoptar “el punto de vista de la clase obrera”, ¿no es
abandonarse a un “subjetivismo de clase”?
¿Qué se puede conservar y qué se puede rechazar de la
herencia de la cultura pasada?
Este es el problema fundamental del intelectual que
adhiere al Partido Comunista: ¿Cómo desembarazarse de la ideología de la
burguesía, que en general proporciona, a sus espaldas, los ejes de las
coordenadas de todos sus pensamientos?
Cuando un obrero se convierte en comunista, tiene la
sensación de que se expande en él todo lo que hasta entonces estaba dormido,
descubre una cultura que explica todo lo que intuía oscuramente. Encuentra en
el marxismo una confirmación lúcida de sí mismo, se vuelve, concientemente, lo
que hasta entonces era inconcientemente.
No sucede los mismo con el intelectual. Cada nuevo
paso en la toma de conciencia del socialismo lo obliga a destruir y derogar
alguna cosa de su educación pasada. En las primeras etapas de su marcha no
tiene la sensación de un cumplimiento de sí mismo, sino de una batalla contra
sí.
Convertirse en comunista lleva a un obrero a enfrentar
muchos riesgos. El choque contra las personas se torna más violento, y la
represión también, pero el enemigo está en el exterior. Para el intelectual
también hay un enemigo interior. Para unificar su conciencia y su acción tiene
que chocar en primer lugar consigo mismo.
En el plano abstracto los términos del problema son
muy sencillos: despojarse del punto de vista de la burguesía para asimilar el
punto de vista de la clase obrera. Pero en el plano concreto y humano el drama
es complejo.
Para abarcar la complejidad de ese drama es necesario
definir antes que nada el “punto de vista” de la burguesía y el del
proletariado.
¿Cuál es el punto de vista de la burguesía?
El de la alienación.
Marx ha hecho un análisis penetrante de los caracteres
del pensamiento burgués a partir de la crítica de la economía política
burguesa. La economía política burguesa se desarrolló en el interior del
capitalismo; hunde sus raíces en éste, toma prestados de él sus postulados. “La
economía política -escribe Marx- no ha hecho más que enunciar las leyes del
trabajo alienado”9. Los hombres sufren la alienación del modo
capitalista de producción, tanto en su pensamiento como en su trabajo. En El
Capital demostró el origen de esas ilusiones. La economía burguesa adopta
desde el comienzo el “punto de vista” capitalista que, por ejemplo, confunde
muy naturalmente el valor con el precio de venta, porque en su contabilidad no
tiene motivo alguno para distinguir lo que paga como salario de lo que paga
como materia prima, como herramientas o como transporte”10.
Esta apariencia superficial, que es la única
aprehensible desde el “punto de vista” capitalista, es convertida por el
economista burgués en el punto de partida de su estudio. La materia prima, los
postulados iniciales de esta ciencia, no son por lo tanto el mundo real, sino
la idea que de él se hacen la burguesía y sus ideólogos “alienados”.
A partir de ahí, el economista burgués puede operar
con métodos rigurosos, definir con precisión los “hechos”, establecer
relaciones constantes entre ellos, expresar esas relaciones con la precisión de
funciones matemáticas, pero no por ello será menos cierto que toda su ciencia
se conserva prisionera de la alienación, se mueve en el interior de la
alienación. Ello no impedirá que descubra relaciones válidas y proporcione un
rico material de hechos, como lo hicieron, por ejemplo, Adam Smith o Ricardo.
Pero el “punto de vista” burgués sobre los fenómenos básicos, punto de vista
considerado implícitamente (e inconcientemente) como presuposición esencial,
constituye la base de la alienación.
Estos “datos” puramente históricos, que son función
del sistema capitalista y del régimen burgués, son aceptados como “hechos”
inmutables, eternos, naturales.
La crítica marxista de la economía política burguesa
es una crítica del positivismo en general.
La concepción positivista está estrechamente vinculada
a la alienación del pensamiento. Exige que se registren “hechos”, “datos”, y
que se establezcan las relaciones constantes que los vinculan. Y prohíbe ir más
allá. El positivismo es, en lo fundamental, un agnosticismo. Todo pensamiento
que se esfuerce por superar la película superficial de las apariencias “dadas”,
del empirismo, es tachado con desprecio, por el positivismo, de “metafísica”.
El mérito de Marx consiste en haber demostrado que la
objetividad no es el registro de “datos” colocados todos en un mismo plano,
entre los cuales se buscan las leyes, que no serían, según la definición
positivista, otra cosa que “relaciones constantes entre los fenómenos”.
Semejante actitud conduce fácilmente a la apología del hecho consumado.
Esto es evidente para la economía política, pero
también es cierto en otros dominios, como por ejemplo en historia. En El 18
Brumario Marx hace este reproche a Proudhon: “Proudhon intenta presentar el
golpe de Estado como resultado de un desarrollo histórico anterior. Pero, entre
las manos, la construcción histórica del golpe de Estado se le convierte en una
apología
histórica del héroe del golpe de Estado. Cae con ello en el defecto de nuestros
pretendidos historiadores objetivos. Yo, por el contrario, demuestro
cómo la lucha de clases creó en Francia las circunstancias y condiciones
que permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de
héroe”11.
Es
preciso volver a los análisis de El Capital para comprender cómo supera
Marx el positivismo en economía política y en historia. El método de Marx
consiste en investigar las relaciones humanas ocultas detrás de la apariencia
objetiva de las cosas, las contradicciones de clase, como motor escondido del
desarrollo histórico. Y en ese terreno el materialismo marxista, descubre
detrás de los fenómenos aparentes, las verdaderas causas del movimiento. A la
definición positiva de la ley -relación constante entre los fenómenos- se opone
la concepción marxista: “La vinculación interna y necesaria entre dos
apariencias”12.
En
su estudio sobre “el contenido económico del populismo”, de 1894, Lenin trazó
con precisión las fronteras entre el “objetivismo” burgués y el “materialismo”
proletario: “El objetivista habla de la necesidad de un proceso histórico dado;
el materialista hace constar con precisión que existen la formación
social-económica dada y las relaciones antagónicas engendradas por ella. Al
demostrar la necesidad de una serie dada de hechos, el objetivista siempre
corre el riesgo de convertirse en un apologista de los mismos; el materialista
pone al desnudo las contradicciones de clase, y al proceder así fija ya su
posición. El objetivista habla de ‘tendencias históricas invencibles’; el
materialista habla de la clase que ‘administra’ el orden de cosas económico
dado, creando determinadas formas de reacción de las otras clases. Como vemos,
el materialista es, de una parte, más consecuente que el objetivista y aplica
su objetivismo con mayor profundidad y plenitud. No se limita a señalar la
necesidad del proceso, sino que aclara qué formación social-económica es
precisamente la que da su contenido a ese proceso, qué clase, precisamente,
determina esa necesidad. En el caso dado, por ejemplo, el materialista no se
limitará a hacer constar que hay ‘tendencias históricas invencibles’ y
señalaría la existencia de ciertas clases que determinan el contenido del orden
de cosas dado y excluyen cualquier posibilidad de salida que no sea la acción
de los productores mismos. Por otra parte, el materialismo supone el
partidismo, por decirlo así, imponiendo siempre el deber de defender franca y
abiertamente el punto de vista de un grupo social concreto siempre que se
enjuicie un acontecimiento”13.
Así
la primera exigencia del materialismo dialéctico, que se identifica con el
“punto de vista” del proletariado, es la de reconocer la realidad. Y la
realidad no es solo el fluir superficial de las apariencias que el positivismo
se limita a registrar, sino el devenir profundo de las esencias, cuyos
encadenamientos necesarios expresa la dialéctica.
Semejante
oposición de los “puntos de vista” de la burguesía y del proletariado no vale
solo para la economía política y la historia, ni incluso para las ciencias
sociales en general, sino que, en estas ciencias, la ideología burguesa
representa un papel mucho más evidente que en las ciencias de la naturaleza.
Ese
“punto de vista” de la burguesía no es solo el positivismo; es también el individualismo,
que es a la vez expresión de las condiciones de existencia del hombre en la
sociedad burguesa y de la rebelión contra esas condiciones. Cuando la economía
mercantil, y luego la división del trabajo, aíslan a cada individuo y amenazan
a cada instante con aplastarlo con toda la fuerza ciega de sus leyes
inmanentes, el individualismo es la reacción de defensa del individuo contra
esas presiones mortíferas. Y esa pretensión de autonomía o, cuando menos, de
“independencia” del pensamiento, viene a reforzar aun más las ilusiones del
idealismo.
Esta
“alienación” del pensamiento burgués va mucho más allá de la economía política
y de la historia. Se extiende a todos los dominios del pensamiento, incluso los
de la filosofía, la literatura, el arte y las ciencias de la naturaleza. Marx
lo demostró en primer lugar para la filosofía: “Hegel -escribe- se coloca en el
punto de vista de la economía moderna.”14 Este “punto de vista” que
es a la vez el de la burguesía y el de la alienación, nace de las condiciones
de la realidad misma. Todas las ilusiones del pensamiento surgen de la
alienación de nuestra vida real, las contradicciones del pensamiento reflejan
las contradicciones que existen en la realidad.
Las
ilusiones especulativas de Hegel encuentran aquí su fuente:
- La
creencia en una actividad autónoma del pensamiento.
- La
ilusión de una creación de la realidad por el pensamiento.
- La
inversión fundamental por la cual el conocimiento se identifica con la realidad
o se convierte mas bien en la única realidad.
- La
esclerosis del método dialéctico que se fija en un sistema inmutable.
La influencia del desarrollo
social, en las ciencias, es igualmente considerable, y el “punto de vista”
burgués, en ese dominio, niega esta influencia y tiende a hacer creer en un
desarrollo autónomo del conocimiento científico, que se movería libremente por
encima de las fuerzas productivas, de las relaciones de producción y de las
superestructuras.
Sin
demorarnos en los detalles de esta demostración, que por lo demás ya hemos
hecho, nos bastará con recordar que:
1° El desarrollo de las
fuerzas productivas representa un papel de importancia en el desarrollo de la
ciencia.
Antes
de nada, porque las exigencias de la técnica plantean problemas a la ciencia.
Por ejemplo, si tres sabios -Carnot en Francia, Joule en Inglaterra, Mayer en
Alemania- descubrieron simultáneamente, y en forma independiente uno de otros,
la equivalencia entre el calor y el trabajo, ¿no es acaso porque esas leyes
abstractas aportaban una solución al problema técnico esencial que se planteaba
ante los ingenieros de la época: el del funcionamiento de la máquina de vapor?
En
segundo término, porque el desarrollo de las fuerzas productivas permite
aplicar e introducir en la vida de las ideas científicas, y proporciona a las
ciencias sus instrumentos de investigación (telescopios, microscopios, etc.)
Y,
finalmente, porque ese desarrollo orienta en gran medida las formas y los
métodos de organización de la ciencia, gracias al sistema de las bibliotecas,
de los laboratorios, de la imprenta, del microfilm, de los diversos
procedimientos de intercambio cultural, etc.
2° El estado de las
relaciones de producción representa un papel determinante en el desarrollo de
la ciencia.
En
primer lugar, porque de esas relaciones depende la orientación y la utilización
de la ciencia. El maquinismo, la psicología, la sociología, son puestos a
disposición del capital para aumentar la productividad, la biología se
convierte, no en una ciencia de la vida, sino en la ciencia de la muerte para
la preparación de una guerra bacteriológica; la física nuclear se orienta hacia
la fabricación de bombas o bien hacia la producción de energía para usos
pacíficos.
Luego,
porque de las relaciones de producción depende la organización social de las
instituciones científicas: laboratorios de investigaciones colocados bajo la
dependencia de las publicaciones de libros o revistas en relación con las casas
editoras; secreto de las investigaciones exigido por la competencia;
maltusianismo científico de los monopolios en previsión de crisis económicas;
desarrollo desigual de las ciencias en función de la rentabilidad de las
investigaciones en un régimen dominado por la ley de la ganancia máxima, etc.
3° Las superestructuras, y
en especial las concepciones religiosas o filosóficas de las clases
sucesivamente dominantes, representan un papel considerable en el desarrollo de
las ciencias.
Es
notable, en particular, que la ideología de las clases decadentes desempeña un
papel de freno en relación con la investigación científica. El feudalismo
decadente, con su ideología católica, no se conformó con quemar o condenar por
la Inquisición a los pensadores de tendencia materialista, desde Giordano Bruno
a Descartes (cuyas enseñanzas fueron prohibidas en la Sorbona “por toda la
vida”), sino aun a los sabios cuyas enseñanzas contradecían las de la iglesia,
como Galileo.
Hoy
la ideología de la burguesía decadente ha llegado a crear falsas ciencias como
la “geopolítica”, elogiada para justificar el expansionismo agresivo de los
hitleristas; a establecer falsas leyes como la pretendida “ley de la fertilidad
decreciente de los suelos”, que no expresa otra cosa que los efectos
devastadores de los métodos capitalistas de agricultura y que se pretende
erigir en ley objetiva de la naturaleza. Finalmente, con formas más sutiles,
las interpretaciones filosóficas se infiltran hasta el corazón de las teorías
científicas, ya sea para imponer extrapolaciones arbitrarias a partir de hechos
reales, como, por ejemplo, las teorías de “la expansión del universo”, por las
cuales el canónigo Lemaitre se esforzó en justificar las concepciones “creacionistas”
de la iglesia; ya sea para orientar a las ciencias en el sentido del
irracionalismo caro a la burguesía decadente. Para negar la existencia de un
desarrollo objetivo necesario de la historia, en nombre del cual el marxismo ha
demostrado que el capitalismo se encaminaba a la ruina, se ha llegado a apoyar
toda tentativa de negar la existencia de leyes objetivas en general, aun en la
naturaleza, y a demostrar alta estima a toda doctrina “indeterminista”. El
físico Jordan, en su libro La física del siglo XX, publicado en Nueva
York en 1944, subraya con orgullo que su concepción del mundo, indeterminista e
idealista, permite “la liquidación del materialismo” y garantiza un espacio
vital a la religión. El astrónomo inglés Eddington desarrolla el mismo tema en
su libro La naturaleza del mundo físico. Y Bertrand Russell, en su obra,
sobre El espíritu científico y la ciencia en el mundo moderno, explica
crudamente que las concesiones de los sabios a la religión son la acción de
“ciudadanos aterrorizados por la guerra de 1914-1918 y la revolución rusa”,
deseosos de “defender la virtud y la propiedad”.
Sería
manifiestamente absurdo atribuir a todo sabio influido por el idealismo o el
indeterminismo el designio conciente de ponerse al servicio de la reacción
social, pero lo cierto es que las fuerzas de la reacción social, que tienen a
su disposición la casi totalidad de los medios de difusión del pensamiento -en
particular las editoriales y las revistas-, y, por intermedio del Estado, la
universidad, hacen el máximo de ruido en torno a la propaganda de las ideas que
las sirven y organizan en silencio sobre las demás.
Es
así que la ideología de la clase dominante se convierte en la ideología
dominante. En la hora actual, en las ciencias, esa ideología dominante es la
del positivismo, que se acomoda a todas las variantes del idealismo y del
indeterminismo. Esta ideología es tanto más insidiosa cuanto que se hace pasar
como carente de toda ideología y adula la inclinación de muchos sabios a
despreciar la filosofía.
Por
lo tanto se trata de una ilusión: “Sea cual fuere el desdén que se abrigue por
todo pensamiento teórico -hacía notar Engels-, no es posible vincular los
hechos de la naturaleza o entender las relaciones existentes entre ellos sin
pensamiento teórico”15. La elección no es, entonces, entre una
teoría y una simple descripción positivista de los fenómenos, sino entre una
teoría falsa (que es una teoría, aunque lo ignore) y una teoría justa. “El
empirismo exclusivo, que cuando mucho se permite pensar bajo la forma de
cálculo matemático – agrega Engels-, se imagina que opera solo con hechos
innegables. Pero en realidad opera principalmente con las ideas tradicionales,
con los productos en gran parte superados del pensamiento de sus antecesores…
Estas ideas tradicionales le sirven de base para cálculos matemáticos al
infinito, en el curso de los cuales el rigor de la formulación matemática le
hace olvidar agradablemente la naturaleza hipotética de las premisas”16.
Por
lo demás no basta con decir que ese positivismo proviene de una filosofía
errónea. Constituye un freno para la propia investigación científica, la
esteriliza. En un estudio sobre Henri Poincaré, Louis de Broglie ha demostrado
cómo la filosofía relativista y positivista de Poincaré terminó por
“esterilizar” algunas de sus investigaciones y principalmente le impidió
entrever la teoría de la relatividad: “El punto de vista ultracrítico de Henri
Poincaré puede ser un poco peligroso, ya que inspira un escepticismo
injustificado en relación con las teorías científicas. Algunos ejemplos bastan
para demostrar que existe siempre una infinidad de teorías posible para
explicar los mismos hechos experimentales, y nos parece seguro que incluso
cuando hay una gran cantidad de teorías lógicamente equivalentes el físico
puede, con todo derecho, pensar que una de ellas se adapta más a la realidad
física profunda, es más susceptible de generalización, más apta para revelarnos
armonías ocultas. El escepticismo de Poincaré podía ser desalentador y
esterilizante. Quizás él mismo lo había esterilizado un poco en sus
investigaciones de física teórica, ya que, como tenía un conocimiento profundo
de las dificultades de la electrodinámica de los cuerpos en movimiento, que
presentan el carácter general del principio de relatividad, no supo percibir
esa magnífica doctrina de la relatividad, que se impuso bruscamente al espíritu
más joven y menos escéptico de Albert Einstein. Convencido de que, con la ayuda
de hipótesis apropiadas, es siempre posible considerar el aspecto físico como
euclidiano, ¿habría podido Poncaré -como lo hizo Einstein algunos años después de
su muerte- pasar de la relatividad restringida a la relatividad general, con
solo considerar la métrica del espacio-tiempo como no euclidiana y extraer de
esa intuición geométrica sobre la naturaleza del espacio-tiempo la magnífica
interpretación de las leyes de la gravitación, que hoy ya es clásica?17.
En
resumen, aparece claro que hoy, para el libre desarrollo del pensamiento y de
la ciencia, es necesario liberarse del “punto de vista” de la burguesía, que es
de la alienación y que, debido precisamente a esa alienación, conduce al
idealismo, al individualismo, al positivismo, que constituyen otros tantos
frenos para el desarrollo de la cultura, del arte, de las ciencias, de la
filosofía.
El
“punto de vista” de la burguesía es el de la alienación.
El
“punto de vista” de la clase obrera es el de la práctica.
¿Cómo
puede realizarse el paso de uno a otro, y cuáles son las consecuencias
filosóficas de ese cambio del punto de vista de clase?
Aquí,
una vez más, el paso de la economía política burguesa al marxismo nos permitirá
aclarar el problema. La economía política clásica parte de la situación
creada por el modo capitalista de producción como de un dato natural y
eterno. Así se desarrolló en el interior del capitalismo y, por consiguiente,
en el interior de la alienación.
Para
superar ese punto de vista superficial que solo permite clasificar hechos
considerados como datos irreductibles, medirlos y extraer las relaciones que
los vinculan; para descubrir lo que la economía burguesa consideraba como un
dato inicial, la propiedad capitalista, por ejemplo, una relación entre los
hombres -y una relación contradictoria-, había que ubicarse en un punto de
vista distinto del punto de vista del burgués: en el “punto de vista” del que
experimenta esa contradicción, que es aplastado o desgarrado por ella. Ya hemos
visto que desde el punto de vista del patrono la compra de una máquina o la
contratación de un obrero se expresa, en el cálculo del precio de venta, por la
misma operación de contabilidad. Desde el punto de vista del obrero, la
introducción de una nueva máquina crea una serie de dramas personales: amenaza
de desocupación, aceleración del ritmo de trabajo, nuevos riesgos, etc. El
obrero experimenta muy concretamente esa diferencia y se rebela contra ella en
forma más o menos frustradas desde principios del siglo XIX, en que reacciona
espontáneamente destruyendo las máquinas.
Esto
quiere decir que los problemas se plantean en forma distinta en la cabeza del
ideólogo burgués, que acepta como datos de hecho y como datos necesarios y
naturales el conjunto de las condiciones del sistema burgués, y en la cabeza
del obrero, que siente pesar sobre sí el conjunto de esas condiciones como
amenazas. “Pero esos obreros de masas, comunistas, que trabajan, por ejemplo,
en los talleres de Manchester y Lyon, no creen que puedan eliminar mediante ‘el
pensamiento puro’ a sus amos industriales y su propia humillación práctica. Se
dan cuenta, muy dolorosamente, de la diferencia que existe entre el ser y el
pensar, entre la conciencia y la vida. Saben que la propiedad, el capital, el
dinero, el trabajo asalariado, etc., no son precisamente quimeras ideales de
sus cerebros, sino creaciones muy prácticas y muy materiales de su
autoenajenación, que solo podrán ser superadas, asimismo, de un modo práctico
material, para que el hombre se convierta en hombre, no solo en el pensamiento,
en la conciencia, sino en el ser real, en la vida.”18
Al
oponer de este modo, a los filósofos especulativos, el punto de vista de la
clase obrera; Marx subraya que, cuando se reflexiona sobre el mundo tal como es
experimentado y vivido en la práctica cotidiana del obrero y no solo en la
especulación del ideólogo, los problemas se postulan en términos materialistas.
El obrero no lucha solo con los símbolos, sino también con las cosas. Su punto
de vista es el de la práctica y no el de la alienación.19 Y la
filosofía puede pasar de las luchas ideales a las luchas reales ubicándose en
ese punto de vista de la clase obrera, y no en el de la burguesía.
“La
solución de las oposiciones teóricas solo es posible de una manera práctica”20
escribe Marx, subrayando con ello que, en un régimen social donde las
contradicciones engendran y nutren la alienación, la única manera de superar la
alienación es la de luchar por la destrucción de ese régimen. Pero esa lucha
implica una toma de posición política, una posición de clase. Supone que se
toma partido, en la lucha de clases, por aquella clase que encarna el momento
de la negatividad de la dialéctica histórica; que se adopta el punto de vista
de la clase obrera; que ésta, en razón de su situación objetiva, no solo tiene
necesidad -a la manera de las diversas escuelas de la filosofía burguesa- de
cambiar el modo de ver las cosas, sino de cambiar el orden mismo de las cosas.
Esta
génesis del pensamiento marxista permite disipar las confusiones que los
adversarios del marxismo o los vulgarizadores simplistas han acumulado sobre
estos problemas:
No
es cierto que la posición de partido, en filosofía y en las ciencias,
conduzca a un subjetivismo de clase.
No
es cierto que, al hablar del “punto de vista de la clase obrera”, se conceda al
proletariado una especie de ciencia infusa y se sustituya la filosofía por la
“espontaneidad” de la clase obrera.
No
es cierto que, al afirmar la necesidad de ubicarse en el punto de vista de la
clase obrera antes de elaborar una ciencia plenamente objetiva, se exija un
acto de fe arbitrario y se caiga en el voluntarismo.
___________
(*) Garaudy, Roger, Humanismo marxista (Cinco
ensayos polémicos), parte IV, Sobre los intelectuales. Ediciones
Horizonte, octubre de 1959, Buenos Aires, Argentina.
(9) “Manuscritos de 1844”, capítulo sobre “El trabajo
alienado”.
(10) Véase el capítulo I: “Sobre la alienación”.
(11) Prefacio a la segunda edición alemana (1869) de El
18 Brumario de Luis Bonaparte, en Mrax-Engels, Obras escogidas, Ed.
Cartago, B. Aires, 1957, pág. 157.
(12) El Capital.
(13) Lenin: Obras completas, Ed. Cartago, B.
Aires, 1958, t. I, págs. 419-420. Véase también pág. 454: “El punto de vista
marxista es el del descubrimiento de las contradicciones de clase en la acción
de la sociedad y del Estado”. Véase igualmente pág. 463: “El marxismo considera
necesario estudiar con todo detalle las clases que se forman en la sociedad
capitalista y estima fundada únicamente la crítica hecha desde el punto de
vista de una clase determinada, una crítica que no se base en los razonamientos
‘morales’ del individuo, sino en la formulación exacta del proceso que se produce
efectivamente en la sociedad”.
(14) C. Marx: “Manuscritos de 1844: Economía política
y filosofía”, Obras filosóficas, t. VI, pág. 70.
(15) F. Engels: Dialéctica de la naturaleza.
(16) F. Engels: Dialéctica de la naturaleza.
(17) L. de Broglie: Savants et découvertes,
“Notice su Poincaré”, pág. 55, Albin Miche, 1951.
(18) La sagrada familia, ed. cit., pág. 118.
(19) Esto no excluye de ninguna manera que el obrero
sea víctima también él, por el juego de la economía monetaria en la cual
participa y por la presión de la ideología de la clase dominante, de ilusiones
engendradas por la alienación.
(20) “Manuscritos de 1844”, Obras filosóficas,
t. VI, pág. 34 (véase también pág. 63).
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