miércoles, 1 de abril de 2026

Los intelectuales

Nota:

Roger Garaudy, se adhirió al P. C. francés en 1933, perteneciendo durante mucho tiempo al comité central. Fue considerado como uno de los estalinistas más duros, pero luego evidenció en sus escritos y pensamiento una visión ecléctica, renegando del marxismo, motivo por el cual fue expulsado del partido comunista francés en 1970, a la sazón revisionista. La crítica que R. Garaudy realizara a la práctica que desarrollaron, después de la muerte de Stalin, los revisionistas de la URSS, la hizo desde posiciones eclécticas. Posteriormente, casado con la palestina Salma Faroukhi, se convirtió al Islam.

No obstante la evolución ideológica de R. Garaudy, este ha publicado obras de importancia para el movimiento marxista, una de las cuales es Dios ha muerto, que es uno de los más profundos estudios de la obra de Hegel desde la perspectiva marxista.

En consecuencia, procedemos a advertir al lector, la necesidad de separar la obra marxista de Roger Garaudy, de su posterior obra no marxista.

El texto que publicamos a continuación, de Roger Garaudy, corresponde a su etapa marxista. Destacamos en este, los diversos aspectos que analiza acerca de los intelectuales que se incorporan al movimiento proletario, así como la crítica que realiza del positivismo.

01.04.2026

Comité de Redacción.

 

Sobre los Intelectuales

(Segunda parte)

Roger Garaudy

B. PROBLEMAS DE LOS INTELECTUALES

El que los intelectuales comunistas se planteen problemas y el que su situación plantee problemas al partido no es en modo alguno el signo de una crisis o de dificultades insuperables. Por el contrario, es un fenómeno normal, un índice de crecimiento del partido, que aparece precisamente hoy porque las adhesiones al Partido Comunista francés han dejado de ser individuales; el partido se ha convertido en un partido de masas entre los intelectuales.

Las tesis del XIV Congreso del partido Comunista francés subrayan que “los intelectuales se levantan cada vez en mayor número para defender la cultura contra el maltusianismo y la defección nacional de las clases dirigentes. Al participar en la cultura nacional de la clase más avanzada, entran en contacto con la teoría marxista, que, a su vez, influye en sus trabajos y en sus pensamientos” (Segundo punto).

Estos intelectuales, como lo dicen también las tesis, “no pueden ya tolerar la condición que el capitalismo decadente crea a la ciencia y a la vida intelectual”. Han adquirido conciencia de esa exigencia fundamental: para el porvenir de la nación y de su cultura es urgente que la burguesía deje de ser la clase dirigente, y entonces se vuelven hacia la clase obrera. Vienen al Partido Comunista francés por razones políticas y nacionales, y todavía no han solucionado sus problemas ideológicos. Su actitud con respecto a la ideología burguesa es de negación y rechazo, pero dicha ideología penetra en sus pensamientos y en todas sus actividades, y la ideología socialista les plantea al comienzo más problemas que las soluciones que les aporta.

La “posición del partido” en filosofía y en arte, y en las ciencias, ¿no es un “prejuicio”?

Adoptar “el punto de vista de la clase obrera”, ¿no es abandonarse a un “subjetivismo de clase”?

¿Qué se puede conservar y qué se puede rechazar de la herencia de la cultura pasada?

Este es el problema fundamental del intelectual que adhiere al Partido Comunista: ¿Cómo desembarazarse de la ideología de la burguesía, que en general proporciona, a sus espaldas, los ejes de las coordenadas de todos sus pensamientos?

Cuando un obrero se convierte en comunista, tiene la sensación de que se expande en él todo lo que hasta entonces estaba dormido, descubre una cultura que explica todo lo que intuía oscuramente. Encuentra en el marxismo una confirmación lúcida de sí mismo, se vuelve, concientemente, lo que hasta entonces era inconcientemente.

No sucede los mismo con el intelectual. Cada nuevo paso en la toma de conciencia del socialismo lo obliga a destruir y derogar alguna cosa de su educación pasada. En las primeras etapas de su marcha no tiene la sensación de un cumplimiento de sí mismo, sino de una batalla contra sí.

Convertirse en comunista lleva a un obrero a enfrentar muchos riesgos. El choque contra las personas se torna más violento, y la represión también, pero el enemigo está en el exterior. Para el intelectual también hay un enemigo interior. Para unificar su conciencia y su acción tiene que chocar en primer lugar consigo mismo.

En el plano abstracto los términos del problema son muy sencillos: despojarse del punto de vista de la burguesía para asimilar el punto de vista de la clase obrera. Pero en el plano concreto y humano el drama es complejo.

Para abarcar la complejidad de ese drama es necesario definir antes que nada el “punto de vista” de la burguesía y el del proletariado.

¿Cuál es el punto de vista de la burguesía?

El de la alienación.

Marx ha hecho un análisis penetrante de los caracteres del pensamiento burgués a partir de la crítica de la economía política burguesa. La economía política burguesa se desarrolló en el interior del capitalismo; hunde sus raíces en éste, toma prestados de él sus postulados. “La economía política -escribe Marx- no ha hecho más que enunciar las leyes del trabajo alienado”9. Los hombres sufren la alienación del modo capitalista de producción, tanto en su pensamiento como en su trabajo. En El Capital demostró el origen de esas ilusiones. La economía burguesa adopta desde el comienzo el “punto de vista” capitalista que, por ejemplo, confunde muy naturalmente el valor con el precio de venta, porque en su contabilidad no tiene motivo alguno para distinguir lo que paga como salario de lo que paga como materia prima, como herramientas o como transporte”10.

Esta apariencia superficial, que es la única aprehensible desde el “punto de vista” capitalista, es convertida por el economista burgués en el punto de partida de su estudio. La materia prima, los postulados iniciales de esta ciencia, no son por lo tanto el mundo real, sino la idea que de él se hacen la burguesía y sus ideólogos “alienados”.

A partir de ahí, el economista burgués puede operar con métodos rigurosos, definir con precisión los “hechos”, establecer relaciones constantes entre ellos, expresar esas relaciones con la precisión de funciones matemáticas, pero no por ello será menos cierto que toda su ciencia se conserva prisionera de la alienación, se mueve en el interior de la alienación. Ello no impedirá que descubra relaciones válidas y proporcione un rico material de hechos, como lo hicieron, por ejemplo, Adam Smith o Ricardo. Pero el “punto de vista” burgués sobre los fenómenos básicos, punto de vista considerado implícitamente (e inconcientemente) como presuposición esencial, constituye la base de la alienación.

Estos “datos” puramente históricos, que son función del sistema capitalista y del régimen burgués, son aceptados como “hechos” inmutables, eternos, naturales.

La crítica marxista de la economía política burguesa es una crítica del positivismo en general.

La concepción positivista está estrechamente vinculada a la alienación del pensamiento. Exige que se registren “hechos”, “datos”, y que se establezcan las relaciones constantes que los vinculan. Y prohíbe ir más allá. El positivismo es, en lo fundamental, un agnosticismo. Todo pensamiento que se esfuerce por superar la película superficial de las apariencias “dadas”, del empirismo, es tachado con desprecio, por el positivismo, de “metafísica”.

El mérito de Marx consiste en haber demostrado que la objetividad no es el registro de “datos” colocados todos en un mismo plano, entre los cuales se buscan las leyes, que no serían, según la definición positivista, otra cosa que “relaciones constantes entre los fenómenos”. Semejante actitud conduce fácilmente a la apología del hecho consumado.

Esto es evidente para la economía política, pero también es cierto en otros dominios, como por ejemplo en historia. En El 18 Brumario Marx hace este reproche a Proudhon: “Proudhon intenta presentar el golpe de Estado como resultado de un desarrollo histórico anterior. Pero, entre las manos, la construcción histórica del golpe de Estado se le convierte en una apología histórica del héroe del golpe de Estado. Cae con ello en el defecto de nuestros pretendidos historiadores objetivos. Yo, por el contrario, demuestro cómo la lucha de clases creó en Francia las circunstancias y condiciones que permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de héroe”11.

Es preciso volver a los análisis de El Capital para comprender cómo supera Marx el positivismo en economía política y en historia. El método de Marx consiste en investigar las relaciones humanas ocultas detrás de la apariencia objetiva de las cosas, las contradicciones de clase, como motor escondido del desarrollo histórico. Y en ese terreno el materialismo marxista, descubre detrás de los fenómenos aparentes, las verdaderas causas del movimiento. A la definición positiva de la ley -relación constante entre los fenómenos- se opone la concepción marxista: “La vinculación interna y necesaria entre dos apariencias”12.

En su estudio sobre “el contenido económico del populismo”, de 1894, Lenin trazó con precisión las fronteras entre el “objetivismo” burgués y el “materialismo” proletario: “El objetivista habla de la necesidad de un proceso histórico dado; el materialista hace constar con precisión que existen la formación social-económica dada y las relaciones antagónicas engendradas por ella. Al demostrar la necesidad de una serie dada de hechos, el objetivista siempre corre el riesgo de convertirse en un apologista de los mismos; el materialista pone al desnudo las contradicciones de clase, y al proceder así fija ya su posición. El objetivista habla de ‘tendencias históricas invencibles’; el materialista habla de la clase que ‘administra’ el orden de cosas económico dado, creando determinadas formas de reacción de las otras clases. Como vemos, el materialista es, de una parte, más consecuente que el objetivista y aplica su objetivismo con mayor profundidad y plenitud. No se limita a señalar la necesidad del proceso, sino que aclara qué formación social-económica es precisamente la que da su contenido a ese proceso, qué clase, precisamente, determina esa necesidad. En el caso dado, por ejemplo, el materialista no se limitará a hacer constar que hay ‘tendencias históricas invencibles’ y señalaría la existencia de ciertas clases que determinan el contenido del orden de cosas dado y excluyen cualquier posibilidad de salida que no sea la acción de los productores mismos. Por otra parte, el materialismo supone el partidismo, por decirlo así, imponiendo siempre el deber de defender franca y abiertamente el punto de vista de un grupo social concreto siempre que se enjuicie un acontecimiento”13.

Así la primera exigencia del materialismo dialéctico, que se identifica con el “punto de vista” del proletariado, es la de reconocer la realidad. Y la realidad no es solo el fluir superficial de las apariencias que el positivismo se limita a registrar, sino el devenir profundo de las esencias, cuyos encadenamientos necesarios expresa la dialéctica.

Semejante oposición de los “puntos de vista” de la burguesía y del proletariado no vale solo para la economía política y la historia, ni incluso para las ciencias sociales en general, sino que, en estas ciencias, la ideología burguesa representa un papel mucho más evidente que en las ciencias de la naturaleza.

Ese “punto de vista” de la burguesía no es solo el positivismo; es también el individualismo, que es a la vez expresión de las condiciones de existencia del hombre en la sociedad burguesa y de la rebelión contra esas condiciones. Cuando la economía mercantil, y luego la división del trabajo, aíslan a cada individuo y amenazan a cada instante con aplastarlo con toda la fuerza ciega de sus leyes inmanentes, el individualismo es la reacción de defensa del individuo contra esas presiones mortíferas. Y esa pretensión de autonomía o, cuando menos, de “independencia” del pensamiento, viene a reforzar aun más las ilusiones del idealismo.

Esta “alienación” del pensamiento burgués va mucho más allá de la economía política y de la historia. Se extiende a todos los dominios del pensamiento, incluso los de la filosofía, la literatura, el arte y las ciencias de la naturaleza. Marx lo demostró en primer lugar para la filosofía: “Hegel -escribe- se coloca en el punto de vista de la economía moderna.”14 Este “punto de vista” que es a la vez el de la burguesía y el de la alienación, nace de las condiciones de la realidad misma. Todas las ilusiones del pensamiento surgen de la alienación de nuestra vida real, las contradicciones del pensamiento reflejan las contradicciones que existen en la realidad.

Las ilusiones especulativas de Hegel encuentran aquí su fuente:

- La creencia en una actividad autónoma del pensamiento.

- La ilusión de una creación de la realidad por el pensamiento.

- La inversión fundamental por la cual el conocimiento se identifica con la realidad o se convierte mas bien en la única realidad.

- La esclerosis del método dialéctico que se fija en un sistema inmutable.

La influencia del desarrollo social, en las ciencias, es igualmente considerable, y el “punto de vista” burgués, en ese dominio, niega esta influencia y tiende a hacer creer en un desarrollo autónomo del conocimiento científico, que se movería libremente por encima de las fuerzas productivas, de las relaciones de producción y de las superestructuras.

Sin demorarnos en los detalles de esta demostración, que por lo demás ya hemos hecho, nos bastará con recordar que:

1° El desarrollo de las fuerzas productivas representa un papel de importancia en el desarrollo de la ciencia.

Antes de nada, porque las exigencias de la técnica plantean problemas a la ciencia. Por ejemplo, si tres sabios -Carnot en Francia, Joule en Inglaterra, Mayer en Alemania- descubrieron simultáneamente, y en forma independiente uno de otros, la equivalencia entre el calor y el trabajo, ¿no es acaso porque esas leyes abstractas aportaban una solución al problema técnico esencial que se planteaba ante los ingenieros de la época: el del funcionamiento de la máquina de vapor?

En segundo término, porque el desarrollo de las fuerzas productivas permite aplicar e introducir en la vida de las ideas científicas, y proporciona a las ciencias sus instrumentos de investigación (telescopios, microscopios, etc.)

Y, finalmente, porque ese desarrollo orienta en gran medida las formas y los métodos de organización de la ciencia, gracias al sistema de las bibliotecas, de los laboratorios, de la imprenta, del microfilm, de los diversos procedimientos de intercambio cultural, etc.

2° El estado de las relaciones de producción representa un papel determinante en el desarrollo de la ciencia.

En primer lugar, porque de esas relaciones depende la orientación y la utilización de la ciencia. El maquinismo, la psicología, la sociología, son puestos a disposición del capital para aumentar la productividad, la biología se convierte, no en una ciencia de la vida, sino en la ciencia de la muerte para la preparación de una guerra bacteriológica; la física nuclear se orienta hacia la fabricación de bombas o bien hacia la producción de energía para usos pacíficos.

Luego, porque de las relaciones de producción depende la organización social de las instituciones científicas: laboratorios de investigaciones colocados bajo la dependencia de las publicaciones de libros o revistas en relación con las casas editoras; secreto de las investigaciones exigido por la competencia; maltusianismo científico de los monopolios en previsión de crisis económicas; desarrollo desigual de las ciencias en función de la rentabilidad de las investigaciones en un régimen dominado por la ley de la ganancia máxima, etc.

3° Las superestructuras, y en especial las concepciones religiosas o filosóficas de las clases sucesivamente dominantes, representan un papel considerable en el desarrollo de las ciencias.

Es notable, en particular, que la ideología de las clases decadentes desempeña un papel de freno en relación con la investigación científica. El feudalismo decadente, con su ideología católica, no se conformó con quemar o condenar por la Inquisición a los pensadores de tendencia materialista, desde Giordano Bruno a Descartes (cuyas enseñanzas fueron prohibidas en la Sorbona “por toda la vida”), sino aun a los sabios cuyas enseñanzas contradecían las de la iglesia, como Galileo.

Hoy la ideología de la burguesía decadente ha llegado a crear falsas ciencias como la “geopolítica”, elogiada para justificar el expansionismo agresivo de los hitleristas; a establecer falsas leyes como la pretendida “ley de la fertilidad decreciente de los suelos”, que no expresa otra cosa que los efectos devastadores de los métodos capitalistas de agricultura y que se pretende erigir en ley objetiva de la naturaleza. Finalmente, con formas más sutiles, las interpretaciones filosóficas se infiltran hasta el corazón de las teorías científicas, ya sea para imponer extrapolaciones arbitrarias a partir de hechos reales, como, por ejemplo, las teorías de “la expansión del universo”, por las cuales el canónigo Lemaitre se esforzó en justificar las concepciones “creacionistas” de la iglesia; ya sea para orientar a las ciencias en el sentido del irracionalismo caro a la burguesía decadente. Para negar la existencia de un desarrollo objetivo necesario de la historia, en nombre del cual el marxismo ha demostrado que el capitalismo se encaminaba a la ruina, se ha llegado a apoyar toda tentativa de negar la existencia de leyes objetivas en general, aun en la naturaleza, y a demostrar alta estima a toda doctrina “indeterminista”. El físico Jordan, en su libro La física del siglo XX, publicado en Nueva York en 1944, subraya con orgullo que su concepción del mundo, indeterminista e idealista, permite “la liquidación del materialismo” y garantiza un espacio vital a la religión. El astrónomo inglés Eddington desarrolla el mismo tema en su libro La naturaleza del mundo físico. Y Bertrand Russell, en su obra, sobre El espíritu científico y la ciencia en el mundo moderno, explica crudamente que las concesiones de los sabios a la religión son la acción de “ciudadanos aterrorizados por la guerra de 1914-1918 y la revolución rusa”, deseosos de “defender la virtud y la propiedad”.

Sería manifiestamente absurdo atribuir a todo sabio influido por el idealismo o el indeterminismo el designio conciente de ponerse al servicio de la reacción social, pero lo cierto es que las fuerzas de la reacción social, que tienen a su disposición la casi totalidad de los medios de difusión del pensamiento -en particular las editoriales y las revistas-, y, por intermedio del Estado, la universidad, hacen el máximo de ruido en torno a la propaganda de las ideas que las sirven y organizan en silencio sobre las demás.

Es así que la ideología de la clase dominante se convierte en la ideología dominante. En la hora actual, en las ciencias, esa ideología dominante es la del positivismo, que se acomoda a todas las variantes del idealismo y del indeterminismo. Esta ideología es tanto más insidiosa cuanto que se hace pasar como carente de toda ideología y adula la inclinación de muchos sabios a despreciar la filosofía.

Por lo tanto se trata de una ilusión: “Sea cual fuere el desdén que se abrigue por todo pensamiento teórico -hacía notar Engels-, no es posible vincular los hechos de la naturaleza o entender las relaciones existentes entre ellos sin pensamiento teórico”15. La elección no es, entonces, entre una teoría y una simple descripción positivista de los fenómenos, sino entre una teoría falsa (que es una teoría, aunque lo ignore) y una teoría justa. “El empirismo exclusivo, que cuando mucho se permite pensar bajo la forma de cálculo matemático – agrega Engels-, se imagina que opera solo con hechos innegables. Pero en realidad opera principalmente con las ideas tradicionales, con los productos en gran parte superados del pensamiento de sus antecesores… Estas ideas tradicionales le sirven de base para cálculos matemáticos al infinito, en el curso de los cuales el rigor de la formulación matemática le hace olvidar agradablemente la naturaleza hipotética de las premisas”16.

Por lo demás no basta con decir que ese positivismo proviene de una filosofía errónea. Constituye un freno para la propia investigación científica, la esteriliza. En un estudio sobre Henri Poincaré, Louis de Broglie ha demostrado cómo la filosofía relativista y positivista de Poincaré terminó por “esterilizar” algunas de sus investigaciones y principalmente le impidió entrever la teoría de la relatividad: “El punto de vista ultracrítico de Henri Poincaré puede ser un poco peligroso, ya que inspira un escepticismo injustificado en relación con las teorías científicas. Algunos ejemplos bastan para demostrar que existe siempre una infinidad de teorías posible para explicar los mismos hechos experimentales, y nos parece seguro que incluso cuando hay una gran cantidad de teorías lógicamente equivalentes el físico puede, con todo derecho, pensar que una de ellas se adapta más a la realidad física profunda, es más susceptible de generalización, más apta para revelarnos armonías ocultas. El escepticismo de Poincaré podía ser desalentador y esterilizante. Quizás él mismo lo había esterilizado un poco en sus investigaciones de física teórica, ya que, como tenía un conocimiento profundo de las dificultades de la electrodinámica de los cuerpos en movimiento, que presentan el carácter general del principio de relatividad, no supo percibir esa magnífica doctrina de la relatividad, que se impuso bruscamente al espíritu más joven y menos escéptico de Albert Einstein. Convencido de que, con la ayuda de hipótesis apropiadas, es siempre posible considerar el aspecto físico como euclidiano, ¿habría podido Poncaré -como lo hizo Einstein algunos años después de su muerte- pasar de la relatividad restringida a la relatividad general, con solo considerar la métrica del espacio-tiempo como no euclidiana y extraer de esa intuición geométrica sobre la naturaleza del espacio-tiempo la magnífica interpretación de las leyes de la gravitación, que hoy ya es clásica?17.

En resumen, aparece claro que hoy, para el libre desarrollo del pensamiento y de la ciencia, es necesario liberarse del “punto de vista” de la burguesía, que es de la alienación y que, debido precisamente a esa alienación, conduce al idealismo, al individualismo, al positivismo, que constituyen otros tantos frenos para el desarrollo de la cultura, del arte, de las ciencias, de la filosofía.

El “punto de vista” de la burguesía es el de la alienación.

El “punto de vista” de la clase obrera es el de la práctica.

¿Cómo puede realizarse el paso de uno a otro, y cuáles son las consecuencias filosóficas de ese cambio del punto de vista de clase?

Aquí, una vez más, el paso de la economía política burguesa al marxismo nos permitirá aclarar el problema. La economía política clásica parte de la situación creada por el modo capitalista de producción como de un dato natural y eterno. Así se desarrolló en el interior del capitalismo y, por consiguiente, en el interior de la alienación.

Para superar ese punto de vista superficial que solo permite clasificar hechos considerados como datos irreductibles, medirlos y extraer las relaciones que los vinculan; para descubrir lo que la economía burguesa consideraba como un dato inicial, la propiedad capitalista, por ejemplo, una relación entre los hombres -y una relación contradictoria-, había que ubicarse en un punto de vista distinto del punto de vista del burgués: en el “punto de vista” del que experimenta esa contradicción, que es aplastado o desgarrado por ella. Ya hemos visto que desde el punto de vista del patrono la compra de una máquina o la contratación de un obrero se expresa, en el cálculo del precio de venta, por la misma operación de contabilidad. Desde el punto de vista del obrero, la introducción de una nueva máquina crea una serie de dramas personales: amenaza de desocupación, aceleración del ritmo de trabajo, nuevos riesgos, etc. El obrero experimenta muy concretamente esa diferencia y se rebela contra ella en forma más o menos frustradas desde principios del siglo XIX, en que reacciona espontáneamente destruyendo las máquinas.

Esto quiere decir que los problemas se plantean en forma distinta en la cabeza del ideólogo burgués, que acepta como datos de hecho y como datos necesarios y naturales el conjunto de las condiciones del sistema burgués, y en la cabeza del obrero, que siente pesar sobre sí el conjunto de esas condiciones como amenazas. “Pero esos obreros de masas, comunistas, que trabajan, por ejemplo, en los talleres de Manchester y Lyon, no creen que puedan eliminar mediante ‘el pensamiento puro’ a sus amos industriales y su propia humillación práctica. Se dan cuenta, muy dolorosamente, de la diferencia que existe entre el ser y el pensar, entre la conciencia y la vida. Saben que la propiedad, el capital, el dinero, el trabajo asalariado, etc., no son precisamente quimeras ideales de sus cerebros, sino creaciones muy prácticas y muy materiales de su autoenajenación, que solo podrán ser superadas, asimismo, de un modo práctico material, para que el hombre se convierta en hombre, no solo en el pensamiento, en la conciencia, sino en el ser real, en la vida.”18

Al oponer de este modo, a los filósofos especulativos, el punto de vista de la clase obrera; Marx subraya que, cuando se reflexiona sobre el mundo tal como es experimentado y vivido en la práctica cotidiana del obrero y no solo en la especulación del ideólogo, los problemas se postulan en términos materialistas. El obrero no lucha solo con los símbolos, sino también con las cosas. Su punto de vista es el de la práctica y no el de la alienación.19 Y la filosofía puede pasar de las luchas ideales a las luchas reales ubicándose en ese punto de vista de la clase obrera, y no en el de la burguesía.

“La solución de las oposiciones teóricas solo es posible de una manera práctica20 escribe Marx, subrayando con ello que, en un régimen social donde las contradicciones engendran y nutren la alienación, la única manera de superar la alienación es la de luchar por la destrucción de ese régimen. Pero esa lucha implica una toma de posición política, una posición de clase. Supone que se toma partido, en la lucha de clases, por aquella clase que encarna el momento de la negatividad de la dialéctica histórica; que se adopta el punto de vista de la clase obrera; que ésta, en razón de su situación objetiva, no solo tiene necesidad -a la manera de las diversas escuelas de la filosofía burguesa- de cambiar el modo de ver las cosas, sino de cambiar el orden mismo de las cosas.

Esta génesis del pensamiento marxista permite disipar las confusiones que los adversarios del marxismo o los vulgarizadores simplistas han acumulado sobre estos problemas:

No es cierto que la posición de partido, en filosofía y en las ciencias, conduzca a un subjetivismo de clase.

No es cierto que, al hablar del “punto de vista de la clase obrera”, se conceda al proletariado una especie de ciencia infusa y se sustituya la filosofía por la “espontaneidad” de la clase obrera.

No es cierto que, al afirmar la necesidad de ubicarse en el punto de vista de la clase obrera antes de elaborar una ciencia plenamente objetiva, se exija un acto de fe arbitrario y se caiga en el voluntarismo.

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(*) Garaudy, Roger, Humanismo marxista (Cinco ensayos polémicos), parte IV, Sobre los intelectuales. Ediciones Horizonte, octubre de 1959, Buenos Aires, Argentina.

(9) “Manuscritos de 1844”, capítulo sobre “El trabajo alienado”.

(10) Véase el capítulo I: “Sobre la alienación”.

(11) Prefacio a la segunda edición alemana (1869) de El 18 Brumario de Luis Bonaparte, en Mrax-Engels, Obras escogidas, Ed. Cartago, B. Aires, 1957, pág. 157.

(12) El Capital.

(13) Lenin: Obras completas, Ed. Cartago, B. Aires, 1958, t. I, págs. 419-420. Véase también pág. 454: “El punto de vista marxista es el del descubrimiento de las contradicciones de clase en la acción de la sociedad y del Estado”. Véase igualmente pág. 463: “El marxismo considera necesario estudiar con todo detalle las clases que se forman en la sociedad capitalista y estima fundada únicamente la crítica hecha desde el punto de vista de una clase determinada, una crítica que no se base en los razonamientos ‘morales’ del individuo, sino en la formulación exacta del proceso que se produce efectivamente en la sociedad”.

(14) C. Marx: “Manuscritos de 1844: Economía política y filosofía”, Obras filosóficas, t. VI, pág. 70.

(15) F. Engels: Dialéctica de la naturaleza.

(16) F. Engels: Dialéctica de la naturaleza.

(17) L. de Broglie: Savants et découvertes, “Notice su Poincaré”, pág. 55, Albin Miche, 1951.

(18) La sagrada familia, ed. cit., pág. 118.

(19) Esto no excluye de ninguna manera que el obrero sea víctima también él, por el juego de la economía monetaria en la cual participa y por la presión de la ideología de la clase dominante, de ilusiones engendradas por la alienación.

(20) “Manuscritos de 1844”, Obras filosóficas, t. VI, pág. 34 (véase también pág. 63).

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