Stalin.
Historia y Crítica de una Leyenda Negra
(25)
Domenico
Losurdo
Universalidad
abstracta y terror en la Rusia soviética
En el análisis de Hegel, si
el terror es resultado no de la situación objetiva, no de una ideología, debe
imputársele en primer lugar al mesianismo anarcoide; al universalismo abstracto
que, en su huida lejos de todo elemento articular y determinado, consigue
expresarse sólo como «furia disolvente». En lo que respecta a la revolución
bolchevique no se debe perder de vista el estado de excepción permanente, provocado por la intervención y
asedio imperialista. El componente más propiamente ideológico del terror remite
sin embargo al culto de la universalidad y de la utopía abstracta, que
obstaculiza la acción del nuevo grupo dirigente y acaba provocando su fractura
interna. Es interesante ver de qué modo a mediados de los años treinta Trotsky,
dejando atrás las sabias críticas a Kollontai, se mofa de la rehabilitación
estaliniana de la familia:
Cuando
se esperaba confiar al Estado la educación de las jóvenes generaciones, el
poder, lejos de preocuparse por defender la autoridad de los mayores, del padre
y de la madre en especial, trató, por el contrario, de separar a los hijos de
la familia para inmunizarlos contra las viejas costumbres. Todavía
recientemente, durante el primer periodo quinquenal, la escuela y las Juventudes
Comunistas solicitaban ampliamente la ayuda de los niños para desenmascarar al
padre ebrio o a la madre creyente, para avergonzarlos, para tratar de
"reeducarlos". Otra cosa es el éxito alcanzado. De todas maneras,
este método minaba las bases mismas de la autoridad famíliar.309
Por su contribución al
mantenimiento de las «viejas costumbres» y por tanto de la ideología y el
particularismo del antiguo régimen, la familia es identificada como un obstáculo que la marcha de la
universalidad está llamada a derribar o golpear. La denuncia de la «autoridad
familiar» produce no una disminución, sino incluso un suplemento de violencia.
El mismo resultado produce la condena de la Constitución y el derecho como
instrumentos del dominio burgués. A partir de estos presupuestos es imposible
realizar e incluso pensar en un Estado socialista de derecho. Naturalmente
existe una contradicción entre el homenaje al ideal de la extinción del Estado
y el recurso al Estado a la hora de intervenir también en el ámbito de las
relaciones familiares, pero es la contradicción que constantemente se
manifiesta entre la retórica libertaria del universalismo abstracto y las
prácticas violentas que acaba por estimular.
Llegados a este punto
estamos obligados a hacer una consideración ulterior. La tendencia a ver en el
particular en cuanto tal un elemento de perturbación o de contaminación de la
universalidad se manifiesta más allá del grupo dirigente bolchevique. Piénsese en la desconfianza u hostilidad con la
que Rosa Luxemburg contempla los movimientos nacionales, a los que se les
reprocha el olvido de la causa internacional del proletariado. Después de la
Revolución de octubre, la gran revolucionaria critica por un lado a los
bolcheviques por su carencia de respeto por la democracia o incluso su
liquidación activa, pero por el otro los invita a «sofocar desde su nacimiento,
con puño de hierro, toda tendencia separatista» proveniente de los «pueblos sin
historia», «cadáveres putrefactos que surgen de sus milenarios sepulcros.»310
Y ahora vemos de qué manera
Stalin describe los efectos de la «revolución socialista» sobre la cuestión
nacional:
Ésta,
socavando los estratos más profundos de la humanidad y empujándolos a la escena
política, le insufla nueva vida a toda una serie de nuevas nacionalidades,
antes desconocidas o poco conocidas. ¿Quién habría podido pensar que la vieja
Rusia de los zares representaría no menos de cincuenta naciones y grupos
nacionales? Sin embargo, la Revolución de octubre, rompiendo las viejas cadenas
y haciendo surgir toda una nueva serie de nacionalidades y pueblos olvidados,
les ha dado nueva vida y desarrollo.311
Llegamos aquí a un resultado
paradójico, al menos desde el punto de vista de los habituales balances
históricos y de los estereotipos ideológicos hoy dominantes. Respecto a los
pueblos que «emergen de sus milenarios sepulcros», según el lenguaje de
Luxemburg, o los «pueblos olvidados» según Stalin, es Rosa Luxemburg quien
manifiesta una actitud más amenazante o represiva.
Desde luego, en lo que
respecta al juicio sobre aquel que realmente ha ejercido el poder, se tratar de
ver si la praxis ha correspondido a la teoría, y hasta qué punto. Queda claro
que es el universalismo abstracto de Luxemburg el que muestra potencialmente
una mayor carga de violencia, ya que, en el transcurso de toda su evolución se
ha mostrado inclinada a leer las reivindicaciones nacionales como una
desviación respecto a la ruta principal del internacionalismo y el
universalismo.
Alcanzamos un resultado
comparable sí, siempre sobre la cuestión nacional, comparamos esta vez a Stalin
y Kautsky. A la teoría formulada por el dirigente socialdemócrata alemán, en base a la cuál con la victoria del
socialismo en un sólo país o grupos de países, y ya desarrollada la
sociedad democrático-burguesa, se
disolverían o tenderían a disolverse las diferencias y particularidades
nacionales, el primero replica: tal visión, que ignora de manera superficial
«la estabilidad de las naciones», acaba abriendo de par en par las puertas de
la «guerra contra la cultura nacional» de las minorías o pueblos oprimidos, a la «política de asimilación» y «colonización»; a la política
preferida, por ejemplo, por los «germanizadores» y «rusificadores» de Polonia.
También en este caso, es una universalidad incapaz de abrazar lo particular la
que estimula la violencia y la opresión. Siempre dentro del contexto de la
comparación entre las diferentes teorías, este universalismo abstracto le es
más próximo a Kautsky que a Stalin.
Al igual que el dirigente
socialdemócrata alemán, también Rosa Luxemburg critica duramente a los
bolcheviques por su reforma agraria «pequeñoburguesa», que concede la tierra a
los campesinos. A esta visión se puede contraponer la de Bujarin, según el cual
en las condiciones de la Rusia de aquel momento, con el monopolio del poder
soviético firmemente mantenido por los bolcheviques, precisamente eran los
«intereses privados» y el impulso dado al enriquecimiento de los campesinos y
otros estratos sociales los que habrían podido contribuir al desarrollo de las
fuerzas productivas y, en última instancia, a la causa del socialismo y del
comunismo312. Se ha producido un cambio significativo en Bujarin: si en ocasión del tratado de
Brest-Litovsk había dado pruebas de universalismo abstracto respecto a la
cuestión nacional, sin embargo ahora, en relación con la NEP y la cuestión agraria, para Bujarin el proceso de
construcción de la universalidad está llamado a avanzar también a través de la
oportuna utilización de intereses particulares Estamos en presencia de un
proceso de aprendizaje y de una reflexión autocrítica de extraordinario interés, que nos ayudan a comprender lo
que en nuestros días ha ocurrido en países
como China y Vietnam. Así prosigue Bujarin:
Nos
imaginábamos las cosas de la siguiente manera: alcanzamos el poder, lo tomamos casi todo en nuestras manos, ponemos en
funcionamiento en seguida una economía planificada, no pasa nada si surgen dificultades,
en parte las eliminamos, en parte las superamos, y la cosa concluye felizmente.
Hoy vemos claramente que la cuestión no se resuelve así.
La pretensión de «organizar
la producción por medio de órdenes, por medio de la coerción», lleva a la
catástrofe. Superando esta «caricatura de socialismo», los comunistas se ven
obligados por la experiencia a tener en cuenta la «enorme importancia del incentivo
privado individual» con el objetivo de desarrollar las fuerzas productivas, «un
desarrollo de las fuerzas productivas que nos conduzca al socialismo y no a la
completa restauración del denominado capitalismo "sano"»313.
Clamar, sin embargo, como hacían Trotsky y la oposición, por la «degeneración»
de la Rusia soviética a causa de la persistencia de la economía privada en el
campo y la «colaboración de clase» de los comunistas con los campesinos (y con
los estratos burgueses tolerados por la NEP), habría llevado al fin de la «paz
civil» y a una gigantesca «noche de San Bartolomé»314.
¿Lo que determinó la derrota
de Bujarin, fue solamente la necesidad de acelerar al máximo la
industrialización del país en previsión de la guerra, o bien contribuyó también
la hostilidad irreductible hacia toda forma de propiedad privada y economía
mercantil? Es un problema del que nos ocuparemos ulteriormente. Se puede ya
desde ahora fijar un punto de referencia: el universo concentracionario alcanza
su cénit tras la colectivización forzada de la agricultura y el puño de hierro
contra las tendencias burguesas y pequeñoburguesas entre los campesinos,
miembros por lo demás de los «pueblos sin historia», por usar el desafortunado
lenguaje que Luxemburg retoma de Engels. Más allá de los errores o brutalidad
de este u otro dirigente político, no hay dudas sobre el funesto papel
desarrollado por un universalismo incapaz de subsumir y respetar lo particular.
Las páginas que hemos
empleado de Hegel (el autor en el que Lenin descubre «raíces del materialismo histórico»315)
son como la refutación anticipada de la explicación del "estalinismo"
contenida en el denominado Informe secreto de 1956 pronunciado en ocasión del
XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética. Sería desde luego
desleal pretender que Kruschov estuviese a la altura de Hegel, pero es curioso
que la tragedia y el horror de la Rusia soviética continúen imputándoseles a
una única persona, y de hecho a un único chivo expiatorio, como si no hubiese
existido nunca el extraordinario análisis que en la Fenomenología del espíritu
dedica a la «libertad absoluta» y al «Terror».
_____________
(309) Trotsky (1988), pp.
845-6 (= Trotsky, 1968, p. 141).
(310) Para el análisis
dedicado en estas páginas a Rosa Luxemburg me remito a Losurdo (1997), cap. VII,
§ 2.
(311) Stalin (1971-73), vol. 7, p. 120 (= Stalin, 1952-56, vol. 7, pp. 159-60).
(312)
Bujarin (1969a), pp. 160 y 168.
(313) lbid, pp. 159 y 161.
(314) Bujarin (1969b), p. 113 y Bujarin (1969a), p.
169.
(315) Lenin (1955-70), vol. 38, p. 313. Hegel
(1919-20), pp. 896-7. 140.
No hay comentarios:
Publicar un comentario