lunes, 2 de marzo de 2026

Los intelectuales

Sobre los Intelectuales

(Primera parte)

Roger Garaudy

A. SITUACIÓN DE LOS INTELECTUALES

Las primeras formas de la división del trabajo, al separar la actividad manual de la actividad espiritual, hicieron del trabajo intelectual un privilegio de la clase dirigente.

Esto es lo que muestra la historia de todas las sociedades esclavistas de la antigüedad. Para los griegos, el trabajo manual es únicamente cosas de los esclavos, en tanto que el pensamiento es patrimonio de hombres libres. Cuando Platón describe su “República” ideal, que no es más que una trasposición idealizada de la realidad ateniense, distingue, por una parte, a los que dirigen y piensan, y, en el otro polo, a los que ejecutan materialmente los trabajos. En los dos, una fuerza armada garantiza la obediencia de los ejecutantes.

Esta oposición del trabajo manual y del pensamiento constituye la raíz social del idealismo. En toda sociedad de clases, la separación entre el pensamiento ordenador y la producción material crea la ilusión, no solo de la independencia del pensamiento que “planea” por encima de la realidad material y de la acción práctica, sino también de la primacía del pensamiento.

El régimen feudal no modifica para nada esta situación. El trabajo manual es ejecutado por los siervos o por los artesanos de las ciudades, y las funciones dirigentes e intelectuales son el privilegio de los dos “órdenes” dominantes, de la nobleza y el clero; la primera ejerce las funciones de jefes militares, de administradores, de jueces, y el clero, estrechamente vinculado a la clase feudal, ya que poseía, como ésta, la propiedad de la tierra y gozaba de todos los privilegios sociales emergentes de esa propiedad, ejerce, prácticamente a la vez que ejercía casi todas las otras funciones intelectuales: no solo el ministerio religioso, sino la enseñanza, el trabajo artístico, literario, científico. También aquí la dominación de clase, con el agregado de la primacía de la religión, aseguran el privilegio de las funciones intelectuales, de los “espiritual” por encima de toda otra actividad.

Solo en el régimen capitalista dejan los intelectuales, no solo de identificarse con la clase dirigente, sino incluso de formar una clase homogénea. Las funciones intelectuales se diversifican. Por empezar, como lo hacía notar Antonio Gramsci, están las categorías de intelectuales que el capitalismo crea como sus propios órganos y “segrega” en cierta medida en el curso de su propio desarrollo: el técnico y el ingeniero, el especialista en economía política, los juristas que, sobre la base del nuevo derecho, son los encargados de elaborar en doctrina y de perpetuar en la práctica las nuevas relaciones de clase; los funcionarios del Estado burgués, los creadores de la nueva cultura y los que están encargados de difundirla y enseñarla.

Estas categorías de intelectuales, engendrados por el capitalismo, se desarrollan naturalmente con él. Su número no cesa de crecer, no solo porque crecen las exigencias técnicas del capitalismo, sino porque la clase dominante, la que posee los medios de producción, se descarga cada vez más de sus funciones técnicas y las confía a especialistas asalariados.

Cuánto más aumenta el número de intelectuales, más dependientes se tornan esos intelectuales de la economía capitalista y con más fuerza se ven sometidos a sus leyes.

Esto no rige solo para los ingenieros, que son pagados por los patronos para realizar las tareas técnicas; no solo rige para los periodistas de la prensa o la radio, empleados de la gran burguesía para ejecutar las tareas políticas de justificación del régimen; no solo rige para los educadores, funcionarios del Estado de clase a quienes la burguesía exige, cada vez más, retaceándoles cada día sus libertades, que difundan la ideología de la clase dominante. También rige para los pintores, los escritores, los músicos, los actores, los sabios, a quienes cada vez les resulta garantizar su propia “independencia”, incluso en la forma artesanal, y que dependen cada vez en mayor medida de los vendedores de cuadros, de los editores, de los laboratorios de las grandes firmas, de los empresarios de espectáculos, y cuya condición es cada vez más próxima a la de los asalariados en la dependencia con respecto a sus patrones.

Cada vez más fuertemente integrados en el régimen mercantil y sometidos a sus leyes, los propios creadores, cuando crean “valores”, crean “valores” en el sentido económico del término, mercancías sometidas a todas las vicisitudes de la especulación y la explotación.

Marx analizó en forma minuciosa esa evolución de la idea misma que la economía burguesa se hace del intelectual. Al recordar las teorías de Adam Smith sobre el trabajo “improductivo”, subraya que “se trata del lenguaje de la burguesía revolucionaria, que todavía no ha sometido a toda la sociedad. Todas estas profesiones elevadas, las del soberano, los jueces, los oficiales, los sacerdotes, etc., son puestas, desde el punto de vista económico, al mismo nivel que las de los lacayos y los bufones mantenidos por los ricos ociosos… en cuanto los trabajos intelectuales entran al servicio de la producción capitalista, se produce un viraje, y la burguesía trata de justificar, desde su propio punto de vista económico, lo que ha combatido hasta entonces”.1

Desde el punto de vista estrictamente científico de la economía marxista, que llama trabajo productivo a todo trabajo que produce plusvalía para el capitalista,2 “un escritor es un obrero productivo, no porque produzca ideas, sino porque enriquece al librero-editor y por lo tanto es asalariado por el capitalista.”3

Esta situación se torna cada vez más difundida entre los intelectuales, a quienes se puede agrupar, desde el punto de vista económico, en tres categorías principales:

1°Los funcionarios, como por ejemplo los profesores de la enseñanza pública, que reciben una parte de la plusvalía;

2° Los asalariados al servicio de las empresas capitalistas, como los ingenieros, los periodistas, pero también los escritores, la mayoría de los artistas que trabajan para grandes empresas de edición o de espectáculos. Estos son productores de plusvalía;

3° Los que producen, sea “mercancías” en forma artesanal (por ejemplo el pintor, que vende sus telas sin pasar por el comprador de cuadros), sea “servicios”, como los médicos o los abogados. Esta es la única categoría que se mantiene, en cierta medida, al margen del circuito de la plusvalía y que es la categoría de los “improductivos”.

Estas características de las diversas categorías de intelectuales nos permiten antes que nada definir sus posiciones de clase, medir su dependencia en relación con la clase dominante y entender las razones de su unión, cada vez en mayor número, a la lucha del proletariado.

Pero a medida que se acelera la decadencia de la burguesía, ésta hace que su dominación resulte cada vez más insoportable; antes que nada por el maltusianismo económico que caracteriza su decadencia, y también por miedo del espíritu crítico que la lleva a sacrificar la enseñanza y la cultura a la policía y el ejército, deja que se vayan degradando las condiciones de trabajo y de vida de los educadores. El salario real de un profesor es hoy es inferior en más de la mitad a lo que era hace cincuenta años, y los locales y los materiales no han crecido al ritmo de las necesidades. Por lo tanto, en el plano material, existe un rencor en relación con el Estado.

A esto se agrega la cólera que nace de razones políticas, de muchas usurpaciones del Estado con respecto a las tradicionales “libertades universitarias” y de las pretensiones discriminatorias que chocan con el tradicional liberalismo de la universidad.

Finalmente, hay razones ideológicas. Cuando la burguesía decadente arroja por la borda el racionalismo, que es una tradición nacional; cuando pisotea, en guerras colonialistas o en abandonos de la soberanía nacional, los intereses y el honor de la nación, los educadores, que se determinan gustosamente por motivaciones ideológicas, adquieren, cada vez en mayor número, conciencia del hecho de que es urgente que la burguesía deje de ser la clase dirigente si se quiere proporcionar un porvenir a la nación y su cultura.

Para los intelectuales directamente asalariados por los patrones, los problemas se plantean en forma distinta. El caso límite es el de los periodistas. El ejercicio de la profesión de éstos depende enteramente del patrono, que solo los emplea en la medida en que defienden, por dinero, las ideas conformes a los intereses de clase del empleador.

La situación del ingeniero es distinta. Es empleado por el patrono, a la vez como especialista de una técnica y como dirigente del personal. Por consiguiente, por sus funciones, es un auxiliar y un instrumento del capitalista, que le confía, no solo la responsabilidad de un trabajo técnico, sino también el mando subalterno de los obreros. Esta dualidad de funciones del ingeniero engendra una mentalidad particular: el papel del jefe se confunde para él con el de técnico, y el ingeniero termina por creer que el aumento de la productividad, aunque sea en detrimento de la salud física y mental del trabajador, o que las economías realizadas, aunque sea a expensas de la seguridad, forman parte de sus tareas técnicas. Y esta confusión le hace adoptar, concientemente o no, el punto de vista de clase del capitalista. Esta solidaridad con el patrono es tanto más fuerte cuanto que la capa privilegiada de los ingenieros participa de algunos de los privilegios del conjunto de los patronos: un tren de vida similar al de éstos, el ejercicio del mando.

Pero, a la inversa, la situación del asalariado lleva en sí el germen de una oposición a la clase patronal, y entre los ingenieros que no son los oficiales de estado mayor del capital sino los oficiales de tropa, los contactos directos con los obreros, si bien viciados por la ambigüedad y el equívoco de la función, permite a muchos de ellos -a una minoría- entender las posiciones de clase del proletariado y a veces de adoptarla.

Para aquellos intelectuales que han conservado una especie de situación artesanal, como por ejemplo ciertos artistas (y es significativo que un gran número de ellos, pintores o escultores, hayan exigido beneficiarse del estatuto fiscal del artesano) sus relaciones con las demás clases sociales, con la burguesía y con la clase obrera, reflejan la ambigüedad de su condición, que es la de todas las clases medias. Sus condiciones de trabajo como “independientes” se asemejan a las de la burguesía, pero la inseguridad del mercado de “productos de lujo”, el hecho de que sean víctimas de la especulación de los empresarios o de los vendedores de cuadros, y el hecho de que los hiera la trivialidad de la burguesía y de su régimen, los conduce hacia la clase obrera. Por el contrario, los separan de ésta su individualismo, su tendencia a la anarquía, que es la reacción habitual de la pequeña burguesía contra el gran capital que la amenaza y la oprime. La obsesión del artesano o el tendero es la de que pueden convertirse en obreros, “perder su independencia” integrándose a los engranajes de la fábrica. En el Manifiesto del Partido Comunista Marx analizó esta contradicción de las clases medias: “…luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales capas medias. No son, pues, revolucionarias, sino conservadoras. Más todavía, son reaccionarias, ya que pretenden volver atrás la rueda de la Historia. Son revolucionarias únicamente cuando tienen ante sí la perspectiva de su tránsito inminente al proletariado, defendiendo así, no sus intereses presentes, sino sus intereses futuros, cuando abandonan su propio punto de vista para adoptar los del proletariado”4

Por lo tanto no resulta sorprendente que esta toma de conciencia haya sido más rápida en las ramas más fuertemente organizadas en empresas capitalistas, y principalmente en las carreras de la cinematografía, y que una gran cantidad de artistas se haya incorporado al combate de la clase obrera y de su partido.

Recíprocamente, en los sectores en los que ese movimiento es muy lento o no ha comenzado aún -en medicina, por ejemplo-, esa evolución es la más difícil. La medicina es una de las categorías de intelectuales que no solo no es engendrada por el desarrollo del capitalismo, sino que conserva caracteres particulares, tradicionales, de su situación anterior. Las antiguas vinculaciones de la medicina con la religión, con las misteriosas virtudes del exorcismo y el milagro, han conservado en la profesión un carácter de casta, agravado por el modo de reclutamiento, que hace de la medicina una carrera de la que están prácticamente excluidos los jóvenes de extracción proletaria. Pero aquí, una vez más, el desarrollo de la medicina social, de los dispensarios, de los médicos de fábrica, ha arrancado al médico al particularismo tradicional y lo ha integrado más estrechamente, posibilitando que un buen número de ellos adquieran conciencia de los problemas que son los de la clase obrera, y posibilitará cada vez más el nacimiento de nuevas solidaridades.

Así, pues, en todas las categorías de intelectuales, mientras la burguesía quiere hacer de ellos sus empleados para las funciones subalternas de la economía, de la política, de la ideología, se dibuja con creciente energía una corriente de comprensión, de simpatía y, finalmente, de solidaridad con la clase obrera, y ello por dos razones principales:

       -En primer lugar porque las condiciones de vida de muchos intelectuales tienden a aproximarse a las condiciones de vida de la clase obrera debido al maltusianismo intelectual de la burguesía decadente;

       -Luego porque los intelectuales, más sensibles que las otras capas de la clases medias a las condiciones ideológicas, adquieren con mayor facilidad conciencia de la bancarrota del pensamiento burgués, de la superioridad teórica del socialismo y del papel histórico de las luchas de la clase obrera.

Esto es lo que hacía notar Marx en el Manifiesto del Partido Comunista: “En los periodos en que la lucha de clases se acerca a su desenlace final, el proceso de desintegración de la clase dominante, de toda la vieja sociedad, adquiere un carácter tan violento, tan agudo, que una pequeña fracción de esa clase reniega de ella y se adhiere a la clase revolucionaria… Y así como antes una parte de la nobleza se pasó a la burguesía, en nuestros días un sector de la burguesía se pasa al proletariado, particularmente ese sector de los ideólogos burgueses que se han elevado teóricamente hasta la comprensión del conjunto del movimiento histórico”5.

¿Qué es entonces lo que puede frenar el paso de una gran cantidad de intelectuales al campo de la clase obrera y de su partido, cuando ese movimiento tiene fuentes objetivas tan profundas?

La corriente ya es poderosa, y ya ha pasado el tiempo en que los intelectuales solo adherían en forma individual al Partido Comunista y constituían excepciones. Hoy los profesores y los artistas, los abogados y los médicos, los sabios y los escritores son en gran número militantes del Partido Comunista francés. Ese número aumenta día a día, y no dejará de aumentar. La reciente creación de la Unión de Estudiantes Comunistas muestra qué atracción ejerce el comunismo sobre la juventud intelectual.

¿Pero cuáles son, en relación con este impulso histórico, objetivo, de los intelectuales en dirección del comunismo, los factores subjetivos que obstaculizan un movimiento aun más vasto?

Por empezar hay una razón común a todas las clases medias: el carácter híbrido, equívoco, de su situación de clase, que tiende a hacerlos oscilar entre los dos polos mayores de la sociedad: la burguesía y el proletariado.

Pero hay también razones propias a los intelectuales en cuanto tales.

Ellas provienen del hecho de que su situación misma les engendra ilusiones.

1° La primera de tales ilusiones es la abstracción. Debido a la división entre trabajo manual y trabajo intelectual, el intelectual, por lo general, no está en contacto directo con las cosas, sino solo con los símbolos de las mismas, y ya hemos hecho notar, desde el comienzo mismo, que ello crea condiciones favorables para el nacimiento de ilusiones. Por lo demás -también lo hemos visto- la ambigüedad de la situación del intelectual entre las diversas clases le proporciona el sentimiento de que no lo empuja ningún interés de clase y de que solo se determina en función de sus conocimientos. De ahí la ilusión de que las ideas que lo animan son independientes de las relaciones de clase y de que él, por encima de las clases, es el representante del interés general y de una moral independiente de las fuerzas económicas y de los antagonismos de clases. Gramsci hacía notar: “Los intelectuales se creen independientes y autónomos. Croce se cree más vinculado a Aristóteles y Platón que a sus contemporáneos”. En Francia esta ilusión ha encontrado su expresión más sistemática en la obra de Julien Benda, La trahison des clercs. Una interpretación idealista de la significación y el papel de los intelectuales franceses en vísperas de la revolución, y que tendía a hacer de ellos los representantes de una verdad absoluta frente al mundo feudal y al oscurantismo religioso, refuerza esta creencia en la autonomía del pensamiento y en su función de dirección social. Este pensamiento, separado del trabajo manual y de las relaciones concretas con lo real, es cautivo de la ilusión de ser la fuerza suprema y el ordenador del mundo. Ello se traduce en la práctica, ya sea por una evasión del mundo real, ya sea por la creencia en la posibilidad de solucionar por medio del pensamiento todas las contradicciones y de sustituir así la lucha brutal por la conciliación intelectual y la evolución pacífica. Este sesgo del espíritu predispone fácilmente al oportunismo. Ya hay en él la fuente de una negación del comunismo, por una parte, porque esta concepción de una moral independiente de las relaciones de clase y de un “objetivo” abstracto se encuentra en las antípodas del materialismo histórico; por otra parte, porque los métodos del oportunismo conciliador se encuentran en contradicción radical con la concepción revolucionaria de la lucha de clases y de la dictadura del proletariado.

2° La segunda ilusión es la del individualismo. En un estudio sobre Franz Mehring que escribió en 1903, en Neue Zeit, Karl Kautsky analizó notablemente las raíces de ese individualismo: el intelectual no está en oposición económica con respecto al proletariado. No es un capitalista. E incluso, si se lo compara con otras clapas de las clases medias, artesanos o agricultores pequeños y medianos, la cuestión de la propiedad de los medios de producción representa para él un papel prácticamente insignificante. Por lo demás, está obligado a vender el producto de su trabajo, y a menudo su fuerza de trabajo, aunque es cada vez más frecuente que sufra la explotación de los capitalistas.

Pero también es cierto que sus condiciones de vida son, en general, mucho más próximas a las de la burguesía que a las del proletariado, y sobre todo que sus condiciones de trabajo no son las del proletariado.

“El proletariado -escribe Kautsky- no es nada mientras sigue siendo un individuo aislado. Toda su fuerza, todas sus posibilidades de progreso, todas sus esperanzas, las extrae de la organización, de la acción concertada con sus camaradas. Se siente fuerte cuando forma parte de un organismo fuerte… el proletariado libra la lucha con la más grande abnegación, como un elemento de una masa anónima, sin tener en cuenta ventajas personales, glorias personales, cumpliendo con su deber en el puesto -sea cual fuere- en que se lo ubica y sometiéndose voluntariamente a una disciplina que penetra todos sus sentimientos y todos sus pensamientos.

“Otra cosa sucede con el intelectual.

“No lucha entregando su fuerza, sino con la ayuda de sus argumentos. Sus herramientas son su saber personal, sus aptitudes personales, sus convicciones personales. Solo puede adquirir alguna importancia si hace valer sus cualidades personales. La plena libertad de expresar su individualidad se le aparece como la primera condición de éxito de su trabajo. Solo se somete con esfuerzo a un objetivo determinado, y se somete a él por necesidad, y no por impulso personal. No reconoce la necesidad de la disciplina para la élite, pero sí para la masa, y por supuesto que se clasifica dentro de la élite.”6

Y Kautsky explica así la influencia ejercida por la concepción nietzcheana del “superhombre” sobre una gran cantidad de intelectuales. Esa visión del mundo reflejaba sus propias aspiraciones llevadas a sus últimas consecuencias. El doctor Stockman, en El enemigo del pueblo, de Ibsen, encarna también, en una forma típica, esa actitud fundamental del intelectual.

Al referirse a esos estudios de kautsky, Lenin, en Un paso adelante, dos pasos atrás, señalaba las características políticas de los intelectuales: “Lo que caracteriza en forma general a los intelectuales en cuanto capar particular en las sociedades capitalistas contemporáneas es… el individualismo y la ineptitud para la organización. Esto es lo que, entre otras cosas, distingue desventajosamente a esta capa social del proletariado; esto es también lo que explica la blandura y la inestabilidad de los intelectuales, cuyas consecuencias tan a menudo ha palpado el proletariado. Y esta particularidad de los intelectuales está íntimamente vinculada con las condiciones ordinarias de su vida, con sus condiciones de trabajo, que se asemejan en muchos sentidos a las condiciones de existencia de la pequeña burguesía (trabajo individual o en muy pequeñas colectividades, etc.)”7.

Y agregaba: “He aquí cómo el proletariado que ha pasado por la escuela de la fábrica puede y debe dar una lección al individualismo anárquico. El obrero conciente ha abandonado sus pañales hace tiempo; ya ha pasado el momento en que huía del intelectual en cuanto tal. El obrero conciente sabe apreciar ese más rico bagaje de conocimientos, ese más vasto horizonte político que encuentra entre los intelectuales socialdemócratas. Pero a medida que se forma entre nosotros un verdadero partido, el obrero conciente debe aprender a distinguir entre la psicología del combatiente del ejército proletario y la psicología del intelectual burgués que exhibe la frase anarquista. Debe aprender a exigir el cumplimiento de las obligaciones que incumben a los miembros del partido, y no solo a los simples adherentes, sino también a ‘los de arriba’”8.

Este individualismo es la fuente de todas las vacilaciones del intelectual. Por empezar, frena su paso al campo del proletariado, su adhesión al Partido Comunista, y lo hace oscilar largo tiempo sobre las posiciones del “intelectual de izquierda”, que ha adquirido conciencia de que la vida intelectual se torna imposible en el mundo de la burguesía, pero que todavía guarda distancia en relación con la clase obrera y, sobre todo, en relación con la organización de combate de la clase obrera, en relación con el partido. E incluso cuando da el paso, cuando el intelectual ha adherido al partido, ese individualismo lo persigue aún durante mucho tiempo, lo hace respingar contra las necesarias disciplinas del combate y le inspira recaídas en el idealismo, en contra de las exigencias concretas de la lucha de clases, en contra de los “medios” de esa lucha o del “tono” de las polémicas.

Y sin embargo, a través de todas esas vacilaciones, y luego de las inquietudes, crece una certidumbre cada vez más profunda en el intelectual que quiere romper valientemente con la esclavitud espiritual de la burguesía decadente. Es que ningún desarrollo auténtico de la cultura y la nación es ya posible sin la clase obrera y contra ella, y no se puede ya esperar un renacimiento de esa cultura y esa patria, si no es por la victoria política de la clase obrera.

Ese es el sentimiento profundo de Jaurés, cuando escribe: “Ahora ya no hay más que una clase que pueda proporcionar al pensamiento una fuerza social: el proletariado. Él, que, según la frase de Marx, no tiene nada que perder, más que sus cadenas, no teme verdad alguna, porque toda verdad le sirve, toda libre crítica que disgregue las concepciones anticuadas y falsas, prepara su advenimiento… La verdadera clase intelectual es la clase obrera, porque no necesita de mentira alguna”.

Así, los problemas de los intelectuales nacen de su misma situación.

Para escapar a las consecuencias espirituales de la decadencia burguesa, con sus mistificaciones, sus falsificaciones y sus mentiras, no hay otro camino, para los intelectuales, que el de unirse a las posiciones ideológicas del partido de la clase obrera.

No hay un “tercer camino”. Las tesis del XIV Congreso del Partido Comunista francés lo recuerdan con firmeza: “Es imposible conciliar la concepción capitalista del mundo y la concepción socialista” (Tesis núm. 45).

De ahí nacen los problemas de los intelectuales. Para escapar al fracaso de la burguesía que los ha formado, se ven obligados a apropiarse de un punto de vista que contradice fundamentalmente la abstracción y el individualismo que constituyen la herencia más tenaz de su formación burguesa. Superar esta contradicción, en todas sus formas, es el problema central de su vida, y el más angustioso.

 

___________

(*) Garaudy, Roger, Humanismo marxista (Cinco ensayos polémicos), parte IV, Sobre los intelectuales. Ediciones Horizonte, octubre de 1959, Buenos Aires, Argentina.

(1) C. Marx: Historia de las doctrinas económicas, II, págs. 186 y 188.

(2) Id., pág. 194.

(3) Id., pág. 13.

(4) “Manifiesto del Partido Comunista”, en Marx-Engels: Obras escogidas, B. Aires, 1957, pág. 21.

(5) Id., pág. 20.

(6) Karl Kautsky: “Franz Mehring”, en Neue Zeit, XXII, I.S., págs. 101-102, 1903, núm. 4.

(8) Lenin: Un paso adelante, dos pasos atrás, Obras escogidas, Ed. Problemas, B. Aires, 1946, t. I, pág. 402.

 

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