Sobre los Intelectuales
(Primera parte)
Roger Garaudy
A. SITUACIÓN DE LOS INTELECTUALES
Las primeras formas de la división del trabajo, al
separar la actividad manual de la actividad espiritual, hicieron del trabajo
intelectual un privilegio de la clase dirigente.
Esto es lo que muestra la historia de todas las
sociedades esclavistas de la antigüedad. Para los griegos, el trabajo manual es
únicamente cosas de los esclavos, en tanto que el pensamiento es patrimonio de
hombres libres. Cuando Platón describe su “República” ideal, que no es más que
una trasposición idealizada de la realidad ateniense, distingue, por una parte,
a los que dirigen y piensan, y, en el otro polo, a los que ejecutan
materialmente los trabajos. En los dos, una fuerza armada garantiza la obediencia
de los ejecutantes.
Esta oposición del trabajo manual y del pensamiento
constituye la raíz social del idealismo. En toda sociedad de clases, la
separación entre el pensamiento ordenador y la producción material crea la
ilusión, no solo de la independencia del pensamiento que “planea” por encima de
la realidad material y de la acción práctica, sino también de la primacía del
pensamiento.
El régimen feudal no modifica para nada esta
situación. El trabajo manual es ejecutado por los siervos o por los artesanos
de las ciudades, y las funciones dirigentes e intelectuales son el privilegio
de los dos “órdenes” dominantes, de la nobleza y el clero; la primera ejerce
las funciones de jefes militares, de administradores, de jueces, y el clero,
estrechamente vinculado a la clase feudal, ya que poseía, como ésta, la
propiedad de la tierra y gozaba de todos los privilegios sociales emergentes de
esa propiedad, ejerce, prácticamente a la vez que ejercía casi todas las otras
funciones intelectuales: no solo el ministerio religioso, sino la enseñanza, el
trabajo artístico, literario, científico. También aquí la dominación de clase,
con el agregado de la primacía de la religión, aseguran el privilegio de las
funciones intelectuales, de los “espiritual” por encima de toda otra actividad.
Solo en el régimen capitalista dejan los
intelectuales, no solo de identificarse con la clase dirigente, sino incluso de
formar una clase homogénea. Las funciones intelectuales se diversifican. Por
empezar, como lo hacía notar Antonio Gramsci, están las categorías de
intelectuales que el capitalismo crea como sus propios órganos y “segrega” en
cierta medida en el curso de su propio desarrollo: el técnico y el ingeniero,
el especialista en economía política, los juristas que, sobre la base del nuevo
derecho, son los encargados de elaborar en doctrina y de perpetuar en la
práctica las nuevas relaciones de clase; los funcionarios del Estado burgués,
los creadores de la nueva cultura y los que están encargados de difundirla y
enseñarla.
Estas categorías de intelectuales, engendrados por el
capitalismo, se desarrollan naturalmente con él. Su número no cesa de crecer,
no solo porque crecen las exigencias técnicas del capitalismo, sino porque la
clase dominante, la que posee los medios de producción, se descarga cada vez
más de sus funciones técnicas y las confía a especialistas asalariados.
Cuánto más aumenta el número de intelectuales, más
dependientes se tornan esos intelectuales de la economía capitalista y con más
fuerza se ven sometidos a sus leyes.
Esto no rige solo para los ingenieros, que son pagados
por los patronos para realizar las tareas técnicas; no solo rige para los
periodistas de la prensa o la radio, empleados de la gran burguesía para
ejecutar las tareas políticas de justificación del régimen; no solo rige para
los educadores, funcionarios del Estado de clase a quienes la burguesía exige,
cada vez más, retaceándoles cada día sus libertades, que difundan la ideología
de la clase dominante. También rige para los pintores, los escritores, los
músicos, los actores, los sabios, a quienes cada vez les resulta garantizar su
propia “independencia”, incluso en la forma artesanal, y que dependen cada vez
en mayor medida de los vendedores de cuadros, de los editores, de los
laboratorios de las grandes firmas, de los empresarios de espectáculos, y cuya
condición es cada vez más próxima a la de los asalariados en la dependencia con
respecto a sus patrones.
Cada vez más fuertemente integrados en el régimen
mercantil y sometidos a sus leyes, los propios creadores, cuando crean
“valores”, crean “valores” en el sentido económico del término, mercancías
sometidas a todas las vicisitudes de la especulación y la explotación.
Marx analizó en forma minuciosa esa evolución de la
idea misma que la economía burguesa se hace del intelectual. Al recordar las
teorías de Adam Smith sobre el trabajo “improductivo”, subraya que “se trata
del lenguaje de la burguesía revolucionaria, que todavía no ha sometido a toda
la sociedad. Todas estas profesiones elevadas, las del soberano, los jueces,
los oficiales, los sacerdotes, etc., son puestas, desde el punto de vista
económico, al mismo nivel que las de los lacayos y los bufones mantenidos por
los ricos ociosos… en cuanto los trabajos intelectuales entran al servicio de
la producción capitalista, se produce un viraje, y la burguesía trata de
justificar, desde su propio punto de vista económico, lo que ha combatido hasta
entonces”.1
Desde el punto de vista estrictamente científico de la
economía marxista, que llama trabajo productivo a todo trabajo que produce
plusvalía para el capitalista,2 “un escritor es un obrero
productivo, no porque produzca ideas, sino porque enriquece al librero-editor y
por lo tanto es asalariado por el capitalista.”3
Esta situación se torna cada vez más difundida entre
los intelectuales, a quienes se puede agrupar, desde el punto de vista
económico, en tres categorías principales:
1°Los funcionarios, como por ejemplo los profesores de
la enseñanza pública, que reciben una parte de la plusvalía;
2° Los asalariados al servicio de las empresas
capitalistas, como los ingenieros, los periodistas, pero también los
escritores, la mayoría de los artistas que trabajan para grandes empresas de
edición o de espectáculos. Estos son productores de plusvalía;
3° Los que producen, sea “mercancías” en forma
artesanal (por ejemplo el pintor, que vende sus telas sin pasar por el
comprador de cuadros), sea “servicios”, como los médicos o los abogados. Esta
es la única categoría que se mantiene, en cierta medida, al margen del circuito
de la plusvalía y que es la categoría de los “improductivos”.
Estas características de las diversas categorías de
intelectuales nos permiten antes que nada definir sus posiciones de clase,
medir su dependencia en relación con la clase dominante y entender las razones
de su unión, cada vez en mayor número, a la lucha del proletariado.
Pero a medida que se acelera la decadencia de la
burguesía, ésta hace que su dominación resulte cada vez más insoportable; antes
que nada por el maltusianismo económico que caracteriza su decadencia, y
también por miedo del espíritu crítico que la lleva a sacrificar la enseñanza y
la cultura a la policía y el ejército, deja que se vayan degradando las
condiciones de trabajo y de vida de los educadores. El salario real de un
profesor es hoy es inferior en más de la mitad a lo que era hace cincuenta
años, y los locales y los materiales no han crecido al ritmo de las
necesidades. Por lo tanto, en el plano material, existe un rencor en relación
con el Estado.
A esto se agrega la cólera que nace de razones
políticas, de muchas usurpaciones del Estado con respecto a las tradicionales
“libertades universitarias” y de las pretensiones discriminatorias que chocan
con el tradicional liberalismo de la universidad.
Finalmente, hay razones ideológicas. Cuando la
burguesía decadente arroja por la borda el racionalismo, que es una tradición
nacional; cuando pisotea, en guerras colonialistas o en abandonos de la
soberanía nacional, los intereses y el honor de la nación, los educadores, que
se determinan gustosamente por motivaciones ideológicas, adquieren, cada vez en
mayor número, conciencia del hecho de que es urgente que la burguesía deje de
ser la clase dirigente si se quiere proporcionar un porvenir a la nación y su cultura.
Para los intelectuales directamente asalariados por
los patrones, los problemas se plantean en forma distinta. El caso límite es el
de los periodistas. El ejercicio de la profesión de éstos depende enteramente
del patrono, que solo los emplea en la medida en que defienden, por dinero, las
ideas conformes a los intereses de clase del empleador.
La situación del ingeniero es distinta. Es empleado
por el patrono, a la vez como especialista de una técnica y como dirigente del
personal. Por consiguiente, por sus funciones, es un auxiliar y un instrumento
del capitalista, que le confía, no solo la responsabilidad de un trabajo
técnico, sino también el mando subalterno de los obreros. Esta dualidad de
funciones del ingeniero engendra una mentalidad particular: el papel del jefe
se confunde para él con el de técnico, y el ingeniero termina por creer que el
aumento de la productividad, aunque sea en detrimento de la salud física y
mental del trabajador, o que las economías realizadas, aunque sea a expensas de
la seguridad, forman parte de sus tareas técnicas. Y esta confusión le hace
adoptar, concientemente o no, el punto de vista de clase del capitalista. Esta
solidaridad con el patrono es tanto más fuerte cuanto que la capa privilegiada
de los ingenieros participa de algunos de los privilegios del conjunto de los
patronos: un tren de vida similar al de éstos, el ejercicio del mando.
Pero, a la inversa, la situación del asalariado lleva
en sí el germen de una oposición a la clase patronal, y entre los ingenieros
que no son los oficiales de estado mayor del capital sino los oficiales de
tropa, los contactos directos con los obreros, si bien viciados por la
ambigüedad y el equívoco de la función, permite a muchos de ellos -a una
minoría- entender las posiciones de clase del proletariado y a veces de
adoptarla.
Para aquellos intelectuales que han conservado una
especie de situación artesanal, como por ejemplo ciertos artistas (y es
significativo que un gran número de ellos, pintores o escultores, hayan exigido
beneficiarse del estatuto fiscal del artesano) sus relaciones con las demás
clases sociales, con la burguesía y con la clase obrera, reflejan la ambigüedad
de su condición, que es la de todas las clases medias. Sus condiciones de
trabajo como “independientes” se asemejan a las de la burguesía, pero la inseguridad
del mercado de “productos de lujo”, el hecho de que sean víctimas de la
especulación de los empresarios o de los vendedores de cuadros, y el hecho de
que los hiera la trivialidad de la burguesía y de su régimen, los conduce hacia
la clase obrera. Por el contrario, los separan de ésta su individualismo, su
tendencia a la anarquía, que es la reacción habitual de la pequeña burguesía
contra el gran capital que la amenaza y la oprime. La obsesión del artesano o
el tendero es la de que pueden convertirse en obreros, “perder su
independencia” integrándose a los engranajes de la fábrica. En el Manifiesto
del Partido Comunista Marx analizó esta contradicción de las clases medias:
“…luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales
capas medias. No son, pues, revolucionarias, sino conservadoras. Más todavía,
son reaccionarias, ya que pretenden volver atrás la rueda de la Historia. Son
revolucionarias únicamente cuando tienen ante sí la perspectiva de su tránsito
inminente al proletariado, defendiendo así, no sus intereses presentes, sino
sus intereses futuros, cuando abandonan su propio punto de vista para adoptar
los del proletariado”4
Por lo tanto no resulta sorprendente que esta toma de
conciencia haya sido más rápida en las ramas más fuertemente organizadas en
empresas capitalistas, y principalmente en las carreras de la cinematografía, y
que una gran cantidad de artistas se haya incorporado al combate de la clase
obrera y de su partido.
Recíprocamente, en los sectores en los que ese
movimiento es muy lento o no ha comenzado aún -en medicina, por ejemplo-, esa
evolución es la más difícil. La medicina es una de las categorías de
intelectuales que no solo no es engendrada por el desarrollo del capitalismo,
sino que conserva caracteres particulares, tradicionales, de su situación
anterior. Las antiguas vinculaciones de la medicina con la religión, con las
misteriosas virtudes del exorcismo y el milagro, han conservado en la profesión
un carácter de casta, agravado por el modo de reclutamiento, que hace de la
medicina una carrera de la que están prácticamente excluidos los jóvenes de
extracción proletaria. Pero aquí, una vez más, el desarrollo de la medicina
social, de los dispensarios, de los médicos de fábrica, ha arrancado al médico
al particularismo tradicional y lo ha integrado más estrechamente,
posibilitando que un buen número de ellos adquieran conciencia de los problemas
que son los de la clase obrera, y posibilitará cada vez más el nacimiento de
nuevas solidaridades.
Así, pues, en todas las categorías de intelectuales,
mientras la burguesía quiere hacer de ellos sus empleados para las funciones
subalternas de la economía, de la política, de la ideología, se dibuja con
creciente energía una corriente de comprensión, de simpatía y, finalmente, de
solidaridad con la clase obrera, y ello por dos razones principales:
-En primer
lugar porque las condiciones de vida de muchos intelectuales tienden a
aproximarse a las condiciones de vida de la clase obrera debido al
maltusianismo intelectual de la burguesía decadente;
-Luego
porque los intelectuales, más sensibles que las otras capas de la clases medias
a las condiciones ideológicas, adquieren con mayor facilidad conciencia de la
bancarrota del pensamiento burgués, de la superioridad teórica del socialismo y
del papel histórico de las luchas de la clase obrera.
Esto es lo que hacía notar Marx en el Manifiesto
del Partido Comunista: “En los periodos en que la lucha de clases se acerca
a su desenlace final, el proceso de desintegración de la clase dominante, de
toda la vieja sociedad, adquiere un carácter tan violento, tan agudo, que una
pequeña fracción de esa clase reniega de ella y se adhiere a la clase
revolucionaria… Y así como antes una parte de la nobleza se pasó a la
burguesía, en nuestros días un sector de la burguesía se pasa al proletariado,
particularmente ese sector de los ideólogos burgueses que se han elevado
teóricamente hasta la comprensión del conjunto del movimiento histórico”5.
¿Qué es entonces lo que puede frenar el paso de una
gran cantidad de intelectuales al campo de la clase obrera y de su partido,
cuando ese movimiento tiene fuentes objetivas tan profundas?
La corriente ya es poderosa, y ya ha pasado el tiempo
en que los intelectuales solo adherían en forma individual al Partido Comunista
y constituían excepciones. Hoy los profesores y los artistas, los abogados y
los médicos, los sabios y los escritores son en gran número militantes del
Partido Comunista francés. Ese número aumenta día a día, y no dejará de
aumentar. La reciente creación de la Unión de Estudiantes Comunistas muestra
qué atracción ejerce el comunismo sobre la juventud intelectual.
¿Pero cuáles son, en relación con este impulso
histórico, objetivo, de los intelectuales en dirección del comunismo, los
factores subjetivos que obstaculizan un movimiento aun más vasto?
Por empezar hay una razón común a todas las clases
medias: el carácter híbrido, equívoco, de su situación de clase, que tiende a
hacerlos oscilar entre los dos polos mayores de la sociedad: la burguesía y el
proletariado.
Pero hay también razones propias a los intelectuales
en cuanto tales.
Ellas provienen del hecho de que su situación misma
les engendra ilusiones.
1° La primera de tales ilusiones es la abstracción.
Debido a la división entre trabajo manual y trabajo intelectual, el
intelectual, por lo general, no está en contacto directo con las cosas, sino
solo con los símbolos de las mismas, y ya hemos hecho notar, desde el comienzo
mismo, que ello crea condiciones favorables para el nacimiento de ilusiones.
Por lo demás -también lo hemos visto- la ambigüedad de la situación del
intelectual entre las diversas clases le proporciona el sentimiento de que no
lo empuja ningún interés de clase y de que solo se determina en función de sus
conocimientos. De ahí la ilusión de que las ideas que lo animan son
independientes de las relaciones de clase y de que él, por encima de las
clases, es el representante del interés general y de una moral independiente de
las fuerzas económicas y de los antagonismos de clases. Gramsci hacía notar:
“Los intelectuales se creen independientes y autónomos. Croce se cree más
vinculado a Aristóteles y Platón que a sus contemporáneos”. En Francia esta
ilusión ha encontrado su expresión más sistemática en la obra de Julien Benda, La
trahison des clercs. Una interpretación idealista de la significación y el
papel de los intelectuales franceses en vísperas de la revolución, y que tendía
a hacer de ellos los representantes de una verdad absoluta frente al mundo
feudal y al oscurantismo religioso, refuerza esta creencia en la autonomía del
pensamiento y en su función de dirección social. Este pensamiento, separado del
trabajo manual y de las relaciones concretas con lo real, es cautivo de la
ilusión de ser la fuerza suprema y el ordenador del mundo. Ello se traduce en
la práctica, ya sea por una evasión del mundo real, ya sea por la creencia en
la posibilidad de solucionar por medio del pensamiento todas las
contradicciones y de sustituir así la lucha brutal por la conciliación
intelectual y la evolución pacífica. Este sesgo del espíritu predispone
fácilmente al oportunismo. Ya hay en él la fuente de una negación del
comunismo, por una parte, porque esta concepción de una moral independiente de
las relaciones de clase y de un “objetivo” abstracto se encuentra en las
antípodas del materialismo histórico; por otra parte, porque los métodos del
oportunismo conciliador se encuentran en contradicción radical con la
concepción revolucionaria de la lucha de clases y de la dictadura del
proletariado.
2° La segunda ilusión es la del individualismo. En un
estudio sobre Franz Mehring que escribió en 1903, en Neue Zeit, Karl
Kautsky analizó notablemente las raíces de ese individualismo: el intelectual
no está en oposición económica con respecto al proletariado. No es un
capitalista. E incluso, si se lo compara con otras clapas de las clases medias,
artesanos o agricultores pequeños y medianos, la cuestión de la propiedad de
los medios de producción representa para él un papel prácticamente
insignificante. Por lo demás, está obligado a vender el producto de su trabajo,
y a menudo su fuerza de trabajo, aunque es cada vez más frecuente que sufra la
explotación de los capitalistas.
Pero también es cierto que sus condiciones de vida
son, en general, mucho más próximas a las de la burguesía que a las del
proletariado, y sobre todo que sus condiciones de trabajo no son las del
proletariado.
“El proletariado -escribe Kautsky- no es nada mientras
sigue siendo un individuo aislado. Toda su fuerza, todas sus posibilidades de
progreso, todas sus esperanzas, las extrae de la organización, de la acción
concertada con sus camaradas. Se siente fuerte cuando forma parte de un
organismo fuerte… el proletariado libra la lucha con la más grande abnegación,
como un elemento de una masa anónima, sin tener en cuenta ventajas personales,
glorias personales, cumpliendo con su deber en el puesto -sea cual fuere- en
que se lo ubica y sometiéndose voluntariamente a una disciplina que penetra
todos sus sentimientos y todos sus pensamientos.
“Otra cosa sucede con el intelectual.
“No lucha entregando su fuerza, sino con la ayuda de
sus argumentos. Sus herramientas son su saber personal, sus aptitudes
personales, sus convicciones personales. Solo puede adquirir alguna importancia
si hace valer sus cualidades personales. La plena libertad de expresar su
individualidad se le aparece como la primera condición de éxito de su trabajo.
Solo se somete con esfuerzo a un objetivo determinado, y se somete a él por
necesidad, y no por impulso personal. No reconoce la necesidad de la disciplina
para la élite, pero sí para la masa, y por supuesto que se clasifica
dentro de la élite.”6
Y Kautsky explica así la influencia ejercida por la
concepción nietzcheana del “superhombre” sobre una gran cantidad de
intelectuales. Esa visión del mundo reflejaba sus propias aspiraciones llevadas
a sus últimas consecuencias. El doctor Stockman, en El enemigo del pueblo,
de Ibsen, encarna también, en una forma típica, esa actitud fundamental del
intelectual.
Al referirse a esos estudios de kautsky, Lenin, en Un
paso adelante, dos pasos atrás, señalaba las características políticas de
los intelectuales: “Lo que caracteriza en forma general a los intelectuales en
cuanto capar particular en las sociedades capitalistas contemporáneas es… el
individualismo y la ineptitud para la organización. Esto es lo que, entre otras
cosas, distingue desventajosamente a esta capa social del proletariado; esto es
también lo que explica la blandura y la inestabilidad de los intelectuales,
cuyas consecuencias tan a menudo ha palpado el proletariado. Y esta
particularidad de los intelectuales está íntimamente vinculada con las
condiciones ordinarias de su vida, con sus condiciones de trabajo, que se
asemejan en muchos sentidos a las condiciones de existencia de la pequeña
burguesía (trabajo individual o en muy pequeñas colectividades, etc.)”7.
Y agregaba: “He aquí cómo el proletariado que ha
pasado por la escuela de la fábrica puede y debe dar una lección al
individualismo anárquico. El obrero conciente ha abandonado sus pañales hace
tiempo; ya ha pasado el momento en que huía del intelectual en cuanto tal. El
obrero conciente sabe apreciar ese más rico bagaje de conocimientos, ese más
vasto horizonte político que encuentra entre los intelectuales
socialdemócratas. Pero a medida que se forma entre nosotros un verdadero
partido, el obrero conciente debe aprender a distinguir entre la psicología del
combatiente del ejército proletario y la psicología del intelectual burgués que
exhibe la frase anarquista. Debe aprender a exigir el cumplimiento de
las obligaciones que incumben a los miembros del partido, y no solo a los
simples adherentes, sino también a ‘los de arriba’”8.
Este individualismo es la fuente de todas las
vacilaciones del intelectual. Por empezar, frena su paso al campo del
proletariado, su adhesión al Partido Comunista, y lo hace oscilar largo tiempo
sobre las posiciones del “intelectual de izquierda”, que ha adquirido
conciencia de que la vida intelectual se torna imposible en el mundo de la
burguesía, pero que todavía guarda distancia en relación con la clase obrera y,
sobre todo, en relación con la organización de combate de la clase obrera, en
relación con el partido. E incluso cuando da el paso, cuando el intelectual ha
adherido al partido, ese individualismo lo persigue aún durante mucho tiempo,
lo hace respingar contra las necesarias disciplinas del combate y le inspira
recaídas en el idealismo, en contra de las exigencias concretas de la lucha de
clases, en contra de los “medios” de esa lucha o del “tono” de las polémicas.
Y sin embargo, a través de todas esas vacilaciones, y
luego de las inquietudes, crece una certidumbre cada vez más profunda en el
intelectual que quiere romper valientemente con la esclavitud espiritual de la
burguesía decadente. Es que ningún desarrollo auténtico de la cultura y la
nación es ya posible sin la clase obrera y contra ella, y no se puede ya
esperar un renacimiento de esa cultura y esa patria, si no es por la victoria
política de la clase obrera.
Ese es el sentimiento profundo de Jaurés, cuando
escribe: “Ahora ya no hay más que una clase que pueda proporcionar al
pensamiento una fuerza social: el proletariado. Él, que, según la frase de
Marx, no tiene nada que perder, más que sus cadenas, no teme verdad alguna,
porque toda verdad le sirve, toda libre crítica que disgregue las concepciones
anticuadas y falsas, prepara su advenimiento… La verdadera clase intelectual es
la clase obrera, porque no necesita de mentira alguna”.
Así, los problemas de los intelectuales nacen de su
misma situación.
Para escapar a las consecuencias espirituales de la
decadencia burguesa, con sus mistificaciones, sus falsificaciones y sus
mentiras, no hay otro camino, para los intelectuales, que el de unirse a las
posiciones ideológicas del partido de la clase obrera.
No hay un “tercer camino”. Las tesis del XIV Congreso
del Partido Comunista francés lo recuerdan con firmeza: “Es imposible conciliar
la concepción capitalista del mundo y la concepción socialista” (Tesis núm.
45).
De ahí nacen los problemas de los intelectuales. Para
escapar al fracaso de la burguesía que los ha formado, se ven obligados a
apropiarse de un punto de vista que contradice fundamentalmente la abstracción
y el individualismo que constituyen la herencia más tenaz de su formación
burguesa. Superar esta contradicción, en todas sus formas, es el problema
central de su vida, y el más angustioso.
___________
(*) Garaudy, Roger, Humanismo marxista (Cinco
ensayos polémicos), parte IV, Sobre los intelectuales. Ediciones
Horizonte, octubre de 1959, Buenos Aires, Argentina.
(1) C. Marx: Historia de las doctrinas económicas,
II, págs. 186 y 188.
(2) Id., pág. 194.
(3) Id., pág. 13.
(4) “Manifiesto del Partido Comunista”, en
Marx-Engels: Obras escogidas, B. Aires, 1957, pág. 21.
(5) Id., pág. 20.
(6) Karl Kautsky: “Franz Mehring”, en Neue Zeit,
XXII, I.S., págs. 101-102, 1903, núm. 4.
(8) Lenin: Un paso adelante, dos pasos atrás, Obras
escogidas, Ed. Problemas, B. Aires, 1946, t. I, pág. 402.
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