Criticando
al Crítico
Julio
Carmona
EN ESTA OPORTUNIDAD, voy a
tratar algunos temas propios de la literatura peruana, con el único afán —si se
quiere, didáctico— de aclararlos, desde los puntos de vista del marxismo. Y
nada mejor que hacerlo con alguien que durante toda su vida declaró estar
ligado a él, y que ocupa un lugar relevante dentro de aquella. Me refiero a
Miguel Gutiérrez Correa (Piura, 1940; Lima 2016). Todo lector o estudioso de la
literatura peruana (entre los estudiosos incluyo a los estudiantes
universitarios relacionados con ella) seguramente tiene un conocimiento mínimo
de la obra y de la vida de Miguel Gutiérrez Correa (MG, en adelante) y están
enterados, por supuesto, de ese vínculo político aludido. Aunque lo más
probable es que pocos se habrán enterado de que en sus últimos años zanjó esa
relación autodenominándose como un heterodoxo del marxismo, es decir,
que ponía en salmuera algunos principios que son —o deben ser— inconmovibles
para quienes lo adoptan como su «guía para la acción». Y el ver cómo se
manifiestan esas defecciones es lo que me propongo hacer, después de haber
leído un libro suyo titulado Vallejo narrador.1 En este, MG
relaciona el poema «La araña», del libro Los heraldos negros, de César
Vallejo, con un tema parecido presente en el cuento «Muro noroeste» (del libro Escalas,
del mismo autor). Dice MG:
el único “suceso” de “Muro noroeste” es la matanza
casual de una araña, bicho al que Vallejo le había dedicado un bello poema en LHN
(p. 23).
Cuando MG se refiere a «la
matanza casual de una araña», del cuento, lo que hace es referirse a una
araña no específica, pues el artículo «una» indica indeterminación; pero
luego agrega que es «bicho al que Vallejo le había dedicado un bello poema en LHN.»
O sea que pasa a considerar a esa araña como que es el mismo bicho de
otro texto (LHN); pero ambas arañas como sujetos específicos de cada uno de los
textos, de ninguna manera, pueden ser el mismo bicho; en principio,
porque el mundo imaginario del texto narrativo es la celda de una cárcel, y, en
el texto lírico el mundo imaginario no tiene una definición precisa, dándose a
entender que son dos muertes diferentes; porque, aunque se pueda suponer que la
araña de la realidad —si la hubo— y pudo servir de base para ambas creaciones
literarias, no se puede decir que haya sido el mismo «bicho». La elucidación de
esto solo sería potestad del autor, César Vallejo, porque, incluso, esa muerte
puede ser solo producto de su imaginación. Además, el mismo MG, más adelante
(p. 27), dice que la araña del cuento es «otra araña (…) a la cual se refiere
el narrador como una tranquila tejedora»; o sea que se ha hecho una mescolanza
de apreciaciones que no vienen al caso. Y, en la misma p. 27, vuelve a tratar
el asunto, y dice:
Uno de los temas constantes de Vallejo, es la oposición
humano/animal, cuya primera manifestación, si no yerro, fue el hermoso poema de
LHN «La araña» (…)
Lo primero que se expresa en
esta cita es una generalización que resulta, por decir lo menos, exagerada,
sobre la oposición humano/animal como temas constantes de Vallejo,
porque afirmar eso, es una «constancia» que debe sustentarse con ejemplos, no
plantearla al desgaire, pues un lector no iniciado en la obra de Vallejo puede
hacerse la idea de que es un tema que está presente en la mayoría de (si no en
todas) sus obras. Y este riesgo de confusión se amplía cuando líneas después
agrega que «en la obra de Vallejo abundan los animales de toda especie como
insectos y bestezuelas hasta el megaterio al que se alude en “La cabeza y los
pies de la dialéctica” de Contra el secreto profesional.» Y ese lector
aludido arriba puede hacer este cuestionamiento: ‘Además de la araña, ¿cuáles
son los otros «insectos», y qué otro ejemplo hay de «bestezuelas» y, también,
de «megaterios»?’ Aunque, para paliar su exageración y falta de pruebas, acota
que «se han escrito tesis sugestivas sobre la zoología poética de Vallejo»; sin
embargo, aparte de ser, esta, otra exageración: que hay varias tesis no
especificadas, resulta que en la poética de Vallejo hay todo un zoológico,
porque no otra cosa se entiende con eso de «zoología poética»; y lo peor es que
si se retrocede a la cita aludida, en su primera línea, se ve ahí que la
relación de Vallejo es de «oposición», entre él, como humano, y lo animal;
textualmente dice MG: «uno de los temas (…) es la oposición
humano/animal», y no me parece el término «oposición» el más pertinente, tal
vez mejor hubiera sido decir vínculo (o como dice Marco Martos: «Vallejo
se hermana con el caballo»)2, porque como en el caso de la «araña»,
lo que hay es identificación o solidaridad con su sufrimiento, igual ocurre
—tomando el ejemplo sugerido por Martos— con el caballo del poema LVIII de Trilce,
en el que el locutor poético dice ayudar al caballo que se ha herido una pata,
a la que él llama pie (como igual lo hace con la araña) dice: «espumoso
pie contra tres cascos», el cuarto casco es el pie herido del caballo, e,
igualmente, en el poema LXI, en el que hasta se unimisman, caballo y jinete,
pues este dice que el caballo «estornuda, cual llamando también, el bruto; /
husmea, golpeando el empedrado.», al unísono que el jinete toca la puerta (es
decir, no hay oposición entre ellos, sino complementación).
Para
tratar otro tema, ligado a la estética, retrotraigo aquí las dos primeras citas
referidas al poema «La araña», en las que MG usa dos términos para calificarlo:
«un bello poema en LHN» y «el hermoso poema de LHN». Estas expresiones me hacen recordar que en un libro mío trato
sobre la posición estética de MG3, y ahí digo que, a partir del
nuevo siglo, empezó a declarar de manera explícita una posición esteticista,
hedonista, y no asume como propia la tendencia estética realista que es lo que
debe hacer un escritor marxista (y él siempre dijo no haber dejado de serlo), y
una prueba de esa desviación se da en el texto cuyos párrafos estoy analizando,
pues, por lo leído hasta aquí, en el abordaje que MG hace de la obra de
Vallejo, pesa más su inclinación esteticista, ya que reduce su apreciación del
poema «La araña» a solo los adjetivos «bello» y «hermoso», sin sugerir una
interpretación de fondo. A pesar de que, al referirse al cuento de Kafka,
«Informe para una academia», que trata sobre la conversión de —dice MG— «un ex
chimpancé convertido en hombre» (cursiva mía), tiene una interpretación más
profunda y dice que:
el lector se olvida de la improbabilidad fáctica de
las historias para centrarse y pensar en el drama de los protagonistas que en
realidad constituyen metáforas de la marginalidad y la soledad de los seres
humanos (pp. 28-29. Cursiva mía).
Pero, antes de continuar con
este tema de lo estético, voy a hacer una incisión en la frase «un ex chimpancé
convertido en hombre», debo decir, primero, que, en el cuento de Kafka, en
ningún momento aparece la expresión ex chimpancé. Es más, el personaje
principal que es quien narra su historia, nunca la menciona para sí
mismo; él usa solo el término “simio”, y, más aun, en un momento dice que
descubre una rendija entre las tablas de su jaula, y fue algo que lo
entusiasmó, pero, asimismo, lo desilusionó, porque por ella no podía meter ni
su cola, y bien se sabe que el chimpancé no tiene cola. Y, en todo el cuento,
la palabra chimpancé se menciona solo dos veces, una al comienzo para hacer
referencia a ‘un pequeño chimpancé’ (que no es el protagonista) y al final del
cuento cuando el narrador protagonista dice que llega a su casa donde lo espera
un chimpancé hembra, no humanizada. O sea que el simio (cuya especie no
se especifica, y pudo ser un gorila) no es un «ex chimpancé», y aun cuando se
dijera que ese era su origen genético, no tenía por qué ser «ex», él hubiera
seguido siendo chimpancé, solo que humanizado. Además, el no haber perdido
su condición de simio es lo que él más hubiera deseado, pero libre en su
hábitat original; sin embargo, piensa que es un logro lo que ha alcanzado: una
especie de enajenación de la que es consciente, y es, en última instancia, el
mensaje para todos los enajenados sociales.
Ahora
bien, volviendo a lo estético, cuando se lee lo siguiente: «el lector se olvida
de la improbabilidad fáctica de las historias», se tiene que decir lo
siguiente, que ningún lector literario se va a preocupar por lo probable o
improbable de las historias kafkianas (ni siquiera por las cervantinas de El
Quijote de la Mancha), porque lo evidente es que se lee algo que no es
verificable en la realidad; pero ese lector, sí, tiene que tratar de explicarse
esos casos insólitos, y entonces, como sí lo hace en este caso MG (aunque no al
tratar el poema de la «araña»), y así es como dice que el lector se desentiende
de esa
improbabilidad fáctica (…) para centrarse y pensar
en el drama de los protagonistas que en realidad constituyen metáforas de la
marginalidad y la soledad de los seres humanos,
y lo resaltado es
interpretación (no obstante ser términos muy abstractos: marginalidad y
soledad) y no solo solazarse y contentarse con decir que es un bello poema o
un hermoso poema. Esto es puro esteticismo y hasta impresionismo. Y,
volviendo a lo estético, MG agrega:
… no resulta forzado afirmar que Vallejo y Kafka
comparten la obsesión por lo animal y las metamorfosis (ambos [¿Vallejo y
Kafka?] desean convertirse en seres pequeños, nonatos y aun en cosas), no
obstante los dos difieren en sus respectivas estéticas. Pero si en el arte
narrativo Vallejo no puede competir con Kafka, es sin duda su par en el
territorio de la poesía.
Aquí voy a analizar esta
expresión: «… no resulta forzado afirmar que Vallejo y Kafka comparten la
obsesión por lo animal y las metamorfosis (ambos desean
convertirse en seres pequeños, nonatos y aun en cosas)» (p. 28). Y, en
verdad, sí creo que resulta forzado (y hasta descabellado) que tan
insignes y geniales autores sean psicoanalizados (de manera tan desaprensiva)
para decir que «comparten la obsesión por lo animal y las metamorfosis». En
principio, padecer una obsesión ya es referirse a un caso clínico; lo obsesivo
ya no es una simple preocupación pasajera, la misma que termina cuando la causa
que la motiva también cesa; pero como patología, por el solo hecho de ser
reiterativa en los escritos de un autor cualquiera, no ha de devenir como caso
clínico; si no resultaría que a muchos autores se les podría aplicar como
propio lo expresado en sus textos, como es el caso del mismo Vallejo, de quien
algunos críticos dicen que padeció de angustia (a pesar de que esta palabra no
abunda en sus poemas4, y, así por el estilo, podría pasarse a una
generalización de obsesiones en otros autores como, por ejemplo: el incesto, si
un autor lo repitiera en varias de sus obras (particularmente, pienso que no
debe hacerse ese vínculo: tema/autor).
Para
establecer esta separación, el mismo Vallejo escribió en uno de sus versos «me
han confundido con mi llanto».5 Sobre el particular, pues, se tiene
que convenir que MG ha incurrido en un desface inaceptable en el ámbito de la
crítica literaria: atribuir a los autores las incidencias planteadas por ellos
en sus textos. La crítica, desde ya hace varias décadas (se puede decir que
desde mediados del siglo XX), postula la separación del autor respecto de los
avatares de sus personajes. Pongo el ejemplo de un texto publicado en 1957: «Un
hecho de no difícil comprobación en la literatura narrativa de nuestros días,
es el de la progresiva desaparición del autor, como tal, de las páginas de sus
libros. Este hecho se acentúa a medida que avanza nuestro siglo, hasta llegar
un momento en que se consigue la total objetividad narrativa y con ella la
eliminación radical de la presencia del autor en sus obras»6. Y esta
apreciación se hace mucho más lapidaria, aplicada a esta otra infeliz
proposición de MG: «ambos desean convertirse en seres pequeños, nonatos y aun
en cosas», esto, de ninguna manera, puede (y no debe) ser aplicado a Kafka y a
Vallejo (por favor).
Después
de lo último comentado, MG escribe lo siguiente: «no obstante los dos [Kafka y
Vallejo] difieren en sus respectivas estéticas. Pero si en el arte narrativo
Vallejo no puede competir con Kafka, es sin duda su par en el territorio de la
poesía». Y sobre esto debo decir que, en primer lugar, en varios momentos de
las incisiones que MG hace sobre la obra de ambos autores, incide en sus recursos
literarios realistas. Ejemplo:
… en el Perú predomina la narrativa realista (p. 20) (que puede aplicarse a Vallejo).
En la primera parte el viaje está presentado desde
una perspectiva lógico
realista con descripciones muy
precisas del lenguaje (p. 26).
… «Más allá…» prefigura ya la estética del realismo mágico (Ibid.).
… los dos acontecimientos son absolutamente
inverosímiles, por la objetividad desprovista de adjetivos de su escritura y
por la profusión de detalles
realistas… (p. 28).
La historia solo puede tener lugar en este
escenario y atmósfera urbanos que el autor ha creado con trazos realistas (p. 29).
Con esa muestra (aunque de
pasada) no cabe otra clasificación de la estética de ambos que la del realismo;
por lo tanto, es inapropiado decir que «difieren en sus respectivas estéticas»,
pues, entonces, debió verse obligado a decir cuáles son esas estéticas
respectivas, en cada caso. Y esa misma obligación de pruebas es exigible para
la siguiente afirmación: «no quiere decir que Vallejo no haya escrito algunos
poemas flojos o versos de gusto discutible (p. 16, y, bueno, siempre se debe
recordar que «en gustos y en colores» los críticos sí son discutibles).
Sobre
el particular, lo que pasa es que MG —como otros tantos críticos— confunde
estéticas con técnicas poéticas. De ahí que, de esa proposición, pase a decir
que ‘Vallejo no puede competir con Kafka en el arte narrativo’, lo que
corresponde advertir es que sus formas expresivas son diferentes, mas no que
haya inferioridad o superioridad entre ellas, ya que responden a condiciones
también diversas de ambos usuarios. Pasa, entonces, que MG está usando la
palabra arte como la técne que decían los griegos (o el manierismo,
como lo describe Hauser, como una manera o estilo del trabajo artístico, 1964,
t. 1).
Por
otro lado, decir que ‘en el territorio de la poesía sí hacen pareja’, también
es inexacto, porque no cabe comparación entre los cinco libros de poesía de
Vallejo, con los veinte o treinta poemas líricos aislados que se conocen de
Kafka (sin que por ser pocos pierdan su valor); pero igual no debe hacerse la
comparación con su narrativa (de cantidad inversa a la habida en la lírica),
menos si solo va a ser para hacerles competir en una liza a la que ellos nunca
aspiraron, y que, más bien, Vallejo rechazó. Dice: «… una justa (…) de fuerzas
que se comparan y rivalizan (…) es necio, artificioso y antivital.»
(«Concurrencia capitalista y emulación socialista», en: Contra el secreto
profesional, p. 11).
_________
(1) Miguel Gutiérrez Correa (2004). Vallejo narrador.
Lima: Fondo Editorial del Pedagógico San Marcos.
(2) Marco Martos (2014). Poéticas de Vallejo. Lima:
editorial Cátedra Vallejo.
(3) Julio Carmona (2016), Poética
y política. Análisis a Confesiones de Tamara Fiol. California-USA:
Windmills Editions.
(4) En Los heraldos negros, como título del poema
«Nervazón de angustia»; en el soneto III de «Nostalgias imperiales»; en el
poema «Aldeana», en «El tálamo eterno». En Poemas humanos, «¿Y bien? ¿Te
sana el metaloide pálido?» y en: «De puro calor tengo frío».
(5) A propósito, el poeta/crítico Antonio Cisneros es el que
hizo esto, calificó así a Vallejo: «es un poeta llorón». Y MG, sin nombrarlo,
en el texto aquí comentado lo alude de la siguiente manera: «… resulta
tristemente comprensible que poetas estimables se sientan aplastados por su
grandeza [la grandeza de Vallejo], como ocurre con uno de los mejores poetas de
mi generación que lleno de ansiedades y angustias (acaso por la sombra que él
siente que le proyecta desde su tumba Vallejo), desde hace muchos años,
infatigable y fatigante, viene denostando al inolvidable César con epítetos que
pretenden ser irreverentes, pero que solo ponen en evidencia el resentimiento
demasiado humano del agresor» (p.17). Que MG diga de Cisneros que es «uno de
los mejores poetas de mi generación», lo que hace es comparar técnicas,
y estas no explican la poesía de un país, para mí es un buen poeta formalista,
pero esto no lo hace mejor de otros buenos poetas realistas de su misma
generación; serán, siempre, diferentes. Remito al lector a una crítica que hago
de Cisneros en un número anterior de CH.
(6) José Ma Castellet
(1957). La hora del lector. Barcelona: Seix Barral, p. 15.
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