domingo, 1 de octubre de 2017

Literatura


Confesiones de Tamara Fiol ¿un novelón indigesto?

(Duodécima Parte)

Julio Carmona

2.2 Anarquismo/aprismo, marxismo, Stalin y Trotsky

        a. Anarquismo/aprismo

        En la p. 41, se habla de las últimas décadas del siglo XIX y MB dice: «Según Pepe Corso, que ha estudiado la época (sic: aquí debió cerrar coma explicativa) ya por esos años en el movimiento obrero internacional se habían separado, de manera definitiva, las corrientes socialistas marxistas de las corrientes anarquistas». Y es preciso preguntar: en aquella época, últimas décadas del siglo XIX ¿había varias corrientes «socialistas marxistas»? Lo que debía haberse dicho es: ‘se había separado la corriente socialista marxista de la corriente anarquista’. Porque por aquella época el marxismo libraba sus primeras batallas sin Marx. Y el primer revisionismo de los Bernstein y los Kautski todavía no se manifestaba. La primera Internacional Comunista fue fundada por Carlos Marx y Federico Engels, en Londres, en 1864, y por primera vez en la historia agrupaba a los trabajadores de distintos países, bajo la denominación de Asociación Internacional de los Trabajadores. Tras la desaparición de esta Primera Internacional, en 1876, Federico Engels promovió la creación de la Segunda Internacional, creada en París, en 1889, y agrupó a los partidos socialistas, socialdemócratas y laboristas. Con el comienzo de la Primera Guerra Mundial, 1914-1918, se produce la fractura de la Segunda Internacional entre los socialistas reformistas y los revolucionarios, pues los primeros apoyaron a sus respectivos gobiernos nacionales al declarar la guerra, y los segundos se opusieron por completo a la misma. Y el error aquí señalado es corroborado por la misma novela en la p. 62, en que, hablando de la mujer de Ramiro Fiol, se dice que a ella «Luego la puso en contacto con el grupo anarquista…», si —como se dice en la cita precedente— hubo varios grupos (o corrientes) anarquistas, entonces debió decir: ‘con uno de los grupos’, o ‘con su grupo’, pero no «con el grupo anarquista». En la misma cita de la p. 62, agrega: «Años después el grupo se dividió entre los que siguieron a los socialistas de Mariátegui y los que se inscribieron en el partido de Haya de la Torre.» Y esto confirma lo dicho: si el partido de Haya no era considerado socialista ni marxista, ¿de qué otro grupo socialista marxista se podía hablar para usar el plural? Y lo mismo debe aplicarse al anarquismo.

        Hay citas profusas acerca del anarquismo más extremo (p. 41: mención de los fundadores del anarquismo europeo y de sus obras), lo cual se explica — como ya adelantáramos en el apartado precedente— como un juego de espejos en relación con Sendero. En la p. 42 utiliza una expresión sugerente: «predicaban “la propaganda a través de los hechos”.» (Lo de esta prédica se repite en la p. 48). Pero en la p. 42 continúa: «En Milán en que irrumpió la Policía a los talleres de Estrella Negra mientras se componía para el semanario La Plebe un artículo en que se defendía la legitimidad del atentado contra el zar, y el derecho que tiene el pueblo de usar la pistola y las bombas contra explotadores y tiranos, aunque con ello tuviera que inmolarse por la causa libertaria». Por eso se explica que, en la p. 46, diga que César Lévano (recalcitrante revisionista y defensor de la línea de la «coexistencia pacífica» impulsada por Kruschev en el XX y XXII congresos del PCUS, para oponerse a la línea revolucionaria a través de la lucha armada133) «se mostró muy reservado en relación con la personalidad política de Ramiro Fiol (…) se puede afirmar que el Gran Viejo fue un radical, vamos, un extremista.» Y, más adelante, agrega: «Ramiro Garibaldi Fiol, en cambio, era un doctrinario que se convirtió en apologista de las posiciones más extremas del anarquismo. No era todavía el tiempo —decía en un artículo— de hablar del “amor a la Humanidad”; era el tiempo de la destrucción de los dos grandes enemigos del pueblo: el Estado y la Iglesia, del aniquilamiento de los tiranos y dictadores y de los grandes dueños del capital. Y para ello era necesaria la formación de minorías dispuestas a inmolar sus vidas, guiándose por el “Catecismo revolucionario”, panfleto que escribió Bakunin bajo el influjo y fascinación que ejerció el tenebroso anarcoterrorista Sergei Nechaev.» Aquí hay que hacer una acotación: la palabra «anarcoterrorista» es redundante, porque el terrorismo era el único medio de lucha de los anarquistas; por ello debe tomarse como una crítica a Sendero, pues, al parecer, el paralelo, el juego de espejos, conduce a ello cuando a esa expresión pleonástica, anarcoterrorista, se le adjunta el adjetivo «tenebroso».

        En la p. 82 se dice que Errico (sic) Malatesta134 «había sido uno de los autores que condujo a mi abuelo del anarcosindicalismo al anarcocomunismo»; al parecer, no existe esta última denominación, porque el anarquismo siempre estuvo enfrentado al comunismo. Inclusive, en la p. 121 se dice lo siguiente: que el abuelo de TF «una vez a la semana, suspendía las labores» (en su imprenta) «para explicarles la doctrina anarquista y lo que la diferenciaba de la doctrina socialcomunista.» (Obviamente, este último término, «socialcomunista», tampoco tiene justificación, debió hablarse simplemente de «doctrina comunista»). Esto confirma la sospecha de que en la novela se ha «inventado» el término para equipararlo con Sendero Luminoso, de manera subliminal.

        En la p. 125 leemos que «Miraval estaba de acuerdo con los atentados, “con los hechos como propaganda”, siempre y cuando se hiciera (sic: hicieran) dentro de una organización partidaria revolucionaria que tiene metas claras de cómo llegar al poder, no como pretendían los anarquistas, que propugnaban los actos terroristas por los actos mismos y desdeñaban toda organización y disciplina porque en el fondo el credo anarquista era una utopía que exaltaba el individualismo.»

        En la p. 218 se resalta «la naturaleza de la guerra de Sendero —ataques terroristas sin grandes batallas con empleo sostenido de artillería—», pero en esa «precisión» hay una ambigüedad, pues pareciera decir que esos ataques se hacían «sin grandes batallas», pero sí «con empleo sostenido de artillería»; de haber querido decir lo contrario, también debió decir: ‘y sin empleo sostenido de artillería’. Pero llega a esa conclusión luego de ver a un sujeto correr en Ayacucho luego de infringir el toque de queda; y, entonces, si no ha tenido otra opción de verificar ese dato, ha debido precisar que esa es una información obtenida de la prensa o de otro medio (analistas políticos, llamados senderólogos), aunque, al parecer, es la mentira o el embuste la práctica de este «reportero de guerra», pues dice haber tomado fotografías, pero dice que: «No era gran cosa lo que yo había obtenido ni sería una foto notable, pero por lo menos sería un signo de que Huamanga vivía en tiempos de guerra.» Esa visión de la guerra de SL: «ataques terroristas sin grandes batallas con empleo sostenido de artillería» es contradicha en la p. 227, cuando se dice: «… por las laderas de cerros que estaban detrás del cerro de Acuchimay proliferaban los barrios formados por los campesinos indígenas que habían huido de la guerra», pues da a entender que en esas zonas de las que habían huido los campesinos indígenas sí se daba una guerra sostenida con empleo de artillería (al menos, lanzamiento de cartuchos de dinamita) o de enfrentamientos fugaces como suele ocurrir en los ataques guerrilleros. Pero no, el «reportero de guerra» —sin ningún sustento de investigación o confirmación de fuentes— dice que su foto —calificada por él mismo de poco notable— sería «un signo de que Huamanga vivía en tiempos de guerra.»

        b. marxismo

        En la p. 85 se lee: «… volvamos a tu pregunta sobre mis lecturas marxistas. No fui una gran estudiosa. Te digo, sin embargo, que leí los textos fundamentales. Los textos canónicos, como los llamaba Corso. Más que leerlos, los estudiábamos, en medio de ardientes discusiones que podían terminar con la expulsión del que disentía de la posición del partido.» La expresión de «canónicos» para referirse a los mismos textos la usará MG en su libro de ensayos El pacto con el diablo.135 Por lo demás, eso de ‘expulsar al que disiente en discusiones de estudio’ es poco menos que una caricatura (más antidialéctico no se puede ser). Por último, como dice Harold Bloom: «Esa literatura, la canónica, que parece agonizar, es fundamental conocerla si queremos aprender a oír, a ver, a pensar… A sentir…».136

        En las pp. 372-377 se narra la lucha entre dos líneas dentro del PC: la moscovita y la pekinesa. Y se pone a Arancibia como el propulsor de una tercera, ultraizquierdista. Y TF atribuye esa desviación a problemas psicológicos, que ejemplifica con los odios que sentía por diversos personajes a los que el mismo Arancibia había hecho referencia en sus pláticas con ella. Y es así que concluye diciéndole: «A todos ellos detestaste y envidiaste. Porque todos, cada uno, en algún aspecto, te excedían. Los sentías como muchachos u hombres más apuestos. Más viriles. Más valientes. Más honestos. Es decir, considerabas que eran individuos moralmente superiores a ti.» Y en ese balance, deja de lado el análisis decisivo que es la extracción de clase o la ideología de clase, de las cuales el factor psicológico es consecuencia y no causa, como, erróneamente, los llega a catalogar TF. Al extremo de que cuando reconoce que «Lo más interesante de los argumentos de Cantuarias (o Kymper) es que [aquí falta una coma] más allá de las cuestiones personales —incluida la intriga que Abel había montado contra él—, había cuestiones de clase con una línea que, en última instancia, aspiraba a mantener el viejo orden.» Sin embargo, pese a ese reconocimiento —repetimos— TF, insiste en que: «Desde mi punto de vista, Cantuarias cometía un error en minimizar el papel del individuo, en este caso, de la personalidad de Abel, que a mí me parecía nefasta.» Y esto lo vuelve a plantear en la p. 376: «Sin embargo, para serte franca, yo no me quedé totalmente satisfecha con el análisis que Kymper hizo de tu papel con su énfasis en el carácter de clase de todos tus vaivenes políticos.» Y Arancibia le retruca: «¡Debiste rectificarlo, muñeca!», a lo que ella dice: «Tuve que reprimirme (…) porque no quería caer en lo personal y desviar el carácter eminentemente político de la denuncia de Kymper. No quería incurrir en el moralismo, ni en el psicologismo, lo cual te hubiera salvado, ya que te habrías convertido en un caso patológico y, por lo tanto, en un irresponsable de tus actos.» Por eso, lo comprobable es que la participación de TF en esa controversia partidaria es de insidia o incitación pero no de acción o aporte ideológico, porque como lo demuestra su propia declaración, en esos temas es una nulidad.

        En la novela nos parece detectar una especie de ataque o devaluación del socialismo, aun cuando la diga el narrador, MB, que además coincide con otras declaraciones similares del autor. MB que ha conocido al personaje César Arias, y sabe de su «entrega» al socialismo, se pregunta: «¿Es que todavía existen sujetos así en la vida? ¿Qué bicho raro es este? Y si yo, un hombre de treinta y cuatro años, pienso así, ¿qué pensará la generación que viene detrás ahora que el socialismo había colapsado en el mundo? ¡Pobre Arias Sotomayor! Lo verían como un animal prehistórico perdido en las ciudades del siglo XX.» (pp. 387-388). Y la réplica se impone: ¿es el socialismo el que colapsó o fue el estado burocrático copado por la ideología burguesa después de la revolución? En una novela favorable al socialismo, ¿interesa conocer las opiniones de un narrador reaccionario que piensa así, sin que sus personajes planteen —indirectamente— una visión divergente de la suya? Es más, nótese que al tipo entregado a la idea de construir el socialismo, se lo presenta como «sujetos así», «bicho raro», «animal prehistórico»; pero el narrador reaccionario sí se llama «hombre». Y eso lo dice a pesar de que recuerda una referencia encomiástica de Arias por parte de Pepe Corso, dice: «… yo no podía dejar de pensar en lo que me dijera Pepe Corso en el sentido de que los jóvenes de su tiempo veían en César Arias (como vieron en Kymper y Lobatón) al líder del PCP que haría la revolución por los caminos del marxismo-leninismo» (p. 389). Y en la p. 396, MB vuelve a hablar ya no del colapso del socialismo, sino del comunismo: «Tuve el deseo maligno de preguntarle [a Arias] si todavía tenía sentido ser un comunista después del colapso del sistema en el mundo.» Y es, pues, un dislate mayúsculo pues no es lo mismo socialismo que comunismo, y si ya hemos dicho que es un despropósito hablar de «colapso de socialismo», hacer lo mismo respecto del comunismo es una estupidez.

        c. Stalin y Trotski

        En la p. 25, dice TF: «Yo era la única chica rodeada de cinco chicos más y polemizaba con uno de ellos sobre las revelaciones de Kruschev, en el XIX Congreso del PECUS (triple sic) en relación con Stalin». No fue en el XIX sino en el XX y XXII Congresos del PCUS. Y, por lo demás, no fueron «revelaciones» sino traiciones e infundios de Kruschev, es decir, las «acusaciones» y «críticas» a Stalin fueron pretextos para modificar la línea de la revolución rusa planteada por Lenin y continuada por Stalin, y, a partir de ahí, empezó el retroceso para regresar al capitalismo, lo cual se perpetró en la década del ochenta del siglo XX, de lo cual son responsables Kruschev, Breznev y Gorbachov.137

        Sobre este tema de la «especulación política», en términos generales, hay que añadir aquí que se da también en la novela, y en el caso de Stalin se le da igual tratamiento, sin un desmentido categórico. Y más bien se busca reivindicar la imagen de Trotski, y es algo que al parecer ya forma parte del ideario de MG. En La invención novelesca, dice: «… en esos años en los ambientes universitarios donde contendían diversos grupos de izquierda, era cosa muy común acusar de soplones o agentes de la CIA a los adversarios ideológico políticos, empezando, desde luego, por los trotskistas» (p. 34). Y en la novela Una pasión latina (2011), dice: «Ni Lenin ni Trotsky eran sus verdaderos nombres. Stalin tenía el horrendo apellido de Yugachvili» (p. 46). En principio, se debe precisar que el apellido de Stalin —en varios diccionarios— es: Dugashvili, y, por otro lado, en la p. 47 de la misma novela se lee lo siguiente: «En la Biblioteca Nacional leyó todo lo que pudo encontrar sobre el asesinato de Lev Davidovich Trotsky, perteneciente al linaje judío de los Bronstein»; pero, en este caso, el apellido de Trotsky no le parece «horrendo», y más bien se solaza en destacar su «linaje judío».

        La misma TF dice, en la p. 85: «Una vez en mi círculo estudiamos durante más de un mes las tesis de Trotski sobre la revolución permanente. Claro las estudiamos a la luz de la crítica de Stalin. Porque nosotros éramos estalinistas y a los trotskistas había que aplastarlos como cucarachas. Por eso fui severamente criticada por tener amigos trotskistas.» En el desarrollo de la novela no se especifica quiénes son esos amigos, y del único que se dirá estuvo de paso por el trotskismo es de Raúl Arancibia, quien, propiamente, no era su amigo, sino su amante, o sea que las críticas a que alude no se las hicieron por su «amistad» con él, sino por la depravación que llevaba aparejada, más aun si en ese momento él estaba en el mismo partido de donde provenían las críticas.

        En la p. 124 se menciona a un personaje ripioso de apellido Calvo, de quien se dice que «… se orientaba hacia el socialismo y defendía la figura de Stalin, no obstante que El Comercio y La prensa comenzaban a denunciar los juicios secretos de Moscú, que eran, afirmaban, farsas siniestras, mediante las cuales Stalin iba eliminando a sus opositores.» Ese personaje de apellido Calvo no vuelve a aparecer más. Y las acusaciones a Stalin quedan sin ser controvertidas, o sea que son admitidas como válidas, a pesar de que provienen de dos periódicos reaccionarios, de extrema derecha.

        Es decir, hay una crítica sesgada respecto de la figura de Stalin, lo cual constituye un ingrediente maniqueo; por ejemplo, en la p. 129: Pablo Fiol, siendo aprista, discute con un comunista, y ante las duras críticas del último a las actitudes y posiciones apristas, Fiol pregunta: «¿Con qué derecho moral hablaba? ¿Qué podía decirle de los crímenes de Stalin?» Y en la p. 159: «Después le dijo que la lógica de Hitler se fundaba en la lógica de Yavé. “¿Y qué me dices de la lógica de Stalin?”, acotó Bracamonte que como buen aprista por esos años era enemigo irreconciliable de los comunistas.»

        En la p. 170, se lee lo siguiente: «Nada se sabía de la dictadura de Stalin que acabó con la oposición enfrentando a una facción con otra. Todavía no se sabía (…) de los fusilamientos de Zioviev (sic) y Bujarin y faltaban algunos años para que Ramón Mercader, por orden de Stalin, asesinara a punta de hachazos a Trostky (sic).» Están mal escritos los nombres de Zinoviev y de Trotski. De este último, en la p. 294 sí se escribe correctamente. Por otro lado, eso de «por orden de Stalin» es algo que no está probado, solo es producto de la especulación, y repetirlo así, al desgaire, es poco menos que una felonía. Es frecuente encontrar este tipo de escarnios en autores decididamente reaccionarios, como es el caso de Katherine Neville, quien dice:

¿Por qué la había llevado a Rusia, una tierra de la que aún conservaba tantos recuerdos amargos de su pasado? ¿Acaso no había sido testigo de la destrucción de su propia familia durante el régimen de Stalin, en plena noche, siendo él apenas un niño?138

        En la p. 193 se lee: «… Rulo [Arancibia] comprendió que a veces es necesario compartir el poder haciendo concesiones y estableciendo alianzas temporales, mientras se daban las condiciones para recuperar el mando absoluto.» (Al parecer aquí hay una alusión al pacto de Trotski con los alemanes, conocido como el Pacto de Brest Litovsk durante la primera guerra mundial139, y que en otro momento de la novela, p. 295, se lo atribuye solo a Stalin, o sea, en la segunda guerra140). Es decir, en dicha página  (295) se lee lo siguiente por parte de TF: «Después del asesinato de León Davidovich, el principal cargo que se le hacía a Stalin era la firma del tratado nazi-soviético, a cargo de los cancilleres Ribbentrop-Molotov, que causó estupor entre los militantes de la Tercera Internacional y desencadenó la renuncia de los intelectuales comunistas y los simpatizantes y amigos de la Revolución de octubre, los más débiles de los cuales se precipitaron a la charca del decadentismo nihilista. ¡Cuántas veces no habré escuchado entre los trotskos que conocí en San Marcos este mismo rollo! Y seguramente tú, Morgan, aunque eres de una generación más reciente, debes haber escuchado alguna vez estas letanías trotskistas.» En principio, debe precisarse que los trotskistas son los menos indicados para hacer esa crítica, pues el mismo Trotski, en la primera guerra mundial firmó con los mismos alemanes el pacto de Brest-Litovsk. Y la parte final del párrafo constituye la única observación antitrotskista de TF; y, por otro lado, queda en suspenso la respuesta de Morgan (que hubiera servido para matizar el monólogo de TF).

        Y el mismo narrador, MB, mete su cuchara al respecto. En la p. 256 dice, refiriéndose a su padre: «(…) Y se despachaba hablándome del peligro comunista, de las formas tenebrosas de las sociedades que vivían detrás de la cortina de hierro, se demoraba contándome de los crímenes de Stalin, de las purgas que había llevado a cabo contra sus mismos camaradas de lucha, me habló por supuesto del asesinato de Trostky (sic), del terror y los campos de concentración estalinistas y terminaba despotricando contra Castro, que había convertido a Cuba en una base militar del poder moscovita… Yo no descartaba que en lo que me decía el viejo Scott hubiera un fondo de verdad, pero bastaba escucharlo de sus labios para que en mí naciera no diré que simpatía ¡ni mucho menos! por el comunismo, pero sí el deseo de investigar las luchas internas, las pugnas estalinistas, el papel de Stalin en la Segunda Guerra Mundial, el asesinato de Trotsky.» (Cursiva mía, para resaltar la forma correcta que difiere de las anteriores, incorrectas, aunque lo común es usar una «i» latina, al final).

        Otra mención a Trotski se ve en la p. 294: «¿Cómo, se preguntaba, Riofrío había conquistado la confianza absoluta de Natacha Sadova, viuda no solo (sic) de León Davidovich Trotski, sino de Zina, Lyova y Sergei, sus tres hijos suicidados o muertos a causa de la persecución estalinista?» El signo “sic” resalta que la expresión «no solo» ha debido ir delante de Natacha Sadova, porque al ir después de Natacha Sadova —como ocurre en el original— se entiende que esta no solo fue viuda de Trotski, sino de Zina, Lyova y Sergei, etc.

        En las pp. 294-295, se insiste en «la persecución estalinista». Y se presenta a dos personajes que representan a personas de la vida real, con nombres cambiados: Ismael Frías (Israel Riofrío), Ricardo Napurí (Ludovico Ñaupari), señalando al primero como homosexual, y al segundo como muy parecido a Tyron Power de quien se dice que también «era una loca arrebatada».141 Y, en realidad, es el mismo mecanismo usado por Mario Vargas Llosa para devaluar la calidad revolucionaria de los personajes que de manera ex profesa busca desacreditar, por eso, en la p. 379 de CTF, se busca justificar a Vargas Llosa, de la siguiente manera:

«De Vargas Llosa me recomendaron leer Historia de Mayta. Es un libro que detesta Muriel (como lo detesta, según he sabido, toda la izquierda peruana), pues según ella, a través de Mayta, el protagonista del libro (presentado como un homosexual irredento), se difama y degrada a los combatientes sociales y revolucionarios del Perú. A mí me pareció una novela eficaz por su composición y Mayta, más allá de su condición de militante trotskista, es un personaje literario logrado que me inspiró no exactamente simpatía pero sí piedad humana.»142

        En primer lugar, se puede exigir que debe explicarse por qué Muriel lo detesta, porque en ningún momento del libro se dice de ella, ni siquiera se insinúa, que sea un personaje de izquierda (y una golondrina no hace verano); en segundo lugar, la expresión «homosexual irredento» obliga a pensar de que sí existen «homosexuales redimidos», es decir, que se hayan «arrepentido», y, por tanto, que hayan dejado de serlo; en tercer lugar, y sin esclarecer o retrucar la idea de que con la presentación del personaje homosexual lo que se busca es degradar al revolucionario, pasa al tema del trotskismo del mismo personaje, y dice: «más allá de su condición de militante trotskista», cuando eso no está en discusión, porque justamente se está reconociendo su condición de revolucionario (al margen de su posición trotskista), la misma que es devaluada o degradada cuando se dice que es homosexual; pero, después de esos desvíos, la discusión es llevada al ámbito puramente literario: «a mí me pareció una novela eficaz por su composición y Mayta (…) es un personaje literario logrado que me inspiró no exactamente simpatía pero sí piedad humana.» Es decir, el narrador impone: quedémonos en lo literario, no vayamos a lo político, si podemos avanzar al tema de la homosexualidad, pues digamos que, por ello, lo máximo que podemos decir es que nos causa si no simpatía al menos sí «piedad humana»; en definitiva, quien no lo acepta como homosexual es alguien que no tiene ni siquiera piedad humana, y simplemente lo está rechazando por un prurito puramente político. Y, así, no se ha deslindado el problema inicial atribuido a la izquierda peruana, a la que se asocia con Muriel, quien —repetimos— en toda la novela no se hace que destaque como izquierdista. Y esta actitud del narrador (MB) resulta contradictoria, pues en otro momento toca el mismo tema al referirse al personaje Riofrío, p. 294, de quien se dice: «… era maricón, un homosexual que se le había insinuado a Arancibia, mientras comentaba el libro del mártir Historia de la Revolución de octubre.» [Obviamente se refiere a Trotski, pero ha debido ir una coma después de «mártir»]. Y agrega: «… Arancibia llegó a sentir desprecio y asco por Israel, pues según él un revolucionario auténtico tenía que ser un sujeto moralmente sano, normal, equilibrado, no un marica, un afeminado, que proyectaba el caos interior que era su vida a la organización partidaria, sin contar que un sujeto de esta ralea podía estar expuesto al chantaje y ser potencialmente un traidor para satisfacer sus oscuras pulsiones.» Y la contradicción del narrador es que debió hacer el deslinde con su opinión sobre Mayta, porque en este caso la manipulación corresponde a Vargas Llosa, que presenta al revolucionario y lo devalúa cuando trata de seducir a un joven revolucionario al pedirle que lo deje chuparle el pene, y, peor aun, cuando hace que ese joven acepte dicho acto. Esta manipulación del acto homosexual aplicado a dos personajes literarios, revolucionarios, no es un simple evento ocurrido entre dos personas comunes y corrientes, y al presentarlo así —y en un medio como el nuestro, en el que el homosexualismo es un tema tabú, prohibido— la intención es devaluar y degradar al revolucionario en el imaginario de la sociedad peruana.143 Entonces, repetimos, el narrador debió hacer el deslinde al momento de emitir su opinión (p. 379) sobre el personaje literario, Mayta. Pero, por otro lado, cuando se censura al «político homosexual» (al tratar del personaje Riofrío), hay también otra contradicción (aun cuando la referencia la está haciendo TF), pues ella dice que la reacción de Arancibia en relación con la homosexualidad de Riofrío es de rechazo; pero después en la novela se nos dirá que Arancibia realiza prácticas homosexuales. En la p. 352, se lee que TF «… se dirigió al departamento del jirón Huancavelica» (casa de Arancibia). «Sentía oscuros temores y deseos de venganza. Dudó unos instantes al llegar a la casa. Luego introdujo su propia llave en la chapa y abrió la puerta. Entonces le dio un vuelco en el corazón cuando descubrió a Arancibia teniendo sexo con un hombre. Sería morboso, dijo Emperatriz, que te describiera el cuadro que vio Tamara. Pero lo más espantoso, y sin embargo no la sorprendió demasiado, fue que Arancibia la recibió con su risa cínica, invitándola para formar un trío.»144 ¿Cómo se explica que TF le hablara del «desprecio y asco» que sintió Arancibia por la insinuación de Riofrío si ella ya lo había descubierto en un acto homosexual (pues ella está contando su relación con él, pero cuando ya está muerto)?; ella debió aclarar entonces que no le creyó a Arancibia su «perorata moralista». Perorata moralista que también es desfasada porque, si bien la crítica a la novela de Mayta censura la mezcla de política y homosexualidad (por las razones ya expuestas), no es que esto se esté trasladando de manera cuadriculada a la vida real, porque el homosexual en esta, en la vida real, puede actuar como político con toda validez. No en vano decía Platón que quienes mejor se desenvolvían en la política eran los homosexuales145, sin que esto quiera decir que todos los políticos lo sean ni que todos los homosexuales sean políticos. Son circunstancias decisivas que no se convierten en antagónicas, y bien pueden conciliarse.

        También TF dice, en la p. 295: «Recuerdo que en ese momento se me ocurrió preguntarle cómo, estando tan comprometido con el trotskismo, se produjo su acercamiento al PCP, que, pese a las denuncias de Kruschev, seguía rindiendo culto a Stalin» (…) «En las reuniones de célula, se empezaba con una suerte de ritual evocando el alevoso asesinato del profeta y fustigando las traiciones y crímenes de Stalin.» Destaquemos de esa cita dos expresiones: «Las denuncias de Kruschev» y «las traiciones y crímenes de Stalin», que en realidad no son otra cosa que reflejos del cambio ideológico del autor, MG146, quien no pierde ocasión para zaherir a Stalin, aunque no venga al caso; por ejemplo, comentando la novela de Milan Kundera, dice: «En la novela, el ensayo (…) tiene un carácter irónico, lúdico y conjetural.» Y pone el siguiente ejemplo: «y… la anécdota narrativa del capítulo “La Gran Marcha”, de La insoportable levedad del ser se desarrolla en contrapunto con una reflexión ensayística sobre el kitsch, que a su vez empieza con una reflexión sobre la mierda a propósito de la muerte del hijo de Stalin en un campo de concentración nazi.» (LIN: 218). Desde su nueva concepción (ideológica) MG, haciéndose eco de la postmoderna (ideología) «muerte de las ideologías», nos quiere convencer de la misma con la «autoridad» de Milan Kundera; pero, ¿acaso la obra de Milan Kundera no responde también a una determinada ideología? Si fuera así, si dicho autor fuera, en verdad, un ser desideologizado, tendría que ser infalible o, por lo menos, muy preciso en sus términos para que estos dejaran de ser controvertibles. Pero, en efecto, MK refiere la anécdota (¿real, ficticia?) de que hallándose el hijo de Stalin, en calidad de prisionero, en un campo de concentración nazi y en el mismo alojamiento que otros prisioneros ingleses estos le recriminaron su costumbre de dejar sucio el retrete donde defecaba, limpieza que él se negaba a realizar; y tanto lo presionaron que no le quedó otra cosa que lanzarse contra la alambrada electrificada que rodeaba al campo de concentración. Y, a partir de esa anécdota, MK desarrolla su hipótesis de la «levedad del ser», y dice: «Si la reprobación» (los ingleses) «y el privilegio» (hijo de Stalin) «son lo mismo, si no hay diferencia entre la elevación y la bajeza, si el hijo de Dios» (y lo es el de Stalin, según MK) «puede ser juzgado por cuestiones de mierda, la existencia humana pierde sus dimensiones y se vuelve insoportablemente leve. En ese momento el hijo de Stalin echa a correr hasta los alambres electrificados para lanzar sobre ellos su cuerpo como sobre el platillo de una balanza que cuelga lamentablemente en lo alto, elevado por la infinita levedad de un mundo que ha perdido sus dimensiones» (A-1993: 246-247). Obviamente, esa comparación de MK sobre el ‘dios Stalin y su hijo’ hace que pierda credibilidad su anécdota, pues con ese «máximo poder», simplemente, él se hubiera eximido de ir a la guerra. Pero hay más, porque a continuación MK alude a una especulación silogística que trata de demostrar lo cuestionable de la existencia de dios, pues dice que de niño observó una iconografía de Dios, correspondiente a «un anciano (que), tenía ojos, nariz, una larga barba y yo me decía que, si tenía boca, debía comer. Y si come, también tenía que tener tripas. Pero aquella idea me asustaba porque, aunque era hijo de una familia más bien no creyente, sentía que la idea de las tripas de Dios era una blasfemia.» Y agrega: «Sin ningún tipo de preparación teológica, espontáneamente, comprendí desde niño la incompatibilidad entre la mierda y Dios y, de ahí, cuán dudosa resulta la tesis básica de la antropología cristiana según la cual el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. Una de dos: o el hombre fue creado a semejanza de Dios y entonces Dios tiene tripas, o Dios no tiene tripas y entonces el hombre no se le parece» (p. 247). Y lo especulado por MK es controvertible (y lo digo sin ánimo de congraciarme con el cristianismo ni con ninguna doctrina religiosa, ateo como soy), porque el decir «el hombre fue creado a semejanza de Dios», no quiere decir que sea «igual a Dios», en ese punto de quiebre (semejanza e igualdad) está la diferencia, pues, de ser lo contrario (igual a Dios), no solo se reclamase el hecho de que tenga tripas sino también su inmenso poder. Y así como el hombre no tiene el inmenso poder de Dios (según los creyentes), este tampoco tiene la boca para comer, pues, por lo demás, el hombre mismo no usa la boca solo para comer, también la usa para hablar y esto es lo que más hace, incluyendo al mismo MK.

        En la p. 294, refiriéndose a Arancibia, TF dice que entre los trotskistas y en relación con la «llamada Cuarta Internacional (…) llevó a otros a retomar su pureza (de esta forma se expresaban ellos, me aseguró Arancibia) el legado de Trotski, el profeta asesinado, como base para una Quinta Internacional. Salvo algunos pocos farsantes, la mayoría eran tipos moralmente superiores y abnegados como, según revelación propia, nunca llegaría (sic: a) ser él, poseídos por una sola idea capaces de llevarla a la práctica hasta la propia inmolación, lo que me hizo recordar, belleza, a mi gran abuelo don Ramiro Garibaldi Fiol y a los anarquistas que postulaban la propaganda por los hechos…» Esta cita confirma lo dicho: que se está usando tanto al trotskismo como al anarquismo (y de paso también al aprismo) para —como juego de espejos— ilustrar la «mística senderista», nada más que en esa «propia inmolación» de los trotskistas, la historia política no conserva ningún caso que la ilustre.

        En la p. 170 se insiste en el asesinato de Trotski: «… faltaban algunos años para que Ramón Mercader, por orden de Stalin, asesinara a punta de hachazos a Trostky (sic).» Y he aquí que se da la ‘situación política límite’ a que ya hemos hecho referencia. Es decir, esa aseveración de que fue Stalin quien dio la orden de matar a Trotski es algo que la historia no ha comprobado, y que solo los trotskistas y el imperialismo se encargan de promocionar hasta el cansancio. Y en CTF la satanización de Stalin es profusa, sin que exista ese contrapeso alertado. Solo en una oportunidad, Raúl Arancibia, afirma haber sido él quien se atrevió a contradecir los ataques a Stalin y dice que eso le costó «su expulsión de las filas del trotskismo.» Situación que se da en la p. 296: «Sin duda —comentó él— el pacto nazi-soviético fue una movida arriesgadísima, antinatural, maquiavélica, cínica, sangrienta, genocida, y todo lo que ustedes quieran, de Stalin, pero ¿no creían que con ello desbarató los planes de Inglaterra, Francia y Estados Unidos, que querían empujar a Hitler contra la Unión Soviética, cuando ésta todavía estaba desarmada? En cambio con el Pacto, Stalin ganó tiempo, un tiempo precioso, de vida o muerte, mientras desarrollaba su industria pesada de guerra, con cuyos tanques y artillería recién salidos de las fábricas, el Ejército rojo en Stalingrado hizo morder el polvo de la derrota al ejército hitlerista y salvó a Occidente y a la humanidad entera de la barbarie nazi. Hubo un silencio prolongado, denso, espeso, que Arancibia dijo que casi se podía cortar con un cuchillo. “¡Así que teníamos entre nosotros a un agente del estalinismo!”, rompió el silencio Martorell, un catalán exaltado, al que siguió Ludovico Ñaupari: “¡Estalinista miserable! ¡Te voy a estrangular!”.» Obsérvese que la intervención de Arancibia, «favorable a Stalin», se da en un caso de política internacional, con una previa y adversa adjetivación que casi minimiza el encomio; pero no se dice nada respecto de las densas y exageradas menciones negativas y criminalización de sus actos y/o decisiones internos. Y esta es una situación que se da en una novela cuyo contexto tiene como principal protagonista (aunque en ausencia) a Sendero Luminoso que contaba entre sus paradigmas ideológicos, precisamente, a Stalin. Y esto último no se deja entrever en ningún momento. Y, más bien, la figura de Trotski, también profusamente señalada, resulta puesta de relieve, incluso desde la perspectiva estética de sus escritos. Veamos: «Al día siguiente [de la expulsión de Arancibia], compró de segunda mano Cuestiones del leninismo [de Stalin], de la Editorial Claridad. Leyó al azar una página y se dijo que Israel Riofrío tenía razón cuando afirmaba que quien hubiese conocido la prosa brillante de Trotski no podía soportar el estilo clerical, de catecismo, de Stalin. Y era verdad, corazón [interviene TF dirigiéndose a Morgan], le pareció un libro elemental, escolástico, indigno de una inteligencia cultivada, pero que tenía la virtud de la sencillez, de llegar a las masas, señalándoles de manera indudable el camino que tenían que seguir» (p. 296).

        Y la intervención de TF es desconcertante porque, en principio, da la impresión de que su expresión «era verdad, corazón», tiene que ver con la situación de Arancibia, pero lo que se saca en claro es que está coincidiendo con lo que él ha aseverado acerca del libro de Stalin: «elemental, escolástico, indigno de una inteligencia cultivada». Sin percatarse que Trotski con esa supuesta «bondad estética» nunca logró hacer lo que Stalin: ser junto a Lenin en la revolución rusa, lo que Marx y Engels son para el comunismo internacional: pensamientos complementarios. Y lo más sorprendente es que de esa confrontación de dos estilos contrapuestos (el estético y el pragmático) el primero resulta favorecido en la valoración, coincidiendo con el mismo criterio que MG deja traslucir en sus últimos ensayos. Inclusive esa admisión de los «crímenes de Stalin» es asumida —sin restricciones— por MG en El pacto con el diablo, ahí dice: «… se publicaron algunos libros memorables como La derrota de Fadeiev (que escribió antes de convertirse en burócrata, lo cual lo llevó al suicidio después de la muerte de Stalin) y sobre todo Caballería roja, de Isaac Bábel (años después sería asesinado en una de las purgas estalinistas)…» (pp. 363-364).

        En la p. 302 hay otra evidencia de que se trata de sublimar las cualidades de Sendero transfiriéndolas al anarquismo o al trotskismo, incluso al aprismo. El personaje César Arias dice: «… los trotskistas nunca llegarían al poder. Eran, ni más ni menos, como las fraternidades anarquistas. Unos parias. Un puñado de ilusos sin sentido de la realidad. Los revolucionarios auténticos son hombres de carne y hueso que no temen mancharse las manos. Y Arancibia había reconocido entonces que, aunque no lo quería admitir, pensamientos similares lo asaltaban cuando escuchaba a sujetos como Isarel Riofrío, Martorel o Ñaupari.» Pero hay más, en la p. 358: Arancibia le echa en cara a TF (sin que ella lo desmienta) su admiración por Trotski, dice: «¿Conservarás por lo menos la biografía de Trotski, de Isaac Deutscher? ¡Cómo te apasionó El profeta desterrado, que leíste en nuestro nido de amor de la calle Huancavelica!» Es decir, a los trotskistas esta novela Confesiones de Tamara Fiol les habrá sabido como miel en hojuelas.

        Y, a propósito de todas estas incidencias en el tema de la política, MB se lamenta de su poca versación en los temas del comunismo, especialmente «sobre las terribles luchas internas en el mundo de la revolución comunista; por ejemplo, en la biblioteca de mi universidad había leído sobre las luchas que siguieron a la muerte de Lenin en que estaban implicados Trotsky, Zinóviev, Kamenev, Bujarin y Stalin, en el que este último eliminó a sus rivales» (p. 371). Véase otra vez la acusación difundida por los trotskistas y el imperialismo: Stalin fue el asesino despiadado que eliminó a medio mundo. Pero la insidia se exacerba más, a pie juntillas: «me parecían luchas feroces pero sobre todo absurdas» (¿las luchas ideológicas —aun cuando acaben en ajusticiamientos— son absurdas?) Sin embargo, sigue: «Cuando en algún momento Tamara Fiol, en el contexto del enfrentamiento entre Abel (Arancibia) y Cantuarias (Kymper), habló del pasado trotskista de Kruschev y su delación de sus antiguos camaradas para salvar el pellejo y convertirse en el bufón de Stalin, admiré su conocimiento de algo que me parecía tan remoto como las luchas internas en el PCUS», es decir, no puede ser que a partir de una especulación casi chismográfica se salte a ponderar a TF por su «conocimiento de (…) las luchas internas del PCUS», sobre estas luchas no hay mayor incidencia (solo esa atribución al trotskismo de Kruschev que lo lleva a convertirse en bufón de Stalin luego de traicionar a otros trotskistas); o TF es una redomada mitómana o MB es un increíble pepelmas o MG ha desbarrado políticamente de manera insospechada, porque —y esto es insoslayable— el autor no es inimputable en relación con las opiniones infelices de sus personajes.

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(133) No olvidar que esta línea revisionista tiene su origen en la fractura de la Segunda Internacional, entre reformistas y revolucionarios.
(134) Error en el nombre, no es «Errico» (como figura en el texto) sino Enrico.
(135) Y tanto uno como otro términos (canónico, diablo) forman parte del léxico teológico, cuyo uso MG pretende justificar en su libro de ensayos La invención novelesca. Primero dice que se hizo ateo, pero — agrega— «ni siquiera en los años más febriles fui un ateo militante, pues siempre tuve respeto por los sentimientos religiosos de los demás» (p. 91), y hay que aclarar aquí que el ser un «ateo militante» no implica fanatismo febril ni faltar el respeto a los creyentes, es, en todo caso, un respeto a sí mismo, lo cual sí implica consecuencia y no hacer concesiones a la ideología teísta, como eso de poner al «diablo» en el título de un libro, y pretender la justificación de lo metafórico, dice MG: «Por eso en mi desván retórico —temas, motivos, metáforas— las alusiones al universo de la religión son considerables.» (Ibíd.).
(136) “Harold Bloom: Canonizador”, en: Mediaisla, Revista digital. 26-11-2011.
(137) En el libro Polémica acerca de la línea general del movimiento comunista internacional, posición del PCCH, Pekín, Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1965, se lee lo siguiente: «… hay otros problemas de interés común, tales como la crítica de Stalin y algunos importantes problemas de principio concernientes al movimiento comunista internacional, planteados en los XX y XXII Congresos del PCUS» (p. 55). Y más adelante leemos: «El XX Congreso del PCUS fue el primer paso que dio la dirección del PCUS por el camino del revisionismo» (p. 63). Y es un error que se pudo evitar si el autor volvía a leer su texto antes de editarlo, porque él pone el dato correcto en su libro La cabeza y los pies de la dialéctica (2011): «… las obras de Alexander Solzhenitsin responden, ideológica y políticamente, a las orientaciones dadas por los XX y XXII Congresos del PCUS, a cuya cabeza se hallaba Kruschev» (p. 166).
(138) Katherine Neville, El fuego, Barcelona, Random House Mondadori, 2010. pp. 11-12.
(139) El 3 de marzo de 1918, Trotsky, representando a la revolución rusa, firmó el tratado de paz, en BrestLitovsk.
(140) El Tratado de no agresión entre el Tercer Reich y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, conocido coloquialmente como Pacto Ribbentrop-Molotov, fue firmado entre la Alemania nazi y la Unión Soviética en Moscú por los ministros de Asuntos Exteriores de Alemania y la Unión Soviética, Joachim von Ribbentrop y Viacheslav Molotov, respectivamente. El pacto se firmó el 23 de agosto de 1939, poco antes de iniciarse la Segunda Guerra Mundial. Y en él se incluían cláusulas de no agresión mutua, así como un compromiso para solucionar pacíficamente las controversias entre ambas naciones.
(141) Ese cambio de apellidos igual se hace con otros personajes (por ejemplo Segisfredo Luza y su víctima Farez Wanus). Algo distinto se ve en la novela de Arturo Pérez-Reverte, La Reyna del Sur, en la que se menciona con su nombre al presidente de México ligado al narcotráfico: «… transportaban en un solo viaje de ocho a doce toneladas con la complicidad de la policía, el ministerio de Defensa y la propia presidencia del Gobierno mejicano. Eran los tiempos felices de Carlos Salinas de Gortari, con los narcos traficando a la sombra de Los Pinos…», (La reina del sur, 2011, USA: Santillana, p. 51); a pesar de que esta novela es encomiada por el autor, MG, en El pacto con el diablo, «… deben tener cabida —dice— las aventuras de Edmundo Dantés, una de cuyas reencarnaciones más recientes lo (sic: se refiere a «una», ha debido decir «la») constituye la solitaria antiheroína Teresa Mendoza de La reina del sur, la última y apasionante novela de Arturo Pérez-Reverte» (A-2007: 168).
(142) En un desencuentro con su narrador, el autor, MG, tiene otra opinión del libro de Vargas, dice: «Las objeciones hechas aquí no invalidan la calidad novelística de MVLl, pero sí cuestionan su humanismo y pueden incidir más adelante negativamente en su obra. En este sentido Historia de Mayta es un aviso, la apertura hacia un sendero laberíntico que podría convertirlo en un santón anticomunista, como un personaje de sí mismo, justamente como el fanático Consejero» (Cf. El pacto con el diablo, B-2007: 303). Lo cierto es que esta opinión corresponde al período de La generación del cincuenta, los años ochenta del siglo pasado, y, al parecer, la opinión última del autor ahora coincide más con la de su personaje narrador.
(143) Es decir, no es que se esté en contra del tema «homosexualidad» (tan válido como cualquier otro); se trata, sí «de convertir lo prohibido en indispensable», y en este caso no lo es, sí es manipulable. Cf. Lucía Etzebarria, En brazos de la mujer fetiche, A-2007: 356. Sobre lo tabú, ver también: Marco Aurelio Denegri, Lexicografía, A-2011: 73-81.
(144) Y en la página 362, en el diálogo que sostienen TF y Arancibia, este le dice: «Omitiste decirle que cuando volviste a Lima y me encontraste en tan comprometedora compañía, yo te invité para formar un trío que (sic: a lo que) tú, finalmente, accediste. Lo recuerdas, ¿verdad?» 145 Aunque es pertinente precisar que Platón hace una progresión a partir de los jóvenes que aman a los de su propio sexo «y se complacen en acostarse y en enlazarse con ellos» y agrega que «cuando llegan al término de su desarrollo, son los de tal condición los únicos que resultan viriles en la política. Mas una vez que llegan a adultos, aman a su vez a los mancebos, y si piensan en casarse y tener hijos, no es por natural impulso, sino por obligación legal» (A-1982: 29).
(146) Para quien, dígase de paso, «las ideologías en más de un sentido actuaron como sustitutos de las religiones» (La invención novelesca, 2008-a: 213). Y nótese que habla de las ideologías en pasado, de lo que debe seguirse que al momento de escrita esa opinión ya no hay ideologías y que esa misma opinión no lo es, y, obviamente, debe llegarse a esta conclusión porque —en pocas líneas previas— ha comparado a la ideología como un «horizonte utópico —de derecha o de izquierda» (Ibíd.).

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