lunes, 1 de mayo de 2017

Filosofía

Las Bases de los Juicios Morales

(Tercera Parte)

Howard Selsam

DE TODOS LOS SISTEMAS MORALES idealistas modernos, el de Kant fue el que tuvo más éxito y ejerció mayor influencia. Este filósofo vivió en la región aún feudal de la Prusia Oriental, durante la segunda mitad del siglo XVIII, y presenció desde lejos el principio de la llamada “revolución industrial” en Inglaterra y la ascensión de la burguesía al poder en Francia, después de su revolución. Kant afirmó también los sagrados derechos del individuo y los demás principios éticos del orden burgués, pero, como no había aún clases medias revolucionarias en Prusia, él solo pudo hacer esto en teoría, y solo en forma de leyes morales eternas. De esta manera, Kant fue burgués sin vivir en un mundo capitalista, y los principios de este sistema aparecen en él –en virtud de su entrenamiento pietista– como dictados de la conciencia moral inherente a todos los hombres. En realidad este filósofo insistía en que sus principios morales eran tan fundamentales y tan generales que podían aplicarse no solamente al hombre sino también a todos los seres racionales. Y pudo argumentar así, a su manera, porque creyó que sus principios eran leyes de la razón misma, es decir, leyes de algo racional. Esta vez, el lugar y las circunstancias –al no determinar el contenido particular de las leyes morales– no forman parte de su esencia. La razón aparece más alta que todo, incluso por sobre el hombre mismo, y Kant puede exclamar poseído de un sagrado asombro: “Por encima de nosotros solo se encuentra el firmamento estrellado, y dentro de nosotros, las leyes morales”.

        Kant cree, pues, que cada ser racional lleva, dentro de sí mismo, la ley moral. Y así, ésta contiene, de una vez y al mismo tiempo, las glorias de la idea absoluta platónica del bien –universal y trascendiendo al mundo del espacio y del tiempo– y la creencia humildísima de la moralidad protestante, o sea, que el bien se encontrase dentro de cada individuo, cualesquiera que sean su significado y exaltación en su paso por esta vida. Según Kant, sin esta ley moral no hay ética social posible, ni en la teoría ni en la práctica, ya que ello constituye la obligación sin condiciones (él la llama “imperativo categórico”), el “tú debes”, la imposición que nosotros nos hacemos del deber a todo costo. El personaje Federico, en “Los Piratas” de Gilbert y Sullivan, lleva el sello del héroe moral de Kant, que cumple su deber por el deber. Kant se ve obligado a admitir, claro está, que esta ley moral no nos dice nunca al pie de la letra en qué consiste nuestro deber –solo nos dice que debemos cumplirlo–. El mandamiento corta con toda posible disputa al tratarse, por ejemplo, de esclarecer si yo “debo” hacer mi deber, puesto que el significado del deber radica precisamente en mi obligación de cumplirlo. Kan cree que ha resuelto un problema transformándolo en mandamiento de una ley moral mística que está dentro de nosotros; pero sigue en pie la duda de que él ha afirmado simplemente que un mandamiento de nuestra naturaleza nos obliga a hacer lo que debemos hacer. Resulta lastimoso para el mundo burgués el hecho de que uno de sus más grandes teóricos, después de haber rechazado toda teoría de felicidad o de interés personal como fuentes de moralidad, no haya podido encontrar algo mejor que este principio vacuo y abstracto –vacuidad y abstracción que se manifiestan elocuentemente cuando Kant sostiene con ardor e insistencia la validez de este principio, no solo al tratarse del hombre, sino de todo ser racional posible–. En otras palabras, si la felicidad y el interés individual no se erigieran en guías de la conducta humana, dentro de la sociedad burguesa deseada por Kant, no sería posible reemplazarlos por otros principios “humanos”.

        Kant cree que todos los mandamientos de la ley moral deben expresarse dentro de la fórmula general: “Procede como si el máximo de tu acción pudiera erigirse en principio de legislación universal”, lo cual quiere decir, más simplemente, que, en cualquier circunstancia, uno debe actuar como si deseara que su acción fuera una regla de conducta humana en circunstancias parecidas. Este principio tiene algo de virtud y casi ninguno de los defectos de su famoso precedente: No hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti. Kant tuvo razón –como lo revela el más ligero examen– al defender la superioridad de su fórmula, puesto que resulta aplicable cada vez que el “Golden Rule” no puede serlo; por ejemplo, en todas las situaciones en que la acción no se dirige a otra persona. Si detenemos nuestro vehículo a la señal roja en pleno tránsito, la cosa va bien. Pero, en igual forma que el principio del interés personal, que examinaremos después, esto presupone una sociedad homogénea en la cual, lo que es bueno para cada uno es bueno para todos los demás y viceversa. Y lo presupone tan fuertemente, en verdad, que un filósofo alemán, Herman Cohen, sostuvo, en 1905, que dichas leyes morales dan a Kant el derecho de ser considerado como el fundador del socialismo.

        Esta afirmación está lejos de ser la expresión de la verdad, pues Kant ignoró por completo lo que es el socialismo (tratar de hacer lo posible por implantar el orden burgués de la propiedad privada en Prusia) y, además, sus principios se oponen a todo movimiento de los trabajadores hacia el socialismo. La ley moral de Kant, al pretender que se encuentra por encima de la sociedad y de la naturaleza, exige que el individuo actúe como si la sociedad fuera perfectamente racional, aunque en realidad no lo sea. Lo cual, como lo hace ver Kautsky en su “Ética y la concepción materialista de la Historia”, implica que todo defecto de la sociedad se debe a los defectos de los individuos y puede remediarse solo por medio del mejoramiento del individuo. Desde el punto de vista histórico, el principio de Kant resultaba siendo una regresión más que un progreso, pues los materialistas franceses, especialmente Helvetius, habían desarrollado ya, aunque crudamente, una ética que apuntaba hacia instituciones sociales objetivas y pedía que estas fueran racionales, al mismo tiempo que individuales, siguiendo sus propios intereses y actuando necesariamente por el bien común.

        Hay otro principio de la ética de Kant que ha llamado grandemente la atención. Es un corolario de la ley moral y dice, más o menos, así: En todos tus actos debes obrar teniendo en cuenta que el hombre no es un medio sino un fin. Lo que Kant hizo esta vez fue, simplemente, repetir la doctrina del cristianismo primitivo, es decir, que todo hombre, al ser hijo de Dios, es igual que cualquier otro hombre. Aquello venía a ser, en su aspecto positivo, la protesta de Kant contra las relaciones sociales feudales de su alrededor, que implicaban la subordinación de una persona a otra; en su aspecto negativo, se trataba simplemente de una expresión filosófica del legalismo burgués, al que ya nos hemos referido en el capítulo precedente, en virtud del cual todos los hombres han adquirido derechos y obligaciones contractuales. Los socialistas creen lo suficientemente en este principio, y por ello propenden al establecimiento de una sociedad en la cual actúe oponiéndose a la sociedad capitalista, que está basada en el manejo de los hombres simplemente como instrumento del provecho privado. Pero el socialismo científico no propende a una sociedad socialista por simple imperativo de la ley moral o por impulso de la creencia en una santidad de la personalidad humana. Y aquí es donde radica una de las dificultades de todos los sistemas de ética idealista. Ellos pueden servir como justificación teórica de las instituciones existentes; pero, al estar enraizadas en abstracciones metafísicas, no pueden proporcionar la orientación necesaria para efectuar los cambios sociales progresistas.

        Cuando examinamos la ley moral de Kant, aplicándola a situaciones concretas, aparece otros de sus rasgos peculiares. Tenemos el ejemplo de una persona que viola un juramento arrancado a la fuerza. Empleando el principio de que debemos actuar en la misma forma que actuaríamos si fuéramos todo el género humano en una situación parecida, Kant sostiene que el juramento no debe ser violado, porque si todos los hombres hiciéramos lo mismo en parecidas circunstancias, el juramento perdería todo significado y la sociedad “sufriría”. Aquí aparece claramente que las bases de la ley moral de Kant se encuentran en su concepción de lo que debe ser la sociedad, la sociedad humana –una concepción determinada por su propio ambiente– más que en virtud de un eterno principio que actúa dentro de nosotros. En otras palabras, Kant procedió como procedemos todos: formuló, sobre la base de ciertas condiciones existentes, la concepción de una sociedad que satisfacía mejor sus necesidades y deseos y luego hizo de ella el criterio de nuestra conducta moral. Todo su argumento contrala felicidad, como determinante de nuestra conducta moral, se fundaba en su creencia de que, si los hombres se vieran guiados solo por su deseo de ser felices, no procederían sino por intereses individuales hasta hacer imposible una sociedad racional. Esto no viene a ser, incidentalmente, un alto tributo a la naturaleza de las instituciones burguesas; es bastante inferior al que les rinde la escuela del interés personal. Esta diferencia se debe probablemente, más que a todo, a la levadura religiosa de Kant, con su énfasis en la “naturaleza pecadora del hombre”.

        Se pueden examinar otros muchos ejemplos de ética idealista; pero el sistema de Kant es lo suficientemente representativo para llenar nuestros propósitos. Exactamente como el pensamiento espiritualista convencional, los sistemas idealistas pretenden deducir su criterio, la naturaleza de lo bueno y la “facultad” de cualquier hombre para diferenciar y elegir entre el bien y el mal, de algo que se encuentra por encima del mundo cotidiano de los hombres con su asombrosa abundancia de esperanzas y temores, amores y odios, deseos y aversiones. No es nada extraño el hecho de que, habiendo partido (ilusoriamente) del mundo concreto de los hombres, los filósofos idealistas hayan terminado produciendo teorías tan remotas y tan desprovistas de toda virtud concreta de orientación. Claro está que ellos encuentran en el mundo de arriba, en el imaginario reino sin espacio y sin tiempo, únicamente lo que allí puede haber. Por eso a veces vuelven a la tierra con un principio que sanciona relaciones e instituciones y que no podría ser fácilmente justificado, en un terreno puramente racional, por el examen científico de la naturaleza del hombre y de sus actuales relaciones sociales.

        Así resulta comprensible la razón por la cual los idealistas, sin dejar de haber aportado valiosas contribuciones a la teoría moral, han creado, justamente en forma de espiritualismo convencional, una serie de principios que sirven perfectamente para mantener y conservar lo que impide el advenimiento de los que debe ser. Las causas de este hecho pueden resumirse así: 1) los idealistas ignoran el estudio científico del hombre y sus motivaciones, necesidades y deseos complejos (psicología y psicología social); 2) ignoran la naturaleza concreta y el desarrollo de la vida social humana, en la misma forma que sus múltiples instituciones (antropología, sociología, economía, política, etc.); 3) Reemplazan las necesidades reales del hombre viviente por las necesidades del hombre abstracto o, en otras palabras, por un hombre imaginario; 4) creen que el mejoramiento social depende del mejoramiento o reforma del individuo, más que de un reajuste o nuevo ordenamiento de las instituciones existentes; 5) alegando que buscan y obtienen verdades morales y eternas, glorifican los ideales particulares de una clase particular y los hacen armonizar con toda la humanidad; 6) tratan de establecer, como bueno o ideal, algo tan remoto de los deseos y prácticas presentes, que su esfuerzo resulta inútil por un lado, y por otro, no hace más que fomentar la hipocresía –las gentes más cínicas, por ejemplo, son idealistas desilusionados–; 7) y, lo más importante de todo, proveen las bases para la sustitución –especialmente en los tiempos críticos– de las necesidades concretas del hombre actual por un llamado ideal espiritualista –parafraseando a una famosa reina de las Sagradas Escrituras, los hombres piden pan y los idealistas les ofrecen pasteles espirituales y una acaramelada virtud eterna.

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