domingo, 1 de enero de 2017

Literatura

Mario Vargas o el Escribidor: Errores de Construcción

Julio Carmona

EN LA NOVELA El paraíso en la otra esquina hemos detectado un error de construcción y conceptual en las dos primeras páginas. En el primer párrafo de la novela se lee lo siguiente: [Haciendo alusión a un viaje que va a realizar “Flora Tristán”, dice de ella que:] “Abrió los ojos a las cuatro de la madrugada.” Y, al final del párrafo segundo, precisa que: “Cuando el coche llegó a la casa (...) para llevarla al embarcadero, Flora llevaba despierta varias horas.” Hasta aquí cualquier lector, para entrar en ambiente, después de las cuatro de la madrugada en que el personaje ha abierto los ojos, y habiendo pasado varias horas de estar despierto (digamos dos o tres horas más), puede pensar que son las seis o siete de la mañana. Pero, de manera sorpresiva, al comienzo del párrafo tercero se dice que “Era aún noche cerrada”. Y, no obstante esta expresión (que ya es contradictoria con lo dicho antes), y pese también a seguir hablando (en el mismo tercer párrafo) de “Las calles, solitarias y oscuras [que] le parecieron fantasmales”, tres líneas más adelante, dice: Cuando el barco zarpó, trazando una estela de espuma en las aguas pardas del río, brillaba el sol en un cielo primaveral...” (A-2003: 11-12.) Claro, se nos puede decir que los amaneceres de Europa son largos en algunas épocas del año, y su penumbra dura hasta avanzada la mañana. Y esa explicación fuera aceptable si se mantuviera en lo sucesivo. Pero no ocurre así. Porque en la página 13 y en el quinto párrafo, se dice que al llegar “Flora Tristán” al término de su viaje ya contaba con que “El cerrajero Pierre Moreau le había reservado un albergue céntrico, pequeño y viejo, al que llegó al amanecer”, o sea, que el lector se encuentra -en el quinto párrafo- frente a otro amanecer, cuyo avance hacia el día no es muy extenso, pues, a continuación de la frase anterior, dice: “Mientras desempacaba brotaron las primeras luces.” Y aún agrega:

Se metió a la cama, sabiendo que no pegaría los ojos. Pero, por primera vez en mucho tiempo, en las pocas horas que estuvo tendida viendo aumentar el día a través de las cortinillas de cretona, no fantaseó en torno a su misión...

Continuando con la suma de ‘descuidos’ detectados hasta aquí, vamos a ocuparnos de los que hay en la novela Lituma en los andes.

1. Fallas de orden lexical o de construcción:

1.1 En la página 13 se lee: “De rato en rato, por la abertura de una de las paredes de la choza, una viborilla amarillenta daba de picotazos a las nubes. ¿Se creerían los serranos que el rayo era la lagartija del cielo?” En principio hay que aclarar que la víbora no tiene “pico” para completar la metáfora diciendo que la “viborilla daba de picotazos a las nubes” (en todo caso debió decir: ‘lengüetazos’), por lo demás, si el narrador asume la comparación metafórica del rayo con la víbora, ¿por qué cree él que “creerían los serranos que el rayo era la lagartija del cielo?” Además, este agregado hace que pierda fuerza la metáfora de la víbora (con toda su inexactitud, pues dice: “pica”, y no: muerde) ya que “aclara” que, con lo de “viborilla”, está aludiendo al rayo, cuando bien se sabe que la metáfora no necesita de explicaciones, si no -como ya insinuamos- pierde su encanto.

1.2 En la página 15 leemos: “En el suelo de tierra apisonada había pellejos de carnero y de oveja...” De esta cita nos interesa observar que es ocioso hacer la distinción entre pellejos de “carnero y de oveja”, porque en esa condición, de pellejos, ya no se puede discernir el género del animal de origen. Es indistinta la precisión. Y debió quedarse sólo con una.

1.3 En la página 27 se menciona el nombre de un lugar del Perú llamado Aguaitía, pero se hace suprimiéndole la primera ‘i’, y dice: “Aguatía”.

1.4 Desde la página 12, segunda de la novela, usa la expresión “guardia” para referirse a los miembros de la Policía Nacional que, ya en la época en que se ambienta la novela (décadas de los ’80 o ’90: no hay, en realidad, exactitud en esto), había dejado de denominarse Guardia Civil. Pero en páginas sucesivas alude al “guardia Tomás Carreño” (como en la p. 12), y aún en la p. 77 dirá: “¿No habían ido estos excrementos a Puquio a pedir a las autoridades que mandaran a la Guardia Civil dizque para proteger Andamarca?” Debe recordarse que, desde el gobierno del Apra, en el año de 1988, se dio el cambio de la denominación Guardia Civil por la de Policía Nacional.

1.5 Otro indicio de que se trata de la época en que ya no se hablaba de Guardia Civil sino de Policía Nacional, es que en las pp. 106 y 178 se alude a la ecologista Bárbara D’Achille (llamándola “la señora d’Harcourt”), quien fuera asesinada por Sendero en 1989.

1.6 En la p. 203, usa la siguiente expresión: “¿Cómo iba a entrarle en la cabeza a una persona normal, con un solo dedo en la frente...” Pero la expresión auténtica es: “con un dedo de frente”, frase que está relacionada con el prejuicio popular de que la persona es más inteligente cuanto más despejada tiene la frente. Y, por eso, cuando alguien da muestras de tener poca inteligencia se dice que sólo tiene uno o dos dedos de frente, y no “un dedo en la frente”.

1.7 La siguiente descripción (maniquea y caricaturesca, por parte del narrador) de los rasgos físicos de los lugareños de Naccos: “... las caras de recios ángulos, narices chatas, gruesos labios tumefactos y ojitos desconfiados que los rodeaban se escudaron en esa impenetrabilidad sideral que al cabo (Lituma) lo hacía sentirse un Marciano en Naccos” (p. 227), nos lleva a inferir que el personaje Lituma tendría, en todo caso, rasgos europeos y no peruanos para sentirse diferente de los oriundos del Perú serrano, cuyos rasgos físicos no son tan distintos a los de los norteños tallanes (como debe suponerse que los tiene Lituma.)

1.8 En la página 288 se describe un atardecer. Dice Lituma:

“-Siempre que no oscurezca antes -la previno-. El sol se mete temprano en esta época, vea, ya sólo le queda la colita afuera. Estará usted muerta con el viajecito. ¿Quiere una gaseosa?
-Lo que sea, me muero de sed -asintió ella. (...) Se ve bonito desde aquí.
-De lejos es mejor que de cerca -la desanimó el cabo-. Le traigo la gaseosa ahora mismo.
Fue a la choza y mientras sacaba la botella del balde en que dejaban las bebidas refrescándose a la intemperie, pudo examinar a sus anchas a la recién venida.” Hasta aquí la cita, para observar que en la puna y con el frío que, en reiteradas oportunidades, se describe como intenso en la novela [“-Debe hacer un frío de mierda ahí afuera –se lamentó Tomasito” (p. 238.) “Afuera los esperaba una oscuridad glacial” (p. 305.) “Qué frío de mierda hace aquí”, “A uno se le hiela hasta el cerebro” (p. 306)], no es pertinente indicar que fuera necesario poner las botellas de gaseosa a refrescarse en un balde a la intemperie. Esto se justificase si el clima fuera caluroso, como se da en el caso de la novela ¿Quién mató a Palomino Molero?, donde se alude a la misma invitación de gaseosa, aunque en este caso es en el puesto policial de Talara:

“-Qué esperas para servir una gaseosa a la señorita, Lituma  –lo riñó el Teniente.
El guardia se apresuró a sacar una Pasteurina del balde lleno de agua donde tenían las botellas para que se conservaran frescas.” (A-1993-b: 129.)

Algo similar se da en La casa verde: “Se tomaría una cervecita el Teniente? Estarían frías, las habían metido en un balde de agua desde la mañana” (A-1993-b: 173.) Y en ambos casos se justifica, por el calor norteño y selvático, respectivos; pero no se puede calcar el mismo procedimiento para el caso de la puna.

1.9 En el “Epílogo” de Lituma en los Andes se sabe ya que el campamento de Naccos se desarticula y los personajes de la novela se ven envueltos en la diáspora. La misma cantina -escenario importante en la novela- desaparecerá, y por ello ya no tiene variedad de productos, en tal sentido es que cuando Lituma (en la p. 294) pregunta al cantinero: “-¿Hay algo de comer?”, éste le responde: “-Galletas de agua con mortadela”. Y no da otra posibilidad. Sin embargo, unas líneas después de este diálogo el cantinero se acerca al lugar donde está Lituma, y el narrador dice que: “Le llenó una copa de pisco y se la puso en el mostrador, junto con un platito de latón lleno de agujereadas galletas de soda...” ¡Total! ¿No era que sólo había galletas de agua?

2. Desfase temporal

Pero todas las observaciones, de carácter lexical, que hemos hecho se quedan chicas frente al error cronológico que se da en relación con la situación profesional de Lituma. Bien se sabe que el ambiente y la época en que se desarrolla la novela La Casa Verde son los de la Selva y Piura de los años cincuenta. Es decir, hay una diferencia de treinta años respecto de Lituma en los andes. Y una prueba de que la época de ésta es en los años ’80, es la referencia a Sendero y al terrorismo (y la ya referida alusión a la ecologista D’Achille, ocurrida en 1989.) Veamos:

“... nunca oyó hablar de los terrucos ni de la milicia de Sendero.” p. 14. También en la p. 101 se lee: “¿Los mataron los terrucos? ¿Hay muchos senderistas en el campamento?”

Por otro lado, sabemos que ya en La Casa Verde Lituma llegó a ser sargento. Y tanto es así que todos los lectores lo recuerdan como el sargento Lituma (no como guardia -que así aparece en ¿Quién mató a Palomino Molero?- ni como cabo.)  Sin embargo, en la novela aquí comentada, la actuación de Lituma se desarrolla como cabo. Por poner sólo un ejemplo, en la p. 126, el “guardia Tomás Carreño” le dice a Lituma:

“-Nadie sabía cómo se llamaba, mi cabo.”

Es más, el mismo Lituma recuerda el ambiente de la Casa Verde, y dice:

“-Yo me acosté con una puta que estaba con la regla, en la Casa Verde de Piura -recordó Lituma-. Me rebajó la mitad. Los inconquistables me volvían loco con que me daría sífilis.” (p. 125.)

Pero al hacer esta referencia a la Casa Verde, Lituma no puede reducir ese recuerdo a un tiempo cercano. Porque la época de existencia de la Casa Verde se ubica en los años ’50, como mínimo, es decir, casi cuarenta años atrás. Y en ese entonces ya Lituma era sargento, pues incluso había regresado de la Selva acompañado -precisamente- de la “Selvática”. Y a pesar de que han transcurrido treinta años, pues Lituma en los Andes (insistimos) se ambienta a fines de la década de los ’80, en esta novela -en situación desfasada- ¡todavía es cabo! Y al final de la novela (p. 292) nos enteramos que el cabo Lituma recién irá a Santa María de Nieva, con el grado de sargento. Así se lo hace saber el “guardia Carreño”:

“-A que no adivina dónde lo mandan, mi cabo. Mejor dicho, mi sargento.
-¿Cómo? ¿Me han ascendido?
El muchacho le alcanzó el papel, con el membrete de la compañía constructora.
-A menos que le estén haciendo una pasada. A Santa María de Nieva, de jefe de puesto. ¡Felicitaciones, mi sargento!”

En ¿Quién mató a Palomino Molero?, que también se ambienta en los años cincuenta -por varios indicios- hay un dato que relaciona el desfase, pues ahí se dice que Lituma será enviado a Junín, siendo guardia y no se dice nada de su ascenso a cabo, y con este grado es que aparece en Junín en Lituma en los Andes. “Malas noticias para ti -dijo el Teniente, volviéndose hacia él-. Te han transferido a un puestecito medio fantasma, en el departamento de Junín. Tienes que estar allá en el término de la distancia. Te pagan el ómnibus.” (p. 186.) Pero esta intención de relacionar una novela con otra para establecer un hilo conductor para el desarrollo del personaje Lituma, otra vez se ve desnaturalizado, porque la lectura de La Casa Verde, aparte de precisar su grado castrense de Sargento en los años cincuenta, no informa que la única salida de Piura que hace Lituma es a la selva, de la que regresa con el grado de Sargento y su segunda salida es a Lima cuando se va preso por haber participado en la ruleta rusa que dio por resultado la muerte de Seminario. Y este itinerario lo confirma Jean Franco, dice: “El sargento sale de Piura para la selva y luego una segunda vez para la prisión de Lima.” 

Ahora bien, éstos no son los únicos cambios de grado de personajes militares (parecidos a los que hace el escribidor Camacho en La tía Julia...), pues en La Casa Verde, hay otra confusión cuando se mantiene con el grado de cabo al personaje Roberto Delgado, desde la página 31 hasta la 179, llamándolo así: “cabo Roberto Delgado”, o simplemente “cabo Delgado”; y, sin mediar ninguna explicación, resulta “ascendido a sargento” a partir de la p. 224, hasta llegar a la página 339 en que nuevamente se le vuelve a llamar “cabo Roberto Delgado.” Lo mismo ocurre en ¿Quién mató a Palomino Molero?, donde se hace referencia al teniente Dufó. Y en un momento de la investigación, el teniente Silva lo llama el alférez Dufó. (pp. 98, 100.) Y luego en la p. 107 se le vuelve a llamar teniente Dufó. Y, en todos los casos, sin ninguna explicación o justificación.

En tanto acabamos de introducirnos en La Casa Verde, veamos el caso siguiente: en toda la novela se usa la expresión “Viejo Puente” para aludir al Puente Viejo (que es la expresión correcta.) Y el uso erróneo se da en algunas entrevistas, como la que concedió a Alfonso Tealdo, al poco tiempo de publicada la novela, donde leemos: “Al otro lado del río, había una casa pintada de verde. Más allá del Viejo Puente. Es un recuerdo mítico.” (C-2004: 24.) Este error de la entrevista ratifica al de la ficción, en la medida que en el primer caso -que se da en la vida real- debió hacerse con corrección, como ocurre en el texto autobiográfico El pez en el agua, en que la expresión es empleada correctamente: Refiriéndose al director de La Industria, dice que “Avanzaba con toda prosa por el centro de la calle, camino al Puente Viejo.” (C-1993: 193.)

En La ciudad y los perros, leemos la siguiente expresión: “Al atravesar la plaza de la Victoria, enorme y populosa, el Inca de piedra que señala el horizonte…” (A-1963: 90.) Y, en realidad, el nombre de la plaza es “Manco Cápac” y “el inca es de bronce” y no de piedra (lo será, en todo caso, el pedestal; la estatua, no.)

En la misma La ciudad y los perros (p. 99) leemos lo siguiente: “Paulino duerme en un colchón de paja, junto al muro, y en las noches las hormigas pasean sobre su cuerpo como por una playa.” En este caso es evidente que MV está haciendo uso de un “narrador omnisciente”, es decir, ese tipo de narrador propio de la novela decimonónica, que hablaba de detalles insospechados, como los mencionados, y cabe preguntar ¿Cómo sabe el narrador que “las hormigas pasean sobre su cuerpo”, si es de noche y el personaje está dormido, y todos los demás también?

En todo el Norte peruano hay una frase muy conocida, una especie de “oración”, en verso, para contrarrestar la agresión de un perro, que dice: “Detente, animal feroz,/ que primero nació Dios/ y después vos”. En La ciudad y los perros (p. 184), se la presenta así: “Detente animal feroz que el hijo de Dios nació primero que vos”. En este caso no se ha respetado la construcción del verso, aunque sí la rima, dando por resultado una expresión deficiente.

En La Casa Verde (p. 29) se usa la siguiente expresión: “Los hombres beben culitos de chicha rubia”, y lo que ha debido decir es “potitos de chicha”. En todo el Norte costeño del Perú, con esa expresión se hace referencia a una variedad de calabaza pequeña y redonda que se usa como recipiente para beber chicha. Si bien la palabra “poto” en el habla popular es sinónimo de “culo”, al ser usada como nombre de la calabaza pierde esa sinonimia; de tal suerte que no es lo mismo decir “potito de chicha” que “culito de chicha”.  

En Conversación en La Catedral (p. 13) se dice que “frente al hotel Crillón un perro viene a lamerle los pies” [a uno de los personajes]. Y, en primer lugar, la zona del Hotel Crillón nunca ha sido frecuentada por perros callejeros (sería un hecho rarísimo) y, por otro lado, este tipo de perros no se acercan “a lamer” sino, en el mejor de los casos, a oler, y, en el peor, a morder.

Todas las fallas mencionadas hasta aquí justifican el calificativo de “escribidor” atribuido a MV, con la acepción de ‘cacógrafo’ (término también hecho vigente por él) en el sentido de “escritor que comete errores”. Y cabe decir que dejamos en el archivo otras pruebas de la deficiencia anotada, que -repetimos- confirma o justifica el título de este trabajo, y cuya exposición no continuamos para evitar la desmesura.



García Márquez, Testimonio de la Comunidad y el Individuo
(Segunda y Última Parte)

Roque Ramírez Cueva


EN LA PARTE UNO, párrafo final, decíamos que con ese su primer libro, iniciador de  la saga macondiana, se definiría el género narrativo en el cual incursionará y, a la par, se daría el abandono de sus escarceos con la lírica. También sugerimos, se  preparaba el escenario, temas y personajes para escribir su gran novela, el hecho de hacerlo llevaría a  su autor hasta Suecia, donde lo colgarían de una fama indeseada. Desde luego, con esa fama, él entendió ser poseedor de una enorme voz utilizada en favor de los sin voz; y cierto, difícil olvidar el buen uso dado por él a la misma (discurso de recepción del Nobel).

La obra de Gabriel García Márquez obliga a múltiples retratos o historias acerca de su vida, nosotros trataremos de algunos asuntos esenciales, veamos sólo un fundamento expresado por Zalamea Borda, “Toda literatura, cuando es grande, cuando es auténtica, es siempre un testimonio de época, un testimonio de vida, un testimonio de la comunidad y el individuo.” (1) Con el Gabo, Colombia y Latinoamérica adquieren una gigantesca dimensión literaria, por ser líder de la nueva narrativa latinoamericana (el “boom” en voz comercial), y por comprometer su tarea de escribir sin evadir la comunidad social y política.

Y García Márquez, siendo quien llevaba el estandarte, no andaba solo. Él mismo, en su novela de la centuria cíclica, “habla de cuatro muchachos que son él, Cepeda, Rojas Cerazo y Alberto Sierra, todos del mismo pueblo./…; ellos ya comienzan a dar testimonios de lo que fue la violencia hace treinta o cuarenta años, cuando el imperio bananero [como tal atrás dijimos, parte uno] de la United Fruit Company dominaba la región” Colombia. (2). Con esto afirmamos que temas y ámbitos, nuestro autor, no se los inventa, tampoco los descuelga desde el puritito pensar. Insertos en la corriente de lo real maravilloso estos escritores mantuvieron para Colombia y América morena  la gran tradición de no ser herméticos, y el único modo fue ejercitarse en lenguajes no sólo de formas puras, también dialógicos en lo fundamental.

A propósito, en 1995 un poeta y lingüista amigo, el maestro Luis Hernán Ramírez, me alertó sobre las grandes dotes similares a Cervantes percibidas en el Nobel colombiano, por el manejo estricto del lenguaje en sus novelas sin marginarse de sus identidades populares y nacionales. Una relectura de El Otoño del Patriarca y de Crónica de una muerte anunciada nos confirmó lo dicho por el maestro sanmarquino. En relación a esto, el ensayista Juan G. Cobo Borda (3), nos informa de las paternidades literarias de García Márquez: Primero, tenemos a “Eduardo Zalamea, mi verdadero papá literario” -según confesión del propio Gabo-, luego considera a Hernando Téllez. Esto de las paternidades literarias le permiten afirmar a Cobo Borda “Estoy seguro de que gracias a varios de estos escritores, que García Márquez leyó con inmenso fervor, Colombia, ahora por culpa suya, sigue disfrutando del equivoco privilegio de producir el mejor castellano”. Y pone como mayor ejemplo de este clasicismo del idioma a la novela del coronel héroe de guerra, su gallo, en espera de noticias del correo.

Este es más o menos el panorama contextual en que convive el segundo Gabriel de Luisa Santiaga Márquez. Lo dejamos en Roma, durante su experiencia de aprendizaje del séptimo arte; de aquí se trasladará a París, en ese mismo año de 1955, para seguir el periplo de reportar el mundo europeo. A su regreso empieza a componer una de sus primeras novelas, la llamada novela de los pasquines que transcurre en un pueblito fluvial del Departamento de Bolívar. Finalmente se llamó La mala hora, la cual publica en el año 1962.

Mientras tanto, antes, cómo no, durante el tiempo de escritura de la novela en mención, se fueron estructurando algunos personajes peculiares con autonomía y vigorosa personalidad. Tal como luego dirá el propio narrador “La historia del coronel y su gallo se me sale de la novela” (4). Ello daría lugar a algo no muy común en los escritores, posponer la novela de los pasquines porque se había trabado, y empezar a mecanografiar la espera sempiterna de un coronel ante la oficina de correos que espera le traiga la orden del pago de su jubilación. Es en Enero de 1957 que concluye  y le editan la magistral novela El coronel no tiene quién le escriba.

En este año del 57, a mediados,  vuelve a ser enviado como corresponsal a Europa del Este para cubrir asuntos propios de los países socialistas, sus jefes conocedores acerca de las noticias dudosas, generalmente tergiversadas, que llegan vía agencias de noticias europeas y norteamericanas, le dan ese encargo. García Márquez, el periodista, redacta el reportaje “90 días en la Cortina de Hierro”. Por eso, diciembre lo tiene de regreso en Colombia, y la revista “El Momento” de Venezuela lo publica. Claro, ha viajado a Venezuela, y a la par que ejerce de reportero no olvida crear cuentos como los ocho que agrupa bajo el  nombre de Funerales de Mamá Grande, 1959.

Antes, 1958, realiza un viaje relámpago a su entrañable Barranquilla para cumplir con la impostergable cita -la había prolongado demasiado en aras de no perder su libertad de creador- con el vínculo sentimental que, según el honor cristiano, concluía en el rito de desposar a la prometida, Mercedes Barcha, una de las esenciales mujeres mencionadas al inicio de esta historia de vida. Su  amor por ella lo evidencia al perennizar su encuentro, en la imagen lozana de la bella boticaria que atiende al estudiante Gabriel, ambos personajes de la obra distinguida con el Nobel.(5)

En Enero del año 1959, en Cuba los guerrilleros que habían desembarcado el año anterior, tomaban Santiago de Cuba y La Habana. La personalidad de Ernesto Che Guevara y de Fidel Castro llaman su atención, por su gesta heroica e ideales revolucionarios, como a casi todos los intelectuales jóvenes inquietos y hastiados de las dictaduras. Este hecho le origina un viro a su pensamiento político escéptico, en sus  ideas sobre la función conservadora del periodismo, y asume simpatías con la revolución cubana y las ideas socialistas. Este mismo año el cura guerrillero Camilo Torres (6), bautiza a su primogénito Rodrigo; y aparte del periodismo se dedica a escribir guiones de cine, otra de sus pasiones. García Márquez, hasta el final de sus días fue consecuente con su apoyo a la revolución cubana y a su amistad inapreciable con su líder, Fidel Castro.

En 1962, publica la postergada novela –ya se dijo atrás- La Mala Hora, y le nace su segundo hijo Gonzalo. Tres años después, en Enero de 1965, en momentos que realiza un viaje de vacaciones hacia Acapulco, mientras maneja, de pronto entiende como debe ser el inicio y cuál el tema de la novela secreta que venía concibiendo en su mente. El declararía, meses después, a Luis Hars, mediante una epistola, “Estoy loco de felicidad. Después de cinco años de esterilidad abso­luta, este libro está saliendo como un chorro, sin problemas de palabras”. (7) Se estaba refiriendo al manuscrito de Cien años de soledad, la cual, ya publicada en 1967 por una editorial argentina, tiene un éxito inusitado. García Márquez comentaría  "lo peor que le puede suceder a un hombre que no tiene vocación para el éxito literario, y en un continente que no está acostumbrado a tener escritores de éxito, es publicar una novela que se venda como salchichas", le confesó al periodista Armando Durán. (8)

La novela secreta, el relato de Melquíades escrita en honor a la novela que trató de encontrar y escribir su célebre maestro Eduardo Zalamea Borda, la novela que describe casi todos los periplos, ruinas, triunfos y aventura de casi toda familia latinoamericana, lo entendió desde el sabio consejo de sus mujeres vitales. Tal novela, puso fin a los apuros económicos permitiéndole dedicarse en exclusiva a su oficio de escritor, pero vino acompañada de la banal y artificiosa fama que lo angustiaría, salvo cuando tenía que usar su voz para hacer oír la de los sin voz en sus dignos reclamos desoídos. Para ahuyentar la fama, dicen que grabó su carcajada y la expresaba por medio de unos parlantes instalados en su casa de Barcelona, donde se refugia para huir del “mundanal ruido”.

De esa manera, escribe y escribe, editando y publicando los otros libros que siguieron sin descanso, entre ellos merece no obviarse la novela que retrata al dictador latinoamericano, ese tirano promovido y auspiciado por el invasor norteamericano, y que se publica en 1975, el libro se llamaría El Otoño del patriarca. Advertimos, no es nuestra intención hacer un registro sucinto de todos sus libros publicados, por tanto obviaremos la mención de algunos.

Bien, dos años antes, la mano artera de un tirano y su soldadesca fascista arremete contra el pueblo hermano de Chile en Septiembre de 1973. Pinochet daba con apoyo de la CIA su golpe de estado para derrocar al primer gobierno socialista instalado en América del Sur, presidido por Salvador Allende. El imperialismo no quería otra Cuba y por ello asesinó al líder y a miles de patriotas, la mayoría líderes obreros, estudiantes e intelectuales. García Márquez se solidariza y se niega a publicar libro alguno mientras las garras del fascismo den zarpazos e imperen en la patria de Neruda. Por ello durante una larga década las prensas no imprimen sus relatos. No obstante su compromiso con las causas justas lo manifiesta mediante el periodismo. Su otra pasión. (9)

Ese silencio autoimpuesto es suspendido, lo exigían su legión de lectores y una imperiosa necesidad de apoyar desde el frente cultural la lucha contra la criminal y corrupta dictadura del tirano Pinochet. Así, en 1981, vuelve la erupción de libros que empieza con Crónica de una muerte anunciada. El año siguiente, 1982, serán meses de producción prolífica y festejo de premios. Sale a luz el guión de cine El secuestro que trata de la resistencia de un comando del Frente Sandinista ante el ejército del dictador Somoza. Y, desde Estocolmo la academia sueca lo designa al Premio Nobel de Literatura donde da un discurso inolvidable sobre la soledad e identidad de nuestro continente forjadas en cruentos sucesos de resistencia, y en mágicos sucesos reales que superan todo forma de invención humana.

Luego, lo sabemos, vienen decenas de libros varios, de los cuales merece destacarse la crónica llamada Aventura de Miguel Littin clandestino en Chile, acerca de las tragedias y luchas de los patriotas chilenos contra la dictadura, publicada en 1986. Luego salieron dos excelentes novelas, en 1985 se edita El amor en los tiempos del cólera, un monumento romántico al amor en la vejez; y en 1989, la historia novelada de un gran héroe de la patria grande, El general en su laberinto, relatando los últimos años del retiro de Bolívar, a su exilio y muerte.

Sus últimas décadas, no podía eludir enfrentar aquel dilema que originaba la soledad triste en todos los colombianos desde la década de 1940: las guerras y violencia política interminable que los azotaba. Sí, tal vez, especulación nuestra, en el fondo de su mente simpatizó con los guerrilleros, pudo establecer prioridades y, eligió los caminos de la paz. Ante un conflicto que se estancaba como las novelas que postergaba, debido a los callejones sin salida en que se metía, García Márquez apoyó y contribuyó a proyectos de conclusión de una cruenta guerra que arrojaba cientos de miles de muertos. De constante leíamos en los diarios su papel de mediador, en medio de un diálogo necio.

Finalmente, al igual que don Simón, nuestro héroe literario parte a la gloria definitiva un 17 de abril del 2014. Su muerte conmovió como pocos el mundo político, social y cultural. Tal vez otros escritores apenas soltaron una lágrima marina, sin aspavientos, a sabiendas que mantener los compromisos con los sin voz, es la mejor manera de distinguirlo. En cerca de noventa años, con el nombre de Gabriel José de la Concordia García Márquez, hijo del ubicuo telegrafista de Aracataca,  se forja un escritor cuya pasión inmensa por la vida le brota tumultuosa, cuya sensibilidad por la comunidad trasluce un aliento venido desde la infancia, curiosa e insólita. El individuo Gabo, nos deja su inmutable y desprendido –ya se dijo- compromiso con la comunidad de nuestra Patria Grande, y en contra de lo que afirmaba otro escritor respecto de sus paisanos mexicanos, García Márquez si supo utilizar las armas propias de “la crítica, el examen, el juicio” (O. Paz, dixit). (10)

Notas bibliográficas:
(1) Zalamea Borda, Jorge. Panorama de la actual literatura latinoamericana. Compilación. Caracas. “La actual literatura de Colombia”. Edit. Fundamentos. 1971.
(2) Zalamea Borda, Ibid.
(3) Cobo Borda, Juan G. La otra literatura latinoamericana. Bogotá. Colección Temas Latinoamericanos. El Ancora Editores y Procultura S.A., 1982. Pp. 214 a 231.
(4) Cobo Borda, Juan G. Ibid. Pp, 214 a 231.
(5) Apuleyo Mendoza, Plinio. El olor de la Guayaba. Buenos Aires. Editorial Sudamericana. 1982.
(6) Apuleyo Mendoza, Plinio. Ibid.
(7) Harss, Luis. Los nuestros, Buenos Aires, 1966.
(8) Eligio García Márquez. Así son, editorial La Oveja Negra, 1982.
(9) Apuleyo Mendoza, Plinio. Ibid.
(10) Paz, Octavio. El Laberinto de la Soledad. México D.F. Décimo sexta reimpresión. Fondo de Cultura Económica. 1987. P. 141




Confesiones de Tamara Fiol ¿un novelón indigesto?
(Tercera Parte)

Julio Carmona

1.1 Personajes Principales
       
        1.1.1 Tamara Fiol
       
                a. Datos sobre la edad
       
        En la p. 12 hay un dato que hace referencia a una fotografía de TF y está relacionado con su edad, dice: «Era un retrato de estudio que ella se había tomado a los veintiocho años, pocos meses antes del accidente» (p. 12), y permite ligarlo a otros datos, que irán apareciendo, para determinar la edad de TF, e ir precisando las fechas de su itinerario vital. Si el accidente se toma como un hito en el desarrollo vital de TF se puede decir que este ocurrió en el año de 1967, pues en la p. 77, el narrador (MB), le pide a TF que trate lo del accidente, y ella se muestra reticente, pero, al final, dice: «… acaso ya es tiempo de sacar todo afuera. También cansa hablar consigo mismo (sic).26 ¡Veinticinco años contándome la historia!» Esto quiere decir que, si la entrevista se está realizando en 1992, menos los veinticinco años que tiene de inválida, el accidente debió ocurrir en 1967; y esto ayuda para determinar que si —como se dice en la p. 12— al momento de tomarse la foto tenía veintiocho años, y si estos se los restamos a 1967, TF debió haber nacido en 1939. Sin embargo, esta deducción es contradicha con un dato que se consigna al final de la p. 67 y comienzos de la 68, donde se lee lo siguiente:

Pablo Fiol [padre de TF] muchos años después, por los meses que siguieron al asesinato de Sánchez Cerro, engendraría a Tamara…,

debe entenderse entonces que, si Sánchez Cerro fue asesinado el 30 de abril de 1933, TF fue engendrada entre mayo y diciembre de dicho año, y, sea cuál sea el mes, debió nacer al año siguiente: 1934, lo cual también contradice al siguiente dato de la p. 61:

… el recuerdo más remoto de Tamara era la figura del abuelo en medio de la imprenta. En opinión de Corso, se trataba de un recuerdo construido por medio de un mecanismo que los psicólogos denominan confabulación de la memoria, pues haciendo cálculos Tamara habría tenido en esa época, a lo sumo, tres años, ya que el Gran Viejo falleció en 1940,

Empero este dato entra en contradicción con otro que se da en la p. 136: «Como le había escrito y prometido años atrás a don Bernardino y a doña Edelmira [abuelos maternos de TF], cuando de nuevo quedó libre, viajó a Huánuco para casarse con Evalina y traer a su pequeña hija de cinco años, a quien don Bernardino Gayoso le había puesto el nombre de Tamara.» Y la incongruencia tiene que ver con el hecho de que TF debió nacer en 1937, si es que al año 1940 [de la muerte del abuelo Fiol] le restamos los tres que debió tener para entonces, si se ha dicho que el recuerdo más remoto de su abuelo (trabajando en su imprenta, en Lima) databa de cuando ella tenía tres años. Pero ¡a los tres años TF todavía debió estar en Huánuco!, si —según la cita de la p. 136— su padre la fue a traer de Huánuco cuando tenía cinco años.

        Es decir, que —conforme a los datos hasta aquí consignados— hay hasta tres fechas para el nacimiento de TF: 1934, 1937 y 1939, lo cual indica una falla en la estructuración del tiempo para determinar la edad del personaje. Y esto desmerece la capacidad del autor para estructurar la novela, máxime si algo similar ocurre con la fecha de nacimiento del padre de TF. Veamos. En la p. 69 se dice que la abuela paterna de TF murió a los treinta y tres años, el mismo año que mataron a Sánchez Cerro, 1933, y por tanto nació en 1900, y se deduce que dio a luz al padre de TF en 1926, pues en la p. 68 se dice que este tenía siete años al morir su madre. Y no olvidemos que en la misma p. 68 se dice que Pablo Fiol engendró a Tamara meses después del asesinato de Sánchez Cerro, ¡pero si entonces tenía siete años! Empero, en la p. 114 el mismo padre de TF dice que ha nacido en 1912, entrando en contradicción con la fecha de la muerte de su madre en la que se dice que tenía siete años, pues entonces la muerte de la madre no habría sido en 1933 sino en 1919. Con todo, se ha de convenir que 1912 es la fecha más creíble para el nacimiento del padre de TF, pues hacia 1934, una de las fechas atribuidas al nacimiento de ella, aquel hubiera tenido veintidós años; hacia 1937, 25, y hacia 1939, 27; pero no minimiza el error de la p. 69 que da la fecha de 1926, pues considerando el mismo año de nacimiento de TF, 1934, su padre habría tenido ocho años, y en los otros: once y trece, respectivamente. Pero, volviendo a TF, se debe convenir que la fecha más adecuada para su nacimiento es la de 1939, pues en la p. 81 ella dice que decidió marcharse de casa cuando acababa de cumplir catorce años:

Si tienes en cuenta que yo acababa de cumplir catorce años, comprenderás que lo único que pensaba era en vengarme, en marcharme de casa y en hacerlo sufrir.27 Recién dos años después —estaba en cuarto de media— pude hacerlo.28

        Esto quiere decir que, si TF nació en 1939 y se marchó de casa cuando tenía dieciséis años, esa fuga ocurrió en 1955. Además, al final de la misma p. 81 dice que ingresó a San Marcos cuando tenía diecisiete años, o sea en 1956; lo cual coincide con el dato que se consigna en la p. 86, en la que TF afirma que dicho ingreso ocurrió al final de la dictadura de Odría, o sea 1956. Veamos: «Morgan [dice]: Me contabas de la vez que postulaste a San Marcos. TF: Sí. De acuerdo. Era el fin de la dictadura de Odría» [o sea: 1956]. Pero, de todos modos, aquí se presenta otro desfase porque si en 1955 tenía dieciséis años y estaba en cuarto año de media (repetimos lo dicho por TF: «Recién dos años después —estaba en cuarto de media— pude hacerlo») y luego se dice que al año siguiente, 1956, con diecisiete años, ingresó a la universidad, obviamente el lector tiene que preguntarse ¿cuándo cursó el quinto año de media?29

        En conclusión, si TF ingresó en 1956 a San Marcos, y dice que egresó a los veintinueve años (conforme se consigna en la p. 140, por propia confesión de TF: «Tenía veintinueve años. Me había graduado en Química»), quiere decir que se graduó en 1968, y si esos veintinueve años se suman al año de nacimiento que venimos manejando supra (1939) resulta que el accidente ha debido ocurrir en 1968, coincidiendo con lo dicho en la p. 12, donde se dice que tenía veintiocho años, meses antes del accidente, debiendo conjeturarse que a fines de 1968 TF cumplía los veintinueve años, y que cuando ocurrió el accidente ya los tenía30; por lo tanto, el año de nacimiento tiene que ser 1939, descartándose los otros (1934 y 1937, pero — insistimos— sugeridos erróneamente, lo cual genera confusión en el lector zahorí). Es pertinente adelantar aquí que este tipo de incongruencias constituye un ingrediente más de lo indigesta que deviene la novela (calificativo que hemos adelantado en el título de la «Introducción»).

        Para precisar más el desarrollo vital de TF, es pertinente ver el siguiente dato: cuando dice que su vida bohemia duró más o menos dos años (p. 102), lo cual quiere decir que si el inicio de su vida bohemia se da paralelo con su ingreso a San Marcos, y ya sabemos que esto ocurrió cuando tenía diecisiete años (y un año antes había abandonado su casa), quiere decir que su bohemia desenfrenada se dio hasta los diecinueve años, dice TF: «Hasta que me incorporé a la vida partidaria» (Ibíd.)31 Empero, de la lectura de la novela se desprende que la incorporación a la vida partidaria se da con otro hecho paralelo: su encuentro con Raúl Arancibia, con quien vivirá también una tormentosa pasión; en consecuencia, aquella aseveración de que su vida bohemia ‘duró dos años hasta ingresar al partido’ resulta inexacta —por decir lo menos— o, en todo caso, debe decirse que combinó la lucha estudiantil con el erotismo y la bohemia (y no que esta se clausuró). Y también resulta inexacto el dato de que su militancia partidaria duró cinco años, como dice TF en la misma p. 102: «… cinco años después retomé mi vida social, pero ahora sin las locuras de la juventud»; es decir: cinco años después de haber hecho vida partidaria, o sea hasta los veinticuatro años; pero reiteramos que esto es inexacto, puesto que la vida partidaria no clausuró la vida bohemia, ni ocurrió que esto sucediera «sin las locuras de la juventud»; todo lo contrario, estas se exacerbaron, y, más bien, se genera otra duda, puesto que, con la bohemia desenfrenada y el erotismo desmedido, además de la actividad estudiantil ligada a su militancia en la juventud comunista, resulta difícil imaginar en qué momento estudiaba para poder egresar de San Marcos a los veintinueve años de edad, el mismo año que quedará lisiada, si como lo confiesa ella misma: su relación con Arancibia (que era quien propiciaba el desenfreno y la lujuria) duró hasta poco tiempo antes del accidente. Veamos: en la p. 140, TF dice:

…Tenía veintinueve años. Me había graduado en Química, había abandonado la Juventud Comunista32 (…) y, sobre todo, había acabado después de haberlo intentado varias veces con una relación demasiado singular.

        La ruptura de esa relación se refiere a la de Arancibia, lo cual quiere decir que durante todo el tiempo que permaneció en la Universidad y en la Juventud Comunista también mantuvo la relación con Arancibia. Todo esto antes del accidente. Luego, al final de la aludida p. 140, trata de un personaje oscuro con quien está a punto de casarse (y murió en el accidente en que ella quedó inválida), que era acusado de soplón pues había sido expulsado del ejército. Y solo ella dice que «era un chico derecho». A Rudy García —dice TF: «Lo habían expulsado del ejército por denunciar al general de la región por un oscuro negocio con el rancho de la tropa. (Claro, esto dio lugar a suspicacias y no faltaron los que por lo bajo lo señalaban como soplón del ejército; pero no, Morgan, era un chico derecho)» (Ibíd.) Similar situación se da en la p. 149 cuando se refiere a otro personaje también ligado sentimentalmente a ella (el terapeuta encargado de su recuperación, de nombre Félix) de quien refiere que Arancibia le había advertido que «planeaba quedarse con todos mis bienes sirviéndose del poder notarial absoluto que yo le había otorgado. Patrañas, puras patrañas, lo que él siempre deseó es tenerme bajo su dominio, aunque debo reconocer que me dejó sembrada la duda.» Y aquí se generan dos dudas al lector: ¿cómo es que TF resulta teniendo bienes —sin especificar cuáles son— si, al final, se dice que vivía en un departamento alquilado del que finalmente la desalojarán, para irse a la casa que le dejaba de regalo Arancibia? Y, por otro lado, también es lícito preguntar: ¿la mujer excepcional era tan torpe como para darle «poder absoluto» sobre sus bienes a un desconocido, simplemente porque era su terapeuta y le dijo que la amaba? y ¿ese es el perfil de una mujer excepcional?, ¿ingenuidad, sentimentalismo por parte de la «luchadora social» y «mujer de alta moral»?

        En una entrevista periodística MG explica que en todas sus novelas está presente el amor. (C-2012: 19). Dice: «Mis novelas tratan del amor, y son amores límites, radicales, transgresores»; pero, al parecer, lo dice con la intención de justificar la truculencia en que —como es el caso de El mundo sin Xóchitl, CTF o Una pasión latina— devienen esos amores. Y esto es completado en la misma entrevista, cuando dice (ratificando la aseveración precedente): «Sí, el amor es una búsqueda dentro de mi novelística, el erotismo también, sólo que a veces solamente (sic) se lee mi novela desde el punto de vista social o político». Y este razonamiento está incompleto, porque el amor no puede ser ‘una búsqueda del amor por el amor mismo’, al menos, no puede ser la alternativa que se plantee un autor que se autodefine como marxista, pues de esa manera se está convirtiendo al amor en una esencia que está por encima de lo social y de lo político. Y, por último, un autor marxista no puede restringir la lectura de sus lectores a solo un aspecto de la novela: aquel aspecto que a él le interesa o que él cree que es el más importante, recusando de paso las lecturas que se hacen desde ‘el punto de vista social y político’, y menos ha de hacerse esto si lo social y lo político están íntimamente ligados al amor o a lo erótico.

        Si se tratase de un autor cuya ideología (declarada o no) es la burguesa, los marxistas no tendríamos por qué echarle en cara su temática decadente. Como dice Lenin —en carta a Inés Armand—: «… el quid está en la posición de clase de esas gentes; [y] no es menester “rebatirlas”, ello sería ingenuo» (A-1968: 196); pero si se trata de un autor que se empeña en decir que sigue siendo marxista o socialista o comunista33, entonces los marxistas, estamos en la obligación de decir nuestro punto de vista sobre ‘el vicio, la maldad novelesca, los histerismos y excentricidades’ que se quieren presentar como «valores» de una mujer ejemplo de moralidad y de consecuencia revolucionaria. Un ejemplo de crítica en ese sentido lo tenemos en Lenin (con la misma corresponsal), y no se trata de que Lenin critique a un autor marxista sino a un burgués:

Acabo de leer la nueva novela de Vinnichenko que me has enviado. ¡Qué galimatías y qué estupidez! ¡Juntar el mayor número de «horrores» de todas clases, reunir en un todo el «vicio», la «sífilis», la maldad novelesca, el chantaje (…) Y todo con histerismos, con excentricidades, con pretensiones de presentar una teoría «propia» de organización de la prostitución. Dicha organización no representa en absoluto nada malo, pero precisamente su autor, el mismo Vinnichencko, hace de ella un absurdo, la saborea, la transforma en «muletilla» (op. cit.: 191. Cursiva del autor).

        En la p. 357, durante la última sesión de la entrevista que le hace MB a TF (en 1992) se dice: «La última vez que lo había visto» (TF a Arancibia) «había sido diez años después de la ruptura, más o menos a mediados de la década del setenta», si se habla de mediados de la década del setenta, entonces se está haciendo referencia a 1975 (o sea que hasta 1992 que lo vuelve a ver habrán pasado siete años); pero si la ruptura se dio diez años antes de 1975, entonces ocurrió en 1965, a tres años antes de graduarse y de sufrir el accidente (1968: ¿y no era que a los veintinueve años «había acabado después de haberlo intentado varias veces con una relación demasiado singular»?)

        Ahora bien, si —como hemos visto— ingresó a San Marcos en 1956 y egresó en 1968, ello quiere decir que ha permanecido doce años en la Universidad, de los cuales (como lo hemos sugerido supra) solo los últimos cuatro le sirvieron para culminar (no se sabe cómo) sus estudios, pues los años precedentes han sido de juerga desenfrenada, combinada con la actividad estudiantil y militancia juvenil en el PC-Unidad (es decir el PC del que se escindirían las otras facciones: PC-Patria Roja, PC-Bandera Roja y PC-Sendero Luminoso), pero todo esto con posterioridad a la invalidez de TF. Ergo: su calidad de «luchadora social» resulta ser una exageración; fue, en todo caso, activista estudiantil, y militante juvenil, pero no «luchadora social».

        Hay un personaje secundario muy ligado a TF, su asistenta, de nombre Malenita. Veamos aquí su participación. La última vez que TF se enfrenta a Raúl Arancibia es el mismo día que este es asesinado: el 2 de enero de 1992 (p. 317). Y en la p. 355, TF le dice a Arancibia, refiriéndose a Malenita: «Es mi amiga (…). Mi asistenta. Mi enfermera. La que cuida de mi persona cada día. Desde hace quince años». De lo dicho se infiere que, si el accidente ocurrió en 1968, su asistenta ha estado con ella desde 1977, y surge la pregunta: ¿cómo se las arregló los nueve años que siguieron al accidente, si no se hace referencia a ninguna otra asistenta?, ¿qué sentido tiene hablar de que ella la acompaña en un lapso de quince años, cuando ha podido completar los veinticinco de lisiada con los de la compañía de Malenita?, salvo que se hubiera podido llenar el vacío de esos nueve años con otra ayuda, y esto no ocurre; por tanto resulta ocioso haber hecho esa distinción de quince años. Pero de lo dicho también se infiere que Arancibia tenía que saber de la existencia de Malenita más aun si él ha dicho que se había convertido en la sombra de TF:

Siempre estuve junto a ti, muñeca. Como ya te he demostrado, sabía todo de tu vida. Te seguía como tu sombra. Pero permanecía invisible como Dios. Protegiéndote (p. 411).

        Arancibia tenía, por tanto, que saber de la existencia de su asistenta y saber incluso su nombre, para evitar el «choleo», que es de mal gusto, aunque provenga de un reaccionario, pues de otra manera no se explica que él se refiera a ella en los siguientes términos: «¿Sabía la chola que me abrió la puerta quién era yo?» (p. 355), como si él, con su visita, recién se enterara de la existencia de Malenita. Por otro lado, nótese que el narrador está rememorando un diálogo que TF le refirió, y esta lo hace en tiempo presente, o sea que está repitiendo las palabras de Arancibia, por lo tanto, debió decir: ‘¿Sabe la chola que me ha abierto la puerta quién soy yo?’ Y, por eso, TF le responde, en tiempo presente: «Por supuesto… Pero no le digas chola…» La fórmula original se justificase si se hiciera una paráfrasis de lo dicho por Arancibia, algo así como: ‘preguntó si la chola que le había abierto la puerta sabía quién era él’.

        Lo importante en estos deslindes de fechas es que si la del nacimiento de TF fue 1939, en 1989 tendría cincuenta años, y para entonces (1989), si el accidente ocurrió en 1968, tendría veintitrés años de inválida (más dos años de los veinticinco de inválida que ella misma reconoce haber pasado hasta 1992), todo ello indica que TF difícilmente podría haber sido activista de Sendero, partido este que, para entonces, ya se acercaba a su ocaso. Y esa ‘militancia senderista’ no se hace explícita en la novela, más bien se proyecta como un acertijo, al final del último capítulo:

Finalmente le pregunté —dice el narrador— quién creía ella que habría asesinado o ¿ejecutado? A Raúl Arancibia. “¿Cómo saberlo?”, me dijo. Pudieron ser los narcos. O los militares. O también los terroristas.34 Todos tenían razones fundadas para matarlo. Advirtió que la miraba intensamente. “Sí, corazón —me dijo como si leyera en ellos35—, yo también tenía muchas razones para matarlo. O para mandarlo matar. Me hubiera bastado con hacer una llamada telefónica a un enlace36, indicándole la hora y la ruta que iba a seguir al aeropuerto el miserable Raúl Arancibia’. Calló un momento para hacer el brindis. Luego me dijo: “¿Crees que yo lo mandé a matar?”. (sic: p. 420)

        Es decir, esa pregunta pretende sugerir el aura de misterio en torno a la participación de TF como integrante de SL; pero los múltiples indicios que apuntan a lo contrario se imponen. Y, además de los ya advertidos, veamos otros a continuación.
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Notas
(26) TF está pagando tributo al machismo lingüístico; ha debido decir: ‘También cansa hablar consigo misma’. Y en la p. 151 se da un caso similar, dice: «Es regio sentirse sola, dueño de uno mismo…», ha debido decir: ‘dueña de una misma’.
(27) Esta es una referencia que TF hace respecto a una contrariedad que tuvo con su padre, y que vemos en el apartado e) de este capítulo.
(28) Aquí hay una anfibología: no se sabe si estaba en cuarto de media cuando tenía catorce años y quiso marcharse o cuando logró hacerlo y tenía dieciséis años.
(29) Es evidente que hay una mala construcción (anfibología) el cuarto año de media lo cursa dos años antes de irse de su casa, y no cuando se va, dos años después.
(30) Con lo cual se tiene que rectificar el dato deducido al comienzo de este apartado en que consignamos el año de 1967 como la fecha en que ocurrió el accidente.
(31) Aunque aquí hay que hacer una precisión. La propensión al vicio de TF se da desde antes de que ingrese a San Marcos. Ella dice: «Todavía no había cumplido los quince años cuando se me dio por fumar. Por pura mataperrada y por hacer sufrir a mi padre» (p. 17). «Después, en la universidad, cambié los cigarrillos por el trago» (p. 18); pregunta pertinente: ¿cambié o ‘amplié el uso de los cigarrillos con el trago’? En la p. 40, se lee: «Corso me contó que la primera vez que lo llevó a aquel cafetín (…) fue para confesarle, luego de varias tazas de café e innumerables puchos de cigarro, que se había convertido en la maldita perra de Arancibia». En la p. 87 dice: «No sé cuántas tazas de café tomamos (…) ni la cantidad de puchos que fumamos» (o sea que no cambió sino amplió un vicio con otro).
(32) En la Juventud Comunista se puede estar máximo hasta los 18 años. Considerar que TF estuvo hasta los 29, es como imaginar a un niño de diez años estudiando educación inicial.
(33) «Yo soy socialista o comunista» (…) «… mi socialismo o mi comunismo, es un poco como el de Vallejo, independiente, sin partido (…) y en cuanto a teoría me considero un marxista heterodoxo…» (C2012). Lo que dice de Vallejo es una falacia. César Vallejo murió siendo militante del Partido Comunista de España y estuvo muy cercano al de Francia. Alberto Acereda es un autor enemigo del marxismo, sin embargo ratifica lo que acabamos de decir: «El marxismo era entonces la gran pasión de muchos intelectuales del momento bajo el impulso y el ejemplo de la Revolución Soviética. Para entonces, y ya desde 1927, los surrealistas franceses —André Breton, Paul Eluard y Louis Aragon, entre otros— se han hecho miembros del Partido Comunista Francés. Vallejo va incluso más allá y se adhiere al socialismo revolucionario, estudia la teoría marxista, asiste a charlas y reuniones en las que se exponen y discuten problemas socioeconómicos, lee folletos y libros sobre la lucha de clases, se interesa por la organización socialista del trabajo y por autores y creaciones soviéticas. Se liga al movimiento comunista y hasta adoctrina a obreros españoles exiliados en París. Para entonces, en Perú, José Carlos Mariátegui acaba de fundar el Partido Comunista Peruano con la propuesta de crear una célula del Partido en París. Vallejo se entusiasma y dentro de esa célula la ideología que adopta íntegramente es la del marxismo-leninismo militantes y revolucionarios en todos sus aspectos: filosófico, político y económico-social. Paulatinamente, su conversión ideológica se radicaliza y dejando a un lado la poesía se centra en tareas periodísticas y de propaganda y combate ideológico a favor de la revolución apoyada en las tesis marxistas y leninistas. En el seno de esa célula, se sostienen y propugnan los métodos del socialismo revolucionario ortodoxo y se combaten todas las formas, los métodos y las tendencias de la llamada social-democracia y de la II Internacional» «Por un verdadero César Vallejo: entre la poesía solidaria y la ceguera marxista» En: La ilustración liberal. http://www.ilustracionliberal.com/19-20/por-un-verdadero-cesar-vallejo-entrela-poesia-solidaria-y-la-ceguera-marxista-alberto-acereda.html
(34) Referirse a los senderistas como «terroristas» es algo inconcebible en alguien que perteneciera a SL, sus militantes odiaban esta expresión.
(35) En principio la expresión del narrador: «Advirtió que la miraba intensamente», es una observación que corresponde a un narrador omnisciente, pues se está inmiscuyendo en la interioridad del personaje. Luego hace hablar a TF: «Sí, corazón —me dijo— como si leyera en ellos», y en esta expresión hay incoherencia, pues el narrador ha hablado de ‘mirada intensa’, pero no de ojos, ¿a quién reemplaza el pronombre «ellos»?) Luego continúa hablando TF: «… yo también tenía muchas razones para matarlo. O para mandarlo a matar. Me hubiera bastado con hacer una llamada telefónica a un enlace, indicándole la hora y la ruta que iba a seguir al aeropuerto el miserable Raúl Arancibia». Pero resulta que TF no ha dicho que supiera la ruta que iba a seguir Arancibia para ir al aeropuerto; pues lo único que se sabe es que Arancibia le ha dicho que va al aeropuerto (p. 356), pero no le dice qué ruta va a seguir, y para ir al aeropuerto hay varias rutas.

(36) ¿Enlace de quién?, ¿de los narcos, de los militares o de los terroristas?, son los tres sectores interesados, y la misma TF no especifica cuál de los tres.

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