jueves, 2 de junio de 2016

Internacionales

Las Condiciones de la Clase
Trabajadora en China

(Segunda Parte)


Robert Weil


COMO EXPLICABA UNO DE ELLOS, la fábrica de equipos de transmisión eléctrica fue «construida con el sudor de los trabajadores», y no querían que los capitalistas se hicieran con ella y la privatizaran. Pertenecía a la nación entera y formaba parte de la acumulación económica colectiva de toda la clase trabajadora. Bajo Mao, los trabajadores también tenían cierto control sobre las fábricas, «podían proponer ideas y se los escuchaba». Esto llegó a su punto culminante durante la Revolución Cultural. Luego, «ellos eran los líderes, en esa época la clase obrera se representaba a sí misma», pero ahora nadie la escucha y carece de poder. Una y otra vez, esos trabajadores expresaban su sensación de pérdida de derechos como resultado del robo efectivo de su propiedad colectiva, construida durante toda una vida de trabajo, y de pérdida de los derechos de participación de los que previamente habían gozado. Para insertar estas ideas en un contexto más teórico, un trabajador de Zhengzhou explicó que el actual sistema de «capital burocrático» es un problema político, no básicamente económico, análisis que podría haber surgido directamente del ¿Qué hacer?, de Lenin. «Superficialmente parece económico, pero en realidad se trata de una lucha entre capitalismo y socialismo», que es ante todo una cuestión política. «China —dijo— no es como Estados Unidos, donde nunca hubo socialismo. Los trabajadores más antiguos comprenden este contexto histórico. La mayoría pasó por la era de Mao y la Revolución Cultural. Tuvieron experiencia del pensamiento de Mao Zedong y su generación desea llevar de nuevo a China a la “vía de Mao”. La protección de la senda socialista forma parte de la lucha internacional».

Este trabajador querría que en Occidente se comprendiera mejor la lucha de la clase trabajadora china y por qué es importante para ella volver al camino al socialismo. Es una lucha larga. Él espera que, lentamente, los trabajadores chinos vuelvan a esa senda, en cuyo caso terminarán por alcanzar el triunfo. Pero también advertía que si el actual movimiento no mejora pronto su nivel, los trabajadores más jóvenes sólo lo verán como una lucha económica por «mejores condiciones». Ese es el legado del período de reforma antisocialista y de las máximas de Deng Xiaoping —como la de «enriquecerse es magnífico»—, que están arruinando la comprensión de los trabajadores más jóvenes. «La mayoría de ellos tiene miedo incluso a reunirse y hablar de esta manera». Todo esto es lo que oímos expresar no pocas veces a los trabajadores mayores.

Debido en parte a esta razón, quienes aún se dedican a la lucha por el socialismo han encontrado otras maneras de transmitir su conciencia y su experiencia, de conservar vivo el legado de la revolución y pasarlo a las nuevas generaciones. En un rincón del parque que visitamos, en medio del distrito de clase obrera en Zhengzhou, los trabajadores y los miembros de sus familias se reúnen todas las noches a cantar las antiguas canciones revolucionarias. En el atardecer de un día laborable que estuvimos allí, un centenar o más de individuos —desde jubilados de edad avanzada a adolescentes e incluso niños— participaban del canto, verdaderamente animado, acompañados por un grupo de músicos y bajo la batuta de un dinámico director. Me informaron de que a menudo los fines de semana «son muchos más, hasta llegar al millar, aproximadamente.

Como dijo uno de los trabajadores que nos llevaron al parque: «El sentido político de estos cantos es mostrar nuestra oposición al Partido Comunista —a aquello en lo que éste se ha convertido— y emplear a Mao para oponernos a él y aumentar la conciencia».

El mismo espíritu histórico impregna también las luchas prácticas en la ciudad. En el 2000, cuando empezó la huelga en la fábrica de papel, que es todavía el «modelo» de resistencia a la privatización en esta zona, los trabajadores, de acuerdo con un activista, utilizaban los métodos de la «Revolución Cultural», a saber: expulsar a los ejecutivos, tomar la fábrica, impedir el vaciamiento de sus instalaciones e instituir el control obrero. Tras muchas peripecias, parte de la planta todavía permanece en manos de los trabajadores, pero no sólo lucha para sobrevivir en la economía de mercado, sino también para hacer frente a los intentos oficiales de socavarla económicamente.

Como explicaba su líder, después de haber estado en la cárcel, adoptaron esta forma específica de lucha «porque los principios de la Comuna de París vivirán eternamente». Análogo enfoque histórico de izquierda se pudo advertir en la lucha de la planta de equipos eléctricos, donde uno de sus eslóganes era: «Los trabajadores quieren producir y vivir»; pero también levantaron una bandera que decía: «Sostener siempre el pensamiento de Mao Zedong». Otras acciones de los trabajadores adoptan una forma aún más abiertamente política.

El mismo año en que era tomada la fábrica de papel se iniciaba una celebración del aniversario de la muerte de Mao. En 2001, este encuentro contó con la presencia de decenas de miles de trabajadores, rodeados por diez mil policías, y se desencadenaron una gran huelga y enfrentamientos de importancia. Hoy, los trabajadores tienen prohibido incluso ir a la placita donde todavía está en pie la última estatua de Mao en la ciudad, coincidiendo con la fecha de su nacimiento o bien de su fallecimiento. Pero van de todas maneras y se enfrentan a la policía. Fue allí donde, el 9 de septiembre de 2004, un trabajador activista, Zhang Zhengyao, distribuyó unas octavillas que acusaban al Partido Comunista y al gobierno de abandonar los intereses de la clase trabajadora y de participar de la extendida corrupción.

Su octavilla también denunciaba la restauración del capitalismo en China y llamaba al retorno a la «vía socialista» de Mao. Tanto él como el coautor del pasquín, Zhang Ruquan, fueron arrestados tras el allanamiento policial de sus respectivas viviendas. Su caso se convirtió pronto en China en una cause célèbre, que provocó el desplazamiento a Zhengzhou de muchos izquierdistas desde todo el país para protestar contra el juicio a puerta cerrada al que se sometió a ambos en diciembre de 2004, ocasión en que se los condenó a tres años de prisión. Junto con Ge Liying y Wang Zhanqing, que colaboraron en la redacción e impresión de la octavilla y también sufrieron el acoso de la policía, estos trabajadores activistas eran conocidos también como «los Cuatro de Zhengzhou».

Una carta que pedía su liberación, iniciada en Estados Unidos y dirigida al presidente Hu Jintao y al primer ministro Wen Jiabao, reunió doscientas firmas procedentes de fuera y de dentro de China aproximadamente en partes iguales. Fue una demostración de apoyo sin precedentes a trabajadores de izquierda, sobre todo dado el riesgo potencial para quienes la firmaban, que estableció un nexo entre intelectuales y activistas chinos y sus pares internacionales. Aunque el gobierno no respondió directamente a la carta, más tarde se dejó en libertad a Zhang Ruquan, ostensiblemente por motivos de salud, aunque algunos activistas creen que, al menos en parte, se debió a la presión que generaron la petición y otras actividades solidarias conexas, como la difusión de informaciones y análisis, a veces extensos, en relación con su caso a través de sitios izquierdistas de la red informática.

Los Cuatro de Zhengzhou representan la negativa de los trabajadores de China a aceptar pasivamente las nuevas condiciones que les imponen el Partido y el Estado, la persistencia de la ideología y el activismo de izquierda en sus filas y el creciente apoyo que reciben desde distintos sectores de la sociedad e incluso desde el extranjero. Pero este caso también puso de manifiesto las divisiones y a la vez la renovada fortaleza de la izquierda china. Fueron sobre todo los jóvenes izquierdistas quienes tomaron la iniciativa de firmar la carta con la petición por los Cuatro de Zhengzhou y quienes utilizaron internet para hacerla circular ampliamente, mientras criticaban a aquellos de sus mayores y mentores que, al menos en un primer momento, se habían abstenido. Para la generación joven, la solidaridad con los trabajadores que adoptaban una actitud pública de izquierda se iba imponiendo a la preocupación por si ésa era exactamente la línea correcta.

En cuanto a los izquierdistas más viejos, a menudo las antiguas divisiones y luchas sobre ideología y política bloqueaban la unidad para una acción común. En su caso es más duro dejar los conflictos históricos al margen a la hora de abordar las nuevas condiciones del presente.

Estas actitudes distintas reflejan un análisis ampliamente aceptado de los tres grupos principales de la izquierda china: 1) la «vieja» izquierda, formada en su mayoría por elementos originarios de las filas del Partido y del Estado, quienes, tras haber abrazado inicialmente, en muchos casos al menos de modo parcial, las reformas de Deng Xiaoping, se fueron pasando a la oposición a medida que la naturaleza capitalista de esas reformas se hacía más evidente; 2) los «maoístas» que permanecieron firmes en su apoyo a los programas de la era revolucionaria del socialismo chino bajo Mao y tienen su base popular sobre todo entre los trabajadores y los campesinos; y 3) la «nueva» izquierda, que, como su análoga en Occidente (en especial durante los años sesenta del siglo XX), tiende a estar compuesta por la generación más joven, que se centra particularmente en las universidades y en las nuevas ONG, y está abierta a un amplio espectro de tendencias marxistas y socialdemócratas de base sociológica diversa, pero que, muchos veces, desea al mismo tiempo alinearse con los seguidores de Mao antes que con los de la «vieja» izquierda. Sin embargo, las líneas divisorias entre estos tres grupos no son en absoluto rígidas ni mutuamente excluyentes.

Puede encontrarse «viejos» izquierdistas en toda la sociedad, tanto dentro como fuera del gobierno, mientras que muchos «maoístas» e incluso algunos pertenecientes a la «nueva» izquierda trabajan en el Partido y en el Estado. Pero no debería exagerarse a propósito de ningún paralelismo con análogas clasificaciones de la izquierda en Occidente —en especial por lo que se refiere la «nueva» izquierda—, pues en China cada sector tiene sus características específicas, que reflejan la historia de la lucha en este país. En Beidaihe, la ciudad de la costa en la que todos los años se reúnen los máximos líderes para planificar la estrategia, tuvo lugar en 2001 un encuentro muy inusual de cuatro tendencias políticas diferentes, organizado por un ex dirigente de los guardias rojos de Zhengzhou que había estado preso durante muchos años después del comienzo de las reformas y sigue siendo un activista. Estuvieran de acuerdo o discreparan sobre si había que oponerse a todas las políticas de reforma, estaban unidos en la crítica a Deng Xiaoping por la magnitud de la recapitalización que había introducido.

Más recientemente, tuvo lugar un foro de altos cuadros de varias instituciones, universidades y agencias destacadas para desarrollar un análisis marxista de la situación actual, foro que contó con la introducción del presidente de la Universidad de Pekín. Se esperaba convertir esta ocasión en un encuentro regular. El antiguo miembro del Partido que estaba tras la organización de ese encuentro explicó que el mismo no hubiera sido posible sin al menos algún apoyo de alto nivel. En Zhengzhou, un foro similar conducido por izquierdistas y liberales —término que, en la China de hoy, incluye a menudo gente más radical que sus análogos occidentales—*** reunió en la pasada década a personas que defendían un amplio espectro de puntos de vista. Su fundamento común era una marcada sensación de que la actual dirección de la sociedad china y de las políticas oficiales no es sostenible.

De esa manera, a pesar de las diferencias ideológicas y de enfoque, muchos de ellos se clasifican aproximadamente en las tres categorías de izquierda citadas —«vieja», «maoísta» y «nueva»—, tanto dentro como fuera de los cuerpos e instituciones del Partido y del Estado, y no sólo sus ideas, sino también sus diversos foros y encuentros, se solapan, se interpenetran y se influyen mutuamente, llegando incluso a atraer a quienes no comparten su ideología. Entre las nuevas ONG, algunas tienen una sólida base de izquierda y trabajan en problemas prácticos tales como proporcionar escuelas a las aldeas empobrecidas y promover una sociedad más gobernada por trabajadores y campesinos que la que defienden las fundaciones que siguen la corriente de ideas predominante. Ese retorno a la izquierda refleja la fuerza creciente de la lucha popular entre las clases trabajadoras, que ha hecho imposible seguir soslayando el abordaje de la crisis social en China y la amenaza de que, sin un cambio radical en las políticas actuales, sólo puede agravarse.

Reabre la posibilidad, por distante que pueda parecer hoy, de una renovación del socialismo revolucionario de la era de Mao.

Un asombroso ejemplo de esta nueva apertura a la izquierda es una carta que un grupo de «militantes veteranos del PCC, cuadros, personal militar e intelectuales» envió a Hu Jintao en octubre de 2004, con el título «Nuestros puntos de vista y opiniones sobre el actual panorama político». Aunque de tono más respetuoso que la octavilla de los Cuatro de Zhengzhou y concediendo cierto crédito positivo a las «reformas» por sus beneficios económicos, trata de modo muy parecido los mismos temas que ésta y, con su llamamiento a la acción correctora y a retornar a la senda socialista y alejarse del «camino capitalista», presenta una crítica igualmente militante a la situación actual. No está claro si hubo alguna relación directa entre estos dos documentos. Pero los izquierdistas de China continuaron reuniendo firmas en apoyo de los Cuatro de Zhengzhou, y el ardor con que una parte de la «nueva» izquierda abrazó su causa y la defensa de sus actividades «maoístas» está abriendo más espacio para que los «viejos» izquierdistas reafirmen sus ya antiguas críticas, como la carta a Hu. Esta voluntad de los veteranos de las primeras luchas revolucionarias a presentar batalla tan abiertamente contra las políticas actuales del Partido y del Estado nos da una medida del nuevo clima emergente. Ya en 1999, nuestras discusiones con los izquierdistas más antiguos dejaron claro que la atmósfera reformista predominante los obligaba a ser todavía muy contenidos.

Ahora, está claro, muchos de estos antiguos líderes y otros que mantienen posiciones similares se sienten «liberados» para expresar más abiertamente sus opiniones. En consecuencia, no sólo en teoría el pasado continúa informando el presente y las acciones de una parte de la izquierda influyen en otras, sino también en la práctica.

En algunos casos, pocos en cantidad pero a veces muy importantes por su influencia, siguen utilizándose las formas socialistas de organización de la era de Mao, aunque necesariamente con modificaciones para satisfacer las nuevas condiciones de la economía de mercado. Así, todavía hoy, alrededor del uno por ciento de las aldeas, que suman en total varios millares —las cifras varían en función de quién efectúe la medición y qué criterios se utilicen—, nunca abandonaron del todo la colectivización de la época de la comuna. Incluso algunas de las que habían puesto en práctica las reformas de Deng han retornado a la producción colectivizada, convirtiéndose en modelo para que otros exploraran nuevas alternativas de economía rural. El ejemplo más notable de mantenimiento de las metas y los métodos de la época socialista, Nanjiecun (Aldea de la Calle Sur), un pueblo «maoísta» de la provincia de Henan, más o menos a una hora de Zhengzhou, que comenzó a recolectivizarse hace quince o veinte años, continúa funcionando como una comuna para todos sus habitantes, esencialmente en lo que atañe a vivienda, atención médica y educación gratuitas, e incluso al pago de gastos universitarios de sus jóvenes. También sostiene las prácticas igualitarias de la era socialista, como no pagar a sus administradores un sueldo superior al salario de un trabajador cualificado. También se mantiene fiel a las metas políticas de Mao, cuyas fotos y máximas, junto con imágenes de otros líderes revolucionarios —comprendidos Marx, Engels, Lenin y Stalin— se muestran de modo prominente por todo el pueblo.

Aquí, los complejos de viviendas de muchas plantas, con pisos bien iluminados y aireados para cada familia, están rodeados de avenidas, paseos y jardines de inmaculada limpieza. El pueblo tiene una espléndida escuela y una guardería. Este escenario es prácticamente único en China —fuera de los nuevos complejos urbanos de población rica— y presenta un brusco contraste en relación con el medio rural más típico que uno encuentra apenas traspasa los muros y las puertas de esta comuna.

Pero incluso con tales éxitos, las prácticas de Nanjiecun encierran muchas contradicciones, pues para gran parte de su financiación la aldea se basa en la inversión extranjera y utiliza campesinos de los alrededores —que se alojan en dormitorios decentes, pero decididamente menos confortables— como principal fuerza de trabajo de sus «empresas municipales», plenamente integradas en la nueva economía capitalista.

Recientemente, de acuerdo con los activistas de Zhengzhou, incluidos dos que nos acompañaron en nuestra visita a la aldea, ésta pasó por graves dificultades financieras, en gran parte debido a su excesiva expansión en áreas de producción nuevas y desconocidas. Pero a pesar de esas limitaciones —inevitables dada su situación, rodeada como está de un mar de capitalismo, y obligada a competir en la economía de mercado para sobrevivir—, sirve como foco de atracción para quienes todavía creen que hay otro camino posible para la China rural. Diariamente llegan de todo el país delegaciones —a veces formadas por autobuses llenos de campesinos o de obreros— para estudiar cómo ha continuado con la práctica tanto de la producción como de la distribución colectivizadas. También ha recibido la bendición, y por tanto la protección, de las autoridades provinciales de Henan. La carta abierta a Hu Jintao que en 2004 escribieron los veteranos izquierdistas del Partido señalaba a Nanjiecun como modelo de lo que hoy se necesita en las zonas rurales. Pero aun allí donde el legado de Mao no es tan destacado, las experiencias y los conceptos del mismo siguen siendo el marco de referencia con el que constantemente se comparan y a cuya luz se analizan las condiciones del presente.

Un hecho importante que se advierte en el verano de 2004 es un nuevo movimiento que tiende a la formación de cooperativas agrícolas, en un esfuerzo por mejorar el aislamiento y la inseguridad de las granjas de responsabilidad familiar en relación con el mercado global. Estas cooperativas tienen como principal finalidad crear economías de escala destinadas al mercado mediante la compra colectiva de fertilizantes, por ejemplo, y una mayor capacidad de negociación de los precios de sus cosechas, así como el ofrecimiento de apoyo financiero y seguridad a sus socios. Estos esfuerzos constituyen significativos distanciamientos del principio individualista del sálvese quien pueda propio del período de reformas, aun cuando no puedan empezar a eliminar todos los desastrosos aspectos de la situación que afronta el campesinado en su conjunto.

Aunque no sean un retorno a las comunas y representen como máximo un tipo de recolectivización a medias, no sólo continúan inspirándose en la experiencia de movimientos cooperativistas previos a la revolución, sino también en conceptos de la era de Mao, en los que sus miembros suelen estar muy versados. Por tanto, no es raro encontrar gente como el director de una cooperativa que visitamos cerca de Siping, en la provincia nororiental de Jilin, que expuso un detallado análisis comparativo de las clases rurales y urbanas y de su situación hoy en día, o los miembros jóvenes que sostuvieron, desde un punto de vista socialista, una larga y profunda discusión sobre la situación del campo, no sólo desde el punto de vista interno, sino también en relación con el resto del mundo. Las clases trabajadoras chinas no sólo tienen cosas que enseñar a los intelectuales de las ciudades acerca del mundo real del trabajo y la explotación, sino que, por eso mismo, tienen más experiencia en la puesta en práctica del socialismo.

Y en muchas ocasiones han alcanzado un desarrollo más pleno de la comprensión y aplicación de las bases del pensamiento marxista-leninista-maoísta que algunos de los jóvenes y más educados izquierdistas.

Al mismo tiempo, la rápida polarización de la sociedad está poniendo a buena parte de las nuevas clases medias, con independencia de su ocupación o de su posición específicas, en unas condiciones muy semejantes a las de los trabajadores y campesinos, lo que lleva a crear un fundamento cada vez más amplio para su unión y contribuye a crear una base de masas para la resurrección de la izquierda. El sistema capitalista está devorándose a sí mismo y generando rápidamente grupos cada vez más amplios de alienados. Hoy, incluso muchos cuadros del Partido Comunista de las empresas otrora estatales son despedidos tras haber colaborado en la venta de las mismas a inversores privados. Los nuevos propietarios capitalistas no se quedan con ellos, condición que un trabajador describió como «quema del puente que acabas de cruzar». A consecuencia de ello, muchos también están hoy en paro y entienden mejor qué es en realidad la «sociedad de mercado» y se «les despierta la conciencia».

Son comunes estas nuevas maneras de entender que derivan de las cambiantes condiciones de vida. Hemos oído más de un relato procedente de quienes comenzaron adoptando las reformas de Deng —como un académico progresista con quien hablamos en Pekín— y que ahora están volviendo a Mao e incluso reconsiderando la propia Revolución Cultural. En algunos casos, esto es el resultado directo de su «aprendizaje de las masas».

Tal es el caso de un destacado estudioso de las áreas rurales, otrora completamente conservador, cuya «conversión» se produjo porque, en sus visitas a los campesinos, nunca oyó una palabra de crítica a Mao y, en cambio, muchas contra Deng, lo que le obligó a reexaminar sus propias actitudes con respecto al pasado. Pero estas reevaluaciones tienen raíces mucho más profundas que las meras experiencias personales. Para muchos, incluidos algunos pertenecientes a la élite intelectual, las diversas tendencias ideológicas que florecieron desde comienzos de la era de las reformas —desde los argumentos de racionalización de la mercantilización y la privatización con características chinas especiales que proponen los propagandistas del Partido y del Estado, hasta los conceptos del liberalismo occidental que se encuentran sobre todo en círculos académicos y de ONG— se están mostrando inadecuadas para explicar lo que sucede hoy en China.

Como manifestaron en distintas conversaciones un ex integrante de la Guardia Roja y un joven intelectual activista, «después de haber probado todo lo demás», los que en un principio apoyaron las políticas de reforma, pero que hoy intentan a ciegas comprender lo que está ocurriendo, «tienen que volver a la lucha en dos frentes y a la Revolución Cultural para tratar el presente», porque han probado otros enfoques y ninguno de ellos ofrece una explicación.

Mientras que hace sólo unos años los problemas de la sociedad china parecían ser específicos y, por tanto, relativamente fáciles de «arreglar» —por ejemplo, a través de una campaña «contra la corrupción»—, hoy existe una creciente sensación de que son sistémicos e intratables, que requieren una transformación mucho más fundamental, una reforma que el capitalismo y el mercado mundial no están en condiciones de llevar a cabo, y que el Estado y el Partido, tal como están constituidos en el presente, no son capaces de resolver. Como resultado de todo esto, la crítica de la vía capitalista que Mao puso en marcha durante la Revolución Cultural, vuelve hoy a presentar un creciente interés, porque estas ideas, que enunció en sus últimos años de vida, siguen ofreciendo el tipo de análisis exhaustivo del sistema actual que llega a la raíz de sus crecientes contradicciones, y señala soluciones más profundas que los meros intentos de mejorar las cosas.

Por tanto, entre los intelectuales están empezando a caer muchos de los tabúes previos.

Incluso la Revolución Cultural, que en gran parte continúa siendo un anatema para la mayoría de los académicos y otros miembros de la élite —nos dijeron que la simple sospecha de una actitud positiva al respecto podría llevar al aislamiento de sus iguales y a la ruina de una carrera—, se está convirtiendo otra vez en un tema de discusión y de reexamen. Esto es particularmente cierto entre los izquierdistas jóvenes que están haciendo su propia búsqueda histórica, desenterrando materiales desdeñados durante mucho tiempo, realizando entrevistas a quienes fueron activos durante aquel período y difundiendo sus hallazgos a través de la red informática y por otras vías, desafiando la línea oficial del Partido sobre los acontecimientos de aquella época.


***En el mundo anglosajón, «liberal» equivale aproximadamente a socialdemócrata, no a partidario del liberalismo económico y la no intervención del Estado, como es el caso en el continente europeo. [T.]

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