martes, 2 de diciembre de 2014

Historia


Sobre la Política Despobladora del Clero Español en el Siglo XVII*
 
 
Emilio Choy
 
 
La expulsión de los moros de España era un asunto que se había planeado mucho antes que llegara al poder Felipe III, porque ya el día de su nacimiento (16 de abril de 1578) el padre Vargas, haciendo de profeta, les apostrofaba a los moriscos: "Pues que os negáis absolutamente a venir a Cristo, sabed que hoy ha nacido en España el que os habrá de arrojar del reino" (1).
 
La "venida a Cristo" invocada por el padre Vargas era, en realidad, la exigencia del sometimiento económico de los moros. Porque la libertad religiosa de que gozaban los libraba de pagar una serie de impuestos a la iglesia, y esto, como es lógico, no solamente iba en perjuicio directo de los intereses del clero, sino que además servía de mal ejemplo a los agobiados campesinos católicos. Por eso también el patriarca de Antioquía, don Juan de Ribera, le había aconsejado a Felipe II la expulsión de los moros.
 
En 1609 Juan de Ribera le escribió al duque de Lerma señalándole la necesidad de expulsar de la península a todos los moros, denunciando las vinculaciones que éstos tenían con los de Argel y con los corsarios berberiscos y turcos. Decía que la derrota de la Armada Invencible era un aviso del cielo para que se extirpara de España la herejía.
 
Es probable que existiera alguna conspiración por parte de los moros, pero ello se debía, en todo caso, a las provocaciones que sufrían constan­temente. La Fuente dice que en esta campaña antimusulmana, el tenaz prelado continuaba su acción contra
 
"los codiciosos de dinero y atentos a guardarlo, y dedicándose a los oficios y artes más a propósito para adquirirlo, venían a ser la esponja de la riqueza de España; y la mejor prueba de ello era, que habitando en lo general en lugares pequeños y en tierras estériles, pagando a los señores el tercio de los frutos y estando tan cargados de fardos este era el nombre del tributo que pagaban moros y judíos, todavía eran ricos, mientras los cristianos, que cultivaban las tierras más fértiles, se hallaban en la mayor pobreza" (2).
 
La Fuente comenta acerca de los moros: "De modo que de su laboriosidad y de su economía les hacía un delito y una acusación, cuando debiera presentarlo como un mérito" (3).
 
La nobleza, sin embargo, defendió a los moriscos, alegando que la supuesta conspiración a que se referían los monjes era un complot de ellos. Al fin, el clero terminó por imponerse, después de la tregua de Flandes en que los holandeses se independizaron de los Habsburgo. La ordenanza de expulsión establecía que, en el término de tres días, todos los moriscos, hombres y mujeres, bajo pena de vida, habían de embar­carse en los puertos que cada comisario les señalara. Más de 150 mil moriscos fueron arrojados, entonces, sólo del reino de Valencia, debido a que eran prósperos y hacían producir las tierras pobres, pagaban el tri­buto al señor feudal, así como los impuestos correspondientes. El saldo fue la intensa concentración de las propiedades en pocas manos y manos muertas. Habíase convertido, como decía Modesto La Fuente, "de reino el más florido de España, un páramo seco y deslucido por la expulsión de los moros" (4). De otros lugares de España salieron, igualmente, centenares de miles de moros, dejando quebrantadas la agricultura, la manufactura y el comercio; y disminuyendo la producción en todos los renglones.
 
Los gananciosos fueron unos pocos señores y el clero, o sea, el segundo Estado. Afírmase que el duque de Lerna y sus hijos percibieron, en "concepto del producto de la venta de las casas de los moriscos, cinco millones de reales" (5). No en vano este consejo de los miembros del Se­gundo Estado, dentro de España, fue calificado hasta por el Cardenal Richelieu, en sus Memorias, de "el consejo más osado y bárbaro de que hace mención la historia de todos los anteriores siglos” (6).
 
Berganza, se expresaba como irracional de la manera siguiente:
 
"Lo que yo dije no fue poner ley, sino prometer que me morde­ría la lengua cuando murmurase; pero ahora no van las cosas por el tenor y rigor de las antiguas: hoy se hace una ley, y mañana se rompe, y quizá conviene que así sea. Ahora promete uno de enmendarse de sus vicios, y de allí a un momento cae en otros mayores. Una cosa es alabar la disciplina y otra el darse con ella, y, en efecto, del dicho al hecho hay gran trecho. Muérdese el diablo, que yo no quiero morderme ni hacer finezas detrás de una estera, donde de nadie soy visto que pueda alabar mi honrosa determinación".
 
Cipión le contesta:
 
"Según eso, Berganza, si tú fueras persona, fueras hipócrita, y todas las obras que hicieras fueran aparentes, fingidas y falsas, cubiertas con la capa de la virtud, sólo porque te alabaran, como todos los hipócritas hacen".
 
Estas expresiones nos permiten explicar el tremendo elogio que los perros hacen de los hijos de Loyola en otra parte del diálogo entre ellos.
 
"Berganza: No sé qué tiene la virtud, que con alcanzárseme a mí tan poco o nada de ella, luego recibí gusto de ver el amor, el término, la solicitud y la industria con que aquellos benditos padres (jesuitas) y maestros enseñaban a aquellos niños, endere­zando las tiernas varas de su juventud, porque no torciesen ni tomasen mal siniestro en el camino de la virtud, que juntamente con las letras les mostraban. Consideraba cómo los reñían con suavidad, los castigaban con misericordia, los animaban con ejem­plos, los incitaban con premios y los sobrellevaban con cordura; y, finalmente, cómo les pintaban la fealdad y horror de los vicios, y les dibujaban la hermosura de las virtudes, para que, aborrecidos ellos y amadas ellas, consiguiesen el fin para que fueron criados.
 
“Cipión: Muy bien dices, Berganza; porque he oído decir de esa bendita gente, que para repúblicos del mundo no los hay tan prudentes en todo él, y para guiadores y adalides del camino del cielo, pocos les llegan. Son espejos donde se mira la honestidad, la católica doctrina, la singular prudencia, y finalmente la humildad profunda, base sobre quien se levanta todo el edificio de la bienaventuranza”.
 
*Fragmento de La Política Española del Siglo XVII. Publicado en La Gaceta de Lima, junio-julio-agosto de 1960, Año II, Nº11, p.5.  

Notas

[1] Citado por Modesto La Fuente, Historia de España, Madrid, 1840, Parte, III, Libro III, Capítulo XV.
[2] Lug. cit. La Fuente toma estas palabras de Diálogo de los Perros. El autor identifica en forma equivocada el pensamiento de Cervantes con las expresiones de Berganza. Porque esto ha sido ya aclarado por el P. Pablo Ladrón de Guevara, de la Compañía de Jesús, cuando comentaba, en Novelistas Malos y Buenos, segunda edición, Bilbao, s.a., pág. 102, que un crítico de Cervantes, Villegas, había dicho del Coloquio de Perros que el elogio a los jesuítas fue entre perros, "que son animales irracionales; para darnos a entender Cervantes que cuando alabó a los jesuítas de ser los mejores repúblicos y de que daban tan buen mano para llevar las almas al cielo, quiso decir que únicamente lo podían conseguir en una república de seres irracionales".
[3] Lug. cit.
[4] Lug. Cit
[5] Lug. cit.
[6] Lug. cit.

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