martes, 2 de diciembre de 2014

Comentario de Libros

Octavio Paz:
“El Laberinto de la Soledad”

(Primera Parte)
 

Julio Roldán


En este libro el escritor y poeta mexicano Octavio Paz hace un diagnóstico histórico, político y social como base, para luego comprender mejor el problema psicológico y de identidad de la sociedad mexicana y por extensión, diríamos nosotros, de América Latina como totalidad.

El tema central es la conquista, la colonia y sus consecuencias; de estas ideas-base se irán desprendiendo unas detrás de otras, como el fenómeno del pachuco y el sentimiento de soledad, el machismo, la Fiesta, la idea de la muerte, la figura de la Madre chingada y la traición de Malinche, el rol de la religión católica, la división del imperio azteca y el abandono de los dioses a la llegada de los españoles.

La independencia y el papel de los criollos, los caudillos, el positivismo, la democracia y la libertad, la revolución agrarista y el zapatismo, continúan con el sector pensante y nuestros días y se remata con el Apéndice, volviendo al punto inicial con la Dialéctica de la soledad. Hecho que tiene que ver más con el sentimiento de soledad que con el sentimiento de inferioridad.

En el primer capítulo desarrolla tres ideas, las mismas se irán repitiendo en unos casos y desarrollando en otros, a lo largo del libro. Comienza con la problemática de un sector de adolescentes mexicanos que viven en EE.UU., continúa con el ser del mexicano y termina haciendo una comparación entre los mexicanos y los norteamericanos.

Este primer capítulo, que es titulado El pachuco y otros extremos, describe a los mencionados adolescentes en estos términos: "Como es sabido, los `pachucos´ son bandas de jóvenes, generalmente de origen mexicano, que viven en las ciudades del Sur y se singularizan tanto por su vestimenta como por su conducta y lenguaje (...) Pero los `pachucos´ no reivindican su raza ni la nacionalidad de sus antepasados. A pesar de que su actitud revela una obstinada y casi fanática voluntad de ser, no afirma nada concreto (...) El `pachuco´ no quiere volver a su origen mexicano; tampoco -al menos en apariencia- desea fundirse a la vida norteamericana. Todo en él es impulso que se niega a sí mismo, nudo de contradicciones, enigma. Y el primer enigma es su nombre mismo: `pachuco´, vocablo de incierta filiación, que dice nada y que dice todo (...) Queramos o no, estos seres son mexicanos, uno de los extremos al que puede llegar el mexicano."

Ahondando más en el mundo espiritual de estos adolescentes, que él observó a fines de la década del 40 del siglo XX en EE.UU., sostiene: "El pachuco ha perdido toda su herencia: lengua, religión, costumbres y creencias. Sólo le queda un cuerpo y un alma a la intemperie, inerme ante todas las miradas. Su disfraz lo protege y, al mismo tiempo, lo destaca y aísla: lo oculta y lo exhibe."

La otra parte de este ser quebrado, dual o híbrido se expresa de esta manera: "... el pachuco es un clown impasible y siniestro, que no intenta hacer reír y que procura aterrorizar. Esta actitud sádica se alía a un intento de auto-humillación, que me parece construir el fondo mismo de su carácter: sabe que sobresalir es peligroso y que su conducta irrita a la sociedad; no importa, busca, atrae la persecución y el escándalo. Sólo así podrá establecer una relación más viva con la sociedad que provoca: víctima, podrá ocupar un puesto en ese mundo que hasta hace poco lo ignoraba; delincuente, será uno de sus héroes malditos."

Y Paz termina con este tipo de personaje diciendo: "... el pachuco no afirma nada, no defiende nada, excepto su exasperada voluntad de no-ser. No es una intimidad que vierte, sino una llaga que se muestra, una herida que se exhibe. Una herida que también es un adorno bárbaro, caprichoso y grotesco; una herida que se ríe de sí misma y que se engalana para ir de cacería. El pachuco es la presa que se adorna para llamar la atención de los cazadores. La persecución lo redime y rompe su soledad: su salvación depende del acceso a esa misma soledad que aparenta negar. Soledad y pecado, comunión y salud, se convierten en términos equivalentes."

En la segunda parte del capítulo, combinando conceptos del existencialismo y del psicoanálisis, hace la  diferencia entre el sentimiento de inferioridad y el sentimiento de soledad, para sostener que en el ser del mexicano subyace con más fuerza el sentimiento de soledad antes que el sentimiento de inferioridad, leamos: "La existencia de un sentimiento real o supuesta inferioridad frente al mundo podría explicar, parcialmente al menos, la reserva con que el mexicano se presenta ante los demás y la violencia inesperada con que las fuerzas reprimidas rompen esa máscara imposible. Pero más vasta y profunda que el sentimiento de inferioridad, yace la soledad. Es imposible identificar ambas actitudes: sentirse solo no es sentirse inferior, sino distinto. El sentimiento de soledad, por otra parte, no es una ilusión -como a veces lo es el de inferioridad- sino la expresión de un hecho real: somos, de verdad, distintos. Y, de verdad, estamos solos."

En otro párrafo, luego de decir que: "En todos lados el hombre está solo" y así justificar la soledad humana al mejor estilo existencialista, termina con el ser del mexicano diciendo: "Nuestra soledad tiene las mismas raíces que el sentimiento religioso. Es una orfandad, una oscura conciencia de que hemos sido arrancados del Todo y una ardiente búsqueda: una fuga y un regreso, tentativa por restablecer los lazos que nos unían a la creación."

Finalmente, en la tercera parte del capítulo, para comprender la diferencia entre los mexicanos y los norteamericanos, comienza deslindando con el mecanicismo-economicista, diciendo: "Algunos pretenden que todas las diferencias entre los norteamericanos y nosotros son económicas, esto es, que ellos son ricos y nosotros pobres, que ellos nacieron en la Democracia, el Capitalismo y la Revolución industrial y nosotros en la Contrarreforma, el Monopolio y el Feudalismo. Por más profunda y determinante que sea la influencia del sistema de producción en la creación de la cultura, me rehúso a creer que bastará que poseamos una industria pesada y vivamos libres de todo imperialismo económico para que desaparezcan nuestras diferencias."

Además de mencionar algunas otras diferencias, centra en las siguientes: "Ellos son crédulos, nosotros creyentes; aman los cuentos de hadas y las historias policíacas, nosotros los mitos y las leyendas. Los mexicanos mienten por fantasía, por desesperación o para superar su vida sórdida; ellos no mienten, pero sustituyen la verdad verdadera, que es siempre desagradable, por una verdad social. Nos emborrachamos para confesarnos; ellos para olvidarse. Son optimistas; nosotros nihilistas -sólo que nuestro nihilismo no es intelectual, sino una reacción instintiva: por tanto es irrefutable-. Los mexicanos son desconfiados; ellos abiertos. Nosotros somos tristes y sarcásticos; ellos alegres y humorísticos. Los norteamericanos quieren emprender; nosotros contemplar. Son activos; nosotros quietistas; disfrutamos de nuestras llagas como ellos de sus inventos. Creen en la higiene, en la salud, en el trabajo, en la felicidad; pero tal vez no conocen la verdadera alegría, que es una embriaguez y un torbellino."

A continuación se pregunta: "¿Y cuál es la raíz de tan contrarias actitudes? Me parece que para los norteamericanos el mundo es algo que se puede perfeccionar; para nosotros, algo que se puede redimir. Ellos son modernos. Nosotros, como sus antepasados, puritanos, creemos que el pecado y la muerte constituyen el fondo último de la naturaleza humana. Sólo que el puritano identifica la pureza con la salud. De ahí el ascetismo que purifica, y sus consecuencias: el culto al trabajo por el trabajo, la vida sobria -a pan y agua-, la inexistencia del cuerpo en tanto que posibilidad de perderse  -o encontrarse- en otro cuerpo. Todo contacto contamina. Razas, ideas, costumbres, cuerpos extraños llevan en sí gérmenes de perdición e impureza. La higiene social completa la del alma y la del cuerpo. En cambio los mexicanos, antiguos o modernos, creen en la comunión y en la fiesta; no hay salud sin contacto."

Y Paz, a pesar del sentimiento de soledad que cubre y tiñe al mexicano o quizás por ello, termina el capítulo con una confesión de parte, siendo algo optimista: "Quien ha visto la esperanza, no la olvida. La busca bajo todos los cielos y entre todos los hombres. Y sueña que un día va a encontrarla de nuevo, no sabe dónde, acaso entre los suyos. En cada hombre late la posibilidad de ser o, más exactamente, de volver a ser, otro hombre."

En el segundo capítulo desarrolla con cierto detenimiento la personalidad de los mexicanos. Él afirma que ésta es una sociedad cerrada, desconfiada, miedosa y que busca, por todos los medios,  conservar su intimidad; pero a la vez es formalista y de gran simulación. Expresión de este mundo cerrado; de este no "rajarse" es el machismo o la hombría del mexicano, que dicho sea de paso es un fin en sí mismo y es presentado de la siguiente forma: "El `macho´ es un ser hermético, encerrado en sí mismo, capaz de guardarse y guardar lo que se le confía.  La hombría se mide por la invulnerabilidad ante las armas enemigas o ante los impactos del mundo exterior. El estoicismo es la más alta de nuestras virtudes guerreras y políticas. Nuestra historia está llena de frases y episodios que revelan la indiferencia de nuestros héroes ante el dolor o el peligro."

Conviviendo, coludida, integrada o mejor dicho como trama del gran tejido de la personalidad del mexicano está la mujer. Ella es un ser abierto por naturaleza, es un ser "rajado" histórica y socialmente. Ese ser en quien se combina la virgen y la prostituta, entre la abnegada madre o señora y la mujer mala. (12) Es por ello que a la mujer se la acaricia y se la maltrata, se la santifica o se la viola, se le canta y se le despotrica, se la maldice y se la admira.

A esta mujer a quien se debe "someter con el palo y conducir con el freno de la religión", Paz la presenta así: "Como en todos los pueblos, los mexicanos consideran a la mujer como un instrumento, ya de los deseos del hombre, ya de los fines que le asignan la ley, la sociedad o la moral. (...) Prostituta, diosa, gran señora, amante, la mujer transmite o conserva, pero no crea, los valores o las energías que le confía la naturaleza o la sociedad. Es un mundo hecho a la imagen de los hombres, la mujer sólo es un reflejo de la voluntad y querer masculinos. Pasiva, se convierte en diosa, amada, ser que encarna los elementos estables y antiguos del universo: la tierra, madre y virgen; activa, es siempre función, medio, canal. La feminidad nunca es un fin en sí mismo, como lo es la hombría."

 

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