lunes, 6 de enero de 2014

Ciencias Sociales



La Recreación de la Realidad:
«Los Siete Ensayos»

(Séptima Parte)


                                                               Jorge Oshiro
                  

La unidad de la economía peruana

Contra la teoría que afirmaba la tesis de la formación del Perú de dos realidades diferentes, una serrana arcaica y feudal, y la otra, costeña, moderna aunque todavía incipiente, Mariátegui defendía la tesis de la unidad de la economía peruana a pesar de sus diferentes formas de producción existentes a lo largo y ancho del país.[1]

1.   La primera forma es la más antigua en el territorio nacional, es la economía comunista primitiva. Contra todos los avatares de los siglos de explotación y casi exterminio, esta forma de producción subsistió, a pesar de todas las limitaciones y cambios que tuvo que sufrir en todos esos años. Mariátegui escribe:

"La convivencia de comunidad y latifundio en el Perú está  pues, perfectamente explicada...La comunidad sobrevivía, pero dentro de un régimen de servidumbre".

2.   La segunda forma de producción es la producción feudal y semifeudal. Es decir todas las características del sistema de producción y todo el sistema de relación humana de producción es típicamente feudal.

Pero los latifundios en el Perú del siglo XX, a pesar de su relativa independencia jurídica y política, (el terrateniente era la máxima autoridad judicial y política de su región), económicamente fue completamente dependiente del capital extranjero y de la alianza con la oligarquía que tenía a mano el aparato estatal. Esta alianza no era puramente formal si se tiene en cuenta las olas de levantamientos e insurrecciones campesinas que sacudieron todo el campo peruano por esos años. Frecuentemente estos levantamientos eran tan fuertes que el terrateniente era incapaz de controlar por si solo las fuerzas subversivas, como fue el caso de Rumi Maqui en Puno.

3.   La tercera forma de producción, y la dominante era el capitalismo, a pesar de su evidente debilidad y la poca aptitud de los pseudos capitanes de la industria criolla. En esta perspectiva Mariátegui nos va a dar unos puntos centrales de este desarrollo en el primer ensayo:

·         La aparición de la industria moderna. El establecimiento de fábricas, usinas, transportes, etc que transforman, sobre todo, la vida de la costa peruana. La consecuencia de este desarrollo es la formación de un proletariado industrial con creciente y natural tendencia a adoptar un ideario clasista.
·         La función del capital financiero. El surgimiento de bancos nacionales que financian diversas empresas industriales y comerciales, enfeudados a los intereses del capital extranjero y de la gran propiedad agraria.
·         El acortamiento de las distancias y el aumento del tráfico entre el Perú y los Estados Unidos y Europa, a consecuencia de la apertura del canal de Panamá  que acelera el proceso de incorporación del Perú en la civilización occidental.
·         El crecimiento de la influencia de los Estados Unidos y la postergación del poder inglés, lo que significaba la intensificación de la inversión extranjera en el Perú.
·         El desarrollo de una clase capitalista, dentro de la cual cesa de prevalecer como antes la antigua aristocracia. La propiedad agraria conserva su potencia; pero declina la de los apellidos virreinales. Se constata, dice nuestro autor, el robustecimiento de la burguesía de bancos nacionales que financian diversas empresas industriales y comerciales, enfeudados a los intereses del capital extranjero y de la gran propiedad agraria.

A pesar de la debilidad del capitalismo criollo la tendencia era la creciente importancia del capital, no tanto por las virtudes de la burguesía peruana, sino más bien por el peso de la influencia exterior, sobre todo del dólar americano.

En los años veinte pasaba lo que cien años atrás había ocurrido: la independencia (política) peruana no era resultado de los esfuerzos conjuntos de las fuerzas vivas de la sociedad peruana, acaudillada por una vigorosa burguesía, porque esta no existía.

De la misma manera gracias al impulso exterior, esta vez económica, a fuerza de integrar al Perú cada vez más intensamente dentro del mercado mundial, comenzaba a robustecerse un sector de la burguesía criolla que se preparaba muy lentamente para tomar la dirección económica nacional.

La alianza campesino-obrera

"La solución del problema del indio tiene que ser una solución social. Sus realizadores deben ser los propios indios".

Esta tesis que encontramos al final del «Segundo Ensayo» es fundamental en la estrategia revolucionaria de Mariátegui, pero también es expresión fiel de su pensamiento filósofico sobre el hombre.

En las luchas campesinas entre 1919 y 1930 apareció dentro del movimiento campesino una tendencia que se llamaba a sí misma milenarista. Era una tendencia que luchaba por el retorno al imperio de los Incas, al Tawantinsuyo. Un texto, atribuído a uno de sus líderes, Carlos Condorena ilustra esta tendencia:

"Sólo nosotros tenemos derecho a vivir en las tierras de nuestros antepasados, aprovechar de los frutos de nuestro altiplano, los mistis no tienen derecho alguno a seguir robando y explotando nuestro trabajo. Botarlos de nuestra tierra es nuestra tarea; debemos organizar un ejército con todos nosotros y reconquistar nuestras tierras, matar a los principales (los blancos,JO) y volver a implantar nuestra antigua forma de vivir Inca".

El pensamiento de Mariátegui, su visión de la historia como su concepción del hombre y de la cultura contradice la posición milenarista. Su rechazo del fascismo de Mussolini no descansaba solamente en el autoritarismo desenfrenado de los fascios y los métodos brutales de que hacían uso, que no se detenían ni aún frente a crimen.

La condena de Mariátegui se basa sobre todo en la ilusión ahistórica en la cual descansaba este movimiento, que quería restablecer en toda su pureza un sistema medieval corporativista. En el prólogo a un libro de E. Reyna sobre la insurrección campesina de Atusparia, dice Mariátegui, que el movimiento tuvo una doctrina que le dio no el mismo conductor de la revuelta, Atusparia, sino un periodista, Montestruque:

"El caudillaje de Atusparia y la misión histórica que Montestruque le asignó, ubican el movimiento en la serie de tentativas de filiación aristocrática y racista en que se destaca, próxima a la independencia, el movimiento de Tupac Amaru".

Para Mariátegui eran estos movimientos

"Insurrecciones encabezadas por curacas, por descendientes de la antigua nobleza indígena, por caudillos incapaces de dar a un movimiento de masas otro programa que una extemporánea o imposible restauración. Supérstite de una clase disuelta y vencida, los herederos de la antigua aristocracia india, no podía acometer con éxito la empresa de una revolución".

Mariátegui no solamente se distanciaba así, claramente del milenarismo, sino además que lo condenaba como un movimiento de filiación aristocrática y racista. De la misma manera que él negaba toda validez histórica al pasadismo colonialista que hacía comenzar la realidad peruana con la conquista, con la misma fuerza va a condenar todo tipo de restauración de realidades ya disueltas y vencidas.

El análisis de clase, llevado aquí con agudeza, le descubre y nos descubre el carácter inoperante de todos estos movimientos que están condenados al fracaso. La solidaridad de Mariátegui con el movimiento indígena fue siempre profunda y consecuente. Pero su conciencia crítica le impedía avalar toda tendencia falsa dentro de la lucha de los indios. Era evidente para él que ese no era el camino correcto. Carlos Condorena tenía la visión de la realidad muy parecida a aquella del soldado del batallón Sassari, que llegó a Turín a combatir a los señores que hacen huelga.

No era ni es la utópica (en el sentido negativo de la expresión) restauración del Imperio incaico el adecuado camino que debía realizar la masa indígena para su liberación. Tampoco era su aristocracia vencida la que iba a dirigir esa masa por ese largo y difícil camino hacia su autonomía:

"Toca al socialismo esta empresa. La doctrina socialista es la única que puede dar un sentido moderno, constructivo a la causa indígena, que situada en su verdadero terreno social y económico, y elevada al plano de una política creadora y realista cuenta para la realización de esta empresa con la voluntad y la disciplina de una clase que hace hoy su aparición en nuestro proceso histórico: el proletariado" (Subr.JO).

Para Mariátegui era la alianza campesino-obrera el eje de este proceso de liberación.

La burguesía era incapaz de asumir esta tarea;
·         por un lado, por su vinculación con la clase terrateniente, porque ella es la prolongación de ésta; y
·         por otro lado por su carácter dependiente frente al imperialismo extranjero. En este sentido escribe Mariátegui:

"Congruentemente con mi posición ideológica, yo pienso que la hora de ensayar en el Perú el método liberal, la fórmula individualista, ha pasado ya".

Y luego agrega:

"Dejando aparte las razones doctrinales, considero fundamentalmente este factor incontestable y concreto que da un carácter peculiar a nuestro problema agrario: la supervivencia de la comunidad y de elementos de socialismo práctico en la agriculta y la vida indígena". (Subr.JO).

El primer pasaje coincide con el comienzo del ensayo de Gramsci sobre «La Cuestión Meridional» cuando escribe:

"No hay que buscar la regeneración económica y política de los campesinos en una división de las tierras incultas o mal cultivadas".

Es decir para él también la hora de la solución liberal había pasado. Mariátegui encontraba aún otro elemento distintivo del campesinado: la sobrevivencia de la comunidad y de elementos de socialismo práctico en la agricultura y la vida indígena.

En la comunidad no solamente encontraba él elementos de socialismo práctico, como era el trabajo comunitario y colectivo, la ausencia de la propiedad privada (parcial o total), el espíritu de solidaridad del campesino para con los otros. Encontraba también una ideología, el animismo, la religiosidad espontánea que nos habla Mariátegui en su VII Ensayo.

En una palabra, su mundo mítico.

1.   Los indios constituían el problema primario de la realidad peruana.
2.   Pero al mismo tiempo su cultura constituía la materia sustancial del nuevo Perú, porque ella traía consigo el mito, es decir, una visión de la Naturaleza donde la belleza y la poesía formaban su propia sustancia, pues el mito es propiamente poesía.

Waldo Frank había enseñado muchas cosas a Mariátegui y una de las más importante se encontraba expresada en el capítulo IV de su «Our America»: «The Land of Buried Cultures». En ella nos muestra que la verdadera sustancia del mito americano no podía encontrarse fuera de esas culturas ocultas, que la revolución tenía que re-descubrir el Mito para construir la nueva realidad.
       
La comunidad andina, con todas sus limitaciones era para Mariátegui uno de los pilares para la creación de ese socialismo que no podía ser calco ni copias, pues ya se encontraba en nuestra misma realidad, pero oculta, porque en el Perú como en los Estados Unidos existía The Land of Buried cultures, es decir el país de las culturas escondidas, ocultas.

La otra base del socialismo peruano no podía será otra que las fábricas y sus obreros. Porque allí se crearía el nuevo colectivismo.


Notas finales.

El pensamiento de Mariátegui se caracteriza por su unidad orgánica. Todos sus elementos son solidarios y unos se expresan a través de los otros; en este sentido se complementan y se profundizan, y no pocas veces se oponen dialécticamente, es decir uno es la superación del otro, pero conservando aspectos de lo superado. Y esto no podía ser de otra manera pues este pensamiento en su totalidad fue expresión de una vida en su lucha permanente contra la muerte.

El pesimismo y decadentismo inicial de Juan Croniqueur era la primera expresión de este conflicto como lo hemos expresado al comienzo de nuestro análisis.

Desde allí en adelante será  su vida y por lo tanto su pensamiento un perenne esfuerzo de superación de este estado inicial, desde el período 1917-1918 al descubrir que su drama no era puramente una cuestión personal, sino todo lo contrario, fundamentalmente social e histórica.

Fue descubriendo cada vez con más claridad que la lucha contra la muerte era al mismo tiempo una lucha contra la soledad y el aislamiento y todas las significaciones morales y psicológicas que ellas traían consigo:

"Mi mayor anhelo actual es que esta enfermedad que ha interrumpido mi vida, no sea bastante fuerte para desviarla ni debilitarla. Que no deje en mí ninguna huella moral. Que no deposite en mi pensamiento ni en mi corazón ningún germen de amargura ni de desesperanza"

escribía Mariátegui a sus colegas de «Claridad» en setiembre de 1924 y que ya hemos citado arriba. Fue descubriendo desde aquella época que la única salida válida y coherente a sus conflictos era su compromiso revolucionario con las multitudes.

Que se entienda bien: este compromiso revolucionario no era ninguna fuga del apremiante problema de la muerte. La muerte, como problema filosófico, no era para él ninguna cuestión metafísica en el sentido de ahistórico y por encima de la cuestión social. Para él, en última instancia, no era ella sino una cuestión profunda de relación entre los hombres frente a la vida. La muerte no era una entidad abstracta sino que se expresaba muy concretamente en los sentimientos morales de los hombres:

"Es indispensable para mí que mi palabra conserve el mismo acento optimista de antes. Quiero defenderme de toda influencia triste, de toda sugestión melancólica",

escribía en la misma carta citada. Y para combatir eficazmente esta muerte continúa diciendo:

“...siento más que nunca necesidad de nuestra fe común”.

Pero la muerte no se reducía a expresarse en determinados estados morales subjetivos. La muerte se concretizaba en las relaciones humanas en una infinidad de formas. Así escribía Mariátegui: “Luis Alberto Sánchez y yo hemos constatado recientemente que uno de los ingredientes, tanto espirituales como formales, de nuestra literatura y nuestra vida es la melancolía”.

El revolucionario peruano constataba que el costeño, el limeño era triste, gris; no sabía de la verdadera alegría ni de la verdadera tristeza: “¡Qué vieja, qué cansada, parece esta joven tierra sudamericana...!” exclamaba en otro pasaje de «Peruanicemos al Perú».

La melancolía, la hipocondria peruanas eran formas de la muerte que correspondían al pasadismo reinante y esto a su vez a todo un sistema social-económico que se centraba en la explotación económica-social del indio y de todas las clases subalternas y la represión cultural del sector mayoritario del país que constituía también el sector indígena campesino.

Esta identificación entre el drama personal y el problema nacional no era un azar. Mariátegui pertenecía por su origen a dos culturas existente en su país. Su identificación con los indios ya venía determinada por dos hechos consustanciales: la madre india, abandonada y ultrajada por el padre español, de origen aristocrático; y la enfermedad, producto de la pobreza y de la injusticia social, que lo identificaba con los millones de niños con la misma suerte en esta parte del mundo.

Todo el problema personal causada por la ausencia y el desconocimiento del padre, de ilustre nombre en la capital peruana, intensificaba aún más los conflictos anteriores, pues ahondaba fuertemente el conflicto de la propia identidad.

Esta tensión interior que causa la oscuridad de la identidad propia la vemos expresada en este pasaje ya citado anteriormente:

"Partimos al extranjero en busca no del secreto de los otros sino en busca del secreto de nosotros mismos",

escribe Mariátegui refiriéndose a A. Spelucín al final de los «Siete Ensayos». Y la última frase que cierra todo el libro está  escrito también en este sentido:

“Por los caminos universales, ecuménicos, que tanto se nos reprochan, nos vamos acercando cada vez a nosotros mismos”.

La búsqueda del Absoluto mariateguiano[2] no es otra cosa que esta búsqueda spinoziana del nosotros mismos que es la misma búsqueda gramsciana como se aprecia desde su primer gran artículo, «Socialismo e Cultura».

Y de la misma manera que en Gramsci esta  búsqueda del revolucionario peruano es colectiva, de allí que hable en plural: "nos vamos acercando a nosotros mismo" y no "me voy acercando a mi mismo". Esta última fórmula de Mariátegui encierra la llave de comprensión de todo el libro, y con él de toda la obra. Romper y quebrar el círculo inicial (colonialismo), partiendo al extranjero (cosmopolitismo) para acercarse a sí mismo (indigenismo), tal era el itinerario mariateguiano y al mismo tiempo el camino señalado para la búsqueda de la identidad cultural (ser sí mismo) del pueblo peruano. Apoyarse en la cultura universal para llegar a sí mismo

El encuentro consigo mismo tenía que pasar necesariamente por un rodeo por Europa: "He hecho en Europa mi mejor aprendizaje. Y creo que no hay salvación para Indo-América sin la ciencia y el pensamiento europeo u occidentales". No era sorprendente pues que la gran parte de las reflexiones mariateguianas estuviera dedicada a la Cultura occidental, a las que hemos, siguiendo a nuestro autor, dedicado también la mayor parte de nuestra investigación. Para Mariátegui la literatura peruana, y con ella la conciencia cultural peruana en general, no ha entrado aún a su tercera y definitiva etapa: Nuestra literatura ha entrado en su período de cosmopolitismo. Esto ratifica su intensa preocupación por la cultura occidental.

La categoría central del primera período creativo de Mariátegui después de su retorno al Perú es el tema de la multitud. Ya hemos visto como este tema, descubierto antes de su viaje fue profundizado en las conferencias sobre «La Historia de la Crisis Mundial» y en «Escena Contemporánea».

Los conocimientos ganados en este período deben ser tenidos en cuenta en la comprensión de los problemas planteados en los Siete Ensayos. A manera de ilustración tomemos un ejemplo. Para Mariátegui el concepto de 'Multitud' no se reducía a ser un término cuantitativo. Para él, como hemos desarrollado ampliamente, las masas no eran un conglomerado amorfo de individuos. El había descubierto el aspecto cualitativo de las multitudes: el lugar privilegiado del sentimiento de comunidad adleriano o mancomunidad para expresarlo en la misma expresión mariateguiana.

Esta categoría la encontramos mencionada en los «Siete Ensayos» en dos lugares sociales privilegiados: en las fábricas (que desarrollará  Mariátegui particularmente en «Defensa del Marxismo» y sobre todo en las comunidades campesinas.

El futuro del socialismo en el Perú para Mariátegui no podía concebirse sin este elemento milenario en la historia del Perú. Era en estas comunidades campesinas donde se desarrolló, desde el origen, este sentimiento de comunidad o mancomunidad buscada por Mariátegui como célula fundamental de la organización humana. En este sentido los «Siete Ensayos» significan la concretización de las reflexiones iniciadas y desarrolladas ampliamente en las dos primeras obras citadas.

Los conocimientos ganados a través del análisis de la significación de la Naturaleza en el pensamiento mariateguiano, sobre todo en su artículo «El paisaje italiano» deben ser permanente telón de fondo de la posición del revolucionario en relación a este tema del Indio y su relación a la tierra.

Otro tema de gran importancia para la adecuada comprensión de los «Siete Ensayos» son las reflexiones mariateguianas alrededor del «Nacionalismo e Internacionalismo». La estrategia revolucionaria de Mariátegui basada en la alianza obrero-campesina toca las reflexiones sobre el nacionalismo y el internacionalismo iniciada en «La Historia de la Crisis Mundial» y proseguida en «Alma Matinal», de la misma manera que sus reflexiones filosóficas sobre «La ciudad y el campo».

Mucho menos se podría comprender adecuadamente a nuestro autor de los «Siete Ensayos» sin sus consideraciones fundamentales sobre el Mito y la Religión ya desarrolladas en los capítulos anteriores.

Que sean suficientes estas consideraciones para mostrar que los «Siete Ensayos de Interpretación de la realidad peruana» son un momento dentro de la creación teórica de Mariátegui. Un momento capital, indudablemente, pero sin embargo un momento de una totalidad que lo abarca y lo envuelve y que solamente podrán ser comprendidos adecuadamente dentro de este contexto de unidad orgánica creativa de Mariátegui que incluye también la obra juvenil.

Esta unidad orgánica de la creación teórica mariateguiana tiene aún otro momento importante: «La Defensa del Marxismo» que trataremos en el siguiente Ensayo.


[1] "...en el Perú actual coexisten elementos de tres economías diferentes...".
[2] "porque mi alma había partido desde muy temprano en busca de Dios".

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