sábado, 6 de octubre de 2012


Algunas Observaciones a Magda Portal*




Aun cuando media una distancia moral y material enorme entre Magda Portal y yo, no quiero dejar pasar impunemente el artículo mañoso y torpe que ha publicado en el Nº 2 de la revista chilena índice. Por otra parte, me parece enteramente ridículo que una mujer como la Portal, ignorante e indocumentada de lo que dice, sin ningún bagaje de cultura, se meta a discutir una obra seria como es la que ha dejado mi marido. Todo lo que escribe no es sino una serie continuada de mentiras, cuando no lo es de malas intenciones.

Mi marido nunca puso a cubierto las circunstancias de su viaje a Europa. Todos saben que fue a hacer labor de propaganda del Perú. Luego, ¿a qué viene eso de parangonar o hacer coincidir la labor del leader Haya de la Torre, con la de Mariátegui? La acción de Haya de la Torre se circunscribió a una revuelta universitaria. En cambio la de Mariátegui, como está en el conocimiento de todos, ha sido una labor más serena, de más arraigo en la masa de trabajadores. Su acción ha sido de orientación, de aplicación de principios, conformes con una interpretación realista. El leader Haya de la Torre no ha sido si no un agitador más o menos vehemente; pero no cimentó nada, no hizo ningún trabajo orgánico. Magda Portal seguramente está lejos de todo eso. Ella no entiende sino la postura efectista de Haya. Mi marido no ha acompañado nunca a Haya en las jornadas que a ella se le ocurre afirmar. Su camino y su trayectoria han sido muy distintos. Y Magda Portal es la menos calificada para decir que se "nota dispersión de su talento en su actividad sobre política económica "y que" sus lecciones no aportan ningún concepto claro para aplicarlo a América". Mariátegui ha dejado obra orgánica, sólida, de orientación constructiva. Sus conceptos pueden ser discutidos por gentes que poseen ideas definidas, no importa desde qué punto de vista, pero nunca, por quienes como Magda Portal no tienen sino una neurosis revolucionaria, a veces tan aguda y negativa que la hace hasta inconsecuente con la amistad y la bondad de un hombre que fue el único en darle una importancia que no merece. Porque la realidad es ésta. Magda Portal no ha merecido la atención de nadie, su actividad literaria ha sido tan insignificante y tan cursi que no ha provocado la más mínima simpatía. Su misma condición gregaria en un conjunto de poetas y escritores menos que mediocres, entre los que vivía, la ha mantenido lejos de ese prestigio que ella creía merecer y que nadie se lo daba. Fue José Carlos Mariátegui el único, absolutamente el único que, con la más amplia generosidad, dio cabida en las páginas de sus 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, a quien no merecía eso ni mucho menos.

Es tan desaprensiva y tonta la Magda Portal que a la aparición de una revista llama fenómeno, dando a la palabra el sentido aberrativo que le da la gente crasa de cosa inusitada y asombrosa. Cuando es tan vulgar que fenómeno quiere decir hecho natural, perceptible por los sentidos o por la conciencia. Y ¿qué quiere decir que apareció por un fuerte imperativo económico? Una revista de la índole de Amauta requiere no sólo gastos materiales elevados, sino, sobre todo, competencia, capacidad, ideología firme, orientación doctrinal, renuncia de toda comodidad y, luego, una fe tan grande como la tuvo Mariátegui, hasta para superar toda dificultad material. Así, Amanta no representó para mi marido un entretenimiento lucrativo, sino un fuerte motivo de esfuerzos y aun de sacrificios.

Pero la intención aviesa de Magda Portal no se detiene sólo en hacer estas referencias; desde el principio hasta el fin de su esperpento periodístico, no hace sino insistir con cierta neurosis, en la enfermedad de Mariátegui. Todo lo quiere hacer aparecer como producto de su enfermedad, llamándolo paralítico. Pero ya se ve cómo interpreta la palabra fenómeno para darse cuenta del proceso mental extraviado de esta mujer absurda. La enfermedad de Mariátegui no fue un obstáculo para su obra, por consiguiente, no es tema de discusión. Pero, al contrario, sería verdadero tema de discusión la enfermedad mental de ciertas gentes que no saben propagar sino maldades. La obra de Mariátegui, para cualquiera será siempre, estímulo intelectual, enseñanza serena, fuerza y salud espiritual, porque es obra de inteligencia y de bondad, y porque ilumina un camino de esperanza que va hacia la justicia.

                                               Anna Chiappe de Mariátegui

       Lima, 1930.

*Igual que el testimonio de Javier Mariátegui, esta carta ha sido reproducida del Anuario Mariateguiano Nº11, 1999, PP.12-13. (Comité de Redacción).


Carta Aclaratoria

Mariátegui y las Mujeres*





Lima, lunes, 12 de octubre de 2009

Sra. Martha Meier,
EDITORA DEL SUPLEMENTO EL DOMINICAL
del diario El Comercio.

Como lector me he sentido sumamente complacido por haberle dedicado cuatro páginas a Mercedes Cabello y a Clorinda Matto en el suplemento de la referencia.  Además, dichas páginas, están muy bien diagramadas e ilustradas.

Felicito al historiador moqueguano Ismael Pinto y a la historiadora María Emma Manarelli por el esfuerzo intelectual dedicado a dos ilustres mujeres que nadaron contra la corriente de la época para el mejoramiento de la sociedad.

Sin embargo, quisiera hacerle una observación a la siguiente frase de María Mannarelli:

Incluso durante el auge del indigenismo, las mujeres no existen.  José Carlos Mariátegui ni las nombra.

Tal vez se refiera específicamente a Mercedes Cabello y Clorinda Matto. Porque a la mujer que tomó en cuenta para darle un nuevo enfoque a las reivindicaciones indigenistas fue a Dora Mayer de Zulen (1868-1959); sobre todo, en su celebérrimo ensayo: El Problema del Indio, el segundo de los 7 Ensayos (1928). Y en el artículo: La Nueva Cruzada Pro-Indígena (1927).

Adjunto mi artículo Mariátegui y el sindicato textil La Victoria, en donde se demuestra la asesoría concreta de Mariátegui a las obreras en el planteamiento de un pliego de reclamos ante el Sr. Ricardo Tizón y Bueno, gerente de la fábrica textil La Victoria.

Mariátegui fue venerado por las mujeres.  Una muestra son los escritos de la poetisa uruguaya Blanca Luz Brum, la periodista Angela Ramos y la escritora María Wiesse. Son escritos con pasión, como suelen escribir las mujeres.

Por lo demás, Mariátegui fue el primero en el Perú que en su revista Amauta publicó la figura desnuda de una mujer.


Gracias por la atención que le sepa dispensar a la presente nota.

Antonio Rengifo Balarezo
.DNI  0605747


*Publicamos esta carta aclaratoria con la aquiescencia de su autor. No nos ha sido técnicamente posible publicar las fotocopias del artículo a que hace referencia el autor. (Comité de Redacción).






Entrevista


CH:: ¿Considera Ud. que José Carlos Mariátegui fue marxista-leninista? ¿Por qué?

Julio Carmona: Podría empezar diciendo que esa es una verdad que no necesita demostración. Empero –a pesar de ser un hecho evidente y ostensible– resultaría estar cayendo en un facilismo que sólo como expresión irónica puede ser admisible. Sin embargo, lo incontestable del aserto radica en un deslinde propio de la época, las primeras décadas del siglo pasado: la escisión de la Internacional Comunista, con la defección oportunista o reformista de la Segunda (de los Kautsky, los Lasalle o los Bernstein y que respondía a uno de los extremos frente a la revolución denominado entonces “el minimalismo”, o la heterodoxia en relación con el marxismo) y que fuera duramente cuestionada por los comunistas que pasarían a integrar la Tercera (liderada por Lenin, con el vigor de la ortodoxia marxista y del maximalismo revolucionario). Y para mayor –y definitivo– abundamiento se debe decir que todos los escritos de José Carlos Mariátegui, que giran en torno a este tema, demuestran de manera contundente su adhesión a esos postulados de la Tercera Internacional: el marxismo y la ortodoxia, contra el reformismo ramplón, y a favor de la revolución, y él dijo de esta que “si exige violencia, autoridad, disciplina, estoy por la violencia, por la autoridad, por la disciplina. Las acepto, en bloque, con todos sus horrores, sin reservas cobardes.” Esta posición sólo puede ser sostenida por un marxista-leninista, ligado a la ortodoxia en la teoría y al maximalismo en la práctica.

Julio Roldán: Para comenzar, él se declaró marxista convicto y confeso, pero en los Principios Programáticos del Partido Socialista expresó inconfundiblemente su filiación marxista-leninista. En el caso de Mariátegui, su adhesión a esta concepción y método se puede descubrir leyendo su producción teórica. En su obra mayor 7 Ensayos... esta plasmado lo que acabamos de mencionar. Él parte de la historia económica, continúa con la política, analizando problemas de la administración del Estado, para terminar con la ideología, la religión y la literatura. Que en las páginas del libro no haya dicho soy marxista-leninista es otro tema. Él no necesita decirlo. Allí está plasmada la concepción materialista y el método dialéctico. Lenin debatió esta problemática con los populistas rusos en el libro Quienes son los amigos del pueblo y como luchan contra la social democracia. Estos ”amigos” sostenían que Marx no era materialista ni dialéctico, porque en El capital no hacía mención a estos dos conceptos. Lenin les respondió que Marx no había necesitado decirlo en la medida en que en el proceso de investigación, en la sistematización, en la interpretación y en la síntesis están plasmados esa concepción y ese método.

César Risso: La discusión de si Mariátegui fue marxista o marxista-leninista, ha partido primero del problema de la denominación de la doctrina hasta abarcar el problema del contenido de la misma, y en consecuencia la determinación de la teoría y la táctica de la revolución socialista, y de la teoría y la táctica de la dictadura del proletariado en el Perú.

Si no bastaran las declaraciones del Amauta a favor del marxismo-leninismo, tenemos todo el análisis económico y político del capitalismo que realizó. Por doquier están los conceptos de imperialismo, monopolio, dominio colonial y semicolonial, etc. Igualmente, en el análisis de la lucha de clases, los conceptos que desarrolla expresan la necesidad de la acción directa de la clase obrera, de su organización como partido de la clase, de su organización a nivel nacional, del problema del asalto al poder, de la realización del socialismo; conceptos todos que están refrendados en los escritos y en la labor práctica de Mariátegui.

En el campo de la organización en frente único (sindical) del proletariado, el Amauta se abrió espacio en medio del dominio de los anarquistas. Frente a la disputa de la orientación ideológica del movimiento obrero, Mariátegui planteó que era prematura la discusión doctrinal, y que la tarea principal era la organización de los trabajadores con un sentido clasista. Esto no significó abandonar la doctrina que orientaba su quehacer político, sino que consideraba necesario un trabajo de difusión que le permitiera desarrollar la teoría de la revolución socialista en el Perú. Así, en mayo de 1929, en el Manifiesto a los Trabajadores de la República lanzado por el Comité pro 1º de Mayo, critica duramente la posición sindical anarquista, considerándola como organización a la “antigua” (en el sentido de organización propia del periodo de libre concurrencia del capitalismo), planteando reemplazar la organización por oficios, postulada por el anarquismo, por la organización por empresas, pero con un criterio clasista. De modo que ya en el seno del movimiento obrero buscó la unidad sin enfrentar abiertamente al anarquismo, hasta que al estudiar la realidad nacional con el método marxista, y después de la propaganda de la experiencia y las ideas socialistas, lo enfrentó abiertamente.

Este proceder tiene en cuenta la experiencia del sindicalismo revolucionario de Sorel. En su experiencia europea, encuentra que la socialdemocracia deja de representar los intereses del proletariado, pasando esta representación al sindicalismo revolucionario. Sin embargo, Mariátegui constata que en la práctica del sindicalismo también se presentan las políticas reformista y revolucionaria. Por eso concluye que las tendencias en el seno del movimiento obrero son la reforma y la revolución. Esta necesidad de superación del retardo de la socialdemocracia se debe justamente al cambio de la época. En el periodo de desarrollo “pacífico” del capitalismo pre monopolista, de crecimiento económico, la labor era fundamentalmente de organización sindical del proletariado, un tanto reformista, en el sentido que no era inminente el asalto al poder; pero el desarrollo de los monopolios, y con ellos del imperialismo, sin abandonar la labor de organización sindical del proletariado, se ponía a la orden del día la lucha política por la toma del poder.

Así, el proletariado debería asumir toda lucha en la época del imperialismo como una lucha dirigida contra la burguesía por la realización del socialismo, y en tal sentido, las demás clases trabajadoras deberían ordenar y dirigir su quehacer político a este objetivo. La analogía es sumamente diáfana. El método marxista-leninista condujo a Mariátegui a orientar al movimiento campesino hacia el socialismo; así como, a nivel internacional, los comunistas orientaron la lucha revolucionaria de los pueblos sojuzgados por el imperialismo hacia el socialismo.

Dice Mariátegui en su escrito El Congreso Antiimperialista de Bruselas. P. 505. 1927: “Lenin, con su genial clarividencia, comprendió, primero que nadie, la solidaridad de la revolución proletaria de Occidente con las revoluciones nacionalistas de Asia, África, etc. Los socialistas reformistas se escandalizaron de este punto de vista que ahora obtiene plena ratificación de la historia.”

Consideremos, por ejemplo, el caso de la comunidad campesina. ¿Esta debe luchar por el capitalismo a través de su disolución y el reparto de la tierra, como correspondía al periodo del capitalismo pre monopolista, o debe luchar por el socialismo, como corresponde a la época del imperialismo? La posición del Amauta es meridianamente clara en este punto.

En este sentido, el estudio de Eduardo Ibarra, El Socialismo y la Comunidad Campesina, de 1999, expresa: “Más de cinco mil comunidades y más de dos millones de comuneros son la fuerza material potencial de esa posible transformación. Por supuesto, para la concreción de esta transformación hace falta que a esta fuerza material se agregue la fuerza espiritual de la teoría revolucionaria, que la idea socialista vuelva a prender en el campesinado indígena”.

“De producirse, pues, esta transformación, constituiría el maravilloso punto de fusión entre los elementos supervivientes del socialismo indígena y el naciente socialismo proletario”.

“Así, pues, la teoría de Mariátegui sobre la posibilidad de que la comunidad campesina se convierta en célula del Estado socialista, aún está vigente”.

Quienes niegan que José Carlos Mariátegui fue marxista-leninista, niegan el reconocimiento de que estamos en la época del imperialismo y de la revolución proletaria. Disuelven el imperialismo en el capitalismo en general, indistintamente de la época correspondiente. Y con ello, respaldan métodos que corresponden a épocas periclitadas, condenando al movimiento socialista a la derrota.

Estas constataciones en el quehacer de José Carlos Mariátegui, ponen en evidencia que el contenido de su accionar estaba orientado por el método marxista-leninista.

Jaime Lastra: Sí que lo fue. La praxis de Mariátegui así lo demuestra.

Mariátegui consideró a Lenin como el restaurador enérgico y fecundo del marxismo.

Reconoció que Lenin demostraba con el acto de la revolución rusa que la única forma de superar el marxismo es a través del marxismo.

Planteó que en la revolución rusa, en sus aportes, había que buscar la nueva etapa del marxismo.

Invitó a los intelectuales de vanguardia a seguir el marxismo-leninismo.

Consecuente con todo ello, redactó y asumió la condición de marxista-leninista en el programa del Partido Socialista que fundó el 7 de octubre de 1928. En ese programa reconoció en el marxismo-leninismo la concepción y el método revolucionario en la época del imperialismo y la revolución proletaria.

Mariátegui se autodenominó “marxista convicto y confeso”, incluso tituló “Defensa del marxismo” uno de sus libros fundamentales, pero nada de eso significa que no asumiera el marxismo-leninismo.

José Carlos Mariátegui fue un marxista-leninista consecuente y cabal. Un realizador-dialéctico-creativo.


CH  ¿El Partido Socialista del Perú, fundado por José Carlos Mariátegui, fue un partido de clase, o, por el contrario, un partido de masas en el sentido no clasista de este término? ¿Por qué?

Julio Carmona: Igualmente esta pregunta debe ser respondida por el mismo Amauta, quien, de manera premonitoria, lo hizo en sus más contundentes escritos. Y hasta se puede decir que en nuestro medio fue él quien dio “carta de ciudadanía” al término clasista. Y lo reivindicó de manera hasta clamorosa en su famosa admonición “El 1º de Mayo y el Frente Único”, cuya esencia concuerda con lo dicho en la respuesta precedente, cuando dice: “Todos tenemos el deber de sembrar gérmenes de renovación y de difundir ideas clasistas. Todos tenemos el deber de alejar al proletariado de las asambleas amarillas y de las ‘falsas instituciones amarillas’. Todos tenemos el deber de luchar contra los ataques y las represiones reaccionarias. Todos tenemos el deber de defender la tribuna, la prensa y la organización proletaria.” Este llamado de unidad, obviamente, no va dirigido a quienes no se sientan parte de la clase trabajadora, liderada por la clase obrera y su vanguardia consciente. Y esta visión clasista no sólo está ligada a la acción crucial de la lucha práctica sino también en la concepción teórica. Su séptimo ensayo es una muestra palpable de cómo proyectaba José Carlos Mariátegui esa concepción clasista (proletaria, marxista-leninista) a temas tan poco materiales como son los de la estética, del arte y la literatura. Valga la ocasión para indicar que, siguiendo esa impronta, el año pasado publiqué el libro La poesía clasista. Poesía y lucha de clases en el Perú Contemporáneo, en el que he buscado continuar el estudio de la literatura aplicando los criterios marxistas y clasistas iniciados en nuestro medio por el Amauta. Pero, volviendo al tema planteado: el Partido fundado por José Carlos Mariátegui. No puede –de ninguna manera– regateársele su esencia de clase. Aun cuando Mariátegui no fuera contrario a las alianzas frentistas con otras clases “no proletarias”, esta concepción anti-sectaria, propia de todo marxista-leninista, no puede ni debe tomarse como una clausura de su proyección proletaria, pues esa es la esencia principista que los clásicos legaron a la posteridad. Y bien decía Marx que se pueden hacer concesiones en lo que respecta a cuestiones tácticas, pero no se puede chalanear con los principios. Anteponer la táctica de frente de masas a la estrategia proletaria de la revolución que debe ser dirigida por la vanguardia de la clase obrera, el Partido Comunista, proletario por propia definición, no sería sólo “chalanear con los principios”, sino traicionar la esencia del pensamiento comunista revolucionario internacional. Y achacar una actitud de este tipo al introductor de las ideas marxistas en el Perú, y aplicador constructivo de su método no sólo en la teoría sino en la práctica de una política renovadora y creatriz, sería la más alta traición que se podría hacer a su pensamiento y acción ejemplares.

Julio Roldan: Mariáteguí fundó un partido de clase. Esta organización debería de ser la vanguardia del proletariado. Esto está plasmado en punto 9 de Los principios programáticos..... Leamos lo que dice: “El Partido Socialista del Perú es la vanguardia del proletariado, la fuerza política que asume la tarea de su orientación y dirección en la lucha por la realización de sus ideales de clase.”

César Risso: La labor de Mariátegui en la organización del movimiento obrero, tendía a darle dirección nacional, y en ese sentido a desarrollar la lucha de clases. No concebía esta lucha en el sentido particular, esporádico, limitado de un grupo, un oficio o una empresa. Entendía el concepto de lucha de clases cuando esta se daba a nivel nacional y con una dirección central. En este sentido estamos hablando de masas. En otras palabras, el concepto de clase obrera es consustancial al de masa obrera organizada a nivel nacional. Sin embargo, es necesario resaltar que Mariátegui tenía bien en claro que el carácter de lucha de clase es un proceso, y que por tanto tiene etapas, desde la organización de un sindicato en una empresa, pasando por la organización en algunas localidades, así como de otras formas de organización de los trabajadores, hasta su organización a nivel nacional. En todos los casos insistía en la organización de los trabajadores con un sentido clasista.

La organización proletaria requería de un ideario. Esta tarea la desarrolló Mariátegui individual y colectivamente. Sobre esto no hay duda alguna. Una vez identificados los problemas del Perú en los 7 ensayos…, organizó el Partido Socialista del Perú. Para evitar cualquier confusión, diré que esta labor fue un proceso que requirió organizar a los trabajadores a nivel nacional, organizar el estudio de los problemas peruanos con el método marxista, desarrollar un proceso de definición ideológica, combatir la tendencia anarquista, confrontar a las tendencias pequeño burguesas, enfrentar a la burguesía, etc.

Insistentemente hace referencia al proletariado entendido como el conjunto de las clases trabajadoras. Así, comprende a los trabajadores del campo, entre otros, pero consideraba a los obreros industriales de la ciudad como el sector más avanzado del proletariado.

En Réplica a Luis Alberto Sánchez, JCM señala: “La reivindicación que sostenemos es la del trabajo. Es la de las clases trabajadoras, sin distinción de costa ni de sierra, de indio ni de cholo”. (IDEOLOGÍA Y POLÍTICA).

En el concepto de clase trabajadora no entra la pequeña burguesía, pues “Los elementos que trabajamos por el socialismo, con los obreros y campesinos, daremos vida a nuestro Partido Socialista. Los que con un programa nacionalista revolucionario quieran organizar a la pequeña burguesía, son muy libres de hacerlo.” (CARTA DE JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI A MARIO NERVAL. 8 de junio de 1929).

Las posiciones dogmáticas, revisionistas y oportunistas, ven en el concepto de clase trabajadora, que emplea José Carlos Mariátegui, una expresión difusa, no solamente obrera, que comprende a otros sectores. Pero aquí opera el método marxista-leninista, con el cual llega a la conclusión de que en la época del imperialismo, la lucha de todos los trabajadores tiene que estar dirigida hacia el socialismo, y que esta es la labor del proletariado organizado en un partido de clase.

Esta argumentación es suficiente. Pero si quedara alguna duda de la posición de José Carlos Mariátegui, entonces remitimos al lector a los Principios Programáticos del Partido Socialista, que en el punto cuatro dice: “El capitalismo se encuentra en su estadio imperialista. Es el capitalismo de los monopolios, del capital financiero, de las guerras imperialistas por el acaparamiento de los mercados y de las fuentes de materias brutas. La praxis del socialismo marxista en este periodo es la del marxismo-leninismo. El marxismo-leninismo es el método revolucionario de la etapa del imperialismo y de los monopolios. El Partido Socialista del Perú lo adopta como su método de lucha”. (IDEOLOGÍA Y POLÍTICA).

En este documento, de vital importancia en la constitución del partido del proletariado peruano, Mariátegui se reconoce personalmente marxista-leninista, haciendo extensivo la necesidad de este reconocimiento al Partido Socialista. Además, esta propuesta no fue una simple declaración, sino que está debidamente sustentada en el hecho de que “el capitalismo se encuentra en su estadio imperialista”.

Jaime Lastra: Fue un partido tipo leninista, pues asumió como base de unidad doctrinal el marxismo-leninismo.

Además, asumió un programa revolucionario democrático-nacional-socialista. Asumió la construcción orgánica de un partido de clase bajo la forma de cuadros vinculados y arraigados a las amplias masas. Esto es lo que llamó un partido de ideas y de masas. Capacitado y preparado para el combate en lo complejo y difícil de la lucha de clases. Una vanguardia que es la fuerza política que dirige al proletariado en la realización de sus ideales de clase. Un partido cuya base fundamental la constituyen obreros y campesinos. Un partido que se nutre también de los intelectuales y otras capas sociales siempre que se proletaricen ideológica y políticamente. Un Partido que no pudo desarrollarse plenamente debido a la temprana muerte de Mariátegui.


CH:   ¿Considera Ud. que el Mariátegui marxista utilizó el término Socialismo Peruano en un sentido de clase, proletario, o, por el contrario, en un sentido dilatado, no de clase, es decir en un sentido que comprendía también a las diversas tendencias del socialismo reformista? ¿Por qué? 


Julio Carmona: Con riesgo de ser pleonástico, planteo que se debe seguir el hilo conductor de las respuestas previas, que se sustentan en los escritos de nuestro Amauta. Aunque tengo entendido que la pregunta está motivada por alguna pretensión –de los últimos tiempos, aunque siempre basada en el interés pretérito, rancio, vetusto de mellar la sustancia revolucionaria del pensamiento mariateguista–, cual es la de conjeturar que José Carlos Mariátegui no fue comunista sino socialista, lo que de la forma más indubitable hace maridaje con la otra pretensión de no considerarlo un marxista-leninista. Y bien se sabe que Mariátegui adhirió a la concepción del socialismo científico sustentada por Lenin en su trabajo “Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo”. Y para nadie es novedad que la ortodoxia marxista-leninista considera que el socialismo científico es sinónimo de comunismo. Salvo que, por razones tácticas, se tenga que preferir el uso de uno de ellos, socialismo, por ejemplo, cuando las situaciones fácticas como es la represión o persecución de los gobiernos de turno contra los militantes de la izquierda en general y de manera especial los comunistas, o por efectos de confusionismo, cuando el término “socialismo” es usufructuado de manera inescrupulosa por el “reformismo ramplón”, generando confusión en el imaginario de la clase revolucionaria, y entonces es pertinente usar el término exacto, inconfundible, de comunismo: esto ocurrió en Europa en el deslinde con la Segunda Internacional. Y en el Perú de las tres primeras décadas del siglo pasado, se impuso la situación primera, al extremo que se constituyó en consigna plasmada en la Constitución del 33, que en su Art. 53º “no reconoce la existencia de los partidos políticos de organización internacional”, en clara alusión al Partido Comunista (de la Tercera Internacional, marxista-leninista, ortodoxo y maximalista). Entonces, era pertinente atenuar esas características de una organización recién fundada y ya amenazada “desde la cuna”. Y eso, de ninguna manera era oportunismo (como pretenden algunos, Víctor Andrés Belaunde entre ellos), era adecuar las tácticas a las circunstancias específicas de la realidad, pero sin claudicar en los principios.


Julio Roldán: Para Mariátegui el socialismo era de clase. Por ello se reclama del marxismo-leninismo. Ello implicaba un alejamiento radical de la concepción socialdemócrata sobre el socialismo. En una parte del punto 2 de Los principios... se lee: “El carácter internacional del movimiento revolucionario del proletariado. El Partido Socialista adopta su praxis a las circunstancias concretas del país; pero obedece a una amplia visión de clase y las mismas circunstancias nacionales están  subordinadas al ritmo de la historia mundial”.

César Risso: Las respuestas a las preguntas 1 y 2 me eximen de abundar, por ahora, más en el tema. Solo agregaré algunas citas que no dejan lugar a dudas en qué sentido utilizó Mariátegui el término Socialismo Peruano.

“Los hombres de la derecha y del centro, como Kerensky, eran los que representaban a los socialistas revolucionarios. Ambos partidos, Mencheviques y Socialistas Revolucionarios, no eran, verdaderos partidos revolucionarios. No representaban al sector más dinámico, más clasista, más homogéneo del socialismo: el proletariado industrial, el proletariado de la ciudad” (Historia de la Crisis Mundial. Quinta Conferencia: La Revolución Rusa. Empresa Editora Amauta. Sexta edición, 1979. P. 59).

“la vanguardia del proletariado y los trabajadores conscientes, fieles a su acción dentro del terreno de la lucha de clases, repudian toda tendencia que signifique fusión con las fuerzas u organismos políticos de las otras clases. Condenamos como oportunista toda política que plantee la renuncia momentánea del proletariado a su independencia de programa y acción, la que en todo momento debe mantener íntegramente” (José Carlos Mariátegui. SOBRE UN TÓPICO SUPERADO).


Jaime Lastra: Mariátegui tomó partido por el socialismo militante y revolucionario de la III Internacional leninista. Rechazó y combatió el oportunismo y revisionismo del socialismo reformista de su tiempo, que se expresaba y se concentraba en la II Internacional.
Concibió el socialismo como una teoría y un método revolucionario y dialéctico, basado en la concepción materialista y dialéctica del marxismo. Por eso de manera contundente escribió: “La crítica marxista estudia concretamente la sociedad capitalista. Mientras el capitalismo no haya trasmontado definitivamente, el canon de Marx sigue siendo válido. El socialismo, o sea la lucha por transformar el orden social de capitalista en colectivista mantiene viva esa crítica, la continúa, la confirma, la corrige. Vana es toda tentativa de catalogarla como una simple teoría científica, mientras obre en la historia como evangelio y método de un movimiento de masas” (La filosofía moderna y el marxismo, en Defensa del Marxismo)

Mariátegui adhirió al socialismo científico que fundaron Marx y Engels, continuado por Lenin en la época del capitalismo imperialista y de avance de la revolución proletaria. Esto es, adhirió a un socialismo proletario, es decir, un socialismo de clase, por que comprendió la idea leninista de que “Toda doctrina de un socialismo que no sea de clase y de una política que no sea de clase sea acredita como vano absurdo” (Vicisitudes históricas de la doctrina de Carlos Marx. 1º de marzo 1913, publicado en “Pravda”. O.C. de Lenin. Tomo 23. Pág.2)

Y así actuó Mariátegui en consecuencia. Fundó un Partido Socialista de clase con una base doctrinal marxista-leninista. Cosa totalmente distinta y contraria a la praxis de los socialistas oportunistas y reformistas que se colgaban de la figura de Marx (solo tras su ícono porque en los hechos abandonaban sus principios revolucionarios) para oponerse a los aportes de Lenin (leninismo), verdadero realizador que restauraba enérgica y fecundamente el marxismo en una lucha revolucionaria por construir el socialismo en Rusia.

Mariátegui arraigó los vínculos de esta vanguardia en la clase obrera trabajando en los sindicatos, conformando federaciones sindicales y la Central de los Trabajadores, la Confederación General de Trabajadores del Perú CGTP. Lo mismo hizo en el trabajo del movimiento campesino, ligando a la vanguardia con las comunidades indígenas. Y sabemos que ésta y otras acciones quedaron truncas tras su muerte.

Ese fue el socialismo de clase que Mariátegui materializó en su breve experiencia. Y ese es  el gran legado que dejó. Por eso tenemos que reconstituir su partido y dar cima a su obra.

Páginas del Marxismo Latinoamericano.

Segunda Declaración de la Habana*
Fidel Castro Ruz

(…)

Frente a la acusación de que Cuba quiere exportar su revolución, respondemos: Las revoluciones no se exportan, las hacen los pueblos.

Lo que Cuba puede dar a los pueblos, y ha dado ya, es su ejemplo.

Y ¿qué enseña la Revolución Cubana?  Que la revolución es posible, que los pueblos pueden hacerla, que en el mundo contemporáneo no hay fuerzas capaces de impedir el movimiento de liberación de los pueblos.

Nuestro triunfo no habría sido jamás factible si la revolución misma no hubiese estado inexorablemente destinada a surgir de las condiciones existentes en nuestra realidad económico-social, realidad que existe en grado mayor aún en un buen número de países de América Latina.

Ocurre inevitablemente que en las naciones donde es más fuerte el control de los monopolios yanquis, más despiadada la explotación de la oligarquía y más insoportable la situación de las masas obreras y campesinas, el poder político se muestra más férreo, los estados de sitio se vuelven habituales, se reprime por la fuerza toda manifestación de descontento de las masas, y el cauce democrático se cierra por completo, revelándose con más evidencia que nunca el carácter de brutal dictadura que asume el poder de las clases dominantes. Es entonces cuando se hace inevitable el estallido revolucionario de los pueblos.

Y si bien es cierto que en los países subdesarrollados de América la clase obrera es en general relativamente pequeña, hay una clase social que, por las condiciones subhumanas en que vive, constituye una fuerza potencial que, dirigida por los obreros y los intelectuales revolucionarios, tiene una importancia decisiva en la lucha por la liberación nacional:  los campesinos.

En nuestros países se juntan las circunstancias de una industria subdesarrollada con un régimen agrario de carácter feudal.  Es por eso que con todo lo dura que son las condiciones de vida de los obreros urbanos, la población rural vive aún en más horribles condiciones de opresión y explotación; pero es también, salvo excepciones, el sector absolutamente mayoritario en proporciones que a veces sobrepasa el 70% de las poblaciones latinoamericanas.

Descontando los terratenientes, que muchas veces residen en las ciudades, el resto de esa gran masa libra su sustento trabajando como peones en las haciendas por salarios misérrimos, o labran la tierra en condiciones de explotación que nada tiene que envidiar a la Edad Media.  Estas circunstancias son las que determinan que en América Latina la población pobre del campo constituya una tremenda fuerza revolucionaria potencial.

Los ejércitos, estructurados y equipados para la guerra convencional, que son la fuerza en que se sustenta el poder de las clases explotadoras, cuando tiene que enfrentarse a la lucha irregular de los campesinos en el escenario natural de éstos, resultan absolutamente impotentes; pierden 10 hombres por cada combatiente revolucionario que cae, y la desmoralización cunde rápidamente en ellos al tener que enfrentarse a un enemigo invisible e invencible que no le ofrece ocasión de lucir sus tácticas de academia y sus fanfarrias de guerra, de las que tanto alarde hacen para reprimir a los obreros y a los estudiantes en las ciudades.

La lucha inicial de reducidos núcleos combatientes, se nutre incesantemente de nuevas fuerzas, el movimiento de masas comienza a desatarse, el viejo orden se resquebraja poco a poco en mil pedazos, y es entonces el momento en que la clase obrera y las masas urbanas deciden la batalla.

¿Qué es lo que desde el comienzo mismo de la lucha de esos primeros núcleos los hace invencibles, independientemente del número, el poder y los recursos de sus enemigos?  El apoyo del pueblo.  Y con ese apoyo de las masas contarán en grado cada vez mayor.

Pero el campesinado es una clase que, por el estado de incultura en que lo mantienen y el aislamiento en que vive, necesita la dirección revolucionaria y política de la clase obrera y los intelectuales revolucionarios, sin la cual no podría por sí sola lanzarse a la lucha y conquistar la victoria.

En las actuales condiciones históricas de América Latina, la burguesía nacional no puede encabezar la lucha antifeudal y antiimperialista.  La experiencia demuestra que, en nuestras naciones, esa clase, aun cuando sus intereses son contradictorios con los del imperialismo yanqui, ha sido incapaz de enfrentarse a éste, paralizada por el miedo a la revolución social y asustada por el clamor de las masas explotadas.

Situadas ante el dilema imperialismo o revolución, solo sus capas más progresistas estarán con el pueblo.

La actual correlación mundial de fuerzas, y el movimiento universal de liberación de los pueblos coloniales y dependientes, señalan a la clase obrera y a los intelectuales revolucionarios de América Latina su verdadero papel, que es el de situarse resueltamente a la vanguardia de la lucha contra el imperialismo y el feudalismo.

El imperialismo, utilizando los grandes monopolios cinematográficos, sus agencias cablegráficas, sus revistas, libros y periódicos reaccionarios, acude a las mentiras más sutiles para sembrar el divisionismo, e inculcar entre la gente más ignorante el miedo y la superstición a las ideas revolucionarias, que sólo a los intereses de los poderosos explotadores y a sus seculares privilegios pueden y deben asustar.

El divisionismo ­­­­—producto de toda clase de prejuicios, ideas falsas y mentiras­­­­—, el sectarismo, el dogmatismo, la falta de amplitud para analizar el papel que corresponde a cada capa social, a sus partidos, organizaciones y dirigentes, dificultan la unidad de acción imprescindibles entre las fuerzas democráticas y progresistas de nuestros pueblos. Son vicios de crecimiento, enfermedades de la infancia del movimiento revolucionario que deben quedar atrás. En la lucha antiimperialista y antifeudal es posible vertebrar la inmensa mayoría del pueblo tras metas de liberación que unan el esfuerzo de la clase obrera, los campesinos, los trabajadores intelectuales, la pequeña burguesía y las capas más progresistas de la burguesía nacional. Estos sectores comprenden la inmensa mayoría de la población, y aglutinan grandes fuerzas sociales capaces de barrer el dominio imperialista y la reacción feudal.  En ese amplio movimiento pueden y deben luchar juntos, por el bien de sus naciones, por el bien de sus pueblos y por el bien de América, desde el viejo militante marxista hasta el católico sincero que no tenga nada que ver con los monopolios yanquis y los señores feudales de la tierra.

Ese movimiento podría arrastrar consigo a los elementos progresistas de las fuerzas armadas, humillados también por las misiones militares yanquis, la traición a los intereses nacionales de las oligarquías feudales y la inmolación de la soberanía nacional a los dictados de Washington.

Allí donde están cerrados los caminos de los pueblos, donde la represión de los obreros y campesinos es feroz, donde es más fuerte el dominio de los monopolios yanquis, lo primero y más importantes es comprender que no es justo ni es correcto entretener a los pueblos con la vana y acomodaticia ilusión de arrancar, por vías legales que no existen ni existirán, a las clases dominantes, atrincheradas en todas las posiciones del Estado, monopolizadoras de la instrucción, dueñas de todos los vehículos de divulgación y poseedoras de infinitos recursos financieros, un poder que los monopolios y las oligarquías defenderán a sangre y fuego con la fuerza de sus policías y de sus ejércitos.

El deber de todo revolucionario es hacer la revolución. Se sabe que en América y en el mundo la revolución vencerá, pero no es de revolucionarios sentarse en la puerta de su casa para ver pasar el cadáver del imperialismo. El papel de Job no cuadra con el de un revolucionario. Cada año que se acelere la liberación de América, significará millones de niños que se salven para la vida, millones de inteligencias que se salven para la cultura, infinitos caudales de dolor que se ahorrarían los pueblos. Aun cuando los imperialistas yanquis preparen para América un drama de sangre, no lograrán aplastar la lucha de los pueblos, concitarán contra ellos el odio universal, y será también el drama que marque el ocaso de su voraz y cavernícola sistema.

Ningún pueblo de América Latina es débil, porque forma parte de una familia de 200 millones de hermanos que padecen las mismas miserias, albergan los mismos sentimientos, tienen el mismo enemigo, sueñan todos un mismo mejor destino y cuentan con la solidaridad de todos los hombres y mujeres honrados del mundo entero.

Con lo grande que fue la epopeya de la independencia de América Latina, con lo heroica que fue aquella lucha, a la generación de latinoamericanos de hoy les ha tocado una epopeya mayor y más decisiva todavía para la humanidad.  Porque aquella lucha fue para librarse del poder colonial español, de una España decadente, invadida por los ejércitos de Napoleón. Hoy les toca la lucha de liberación frente a la metrópoli imperial más poderosa del mundo, frente a la fuerza más importante del sistema imperialista mundial, y para prestarle a la humanidad un servicio todavía más grande del que le prestaron nuestros antepasados.

Pero esta lucha, más que aquella, la harán las masas, la harán los pueblos; los pueblos van a jugar un papel mucho más importante que entonces; los hombres, los dirigentes importan e importarán en esta lucha menos de lo que importaron en aquella.

Esta epopeya que tenemos delante la van a escribir las masas hambrientas de indios, de campesinos sin tierra, de obreros explotados; la van a escribir las masas progresistas, los intelectuales honestos y brillantes que tanto abundan en nuestras sufridas tierras de América Latina; lucha de masas y de ideas; epopeya que llevarán adelante nuestros pueblos maltratados y despreciados por el imperialismo, nuestros pueblos desconocidos hasta hoy, que ya empiezan a quitarle el sueño. Nos consideraba rebaño impotente y sumiso; y ya se empieza a asustar de ese rebaño; rebaño gigante de 200 millones de latinoamericanos en los que advierte ya a sus sepultureros el capital monopolista yanqui.

Con esta humanidad trabajadora, con estos explotados infrahumanos, paupérrimos, manejados por los métodos de foete y mayoral, no se ha contado o se ha contado poco.  Desde los albores de la independencia sus destinos han sido los mismos: indios, gauchos, mestizos, zambos, cuarterones, blancos sin bienes ni rentas, toda esa masa humana que se formó en las filas de la “patria” que nunca disfrutó, que cayó por millones, que fue despedazada, que ganó la independencia de sus metrópolis para la burguesía, esa que fue desterrada de los repartos, siguió ocupando el último escalón de los beneficios sociales, siguió muriendo de hambre, de enfermedades curables, de desatención, porque para ella nunca alcanzaron los bienes salvadores: el simple pan, la cama de un hospital, la medicina que salva, la mano que ayuda.

Pero la hora de su reivindicación, la hora que ella misma se ha elegido, la viene señalando, con precisión, ahora, también de un extremo a otro del continente. Ahora, esta masa anónima, esta América de color, sombría, taciturna, que canta en todo el continente con una misma tristeza y desengaño, ahora esta masa es la que empieza a entrar definitivamente en su propia historia, la empieza a escribir con su sangre, la empieza a sufrir y a morir.  Porque ahora, por los campos y las montañas de América, por las faldas de sus sierras, por sus llanuras y sus selvas, entre la soledad o en el tráfico de las ciudades, o en las costas de los grandes océanos y ríos, se empieza a estremecer este mundo lleno de razones, con los puños calientes de deseos de morir por lo suyo, de conquistar sus derechos casi 500 años burlados por unos y por otros. Ahora sí, la historia tendrá que contar con los pobres de América, con los explotados y vilipendiados de América Latina, que han decidido empezar a escribir ellos mismos, para siempre, su historia. Ya se les ve por los caminos, un día y otro, a pie, en marchas sin término de cientos de kilómetros, para llegar hasta los “olimpos” gobernantes a recabar sus derechos. Ya se les ve, armados de piedras, de palos, de machetes, de un lado y otro, cada día, ocupando las tierras, hincando sus garfios en la tierra que les pertenece y defendiéndola con su vida; se les ve llevando sus cartelones, sus banderas, sus consignas; haciéndolas correr en el viento por entre las montañas o a lo largo de los llanos. Y esa ola de estremecido rencor, de justicia reclamada, de derecho pisoteado que se empieza a levantar por entre las tierras de Latinoamérica, esa ola ya no parará más. Esa ola irá creciendo cada día que pase, porque esa ola la forman los más, los mayoritarios en todos los aspectos, los que acumulan con su trabajo las riquezas, crean los valores, hacen andar las ruedas de la historia y que ahora despiertan del largo sueño embrutecedor a que los sometieron.

Porque esta gran humanidad ha dicho “¡Basta!” y ha echado a andar.  Y su marcha de gigantes ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia, por la que ya han muerto más de una vez inútilmente. ¡Ahora, en todo caso, los que mueran, morirán como los de Cuba, los de Playa Girón, morirán por su única, verdadera, irrenunciable independencia! 

¡Patria o Muerte!¡Venceremos!

El pueblo de Cuba
La Habana, Cuba,
Territorio Libre de América,
Febrero 4 de 1962

*Las líneas maestras de este documento histórico conservan toda su actualidad. (Comité de Redacción).


CREACIÓN HEROICA