martes, 1 de junio de 2021

Filosofía

V. I. Lenin y los Problemas Actuales de la Lógica Dialéctica*

 

M. M. Rosental

E. V. Iliénkov

 

LA NECESIDAD DE UN ESTUDIO COMPLETO y profundo de la dialéctica materialista en sus funciones de lógica y teoría del conocimiento y como paradigma científico actual ha adquirido en nuestros días una especial importancia. De manera evidente, el carácter expresamente dialéctico de los problemas que aparecen en todas las esferas de la realidad social y del conocimiento científico obliga cada vez más a tomar conciencia de que solo la dialéctica marxista-leninista es capaz de constituir el método para dicho conocimiento científico y para la actividad práctica, así como para ayudar al científico a la comprensión teórica de los datos fáctico-experimentales en la resolución de problemas que aparecen en el proceso de investigación científica.

  

El estudio de la dialéctica como lógica del conocimiento científico es especialmente apremiante en la etapa actual de la batalla ideológica. Es bien sabido lo mucho que especula la filosofía burguesa, en concreto el neopositivismo, con la necesidad de la ciencia actual de una lógica del pensamiento rigurosamente meditada. Se puede decir, sin miedo a caer en la exageración, que precisamente el choque del materialismo y el idealismo en el enfoque de la naturaleza del pensamiento y, consecuentemente, del carácter de la ciencia del pensamiento (es decir, de la lógica), en los últimos diez años ha constituido uno de los principales campos de batalla de los sistemas filosóficos, una base de operaciones que ante todo se esfuerza el idealismo en arrebatar a la ideología marxista-leninista. La lógica dialéctica estudia ideas y principios para la construcción de una cosmovisión científica; no es solo una ciencia más situada junto a otras, sino el ‘espíritu vivo’ de todo conocimiento científico. Se entiende así el esfuerzo de la filosofía burguesa por establecer el monopolio relativo al estudio de la ‘lógica de la ciencia contemporánea’.

 

La actualidad de un estudio que desarrolle la lógica desde la posición del materialismo dialéctico, en base a la teoría leninista del reflejo, se deriva de que sólo por esta vía se pueden encontrar refutaciones convincentes a las modernas falsificaciones idealistas de los problemas teórico-epistemológicos y trazar perspectivas reales para un desarrollo fructífero de la ciencia.

 

La idea de que solo la dialéctica, y más concretamente la dialéctica materialista, puede jugar el rol de lógica del conocimiento científico actual, es el leitmotiv en las obras de Lenin. En la incomprensión de esta ‘esencia’ de la dialéctica, Lenin ve el principal defecto de la interpretación de la misma hecha por Plejánov, demostrando que la ignorancia del aspecto lógico de la dialéctica conduce precisamente a la reducción a la misma a una ‘suma de ejemplos’ que corrobora verdades exactas, pero de sobra conocidas. De esta forma, la propia dialéctica pierde su cohesión interna y su cientificidad; y si en las expresiones populares este defecto puede ser incluso tolerable hasta cierto punto, se torna totalmente inadmisible en lo relativo a la exposición científica de la dialéctica.

 

‘Las leyes de la lógica son esencialmente el reflejo de lo objetivo en la conciencia subjetiva humana’, anota Lenin. En esta breve fórmula aforística se introduce orgánicamente (que no se liga mecánicamente) un entendimiento preciso del carácter objetivo de las leyes y categorías de la dialéctica y la exposición de su rol activo en el proceso de desarrollo de conocimientos, su función lógica dentro de la estructura de una cosmovisión científica creadora. Lo objetivo sin lo subjetivo no se puede entender ni, por tanto, expresar correctamente; en esto insiste Lenin constantemente. No se puede demostrar la objetividad de las leyes y categorías de la dialéctica abstrayéndose de la investigación del proceso de conocimiento, de la investigación de la historia del conocimiento y la técnica, del proceso de reflejo del mundo objetivo en la conciencia del hombre. El examen por separado de estos aspectos anula al uno y al otro al mismo tiempo. En la realidad, la objetividad de las leyes y categorías dialécticas no le es dada al ser humano de forma inmediata, como un mapa preparado y presentado a la intuición (al estilo de un conjunto de ‘ejemplos’), sino que se revela solo en el tránsito de una largo y trabajoso desarrollo de las ciencias naturales y la técnica, así como de las ciencias y las prácticas sociales. Dicha objetividad penetra en la conciencia humana solo como resultado, como suma, como deducción de la historia del conocimiento del mundo.

 

Esto es lo principal: si la lógica es una ciencia, y no solo una descripción empírica de ciertos ‘procedimientos’, ‘métodos’ y ‘reglas’ utilizados en la ciencia actual, entonces debe justificar el significado objetivo de sus posiciones y recomendaciones. En otras palabras: está obligada a demostrar que las leyes del pensamiento formuladas por ella no son simples deseos y consejos que puedan o no seguirse, sino formas y leyes dentro de cuyos límites se desarrolla el pensamiento de cualquier teórico, si es que este pensamiento es científico. De otro modo, desaparece cualquier diferencia entre dicho pensamiento científico y los caprichos de la imaginación, es decir, cualquier posibilidad de construir la lógica como una disciplina científica cuyas aspiraciones tengan carácter objetivo, carácter de verdades científicas que no dependan de la arbitrariedad de tal o cual investigador.

 

La historia de la filosofía ha mostrado con claridad que cualquier intento de probar el carácter universal y necesario (y, por tanto, obligatorio) de las normas lógicas del pensamiento por otro camino distinto a la teoría marxista-leninista del reflejo está condenado a un estrepitoso fracaso, ya que la objetividad de las formas y leyes lógicas no puede basarse en referencias a la ‘naturaleza del pensamiento en sí’, a la ‘unidad trascendental de la apercepción’ o a la ‘naturaleza divina de la idea absoluta’, regida desde el interior por el pensamiento.

 

Si las formas y leyes universales del desarrollo del mundo interior (es decir, de todos los procesos naturales e histórico-sociales) no se consideran como una fuente objetiva, como un fundamento objetivo de formas y leyes lógicas, entonces la lógica pierde la base objetiva de sus conclusiones y empieza a parecer solo un producto del ‘libre (y completamente arbitrario) juego del pensamiento’. La ‘obligatoriedad’ de las normas lógicas se convierte en este caso en un simple efecto de la ‘buena voluntad’ de tales o cuales científicos llegados a un acuerdo, a la ‘convención’ referente a estos o aquellos ‘métodos descriptivos’.

 

Precisamente por esto es tan importante para la lógica y su fundamentación objetiva la teoría del reflejo estudiada por Lenin, situada en la base de toda la historia del conocimiento del universo llevada a cabo por el ser humano.

 

Si la lógica no se entiende como la ciencia referida a las formas y leyes objetivamente condicionadas del desarrollo del pensamiento, es decir, la ciencia relativa a las formas y leyes reflejadas y que refleja el pensamiento en el desarrollo del mundo interior (naturaleza y sociedad), entonces dicha lógica no es tal en el sentido filosófico de la palabra.

 

La concepción leninista de la dialéctica señala a estudiarla precisamente como una teoría universal del desarrollo del pensamiento y la realidad objetiva. Y ya que solo el proceso de conocimiento al completo, en su movimiento de la ignorancia al saber, puede diferenciar realmente las categorías y leyes universales (y, por ello, filosóficas) del desarrollo de las particulares – si bien estas son ampliamente operativas en la naturaleza y en la historia de las leyes y formas de su manifestación –, la dialéctica como estudio universal del desarrollo encuentra su forma científica únicamente en el transcurso de un minucioso análisis crítico de toda la historia del conocimiento. Esto tiene un significado relevante en relación a la deducción filosófica de la revolución científico-técnica contemporánea y al intento de los partidos comunistas y obreros por hacer frente al tránsito del capitalismo al socialismo y al comunismo a escala mundial.

 

Por otro lado, el conocimiento dialéctico-materialista de la naturaleza de la lógica es capaz de librar a la propia lógica del peligro de un renacimiento formalista más unilateral, de un retorno al sistema de esquemas de la ‘actividad subjetiva pura’, a la simple acumulación de ‘procedimientos’ técnicos para operar con estructuras simbólicas. Este peligro para la lógica de perder su propio objeto no es una invención; su realidad está demostrada por toda la evolución de la lógica en base a concepciones filosóficas, principalmente aquellas contrarias a la orientación dialéctico-materialista, tomando como referencia el destino que han sufrido estas concepciones dentro de los límites de la filosofía neopositivista.

 

Si el conocimiento de las formas lógicas (de las categorías y leyes de la lógica como ciencia) no está rigurosamente acompañado por el principio del reflejo, si, en otras palabras, las formas lógicas no se entienden como reflejo en la conciencia del ser humano de leyes objetivamente universales de la realidad, entonces la lógica inevitablemente pierde la capacidad de  diferencias las formas auténticas del pensamiento de las formas del lenguaje, en el que las primeras encuentran sus expresión, lo cual es característico del positivismo actual. Como resultado, tarde o temprano el objeto de investigación de la lógica como ciencia del pensamiento es sustituido por el objeto de otras disciplinas científicas que, aunque importantes, siguen siendo ajenas.

 

Por esto, y en especial desde nuestro punto de vista, no es casual que la ‘lógica de la ciencia’ neopositivista se descomponga en multitud de direcciones mal conectadas entre ellas y en ‘aspectos’ de la investigación, y no resulte en condiciones de enlazarlas dentro de las coordenadas de un único conocimiento teórico. El lugar de la lógica como ciencia del pensamiento lo acaba ocupando el ‘análisis del lenguaje’, y el aparato de la lógica es sustituido por esquemas de ‘operaciones’ con términos y símbolos, por un sistema de ‘algoritmos’ reestructurado en ‘opiniones’ y reglas de formación de ciertas construcciones simbólicas a partir de otras construcciones simbólicas.

 

Admitida toda la importancia y actualidad de semejante género de investigaciones, condicionadas por el hecho de que el pensamiento científico se expresa efectivamente en un lenguaje especial y por tanto está ligado a sus exigencias y restricciones, es necesario sin embargo decir que, cuando en ellas se empieza a ver una tarea principal (por no decir única) para la lógica, entonces, entendida de esta forma, deja la lógica de ser una ciencia del pensamiento y simple y llanamente pierde su objeto.

 

Discutiendo sobre las premisas neopositivistas en la física, A. Einstein escribía: ‘Los libros de física están llenos de fórmulas matemáticas; pero, en su origen, cada teoría física se compone de pensamientos e ideas, no de fórmulas’. Desarrollando este supuesto, el físico demostraba que el movimiento de ‘pensamientos’ e ‘ideas’ se realiza precisamente dentro de aquellas formas que desde hace mucho tiempo la filosofía denomina como ‘categorías lógicas’.

 

El neopositivismo establece dentro del campo del conocimiento el mismo ‘movimiento de ideas’, en el que (y esto lo reconocen sin problema los grandes naturalistas) precisamente se halla la auténtica esencia del pensamiento científico. Dicho positivismo intenta mostrar la ciencia como una especie de conjunto de ‘fórmulas’ y ‘reglas de procedimiento’, y la esencia de los problemas científicos (a cuya luz únicamente tienen sentido estas fórmulas) resulta dentro de su terreno de conocimiento. En contraposición a esto, la lógica dialéctica reconoce precisamente el ‘paso de la ignorancia al saber’, descubre leyes universales del alcance del pensamiento dentro de la esencia profunda de los objetos que estudia y de esa manera pertrecha metodológicamente a las ciencias particulares.

 

El problema central de la dialéctica, su ‘núcleo’, según palabras de Lenin, es el problema de la contradicción.

 

A pesar de las ingenuas y a veces malintencionadas interpretaciones, la dialéctica materialista no es en modo alguno un método que obligue en todas partes y a toda costa a descubrir, fijar y amontonar ‘contradicciones’, antinomias y paradojas unas sobre otras. Bajo esta interpretación, el propósito fundamental del pensamiento dialéctico en realidad sería demostrar simple y llanamente los propósitos opuestos de la ciencia. Semejante imagen de la dialéctica se encargar de divulgarla entre los lectores, por ejemplo, el famoso enemigo de la filosofía marxista-leninista Sidney Hook. ‘Si todo en la naturaleza es contradictorio, y si… el pensamiento correcto es una imagen o reflejo del objeto, -escribe él,- entonces la consecuencia[es decir, la no- contradicción formal – E.I.] será una continua muestra de falsedad o error’. Por lo visto, semejante representación de la lógica dialéctica que no se corresponde con la realidad a veces predispone a ciertos naturalistas de renombre, especialmente en Occidente, a la desconfianza y posterior hostilidad hacia ella.

 

Se sabe que la lógica dialéctica nació como validación científica de un método que permite hallar soluciones concretas y racionales de contradicciones que una y otra vez maduran objetivamente durante el proceso de desarrollo de una ciencia. Así que culpar a la dialéctica de un sagaz intento por coleccionar contradicciones y así destruir el armonioso edificio de la ciencia es simplemente absurdo.

 

A este respecto es importante señalar que fijar clara y precisamente una contradicción significa sencillamente hacer la mitad del trabajo. Verdaderamente, el entendimiento dialéctico de la contradicción comprende también el procedimiento de su resolución dentro de los límites de una representación más concreta, profunda y exacta de la esencia del objeto.

 

La auténtica resolución teórica de una contradicción que se halle dentro de los límites de una u otra ciencia particular consiste simplemente en el descubrimiento de la transformación de dos contrarios en sus respectivos opuestos. ‘La representación común de la dialéctica –señala Lenin-, toma la diferencia y la contradicción, pero no el tránsito de la una a la otra, y esto es lo más importante’- puesto que ‘los conocimientos no son fijos, sino que son, en sí, en su naturaleza, cambio’.

 

Solo mediante el conocimiento de esta categoría fundamental de la lógica se orienta el pensamiento científico hacia la representación de la ‘dialéctica de las cosas en sí, de la naturaleza en sí, de la transformación en de los fenómenos’, hacia su reproducción teórica dentro de una ‘lógica de conocimientos’ enmarcada en la dialéctica de estos conocimientos.

 

En el caso contrario, el pensamiento se estanca en una fijación simple y superficial de definiciones teóricas contrapuestas y resulta impotente para encontrar una solución concreta a las contradicciones que aparecen, lo que tarde o temprano conduce a la destrucción, a la ‘descomposición’ de la teoría, y a veces a la capitulación de la concepción o el enfoque científico ante la dificultad surgida.

 

Un claro ejemplo de esto es la historia de la economía política burguesa, cuando se metió en un atolladero al intentar resolver las antinomias de la teoría del valor del trabajo. Es evidente que para la ciencia burguesa estas antinomias permanecen a día de hoy irresueltas e irresolubles; la única salida que pudo encontrar a dichas antinomias el pensamiento burgués fue la renuncia a la propia comprensión del valor.

 

Por otro lado, la dialéctica ha demostrado de forma clara toda su fuerza precisamente en este punto fatídico para la ciencia burguesa. Solo Marx, empleando conscientemente la lógica dialéctica, pudo rescatar la herencia teórica de la tesis clásica del valor del trabajo y desarrollar sus núcleos racionales en su rigurosamente sistemática teoría del valor y la plusvalía.

 

Los economistas burgueses previos a Marx presentaban la antinomia que se encuentra en los cálculos teóricos del valor como una categoría universal de la economía comercial capitalista. Manifestaban que la ley del valor, como ley de intercambio de equivalentes, no contradice directamente a la ley del crecimiento del valor en la forma de capital (o al concepto del capital como ‘valor auto engendrado’). Desde el punto de vista formal, la contradicción en los cálculos esenciales era evidente: si la ley del valor es la ley superior e incuestionable de las relaciones de mercado, entonces el capital que continuamente incrementa su beneficio se convierte en un fenómeno ‘fuera de la ley’, y por tanto, impensable e imposible. De aquí surge el problema que Marx formuló de la siguiente manera: ‘Nuestro propietario del dinero, el cual se nos aparece de momento solo como embrión del capitalista, debe comprar mercancías por su valor, venderlas por su valor y, aun así, extraer al final de este proceso más valor del que él mismo introdujo al principio… Estas son las condiciones del problema’.

 

La solución del problema solo puede ser hallada bajo la condición de que ‘nuestro poseedor del dinero… tenga la fortuna de lanzar dentro de los límites de la esfera de la circulación, es decir, al mercado, una mercancía cuyo propio valor de uso posea la capacidad de ser él mismo fuente de valor’.

 

De esta forma, para resolver dicha contradicción lógica en la que tropezó la economía política burguesa, el teórico debe demostrar en el movimiento de la propia realidad económica esta ‘original mercancía’ que transforma un hecho ‘teóricamente inconcebible’ (y, por tanto, ‘contradictorio’) en un hecho teóricamente comprensible, y además de comprensible, totalmente racional, sin misticismo alguno. ‘…El dueño del dinero encuentra en el mercado esta mercancía particular: la capacidad de trabajar o fuerza de trabajo’.

 

Destacaremos que la contradicción teórica ya indicada (al igual que, por otro lado, cualquier otra) no fue resuelta por medio de ningún refinado procedimiento formal. Pero hasta su resolución, la teoría del valor se descomponía en pedazos, en partes y fragmentos incompatibles unos con otros, lo que impedía la posibilidad de comprender científicamente la realidad. Los problemas de esta índole permanecen de esta manera esencialmente irresueltos si en su ayuda no acude la lógica dialéctica, esa misma lógica que con tanta maestría manejaban Marx, Engels y Lenin.

 

Así, la dialéctica materialista proporciona un método de descubrimiento y resolución de las contradicciones que aparecen en el proceso de desarrollo de una ciencia mediante un análisis riguroso del movimiento de la propia realidad representada por esta teoría. Semejante conclusión puede extraerse directamente de los ejemplos que ya hemos visto.

 

Y lo mismo sucede en las ciencias naturales. 

El movimiento del pensamiento científico en la ciencia natural contemporánea muestra de manera cada vez más evidente una tendencia precisamente hacia el entendimiento en profundidad y hacia la utilización de la dialéctica, lo cual puede comprobarse en las reflexiones de muchos naturalistas de vanguardia. Es importante señalar, también, que incluso en las obras de grandes científicos como Born, Bohr y otros, todavía no posicionados conscientemente en las coordenadas de la dialéctica materialista, es claramente visible la tendencia espontánea hacia la comprensión dialéctico-materialista de los problemas fundamentales de las ciencias naturales.

 

El entendimiento leninista de la dialéctica como lógica y teoría del conocimiento está orgánicamente ligado a un profundo y concreto historicismo. El principio del historicismo obliga, precisamente, a examinar cada teoría (cada sistema de conocimientos) no única y exclusivamente en simple comparación con el objeto que está representado en dicha teoría, sino también con su significación histórica. Por tanto, cualquier teoría, incluida la teoría de la propia dialéctica, debe indispensablemente estudiarse como una respuesta a aquellas cuestiones que le fueron planteadas por el transcurso del desarrollo histórico del conocimiento y que encontraron en dicha teoría su resolución.

 

Es necesario destacar esto en relación con los crecientes intentos de desfigurar la perspectiva dialéctico-materialista en lo referente a dicha cuestión. Por ejemplo, el autor del libro publicado hace poco en Múnich ‘Sobre la lógica dialéctica’, Edward Huber, y su intento por establecer una conclusión relativa a las discusiones sobre la función lógica de la contradicción: ‘De todas las divergencias que se dan entre ciertos filósofos soviéticos, hay una evidente: el principio de contradicción [en este caso, en el sentido de ‘prohibición de la contradicción’ – E.I.] tiene un significado, y además indiscutible. La contradicción dialéctica es una representación inadecuada de la realidad, es únicamente un medio de representarse los problemas. Por supuesto, esta representación del problema refleja la realidad, en tanto que nosotros de la realidad no sabemos nada excepto que nos propone uno u otro de estos problemas. Si esto es una representación, entonces se trata de una representación que expresa su propia deficiencia’.

 

Huber no quiere ver que la realidad en sí, objetivamente, puede contener en su propia estructura una contradicción irresuelta (que entra en la conciencia del teórico como un problema). La representación de esta contradicción en los razonamientos es la representación más adecuada (en absoluto ‘consciente de su propia deficiencia’) y, aunque, sin duda, no es totalmente definitiva, exige ella un desarrollo ulterior. Desde el punto de vista de Huber, cualquier representación es ‘inadecuada’, ya que exige una concreción superior. Huber, por lo visto, se contenta con considerar como ‘adecuado’ únicamente al proceso de representación absolutamente acabado, y con semejante altanería renuncia a una representación relativamente exacta. De este modo demuestra solo su propia incapacidad de relacionar el concepto de representación con el concepto de contradicción dialéctica, pero atribuye su propia ignorancia a la filosofía marxista para así ofrecer a los lectores una idea desfigurada de las posiciones de dicha filosofía.

 

Hay que indicar por tanto que la resolución dialéctica de las contradicciones en la ciencia en ningún caso significa el alejamiento de las mismas de la teoría. Al contrario, la teoría precisamente muestra aquella forma concreta en la que se hace efectivo el movimiento, el tránsito recíproco de dos contrarios que se manifiestan.

 

Sin embargo, cuando el problema está resuelto y la respuesta hallada y formulada, se puede fácilmente caer en la ilusión de que la contradicción dialéctica es una posición débil y temporal del intelecto teórico. En este sentido no se está teniendo en cuenta que, en el aparato formal de la teoría, en el que parece ‘olvidarse’ el problema real gracias al cual dicho aparato fue construido, dicho problema en no está expresado en sus fórmulas, sino que en estas se encuentra expresado solo el procedimiento para su resolución. Por ello es ilícito considerar que el único principio de interpretación relativo al estudio de teorías científicas sea la coherencia lógico-formal, la ‘no contradicción’. Este principio, en verdad importante y extraordinariamente fructífero, lo empleamos sin embargo dentro de límites determinados; pues tan pronto como una u otra teoría se analiza solo desde el punto de vista de este principio, ella se sustrae de esta forma del contexto histórico condicionante y se estudia haciendo abstracción precisamente de aquellas contradicciones que en ella se hallan ya anuladas y resueltas.

 

Esto normalmente conduce al error de que las conclusiones históricamente concretas (y, por tanto, históricamente limitadas), los resultados del desarrollo del pensamiento, son esquemas definitivamente establecidos y absolutos para la resolución de cualquier problema y cuestión, una especie de ‘llave maestra’ que automáticamente conduce a las soluciones de cualquier problema que trate.

 

Precisamente el historicismo, orgánicamente inherente a la lógica dialéctica, muestra las ideas fundamentales que conforman la esencia de la ciencia, esto es, traza las líneas de perspectiva del desarrollo que permite al científico evitar el peligro de caer en un estancado dogmatismo. Los clásicos del marxismo-leninismo no sin razón consideraban que la historia del pensamiento, incluida la historia de la filosofía, proporciona las dimensiones para la valoración de las ideas que aparecen en la ciencia y forman la cultura del pensamiento teórico, el cual garantiza la amplitud y la fundamentación del juicio.

 

Lenin señalaba infatigablemente la significación de la herencia filosófica clásica para la formación de una cultura dialéctica del pensamiento y llamaba a apoyar a las mejores corrientes de la dialéctica filosófica, críticamente asimiladas por el marxismo. Los innumerables trabajos de Lenin, sobre todo los ‘Cuadernos filosóficos’, son una brillante muestra de una relación sutilmente crítica y cuidadosa hacia las ideas de sus predecesores filosóficos, hacia su valiosa herencia. Como es sabido, Lenin asignó un rol especial a la asimilación crítico-materialista de las grandes conquistas de la dialéctica hegeliana, proponiendo ‘organizar un estudio sistemático de la dialéctica de Hegel desde el punto de vista materialista, es decir, desde el punto de vista que Marx empleó de forma práctica en su ‘Capital’ y en sus trabajos históricos y políticos…’. Esta recomendación de Lenin tiene vigencia en nuestros días, señalando una de las premisas esenciales para el estudio de la lógica dialéctica desde la perspectiva materialista. A este respecto, sin embargo, es importante recordar otra indicación de Lenin subyacente en esta recomendación: la adaptación crítico-materialista de los grandes ejemplos de  la dialéctica filosófica previos a Marx solo puede  ser exitosamente realizada cuando sea llevada a cabo mediante un registro de experiencias enriquecedoras acumuladas por la humanidad en el transcurso de la lucha económica, política y teórica, cuando mediante la valoración crítica del patrimonio filosófico intervenga la dialéctica objetiva del proceso histórico real, incluyendo el desarrollo de las ciencias naturales y la técnica actuales.

 

El principio del historicismo en la lógica es una concepción según la cual las categorías lógicas en su forma teórica contemporánea, por su propia coherencia, reproducen (reflejan) el auténtico proceso histórico del desarrollo del conocimiento y del objeto del conocimiento; solo este principio puede servir como clave para su interpretación. Las categorías lógicas, apuntaba Lenin, no se pueden tomar ‘mecánica o arbitrariamente’, deben deducirse ‘partiendo de aquellas más sencillamente elementales’, y esta ‘deducción’ de las determinaciones lógicas no tiene y no puede tener otro fundamento objetivo más que la historia de su surgimiento, su desarrollo y su utilización’. ‘…La auténtica historia es la base, el fundamento, el ser al que sigue la conciencia’. De no ser esto así, es inevitable entonces la arbitrariedad subjetiva, la discordancia y, como consecuencia, la completa falta de sistematización.

 

Se sabe de sobra que la acumulación de conocimiento aislados no conforma una ciencia, que esta se halla solo allí donde los datos empíricos (y los conceptos que los expresan) están integrados en un único sistema. Y si la lógica es una ciencia, entonces ella misma debe dar ejemplo de un desarrollo de sus conocimientos rigurosamente consecuente y objetivamente fundamentado, un ejemplo de la propia lógica de este desarrollo. ‘La lógica dialéctica, al contrario que la antigua –escribía Engels-, no se contenta con enumerar y colocar formas del movimiento del pensamiento unas junto a otras sin ninguna conexión… Ella, al contrario, deduce estas formas unas de otras, establece entre ellas una relación de subordinación, no de coordinación, y desarrolla formas más amplias a partir de las inferiores’.

 

Por esto, la coherencia del desarrollo de los conceptos lógicos que conforman en su conexión y totalidad la teoría de la lógica no es solamente una exigencia formal, no es una cuestión sobre la apariencia externa de la exposición, sino que atañe a la misma esencia del objeto. Lo más importante aquí es que fuera del sistema teórico no puede ser exactamente establecido ni delimitado el contenido de ningún concepto científico; y esto lo saben todas las ciencias. Por ejemplo, dar una respuesta científica (que no descriptiva) a la pregunta de qué son la renta y el interés, es imposible en economía política si previamente no se han desarrollado los conceptos de valor y plusvalía; de la forma contraria, no es posible comprender científicamente ni una y otro. Y con las categorías lógicas sucede lo mismo: o el orden de desarrollo de sus determinaciones científicas está condicionado por la historia de la formación de la cultura intelectual y refleja la conexión real e históricamente consciente de su origen, o se limita a un amontonamiento inconexo de definiciones ‘arbitrariamente tomadas’ o ‘calculadas mecánicamente’.

 

Esto debe tenerse presente en relación con la moda extendida en los últimos tiempos por el ‘estructuralismo’ o ‘análisis formal-estructural’. Debido a ciertos éxitos logrados en base al uso de métodos formales-estructurales en algunas ciencias (lingüística, biología, etc.), algunos filósofos han decidido divulgar este procedimiento por todos los campos del conocimiento humano, incluyendo la dialéctica, la cual pretenden ‘estructurar’.


       ¿Es posible elevar el método estructural a lo absoluto? ¿Es posible ‘estructurar’ la dialéctica?

 

Recordemos que el método estructural no surgió de repente, sino que experimentó una larga evolución: tras ser engendrado en las entrañas del pensamiento empírico, poco a poco pasó de ser un método aplicado o parcialmente auxiliar a convertirse en autónomo, sobre todo gracias a su estrecho contacto con ciertas ciencias. Es cierto, y esto hay que reconocerlo, que a pesar de todos los cambios en el camino de su evolución, este método nunca ha salido más allá de los límites del análisis de las estructuras por él diseñadas, prescindiendo de la investigación sobre las causas internas de sus cambios y desarrollos. Por ello no es casual que uno de los principios elementales del método estructural sea la contraposición de ‘sincronías’ y ‘diacronías’, lo que significa, en esencia, la negación de uno de los principios fundamentales del conocimiento científico actual: la convergencia de lo lógico y lo histórico, lo que descarta la posibilidad de una construcción científicamente fundamentada de un sistema de categorías dialécticas. Solo por esto, el método estructural, con su fecundo análisis del conocimiento ‘establecido’, no puede pretender ni el estatus universal y filosófico de método de conocimiento ni tampoco el rol de herramienta o procedimiento para la reestructuración del sistema de categorías de la dialéctica materialista. Todo esto lo atestigua de forma clara el fracasado intento de Godelier, Althusser y otros por ‘estructurar’ la lógica del ‘Capital’ de Marx.

 

La estructura no es una categoría nueva. Matizar este concepto, ponerlo en relación con otras categorías de la dialéctica, esto es, definirlo como ‘escalón’, como ‘punto de convergencia’ del conocimiento, es, sin duda alguna, útil e importante. Pero cambiar toda la coherencia de los conceptos científicos de la dialéctica materialista, todo el sistema de sus definiciones científicas por medio de su adaptación a necesidades particulares del ‘análisis estructural’ resulta una empresa en verdad frívola.

 

El método estructural se abstrae conscientemente de todos los hechos enlazados con la historia de la aparición, la formación y la evolución de aquellas ‘formaciones estructurales’ con las que dicho método trata. Y de esta manera, naturalmente, también de aquellas contradicciones internas inherentes a ellas, las cuales precisamente estimulan el nacimiento, el desarrollo y finalmente la ‘muerte’ de las citadas estructuras (es decir, el proceso de transformación hacia estructuras más amplias e históricamente ulteriores). No es difícil imaginar el aspecto que tendrá la teoría dialéctica materialista si ésta se reconfigura según los esquemas y modelos del análisis estructural.

 

De esta forma se explica la injustificada ilusión de que algún ‘nuevo éxito’ cualquiera de la ciencia actual es capaz de ‘refutar’ toda la experiencia histórica del conocimiento hasta el momento acumulada (y expresada precisamente en las categorías de la lógica dialéctica).

 

La tarea de consolidar los lazos entre la filosofía y las ciencias naturales no tiene nada que ver con la adaptación artificial de definiciones y categorías de la dialéctica materialista a uno u otro descubrimiento tomado por separado en las ramas particulares de una ciencia, ni con la ‘corrección’ apresurada de su aparato en todos aquellos casos en los que este no parezca corresponderse con dicho descubrimiento. Al contrario, la tarea relativa a la generalización de los éxitos de la ciencia actual consiste sobre todo en su análisis crítico desde el punto de vista de la historia del conocimiento en su totalidad, es decir, desde el punto de vista de todo el sistema de categorías dialécticas.

 

Es necesario desarrollar y matizar las categorías de la dialéctica. Pero esto ya presupone que las categorías lógicas sometidas a matización se comprenden en conexión con la riqueza real de su contenido teórico, mostrado en los trabajos de los auténticos maestros del pensamiento dialéctico: Marx, Engels y Lenin.

 

Frecuentemente, la filosofía (y no sólo la filosofía) se encarga de ‘desarrollar’ y ‘refutar’ las definiciones de las categorías clásicas de la dialéctica sin ni siquiera tomarse la molestia de aclararse a misma su propio contenido real, el cual que ha adquirido ella en la filosofía marxista-leninista.

 

Por ejemplo, a veces se dice que el concepto leninista del ‘reflejo’ parece que ‘excluye la actividad del sujeto’, que condena a la teoría del conocimiento a la ‘contemplación’ y al ser humano al rol de espejo pasivo del estado real de los objetos, etc. Así las cosas, no supone un gran esfuerzo demostrar que semejantes reproches están basados en una imagen aproximada, desfigurada y simplemente caricaturizada del contenido del que se compone esta categoría en los trabajos de Lenin y también de Marx y Engels. En estos casos es necesario ‘corregir’ no las categorías filosóficas, sino las representaciones que de ellas se hacen en exceso los celosos ‘innovadores’. Nunca se deben olvidar las lecciones filosóficas que Lenin dio a estos ‘innovadores’ en relación con la definición del concepto de materia; con el concepto de ‘reflejo’ sucede hoy lo mismo.

 

Sin duda, si el ‘reflejo’ se entiende sin ninguna relación con la dialéctica materialista, es decir, al estilo del siglo XVIII, entonces que resultará un concepto ‘anacrónico’, ‘anticuado’. Pero si se entiende según Lenin, entonces resultarán irremediablemente anticuadas precisamente esas representaciones del conocimiento que pretenden reemplazarlo, por mucho que dichas representaciones se envuelvan en una terminología ultramoderna.

 

Las categorías lógicas –como materia, reflejo, cantidad y calidad, etc.- no se determinan en absoluto mediante una simple suma (que a veces se presenta como una auténtica conclusión filosófica) de ciertas representaciones acerca de ellas de las que se sirve la ciencia a día de hoy. La cantidad, por ejemplo, en su sentido filosófico no se reduce a aquello que la matemática actual (no solo la antigua) conoce sobre el aspecto cuantitativo de la realidad, puesto que el día de mañana dicha matemática irá más allá de estos límites. Y el ser humano, que no sabe que precisamente se comprende a mismo en la filosofía bajo los términos de ‘cantidad’, ‘materia’, dirá entonces de nuevo que la matemática ‘ha excedido los límites de la cantidad’, y que la física ha ido más allá de la frontera del concepto de ‘materia’, y así.

 

Las categorías lógicas no se definen para nada mediante indicaciones y ‘ejemplos’, sino sobre todo mediante un arduo y trabajoso camino: el camino de la investigación de la historia del conocimiento desde la perspectiva de la formación y aplicación de estas categorías, concretamente en el proceso de cambio de las definiciones y conceptos científicos concretos y el desarrollo de los nuevos. Las categorías lógicas son precisamente lo estable, lo que se conserva (invariable), aquello que cristaliza y permanece en el proceso de cambio de todo concepto particular concreto, de todos sus tránsitos y evoluciones, de su formación; precisamente por esto son categorías lógicas. Y precisamente por esta razón no varían tanto ni tan a menudo como las representaciones y los conceptos científicos.

 

Si en nuestra literatura, dedicada a debatir los problemas de la lógica dialéctica, todavía es manifiesta la ausencia de una sistematización meditada rigurosamente y fundada de manera objetiva (así como la falta de definiciones de cada categoría, las cuales solo dentro y mediante un sistema pueden ser estrictamente determinadas), entonces esta situación empeora gravemente con la afluencia masiva al materialismo dialéctico de una terminología filosóficamente indigerible procedente de campos concretos del conocimiento (matemática, cibernética e incluso radiotécnica). Se entiende por sí solo que esta terminología posee un significado y un sentido mayores dentro de determinadas ramas; sin embargo, los filósofos y especialistas entusiasmados por ella a veces son propensos a universalizar inmediatamente estos conceptos especializados y a atribuirles la significación de categorías filosóficas universales.

 

Por este camino no se consigue nada excepto la vacía apariencia de ‘desarrollo’ de las categorías de la dialéctica. Peor aún, demasiado a menudo un término que determina uno u otro concepto científico concreto (o una representación), comienza a expulsar del ámbito científico a ricas categorías lógicas especialmente estudiadas. En la estructura de la misma categoría lógica se empiezan a ver y a comprender solo aquellas definiciones que ‘corresponden’ a una representación particular y especializada. Así sucede, por ejemplo, con el concepto de ‘retroalimentación’, que reemplaza en todo momento a la categoría mucho más concreta en sentido lógico de ‘interacción’; y así, en la ‘representación’ se empieza a ver sobre todo una ‘información’ o un modelo, y la misma lógica se presenta mediante los conceptos de ‘diagramas de bloques’, ‘operadores’ y ‘configuradores’. De esta manera no se lleva a cabo en absoluto un enriquecimiento de las viejas categorías a través de nuevas definiciones, sino que, más bien al contrario, se produce un empobrecimiento de su contenido, un reemplazamiento de su sentido completo y concreto por el contenido de un concepto particular.

 

A este concepto particular se le atribuye un significado en exceso vasto e indeterminado. Como resultado, se contempla el mundo entero a través de los ojos de una u otra rama especializada del conocimiento, en vez de estudiar esta rama y sus conceptos en el contexto de una cosmovisión científica, es decir, dialéctico- materialista.

 

Toda esta apariencia seduce a la ‘inteligibilidad’, a la proximidad al mundo de las representaciones del técnico o especialista-científico actual, un mundo conformado por una importante, pero sin embargo limitada (y esto tiende a olvidarse) esfera de la actividad, por una esfera de fenómenos.

 

La lógica dialéctica, sin duda, investiga y debe investigar la experiencia del pensamiento científico contemporáneo, enriqueciéndolo con descubrimientos. Pero esto debe hacerlo precisamente como lógica, permaneciendo como lógica, es decir, desarrollando en base a estos descubrimientos sus propias categorías verídicas, no sustituyendo a estas por conceptos particulares de otras ciencias. Las categorías de la dialéctica, que tienen a sus espaldas una historia de más de dos mil años, son la quintaesencia de toda experiencia grandiosa y, no podemos olvidarnos de esto, dramáticamente contradictoria, acumulada por la sociedad en el proceso de conocimiento y en el proceso de la actividad práctico-subjetiva real. En ellas han encontrado su expresión lógico-filosófica no solo los éxitos, sino también las lecciones aprendidas de los graves extravíos del conocimiento, dialécticamente relacionados con el progreso hacia adelante; en ellas se encuentran exactamente señalados los puntos de convergencia del camino en los que la verdad, imprudentemente ‘empujada’ a avanzar, lo cual permite la naturaleza de  los objetos, se convierte en un error, conservando todos sus indicios formales de verdad; y estas lecciones son también valiosas. Por eso solo la historia del pensamiento y la técnica, así como de la lucha social, tomada en su desarrollo completo, es capaz de demostrar y defender su objetividad, es decir, en este caso, su significado lógico-universal. Ningún éxito aislado o parcial, por brillante que sea, de las ciencias naturales de hoy en día puede servir de criterio justo para la ‘exactitud’ de las determinaciones de las categorías lógicas.

 

Cuando se habla de investigar la lógica dialéctica, se tiene en mente el avance coherente y sistemático por el camino en el que hace ya tiempo se desarrolla la filosofía marxista-leninista.

 

Las piedras angulares de la Lógica con mayúscula llevan largo tiempo sólidamente asentadas en las obras de los clásicos del marxismo-leninismo. Es más, literalmente cada obra de Marx, Engels y Lenin se puede estudiar como ejemplo de aplicación consciente y meditada de esta lógica para la resolución de problemas teóricos y sociales. La dialéctica ha demostrado de sobra su fuerza ‘heurística’ en su función de lógica del análisis teórico, de lógica para el estudio desarrollador de la cosmovisión científica.

 

Por ello no es casualidad que Lenin una y otra vez retorne sobre sus propias reflexiones a propósito de la lógica dialéctica en las obras inmortales de Marx. ‘Si Marx no estableció un ‘Lógica’ (en mayúsculas), -escribía Lenin-, que estableció la lógica del ‘Capital’, y esto es lo que debería utilizarse particularmente en la cuestión que nos atañe. En el ‘Capital’ se utiliza en una sola ciencia la lógica, la dialéctica y la teoría del conocimiento del (en una sola palabra) materialismo, tomado de Hegel y llevado completamente hacia adelante’.

 

Siguiendo la lógica del desarrollo de conceptos en el ‘Capital’, Lenin llega a una conclusión no menos concreta y categórica: ‘Este debe ser el método de estudio de la dialéctica en general (pues la dialéctica de la sociedad burguesa es para Marx un caso particular de la misma dialéctica)’.

 

Lo dicho por Lenin sobre el ‘Capital’ y su rol en el estudio de la lógica dialéctica está completamente relacionado con los trabajos clásicos del propio Lenin, en particular con su análisis del estadio de desarrollo imperialista de la sociedad burguesa como continuación lógica del análisis marxista del capital; dicho análisis posee las mismas virtudes que caracterizan al ‘Capital’. Así, esto supone una teoría universal del pensamiento dialéctico coherente y magistralmente empleada para el desarrollo de una ciencia única. No es simple y llanamente un ‘caso particular de la dialéctica en general’, sino que es un caso particular en el que aparecen de forma clara justamente los principios universales del pensamiento dialéctico, que estudia críticamente y absorbe toda la cultura de la dialéctica filosófica en su mejor versión.

 

Con este procedimiento (leninista) solo puede darse un trabajo fructífero a través de la investigación de la auténtica lógica del desarrollo de la cosmovisión científica y mediante la creación de una teoría única del conocimiento científico que se corresponda con el nivel y los problemas de las ciencias naturales actuales y de las ciencias y prácticas sociales. La lógica dialéctica solo puede jugar un rol activo en la transformación comunista del mundo si se entiende y se estudia al igual que Lenin, de forma materialista (esto es, en base a la teoría marxista-leninista del reflejo). Esta es la principal conclusión que se extrae del análisis de la herencia filosófica del gran Lenin.

__________

(*) Leningrado, 16-19 de diciembre de 1969.


Literatura

De Tergiversaciones y Otras Perlas

Julio Carmona

CUANDO —hace muchos años— compré las Obras completas de Haya de la Torre1, no me arrepentí de haberlo hecho, pese a su poco valor intelectual, porque —o, precisamente, por eso— pude detectar, desde la «Nota prologal», su deshonestidad intelectual. Y, bien —me dije—, en esta compra hay algo positivo, en tanto permite aplicar el famoso aforismo de Mao Zedong: «Del maestro negativo también se aprende» (es decir, se aprende a no incurrir en sus errores). Y, bueno, tendría para largo exponer todas las perlas de esas Obras completas. Como dice el dicho popular: para muestra basta un botón: y es un botón bastante grueso.

Hay un momento en que haya pretende ser honesto, y reconoce haber sido marxista, pero para explicar por qué ya no lo es (o lo es a su manera) asegura basarse en el mismo marxismo, pues dice que según el método dialéctico: todo cambia, nada permanece estático y, por lo tanto, para Haya, como ya habían pasado más de cien años de los planteamientos de Marx, entonces estos ya habían envejecido y tenían que ser superados por otros; y, por supuesto, Haya se sintió llamado a ser él quien los superase. Y es así que continúa «dialectizando» (si cabe el neologismo) y dice que la base de su dialéctica (no de la dialéctica marxista) consiste en que todas las cosas tienen un lado bueno y un lado malo. Y, entonces, si para Marx el capitalismo era malo, para el mismo Marx también el capitalismo era bueno. Y para demostrarlo empieza citando a Hegel, quien pone de relieve los logros alcanzados por el capitalismo en los Estados Unidos. Y, de ahí, Haya da un salto que también pretende dialéctico (aunque bien se sabe que no por plantear contradicciones se es dialéctico), y dice;


Acaso estos conceptos de Hegel sobre las dos Américas [Norte y Sur] inspiraron magistralmente a Marx y Engels en sus primeras opiniones admirativas sobre los Estados Unidos. Importa recordar que Marx joven, en una célebre carta a Pavel Vasielevich (sic)2 Annenkov, fechada el 28 de diciembre de 1846, —dos años antes de la publicación de su Manifiesto Comunista—, hace el fervoroso elogio de los Estados Unidos cuando aún imperaba en ellos el régimen de la esclavitud y lo defiende como un sistema necesario para la industria moderna. Plantea así «el lado bueno de la esclavitud».

Y, a párrafo seguido, Haya hace la cita de Marx en la que —según él— hay poco menos que un panegírico a la esclavitud. Veamos:


La esclavitud directa es un pivote de nuestro industrialismo actual, lo mismo que las máquinas, el crédito, etc. Sin la esclavitud no habría algodón, y sin algodón no habría industria moderna. Es la esclavitud la que ha dado valor a las colonias, son las colonias lo que ha creado el comercio mundial, y el comercio mundial es la condición necesaria de la gran industria mecanizada… La esclavitud es por tanto una categoría económica de la más alta importancia. Sin la esclavitud, Norteamérica, el país más desarrollado, se transformaría en un país patriarcal. Si se borra a Norteamérica del mapa del mundo, tendremos la anarquía, la decadencia absoluta del comercio y de la civilización modernas.3 Pero hacer desaparecer la esclavitud equivaldría a borrar a Norteamérica del mapa del mundo. La esclavitud es una categoría económica y por eso se observa en cada nación desde que el mundo es mundo. Los pueblos modernos solo han sabido disfrazar la esclavitud en sus propios países e importarla al nuevo mundo.4

En efecto, si se lee el texto (o se transcribe) como lo ha hecho Haya, se tiene que concluir que Marx estaría haciendo un elogio y una justificación de la esclavitud. Pero yo estoy seguro que eso no es lo que ha leído Haya. Lo que él ha hecho, a propósito, es extraer la cita de su contexto y la ha manipulado, a su antojo. Y a eso se le llama deshonestidad intelectual. Un lector del «prólogo» de Haya que no tenga acceso al texto original de Marx se quedará convencido de que él ha dicho lo que Haya le ha hecho decir. Cuando, en realidad, lo que —propiamente— ha hecho Marx es una paráfrasis de las ideas de Proudhon, comentando el libro de este La filosofía de la miseria. Y, en la carta a Annenkov, en un párrafo anterior al citado (¡y omitido!) por Haya, dice Marx: «Ahora le daré un ejemplo de la dialéctica del señor Proudhon». Y empieza a parafrasear las ideas de este. Y dice:


La libertad y la esclavitud forman un antagonismo. No hay necesidad de referirse a los lados buenos y malos de la libertad. En cuanto a la esclavitud, huelga hablar de sus lados malos. Lo único que debe ser explicado es el lado bueno de la esclavitud. No se trata de la esclavitud indirecta, de la esclavitud del proletariado; se trata de la esclavitud directa, de la esclavitud de los negros de Surinam, en el Brasil y en los Estados meridionales de Norteamérica.

Y luego de este párrafo introductorio de las ideas de Proudhon —ideas que está parafraseando Marx, porque así se lo ha indicado a su corresponsal— viene el párrafo tergiversado, manipulado por Haya, al final del cual (final que también sibilinamente oculta Haya), dice Marx: «¿Qué hará nuestro buen señor Proudhon después de estas consideraciones acerca de la esclavitud? Buscará la síntesis de la libertad y de la esclavitud, el verdadero término medio o equilibrio entre la esclavitud y la libertad» (Ibídem).

O sea que Proudhon había hecho lo que pretende hacer Haya en su El antiimperialismo y el Apra. En el que también apela a esa dualidad de lo bueno y lo malo que hay —según él— en todo. Y dice que, en efecto, el imperialismo tiene un lado malo y un lado bueno. El lado malo es su sistema explotador de los pueblos «subdesarrollados»; pero tiene el lado bueno de sus inversiones de capital que permiten desarrollarlos. Y lo que él propone es que se acepte del imperialismo ese su lado bueno, dejando de lado su lado malo. Esa «superación» hayista de la dialéctica materialista del marxismo no es ni siquiera un retorno a la dialéctica de Hegel (más prestigiosa) sino una recurrencia a la dialéctica de Proudhon, a la que Marx descalifica totalmente en su libro Miseria de la filosofía (es un retruécano5 del título de Proudhon), y en este dice Marx:


Veamos ahora qué modificaciones hace sufrir el señor Proudhon a la dialéctica de Hegel aplicándola a la economía política. Para el señor Proudhon, toda categoría económica presenta dos aspectos, uno bueno y otro malo. Considera las categorías como el pequeño burgués considera a los grandes hombres de la historia: Napoleón es un gran hombre; ha hecho mucho bien, pero también mucho mal. El buen aspecto y el mal aspecto, la ventaja y el inconveniente, en conjunto, forman para el señor Proudhon la contradicción en cada categoría económica. Problema que hay que resolver: conservar el buen aspecto, eliminando el malo (1961: 339).6

Visto el ejemplo de tergiversación y/o manipulación de los textos. Voy a poner otro que he descubierto en un artículo —¡quién lo diría!— del connotado Luis Jaime Cisneros, quien desvía la atención del lector hacia una concepción de orden idealista, formalista que, dice, es permanente en el pensamiento de César Vallejo; pero lo hace basado solo en una de sus crónicas periodísticas, para declararla como definitiva en la estimación del poeta, relacionándola incluso con la política. Sobre el particular dice:


… en estas crónicas documentamos también cuál era para él (y parecen haberlo malentendido sus devotos) la función política del escritor. Ya desde 1926 la función política del poeta es clara y no se confunde con “actitudes de capitulero o de sectario”. (La cursiva es mía).

Hagamos un alto aquí. No es que, «ya desde 1926» y hasta siempre, CV va a actuar así como dice LJC. Se puede convenir, sí, que en esa fecha, y desde antes, hasta 1928, CV todavía tiene una visión idealista de la vida, mas no por eso alejada de la realidad. Esta es una contradicción en la que su conciencia se debatió, pero que, finalmente, se definió —después de su viaje a la Unión Soviética— a fines, precisamente, de 1928. Sigamos con LJC:


Si el arma predilecta es la palabra, el hombre esencial es la mejor preocupación y la sola verdad social (…) Muy clara es para él la lealtad que un intelectual debe a su natural quehacer y lo asiste una recta convicción sobre el ‘rol político’. (Cursiva mía)

Esta apreciación de LJC no solo es aplicable a CV. Todo artista e intelectual es fiel «a su natural quehacer», pero eso no quiere decir que sirva como pretexto de evasión de la realidad.7 Y, por supuesto, el intelectual (y el artista lo es) no ha de dejar que desde fuera de su albedrío ético y estético, se le impongan pautas de creación; impuestas, por ejemplo, por un partido político; lo cual no quiere decir que se esté inhibiendo de manifestar su concepción política desde su libertad total como ser humano. Pero esa supuesta ‘lealtad al hombre esencial y a su natural quehacer’, de una manera así de taxativa como LJC se la está atribuyendo a CV no se ve en él ni en sus libros iniciales (Los heraldos negros y Trilce, para referirnos solo a la poesía). Es más, en el último de los poemas en prosa (empezados a escribir a su llegada a Europa), dice, al final: «hombres de las esencias (…) dejadme despierto de sueño, con todo el universo metido, aunque fuese a las malas, en mi temperatura polvorosa». Pero, continúa LJC (y esta es la parte más definida de la manipulación):


En 1928, y a propósito de un polémico libro de Julien Benda, La trahison des clercs [La traición de los intelectuales] se declara defensor [¡Vallejo!] del pensamiento puro frente a quienes “perpetran traición del pensamiento puro… a favor de las pasiones políticas”. ¿Y qué significa defender, con Benda, el pensamiento puro? Defender la actividad “abstracta y desinteresada del espíritu”. ¿Y cómo define Vallejo esta actividad? Mejor lo digo con sus propias palabras: “Un juego místico y libre de creación suprema cuyos móviles y fines no se relacionan con los intereses momentáneos de la vida social ni con las luchas políticas en general” (JP, 3178). (Cisneros, 1993: 24-25).9

En esta cita hay, pues, una manipulación —insospechada en LJC—, pues las dos últimas expresiones que atribuye a CV son, en realidad, paráfrasis que este hace del autor que comenta. Y, del mismo modo como vimos que hizo Marx al comenzar su paráfrasis de Proudhon, CV dice:


Julien Benda acusa en su libro, a los pensadores del delito de traición al pensamiento puro, perpetrado a favor de las pasiones políticas. (Cursiva mía).

No es, pues, como dice LJC que CV se esté declarando «defensor del pensamiento puro frente a “quienes perpetran traición del pensamiento puro … a favor de las pasiones políticas”». Lo que hace CV es precisar que eso es lo que dice Benda. Es más, después de punto seguido, añade:


Pensamiento puro, a juicio de Benda, es la actitud abstracta y desinteresada del espíritu… (Cursiva mía).

Y esta es la segunda cita que hace LJC de CV, pero omitió la frase explicativa: «a juicio de Benda», e, inmediatamente, pasa a atribuirle todo el pensamiento de Benda, y dice que es así ‘como define Vallejo esta actividad’, precisando que lo cita «con sus propias palabras» (cuando son palabras de Benda parafraseadas por CV): «un juego místico y libre de creación suprema cuyos móviles y fines no se relacionan con los intereses momentáneos de la vida social ni con las luchas políticas en general». Y toda la crónica —cuyo contenido LJC se lo asigna a CV como de su propiedad— no es sino una exposición fiel de las ideas de Julien Benda. No son ideas de CV. Es más, en todos los párrafos del artículo hace la precisión explicativa. Ya hemos visto que en el párrafo segundo dice: «Julien Benda acusa en su libro», y ahí mismo dice: «A juicio de Benda», y, más adelante: «En opinión de Benda» y «—dice Benda—». Y el párrafo tercero, igual, empieza así: «El “clerc” moderno, para Benda». Y el párrafo cuarto empieza: «Benda exlama estupefacto», y etc., etc., etc.

Como decía José Carlos Mariátegui en la polémica con Luis Alberto Sánchez: ‘por favor, no deduzca mis ideas de mis citas’ (en este caso de ‘mis paráfrasis’). Y —es pertinente decirlo— ¿cuál es el lado negativo de esa manipulación? Que todo lector que no tenga acceso al libro de CV editado por Jorge Puccinelli, va a dar crédito a lo escrito por LJC, dado su prestigio académico: que CV «se declara defensor del pensamiento puro frente a quienes “perpetran traición del pensamiento puro… a favor de las pasiones políticas”», como lo quiso hacer pasar LJC.

Sin embargo, y no obstante ese tráfago de ideas, esto nos lleva a aceptar el juicio que encierra el título de Julien Benda: ‘que hay intelectuales traidores’, porque la de intelectual no es una esencia supra terrenal, sino todo lo contrario. Pero, la posición definitiva de CV sobre el particular es, más bien, opuesta a la de Benda y, por cierto, también a la de LJC. Dice CV:


El objeto o materia del pensamiento transformador radica en las cosas y hechos de presencia inmediata, en la realidad tangible y envolvente. El intelectual revolucionario opera cerca de la vida en carne y hueso, frente a los seres y fenómenos circundantes. Sus obras son vitalistas. Su sensibilidad y su método son terrestres (materialistas, en lenguaje marxista), es decir, de este mundo y no de ningún otro, extraterrestre o cerebral. Nada de astrología ni de cosmogonía. Nada de masturbaciones abstractas ni de ingenio de bufete. El intelectual revolucionario desplaza la fórmula mesiánica, diciendo: «mi reino es de este mundo» (1973: 14).10

Al leer lo escrito por LJC en su artículo «Una lanza por Vallejo» (lo entendemos como ‘una lanza contra Vallejo’), y al cotejarlo con el artículo que Vallejo escribió sobre Benda, notamos que él sí actuó con honestidad intelectual, pues expone las ideas del autor comentándolas sin alterarlas ni atribuirle otras; y al hacerlo, sin considerarnos sus devotos, como despectivamente dice LJC (los intelectuales y artistas como CV no tienen devotos, tienen seguidores y admiradores), no lo malentendemos, simplemente, lo leemos bien. Y llegamos a la conclusión de que aquello que ha parafraseado de Benda no se encuentra como propio suyo en ninguno de sus otros escritos. Y, por el contrario, leyéndolo bien en todos sus textos encontramos siempre a un escritor que asienta básicamente sus pies en la realidad, y esta actitud se resolverá en una declarada comprensión de la misma sobre la base de su última y definitiva concepción ideológica, marxista, que es con la que murió y es inmodificable, y cualquier intento de hacerla modificable es una trahison.

______________

(1) Víctor Raúl Haya de la Torre (1984). Obras completas. Lima: Juan Mejía Baca. t. 1.

(2) Hay una errata en la cita de este autor, no es Vasielevich, sino Vasilievich.

(3) Aparentemente hay aquí un error, no de Haya, sino de la Editorial Progreso de Moscú, pues es la misma del libro que yo manejo de; y en esa parte debe decirse: «del comercio y de la civilización modernos», pues el género lo pone la palabra comercio, y no civilización.

(4) Como la cita que hace Haya no ha sido alterada, pero el libro usado por él no tiene fecha, remito al lector a los datos del libro que yo uso: Carlos Marx, Federico Engels (1973). Obras escogidas. Moscú: Progreso, t. 1, p. 338.

(5) Esta es una figura literaria que consiste en repetir una frase invirtiendo el orden de sus palabras.

(6) Carlos Marx (1961). Crítica de la economía política y Miseria de la filosofía. México: Editora Nacional.

(7) Es decir, que exista la categoría de hombre esencial, por encima de la realidad del mismo hombre.

(8) Se refiere al libro de Jorge Puccinelli (1987). César Vallejo: Desde Europa. Lima: Fuente de cultura peruana.

(9) Luis Jaime Cisneros, «Una lanza por Vallejo chroniqueur», en: Varios (1993). Intensidad y altura de César Vallejo. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú.

(10) César Vallejo (1973). El arte y la revolución. Lima: Mosca Azul.


Creación

Un Poema de Raúl González Tuñón*

La Libertaria

(A la memoria de Aida La fuente, muerta en la cuenca minera de Asturias, en 1934)                                                  

    

Estaba toda manchada de sangre,

estaba toda matando a los guardias,

estaba toda manchada de barro,

estaba toda manchada de cielo.

Estaba toda manchada de España.

 

Ven, catalán jornalero, a su entierro,

ven, campesino andaluz a su entierro,

ven a su entierro yuntero extremeño,

ven a su entierro pescador gallego,

ven leñador vizcaíno a su entierro,

ven labrador castellano a su entierro,

no dejéis solo al minero asturiano.

 

Ven, porque estaba manchada de España,

ven, porque era la novia de Octubre,

ven, porque era la rosa de Octubre,

ven, porque era la novia de España.

 

No dejéis sola su tumba del campo

donde se mezclan el carbón y la sangre;

florezca siempre la flor de su sangre

sobre su cuerpo vestido de rojo.

No dejéis sola su tumba del aire.

 

Cuando desfilan los guardias de asalto,

cuando el obispo revista las tropas,

cuando el verdugo tortura al minero,

ella, agitando su túnica roja,

quiere salir de la tumba del viento,

quiere salir y llamaros hermanos


y renovaros valor y esperanza

y recordaros la fecha de Octubre,

cuando caían las frutas de acero

y estaba toda manchada de España,

y estaba toda la novia de Octubre

y estaba toda la rosa de Octubre

y estaba toda la madre de España.

*Poeta argentino (1905-1974). Comunista. Obras: El violín del Diablo (1926); La Calle del Agujero en la Media (1930); La Rosa Blindada (1936); La Muerte en Madrid (1939); Canciones del Tercer Frente (1941); Himno de Pólvora (1943); Todos los Hombres del Mundo son Hermanos (1954); A la Sombra de los Barrios Amados (1957); Demanda Contra el Olvido (1963).

 

CREACIÓN HEROICA