miércoles, 1 de abril de 2026

Stalin

Stalin. Historia y Crítica de una Leyenda Negra

(26)

Domenico Losurdo

Qué significa gobernar: un atormentado proceso de aprendizaje

Volvamos al análisis hegeliano de la dialéctica de la Revolución francesa (y de las grandes revoluciones en general). A partir de la experiencia concreta y las consecuencias desastrosas a las que conduce la «furia disolvente», los individuos comprenden la necesidad de dar un contenido concreto y particular a la universalidad, poniendo fin a la persecución enloquecida de la universalidad en su inmediatez y pureza. Renunciando al igualitarismo absoluto, los individuos «aceptan nuevamente la negación y la diferencia», esto es, «la organización de las masas espirituales en las que se articula la multitud de consciencias individuales». Estas, además, «vuelven a una obra particular y limitada, pero precisamente por ello vuelven a su realidad sustancial». Por lo tanto se entiende ya el carácter inconcluyente y desastroso del mito de una «voluntad universal» o más bien, usando el lenguaje esta vez no de Hegel sino de no pocos revolucionarios rusos, de una democracia directa, una «dirección colectiva» que sin mediaciones ni obstáculos burocráticos se exprese directa e inmediatamente en las fábricas, en los lugares de trabajo, en los organismos políticos.

Como se ve, más que el jacobinismo, el blanco de las críticas de Hegel son el radicalismo y mesianismo anarcoide. Esto se confirma por las consideraciones que realiza a propósito de otra gran revolución: la revolución puritana que estalla en Inglaterra a mediados del siglo diecisiete. Acabando con un   período de inconcluyente exaltación religiosa y pseudo-revolucionaria dando un cauce político efectivo a un parto de largos años, Cromwell demuestra que «sabía bien lo que era gobernar»: «tomó con pulso firme las riendas del gobierno, deshizo aquel parlamento que se perdía en rezos y mantuvo con gran esplendor el trono, como Protector». Saber gobernar significa aquí ser capaz de otorgar un contenido concreto a los ideales de universalidad que han precedido a la revolución, por ejemplo tomando claramente distancia, en lo que respecta a la primera Revolución inglesa, de los seguidores de la «quinta monarquía», la vacua utopía de una sociedad carente de normas jurídicas que ni siquiera necesitarían por el hecho de que los individuos serían ilustrados y guiados por la gracia. En la medida en la que supo tomar distancia de la utopía abstracta e inconcluyente, también Robespierre demostró conocer, o querer aprender, el arte de gobernar.

Tras una gran revolución, sobre todo cuando sus protagonistas son estratos ideológicos y políticos privados de propiedad y de la experiencia política conectada con el disfrute de la propiedad, aprender a gobernar significa aprender a dar un contenido concreto a la universalidad. Pero precisamente se trata de un proceso de aprendizaje. En lo que respecta a la revolución socialista, no comienza ni acaba con Stalin. De hecho, el límite más grave de este estadista (aunque también, de diferente manera, de los otros estadistas que todavía en nuestros días se vinculan al socialismo) es el de haber dejado sin completar o gravemente inacabado este proceso de aprendizaje.

Tomemos la cuestión nacional. En Lenin podemos leer la tesis de que la «inevitable fusión de las naciones» y de las «diferencias nacionales», incluidas las lingüísticas, pasa a través de un «período transitorio» de pleno y libre despliegue   de las naciones y sus diferentes lenguas, culturas e identidades. Al menos en lo que respecta al «período transitorio» está clara aquí la consciencia de que lo universal debe saber comprehender lo particular. Ya ha comenzado un significativo proceso de aprendizaje: ya nos encontramos más allá del universalismo abstracto por ejemplo de Luxemburg, para quien las particularidades nacionales son de por sí una negación del internacionalismo.

Y sin embargo, en lo que respecta a la cuestión nacional, la unidad de universal y particular Lenin parece acogerla sólo en relación al «período de transición». Stalin es a ratos más radical:

Algunos, por ejemplo Kautsky, hablan de crear en el período de socialismo una única lengua para toda la humanidad y de extinguir todas las demás lenguas. Yo creo poco en esta teoría de una lengua única para toda la humanidad. En cualquier caso, la experiencia no habla en favor, sino en contra de esta teoría316.

A juzgar por esta cita, ni siquiera el comunismo debería caracterizarse por «una única lengua para toda la humanidad». Pero es como si Stalin tuviese miedo de su valentía. Más bien prefiere remitir la «fusión de las naciones y las lenguas nacionales» al momento en el que el socialismo habrá triunfado a nivel mundial317. Quizás solamente en los últimos años de su vida, cuando ya es una autoridad indiscutida en el movimiento comunista internacional, Stalin se muestra más audaz. No se limita a defender con fuerza que «la historia registra una gran estabilidad y enorme resistencia de la lengua a la asimilación forzada»318. Ahora la elaboración teórica va más allá: «la lengua difiere de manera radical de una superestructura»; «no es creada por una clase cualquiera, sino más bien por toda la sociedad, por todas las clases de la sociedad, gracias a los esfuerzos de cientos de generaciones», por tanto es absurdo hablar de una «"naturaleza clasista" de la lengua». Entonces ¿por qué tendrían que disolverse las lenguas nacionales? ¿Por qué tendrían que disolverse las naciones en cuanto tales, si es verdad que «la comunidad lingüística representa uno de los más importantes signos distintivos de una nación»?319 Sin embargo, la ortodoxia acaba por conseguir la victoria final pese a todo: el comunismo continúa siendo concebido como el triunfo de la «lengua común internacional» y en última instancia, de una única nación320". Al menos en lo que respecta a este mítico estadio final, el universal puede ser pensado de nuevo en su pureza, sin la contaminación de lo particular, representado por las lenguas e identidades nacionales. No se trata de un problema abstractamente teórico: el apego a la ortodoxia no ha contribuido   ciertamente a la comprensión de las contradicciones permanentes entre las naciones que se remiten al socialismo y se consideran comprometidas en la construcción del comunismo. Son éstas las contradicciones que han desarrollado un rol de primer plano en el proceso de crisis y disolución del "campo socialista".

También en otros campos de la vida social vemos a Stalin comprometerse en una difícil lucha contra la utopía abstracta, para después pararse a mitad de camino, con el fin de no comprometer la ortodoxia tradicional. Todavía en 1952 y por tanto poco antes de su muerte, se ve obligado a criticar a aquellos que querían la liquidación de la «economía mercantil» como tal. En polémica con ellos, Stalin observa juiciosamente:

"Se dice que la producción mercantil bajo cualquier   condición debe llevar y necesariamente llevará al capitalismo. Esto no es verdad. ¡No siempre y no en cualesquiera condiciones! No se puede identificar la producción mercantil con la producción capitalista. Son dos cosas diferentes."

Puede existir perfectamente «una producción mercantil sin capitalistas». Y sin embargo, también en este caso la ortodoxia se muestra como una barrera insalvable: la disolución de la economía mercantil se vincula al momento en el que serán realmente colectivizados «todos los medios de producción», con la superación por tanto de la misma propiedad cooperativa321.

Finalmente, el problema quizás decisivo. Hemos visto a Stalin reflexionar acerca de una «tercera función», más allá de la represión y de la lucha de clases en el plano interior e internacional. Un prestigioso jurista tuvo razón al subrayar que el informe al XVIII Congreso del PCUS nos coloca frente a «un cambio radical de la doctrina desarrollada por Marx y Engels»322. Era un cambio al que Stalin llegaba a partir también de su experiencia de gobierno, por un proceso concreto de aprendizaje que había dejado huellas en el pensamiento y en la acción política del último Lenin pero que ahora daba un ulterior paso adelante. De manera bastante diferente razonaba Trotsky, que consideraba sintetizar de éste modo la posición de Marx, Engels y Lenin: «La generación que ha conquistado el poder, la vieja guardia, comienza la liquidación del Estado; la generación siguiente llevará a cabo esta tarea»323. Si este milagro no se producía, ¿de quién podía ser la culpa sino de la traidora burocracia estaliniana?

Puede parecer confundente remitirse a categorías filosóficas para explicar la historia de la Rusia soviética, pero quien avala este enfoque es el mismo Lenin, que cita y suscribe la «excelente fórmula» de la Lógica hegeliana según la cual el universal debe ser tal como para acoger en sí «la riqueza del particular»324

Al expresarse así piensa sobre todo en la situación revolucionaria, que está siempre determinada y que llega al punto de ruptura del eslabón débil de la cadena en un país particular. La «excelente fórmula», sin embargo, no fue utilizada por Lenin y el grupo dirigente bolchevique para analizar la fase siguiente a la conquista del poder. Al enfrentarse al problema de la construcción de una nueva sociedad, los intentos de hacer que el universal abrace «la riqueza del particular» se han encontrado con la acusación de traición. Y se comprende bien que tal acusación haya golpeado de manera especial a Stalin, pues gobernó durante más tiempo que cualquier otro líder el país de la Revolución  de octubre y, precisamente a partir de la experiencia de gobierno fue consciente de la vacuidad de la espera mesiánica por la disolución del Estado, de las naciones, de la religión, del mercado, del dinero, y experimentó directamente el efecto paralizante de una visión del universal inclinada a etiquetar como una contaminación la atención prestada a las necesidades e intereses particulares de un Estado, de una nación, de una familia, de un individuo  determinado.

Si es verdad que la ideología cumple un papel significativo en la prolongación del Segundo período de desórdenes, debe precisarse que ésta apunta en especial a los antagonistas de Stalin. Este último, gracias también a la concreta experiencia de gobierno, se ha dedicado seriamente al aprendizaje por el que, según las enseñanzas de Hegel, se ve obligado a pasar el grupo dirigente de una gran revolución.

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(316) Lenin (1955-70), vol. 22, p. 151 y vol. 31, p. 82; Stalin (1971-73), vol. 7, p.  l 20 (=Stalin, 1952-56, vol. 7, p.  160).

(317) Stalin (1971-73), vol. 11, p. 308.

(318) Ibid, vol. 15, p. 218 (= Stalin, 1968, p. 52).

(319) Ibid, p. 206 (= Stalin, 1968, p. 36).

(320) lbid, p. 252 (= Stalin, 1968, p. 101).

(321) lbid, pp. 263-70 (= Stalin, 1973, pp. 18-29).

(322) Kelsen (1981b), p. 171; cfr. También Kelsen (1981a), p.  62.

(323) Trotsky (1988), p. 853 (= Trotsky, 1968, p. 148).

(324) Lenin (1955-70), vol. 38, p. 98.

Los intelectuales

Nota:

Roger Garaudy, se adhirió al P. C. francés en 1933, perteneciendo durante mucho tiempo al comité central. Fue considerado como uno de los estalinistas más duros, pero luego evidenció en sus escritos y pensamiento una visión ecléctica, renegando del marxismo, motivo por el cual fue expulsado del partido comunista francés en 1970, a la sazón revisionista. La crítica que R. Garaudy realizara a la práctica que desarrollaron, después de la muerte de Stalin, los revisionistas de la URSS, la hizo desde posiciones eclécticas. Posteriormente, casado con la palestina Salma Faroukhi, se convirtió al Islam.

No obstante la evolución ideológica de R. Garaudy, este ha publicado obras de importancia para el movimiento marxista, una de las cuales es Dios ha muerto, que es uno de los más profundos estudios de la obra de Hegel desde la perspectiva marxista.

En consecuencia, procedemos a advertir al lector, la necesidad de separar la obra marxista de Roger Garaudy, de su posterior obra no marxista.

El texto que publicamos a continuación, de Roger Garaudy, corresponde a su etapa marxista. Destacamos en este, los diversos aspectos que analiza acerca de los intelectuales que se incorporan al movimiento proletario, así como la crítica que realiza del positivismo.

01.04.2026

Comité de Redacción.

 

Sobre los Intelectuales

(Segunda parte)

Roger Garaudy

B. PROBLEMAS DE LOS INTELECTUALES

El que los intelectuales comunistas se planteen problemas y el que su situación plantee problemas al partido no es en modo alguno el signo de una crisis o de dificultades insuperables. Por el contrario, es un fenómeno normal, un índice de crecimiento del partido, que aparece precisamente hoy porque las adhesiones al Partido Comunista francés han dejado de ser individuales; el partido se ha convertido en un partido de masas entre los intelectuales.

Las tesis del XIV Congreso del partido Comunista francés subrayan que “los intelectuales se levantan cada vez en mayor número para defender la cultura contra el maltusianismo y la defección nacional de las clases dirigentes. Al participar en la cultura nacional de la clase más avanzada, entran en contacto con la teoría marxista, que, a su vez, influye en sus trabajos y en sus pensamientos” (Segundo punto).

Estos intelectuales, como lo dicen también las tesis, “no pueden ya tolerar la condición que el capitalismo decadente crea a la ciencia y a la vida intelectual”. Han adquirido conciencia de esa exigencia fundamental: para el porvenir de la nación y de su cultura es urgente que la burguesía deje de ser la clase dirigente, y entonces se vuelven hacia la clase obrera. Vienen al Partido Comunista francés por razones políticas y nacionales, y todavía no han solucionado sus problemas ideológicos. Su actitud con respecto a la ideología burguesa es de negación y rechazo, pero dicha ideología penetra en sus pensamientos y en todas sus actividades, y la ideología socialista les plantea al comienzo más problemas que las soluciones que les aporta.

La “posición del partido” en filosofía y en arte, y en las ciencias, ¿no es un “prejuicio”?

Adoptar “el punto de vista de la clase obrera”, ¿no es abandonarse a un “subjetivismo de clase”?

¿Qué se puede conservar y qué se puede rechazar de la herencia de la cultura pasada?

Este es el problema fundamental del intelectual que adhiere al Partido Comunista: ¿Cómo desembarazarse de la ideología de la burguesía, que en general proporciona, a sus espaldas, los ejes de las coordenadas de todos sus pensamientos?

Cuando un obrero se convierte en comunista, tiene la sensación de que se expande en él todo lo que hasta entonces estaba dormido, descubre una cultura que explica todo lo que intuía oscuramente. Encuentra en el marxismo una confirmación lúcida de sí mismo, se vuelve, concientemente, lo que hasta entonces era inconcientemente.

No sucede los mismo con el intelectual. Cada nuevo paso en la toma de conciencia del socialismo lo obliga a destruir y derogar alguna cosa de su educación pasada. En las primeras etapas de su marcha no tiene la sensación de un cumplimiento de sí mismo, sino de una batalla contra sí.

Convertirse en comunista lleva a un obrero a enfrentar muchos riesgos. El choque contra las personas se torna más violento, y la represión también, pero el enemigo está en el exterior. Para el intelectual también hay un enemigo interior. Para unificar su conciencia y su acción tiene que chocar en primer lugar consigo mismo.

En el plano abstracto los términos del problema son muy sencillos: despojarse del punto de vista de la burguesía para asimilar el punto de vista de la clase obrera. Pero en el plano concreto y humano el drama es complejo.

Para abarcar la complejidad de ese drama es necesario definir antes que nada el “punto de vista” de la burguesía y el del proletariado.

¿Cuál es el punto de vista de la burguesía?

El de la alienación.

Marx ha hecho un análisis penetrante de los caracteres del pensamiento burgués a partir de la crítica de la economía política burguesa. La economía política burguesa se desarrolló en el interior del capitalismo; hunde sus raíces en éste, toma prestados de él sus postulados. “La economía política -escribe Marx- no ha hecho más que enunciar las leyes del trabajo alienado”9. Los hombres sufren la alienación del modo capitalista de producción, tanto en su pensamiento como en su trabajo. En El Capital demostró el origen de esas ilusiones. La economía burguesa adopta desde el comienzo el “punto de vista” capitalista que, por ejemplo, confunde muy naturalmente el valor con el precio de venta, porque en su contabilidad no tiene motivo alguno para distinguir lo que paga como salario de lo que paga como materia prima, como herramientas o como transporte”10.

Esta apariencia superficial, que es la única aprehensible desde el “punto de vista” capitalista, es convertida por el economista burgués en el punto de partida de su estudio. La materia prima, los postulados iniciales de esta ciencia, no son por lo tanto el mundo real, sino la idea que de él se hacen la burguesía y sus ideólogos “alienados”.

A partir de ahí, el economista burgués puede operar con métodos rigurosos, definir con precisión los “hechos”, establecer relaciones constantes entre ellos, expresar esas relaciones con la precisión de funciones matemáticas, pero no por ello será menos cierto que toda su ciencia se conserva prisionera de la alienación, se mueve en el interior de la alienación. Ello no impedirá que descubra relaciones válidas y proporcione un rico material de hechos, como lo hicieron, por ejemplo, Adam Smith o Ricardo. Pero el “punto de vista” burgués sobre los fenómenos básicos, punto de vista considerado implícitamente (e inconcientemente) como presuposición esencial, constituye la base de la alienación.

Estos “datos” puramente históricos, que son función del sistema capitalista y del régimen burgués, son aceptados como “hechos” inmutables, eternos, naturales.

La crítica marxista de la economía política burguesa es una crítica del positivismo en general.

La concepción positivista está estrechamente vinculada a la alienación del pensamiento. Exige que se registren “hechos”, “datos”, y que se establezcan las relaciones constantes que los vinculan. Y prohíbe ir más allá. El positivismo es, en lo fundamental, un agnosticismo. Todo pensamiento que se esfuerce por superar la película superficial de las apariencias “dadas”, del empirismo, es tachado con desprecio, por el positivismo, de “metafísica”.

El mérito de Marx consiste en haber demostrado que la objetividad no es el registro de “datos” colocados todos en un mismo plano, entre los cuales se buscan las leyes, que no serían, según la definición positivista, otra cosa que “relaciones constantes entre los fenómenos”. Semejante actitud conduce fácilmente a la apología del hecho consumado.

Esto es evidente para la economía política, pero también es cierto en otros dominios, como por ejemplo en historia. En El 18 Brumario Marx hace este reproche a Proudhon: “Proudhon intenta presentar el golpe de Estado como resultado de un desarrollo histórico anterior. Pero, entre las manos, la construcción histórica del golpe de Estado se le convierte en una apología histórica del héroe del golpe de Estado. Cae con ello en el defecto de nuestros pretendidos historiadores objetivos. Yo, por el contrario, demuestro cómo la lucha de clases creó en Francia las circunstancias y condiciones que permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de héroe”11.

Es preciso volver a los análisis de El Capital para comprender cómo supera Marx el positivismo en economía política y en historia. El método de Marx consiste en investigar las relaciones humanas ocultas detrás de la apariencia objetiva de las cosas, las contradicciones de clase, como motor escondido del desarrollo histórico. Y en ese terreno el materialismo marxista, descubre detrás de los fenómenos aparentes, las verdaderas causas del movimiento. A la definición positiva de la ley -relación constante entre los fenómenos- se opone la concepción marxista: “La vinculación interna y necesaria entre dos apariencias”12.

En su estudio sobre “el contenido económico del populismo”, de 1894, Lenin trazó con precisión las fronteras entre el “objetivismo” burgués y el “materialismo” proletario: “El objetivista habla de la necesidad de un proceso histórico dado; el materialista hace constar con precisión que existen la formación social-económica dada y las relaciones antagónicas engendradas por ella. Al demostrar la necesidad de una serie dada de hechos, el objetivista siempre corre el riesgo de convertirse en un apologista de los mismos; el materialista pone al desnudo las contradicciones de clase, y al proceder así fija ya su posición. El objetivista habla de ‘tendencias históricas invencibles’; el materialista habla de la clase que ‘administra’ el orden de cosas económico dado, creando determinadas formas de reacción de las otras clases. Como vemos, el materialista es, de una parte, más consecuente que el objetivista y aplica su objetivismo con mayor profundidad y plenitud. No se limita a señalar la necesidad del proceso, sino que aclara qué formación social-económica es precisamente la que da su contenido a ese proceso, qué clase, precisamente, determina esa necesidad. En el caso dado, por ejemplo, el materialista no se limitará a hacer constar que hay ‘tendencias históricas invencibles’ y señalaría la existencia de ciertas clases que determinan el contenido del orden de cosas dado y excluyen cualquier posibilidad de salida que no sea la acción de los productores mismos. Por otra parte, el materialismo supone el partidismo, por decirlo así, imponiendo siempre el deber de defender franca y abiertamente el punto de vista de un grupo social concreto siempre que se enjuicie un acontecimiento”13.

Así la primera exigencia del materialismo dialéctico, que se identifica con el “punto de vista” del proletariado, es la de reconocer la realidad. Y la realidad no es solo el fluir superficial de las apariencias que el positivismo se limita a registrar, sino el devenir profundo de las esencias, cuyos encadenamientos necesarios expresa la dialéctica.

Semejante oposición de los “puntos de vista” de la burguesía y del proletariado no vale solo para la economía política y la historia, ni incluso para las ciencias sociales en general, sino que, en estas ciencias, la ideología burguesa representa un papel mucho más evidente que en las ciencias de la naturaleza.

Ese “punto de vista” de la burguesía no es solo el positivismo; es también el individualismo, que es a la vez expresión de las condiciones de existencia del hombre en la sociedad burguesa y de la rebelión contra esas condiciones. Cuando la economía mercantil, y luego la división del trabajo, aíslan a cada individuo y amenazan a cada instante con aplastarlo con toda la fuerza ciega de sus leyes inmanentes, el individualismo es la reacción de defensa del individuo contra esas presiones mortíferas. Y esa pretensión de autonomía o, cuando menos, de “independencia” del pensamiento, viene a reforzar aun más las ilusiones del idealismo.

Esta “alienación” del pensamiento burgués va mucho más allá de la economía política y de la historia. Se extiende a todos los dominios del pensamiento, incluso los de la filosofía, la literatura, el arte y las ciencias de la naturaleza. Marx lo demostró en primer lugar para la filosofía: “Hegel -escribe- se coloca en el punto de vista de la economía moderna.”14 Este “punto de vista” que es a la vez el de la burguesía y el de la alienación, nace de las condiciones de la realidad misma. Todas las ilusiones del pensamiento surgen de la alienación de nuestra vida real, las contradicciones del pensamiento reflejan las contradicciones que existen en la realidad.

Las ilusiones especulativas de Hegel encuentran aquí su fuente:

- La creencia en una actividad autónoma del pensamiento.

- La ilusión de una creación de la realidad por el pensamiento.

- La inversión fundamental por la cual el conocimiento se identifica con la realidad o se convierte mas bien en la única realidad.

- La esclerosis del método dialéctico que se fija en un sistema inmutable.

La influencia del desarrollo social, en las ciencias, es igualmente considerable, y el “punto de vista” burgués, en ese dominio, niega esta influencia y tiende a hacer creer en un desarrollo autónomo del conocimiento científico, que se movería libremente por encima de las fuerzas productivas, de las relaciones de producción y de las superestructuras.

Sin demorarnos en los detalles de esta demostración, que por lo demás ya hemos hecho, nos bastará con recordar que:

1° El desarrollo de las fuerzas productivas representa un papel de importancia en el desarrollo de la ciencia.

Antes de nada, porque las exigencias de la técnica plantean problemas a la ciencia. Por ejemplo, si tres sabios -Carnot en Francia, Joule en Inglaterra, Mayer en Alemania- descubrieron simultáneamente, y en forma independiente uno de otros, la equivalencia entre el calor y el trabajo, ¿no es acaso porque esas leyes abstractas aportaban una solución al problema técnico esencial que se planteaba ante los ingenieros de la época: el del funcionamiento de la máquina de vapor?

En segundo término, porque el desarrollo de las fuerzas productivas permite aplicar e introducir en la vida de las ideas científicas, y proporciona a las ciencias sus instrumentos de investigación (telescopios, microscopios, etc.)

Y, finalmente, porque ese desarrollo orienta en gran medida las formas y los métodos de organización de la ciencia, gracias al sistema de las bibliotecas, de los laboratorios, de la imprenta, del microfilm, de los diversos procedimientos de intercambio cultural, etc.

2° El estado de las relaciones de producción representa un papel determinante en el desarrollo de la ciencia.

En primer lugar, porque de esas relaciones depende la orientación y la utilización de la ciencia. El maquinismo, la psicología, la sociología, son puestos a disposición del capital para aumentar la productividad, la biología se convierte, no en una ciencia de la vida, sino en la ciencia de la muerte para la preparación de una guerra bacteriológica; la física nuclear se orienta hacia la fabricación de bombas o bien hacia la producción de energía para usos pacíficos.

Luego, porque de las relaciones de producción depende la organización social de las instituciones científicas: laboratorios de investigaciones colocados bajo la dependencia de las publicaciones de libros o revistas en relación con las casas editoras; secreto de las investigaciones exigido por la competencia; maltusianismo científico de los monopolios en previsión de crisis económicas; desarrollo desigual de las ciencias en función de la rentabilidad de las investigaciones en un régimen dominado por la ley de la ganancia máxima, etc.

3° Las superestructuras, y en especial las concepciones religiosas o filosóficas de las clases sucesivamente dominantes, representan un papel considerable en el desarrollo de las ciencias.

Es notable, en particular, que la ideología de las clases decadentes desempeña un papel de freno en relación con la investigación científica. El feudalismo decadente, con su ideología católica, no se conformó con quemar o condenar por la Inquisición a los pensadores de tendencia materialista, desde Giordano Bruno a Descartes (cuyas enseñanzas fueron prohibidas en la Sorbona “por toda la vida”), sino aun a los sabios cuyas enseñanzas contradecían las de la iglesia, como Galileo.

Hoy la ideología de la burguesía decadente ha llegado a crear falsas ciencias como la “geopolítica”, elogiada para justificar el expansionismo agresivo de los hitleristas; a establecer falsas leyes como la pretendida “ley de la fertilidad decreciente de los suelos”, que no expresa otra cosa que los efectos devastadores de los métodos capitalistas de agricultura y que se pretende erigir en ley objetiva de la naturaleza. Finalmente, con formas más sutiles, las interpretaciones filosóficas se infiltran hasta el corazón de las teorías científicas, ya sea para imponer extrapolaciones arbitrarias a partir de hechos reales, como, por ejemplo, las teorías de “la expansión del universo”, por las cuales el canónigo Lemaitre se esforzó en justificar las concepciones “creacionistas” de la iglesia; ya sea para orientar a las ciencias en el sentido del irracionalismo caro a la burguesía decadente. Para negar la existencia de un desarrollo objetivo necesario de la historia, en nombre del cual el marxismo ha demostrado que el capitalismo se encaminaba a la ruina, se ha llegado a apoyar toda tentativa de negar la existencia de leyes objetivas en general, aun en la naturaleza, y a demostrar alta estima a toda doctrina “indeterminista”. El físico Jordan, en su libro La física del siglo XX, publicado en Nueva York en 1944, subraya con orgullo que su concepción del mundo, indeterminista e idealista, permite “la liquidación del materialismo” y garantiza un espacio vital a la religión. El astrónomo inglés Eddington desarrolla el mismo tema en su libro La naturaleza del mundo físico. Y Bertrand Russell, en su obra, sobre El espíritu científico y la ciencia en el mundo moderno, explica crudamente que las concesiones de los sabios a la religión son la acción de “ciudadanos aterrorizados por la guerra de 1914-1918 y la revolución rusa”, deseosos de “defender la virtud y la propiedad”.

Sería manifiestamente absurdo atribuir a todo sabio influido por el idealismo o el indeterminismo el designio conciente de ponerse al servicio de la reacción social, pero lo cierto es que las fuerzas de la reacción social, que tienen a su disposición la casi totalidad de los medios de difusión del pensamiento -en particular las editoriales y las revistas-, y, por intermedio del Estado, la universidad, hacen el máximo de ruido en torno a la propaganda de las ideas que las sirven y organizan en silencio sobre las demás.

Es así que la ideología de la clase dominante se convierte en la ideología dominante. En la hora actual, en las ciencias, esa ideología dominante es la del positivismo, que se acomoda a todas las variantes del idealismo y del indeterminismo. Esta ideología es tanto más insidiosa cuanto que se hace pasar como carente de toda ideología y adula la inclinación de muchos sabios a despreciar la filosofía.

Por lo tanto se trata de una ilusión: “Sea cual fuere el desdén que se abrigue por todo pensamiento teórico -hacía notar Engels-, no es posible vincular los hechos de la naturaleza o entender las relaciones existentes entre ellos sin pensamiento teórico”15. La elección no es, entonces, entre una teoría y una simple descripción positivista de los fenómenos, sino entre una teoría falsa (que es una teoría, aunque lo ignore) y una teoría justa. “El empirismo exclusivo, que cuando mucho se permite pensar bajo la forma de cálculo matemático – agrega Engels-, se imagina que opera solo con hechos innegables. Pero en realidad opera principalmente con las ideas tradicionales, con los productos en gran parte superados del pensamiento de sus antecesores… Estas ideas tradicionales le sirven de base para cálculos matemáticos al infinito, en el curso de los cuales el rigor de la formulación matemática le hace olvidar agradablemente la naturaleza hipotética de las premisas”16.

Por lo demás no basta con decir que ese positivismo proviene de una filosofía errónea. Constituye un freno para la propia investigación científica, la esteriliza. En un estudio sobre Henri Poincaré, Louis de Broglie ha demostrado cómo la filosofía relativista y positivista de Poincaré terminó por “esterilizar” algunas de sus investigaciones y principalmente le impidió entrever la teoría de la relatividad: “El punto de vista ultracrítico de Henri Poincaré puede ser un poco peligroso, ya que inspira un escepticismo injustificado en relación con las teorías científicas. Algunos ejemplos bastan para demostrar que existe siempre una infinidad de teorías posible para explicar los mismos hechos experimentales, y nos parece seguro que incluso cuando hay una gran cantidad de teorías lógicamente equivalentes el físico puede, con todo derecho, pensar que una de ellas se adapta más a la realidad física profunda, es más susceptible de generalización, más apta para revelarnos armonías ocultas. El escepticismo de Poincaré podía ser desalentador y esterilizante. Quizás él mismo lo había esterilizado un poco en sus investigaciones de física teórica, ya que, como tenía un conocimiento profundo de las dificultades de la electrodinámica de los cuerpos en movimiento, que presentan el carácter general del principio de relatividad, no supo percibir esa magnífica doctrina de la relatividad, que se impuso bruscamente al espíritu más joven y menos escéptico de Albert Einstein. Convencido de que, con la ayuda de hipótesis apropiadas, es siempre posible considerar el aspecto físico como euclidiano, ¿habría podido Poncaré -como lo hizo Einstein algunos años después de su muerte- pasar de la relatividad restringida a la relatividad general, con solo considerar la métrica del espacio-tiempo como no euclidiana y extraer de esa intuición geométrica sobre la naturaleza del espacio-tiempo la magnífica interpretación de las leyes de la gravitación, que hoy ya es clásica?17.

En resumen, aparece claro que hoy, para el libre desarrollo del pensamiento y de la ciencia, es necesario liberarse del “punto de vista” de la burguesía, que es de la alienación y que, debido precisamente a esa alienación, conduce al idealismo, al individualismo, al positivismo, que constituyen otros tantos frenos para el desarrollo de la cultura, del arte, de las ciencias, de la filosofía.

El “punto de vista” de la burguesía es el de la alienación.

El “punto de vista” de la clase obrera es el de la práctica.

¿Cómo puede realizarse el paso de uno a otro, y cuáles son las consecuencias filosóficas de ese cambio del punto de vista de clase?

Aquí, una vez más, el paso de la economía política burguesa al marxismo nos permitirá aclarar el problema. La economía política clásica parte de la situación creada por el modo capitalista de producción como de un dato natural y eterno. Así se desarrolló en el interior del capitalismo y, por consiguiente, en el interior de la alienación.

Para superar ese punto de vista superficial que solo permite clasificar hechos considerados como datos irreductibles, medirlos y extraer las relaciones que los vinculan; para descubrir lo que la economía burguesa consideraba como un dato inicial, la propiedad capitalista, por ejemplo, una relación entre los hombres -y una relación contradictoria-, había que ubicarse en un punto de vista distinto del punto de vista del burgués: en el “punto de vista” del que experimenta esa contradicción, que es aplastado o desgarrado por ella. Ya hemos visto que desde el punto de vista del patrono la compra de una máquina o la contratación de un obrero se expresa, en el cálculo del precio de venta, por la misma operación de contabilidad. Desde el punto de vista del obrero, la introducción de una nueva máquina crea una serie de dramas personales: amenaza de desocupación, aceleración del ritmo de trabajo, nuevos riesgos, etc. El obrero experimenta muy concretamente esa diferencia y se rebela contra ella en forma más o menos frustradas desde principios del siglo XIX, en que reacciona espontáneamente destruyendo las máquinas.

Esto quiere decir que los problemas se plantean en forma distinta en la cabeza del ideólogo burgués, que acepta como datos de hecho y como datos necesarios y naturales el conjunto de las condiciones del sistema burgués, y en la cabeza del obrero, que siente pesar sobre sí el conjunto de esas condiciones como amenazas. “Pero esos obreros de masas, comunistas, que trabajan, por ejemplo, en los talleres de Manchester y Lyon, no creen que puedan eliminar mediante ‘el pensamiento puro’ a sus amos industriales y su propia humillación práctica. Se dan cuenta, muy dolorosamente, de la diferencia que existe entre el ser y el pensar, entre la conciencia y la vida. Saben que la propiedad, el capital, el dinero, el trabajo asalariado, etc., no son precisamente quimeras ideales de sus cerebros, sino creaciones muy prácticas y muy materiales de su autoenajenación, que solo podrán ser superadas, asimismo, de un modo práctico material, para que el hombre se convierta en hombre, no solo en el pensamiento, en la conciencia, sino en el ser real, en la vida.”18

Al oponer de este modo, a los filósofos especulativos, el punto de vista de la clase obrera; Marx subraya que, cuando se reflexiona sobre el mundo tal como es experimentado y vivido en la práctica cotidiana del obrero y no solo en la especulación del ideólogo, los problemas se postulan en términos materialistas. El obrero no lucha solo con los símbolos, sino también con las cosas. Su punto de vista es el de la práctica y no el de la alienación.19 Y la filosofía puede pasar de las luchas ideales a las luchas reales ubicándose en ese punto de vista de la clase obrera, y no en el de la burguesía.

“La solución de las oposiciones teóricas solo es posible de una manera práctica20 escribe Marx, subrayando con ello que, en un régimen social donde las contradicciones engendran y nutren la alienación, la única manera de superar la alienación es la de luchar por la destrucción de ese régimen. Pero esa lucha implica una toma de posición política, una posición de clase. Supone que se toma partido, en la lucha de clases, por aquella clase que encarna el momento de la negatividad de la dialéctica histórica; que se adopta el punto de vista de la clase obrera; que ésta, en razón de su situación objetiva, no solo tiene necesidad -a la manera de las diversas escuelas de la filosofía burguesa- de cambiar el modo de ver las cosas, sino de cambiar el orden mismo de las cosas.

Esta génesis del pensamiento marxista permite disipar las confusiones que los adversarios del marxismo o los vulgarizadores simplistas han acumulado sobre estos problemas:

No es cierto que la posición de partido, en filosofía y en las ciencias, conduzca a un subjetivismo de clase.

No es cierto que, al hablar del “punto de vista de la clase obrera”, se conceda al proletariado una especie de ciencia infusa y se sustituya la filosofía por la “espontaneidad” de la clase obrera.

No es cierto que, al afirmar la necesidad de ubicarse en el punto de vista de la clase obrera antes de elaborar una ciencia plenamente objetiva, se exija un acto de fe arbitrario y se caiga en el voluntarismo.

___________

(*) Garaudy, Roger, Humanismo marxista (Cinco ensayos polémicos), parte IV, Sobre los intelectuales. Ediciones Horizonte, octubre de 1959, Buenos Aires, Argentina.

(9) “Manuscritos de 1844”, capítulo sobre “El trabajo alienado”.

(10) Véase el capítulo I: “Sobre la alienación”.

(11) Prefacio a la segunda edición alemana (1869) de El 18 Brumario de Luis Bonaparte, en Mrax-Engels, Obras escogidas, Ed. Cartago, B. Aires, 1957, pág. 157.

(12) El Capital.

(13) Lenin: Obras completas, Ed. Cartago, B. Aires, 1958, t. I, págs. 419-420. Véase también pág. 454: “El punto de vista marxista es el del descubrimiento de las contradicciones de clase en la acción de la sociedad y del Estado”. Véase igualmente pág. 463: “El marxismo considera necesario estudiar con todo detalle las clases que se forman en la sociedad capitalista y estima fundada únicamente la crítica hecha desde el punto de vista de una clase determinada, una crítica que no se base en los razonamientos ‘morales’ del individuo, sino en la formulación exacta del proceso que se produce efectivamente en la sociedad”.

(14) C. Marx: “Manuscritos de 1844: Economía política y filosofía”, Obras filosóficas, t. VI, pág. 70.

(15) F. Engels: Dialéctica de la naturaleza.

(16) F. Engels: Dialéctica de la naturaleza.

(17) L. de Broglie: Savants et découvertes, “Notice su Poincaré”, pág. 55, Albin Miche, 1951.

(18) La sagrada familia, ed. cit., pág. 118.

(19) Esto no excluye de ninguna manera que el obrero sea víctima también él, por el juego de la economía monetaria en la cual participa y por la presión de la ideología de la clase dominante, de ilusiones engendradas por la alienación.

(20) “Manuscritos de 1844”, Obras filosóficas, t. VI, pág. 34 (véase también pág. 63).

Creación

Un Poema de Carlos F. Changmarin*

 

Negro soy de Panamá

 

Negro soy del Marañón,

negro de Guachapalí,

negro desde que nací

en el oscuro rincón.

 

Soy el tigre, soy el león,

soy el palo del macano,

soy el lucero temprano

y la piedra de diamante…

vengo del pueblo cantante,

libertario y soberano.

 

Yo soy hijo de una negra

con negro de San Miguel.

Negro por parte de padre

también por la madre de él.

 

Negro estuve y negro fui,

negro crecí y negro estoy,

negro lucho hasta la muerte,

negro con ella me voy.

 

Negro vine de los mares

en la noche colonial,

negro como no hay ninguno

y más negro en el canal.

 

Yo no gimo, yo no lloro

yo no me quejo de mí,

aunque de negro me muero

desde el día que el mundo vi.

 

Hay negros que negros son:

negro fue el Maceo cubano;

negro que rompió cadenas,

fue nuestro negro Bayano.

 

Negro soy de la negrura,

negro de caja y tambor,

negro de cumbia y curacha

y de fantasía y amor.

 

Y no por negro he de ser

basura de los demás…

Un día vendrá más temprano.

Esclavo? nunca jamás!

 

Roja se verá la sangre

señores, de mar a mar

y ese día los negros congos

tendrán ganas de bailar.

 

Negro soy del Marañón

Negro de Guachapalí.

Ay, negra tócame aquí

donde tengo el corazón!

Pues quiero bailar un son.

Hagan rueda por mitad.

Me gusta la claridad

y el verso que voy cantando,

y quiero morir peleando

al son de la libertad. 

 

*Poeta panameño. Nació en 1924. Libros: Poemas Corporales; Punto y Llanto; Dos Poemas; Los versos de Muchachita; Los versos del pueblo. (Nota del Comité de Redacción).

martes, 3 de marzo de 2026

Pronunciamiento

¡Defender el Pensamiento de Mariátegui de Toda Tergiversación y Desarrollarlo en Función de la Realidad Actual!





PRONUNCIAMIENTO

¡Abajo la Guerra Imperialista Contra Irán!

El Comité por la Reconstitución del Partido de Mariátegui y el Comité de Coordinación por la Reconstitución del Partido de Mariátegui repudian y rechazan enérgicamente la agresión militar que Estados Unidos e Israel han cometido contra la República Islámica de Irán el día 28 de febrero.

Rechazamos enérgicamente las ambiciones imperialistas de ambas potencias que se esconden detrás del intento de cambio del régimen iraní. Irán es un país soberano y solo ellos pueden decidir qué rumbo tomar.

Rechazamos y condenamos la guerra imperialista contra Irán, el asesinato de su Líder Supremo Ali Jamenei, los crímenes de guerra que cometen en tierra iraní los Estados Unidos e Israel con el falso pretexto de que Irán está fabricando una bomba nuclear, cuando los más altos dirigentes de este país han desmentido tales propósitos.

La agresión militar imperialista, y el brutal asesinato de niños y niñas, lo que da cuenta de su moral, expresa no solo la debilidad de la burguesía imperialista de los Estados Unidos, sino el conflicto inter imperialista, así como la pugna por el declive del petróleo como recurso energético, frente a las nuevas fuentes de energía.

De otro lado, el régimen de los ayatolas, como una burguesía teocrática y reaccionaria que, aunque se opone al imperialismo, también oprime a su propia clase obrera para mantener privilegios de élite, lo que genera una doble lucha para los trabajadores iraníes, incluyendo a las mujeres, las que sufren una doble, y hasta una triple opresión.

 

Comité por la Reconstitución del Partido de Mariátegui

Comité de Coordinación por la Reconstitución del Partido de Mariátegui


lunes, 2 de marzo de 2026

Política

¡Defender el Pensamiento de Mariátegui de Toda Tergiversación y Desarrollarlo en Función de la Realidad Actual!

 

Carlos Moreno Pretende Tapar el Sol con un Dedo 

(Cuarta Parte) 

Eduardo Ibarra 

MORENO DICE: 


En cuanto al Movimiento Nacional Renovemos también Ibarra supone cosas y lo considera una amalgama. Renovemos no pretende ser un partido, por lo tanto no tiene porque (sic) exigir que todos sus miembros sean ML; es un frente de ciudadanos y ciudadanos para tratar de ser Alternativa de un Frente político que se propone como tarea principal orientar en lo político a las masas hacia la necesidad de construir un Perú Integral rumbo al Socialismo, entendiendo que antes de entrar a la etapa socialista de la revolución peruana, se tendrá que cumplir la etapa democrático nacional o democrático popular, para lo cual es fundamental unir a las amplias masas del pueblo en torno a esta tarea de contenido antiimperialista, antineoliberal y antifascista llegado el caso. (…) Renovemos aglutina a socialistas, democráticos revolucionarios y progresistas de izquierda; eso no es amalgama es un frente único en torno a. (sic) un Programa en construcción, en torno a un Ideario de siete ideas fuerza para el cambio social. La participacion (sic) electoral no es prioritaria en Renovemos aunque no se descarta en condiciones de debilidad del movimiento popular y revolucionario. 

Pues bien, Mariátegui sostuvo: 


El frente único no anula la personalidad, no anula la filiación de ninguno de los que lo componen. No significa la confusión ni la amalgama de todas las doctrinas en una doctrina única. 

Esta cita da a entender claramente que, cuando se anula la filiación de los componentes del frente, cuando se impone en su seno el confusionismo ideológico, cuando se combinan las diversas doctrinas en una sola, tenemos un frente amalgama. De manera pues que, así como hay un partido amalgama, hay también un frente amalgama. 

       Conforme al marxismo, el reformismo y el oportunismo están fuera de la identidad fundamental de los intereses de clase del pueblo: el reformismo porque no tiene más horizonte que maquillar el capitalismo, y el oportunismo porque no es otra cosa que la asunción de la ideología burguesa (ver nuestro artículo “Acerca de las contradicciones antagónicas en el seno del pueblo”, que republicamos en esta misma edición de nuestro blog). Y ocurre que, pretendiendo defender al Movimiento Renovemos ante nuestra crítica, Moreno no ha podido evitar poner en evidencia la concepción que tiene su grupo del frente unido: hemos visto en su cita que enumera los tipos políticos que aglutina Renovemos. Pues bien, hace mucho hemos demostrado que, en el lenguaje de los liquidadores (liberales disfrazados de marxistas), el término socialista sirve para calificar a elementos de las más variadas posiciones oportunistas; esta mixtificación, que Lenin criticó, fue tomada servilmente por Lastra del grupo de Ramón García y la impuso con toda facilidad a sus copartidarios. Así, pues, los revisionistas no son ya revisionistas, sino “socialistas”; los trotskistas no son ya trotskistas, sino “socialistas”; los liquidadores no son ya liquidadores, sino “socialistas”. De manera pues que, cuando Moreno dice que Renovemos aglutina a “socialistas”, no puede dejar de entenderse que se refiere a toda clase de oportunistas. Por otro lado, cuando nuestro liquidador habla de “progresistas de izquierda”, hay que entender precisamente eso: que se trata de progresistas, o sea, de reformistas, no de revolucionarios. Y, en cuanto a los “demócratas revolucionarios”, es preciso reconocer que no es fácil saber con exactitud a quiénes se refiere. 

       En esta concepción oportunista del frente unido que sostiene el grupo de Moreno, el antagonismo existente entre el revolucionarismo y el reformismo y entre el marxismo y el oportunismo es, prácticamente, escamoteado y desaparecido del mapa. Es así como se consuma el frente amalgama, y cualquiera comprenderá que la filiación de los marxistas –valga la expresión– que puedan ser miembros del MNR, queda políticamente anulada por compartir con reformistas y oportunistas, esto es, con elementos que no representan la identidad fundamental de los intereses de clase del pueblo. Estos intereses son la unidad revolucionaria de las clases trabajadoras y la lucha por la toma del poder. ¿Puede ser revolucionario un frente compuesto por reformistas y oportunistas? ¿Puede un frente con esta composición convertirse en un frente revolucionario? ¿Izquierda Unida se convirtió en un frente revolucionario? ¿El frente Unidad Popular que sustentaba el gobierno de Salvador Allende se convirtió en un frente revolucionario? 

Así las cosas, el frente revolucionario que propuso y defendió Mariátegui es puesto a un lado y suplantado por un frente con la pequeña burguesía reformista y algunas tendencias oportunistas, es decir, por un frente electorero. Cualquier marxista sabe que la filiación política de la militancia de un frente se impone sobre cualquier fraseología revolucionaria que pueda estamparse en el papel y, precisamente, la militancia de Renovemos está compuesta por una mayoría de reformistas y oportunistas, y lo mismo ocurría en lo que fue el Frente Amplio, cuya composición comprendía al grupo de Moreno: “nuestra organización decidió participar en el Frente Amplio para encarar nuestras responsabilidades como socialistas en la lucha electoral”, se dice en la página 63 del folleto “Lecciones del proceso electoral. Tareas de la izquierda peruana”. Es decir, el autor del folleto, y con él otros liquidadores más, creían que cumplían sus “responsabilidades como socialistas en la lucha electoral” amalgamándose con una abrumadora mayoría de reformistas y oportunistas. Así como Moreno reconoce, sin querer, esta amalgama para el caso de Renovemos, bajo la firma de un “Comité Creación Heroica” el autor del citado folleto, Lastra, la reconoce abiertamente para el caso de lo que fue el Frente Amplio: 


El sector reformista y el sector socialdemócrata…  tienen predominancia en el Frente Amplio. (Lugar citado, p. 49). 

Es decir, el Frente Amplio era un frente reformista, electorero, que, por lo tanto, tenía como objetivo maquillar el sistema capitalista y, de esta forma, hacerlo pasable. Aquí no hay por dónde perderse. Por lo que hemos visto, esto es válido también  para Renovemos. 

Con la frase “Renovemos no pretende ser un partido, por lo tanto no tiene porque (sic) exigir que todos sus miembros sean ML”, nuestro liquidador insinúa que en algún lugar hemos sostenido que Renovemos debe “exigir” que todos sus miembros sean marxista-leninistas. Pero ocurre que cualquiera que haya seguido nuestra polémica con Moreno y Lastra, tiene que darse cuenta de que su insinuación es nada más que una nueva calumnia contra nosotros. 

       Lo que hemos dicho de Renovemos (y de lo que fue Frente Amplio, que tantas ilusiones les provocaba a Lastra y compañía), es lo siguiente: 


… el llamado Movimiento Renovemos, del cual [el grupo de Lastra] forma parte, no es un organismo que tenga como objetivo la lucha por el poder, y el Frente Amplio, del cual también forma[ba] parte, tampoco [tenía] dicho objetivo. (…) Lastra no termina de entender algo que todo marxista inteligente entiende: así como el partido se constituye para la revolución (y se reconstituye para este mismo fin), EL FRENTE TAMBIÉN SE CONSTITUYE PARA LA REVOLUCIÓN. (…) Es notorio que Lastra no tiene ni la menor idea de la noción “izquierda de la derecha”. Con esta “izquierda”, es decir, con esta derecha, Lastra se encuentra organizado en el MNP y [estuvo] organizado en el Frente Amplio. Y se entiende [esta realidad], pues, en su condición de liquidador, él mismo es un introductor de la ideología burguesa entre las clases trabajadoras… En resumidas cuentas, Lastra se opone a la táctica leninista y a la teoría mariateguiana sobre el frente unido del pueblo peruano y, por vía de consecuencia, a la estrategia revolucionaria. (“El trasfondo de un artículo de Carlos Moreno”) 

Ciertamente el concepto de revolucionario es más amplio que el concepto de marxista. En consecuencia, si de lo que se trata es de construir un frente revolucionario –y precisamente es de esto que se trata–, su composición debe comprender a marxistas y revolucionarios de distinta filiación, y no, por supuesto, a marxistas, reformistas y oportunistas, como ocurre en el Movimiento Renovemos y como ocurría en el Frente Amplio. Esto es una verdad elemental. 

En el mismo folleto citado arriba, Lastra ha escrito lo que sigue: 


El frente único contra el neoliberalismo solo podrá desarrollarse… sin confundir la contradicción antagónica, que tenemos con el capitalismo neoliberal, con las contradicciones no antagónicas, que existe (sic) entre todos los que trabajamos en el frente único… (p. 8). 

Entonces, es claro que para Lastra las contradicciones ANTAGÓNICAS entre el revolucionarismo y el reformismo y entre el marxismo y el oportunismo en el Frente Amplio, ¡NO SON ANTAGÓNICAS! Es decir, Lastra recurre al sofisma metafísico de unir dos en uno y, de esta forma, silencia tales contradicciones antagónicas porque a eso lo conduce su mutilación de la dialéctica marxista y porque esta mutilación le sirve para sustentar su oportunista política de frente. Esta posición oportunista es la misma que la de Moreno en relación al MNR. Pues bien, esta política es una flagrante tergiversación de las enseñanzas de Marx, Engels, Lenin, Stalin, Mao y Mariátegui.     

Como hemos visto, Moreno dice que Renovemos “es un frente único en torno a. (sic) un Programa en construcción, en torno a un Ideario de siete ideas fuerza para el cambio social”. Pero sucede que su grupo no tiene ningún diagnóstico de la realidad peruana actual en lo económico, político, social y cultural que pueda servirle de base para la elaboración de un programa, salvo que, como otras veces, Lastra copie ideas de aquí y de allá para elaborar el programa del MNR.(2) Más aún: las “siete ideas fuerza” de las que se ufana Moreno, contienen una desvergonzada tergiversación del pensamiento de Mariátegui consistente en la suplantación de la etapa de nueva democracia de nuestra revolución socialista por uno de sus productos: el Perú Integral, aberración que, para variar, Moreno ha sido incapaz de captar. Así que, a más de lo apuntado anteriormente, en el “programa en construcción” de Renovemos tenemos un concreto caso de antimariateguismo.

 

Nota

[2] En “Intermezzo polémico” Mariátegui subraya que “un programa no es anterior a un debate sino posterior a él.” En el caso del programa de la revolución de nueva democracia, el debate tiene que ser sobre la realidad peruana actual, que no es exactamente la misma que en el tiempo de Mariátegui, pues, a más de haber cambiado algunos de sus aspectos en algún grado, algunos otros aspectos han caducado por desarrollo histórico. Entonces, el debate sobre esta realidad es la base insustituible del programa de la revolución y, como ya señalamos, el grupo de Moreno y Lastra no cuenta con esta base.



Nota:

 

El artículo de Eduardo Ibarra que republicamos a continuación es un análisis de la experiencia histórica de la organización del movimiento proletario internacional. En este análisis el autor muestra el proceso por el cual el partido proletario adquiere una fisonomía marxista a costa del partido-frente como fue la Primera Internacional, la caducidad histórica de este tipo de partido, el oportunismo que significó la intentona de Kaustky de resucitar el partido amalgama, la lucha de Lenin por un partido proletario de nuevo tipo, la formulación del concepto de frente unido, la caducidad histórica de un centro orgánico como la forma de organización del movimiento comunista internacional y la necesidad, desde hace ocho décadas, de un centro ideológico-político que impulse el desarrollo independiente y autónomo de los diversos partidos proletarios. En lo concerniente a la política exterior del Partido, este artículo es una contribución a la reconstitución del partido de Mariátegui.

  

   03.2026.

   Comité de Redacción.

 

 

¡Defender el Pensamiento de Mariátegui de Toda     Tergiversación y Desarrollarlo en Función de la Realidad Actual!

 

 

La Tercera Internacional y Nuestro Tiempo

 

(Escrito con motivo del centenario de la fundación Tercera Internacional)

 

E. I.

 

El próximo 6 de marzo del año en curso se cumple el Centenario de la fundación de la Tercera Internacional y, como es obvio, ello es una circunstancia propicia para plantear algunas ideas. Solo algunas ideas, pues, como se comprenderá, una exposición de la historia de dicha organización y, por lo tanto, un análisis detallado de sus méritos y sus errores, exigiría la escritura de todo un volumen.

 

Así, pues, aquí examinaremos únicamente su significación en el proceso histórico de la organización internacional del proletariado, así como la enseñanza fundamental que arroja su experiencia.

 

I

 

La Asociación Internacional de Trabajadores o Primera Internacional (1864-1872), fundada por Marx y Engels, fue una organización conformada por las diversas tendencias del socialismo de la época. Engels se refirió a esta circunstancia en una carta del 27 de enero de 1887 a Florence Kelley Wischnewetski:

 

Cuando Marx fundó la Internacional, redactó el Reglamento de manera que pudieran ingresar todos los obreros socialistas de esa época: proudhonistas, lerouxistas e incluso el sector más avanzado de las tradeunions inglesas; y fue sólo gracias a esta amplitud que la Internacional llegó a ser lo que fue: el medio para disolver y absorber gradualmente a todas estas sectas secundarias, con excepción de los anarquistas, cuya repentina aparición en varios países no fue sino el efecto de la violenta reacción burguesa que sucedió a la Comuna y que por ello podíamos dejar que se marchitasen solos, como ocurrió. Si de 1864 a 1873 hubiéramos insistido en trabajar sólo con quienes adoptaban ampliamente nuestra plataforma, ¿dónde estaríamos hoy? Creo que toda nuestra experiencia ha mostrado que es posible trabajar junto con el movimiento general de la clase obrera en cada una de sus etapas sin ceder u ocultar nuestra propia posición e incluso nuestra organización, y temo que si los alemanes norteamericanos eligen una línea distinta cometerán un grave error. (Correspondencia Marx-Engels, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1973, p. 364; en adelante, Correspondencia).

 

De estos conceptos engelsianos, se desprenden las siguientes    conclusiones:

 

1. La unidad de la Primera Internacional fue de carácter programático, y no doctrinal; sobre la base de esta unidad, Marx y Engels se propusieron absorber doctrinariamente a las diversas corrientes no marxistas.

2. Determinada por la situación ideológica de la clase obrera europea de la época, dicha unidad programática hizo de la Primera Internacional un partido-frente.

3. La experiencia de la primera organización internacional del proletariado mostró que es posible –y necesario– trabajar con «el movimiento general de la clase obrera en cada una de sus etapas.»

4. Este trabajo con el movimiento no tiene por qué significar «ocultar nuestra propia posición e incluso nuestra organización.»

 

En este cuadro general, Marx y Engels educaron a los trabajadores en la conjugación de la lucha económica y la lucha política, en el principio de que la conquista del poder político es el gran deber de la clase obrera, en la idea rectora de que la emancipación de la clase obrera debe ser obra de la propia clase obrera y en el espíritu del internacionalismo proletario. Al mismo tiempo, desplegaron la lucha contra el proudhonismo, el blanquismo, el lassallismo, el bakuninismo y el tradeunionismo inglés, preparando así el triunfo del marxismo y los cuadros que más tarde contribuirían a la fundación de partidos marxistas de masas en diversos países.

 

Así, pues, el resultado de la lucha ideológica contra las distintas corrientes del socialismo premarxista fue la premisa de la ulterior unidad marxista del proletariado revolucionario.

 

Mariátegui escribió sobre la Primera Internacional:

 

La Primera Internacional fundada por Marx y Engels en Londres, no fue sino un bosquejo, un germen, un programa. La realidad internacional no estaba aún definida. El socialismo era una fuerza en formación. Marx acababa de darle concreción histórica. Cumplida su función de trazar las orientaciones de una acción internacional de los trabajadores, la Primera Internacional se sumergió en la confusa nebulosa de la cual había emergido. Pero la voluntad de articular internacionalmente el movimiento socialista quedó formulada. Algunos años después, la Internacional reapareció vigorosamente. El crecimiento de los partidos y sindicatos socialistas requería una coordinación y una articulación internacionales. (La escena contemporánea, pp. 112-113).

 

La «confusa nebulosa» de la cual emergió y en la cual se sumergió finalmente la Primera Internacional fue, pues, su condición de partido-frente, tipo de partido que, después de cumplir su misión, caducó históricamente como consecuencia del desarrollo de la lucha de clases, la bancarrota del socialismo premarxista y el triunfo teórico del marxismo en el movimiento obrero.

      

       Por eso, Marx señaló:

 

La acción internacional de las clases obreras no depende en modo alguno, de la existencia de la «Asociación Internacional de los Trabajadores». Esta fue solamente un primer intento de dotar a aquella acción de un órgano central; un intento que, por el impulso que dio, ha tenido una eficacia perdurable, pero que en su primera forma histórica no podía prolongarse después de la caída de la Comuna de París. (Crítica del programa de Gotha, Ediciones en Lenguas Extranjeras, s.f., Moscú, p. 24).

 

   Por eso mismo, Engels anunció:

 

Creo que la próxima Internacional –después que las obras de Marx hayan ejercido influencia durante algunos años– será directamente comunista, y proclamará abiertamente nuestros principios. (Carta a A. Sorge del 12 (y 17) de setiembre de 1874, en Correspondencia, pp. 271-272).

 

II

 

Y así fue, en efecto: el crecimiento del movimiento obrero y de sus partidos de clase, exigió la fundación de la Segunda Internacional (1889-1914), organización adherida al marxismo.

 

Por eso, entre otras cuestiones, la Segunda Internacional significó:

 

1. La diferenciación teórica del concepto de partido doctrinariamente homogéneo del concepto de partido doctrinariamente heterogéneo y, como consecuencia, la diferenciación orgánica del partido marxista, es decir, su existencia autónoma.(1)

2. La constitución, en diversos países, del partido doctrinariamente homogéneo, tipo de partido del cual el Partido Obrero Socialdemócrata Alemán, fundado en 1869, fue su primera realización.

3. La plasmación de la más completa independencia ideológica, política y orgánica del proletariado revolucionario.

4. La adopción de una política específica que hizo posible, en las nuevas condiciones, el trabajo «junto con el movimiento general de la clase obrera»,(2) aunque con la relativa limitación de que entonces los conceptos de frente unido y hegemonía se encontraban elaborados solo a grandes rasgos.

 

Pues bien, al tener los partidos de la Segunda Internacional que desenvolver, dadas las condiciones de desarrollo relativamente pacífico del capitalismo, la lucha legal como su actividad principal, más o menos tempranamente experimentaron el surgimiento en su seno de tendencias oportunistas, y esto ocurrió sobre todo en el Partido Obrero Socialdemócrata Alemán.

 

Entonces Engels mismo empeñó la lucha contra, por ejemplo, la omisión del principio de la dictadura del proletariado del proyecto del programa de Erfurt de la socialdemocracia alemana y algunas otras posiciones oportunistas contenidas en el mismo, así como contra el cretinismo parlamentario de diversos partidos.

 

Poco después del fallecimiento de Engels, entre 1896 y 1897, Eduard Bernstein publicó algunos artículos en la revista Die Neue Zeit, en los que revisaba a Marx al reemplazar la lucha revolucionaria del proletariado por la idea utópica de la persuasión y la educación como el camino al socialismo, así como al sostener otras ideas antimarxistas. De esta forma hizo su aparición el revisionismo que, corriendo ya el siglo XX, cobró un notorio crecimiento.

      

       Lenin escribió al respecto:

 

El socialismo premarxista ha sido derrotado. Ya no continúa la lucha en su propio terreno, sino en el terreno general del marxismo, a título de revisionismo. (Marx-Engels-Marxismo, recopilación, Editorial Progreso, Moscú, s.f., p. 57).

 

Es decir, las diversas tendencias oportunistas se transformaron en revisionismo, el cual, no obstante renegar los principios del marxismo, hace uso de un lenguaje engañosamente marxista; así, pues, el revisionismo es antimarxismo disfrazado de marxismo.

 

Recapitulando la actuación de la Segunda Internacional, Stalin sostuvo en abril de 1924:

 

Fue ése un período de desarrollo relativamente pacífico del capitalismo… en que las formas legales de lucha se ponían por las nubes y se creía «matar» al capitalismo con la legalidad; en una palabra, un período en el que los partidos de la II Internacional iban echando grasa y no querían pensar seriamente en la revolución, en la dictadura del proletariado, en la educación revolucionaria de las masas. (…) En vez de una política revolucionaria coherente, tesis teóricas contradictorias y fragmentos de teorías divorciados de la lucha revolucionaria viva de las masas y convertidos en dogmas caducos. Naturalmente, para guardar las formas se invocaba la teoría de Marx, pero con el fin de despojarla de su espíritu revolucionario vivo. (Cuestiones del leninismo, ELE, Pekín, 1977, p. 12.)

 

Algunos meses después, en noviembre, Mariátegui escribió sobre el mismo tema:

 

La función de la Segunda Internacional fue casi únicamente una función organizadora. Los partidos socialistas de esa época efectuaban una labor de reclutamiento. Sentían que la fecha de la revolución social se hallaba lejana. Se propusieron, por consiguiente, la conquista de algunas reformas interinas. El movimiento obrero adquirió así un ánima y una mentalidad reformistas. El pensamiento de la social-democracia lassalliana dirigió a la Segunda Internacional. A consecuencia de este orientamiento, el socialismo resultó insertado en la democracia. (…) La guerra fracturó y disolvió la Segunda Internacional. Unicamente algunas minorías se reunieron en los congresos de Khiental y Zimmerwald, donde se bosquejaron las bases de una nueva organización internacional. La revolución rusa impulsó este movimiento. (La escena contemporánea, p. 113, negritas en el original).

 

Así, pues, el revisionismo, que había logrado corromper al Partido Obrero Socialdemócrata Alemán (así como a los demás partidos de la Segunda Internacional, excepción hecha del partido bolchevique y del grupo Espartaco de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, entre algunas otras organizaciones), se convirtió en nuestra época en un fenómeno engendrado por las condiciones económicas y sociales del imperialismo, fenómeno que, como está probado, corrompe a los partidos de la clase obrera, desvía a las masas al camino del reformismo y traiciona a la revolución. Esto ocurre en nuestra época como desarrollo de las condiciones inglesas del siglo XIX que dieron lugar al surgimiento de una aristocracia obrera y, al mismo tiempo, como continuación del oportunismo que Marx y Engels combatieron en su época.

 

En las condiciones de desborde del revisionismo, Kautsky, expresando su centrismo, planteó la convivencia de marxistas y revisionistas en un mismo partido. Esto significaba volver atrás, pero con una nota particular: mientras que, dadas las condiciones históricas entre 1864 y 1872, estuvo plenamente justificado el partido doctrinariamente heterogéneo como fue la Primera Internacional, ahora, en nuestra época, cuando el socialismo no marxista ha puesto en evidencia en todas partes su metamorfosis en revisionismo y ha mostrado, en diferentes planos y distintas formas, su servicio a la burguesía, la propuesta centrista de Kautsky significaba promover la convivencia de los marxistas y los agentes ideológicos de la burguesía en el seno de los partidos obreros.

 

Lenin, por el contrario, expresando su marxismo, planteó la expulsión de los revisionistas de los partidos obreros, la construcción de partidos doctrinariamente homogéneos, de partidos capaces de organizar la revolución proletaria e instaurar la dictadura del proletariado. Concretamente, el jefe de la revolución rusa esclareció:

 

La época imperialista no tolera la coexistencia en un mismo partido de los elementos de vanguardia del proletariado revolucionario y la aristocracia semipequeñoburguesa de la clase obrera… La vieja teoría de que el oportunismo es un «matiz legítimo» dentro de un partido único y ajeno a los «extremismos» se ha convertido hoy día en el engaño más grande de la clase obrera, en el mayor obstáculo para el movimiento obrero. El oportunismo franco, que provoca la repulsa inmediata de la clase obrera, no es tan peligroso ni perjudicial como esta teoría del justo medio, que exculpa con palabras marxistas la práctica del oportunismo, que trata de demostrar con una serie de sofismas la inoportunidad de las acciones revolucionarias, etc. Kautsky, el representante más destacado de esta teoría y al mismo tiempo el prestigio más autorizado de la II Internacional, se ha revelado como un hipócrita de primer orden y como un virtuoso en el arte de prostituir el marxismo. (Contra el revisionismo, recopilación, Editorial Progreso, Moscú, s.f., p. 275).

 

III

 

Precisamente en esas condiciones de lucha contra el revisionismo –y contra el centrismo, forma más o menos sutil de revisionismo–, surgió la Tercera Internacional o Internacional Comunista (1919-1943), partido doctrinariamente homogéneo, partido de clase, partido distinto y opuesto a la Segunda Internacional.

 

Pues bien, entre la Primera y la Segunda Internacionales, por una parte, y la Tercera Internacional, por la otra, existen varias diferencias. Anotemos las principales.

 

  1. Mientras las dos primeras surgieron en la época del capitalismo competitivo y de la preparación de las fuerzas del proletariado para la revolución, la Tercera surgió en la época del imperialismo y de la revolución proletaria.

  2. Mientras las dos primeras fueron fundadas por partidos que no se encontraban en el poder, la Tercera fue fundada por un partido que había dirigido la primera revolución proletaria triunfante y que, por lo tanto, dirigía la dictadura del proletariado.

  3. Mientras la Primera Internacional surgió cuando el marxismo coexistía con otras corrientes socialistas en el movimiento obrero y la Segunda cuando el marxismo había alcanzado un triunfo teórico completo en ese mismo movimiento, la Tercera surgió cuando el marxismo había alcanzado un desarrollo de valor universal (el leninismo) y la lucha por la revolución proletaria está a la orden del día y, además, cuando el revisionismo se presenta como el peligro principal en el movimiento comunista internacional.

  4. Mientras la Primera Internacional fue una organización limitada a los partidos de Europa y Estados Unidos de Norteamérica y la Segunda apenas pudo incorporar a su agenda la cuestión colonial, la Tercera fue ya una organización de dimensión mundial.

 

Acerca de la diferencia específica entre la Segunda y la Tercera Internacionales, Mariátegui señaló lo siguiente:

 

Este conflicto entre dos mentalidades, entre dos épocas y entre   dos métodos del socialismo, tiene en Zinoviev una de sus dramatis personae. (…) La guerra, según Zinoviev, ha anticipado, ha precipitado mejor dicho, la era socialista. Existen las premisas económicas de la revolución proletaria. Pero falta el orientamiento espiritual de la clase trabajadora. Este orientamiento no puede darlo la Segunda Internacional, cuyos líderes continúan creyendo, como hace veinte años, en la posibilidad de una dulce transición del capitalismo al socialismo. Por eso, se ha formado la Tercera Internacional. (La escena contemporánea, p. 115).

 

Dos épocas: la del capitalismo competitivo y la preparación de las fuerzas proletarias para la revolución, y la del imperialismo y de la revolución proletaria. Dos mentalidades: la del revisionismo, de un lado, y la del marxismo, del otro. Dos métodos: el método reformista (revisionista), por una parte, y el método revolucionario (marxista-leninista), por la otra.

 

En nuestra época existen, en efecto, las premisas económicas de la revolución proletaria mundial, pero, como señaló Mariátegui, hace falta el orientamiento espiritual de las clases trabajadoras; esta orientación no puede darla el revisionismo sino únicamente el marxismo-leninismo, como también señaló Mariátegui. Solo es necesario agregar que para que la revolución tenga curso en cualquier país o grupo de países, hace falta que se presente una situación revolucionaria.

      

Precisamente la Tercera Internacional desarrolló aquella orientación, es decir, puso en práctica la preparación de los partidos proletarios y de las masas trabajadoras a efecto de instaurar la dictadura del proletariado, razón por la cual Lenin señaló:

 

La importancia histórica universal de la Tercera Internacional, de la Internacional Comunista, reside en que ha comenzado a poner en práctica la consigna más importante de Marx, la consigna que resume el desarrollo del socialismo y del movimiento obrero a lo largo de un siglo, la consigna expresada en este concepto: dictadura del proletariado. (Obras escogidas en doce tomos, Ediciones Progreso, Moscú, 1977, t. IX, p. 405).

 

Teniendo en cuenta esta realidad, Mariátegui definió magistralmente la cualidad de la Tercera Internacional:

 

Si la Segunda Internacional no se obstinara en sobrevivir, la juventud revolucionaria se complacería en venerar su memoria. Constataría, honradamente, que la Segunda Internacional fue una máquina de organización y que la Tercera Internacional es una máquina de combate. (La escena contemporánea, p. 115).

 

Efectivamente, eso fue la Tercera Internacional: una máquina de combate. Por eso las Condiciones de ingreso en la Internacional Comunista, aprobadas por su Segundo Congreso (19 de julio-7 de agosto de 1920), expresan su objetivo de desarrollar y fortalecer los partidos comunistas, desplegar la propaganda revolucionaria entre las masas trabajadoras, preparar las fuerzas de la revolución, instaurar la dictadura del proletariado. Estas Condiciones de ingreso estuvieron vigentes hasta el momento de la disolución de la Tercera Internacional.

 

En el numeral 17 de las Condiciones, puede leerse lo que sigue:

 

La Internacional Comunista, que actúa en medio de la más enconada guerra civil, debe estar estructurada de una manera mucho más centralizada que la II Internacional. Por supuesto, la Internacional Comunista y su Comité Ejecutivo deberán tener en cuenta en toda su labor la diversidad de condiciones en que se ven obligados a luchar y actuar los distintos partidos, y adoptar decisiones obligatorias para todos sólo en los problemas en que sean posibles tales decisiones. (Lenin, OE, t. X, p. 163).

 

Esto quiere decir que la acción de los distintos partidos miembros de la Tercera Internacional se desarrolló entre dos coordenadas: 1) la centralización; 2) la necesidad de desarrollar en cada país el camino propio de la revolución.(4)

 

Precisamente la no observancia de la relación correcta entre las mencionadas coordenadas, explica no pocos de los problemas que experimentaron muchos de tales partidos, incluido el soviético.

 

Igual que la Primera y la Segunda Internacionales, la Tercera afrontó la tarea de «trabajar junto con el movimiento general de la clase obrera». Pero, a diferencia de la situación en el siglo XIX, ya en las primeras décadas del XX los marxistas habían terminado por definir cabalmente los conceptos de frente unido y de hegemonía, enriqueciendo así el aparato conceptual del marxismo.(5)

 

En efecto, desde antes de la revolución de 1917, Lenin había desarrollado ideas de carácter frentista y, así, el partido bolchevique puso en práctica la táctica del frente unido, táctica que, en las condiciones de la Internacional, tuvo su primera expresión literaria en la Carta abierta (enero 1921), de la dirección del Partido Comunista de Alemania (KPD) a los partidos obreros (SPD, USPD y KAPD) y a las organizaciones sindicales, a fin de concertar acciones conjuntas con vistas a alcanzar las reivindicaciones económicas de los trabajadores, el desarme y la disolución de las formaciones militares burguesas y la constitución de organizaciones proletarias de defensa. Luego, bajo la consigna general «Hacia las Masas», el Tercer Congreso de la Internacional (22 de junio-12 de julio de 1921) acordó la táctica del frente unido de la clase obrera.

 

Así, pues, con la Tercera Internacional el partido proletario encontró la solución al problema de «trabajar junto con el movimiento general de la clase obrera». Esto quiere decir que, preservando su independencia, el partido marxista inauguró una nueva forma de relaciones internas en el seno del pueblo. Es decir, con la Tercera Internacional se concretó el concepto de frente unido como algo diferente del concepto de partido de clase y, en consecuencia, los correlatos organizativos de ambos conceptos aparecieron separados, aunque estrechamente ligados entre sí. Desde entonces la doctrina marxista es al partido de clase, así como el programa común es al frente unido del pueblo; de esta forma, por primera vez en la historia, el partido y el frente unido aparecieron como dos instrumentos fundamentales en la lucha por la toma del poder y el ejercicio del poder.

 

En cuanto al concepto de hegemonía, Stalin señaló:

 

Lo nuevo que Lenin aportó en este problema es que desarrolló y amplió el bosquejo hecho por Marx y Engels, creando una teoría armónica de la hegemonía del proletariado, una teoría armónica de la dirección de las masas trabajadoras de la ciudad y del campo por el proletariado, no sólo para derrocar el zarismo y el capitalismo, sino también para edificar el socialismo bajo la dictadura del proletariado. (Lenin, recopilación, ELE, Pekín, 1976, p. 41).

 

Pues bien, en los tiempos de la Tercera Internacional, el centrismo kautskiano todavía hacía estragos en algunas tendencias que querían ser parte suya. Un caso de estos fue el de la «fracción unitaria» del Partido Socialista Italiano. El numeral 7 de las Condiciones de ingreso citadas arriba, establecía lo que sigue:

 

Los partidos que deseen pertenecer a la Internacional Comunista están obligados a reconocer la necesidad de un rompimiento total y absoluto con el reformismo y con la política del «centro» y a propagar esta ruptura en los medios más amplios del partido. Sin esto es imposible una política comunista consecuente. (Lenin, OE, t. XI, p. 161).

 

Pero la Conferencia de la fracción «unitaria» del mencionado partido (realizada los días 20 y 21 de noviembre de 1920, o sea cuatro meses después de aprobadas las Condiciones de ingreso) se pronunció contra el rompimiento con los reformistas. Así, la «fracción unitaria» del PSI se mostró muy unitaria con respecto al reformismo, pero contraria a la Internacional Comunista.(6)

 

Es claro que los méritos de la Tercera Internacional, pero también sus errores, no pueden ser explicados sino sobre el terreno de la lucha por la toma del poder y la instauración de la dictadura del proletariado, sobre el terreno de la lucha por la revolución antiimperialista y antifeudal en los países coloniales, sobre el terreno de la lucha por lo que Lenin llamó «la República Soviética universal».

 

En cuanto a los errores, en las presentes líneas solo es posible señalar que, salvo en vida de Lenin en un alto grado, en sus etapas ulteriores la Tercera Internacional presentó problemas de dogmatismo (por ejemplo con relación al PCCh y a determinadas posiciones del naciente PSP dirigido por Mariátegui), de sectarismo (expresado, por ejemplo, de manera concentrada en la consigna «clase contra clase» acordada por el VI Congreso), y, en los últimos años de su existencia, de revisionismo (que despuntaba en algunos partidos, como el francés y el italiano, verbigracia).

   

En cuanto a sus méritos, puede decirse, en general, que su contribución al desarrollo de los partidos comunistas, de la conciencia revolucionaria del movimiento obrero internacional y de la revolución proletaria mundial, fue incuestionablemente importante y, por eso, su memoria se mantiene viva en la conciencia del movimiento comunista internacional.

 

 

IV

 

Plantear ahora el partido-frente es volver atrás. Las condiciones históricas que dieron lugar y justificaron el carácter de partido-frente de la Primera Internacional, no existen más. Por lo tanto, después de 1872 no tiene justificación alguna la idea de la unidad de marxistas y oportunistas en un mismo partido.

 

Aunque en condiciones de una dispersión extrema y de una debilidad evidente, el movimiento comunista de cada país tiene ante sí la tarea de constituir, reconstituir o desarrollar su partido de clase y, sobre la base de un programa común, construir el frente unido del pueblo. Solo así el partido proletario puede convertirse en el partido de masas que exige la lucha directa por la toma del poder y el ejercicio del poder.

 

V

 

Como señala el comentario Los dirigentes del PCUS son los mayores escisionistas de nuestra época (4 de febrero de 1964),

 

la Tercera Internacional… ejercía una dirección centralizada sobre todos los partidos comunistas. La Internacional Comunista desempeñó un gran papel histórico en la fundación y el crecimiento de los partidos comunistas de diversos países. Pero cuando los partidos comunistas maduraron y la situación del movimiento comunista internacional se volvió más y más compleja, la dirección centralizada de la Internacional Comunista se hizo innecesaria e imposible. En su resolución de 1943 que proponía la disolución de la Internacional Comunista, el Presídium del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista puntualizó: «en el grado en que la situación interna e internacional se torna cada vez más complicada, la solución de los problemas del movimiento obrero de cada país por medio de algún centro internacional encuentra obstáculos insuperables.» (Polémica acerca de la línea general del movimiento comunista internacional, ELE, Pekín, 1965, p. 350).

 

Así, la Tercera Internacional quedó disuelta el 15 de mayo de 1943. Entonces, con toda razón, Stalin señaló que en adelante había que promover la «organización de un compañerismo basado en la igualdad».

   

Tanto la resolución aludida en la cita anterior como la mencionada propuesta de Stalin, correspondían a la realidad y, por lo tanto, eran correctas.(7)

 

Ahora bien, por razones obvias, la propuesta de Stalin está vigente. Por eso el movimiento comunista internacional debe asumirla como su tarea central, y concretarla mediante conferencias.

 

Como se sabe, el Movimiento Revolucionario Internacionalista (MRI), que durante dos décadas y pico agrupó a algunos partidos y algunos grupos, se propuso impulsar la organización de «una Internacional de nuevo tipo basada en el marxismo-leninismo-maoísmo» y, con este fin, propuso «establecer un comité provisional, o sea un grupo embrionario, para dirigir el proceso general de impulsar la unidad ideológica, política y organizativa de los comunistas». (Declaración del Movimiento Revolucionario Internacionalista/¡Viva el marxismo-leninismo-maoísmo!, pp. 53 y 54.

 

No obstante, como es de conocimiento común, el mismo MRI no    existe ya desde hace algunos años y, por lo tanto, su proyecto de establecer el aludido «comité provisional» para impulsar la organización de «una Internacional», quedó en la nada. Esto debe hacer pensar a más de uno.

 

Lo que sucedió entonces y sucede ahora es que, en las condiciones imperantes desde hace décadas, no es procedente organizar una nueva Internacional, aunque sus promotores se la imaginen «de nuevo tipo», concepto este que, por lo demás, nadie ha sido capaz de explicar.

 

Por otro lado, los hechos dan al traste con cierto prejuicio que hay con respecto a la idea de no constituir un centro orgánico como fueron las Internacionales: la inmensa mayoría de revoluciones socialistas triunfaron después de que la Tercera Internacional había dejado de existir, lo cual, desde luego, en modo alguno significa que ella fuera un obstáculo para tales triunfos, como alguien podría pensar superficialmente.

 

A propósito de la experiencia organizativa del proletariado mundial, en uno de nuestros libros escribimos lo siguiente:

 

La Primera Internacional tuvo como objetivo la unidad programática del proletariado europeo y estadounidense en la lucha contra el capitalismo. La Segunda Internacional tuvo como objetivo la adhesión de este proletariado a la verdad universal del marxismo y la construcción de partidos marxistas de masas. La Tercera Internacional tuvo como objetivo la defensa de la verdad universal y la bolchevización de los partidos del proletariado de todos los países. Esta realidad histórica significa que: 1) de la Primera a la Tercera Internacional, el proletariado se elevó de lo programático a lo ideológico y de una escala continental a una escala mundial en su acción política; 2) la Segunda y la Tercera Internacionales tuvieron como órbita la verdad universal. (El pez fuera del agua. Crítica al ultraizquierdismo gonzaliano, editor Jaime Lastra, Lima, 2010, p. 181).

 

Es un hecho que las Internacionales cumplieron su papel histórico, pero, la forma de centro orgánico bajo la cual existieron agotó hace tiempo sus posibilidades; ahora, el proletariado de todos los países tiene ante sí la alta tarea de organizar «un compañerismo basado en la igualdad».

 

En efecto, desde la disolución de la Tercera Internacional, las condiciones objetivas y subjetivas no aconsejan la constitución de un centro orgánico en el movimiento comunista internacional, sino la organización de un centro ideológico-político.

 

El contenido de este centro, o sea, de la organización de un compañerismo basado en la igualdad, es la centralización ideológica, la coordinación política, la independencia teórica y la autonomía orgánica.

 

Así, pues, la concreción de un compañerismo basado en la igualdad, es la tarea central en el plano de la política internacional de los partidos proletarios y, como se entenderá, su cumplimiento impulsaría la lucha de todos y cada uno de los partidos de clase por tomar como órbita de su acción el desarrollo de la verdad particular como expresión viva de la verdad universal del proletariado, o sea, por desarrollar el camino propio de la revolución como expresión viva del universal camino de la revolución socialista.

 

De esta forma el proletariado internacional tendría como base de su unidad ideológica la verdad universal del marxismo-leninismo, a lo que el proletariado de cada país tendría que agregar su verdad particular. Esto permitiría a cada partido acordar y aplicar una correcta línea política que haría posible «trabajar junto con el movimiento general de la clase obrera» y, como ya señalamos, con todas las clases y todas las capas sociales que forman el pueblo.

 

En el Centenario de la Tercera Internacional, el mejor modo de honrar su memoria y continuar sus tradiciones positivas, es que cada partido marxista-leninista contribuya a la «organización de un compañerismo basado en la igualdad» como el nuevo tipo de relación interna necesaria en el movimiento comunista internacional.

 

   Notas

[1] Esta consideración es correcta solo en el sentido de que la diferenciación teórica y organizativa aludida cobró con la Segunda Internacional una trascendencia decisiva en el movimiento obrero internacional, pues en el plano organizativo tal diferenciación venía de la Liga de los Comunistas (1847-1852), organización doctrinariamente homogénea y, en el plano teórico, de la temprana idea de Marx y Engels que, el segundo de ellos recordó en una carta a Trier del 9 de agosto de 1890, en los términos siguientes: «[Para que el proletariado] sea lo bastante fuerte como para triunfar en el día decisivo, [debe] formar un partido independiente, distinto de todos los demás y opuesto a ellos, un partido clasista y consciente… eso es lo que Marx y yo hemos propugnado desde 1847» (citado por Jhonstone en Teoría marxista del partido político, autores varios, Ediciones Pasado y Presente, Córdova, p. 133). Es decir que, para consagrarse como justo y correcto en el movimiento obrero internacional, el concepto de partido independiente, distinto de todos los demás y opuesto a ellos, de partido clasista y consciente, de partido doctrinariamente homogéneo, de partido marxista, hubo de pasar por la prueba de la lucha ideológica que, como se sabe, fue una larga lucha de más de veinte años que tuvo su punto culminante en la fundación del Partido Obrero Socialdemócrata Alemán y de la Segunda Internacional.

[2] El acuerdo del IV Congreso de la Segunda Internacional (1889) de celebrar, en homenaje a los mártires de Chicago, el 1º de mayo de cada año el día Internacional de los Trabajadores, es prueba irrefutable de nuestro aserto.

[3] Lenin subrayó al respecto: «los principios revolucionarios fundamentales deben ser adaptados a las peculiaridades de los distintos países.» (Discursos pronunciados en los congresos de la Internacional Comunista, recopilación, Editorial Progreso, Moscú, s/f, p. 94).

[4] Posteriormente Mao y Dimitrov contribuyeron a desarrollar el concepto de frente unido, así como el propio Mao y Gramsci aportaron al desarrollo del concepto de hegemonía.

[5] Cualquier marxista puede percatarse fácilmente de las consecuencias que puede acarrear la amalgama de marxistas y revisionistas en un mismo partido. Pongamos un ejemplo de estas consecuencias. El Congreso de París de 1905 selló la fusión de los socialistas revolucionarios del Partido Obrero de Guesde y Lafargue y los socialistas reformistas, pero, como esclareció Mariátegui, «la política del partido unificado no siguió… un rumbo revolucionario. La unificación fue el resultado de un compromiso entre las dos corrientes del socialismo francés. La corriente colaboracionista renunció a una eventual intervención directa en el gobierno de la Tercera República; pero no se dejó absorber por la corriente clasista. Por el contrario, consiguió suavizar su antigua intransigencia.» (La escena contemporánea, p. 124). Por eso Lenin señaló: «La primera condición del verdadero comunismo es romper con el oportunismo.» (Discursos pronunciados en los congresos de la Internacional Comunista, p. 93).

[6] Por eso, tanto el PCCh como el PTA no consideraron procedente la organización de una nueva Internacional, no obstante haberse destacado en la lucha contra el revisionismo contemporáneo.

[7] Esto exige una acotación. Después de la segunda guerra mundial, el movimiento comunista internacional reconoció al revisionismo como el enemigo principal en su seno (ver las Declaraciones de Moscú de 1957 y 1960). A pesar del tiempo transcurrido, este reconocimiento se mantiene vigente, pero la necesidad de integrar la verdad universal del marxismo-leninismo con la práctica concreta de la propia revolución, puede, en algunos casos, presentarse de forma tal, que el dogmatismo aparezca durante algún tiempo como el enemigo principal en el seno del partido, aunque, en general, el revisionismo siga siendo el enemigo principal. Cada partido debe pues discernir esta cuestión según el principio del análisis concreto de la situación concreta.

 

24.02.2019.

 


¡Defender el Pensamiento de Mariátegui de Toda Tergiversación y Desarrollarlo en Función de la Realidad Actual!

 

La Verdad se Busca en los Hechos

César Risso/Eduardo Ibarra

PREVIAMENTE CITADO, el 17 de agosto de 2024 el suscrito César Risso se vio con Israel Terry, quien le alcanzó una propuesta de Jaime Lastra, según la cual el CRJCM estaba “invitado” a participar en “una escuela” que desarrollaría el siguiente temario: 1) la coyuntura política y la necesidad histórica del partido del proletariado; 2) el proceso de reconstitución del Partido Socialista fundado por Mariátegui; y, 3) situación actual de la reconstitución. Según la propuesta, el primer punto sería desarrollado por Ramón García (cabeza de un grupo negador del marxismo-leninismo, del partido de clase, de la Reconstitución, etc.); el segundo sería desarrollado por el suscrito Eduardo Ibarra (miembro del CRJCM); y el tercer punto por César Risso (igualmente miembro del CRJCM) y el propio Lastra (cabeza del grupo proponente de la “escuela”, grupo distinguido, hasta ese momento, por su oportunismo de derecha).      

El objetivo de la “escuela”, según dijo Terry, era “fortalecer un núcleo de dirección” que asumiera la tarea de impulsar la Reconstitución. De esta forma el oportunismo de derecha del grupo de Lastra devino liquidacionismo de derecha. Cualquier marxista puede entender que amalgamar en un mismo organismo de tipo partidario a marxista-leninistas (CRJCM) y liquidadores (grupos de García y de Lastra) equivale, sin discusión, a liquidar el partido de clase y, por consiguiente, la propia reconstitución del partido de Mariátegui.      

Lo que vino después es historia que resumimos del modo siguiente: “Pronunciamiento” del CRJCM (con fecha del 31 de agosto de 2024 y publicado en la edición de CREACIÓN HEROICA del 1 de setiembre del mismo año); publicación en la edición del 1 de febrero de nuestro blog el artículo “La reconstitución del partido de Mariátegui y el liquidacionismo de derecha de Jaime Lastra”, de Eduardo Ibarra; publicación en el número 34 del blog que dirige Lastra (15 de febrero de 2025), de un artículo firmado por el “CCH”, pero escrito por el mencionado, así como el artículo “Breve comentario sobre un artículo de Eduardo Ibarra”, de Carlos Moreno; publicación en la edición de marzo de nuestro blog del artículo “Falsificaciones e infundios en defensa del liquidacionismo de derecha”, de César Risso, y el  comienzo de la publicación en partes del artículo “El trasfondo de un artículo de Carlos Moreno”, de Eduardo Ibarra; un comentario de Carlos Moreno colgado en el índice, enviado por nosotros, de la edición de julio de CREACIÓN HEROICA. 

Los cínicos recursos con los que, en su aludido artículo, Lastra pretendió negar su propuesta de constituir “un núcleo de dirección” como el indicado arriba, se explican no solo porque, como cualquier persona hundida en el egocentrismo pequeño burgués, no reconoce su caída en uno de los dos más extremos oportunismos, como es el liquidacionismo (el otro es el socialchovinismo), sino también, porque, según puede entenderse ahora, su propuesta de constituir el mencionado “núcleo” fue una iniciativa a espaldas de los activistas concurrentes a la “escuela”, que más tarde Lastra llamó “conferencias”. Este hecho pone al descubierto que todo lo que hace Lastra es engañar y utilizar a dichos activistas para consumar su plan de liquidar el partido de clase y, por lo tanto, liquidar la Reconstitución. Y todo esto, ¡precisamente a nombre de la Reconstitución! Así que ningún activista que se autoestime, puede seguir poniéndole las espaldas a Lastra para que cabalgue sobre ellas. 

La reconstitución del partido de Mariátegui solo puede llevarse hasta el fin sin el liquidacionismo y contra el liquidacionismo. Esta es una verdad indiscutible para cualquier marxista. 

Pues bien, volvamos al principio. Como marxistas sabemos que la verdad se busca en los hechos, y lo reseñado en los dos primeros párrafos del presente artículo son los hechos. Frente a ellos, solo caben dos actitudes: revolcarse en la miseria moral que significa negarlos con las más escandalosas falacias y las más viles calumnias, como han hecho Lastra y Moreno, o asumir honradamente el reconocimiento de los mismos. Hoy Israel Terry se encuentra ante esta disyuntiva. Si, por razones subalternas, asumiera la primera actitud, los marxistas lo considerarán como tendrían que considerarlo; si asumiera la segunda, ello significaría que en el grupo de Lastra todavía hay quien no se ha olvidado que, en el plano de la conciencia, el marxismo es la dignidad del hombre, y, en el plano de la política, la busca de la verdad en los hechos expresa la condición revolucionaria de los luchadores de la causa proletaria.

31.08.2025.

CREACIÓN HEROICA