Entrevista
a Julio Carmona
(Tercera
Parte)
Creación Heroica:
¿Escribes según plan, o las cosas te van saliendo espontáneamente? En poesía
esto último es lo habitual. Pero en el trabajo ensayístico la cosa se inclina
más bien por el planeamiento. ¿Qué puedes decirnos al respecto? ¿Qué escribes actualmente? ¿Qué proyectos de
libros tienes?
Julio Carmona: Yo
no sé si lo que voy a decir, a propósito de tu primera pregunta, sirva de algo
a los jóvenes interesados por estos temas, porque las experiencias vividas no
se pueden o, mejor, no se deben tomar como transfusiones, y esas experiencias
cada quien las ingiere y las digiere con sus propios órganos. Y, bueno, en todo
caso, creo que la intención de tu pregunta es hurgar en ese terreno que (cuando
ya se ha recorrido) no se tiene tan presente, porque son muchas las acechanzas
de la «poesía» y, de donde menos se espera, salta la liebre.
Pero tu pregunta me
transporta a mis inicios en este trabajo de escribir versos. Y en esos primeros
pasos, en efecto, uno no sabe qué decir; no se sabe si son sensaciones o ideas
los estímulos de la escritura (y esto ocurre hasta en la redacción informativa);
pero en el caso de la literatura y, particularmente, en el uso del verso, los
temas brotan espontáneamente, como dice Javier Heraud «… uno puede alardear y
decir (…) los poemas salen de mi mano como la primavera que derrumbaron / los
viejos cipreses de mi calle».
Sin embargo, agobiado por el
desamparo, uno siempre busca apoyo en los mayores (incluidos los más cercanos:
los padres, los tíos), y yo no tenía por qué ser la excepción, y entre esos
mayores considero, en primer lugar, a mi tío Juan y a su hermana Elisa, mi
madre. Él adornaba sus conversaciones con una antología de glosas, coplas,
refranes, chascarrillos; y ella, matizando sus quehaceres domésticos, cantaba
pasillos, yaravíes, valses, etc. Y todas esas expresiones se me fueron haciendo
no solo familiares sino corporales. Después vinieron casuales lecturas de
Darío, Bécquer, y también Heraud (cuando a él lo asesinaron, en 1963, yo estaba
en tercer año de secundaria).
Volviendo a tu pregunta y a
la «utilidad o inutilidad» de la respuesta, se me ocurre pensar en dos
actitudes: primera, la de Jean Cocteau, que veía a la poesía como algo
esotérico, y por eso tituló su libro como El secreto profesional.
En cuyo caso el interpelado tiene el derecho de negarse a revelar ese secreto
(o sus secretos). Y esto lo define muy bien Edgar Allan Poe de la siguiente
manera:
los poetas en especial prefieren dar a entender que
componen bajo una especie de espléndido frenesí, una intuición extática, y se
estremecerían ante la idea de que el público echara una ojeada a lo que ocurre
detrás de bambalinas, a las laboriosas y vacilantes crudezas del pensamiento, a
los verdaderos designios alcanzados sólo a último momento, a los innumerables
vislumbres de ideas que no llegan a manifestarse, a las fantasías plenamente
maduras que hay que descartar con desesperación por ingobernables, a las
cautelosas selecciones y rechazos, a las penosas correcciones e
interpolaciones; en una palabra, a los engranajes, a la maquinaria para los
cambios de decorado, las escalas y las trampas, las plumas de gallo, el
bermellón y los lunares postizos que, en el noventa y nueve por ciento de los
casos, constituyen la utilería del histrión literario.
No hay otra manera mejor de
decirlo. Pero también hay la actitud contraria, asumida por César Vallejo con
la que, precisamente, para oponerse a Cocteau, pergeñó el título de su primer
«libro de pensamientos»: Contra el secreto profesional. El segundo es El
arte y la revolución. Y en ambos desgrana una serie de vivencias y
experiencias de vida y de arte, sin temores ni remilgos.
Y, coincidente con esta
actitud y con ánimo de sincerarme, digo que no elaboro ningún plan
previo. Y, en ese sentido, me acojo a una antigua máxima poética (que, al
parecer, viene desde los griegos); ella dice: «el primer verso es un regalo de
los dioses». En el resto, en los versos subsiguientes, como decía don Ricardo
Palma: «hay que poner talento». Pero cuando ese obsequio divino demora mucho,
pues recurro a la técnica de otros «dioses», los surrealistas con su famosa escritura
automática que, según los entendidos consiste en «poner la mente en blanco»
y dejar que las palabras vayan saliendo, como liebres de su madriguera, e irlas
cazando al vuelo hasta formar ese primer verso que se haga sentir como estímulo
poético o como invitación a crear una «nueva vida» o, también para mal, como
incitación a consumar un poemicidio.
Y en medio de este trance
hay otra recomendación, que no insto a nadie a seguirla, porque todo esto que
digo solo es parte de mi experiencia, y Marx me libre de pretender proponerme
como modelo de algo; y esa recomendación tiene que ver con un estudio de Edgar
Allan Poe (estudio del que hice la cita de arriba, titulado «Filosofía de la
composición»); ahí dice que el poeta es el primero en reconocer la idea
poética que le servirá de estímulo, a lo que él llama «efecto poético» y
que es perceptible en el texto que se desarrolla, y dice que es «la excitación
o elevación que produce, o, en otras palabras, el grado de auténtico efecto
poético que es capaz de lograr», y da sus características como que es «un
efecto que, en primer término sea novedoso y además penetrante». Y agrega que
eso se percibe como una «excitación interna». Enseguida, se refiere a la
dimensión formal del poema, y dice de este que, si es demasiado largo, «preciso
es resignarse a perder el importantísimo efecto que se deriva de la unidad de
impresión». Y, finalmente, concluye diciendo que:
Lo
que llamamos poema extenso es, en realidad, una mera sucesión de poemas breves,
vale decir de breves efectos poéticos. No hay necesidad de demostrar que un
poema sólo es tal en la medida en que excita intensamente el alma al elevarla,
y una razón psicológica hace que toda excitación intensa sea breve. De aquí que
la mitad, por lo menos, del Paraíso perdido [John Milton] sea
esencialmente prosa —una serie de excitaciones poéticas alternadas,
inevitablemente, con depresiones correspondientes—, y el total se ve privado,
por su gran extensión, de ese importantísimo elemento artístico que es la
totalidad o unidad de efecto.
Estas citas de Poe (y lo
antes sugerido de Vallejo) son la base de mi definitiva relación con la poesía,
aunque a ello hay que agregar otro elemento definitorio: mi respeto por la
poesía popular, de raigambre tradicional y, más aún, ligada con la tendencia
del realismo literario, siendo este último en el que sustento mis convicciones
teóricas. Y, a propósito de estas convicciones, vuelvo a la segunda parte de tu
pregunta. Y recurro a la opinión de otro escritor, ligado a la tendencia
formalista: Ezra Pound, cuando dice que el éxito del arte popular «reside
sencillamente en nunca poner en una página más de lo que el lector ordinario
pueda asimilar en su ojeada rápida y semiatenta» (El arte de la poesía:
no hay que ser muy perspicaz para establecer la relación con Poe). Y eso es lo
que predica el realismo.
Y por eso yo agradezco a la
vida que me llevó a empezar mi relación con la poesía a través de poetas como
Darío y Bécquer. Y a partir de ellos me avoqué a la práctica del verso
tradicional (especialmente el octosílabo y el endecasílabo que los practico hasta
ahora: cuartetas, décimas, sonetos). Aunque en los últimos tiempos trato de
salirme de los moldes clásicos, respetando la métrica, pero alterando el orden
estrófico y la propia rima.
Asimismo, a quien debo
agradecer, en lo que concierne a la investigación literaria, es a mi alma
mater, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos que me condujo a la adopción
del método marxista y a una línea de clase que no transige con el socialismo domesticado
(Mariátegui dixit). Los últimos años de mi permanencia en sus aulas fui
afilando mi capacidad de lectura crítica, comenzando con mi tesis de
licenciatura: La poesía clasista (1985), de la cual he publicado solo la
tercera parte (que trata de la práctica poética o su estudio). Las otras son: La
teoría del reflejo y El nuevo realismo. Este último tiene como base
las ideas sobre el realismo que esbozaron Mariátegui y Vallejo.
Hay quienes piensan que los
textos no publicados en su tiempo de haber sido escritos se vuelven obsoletos;
pero la vida enseña que lo viejo no muere, porque de esos orígenes surge lo
nuevo (o, como dice la sabiduría popular: de esos polvos vienen estos lodos).
Como dice Augusto Monterroso: «Existe, sí, una nueva narrativa; pero hay que
saber por qué es nueva, cuáles son sus alcances, en qué se diferencia de la
vieja. Algunos no saben en qué consiste que sea nueva porque no conocen la
inmediatamente anterior ni la antigua» (de un texto tomado de Internet). Es
decir que no hay efecto sin causa, aunque alguien crea que está partiendo de la
nada, siempre la naturaleza y la vida social se encargan de desmentir ese
autoengaño; por eso yo no creo que esos trabajos que empecé en los años 70 y 80
del siglo pasado hayan perdido interés.
Y, bueno, respecto de lo que
escribo, actualmente, son nuevos sonetos (que publico esporádicamente en las
redes comunicasociales) y esperan turno para, en conjunto, llegar a los
lectores que me favorecen con su atención. Igualmente, sigo trabajando en dos
libros de César Vallejo (Poemas en prosa y España, aparta de mí este
cáliz) que son los siguientes de la serie, en orden de aparición, de
nuestro segundo Amauta. En el caso de Poemas humanos, el último de la
serie poética vallejiana, ya lo he terminado, aunque —hasta no verlo publicado—
sigo leyendo y releyendo, y agregando todo lo que considere digno de agregar.
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