Stalin.
Historia y Crítica de una Leyenda Negra
(24)
Domenico
Losurdo
La dialéctica de la
revolución y la génesis del universalismo abstracto
Pero ¿cómo explicar el
surgimiento de una visión y de un purismo a primera vista tan ingenuos y
carentes de sentido de la realidad? No menos ingenuo e irreal sería atribuirlos
a una u otra única personalidad. En realidad actúa aquí una dialéctica objetiva.
Siguiendo la estela de la lucha contra las desigualdades, los privilegios, las
discriminaciones, las injusticias, la opresión del antiguo régimen y contra los
particularismos, el exclusivismo, la mezquindad y el egoísmo reprochados a la
vieja clase dominante, las revoluciones más radicales se ven llevadas a
expresar una visión fuerte, exaltadora y grandilocuente de los principios de
igualdad y universalidad. Es una visión que, por un lado, con el impulso y
entusiasmo que conlleva, facilita el derrocamiento de las viejas relaciones
sociales y de las viejas instituciones políticas; por otro lado, hace más
compleja y problemática la construcción del nuevo orden.
¿Hasta qué punto éste estará
a la altura de las promesas, de las ambiciones y esperanzas que han precedido a
su nacimiento? ¿No corre el riesgo de reproducir bajo una nueva forma las
distorsiones tan apasionadamente denunciadas
en el antiguo régimen? Este paso es especialmente delicado por el hecho
de que las revoluciones más radicales cultivan por un lado ambiciosos proyectos
de transformación político-social, mientras que precisamente a causa de esta
extrañeza y lejanía respecto al orden existente, experimentan la llegada al
poder de estratos dirigentes sin una sólida experiencia política tras de sí y
que por lo demás se ven en la necesidad de construir e incluso inventar un
nuevo orden, no sólo político sino también social. Tan lábil tiende a mostrarse
en estas circunstancias el límite entre proyecto político ambicioso y frase
altisonante y vacua, entre utopía concreta (un horizonte desde luego remoto
pero que sin embargo orienta y estimula el proceso real de transformación) y
utopía abstracta, desorientadora (sinónimo en última instancia de evasión y
fuga de la realidad).
Para que sea victoriosa no
solamente a corto plazo sino también a largo plazo, una revolución debe ser
capaz de conferir un contenido concreto y duradero a las ideas de igualdad y
universalidad que la han acompañado en la consecución del poder. Y al hacerlo,
el nuevo grupo dirigente está llamado a depurar aquellas ideas de la forma
ingenua que tienden a asumir en los momentos de entusiasmo, y está llamado
también a cumplir tal operación de depuración no en un espacio vacío y
aséptico, sino en un espacio históricamente colmado en el que hacen sentir su
presencia y su peso las compatibilidades económicas y políticas, las relaciones
de fuerza, las contradicciones y los conflictos que surgen inevitablemente. Es
en el transcurso de este difícil paso
que el frente revolucionario, hasta aquel momento caracterizado, al menos
aparentemente, por una unidad coral, que comienza a mostrar las primeras
grietas o fracturas internas, e intervienen las desilusiones, el desencanto, las acusaciones de traición.
Es un proceso y una
dialéctica que Hegel analiza con gran lucidez y profundidad en relación con la
Revolución francesa308. Ésta se desarrolla ondeando la bandera del
«sujeto universal», de la «voluntad universal», de la «autoconciencia
universal». En esta fase, en el momento de la destrucción del antiguo régimen,
se asiste a la «anulación de las masas
espirituales diferenciadas y de la vida limitada de los individuos»; «son por
tanto abolidos todos los estratos sociales, que son las esencias espirituales en
las que el Todo articula». Es como si la sociedad, disueltos todos los cuerpos
sociales intermedios, se hubiese desarticulado completamente en una miríada de
individuos que rechazando todas las autoridades tradicionales ya carentes de
legitimidad, reivindican no solamente la libertad y la igualdad sino también la
participación en la vida pública y en cada fase del proceso de toma de
decisiones. Siguiendo este entusiasmo y exaltación, en una situación en la que
es como si la autoridad y el poder en cuanto tales estuvieran suspendidos en la
nada, surge un mesianismo anarcoide, que exige la «libertad absoluta»,
preparada para denunciar como traición toda contaminación y restricción,
verdadera o presunta, de la universalidad.
Un nuevo orden presupone una
redistribución de los individuos en «masas espirituales», en organismos
sociales, cuerpos intermedios, si bien constituidos y organizados según nuevas
y diferentes modalidades respetuosas de los principios de la revolución. En
todo caso, para el mesianismo anarcoide la nueva articulación de la sociedad,
sea la que sea, se muestra como una negación de la universalidad. De hecho, «la
actividad y el ser de la personalidad [individual] se encontrarían de tal modo
limitados a una rama del Todo, a una única especie de la actividad y del ser».
Y por lo tanto: «Puesta en el elemento del ser, la personalidad recibiría así
el significado de personalidad determinada, y en verdad cesaría de ser
autoconciencia universal». Es un análisis iluminador de la dialéctica que se
desarrolla a lo largo de la Revolución francesa pero también, y de manera aún
más clara, en la Revolución de octubre, cuando el pathos de la universalidad se
deja oír con mayor fuerza aun, tanto en sus formas más ingenuas como en las más
maduras. En la situación de exaltado universalismo que precede al derrocamiento
del antiguo régimen, toda división del trabajo, por articulada que sea, se
convierte en sinónimo de exclusividad, de secuestro de la «autoconciencia
universal» y de la «voluntad universal» por obra de una minoría burocrática y
privilegiada.
Esto vale para las
relaciones sociales tanto como para las instituciones políticas. No hay un
orden que pueda satisfacer la pretensión de realización directa y carente de
mediaciones de la universalidad prevista por el mesianismo anarcoide. La manera
en la que éste último actúa aparece con claridad una Vez más en las memorables
páginas de la Fenomenología del espíritu:
Sin dejarse engañar ni por
la comedia (Vorstellung) de la obediencia a leyes que pretenden ser expresión
de autogobierno y que les asignarían sólo una parte, ni por el hecho de gozar
de representación en la legislación y en la actividad universal, la autoconciencia
no se deja despojar de la realidad que consiste en darse ella misma las leyes y
realizarse a sí misma no en una obra individual, sino más bien en la obra
universal. De hecho, cuando se encuentra sólo en la forma de la representación
y de la representación teatral, el individuo no es real; donde hay alguien que
sea representante del individuo, no es el individuo.
Nos viene aquí a la memoria
la definición que la Oposición obrera da de la burocracia en la Rusia
soviética: «algún otro decide vuestro destino». Contra esta inadmisible
expropiación es reivindicada una «dirección» que sea «colectiva» en cada fase
del proceso de toma de decisiones, con la consiguiente condena de todo
organismo representativo. Es más, bien visto, es objeto de crítica e incluso de
regulación jurídica, etiquetado a priori como intento de encadenamiento o
ruptura de la universalidad y, por lo tanto, como expresión de un antiguo
régimen difícil de matar.
Para llegar a la «acción»,
para conseguir realidad y eficacia y convertirse en «voluntad real» -prosigue
Hegel-, la universalidad debe encontrar expresión en individuos concretos, debe
«colocar en el vértice una autoconciencia individual». Hete aquí que el
mesianismo y el anarquismo se llevan las manos a la cabeza: «De esta manera,
sin embargo, el resto de individuos se ven excluidos de la totalidad de la
acción y juegan un papel sólo limitado, por lo que no sería acción de la
efectiva autoconciencia universal». La tragedia de la Revolución francesa
(aunque también, y a mayor escala, de la Revolución de octubre) consiste en
esto: si quiere evitar reducirse a una frase vacía, el pathos de la
universalidad debe darse un contenido concreto y determinado, pero es
precisamente este contenido concreto y determinado el que es considerado una
traición. En realidad, es la particularidad en cuanto tal la que es etiquetada
como un elemento de contaminación y negación de la universalidad. Mientras
continúa prevaleciendo esta visión, a la liquidación del antiguo régimen no le
sigue la construcción de un orden nuevo y concreto: «La libertad universal, por
lo tanto, no puede producir ninguna obra y ninguna acción positiva, y le queda
solamente la actividad negativa. La libertad universal es solamente la furia de
la disolución».
_____________
(308) Hegel (1969-79), vol.
3, pp. 431-41.
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