martes, 1 de diciembre de 2020

Literatura

 Vallejo para no iniciados XXIII. El tópico de la angustia (otra vez)

 

Julio Carmona

HAY UN TEMA en torno a la poesía de César Vallejo, y ligado a su personalidad (y es un tema que, de tan reiterativo, deviene tópico): el tema de la angustia, que algunos críticos dicen está presente en su poesía (no como palabra1 o concepto, sino como sensación). Y lo peor de este tópico es que lo hacen extensivo al autor, como expresión de un estado mórbido y hasta crónico. Pero, si se observa bien, la angustia es un estado de ánimo social, descubierto y promocionado a comienzos del siglo XX, y fue administrado por los «peritos en arte y literatura» como una característica propia del arte y la literatura de vanguardia del período de entreguerras, período este que fue como manifestó toda su vesania el capitalismo en su expresión imperialista. Y lo curioso es que esas dos manifestaciones de dicha época: angustia y vanguardismo son atribuidas —por los mismos peritos— a la poesía de César Vallejo, sin mayor sustentación o fundamento y, lo que es peor, sin tener en consideración la opinión del mismo poeta, máxime si él lo dijo de manera tajante: «… no hay exégeta mejor de la obra de un poeta como el poeta mismo. Lo que él piensa y dice de su obra, es o debe ser más certero que cualquiera opinión extraña» (1973-1: 105)2.

        Todos los avances en torno a la obra de César Vallejo que he venido publicando en revistas amigas, inicialmente, tenían el objetivo único de estudiar su poesía, desde la perspectiva crítico/estética del marxismo. Pero, al observar esa orientación tendenciosa de la crítica formalista, me di cuenta de que un solo volumen en ese sentido se hubiera convertido en algo monumental. Así que he optado por proyectar dos trabajos independientes: uno que trate sobre el tópico del vanguardismo, y otro sobre el de la angustia. El presente artículo es un adelanto de lo que vengo leyendo y analizando, relacionado con este último.

        Y, en ese sentido, he encontrado en la lectura de un texto de E. A. Westphalen su apreciación sobre el particular, aunque relacionándolo con la poesía y los poetas en general. Y dice que la angustia brota:


«… del hondo anímico donde se conservan los primitivos recuerdos que ponen temblor de dicha en la voz, como guarda el transcurso y la continuidad de esa angustia propia al hombre, por las edades, y cada vez que aflora como la primera y es la eterna»3.

Obsérvese esa precisión de que «la angustia es propia del hombre» como así también ocurre con lo que EAW llama «temblor de dicha». Y es una apreciación que tiene concomitancia con la siguiente propuesta de Jacques Derrida: «Un secreto siempre hace temblar. No solamente estremecer­se o sentir escalofríos, cosa que sucede también alguna vez, sino temblar. El estremecimiento puede ciertamente manifestar el miedo, la angustia, la aprehensión ante la muerte, cuando nos estremecemos con anticipación frente al anuncio de lo que va a venir».4

        Se ve, pues, que hay en toda esta concepción de la angustia una especie de temor metafísico; un temor a algo que no se ve, que —propiamente— no existe, y que, sin embargo, esa inexistencia se presenta en la mente como algo inminente que va a manifestar su presencia. Como dice George Lukács —asumiendo la idea de Goethe—: que son el temor y la esperanza dos pasiones que acosan a los pusilánimes, y concluye Lukács:


«Cuando, por ejemplo, en el imperialismo de la postguerra el afecto Temor se aísla de toda esperanza y —según el precedente de Kierkegaard— se hincha, como concepto de angustia, hasta convertirse en base universal de la ideología burguesa, en fundamento de las concepciones religiosas del mundo (incluido el ateísmo religioso5), se tiene una prueba de la persistente significancia de aquel pensamiento clásico…» (1966-1: 188-189).6

Se debe convenir entonces que ni parálisis ni huida ni estremecimiento o temblores son verificables ni en la vida ni en la obra de CV como motivadores de su accionar. Y CV, asimismo, lo hace ver en uno de sus artículos del libro Desde Europa:


«La prisa contemporánea, la angustia de la velocidad (…) no se dejan sentir (…) Cuando decimos “no se dejan sentir”, queremos decir que tales instrumentos de progreso no nos angustian, ni nos dan de trompicones, ni nos dominan ni obstruyen el libre y desinteresado juego de nuestros instintos de señorío sobre las cosas; en una palabra, que no nos hacen desgraciados» (1987 —5 de febrero de 1926—: 84).7

No se pierda de vista esta fecha (1926) que indica la estada inicial de CV en París, desde 1923: tres años, durante los cuales todavía no se ha despojado de gran parte de la ideología llevada de Perú, y que corresponde a un idealismo proclive a la superstición y la desesperanza mas no por eso se ha de establecer que estas fueran determinantes para su trabajo creativo. En este lo determinante es la vida, por su propia declaración: «El hombre vivirá entonces, solidarizándose y, a lo sumo, refiriéndose emulativa y concéntricamente a los demás. No buscará batir ningún record. Buscará el triunfo libre y universal de la vida» (1973: 12)8. Y la vida es mucho más multifacética que la problemática social, que es, en sí misma, angustiosa o angustiante; sin que por ello, esa constatación dé pie para concluir que es la angustia el leitmotiv de su poesía. Y menos que esto se haga invirtiendo los términos: no que su poesía sea expresión de un trastorno psíquico, sino que se diagnostique en él ese trastorno psíquico a partir de su poesía, que es lo que hace Giovanni Zilio (la cita es extensa pero es necesario consignarla así, para ver sus contradicciones y fallas). Empieza diciendo que en el interior de los movimientos del poema «Himno a los voluntarios de la República» (…) «alternan a su vez, momentos de elevación y momentos de depresión» (2002: 181)9. Y concluye:


«Tal oscilación es demasiado general y sistemática para ser casual. Nosotros no sabemos localizar el motivo sino es en un factor extraliterario, al que, adoptando el lenguaje de la psicología daremos el nombre de ‘tipológico’: Vallejo es un ‘tipo’ (patológico) que los psicólogos llaman ‘maniaco-depresivo’, el cual se caracteriza precisamente por la alternancia de estados afectivos de exaltación y de depresión (por otra parte la vida misma de Vallejo, además de la obra, es sintomática en este sentido) [a]. Con esto no queremos decir, naturalmente, que en Vallejo exista siempre una relación de causa-efecto entre el estado de exaltación y la presencia del arte o el estado de depresión y la ausencia del mismo [b]. Solo queremos señalar que los estados de ‘tensión’ psicológica (‘maniacos’) constituyen la condición necesaria (aunque si bien no suficiente) de la operación de poetizar, también porque el trabajo creativo requiere un maximun de energías espirituales y una ‘resistencia’ a las mismas respecto al tiempo de duración. Contrariamente a los estados de depresión psicológica, de postración de energía, en vez de favorecer, obstaculizan la producción mental [c]. No hay duda que Vallejo era un hombre enfermo ‘de los nervios (él mismo lo reconoce más de una vez en su obra)…»

Y aquí interrumpe su perorata ‘psiquiátrica’ para hacer la siguiente nota a p. de p.:


«En Trilce XVIII, por ejemplo, se define a sí mismo como “criadero de nervios”.» [d]

 

a)   Para llegar a este tipo de diagnóstico con resultados tan catastróficos, lo serio o científico es hacerlo con la presencia de la persona analizada y no a través de sus poemas o de las versiones que de su vida han dado quienes lo conocieron. Y nada de esto se desprende que se haya hecho en la cita de este autor.

b)   Esta parte contradice lo aseverado previamente, pues —cabe preguntar—: ¿cómo detecta tales estados patológicos en ‘la vida misma, además de la obra’ si luego va a decir que no hay una relación causa-efecto entre ellos y la obra? Y lo que se quiere no es que diga lo que no hay, sino que demuestre lo que dice que sí hay.

c)   Esta otra aseveración de «que los estados de ‘tensión’ psicológica (‘maniacos’) constituyen la condición necesaria (aunque si bien no suficiente) de la operación de poetizar», resulta también contradictoria de lo dicho antes y, además, para llegar a esa conclusión debería tener el respaldo de una investigación cuantitativa, con muestras fehacientes hechas a poetas en el momento mismo de escribir sus poemas.

d)   Por último, no se puede dar crédito a lo dicho por este autor (o, por lo menos, pensar que ha hecho un trabajo serio) si la afirmación que hace de que CV se está definiendo a sí mismo como «criadero de nervios», no es sino la peor interpretación que se pueda haber hecho de unos versos tan claros como los citados (Trilce XVIII), con los que CV está definiendo a «las cuatro paredes de la celda» o a la celda en sí, es decir, que esta (con sus cuatro paredes) es un «criadero de nervios», pero de ninguna manera que ese «criadero de nervios» sea una definición que de sí mismo hace el locutor poético.10 Además, esta mala interpretación deviene sofisma11, porque es imposible aceptar que sea producto de una «mala lectura», tratándose de un renombrado estudioso de la literatura. 

Pero, para achacar el sambenito de la angustia en la obra de CV alguien tuvo que iniciar esa incisión insidiosa. Y no creo equivocarme si doy esa primogenitura a Luis Alberto Sánchez. Este, desde el t. I, de su excesiva La literatura peruana12 se refiere a CV llamándolo «El desgarrado Vallejo» (1966-1: 26). Es decir, hay un afán de crear el estereotipo de un CV «angustiado», «miserabilizado» y «consumido por la desgracia», para llegar a la conclusión de que a eso se reduce toda su poesía, y que esa angustia sería la motivadora de su forma oscura de escribir. Y algo similar se pudo decir —hipotéticamente— en relación con José María Eguren si hubiera ocurrido con sus críticos de haber adoptado la calificación que de él hiciera Alberto Escobar, quien refiriéndose a un balance que Emilio A. Westphalen hace de la poesía contemporánea del Perú, dice que su mérito está


«… en situar el lindero de la poesía contemporánea que empieza a existir, merced a la libertad y el delirio de José María Eguren, quien ha creado un mundo estético perfecto: poeta fiel a su delirio y autor de poemas en castellano, de los mejores que hemos conocido en esta lengua» (1989: 15)13.

Delirio, como se sabe, es un desorden psíquico que supone «perturbación mental que conlleva ideas disparatadas y pérdida de la capacidad de razonar». Y, desde el punto de vista de la medicina, es «un estado de excitación con alucinaciones, provocado por intoxicación o fiebre». Y el diccionario propone, finalmente, como sinónimos los siguientes: «despropósito o disparate, absurdo, desatino, desvarío, fantasía», con lo cual, pues, Eguren como persona sería poco menos que un orate, y lo que es peor: que ese «diagnóstico» se haga a partir de su poesía, no de su persona (pues, para que esto ocurra, tuvo que haber el examen previo de un experto en psiquiatría). Realmente, con esas calificaciones apresuradas o poco meditadas —angustia, delirio— se está devaluando y no relevando la poesía de ambos autores aunque se diga de ella que ‘es la mejor que se ha producido en lengua castellana’. Se puede, sí, aportar la opinión de un especialista. El escritor José Díaz Herrera da el testimonio de un psiquiatra que «conoció personalmente a César Vallejo, de quien afirmaba que fue un hombre de recia y sana personalidad, positivo, sereno, ajeno al tipo de sicologías perturbadas o depresivas» (2009: 30).14

        Volviendo a Luis A. Sánchez (para que no parezca excesiva mi apreciación previa sobre su primogenitura del tópico de la angustia), él, a propósito de la obra de Luis Valle Goicochea, dice:


«si Vallejo fuera como algunos creen la medida de todo lo poético del Perú (¿), diríamos que se trataría de un Vallejo sin amargura, más bien plácido. En La elegía tremenda y otros poemas (1936) folleto, (sic) de depurada forma aparece como un crescendo de angustias» (1966-5, pág. 1587).15

Pero, en definitiva, yo creo que la utilización del término «angustia» —que, como se sabe, está circunscrito al campo de la psicología y la filosofía— vendría a ser, en la poesía, equivalente a «desesperación». Sin embargo, se debe convenir que ninguna de las dos expresiones condice con la poesía de CV. En todo caso, lo destacable en esa poesía es el pesimismo (que fue relevado por José Carlos Mariátegui), y puede ser que se lo esté confundiendo con «angustia». Se puede inferir que LAS ha obviado el uso de «pesimismo» en Vallejo, permutándolo por «angustia», para evitar que se lo relacione con JCM, que de haberlo hecho lo habría obligado a indicar el adelantamiento de este (indicación de adelantamiento que no hizo en otro caso16). No obstante lo usa después, refiriéndose a los dos primeros libros de Sebastián Salazar Bondy: en ellos —dice— «circula una negra vaharada de pesimismo, de tedio.» Y agrega: «En Cuaderno de la persona oscura, glosa a un Quevedo remozado (y allí un entronque con Vallejo y Martín Adán, quevedescos ambos)» (op. cit.: 1619).

        Por otro lado, dos situaciones muy cercanas a CV y aludidas por un amigo suyo, Ernesto More, desmitifican el tópico de la angustia. La primera tiene que ver con «angustias» sentidas por el mismo More, quien dice que, previamente, CV le había contado del famoso ciego Santiago, campanero de Santiago de Chuco que solía darse ánimo a sí mismo con la frase «¡No tengas miedo, Santiago!» cuando se iba a internar por calles oscuras, lo cual exacerbaba el temor de los niños por las creencias pueblerinas de los duendes y aparecidos, y dice More: «Recuerdo que cierta vez que Vallejo me veía angustiado por apremios económicos, acercándoseme al oído me dijo quedo, con la voz del ciego Santiago: “¡No tengas miedo!”» (1988: 20)17. ¿Cómo explicar que un angustiado le dé aliento contra la angustia a otro angustiado? Y la otra ocurrencia referida en el mismo libro de More, está relacionada con una noche de bohemia en la que CV había corrido con los gastos de comida, trago y taxis, hecho también poco común, pero posible de darse por haber recibido un pago acumulado por sus artículos. Hasta que se acabaron los recursos. Y, ya sin reservas para pagar la última cuenta, CV y sus amigos fueron recluidos por la policía. Finalmente, se logró que uno de ellos saliera a conseguir lo que requerían para cancelar la deuda, y al lograr su objetivo (quien cuenta la anécdota es Osmán del Barco, dice:) «Al salir de la comisaría, lleno de optimismo, Vallejo exclamó: “Ahora ya no le debemos nada a la vida y tenemos el derecho de ser felices…”» (op. cit.: 38). Ambas ocurrencias traslucen la serenidad y dosis de buen humor con que CV afrontaba la vida (salvo casos extremos que no necesariamente habrían de ser una constante, como dice el soneto de Almafuerte: «no han de ser tus caídas tan violentas/ ni tampoco por ley han de ser tantas»).

        En la obra poética de CV hay sendos versos que pareciera haberlos escrito presintiendo esta confusión de relacionar sus vicisitudes vitales (su llanto) con toda su personalidad, incluido su ser poeta: aunque en la acción de este se vea reflejado ese llanto; llegando al extremo —como fue el caso de Antonio Cisneros— de llamarlo ‘poeta llorón’.18 Los versos aludidos que contradicen esa «confusión» son los siguientes: «… me han confundido con mi llanto»19, verso este que está relacionado con los de este otro poema «Nómina de huesos» de Poemas en prosa: «Se pedía a grandes voces: (…) —Que, mientras llora, le tomen la medida de sus pasos./ Y esto no fue posible20». (op. cit.: 198), es decir que no se puede mensurar la vida de nadie por los instantes en que afloró su llanto. Y en el poema en prosa «Cesa el anhelo» (p. 204) se lee: «Y yo me escondo detrás de mí mismo, a aguaitarme si paso por lo bajo o merodeo en alto.», que complementa lo ya dicho: que frente al caos de la sociedad capitalista —la misma que contagia su estado generalizado de angustia— para el poeta [que no es un improvisado sino que remonta su visión del mundo a varios siglos atrás, antes ha dicho: «—Qué ocurre aquí, en este hijo de mujer? —clama la urbe, y a una estatua del siglo de los Ludovico, le nace una brizna de hierba en plena palma de la mano»], para el poeta —decía— ‘cesa el anhelo’ de saber si la mano del hombre es capaz de producir vida de lo inerte: ‘decir muchísimo sin atollarse: sin traicionar a la poesía’ [como lo hace constar en «Intensidad y altura»: «quiero decir muchísimo y me atollo»] y al ver que de la mano de la estatua «nace una brizna de hierba», entonces, él se sumerge en sí mismo para ver ‘todo lo vivido empozado en la mirada’ y aguaitar si solo se concentra en su yo: ‘si pasa por lo bajo’ o si, desde ese yo, es capaz de avizorar un mundo distinto al caótico, del cual toma distancia y ‘lo merodea desde lo alto’.

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(1) Son pocas las veces  que aparece esta palabra en los poemas de CV. Pruebas al canto: «Nervazón de angustia» (título del poema, Los heraldos negros). «En el muro de pie, pienso en las leyes / que la dicha y la angustia van trocando» («Nostalgias imperiales III», Los heraldos negros). «Lejana vibración de esquilas mustias / en el aire derrama / la fragancia rural de sus angustias.» («Aldeana», Los heraldos negros). «Sólo al dejar de ser, Amor es fuerte! / Y la tumba será una gran pupila, / en cuyo fondo supervive y llora / la angustia del amor, como en un cáliz / de dulce eternidad y negra aurora.» («El tálamo eterno», Los heraldos negros). «¿Los metaloides obran en tu angustia?» («¿Y bien? ¿te sana el metaloide pálido?», Poemas humanos). «De rodillas, mi terror / y de cabeza, mi angustia, / ¡madre alma mía!» («De puro calor tengo frío», Poemas humanos).

(2) César Vallejo (1973-2). El arte y la revolución. Lima: Mosca Azul.

(3) «La poesía de Xavier Abril», Texto proporcionado por Sandro Chiri, vía Internet.

(4) Jacques Derrida ¿Cómo no temblar? Acta Poética, OTOÑO, 2009 (PDF).

(5) Interesante clasificación esta para referirse a la obsesión personal de negar la existencia de dios. Su contrario, el que podemos llamar ateísmo científico, es el que se usa como arma para combatir a la religión que funciona como «opio del pueblo».

(6) George Lukács (1966). Estética. México: Grijalbo. Cuatro tomos.

(7) César Vallejo (1987). Desde Europa. Crónicas y artículos (1923-1938). Lima: Fuente de Cultura Peruana.

(8) César Vallejo (1973-1). Contra el secreto profesional. Lima: Mosca Azul.

(9) Giovanni Zilio (2002). Poesía y estilo en César Vallejo. Lima: Universitaria/Horizonte.

(10) Luis Monguió sobre el mismo poema dice que «En él Vallejo parte de la realidad de una habitación de cuatro muros en la cárcel y en un crescendo emocional pasa a verla como un criadero de nervios» (1952. César Vallejo, vida y obra. Lima: Perú Nuevo.: 126).

(11) Argumento falso o capcioso que se pretende hacer pasar por verdadero.

(12) Luis Alberto Sánchez (1966). La literatura peruana. Derrotero para una historia cultural del Perú. Lima: Ediventas. Cinco tomos.

(13) Alberto Escobar (1989). El imaginario nacional. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.

(14) Jorge Díaz Herrera (2009). El placer de leer a Vallejo en zapatillas. Lima: UCV-San Marcos. (Ver, especialmente: «El humor en la poesía de Vallejo»).

(15) El signo de interrogación entre paréntesis es mío, pues una afirmación de esa magnitud debe ser refrendada con la autoría de quien la hace, si no: hay que atribuirla a quien la sugiere como anónima. Con el signo «sic» se destaca la errata de haber abierto la coma de frase explicativa, sin cerrarla después, y que, en todo caso debió ir después de la fecha entre paréntesis y cerrar la frase que termina con la palabra «forma». Y, tal vez, alude a José María Arguedas, pues fue él quien llegó a decir, expresamente: «Vallejo era el principio y el fin», en El zorro de arriba y el zorro de abajo, «Último diario».

(16) En el séptimo ensayo, JCM se refiere a la poesía de Eguren llamándola «una poesía de cámara. Poesía de estancia y de interior. Porque así como hay una música y una pintura de cámara, hay también una poesía de cámara. Que cuando es la voz de un verdadero poeta, tiene el mismo encanto.» (MARIÁTEGUI, 1980, pág. 303). Y LAS, en el prólogo que hace para una edición de Obra poética completa de Eguren, dice que es una poesía «Sin relieves ni colores, ni pasiones ni clamores, ni suspiros: es una poesía de susurros (…), de matiz de viola y oboe; definitivamente una gran poesía de cámara; su poeta, un poeta mayor de un arte menor» José María Eguren (1974). Poesía completa. Lima, Editorial Milla Batres, , p. 24).

(17) Ernesto More (1988). Vallejo, en la encrucijada del drama peruano. Lima: Moisés Bendezú. La expresión, «No tengas miedo», es equivalente a: «No temamos. La muerte es así.» de Trilce, XXX. El «ciego Santiago también es mencionado en Trilce III.

(18) Cf. en: YouTube: Marco Aurelio Denegri entrevista a Stephen Hart parte 04 (25-07-2013).

(19) Este verso corresponde al poema «Aniversario» de Poemas humanos. Y se puede decir que es la búsqueda de la salvación solidaria, que puede tener su par en esta frase de Propercio: «Tendremos que llorarnos mutuamente».

(20) Estos versos los he visto citados por Javier Pérez Bazo, quien se refiere al heptasílabo (que se repite como un estribillo) y sobre el cual dice que el primero es «distinto por la forma verbal del presente en la primera estrofilla —“Y esto no es posible”», distinto —dice— de los demás que aparecen en tiempo pretérito: «Y esto no fue posible». (C-2016: 154). Este autor dice estar citando del libro publicado por Américo Ferrari, por encargo de la Unesco. Pero en ninguna de las cuatro ediciones de la poesía completa de CV que manejo [dos de González Vigil: 2013, 2018; una de Mosca Azul, 1973-3, y otra de Enrique Ballón, 1986] no aparece la —que Pérez llama— primera estrofilla con el verbo ser en presente. Ello —dice Ballón, refiriéndose a la edición de Ferrari— tal vez sea «atribuible a una simple mala práctica profesional» (F-: 34). Y agrega Ballón que ‘Américo Ferrari deja entrever una’ «evidente precipitación cuando acusa a los demás editores de los poemas de César Vallejo de incurrir en el “ilusionismo que haga aparecer las conjeturas como hechos” (1988: 285), estrago en el que de manera repetida él mismo incurre».

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