jueves, 1 de junio de 2017

Política

¡Defender el Pensamiento de Mariátegui de toda tergiversación y desarrollarlo en función de la realidad actual!

De Cómo los Liquidadores Abjuran del Marxismo-Leninismo y Falsifican la Creación Heroica de Mariátegui

(Cuarta Parte)


Eduardo Ibarra


Egotismo y servilismo en el grupo liquidacionista

Así como, según observó Mariátegui, hay obtusos de derecha y de izquierda, hay también egotistas de ambas posiciones.

No hablaremos de los obtusos en las presentes notas, sino únicamente de los egotistas.

En la historia contemporánea del Perú, Haya aparece como el prototipo de egotismo burgués, y en la memoria colectiva están vivas todavía algunas de sus grotescas expresiones.

Mariátegui, en cambio, es ejemplo imperecedero de modestia, y esta característica de su personalidad es parte inalienable de su legado.

No obstante, este invalorable legado ha sido contravenido por algunos personajes.

Así, siguiendo el mal ejemplo de egotismo burgués de Haya y haciendo a un lado el ejemplo de modestia proletaria de Mariátegui, Abimael Guzmán se autoproclamó “el más grande marxista-leninista-maoísta viviente” y Ramón García se autoproclamó “Yo el Supremo”.

Curiosamente, los liquidadores critican el “individualismo huachafo” de Guzmán y el PCP-SL, cuando el individualismo de García (del cual hemos señalado aquí únicamente su expresión más huachafa) es un individualismo elevado al nivel del más descomunal egotismo: proclamándose como se ha proclamado, García se ha puesto por encima de Guzmán y de todos los mortales.

Pero no hay egotismo sin servilismo. Así, en la memoria colectiva está vivo todavía el recuerdo del servilismo de la militancia aprista.

Igualmente, aún están vivas en la memoria colectiva las grotescas expresiones de servilismo de los militantes senderistas, así como, presentemente, pueden constatarse las grotescas expresiones de servilismo de los liquidadores.

El servil es una persona que ve las cosas no con sus propios ojos sino con los anteojos del egotista ante el cual se inclina supersticiosamente.

Es decir es una persona que ha perdido la capacidad de pensar por cuenta propia.

O sea una persona que ha perdido toda autonomía intelectual, toda personalidad política propia.

Veamos un caso de servilismo: para lanzar a la militancia de su partido a la aventura militar que, como se sabe, terminó en un grave fracaso, Guzmán tergiversó las tesis de Lenin y Mao sobre la situación revolucionaria, y, sin embargo, sus partidarios no fueron capaces de darse cuenta de ello y asumieron semejante tergiversación.

Veamos otro caso de servilismo: para contagiar su abjuración del marxismo-leninismo y su negación del carácter de clase del partido de Mariátegui, García hizo a un lado las tesis de Stalin sobre el leninismo y profundizó su vieja tergiversación de la verdad histórica del PSP, y, sin embargo, sus seguidores no fueron capaces de darse cuenta de ello y asumieron semejante abjuración y semejante negación.

Curiosamente, los liquidadores critican el servilismo en las filas del PCP-SL, cuando ellos mismos son ejemplos vivos de cerril servilismo.

Si el egotismo de Guzmán y el egotismo de García son la exasperación el viejo liberalismo burgués, el servilismo de sus respectivos partidarios es la exacerbación de la ideología feudal sobreviviente: la semifeudalidad ha periclitado en nuestro medio como economía, pero no como espíritu.

Por eso, resulta sumamente cómico escuchar a los liquidadores hablar de solidaridad de clase, de la necesidad de pensar por cuenta propia y otras cosas por el estilo, con citas de Mariátegui incluidas.

Pero hay más. Si en sus relaciones internas el grupo liquidacionista se caracteriza por el egotismo de García y el servilismo de sus seguidores, en sus relaciones externas se presenta marcadamente egotista y, además, promueve el servilismo respecto a sus posiciones. Así por ejemplo, en ocasión del fracaso de su anhelada fusión con el PCP-Unidad, Manuel Velásquez escribió que dicho fracaso se debió a que los militantes del mencionado partido “no entienden todavía que tienen que autodisolverse” (cito de memoria). Los únicos que “entienden”, pues, ¡son los liquidadores! Los demás son brutos.

Sin embargo, a pesar de todo, el servilismo no es un absoluto.

Así por ejemplo, tan pronto la aventura militar del PCP-SL terminó en un grave fracaso, entre la militancia de dicho partido se alzaron voces algo críticas, realidad que, a través del tiempo, se ha ido extendiendo y profundizándose.

Claro está que todavía esas voces no van al fondo del asunto y, por lo tanto, no alcanzan a explicarse, entre otras cosas, las causas más profundas del fracaso de la aventura militar a la que Guzmán lanzó a su partido.

En el grupo liquidacionista ocurre algo parecido: ante los sucesivos fracasos de tragarse a las diversas organizaciones de nuestra izquierda, entre los liquidadores se alzan algunas voces más o menos críticas.

Claro está que estas voces no van al fondo del asunto y, por lo tanto, no alcanzan a explicarse, entre otras cosas, las causas ideológicas y políticas de la bancarrota a que García ha conducido a su grupo con su abjuración del marxismo-leninismo, su falsificación de la Creación Heroica de Mariátegui, su reformista camino municipal al socialismo y su negación del partido de clase.

        Mientras los liquidadores no sean capaces de romper con esta múltiple apostasía, es decir, mientras no sean capaces de dejar de ser liquidadores, cualquier crítica que puedan hacer de algunos aspectos de la política de García no será más que una “rebelión de rodillas”. El caso más patético de esta peculiar rebelión es Miguel Aragón.

Tanto el egotismo de Guzmán y de García como el servilismo de sus respectivos seguidores, son, por cierto, completamente contrarios al Marxismo-Leninismo, al Camino de Mariátegui, al Socialismo Peruano.

        Por eso, es deber ineludible de los continuadores de Mariátegui combatir semejantes desviaciones del espíritu proletario y establecer el centralismo democrático en las diversas organizaciones y la solidaridad de clase entre ellas.

20.12.2016.


¡Defender el Pensamiento de Mariátegui de toda tergiversación y desarrollarlo en función de la realidad actual!

Acerca de un Caso de Escamoteo e Impotencia

(Tercera Parte)


Eduardo Ibarra


Aragón dice: “Ambos autores, García e Ibarra, no obstante el tiempo transcurrido, hasta ahora no entienden el desarrollo y la importancia del largo debate sostenido entre la propuesta socialista proletaria promovida  por Mariátegui, y la demagógica propuesta nacionalista burguesa, saturada de caudillismo feudal, acaudillada  por Haya de la Torre”.

Para que el lector no caiga en la insidia del comentarista, basta que se remita a mi folleto Mariátegui y el Partido Socialista del Perú (borrador) (octubre, 2008) y a mi artículo La reunión de Barranco y el liquidacionismo histórico (24.02.2016), textos donde expongo mi punto de vista sobre el tema. Aquí es suficiente señalar que quien presume de entender la polémica entre Mariátegui y Haya, no entiende, como ya se ha visto, el sentido de la afirmación mariateguiana sobre la homogeneidad doctrinal que aparece en la carta colectiva.

Pues bien, a partir de tal desentendimiento, el debate entre Mariátegui y Haya se le hace a Aragón un verdadero embrollo.

Pero veamos algunos aspectos específicos de su insidia.

Ahora que nuestro comentarista ha descubierto que en la carta colectiva Mariátegui escribió “el Apra debe ser” y que en la carta del 16 de abril de 1928 escribió que “La cuestión: El “Apra: alianza o partido”… pasa a segundo término desde el instante en que aparece en escena el Partido Nacionalista Peruano…”, es menester precisar que este fabuloso hallazgo lo utiliza para calumniarme. Así, escribió: “… resulta totalmente absurdo suponer, como lo hacen García e Ibarra, que tres meses después de la carta del 16 de abril, con fecha 10 de julio, Mariátegui todavía estuviera proponiendo “El Apra debe ser’”, agregando líneas después que “arbitraria y testarudamente” sostengo que la carta colectiva fue escrita el 10 de julio de 1928.

Y digo para calumniarme, pues en mi artículo, mencionado arriba, dejé sentado que “la carta colectiva fue escrita en abril de 1928” y que la misma “no tuvo fecha de redacción sino de remisión”: 10 de julio de 1928. Pero además, al citar una afirmación de la carta del 16 de abril (“Hemos acordado una carta colectiva que muy pronto les enviaremos”), estoy reconociendo que la carta colectiva es anterior a esta última fecha.

Contra este hecho –que le consta a todo el mundo– ¿cómo ha sido posible que Aragón me calumnie?

Ha sido posible, porque, como es notorio, con su “escrita, o enviada” y su “arbitraria y testarudamente”, ha tenido la fría intención de tergiversar mis afirmaciones  y manipular así a los lectores.

Por lo demás, llamo la atención del lector sobre la frase mariateguiana “…que muy pronto les enviaremos…”. Efectivamente, la carta colectiva fue enviada a distintos destinatarios a partir del 10 de julio, no obstante que a la sazón había sido sobrepasado el criterio de que “El Apra debe ser…”. Entonces, la arbitraria acusación que me hace Aragón cae sobre Mariátegui, quien, como se ve, al hacer circular la carta colectiva “tres meses después de la carta del 16 de abril”, habría cometido el “absurdo” de proponer la idea de que “El Apra debe ser…”.

Finalmente, sobre el mismo punto, llamo la atención sobre la forma en que Aragón pretende haber rectificado un error suyo al haber creído durante un tiempo que la carta colectiva “nunca se había enviado”. Al respecto dice el comentarista queHasta comienzos del año 2015… no conocía ningún documento de los meses de abril a julio de 1928, en el cual se mencionara alguna parte de la Carta Colectiva” (elipsis mía). Así, la cuestión de si la carta colectiva fue enviada o no, se convierte en la cuestión de que si alguna parte suya fue mencionada o no en algún documento del período abril-julio de 1928. Aragón, pues, como se ve, enreda premeditadamente las cosas.

En las cartas del 29 de setiembre, del 7 de octubre y del 19 del mismo mes de 1928 a Carlos Arbulú, a Nicanor de la Fuente y a Luis Valcárcel, respectivamente, Mariátegui dio cuenta del envío a dichos intelectuales de la carta colectiva (véase Correspondencia, t.II, pp.444-445, 451, 459), y, en una carta de Alejandro Rojas a Mariátegui de setiembre de 1928, el remitente da testimonio de haber recibido una del maestro fechada el 10 de julio: “Su atenta del 10 de julio…” (p.446). Por el tenor de la carta de Rojas se desprende que con ella este personaje dio respuesta a la carta colectiva.

Entonces ¿cómo es posible que, hasta mediados de 2015, Aragón haya creído que la carta colectiva “nunca se había enviado”?

La única respuesta posible es que, así como ha demostrado no entender lo que lee, el comentarista ha demostrado también que no sabe lo que escribe, pues, al mencionar las cartas de Mariátegui a Carlos Arbulú y Luís Valcárcel, lo que ha hecho es presentar, involuntariamente, una prueba contra su propia creencia de que la carta colectiva “nunca se había enviado”: como se ha visto, en julio fue enviada a Rojas y a partir de entonces también a otras personas (Arbulú, De la Fuente, Valcárcel, etcétera).

 En cuanto a la “importancia” de la carta colectiva, solo es necesario reseñar aquí lo que sigue.

        Mariátegui no podía entender el APRA “como partido, esto es, como una facción orgánica y doctrinariamente homogénea”, pues “conforme a la idea que originalmente la inspiró, y que su propio nombre expresa, el Apra debe ser, o es de hecho, una alianza, un frente único y no un partido” (Martínez, Apuntes para una interpretación marxista de historia social del Perú, t.II, p.300).

        Por eso, sostuvo también que “Los elementos de izquierda que en el Perú concurrimos a su formación [a la formación del Apra], constituimos de hecho –y organizaremos formalmente– un grupo o Partido Socialista, de filiación y orientación definidas…” (ibídem, p.301).

        Precisamente porque entiendo la importancia de este planteamiento mariateguiano (y no solo su importancia, sino también su vigencia), hoy defiendo intransigentemente el partido marxista-leninista, el partido orgánica y doctrinariamente homogéneo, el partido de clase.

        En cambio Aragón, que presume entender como nadie la polémica Mariátegui-Haya, sucumbió fácilmente a la grosera falsificación de la verdad histórica del PSP esgrimida alegremente por Ramón García.

Es decir, mientras Mariátegui reivindicó el derecho del proletariado a su propio partido, a su partido de clase, Aragón reniega este derecho. Esta es la extraña forma que tiene de entender la polémica Mariátegui-Haya.

El comentarista dice: “Ambos autores, Ibarra y García, no entienden el desarrollo y la importancia del trabajo de formación del movimiento socialista peruano, y suponen que para el año 1928, ya se habían alcanzado y logrado los tres requisitos o condiciones que Mariátegui consideraba necesarios e imprescindibles para dar el paso definitivo de la constitución de la organización partidaria del proletariado peruano”. “Las tres condiciones, recordadas por Mariátegui en  Antecedentes y Desarrollo de la Acción Clasista, fueron ‘tener un  programa, haber alcanzado el arraigo entre las masas, y la existencia de un periodo propio para la organización socialista’”. “Sin esas tres condiciones, no era oportuno  constituir la organización partidaria en 1919 (deslinde con la propuesta de Ulloa), ni en 1923 (deslinde con las exigencias de Falcón), ni tampoco en 1928, no obstante que Mariátegui al regresar de Europa en 1923, tenía el propósito de ‘trabajar por la organización de un partido de clase’”. “¿Qué faltaba en 1928 para constituir el partido del proletariado? ¿Porqué (sic) no se constituyó entre 1928 y 1930?”. “En 1928  faltaba la tercera condición, que en realidad es la primera en importancia: faltaba “un periodo propio para la organización socialista”. Para que se presenten esas condiciones, se necesita vivir ante la inminencia, o en desarrollo de situación revolucionaria; y para que exista situación revolucionaria, la primera condición es que las contradicciones internas de la sociedad hayan desembocado en una situación de grave crisis económica. Y justamente, en el Perú de 1928 ocurría lo contrario. Desde 1895 hasta comienzos de 1930, en el Perú se vivía en condiciones de relativa estabilidad y crecimiento capitalista, se estaba atravesando por el tercer ciclo largo, o tercera onda larga, de crecimiento capitalista” (negritas en el original).

No he podido evitar esta extensa cita, pues en ella aparece clara la falsificación que comete el comentarista tanto del pensamiento de Mariátegui como del PSP. Veamos.

En Antecedentes y desarrollo de la acción clasista, Mariátegui escribió: “Una parte de los elementos que lo componen, dirigida por Luis Ulloa, se propone la inmediata transformación del grupo en partido; la otra parte, en la que se cuentan precisamente los iniciadores de su fundación, sostienen que debe ser mantenido como Comité de Propaganda y Organización Socialistas, mientras su presencia no tenga arraigo en las masas. El período no es propio para la organización socialista…” (Ideología y política, p.99).

Lo que dijo Mariátegui con la cita es algo evidente: el período no era propio para la organización socialista, precisamente porque el Comité no había alcanzado arraigo en las masas; por tanto, la frase “el período no es propio para la organización socialista”, no es una condición para que sea factible esta organización, sino una conclusión derivada directamente del hecho de que la presencia del Comité no había alcanzado un tal arraigo.

La puntualización mariateguiana de que la revista Nuestra Época no traía un programa socialista no se refiere, como es obvio, al Comité, y, por tanto, no tiene que ver con la conclusión anotada arriba. Supongamos, sin embargo, por un instante, que sí tiene que ver con ella; en este caso la conclusión sería la que sigue: puesto que no hay programa y el Comité no tiene arraigo en las masas, el período no es propio para la organización socialista.

Es decir, incluso así, lo del “período propio” aparece como una conclusión, no obstante lo cual Aragón cree que es una condición, es decir, algo autónomo respecto a la cuestión del “arraigo en las masas” (y a la cuestión del programa en su personal conjetura), o sea, una condición más para la organización socialista.

Con el agravante, como es patente, de que no ha expuesto –como hubiera sido de rigor– el contenido de esa pretensa condición, y por tanto no ha probado en absoluto su conjetura.

Seguramente el lector ya se percató de que, llevando su liquidacionismo al plano histórico, Aragón niega sin más –y por enésima vez– la constitución del PSP: “¿Porqué no se constituyó [el partido] entre 1928 y 1930?”, se pregunta confusionistamente. Porque, según dice, “faltaba la tercera condición”, es decir, un “período propio para la organización socialista”.

Y faltaba esta “tercera condición”, porque, según dice también, “Para que se presenten esas condiciones [así en plural], se necesita “vivir ante la inminencia, o en desarrollo de situación revolucionaria”.

Es decir, el comentarista cree que el programa, el arraigo en las masas y el misterioso período propio para la organización socialista, son posibles únicamente en una situación revolucionaria o de su inminencia.

Por eso dice que “Sin esas tres condiciones, no era oportuno constituir la organización partidaria en 1919 (deslinde con la propuesta de Ulloa), ni en 1923 (deslinde con las exigencias de Falcón), ni tampoco en 1928”, y, precisamente, puntualiza que “en el Perú de 1928 ocurría lo contrario” (lo contrario a una situación revolucionaria).

Pero ocurre que, no obstante que Aragón cree “que Mariátegui consideraba necesarios e imprescindibles [las tres condiciones] para dar el paso definitivo de la constitución de la organización partidaria del proletariado peruano”, el maestro constituyó el “grupo organizador del PSP” el 7 de octubre de 1928 (fundación clandestina del partido) y en marzo de 1930 intentó su fundación pública, ambas cosas, pues, en un período que el comentarista califica de impropio para la constitución del partido, y, por esto, llega a la torpe conclusión de que el partido “no se constituyó”.

Es así como pone en evidencia un idealismo que lo lleva a negar la existencia del PSP en nombre de “los tres requisitos” (“o condiciones”), así como, al mismo tiempo, no puede ocultar su taimada descalificación de Mariátegui.

Pero además, puesto que en ninguna parte ha dicho que su conjetura se limita al Perú, hay que deducir que eleva a verdad general aquello de “los tres requisitos”, es decir que, para él, ningún partido puede fundarse si no existe una situación revolucionaria o su inminencia.

Así, descalifica a la inmensa mayoría de los partidos proletarios, pues la fundación de estos partidos, sus programas y el arraigo en las masas que alcanzaron muchos de ellos, son hechos que no se produjeron en las condiciones de una situación revolucionaria o en su inminencia.

Como se sabe, en la actual situación nacional (situación no revolucionaria) Aragón propone la construcción de un frente con exclusión absoluta de la tarea de constituir el partido (frentismo antipartido), y en la futura situación revolucionaria (que surgirá más tarde o más temprano) propone no la lucha directa por el poder, como corresponde en una situación tal, sino apenas la constitución del partido.

Cualquier marxista comprende perfectamente que la situación revolucionaria es una oportunidad histórica para la lucha directa por el poder, lo que implica la existencia previa de un partido consolidado en años y aun en décadas de lucha política.

Es decir, Aragón se opone abiertamente a la constitución del partido en la actual situación no revolucionaria, y más o menos subrepticiamente a la lucha directa por el poder en la futura situación revolucionaria.

 Pero hay más. ¿Por qué cree el comentarista que en una situación no revolucionaria como la actual el proletariado no puede constituir su partido, acordar su programa y alcanzar arraigo en las masas, y, en cambio, según se desprende de su literatura, el frente unido sí puede constituirse, acordar un programa y alcanzar arraigo en las masas?

Esta cuestión queda completamente en la nebulosa.

Por otro lado, Aragón habla de “la organización partidaria del proletariado peruano”. Pero el partido doctrinariamente heterogéneo, pluriclasista, que promueven los liquidadores no es ni puede ser el partido de clase del proletariado. Esto es indiscutible, y por tanto no es necesario que me extienda sobre el punto.

Aragón dice: “García e Ibarra se cuidan muy bien de no pronunciarse sobre esta condición objetiva de la realidad peruana de esos tiempos. Todo lo pretenden reducir a “desarrollo de las ideas”.

En ¿Qué hacer?, Lenin señaló que “… las huelgas de la última década del siglo pasado, a pesar de que, en comparación con los ’motines’, representaban un enorme progreso, seguían siendo un movimiento netamente espontáneo” (Editorial Progreso, Moscú, s/f, p.30). Y señaló también que “… la doctrina teórica de la socialdemocracia ha surgido en Rusia independientemente en absoluto del ascenso espontáneo del movimiento obrero, ha surgido como resultado natural e inevitable del desarrollo del pensamiento entre los intelectuales revolucionarios socialistas”; y que, por consiguiente,  “… existían tanto el despertar espontáneo de las masas obreras, el despertar a la vida consciente y a la lucha consciente, como una juventud revolucionaria que, armada de la teoría socialdemócrata, tendía con todas sus fuerzas hacia los obreros” (ibídem, p.31).

Como es lógico, existe una determinada relación entre el desarrollo del capitalismo, el desarrollo del movimiento espontáneo y el desarrollo de las ideas marxistas.  Esto es cierto tanto en el nivel histórico universal (surgimiento del marxismo) como en el nivel histórico particular (surgimiento de la forma nacional del marxismo).

Pero la relación entre el movimiento espontaneo y el desarrollo del marxismo es de una relativa autonomía del último con respecto al primero.

Por eso, en el Perú, el desarrollo de las ideas marxistas (Peruanicemos al Perú, Historia de la crisis mundial, La escena contemporánea, 7 ensayos, El alma matinal, Defensa del marxismo, Ideología y política, etcétera) se produjo independientemente en absoluto del movimiento obrero, aunque, como se sabe, Mariátegui estaba fuertemente relacionado con la clase obrera.

Así, pues, mientras el desarrollo del marxismo peruano condujo a la constitución del PSP, el desarrollo del movimiento espontáneo condujo a la fundación de la CGTP.

Obviamente, entre ambos organismos hubo una relación que significó el punto de encuentro (de contacto, de empalme) más importante entre el movimiento consciente y el movimiento espontáneo en los años 1920.

Por tanto, si Aragón dice que todo lo reduzco a “desarrollo de las ideas”, es solo porque, como es notorio, no solo no entiende el problema del desarrollo del marxismo peruano, sino que, además, necesita acusar por acusar a fin de descalificar mi folleto. Y no es la primera vez –y es posible que tampoco sea la última– que procede de esta forma cargada de insidia.

16.03.2017.


La Reunión de Barranco y el Liquidacionismo Histórico

(Fragmento)


E.I.


Acerca de la carta colectiva

Aragón dice que esta carta esperaba ser fechada “después de [su] debate y aprobación, lo cual nunca ocurrió”.

Pero veamos cuales fueron los hechos.

En la carta del 16 de abril de 1928 a la célula aprista de México, Mariátegui señaló: “Hemos acordado una carta colectiva que muy pronto les enviaremos” (Correspondencia, t.II, p.373). 

En carta del 29 de setiembre de 1928 a Carlos Arbulú, escribió: “… le acompaño dos cartas, una mía y otra que acordamos suscribir yo y varios compañeros, pero que en breve resultó insuficiente ante la prisa con que el grupo de México había avanzado en el sentido condenado abiertamente por nosotros” (ibídem, pp.444-445).

En carta del 7 de octubre del mismo año a Nicanor de la Fuente, anotó: “A Arbulú le he mandado copias de dos cartas en que formulamos en abril nuestros puntos de vista” (ibídem, p.451).

Y en carta del 19 de octubre del mismo año a Luis Valcárcel, apuntó: “Empiezo por acompañarle la copia de una carta colectiva, acordada en abril, y que pronto resultó inferior al desacuerdo provocado por la precipitación  del grupo de México…” (ibídem, p.459).

De estas afirmaciones del maestro se desprende: 1) que la carta colectiva fue escrita en abril de 1928; 2) que fue “acordada”, es decir, convenida, concertada, pactada; 3) que “en breve resultó insuficiente…”; 4) que fue remitida a diversos activistas; 5) que contenía los puntos de vista de los fundadores (“nuestros puntos de vista”).

Por eso Martínez señaló: “Con esta ‘carta colectiva’ el grupo de Lima tomaba posición. Esta circular ejerció gran influencia. Permitió la definición de los elementos que dentro del Apra, no estaban de acuerdo con la orientación imprimida por Haya de la Torre” (26).

Las afirmaciones “en breve resultó insuficiente…” (en la carta a Arubulú), y, “pronto resultó inferior al desacuerdo…” (en la carta a Valcárcel), no sugieren que la carta colectiva no hubiera sido debatida y acordada, sino nada más que lo que dicen sus letras: que rápidamente su contenido resultó inferior al grado de antagonismo alcanzado por la divergencia. Firmada o no (no hay prueba documental de lo uno ni de lo otro), la cuestión de fondo es que la carta fue acordada y representó los puntos de vista de los fundadores.

Pues ¿habría sido posible que, seis meses después de escrita, Mariátegui hablara de “nuestros puntos de vista” si la carta colectiva no hubiese sido aprobada? ¿Habría sido posible que la remitiera mencionándola como  “carta colectiva”? ¿Mariátegui era un falsario?   

La carta colectiva no tuvo fecha de redacción sino de remisión (27). Una carta de Alejandro Rojas, fechada en setiembre de 1928 en Hamburgo, aunque escrita en New York, hace referencia a una carta remitida a su persona por Mariátegui con fecha del 10 de julio: “Su atenta del 10 de julio…” (ibídem, p.302; Correspondencia, t.II, p.446).

Como se puede verificar, en la Correspondencia no aparece ninguna carta de Mariátegui con dicha fecha dirigida a Alejandro Rojas, lo cual permite asegurar que la recibida por este personaje fue la carta colectiva (28).

Si el 10 de julio de 1928 (29) Mariátegui remitió la carta colectiva al oscuro activista Rojas, entonces es factible suponer que a partir de dicha fecha fue remitida también a los demás activistas.

Dice Aragón: “Tiempo después, el mismo Mariátegui la utilizó [la carta colectiva] solamente como un testimonio o material ‘de referencia’”.

Pero la verdad es otra. En la carta a Arbulú, Mariátegui sostiene que desea que su destinatario “se forme juicio completo de este debate”.

En la carta a De la Fuente, luego de señalar “Esta actitud nuestra contra una desviación…”, Mariátegui continúa con estas palabras: “para que aprecien Uds. la posición de esos señores”. Habiendo aludido antes el envío que había hecho a Arbulú de “copias de dos cartas”, el “Uds” que aparece en lo citado se refiere a esta persona y al propio De la Fuente, por lo cual la frase “para que aprecien…” tiene que entenderse con el mismo alcance que tiene la que aparece en la citada carta a Arbulú: “Deseo que Ud. se forme juicio completo de este debate”

En la carta a Valcárcel, se lee: “El modo más leal de informarlo a este respecto, para que no se encuentre Ud. desorientado ante rumores confusos…”. Con la frase “para que no se encuentre Ud. desorientado…” implica que Mariátegui buscaba que Valcárcel tomara posición respecto a la divergencia con Haya y sus repetidores.

En todos los casos, pues, Mariátegui, no obstante haber señalado que la carta colectiva “pronto resultó inferior al desacuerdo…”, la utilizó como material que les permitiera a sus destinatarios tomar posición, y no, pues, como simple “testimonio” o mera “referencia”.

Notas
[26] Apuntes, t.II, p.302. En este mismo lugar, Martínez dejó escrito también: “Esta carta [de Haya del 20 de mayo] no recibió respuesta. Mariátegui cortó toda relación con Haya de la Torre. Continuaba el trabajo. Se redactaron los puntos de vista respecto al Apra, que se remitieron a todos los grupos extranjeros. He aquí la ‘carta colectiva’ que fijaba la posición del grupo de Lima” (p.299). Esta afirmación pretende que la carta colectiva fue posterior a la aludida carta de Haya, o sea que fue escrita después del 20 de mayo. Esto no concuerda con la información contenida en las cartas de Mariátegui citadas en el presente trabajo ni con la observación del propio Martínez en el sentido de que después de la carta de Haya, Mariátegui cortó con él toda correspondencia (ver Correspondencia, t.II, p.491).
[27] La carta colectiva no tuvo, en efecto, fecha de redacción. Pero de esto no se colige que se hubiera pensado ponerle fecha una vez que fuera firmada, pues si fue “acordada” en abril y representó “nuestros puntos de vista”, posiblemente fue firmada en el momento de su acuerdo. Puede suponerse, por lo tanto, que lo que ocurrió fue que se pensó ponerle la fecha en que fuera remitida por primera vez. Y, efectivamente, ante la historia aparece fechada el 10 de julio de 1928.
[28] Es sabido que Mariátegui no mantenía correspondencia con Rojas. De manera que si le remitió una carta fechada el 10 de julio, donde es tratada la divergencia con Haya, ella debe ser la carta colectiva.

[29] En la Correspondencia no hay una sola carta del período abril-09 de julio, que de cuenta de la carta colectiva, lo cual indica que aquello de que “muy pronto les enviaremos [la carta colectiva]” no se cumplió debido a que la misma “en breve resultó insuficiente”. ¿Cuán en breve? La carta de Mariátegui del 16 de abril a la célula aprista de México fue una actualización de los términos de la divergencia.


Jornada por las Ocho Horas: A un Siglo de Lucha Sindical. (*)

Roque Ramírez Cueva.

AÑO POR AÑO, en las celebraciones de los Primero de Mayo se cantan loores y se rinde pleitesía a los trabajadores con una intencionalidad traviesa en unos y aviesa en otros. Recuerdo que en nuestra niñez, de los tempranos años sesenta del siglo que acaba de pasar, aún logramos asistir a la solemnidad del homenaje a los obreros, pero de pronto al final de dicha década, se dejó de mencionar el día del obrero, y se generalizó por un “día del trabajo”, y, entonces, los trabajadores –donde se incluyeron los empleados pequeño burgueses y toda persona que se gana sus centavos diarios con sudor y sin sudor- se hicieron dueños del homenaje y lo convirtieron en festejo. Antes de la usurpación, la mayor honra consistía en manifestaciones de reafirmación de lucha, flameando banderas rojas.

   Por lo mismo, los poetas del verbo que mecen en el aire martillos y hoces nos plantean su exigencia justa, un llamado nítido, “el Primero de Mayo, es una celebración de la clase obrera, es desde sus orígenes un tiempo de los obreros y de nadie más”. Y nos advierten, no es su ocurrencia, es el reclamo de los hombres que se fajaron en las usinas y forjaron un tanto de su libertad en las firmes manifestaciones de la calle. Por si olvidamos, aquellos hombres de comba en perno, de pura fuerza de sudor y esfuerzo, trabajo que le llaman, su sangre dejaron impregnada en el cuerpo de la máquina, dejaron la vida en las fábricas laborando hasta extenuarse por doce a quince horas diarias, cuando no se les exigía más.

   En atención al clamor de los poetas, voz obrera, revisemos el por qué la gesta del Primero de Mayo. En épocas que no se enseña la historia cierta, sino sus ambigüedades, es necesario y justo. Los primeros datos ofrecidos por los Maestros (también necesaria esta mayúscula) de la escuela nos hablan de los mártires de Chicago, quienes fueron ejecutados por exigir un jornal de trabajo de solo ocho horas, su reclamo lo hicieron empleando la huelga y los street’s meetings. Entre esos héroes obreros destacan dos que la historia –incluso el cine- nos recuerda su gesta, nos referimos a Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, inmigrantes italianos arribados a Norte américa, de confesión anarquista.

   Tras esta versión de las aulas y del cine, se evoca también a los nuestros, en Perú el credo anarquista cundió sin pánico entre la clase obrera, y, por cierto, tal anarquismo tuvo sello propio entre los obreros de Lima y Callao, el ideario anarco sindicalista, cuya voz bizarra y prístina fue el poeta don Manuel González Prada. Los líderes obreros peruanos que conquistaron la jornada de las ocho horas son varios, ya los mencionaremos adelante, y el efecto de su instrumento de lucha, los mítines en calles, fue un tanto menos aciago que el crimen cometido contra Sacco y Vanzetti, entre otros ajusticiados por los Owners de los trust de Chicago. En toda represión, actúa el estado y su brazo ejecutor, pero el autor intelectual y mando directo son los grandes empresarios de las corporaciones.

   Los obreros anarquistas del país del norte no lo ignoraban y dirigieron sus tácticas erradas contra ellos por medio del atentado individual. Los obreros anarco sindicalistas de nuestras costas lo percibieron distinto, opusieron su lucha ante el estado, y eso hizo una diferencia distante, fortaleciendo la unidad de su movimiento obrero, protegieron a sus bases sindicales y mantuvieron vigente su lucha. Desde luego, en el caso del Perú, no se puede olvidar –por ninguna justificación- que se dio un tratamiento al conflicto, por parte del Estado, “para el negro de las haciendas había el cepo y el látigo; para el trabajador de las fábricas o de las minas hay el rifle y la ametralladora”, afirmaba González Prada1.
Por ello, la celebración del Primero de Mayo, bien dicen las voces obreras, es una fecha para renovar el compromiso de su lucha latente, y no mero regocijo. Así, la clase obrera lo propone, no se debe solo evocar los briosos días, la vital experiencia de estas fechas memorables, ni tampoco apelar al acto intrascendente, a la combatividad de masas sin timonel, sin mirar el norte u horizonte, según se prefiera. Porque, parafraseando a González Prada, se trata de ejecutar, ya, la generosa empresa por la liberación de los oprimidos del Perú esencia. Por tal, las presentes líneas intentarán señalar acerca de la Tarea-lección no percibida en los efectos o consecuencias derivadas de las páginas históricas del Primero de Mayo.   

   Empecemos por decir que la lección maestra del anarco sindicalismo, antes y después de la lucha por la jornada de las 8 horas, es una de las unidades de aprendizaje con mayores resultados en la historia del movimiento social del país. Mas, por ironía, algunas de estas enseñanzas centrales no se sintetizaron ni asimilaron. Al parecer, tampoco fueron consideradas en la redacción y aplicación de los principios del sindicalismo clasista. Lecciones morales, pragmáticas e ideológicas insertas desde el período de la jornada por las ocho horas, al que contribuyeron los obreros anarco-sindicalistas. Adelante observaremos por qué este aporte aún no ha sido comprendido en los ensayos históricos que refieren el momento.
Es necesario averiguar, deliberar y dar respuesta, ¿Por qué de simples artesanos y obreros, ellos se transformaron en conductores estratégicos y tácticos de masas? Porque, entre otras cualidades, actuaron no como uno sino fusionados como diversos hombre-actividad emanado de un solo ser social, el precursor proletario. Un obrero operario (valga el redunde) que, ya sea maestro u aprendiz, se auto educó en cultura básica y en el ideario de su pensamiento. Aquí, en este punto de considerarlos precursores proletarios,  sabemos que estamos blasfemando según la ortodoxia  de las ideas marxistas, pero por su accionar es la única manera de distinguirlos y agradecer su contribución a la luchas clasistas.

   Después de todo, solo la fe de estos obreros profesada al ideario anarco-sindicalista impide –a pesar que duela ser dogmático- se les ubique junto a esa gran masa trabajadora portadora de una ideología revolucionaria, la llamada clase proletaria. No obstante, cómo no respetar y aprender de estos luchadores sociales que no conciliaron ni dieron concesión alguna a la patronal capitalista de su época; que tampoco intentaron levantar sus huelgas sin antes no obtener las reivindicaciones propuestas a los amos. Hoy en día, sus acciones consecuentes serían tildadas además radicales y de “actitudes infantiles” por los capitostes del sindicalismo amarillista y de sus organizaciones revisionistas, en particular de una izquierda adocenada y formalita, quienes han convertido en un prejuicio la acción antagónica de masas para así justificar sus inclinaciones pro patronales.

   Volviendo al tema de los luchadores por la jornada de las ocho horas, en la historia del sindicalismo, solo el período de organización y construcción de la CGTP y del Partido Comunista (llamado socialista al inicio); incluida la cristalina y vital labor de José Carlos Mariátegui en la misma década de los años treinta; decía, solo en esta se superó la labor socio-política del anarco sindicalismo.

   Al respecto, ejemplos concretos hay bastantes, nosotros le recordamos al lector que un botón de muestra basta para comprobarlo: después de la sentida desaparición física del Amauta Mariátegui, muchos gremios organizados y formados en los principios del Sindicalismo Clasista, conservan en su seno prácticas e instituciones mutualistas y cooperativas, las cuales habían sido cuestionadas y desdeñadas por los héroes obreros de las jornadas de lucha de 1919, fecha cercana en la que se conquista la exigencia principal de su reclamo: ocho horas de producción, ocho horas de cultura y/o educación, más ocho horas de sueño.

   De esa manera, aquellos trabajadores duales (en el mejor significado de la acepción) de accionar múltiple, ese ya concebido hombre pensamiento acción, hizo realidad el objeto de sus sueños desde antes de sus luchas mismas. Para ello se impusieron una disciplina férrea, tenaz y persistente. Cuando laboraban su larga jornada de 12 a más horas eran fogoneros, panaderos, textileros, talleristas, mineros o braceros; luego hurtaban algunas horas a su descanso para hacerle de teatristas, lectores, poetas, payadores, libreros, maestros de sí mismos, bibliotecarios y estudiantes. Es decir, se dieron tiempo para auto educarse e involucrarse en procesos culturales, único modo de ser, además oradores de masa, tipógrafos, periodistas, organizadores sindicales y polemistas. Cierto, en ese tren frenético de querer obtener conquistas, sus horas de sueño ya no fueron ocho ni seis, si fueron menos ya no les interesaba, no tuvieron tiempo para sí mismos, ellos lucharon para que su descendencia si llegue a conciliar ocho horas de sueño, no olvidarlo, y aún lo olvidamos.

   En otras palabras, es importante destacar y precisar que con aquella voluntad y capacidad de avance y lucha nos dejaron, en esencia, su amor inagotable y su solidaridad de clase –hoy, cien años después, no vindicados-, junto a la capacidad de unidad y centralización de sus luchas. No por algo, J.C. Mariátegui incorporó su experiencia, distinguió su tarea al afirmar que, “…dentro del Frente Único cada cual debe conservar su propia filiación y su propio ideario. Cada cual debe trabajar por su propio credo. Pero todos deben sentirse unidos por la solidaridad de clase, vinculados por la lucha contra el adversario común…”2

   Y, tampoco estos propósitos se perciben menos se practican, por tanto concluimos que (en un anhelo cierto de millones) no hay mayor homenaje para los héroes obreros de Lucha por la Jornada de las Ocho Horas como hacer viable y real el cumplimiento de los intereses históricos de la clase obrera de convertirse en clase dirigente, por lo cual es vital rescatar y actuar con la inmensa capacidad de entrega, auto educación y lucha de nuestros mártires Nicolás Gutarra, Julio Tataje, Alberto Fonkén, Manuel C. y Delfín Lévano, Julio Portocarrero –quien más tarde asumiría el marxismo como líder de la CGTP-; y no faltaron compañeras obreras mártires como Manuela Chaflajo e Irene Salvado trabajadoras agrícolas del Valle Huacho-Huaura-Sayán, entre otras3.
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Notas:

(1) Gonzales Prada, M. “Primero de Mayo”.  En 1908, en el periódico anarcosindicalista Los Parias, Lima - Perú. Esta edición: Marxists Internet Archive, 2012.
(2) Mariátegui, J.C.  “El Primero de Mayo y el Frente Único”. El Obrero Textíl, vol. V, No. 59, Lima, mayo 1, 1924. Esta edición: Marxists Internet Archive, 2012.

(4) Oscar Alarcón Delgado.
(*)   Estas notas se redactaron en 1988, para un diario capitalino. Han sido reescritas y ampliadas, son resumen de un trabajo mayor de 12 páginas.

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