lunes, 1 de agosto de 2016

Literatura

Mario Vargas Llosa: De la Ambivalencia al Absolutismo y el Exclusivismo Ideológicos


Julio Carmona



ES ESTA UNA POSTURA QUE LE SIRVE a MV para manipular a sus personajes, de acuerdo con sus intereses personales. Y es algo que aquí nos proponemos confutar. Pero antes veamos cómo se manifiesta. MV acostumbra a plantear posiciones absolutistas, algo así como expresar verdades que no necesitan demostración. Por ejemplo, en algún momento dice que sólo el trabajo de los novelistas a dedicación exclusiva “cristaliza en obras bien logradas”: «La literatura —dice— demanda entrega absoluta y sólo cuando se la asume así cristaliza en obras logradas.» (D-2004: 98.) Y MV sabe que ese tipo de novelistas es la absoluta minoría, al menos en nuestro país. Según eso, ya se entiende cuál es el corolario de tal afirmación: el trabajo de la mayoría de los novelistas peruanos ‘no ha cristalizado en obras bien logradas’. Sin embargo, hay que advertir que ese tipo de afirmaciones tajantes, absolutistas y exclusivistas las admite cuando es él quien las sostiene. Pero no ocurre así cuando son otros los que asumen esas posiciones absolutistas. A pesar de que él ha llegado a plantear, incluso, una advertencia en contra de ese tipo de actitudes: «El exclusivismo —dice— hace brotar la irrealidad.» (B-1975: 28.)[1] Es más, una opinión complementaria a esa advertencia que se cuida del exclusivismo es la siguiente:

        «Una constante en el pensamiento occidental es creer
que existe una sola respuesta verdadera para cada problema humano y que, una vez hallada esta respuesta, todas las otras deben ser rechazadas por erróneas.» (C-1983: 410.)

Según esta declaración, podría pensarse que MV habrá de ser consecuente con la actitud tolerante que subyace a ella; pero no es así, pues cuando él incurre en ese exclusivismo olvida ponerla en práctica, a pesar de sus declaraciones ‘principistas’ en contrario, que él resuelve incluso en premisa ideológica, cual es el caso de la siguiente: «Se habrá notado que en lo relativo a los modelos sigo una política maximalista y liberal: todo me convence, salvo el exclusivismo.» (B-1975: 130.) Y veamos cómo este rechazo se lo aplica a otros, y cómo él mismo se exonera de su aplicación. Por ejemplo, se permite admitir flexibilidad en los criterios abstractos y, así, dice que: «No importa que un ensayo literario se aparte del objeto de su estudio para hablar de otros temas, siempre y cuando el resultado justifique el desplazamiento». Pero de esta apreciación —que la hace para referirse al ensayo de Sartre sobre Flaubert— pasa a hacerle a éste la siguiente reconvención: «Lo raro, en un fervoroso de lo concreto y lo real, como Sartre, es que buena parte del libro sea especulación pura, con un ancla muy débil en la realidad.» (Op. cit.: 55.)[2] Y, en realidad, lo que debió advertir MV es que, en sus propuestas de teorización literaria prefiere diluirse en divagaciones irracionalistas «con un ancla muy débil en la realidad», no obstante haberse presentado también como ‘un fervoroso de lo concreto y lo real’. Ese fervor por lo concreto y lo real, dice MV

«me ha hecho preferir desde niño las obras construidas          como un orden riguroso y simétrico (...) sobre aquellas que deliberadamente sugieren lo indeterminado (...) prefiero a Tolstoi que a Dostoievski, la invención realista a la fantástica, y entre irrealidades la que está más cerca de lo concreto que de lo abstracto.» (B-1975: 18-19.)

Esa tendencia a reconvenir las pretensiones absolutistas, por parte de MV, se da hasta en las afirmaciones más simples, como —por ejemplo— el no estar de acuerdo conque ‘ciertos temas sólo pueden abordarse de una manera específica’. Y pongo este ejemplo porque él mismo le hace una rectificación, en tal sentido, a García Márquez. Dice de éste que afirmó alguna vez que:

«Los novelistas ‘testigos’ de la violencia [en Colombia] fracasaron porque ‘estaban en presencia de una gran novela, y no tuvieron la serenidad ni la paciencia, pero ni siquiera la astucia de tomarse el tiempo que necesitaban para aprender a escribirla’. ¿En qué consistió la falla formal  de estas novelas sobre la violencia? (Pregunta MV, y dice:) La respuesta de García Márquez es ejemplarmente arbitraria: ‘Probablemente, el mayor desacierto que cometieron quienes trataron de contar la violencia, fue el de haber agarrado —por inexperiencia o por voracidad— el rábano por las hojas’. [Y acota MV:] Abordaron la violencia de frente, se extraviaron en la descripción de ‘los decapitados, de los castrados, las mujeres violadas, los sexos esparcidos y las tripas sacadas’, olvidando que ‘la novela no estaba en los muertos... sino en los vivos que debieron sudar hielo en su escondite’. [Y concluye MV:] La estrategia debía consistir, pues, no en la descripción de la violencia misma, sino de sus consecuencias, en la pintura del ‘ambiente de terror’ que esos crímenes provocaron.»

Nótese que GM está atenuando la generalización de su criterio, con la locución adverbial «probablemente» (que nosotros hemos puesto en cursiva), y a pesar de que dice que quienes actuaron así lo hicieron «por inexperiencia o por voracidad» (también puestos en cursiva por nosotros), lo que indica que el hecho mismo de abordar así la violencia no está siendo negado de manera absoluta por GM, puesto que alguien con mayor experiencia o menos desesperación, probablemente lo hubiera hecho bien. Es más, en las primeras líneas de la cita GM ha dicho: «Los novelistas “testigos” de la violencia [en Colombia] (...) no tuvieron la serenidad ni la paciencia, pero ni siquiera la astucia de tomarse el tiempo que necesitaban para aprender a escribirla», o sea que él no niega que —cubriendo esas condiciones— el tratamiento del tema de la ‘violencia directa’ pueda cuajar en buenas novelas. No obstante, MV absolutiza el criterio de GM y llega a la siguiente conclusión:

«La tesis es arbitraria porque no se puede establecer a   priori las ventajas o desventajas de una técnica narrativa. Con el método indirecto que preconiza García Márquez se pueden escribir también muy malas novelas de la violencia, y, a la inversa, no se puede excluir que con el método directo la violencia social y política produzca una ficción admirable» (op. cit., 133-134.)

Pero el mismo criterio debió aplicar MV a su opinión de que sólo los ‘escritores a dedicación exclusiva’ pueden escribir ‘obras logradas’. Porque también puede ocurrir esto último con otros que lo hagan «a tiempo parcial». Pero ese planteamiento lo expone de manera mucho más contundente en un trabajo crítico-teórico primigenio: «Sebastián Salazar Bondy y la vocación del escritor en el Perú» (1966), en donde utiliza la metáfora de «la solitaria» para describir a la literatura:

«Todos los escritores saben que a la solitaria hay que conquistarla y conservarla mediante una empecinada, rabiosa asiduidad. (...) Si no se la sirve y alimenta diariamente, la solitaria se resiente y se va» (B-1983: 89-113.)

Y obsérvese que la comparación no coincide con lo comparado porque la «solitaria bicho» no abandona al huésped nunca, salvo por expulsión medicinal. O sea, que la coherencia metafórica obliga a pensar que la «solitaria poética» seguirá viviendo con el escritor aunque éste la alimente precariamente debido a que tiene que compartirla con otras actividades. Lo que pasa es que MV no tolera que se le hagan las reconvenciones que él les hace a otros. Veámoslo a través de otro ejemplo. Él dice que son discutibles «las teorías que defienden una literatura edificante por sus resultados. No son necesariamente las historias felices y con moraleja optimista las que levantan el espíritu y alegran el corazón de los lectores.» (B-1975: 26. Cursiva del autor.)Pero obsérvese que, así, él está dando mayor validez a la actitud opuesta, y que toma de Flaubert, pues éste —dice— «repitió toda su vida que escribía para vengarse de la realidad [y que] eran sobre todo las experiencias negativas las literariamente estimulantes» (op. cit.: 105); lo que es también discutible puesto que para algunos escritores y lectores sí puede ser admitido aquello que él niega. Y en esto MV sí es coherente, pues esta restricción se la hace a Flaubert, a propósito de esta frase: «Les beaux sujets font les oeuvres médiocres» («Los bellos temas hacen las obras mediocres»), y MV dice: «Exageraba, por supuesto, pues “un beau sujet” bien ejecutado puede producir una obra extraordinaria.» (Op. cit.: 248.)[3] Y no obstante esta reconvención que le hace a Flaubert, él incurre en la misma exageración, pues cuando plantea la posibilidad de que los «buenos recuerdos» puedan ser admitidos como estimulantes para escribir, inmediatamente la descarta, pues dice que «No sólo los buenos recuerdos que la nostalgia convierte en heridas abonan una ficción» [entonces no hay salida: ‘los buenos recuerdos siempre se convertirán en heridas’, y, definitivamente] «son sobre todo las llagas que todavía supuran en el espíritu, los demonios que espolean y vivifican la imaginación de un escritor.» (Op. cit.: 127.)

        ¿Por qué tantas incongruencias? ¿Por qué reprocha a otros ese tipo de conclusiones tajantes y absolutistas, pero las admite para sí? ¿Por qué no se aplica él la misma reconvención? ¿Por qué deben ser mejores —como él afirma— las novelas ‘con historias infelices y con moraleja pesimista’ (pese a que ha sugerido lo contrario)? Ahora bien, volviendo a su ‘generalización sobre la literatura edificante y optimista, que produce obras mediocres’, en realidad lo que está haciendo es devaluar a la tendencia del realismo, atribuyéndole la exclusividad de una visión optimista de la realidad y sugiriendo la existencia de otro realismo pesimista (lo que debe rectificarse, pues no hay tal clasificación del realismo; éste es uno solo), pero haciendo prevalecer al formalismo, en tanto se sabe que éste es esencialmente pesimista. Y, desde luego, recusa al realismo (que él llama optimista) porque —de otra manera— vería perder piso a su propuesta teórica de la «relación viciada con la realidad» que, según él, debe tener como base todo novelista:

«para mí —dice MV—, ninguna parte de mi vida en que fui   feliz ha sido productiva literariamente (...) Realmente, si yo hubiera sido feliz o más feliz de chico o adolescente, no hubiera sido escritor. Y si en algún momento yo pasara a ser un hombre feliz, si eso es posible, si eso existe, estoy seguro de que dejaría de escribir. Para mí, la felicidad y la literatura son incompatibles.»[4]

De esa manera MV pretende establecer una relación dialéctica entre él y la realidad. Pero, en el fondo es una relación metafísica, en tanto ni la felicidad ni la infelicidad son absolutas, y, por lo tanto ambas se dan en la relación hombre/realidad; el pretender hacer eterna o absoluta a una de ellas es irreal. El pensamiento dialéctico no acepta el aislamiento de los hechos que la experiencia nos presenta en constantes entrelazamientos y condicionamientos recíprocos. El pensamiento dialéctico no admite antítesis radicales y artificiales allí donde, justamente, la realidad nos presenta una evidente interpenetración de elementos contrarios. Esa aparente visión dialéctica de MV, de moverse entre contradicciones absolutas y ficticias, responde, en verdad, a una contradicción muy íntima de su personalidad e ideología, que no es sino expresión de lo que Ángel Rama llama su ‘fanatismo literario’, es decir, producto de su radical individualismo fundamentalista.[5] Y éste es el que, finalmente, explica por qué incurre en errores tan elementales como el siguiente: En la misma Orgía perpetua,  MV le reconviene a Flaubert la siguiente apreciación: Las mujeres —dice Flaubert— ‘prennent leur cul pour leur coeur’ (sic),[6]e inmediatamente MV hace la rectificación: «No veo por qué no podría decirse lo mismo de los hombres: suelen también hacerse fraudes, disimularse los sentidos y confundir su corazón con su ‘cul’ (o el equivalente.)» (B-1975: 33.) Pero, si se observa bien, no es pertinente recusar esa opinión de Flaubert con el argumento de que ‘algo similar se da en los hombres’, pues no viene al caso; porque la opinión de Flaubert no establece esa bifurcación, es decir, no está eximiendo a los hombres. En todo caso, la observación de MV pudo pasar por señalar que eso no se da en todas las mujeres, y no que también se da en los hombres; porque lo resaltante es que, tanto entre las mujeres como entre los hombres, no es aplicable a todos. Y, en este caso, la observación de no tener el menor sentido dialéctico alcanza tanto al padre como al hijo: a Flaubert y a MV. Y su raigal pesimismo —de ambos— lo ratifica, porque —al decir de Bertolt Brecht—: «Nunca he hallado un hombre sin sentido del humor que pudiera comprender la dialéctica», porque para Brecht la vida en sí misma es contradictoria y, por lo tanto, mucho más divertida y complicada de lo que admitiría alguien «que ha convertido a la literatura en su único destino.» (MV, C-2004: 98.) Y en el caso de un novelista que declara tener una relación viciada con la vida —aunque escriba con humor— siempre transmitirá una visión unilateral de la misma.




[1]Y en la novela Historia de Mayta llega a la misma conclusión: «Cuando se persigue la pureza, en política, se llega a la irrealidad.» (p. 52.)
[2]Sobre el particular, el crítico Daniel Castillo Durante rectifica estas apreciaciones de MV respecto a Sartre, y concluye diciendo que: «estratégicamente, el ensayo de Vargas Llosa recurre al registro sentimental para reivindicar, en última instancia su derecho a veto.» «Teoría de las pasiones y literatura: por una crítica libertina», en: Forgues-D-2001: 198.
[3] Nótese que es similar a la atingencia que le hace a GM. Pero, asimismo obsérvese que también se podría aplicar esa reconvención a su teoría de que el novelista es un ‘rebelde ciego’: ¿por qué todo escritor de novelas debe ser un «rebelde ciego». «La primera obligación del escritor es la crítica de la realidad que le rodea y que el amor o la solidaridad no deben oscurecer jamás su visión crítica de las cosas.» (C-2004: 74.) Ver también que el mismo tema lo sostiene —con vehemencia absolutista— en el artículo «Albert Camus y la moral de los límites» en: C-1983: 231-252.
[4]Germán Carnero Roque, Alfredo Barnechea y Abelardo Sánchez León, «Vargas Llosa y su maldita pasión», en: C-2004: 105.
[5]En la autobiografía El pez en el agua, MV admite como elemento constitutivo de su personalidad ese ‘exclusivismo’ que —hemos visto— minimiza teóricamente. Dice: «Con mi apasionamiento y exclusivismo de siempre, Félix y Lea se convirtieron en una ocupación a tiempo completo.» (C-1993: 239.)
[6]La traducción literal es: «Las mujeres asumen su culo por su corazón.» Y la palabra coeur ha debido escribirla así: cœur. La o y la e fusionadas.

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