lunes, 1 de febrero de 2016

Ciencias Naturales


Las Razas Humanas

(Octava Parte)


M.F. Niesturj

SEGÚN QUIENES SOSTIENEN LA FALSA TEORÍA de las razas superiores e inferiores, los negros son más afines a los monos que los europeoides. Desde el punto de vista de la ciencia esto es completamente falso. Los negros tienen el pelo rizado y duro gruesos los labios, la frente es recta o algo convexa, carecen de vello en el cuerpo y la cara y sus piernas son muy largas en relación al tronco. Todas estas peculiari­dades ponen de manifiesto que los negros se diferencian más del chimpancé que los europeos. Estos, a su vez, difieren grandemente de los antropoides por el color cla­ro de la piel y otros rasgos. La teoría darviniana, según la cual el hombre descien­de de una sola especie antropoidea, y la de Engels sobre la humanización del mono bajo la influencia del trabajo social contribuyen a esclarecer el problema de las razas humanas. Los datos científicos sólo permiten concluir que todas las razas hu­manas actuales derivaron de un solo tronco común, bajo la acción conjunta de leyes biológicas y sociales.



A través del millón de años que, aproximadamente, ha transcurrido desde co­mienzos de la Era Cuaternaria, durante los períodos glaciales e interglaciales y hasta la época actual o postglacial, el hombre primitivo se extendió más y más por todo el mundo. El desarrollo de los grupos humanos se produjo a menudo en regiones diferentes, aisladas, bajo la influencia de las condiciones naturales lo­cales. Es oportuno mencionar aquí el papel de la selección natural y sexual en la formación del hombre primitivo. Los hombres más antiguos se transformaron en neanderthalenses y éstos, a su vez, en hombres de Cro-Magnon. Las razas no sólo surgían continuamente, sino que también volvían a nivelarse. Mientras se dife­renciaban entre sí a causa de las diferencias en las condiciones geográficas bajo las cuales vivían, las razas, sometidas a la influencia del trabajo, del desarrollo cultu­ral y otros factores especiales, adquirían cada vez más semejanza entre sí en lo referente a las características generales del hombre actual. A consecuencia de las diferencias cualitativas de sus vías de desarrollo las razas humanas comenzaron a diferir cualitativamente más y más de las subespecies en el reino animal.

        El estudio de los vestigios óseos de neanderthalenses y de Homo sapiens fos- silis ha llevado a ciertos científicos a creer que hace 100 000 años ya había signos de dos grandes divisiones raciales en el hombre primitivo (Roguinski, 1941, 1956).

Uno de los grandes grupos primitivos se formó en la mitad nororiental de Asia, al norte y este de los Himalayas. Se trata de la gran raza protoasiática o protomongoloide, de la cual derivaron diversas razas pequeñas y grupos antropo­lógicos mongoloides.

El grupo racial mongoloide que mucho después, 25 000 a 30 000 años ha, pe­netró en América a través del actual estrecho de Bering (entonces era un istmo) y de las islas Aleutianas, también derivaba de la gran raza protomongoloide. Este grupo se extendió cada vez más hacia el sur y, con el tiempo, se transformó en la pequeña raza india o americana, que los científicos usualmente dividen en varios grupos de tipos antropológicos.

Otra gran rama de la raza humana era la suroccidental, que se separó en dos grandes grupos raciales primarios: el euroasiático o europeoide y el ecuatorial o negro-australoide.

Uno de los rasgos distintivos más importantes de estas dos grandes razas sur- occidentales, durante el proceso de su desarrollo en direcciones diversas, es el co­lor de su piel, que se volvió fijo. Actualmente la piel es más oscura entre los re­presentantes de la raza negro-australoide y los de las razas europeoides que viven en los países cálidos del sur. Los grupos europeoides que viven en los países más septentrionales han adquirido gradualmente una piel más clara. Se supone que primero se aclaró la piel, luego los ojos y finalmente los cabellos.

El factor de aislamiento desempeñó un papel importante en el desarrollo de las razas humanas primitivas. Cuando se extendieron sobre la Tierra (Zubov, 1963) grupos físicamente similares, llegaron a regiones cuyas condiciones natura­les eran completamente diferentes. Al asentarse en esas zonas durante largo tiem­po ya no pudieron entrar en contacto con los demás grupos, y es perfectamente na­tural que tras milenios y decenas de milenios de existencia aislada, bajo la influen­cia de las condiciones sociales y naturales del lugar, las peculiaridades anátomo- fisiológicas de los grupos se hayan desarrollado en direcciones diversas. Bajo tales circunstancias, aun los cambios leves de la estructura física, al ocurrir en la mis­ma dirección, se acumulaban y consolidaban con el paso de las generaciones. Los diversos grupos comenzaron a diferir más netamente unos de otros, principalmente respecto a numerosas características externas que adquirieron importancia no pe­queña al convertirse en rasgos indicadores de la pertenencia tribual.

El proceso de formación de razas bajo la acción del aislamiento natural se pue­de apreciar aun hoy en la humanidad actual. Así, al parecer, se formaron los ti­pos antropológicos y sus grupos en las regiones límites de las áreas pobladas por la humanidad, en las lindes de la ecumene, adquiriendo un conjunto de caracterís­ticas raciales que claramente los distinguen de los otros. Entre los grupos de este tipo se cuentan, por ejemplo, los lapones del norte europeo (saamis); los esquimales (inuits), del extremo norte en América y Asia; los indios de Tierra del Fuego en el rincón más meridional de América; los aborígenes australianos; en Nueva Guinea, los papúes; al sur de Africa, en los desiertos de Kalahari y Namib, los joisanoides (bosquimanos y hotentotes) y en las densas junglas tropicales, los pigmeos.

Ya desde tiempos muy remotos se produjo un desarrollo progresivo, aunque muy lento, de la sociedad: se desarrollaban las fuerzas productivas, los grupos de seres humanos crecían numéricamente y algunas razas se ponían más en contacto con otras. Los grupos humanos comenzaron a entremezclarse más libremente y el cruzamiento se tornó, en lugar del aislamiento, en el factor decisivo en la apari­ción de razas nuevas. Pero la influencia de este factor llevó — y lleva — más fre­cuentemente a la formación de grupos raciales mixtos.


El comienzo del proceso de mestizaje coincide con la fase final de los procesos antropogénicos básicos, vale decir, con la aparición del hombre de tipo actual. El alto grado de adaptación que el cuerpo humano ha alcanzado respecto a la activi­dad laboral, facilitó el surgimiento de un tipo único de hombre actual y la nivela­ción de las diferencias raciales.

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