sábado, 5 de octubre de 2013

Literatura



En el 2013: Se Recuerdan los Ciento Veintiún Años de Vida de César Vallejo, los Ciento Dieciocho de José Carlos Mariátegui, los Ciento Dos de José María Arguedas y los Setenta y uno de Javier Heraud 

La Difícil Sencillez de César Vallejo

Julio Carmona

Muchas veces hemos escuchado decir que César Vallejo es un poeta de difícil lectura. Y es cierto, pero -debiera agregarse, en forma de pregunta como complemento de esa apreciación-: ¿qué poeta no lo es? Cuando damos por hecho que un poeta es sencillo, seguramente nos estamos quedando en el nivel superficial del significado inmediato de las palabras y creemos haberlo comprendido todo, sin haber hecho un esfuerzo por penetrar en los significados profundos que esa aparente sencillez encierra. Como una forma de ilustrar este dilema voy a analizar aquí el poema de Vallejo titulado “Sombrero, abrigo, guantes”, de Poemas humanos, que dice: 

Enfrente a la Comedia Francesa está el Café

de la Regencia; en él hay una pieza

recóndita, con una butaca y una mesa.

Cuando entro, el polvo inmóvil se ha puesto ya de pie.

5      Entre mis labios, hechos de jebe, la pavesa

de un cigarrillo humea, y en el humo se ve

dos humos intensivos, el tórax del Café,

y en el tórax, un óxido profundo de tristeza.

        Importa que el otoño se injerte en los otoños,

10     importa que el otoño se integre de retoños,

la nube de semestres, de pómulos la arruga.

Importa oler a loco postulando

¡qué cálida es la nieve, qué fugaz la tortuga,

el cómo qué sencillo, qué fulminante el cuándo!

Digamos, en principio, que los dos primeros versos (hasta el punto y coma) no entrañan mayor dificultad; son -hasta, si se quiere- descriptivos del mundo real: dos lugares de París, famosos y conocidos -por difusión cultural: a) “la Comedia Francesa” y b) “el Café de la Regencia”, colocados uno en frente del otro, como representativos de París, es decir, como definidores del Mundo Real. Pero observemos que, después del punto y coma, se pasa de lleno al mundo imaginario, de una manera brusca, se nos habla de: a) “una pieza recóndita” y b) “una butaca y una mesa”, que sólo están en la idea del “Locutor poético” (que es la voz que reemplaza a la del poeta) y éste todavía no nos ha dicho que ha entrado al Café (lo hará recién en el cuarto verso). Pero esos elementos (“pieza recóndita, butaca y mesa”) están ligados íntimamente con el elemento precedente: “Café de la Regencia”, el que, a partir de aquí se convierte en el núcleo fundamental del Mundo Imaginario, y los otros elementos: “pieza recóndita y butaca y mesa”, que constituyen parte de ese mundo imaginario, dan la sensación de soledad y ensimismamiento en que se encuentra inmerso el locutor poético, como si dichos elementos estuvieran puestos ahí, ex profeso, para él, consustanciándose “con él” (y con nadie más). 

Es decir, aquí se nos da una clave de interpretación: el sujeto humaniza a las cosas y éstas lo cosifican a él. Es decir que el Mundo Imaginario propiamente dicho (su “entorno material”) se ve incrementado por la presencia del sujeto, el mismo que es absorbido en un hálito de anonimato que lo hace ser coincidente con la vacuidad que enuncia el título: “sombrero, abrigo, guantes”, es decir, no hay hombre: hay ropa vacía que transita por el Mundo Imaginario. Pero, además, hay una construcción que va de lo externo -general- a lo interno -particular-, fusionando los elementos del ambiente con los del sujeto: haciendo, al final, un todo imbricado, indisoluble, y unido por un elemento común: la tristeza.

Seguidamente, como ya dijimos, el locutor poético, en primera persona (sujeto) enuncia la acción de entrar (al Café de la Regencia) y nos dice percibir que “el polvo inmóvil” (un “sujeto” -por definición- inanimado) se humaniza: se pone de pie. Obviamente, aunque por omisión sugerente, debe entenderse que hay otras personas en el Café -iguales al locutor poético-, las mismas que permanecen indiferentes ante su entrada: ¡a diferencia de lo que ocurre con el polvo!, lo que viene a ratificar ese proceso -ya sugerido- de humanización de las cosas y de cosificación de los humanos que los vuelve anónimos, solitarios y tristes.

En el quinto verso hay dos elementos más: a) los labios del locutor poético, a los que se hace extensivo el proceso de cosificación, puesto que -de manera insólita- se nos dice que no son de carne (como -por lógica- debiera ser) sino de jebe, dándonos una imagen de insensibilidad; y, al mismo tiempo con ellos, con los labios, se puede establecer otra imagen paralela (como entrada  que  son  al interior del hombre) con la imagen de la puerta de ingreso al Café, en tanto -como se ve en el siguiente elemento: b) la pavesa de un cigarrillo- ambas “entradas” -del hombre y del Café- humean; y el cigarrillo, entonces, se presenta como otro símbolo adicional de que si hay algo vivo, actuante, son las cosas: hay pieza, butaca y mesa (pero no hay personas), y hay polvo que se pone de pie, y hay cigarrillo que humea en “labios de jebe”, cosificados.

En los versos siguientes (séptimo y octavo) el humo del cigarrillo se confunde con el humo del Café (con mayúscula) y suman “dos humos intensivos”: el humo del Café, del local cuyo “Tórax” sigue haciendo un paralelo con el humo del cigarro que está en el “tórax” del sujeto. Y, por supuesto, si somos consecuentes con estas imbricaciones de los “tórax”, tenemos que enlazar la imagen del cigarrillo en los labios del hombre, humeando, paralela a la imagen de la puerta del Café, también humeante, y, por lo tanto, imaginar asimismo el tórax del hombre con “un óxido profundo de tristeza”, imagen ésta a la que habría que agregar el “tórax de la taza de café”, que también humea y que, por el color del “café” (con minúscula) también satura al conjunto con su “óxido profundo de tristeza”.

En el verso noveno hay que destacar el verbo IMPORTA: pues cabe preguntar ¿por qué “importa” que el elemento subsiguiente que lo acompaña: a) “el otoño” (como símbolo de la sociedad, adelantemos) se injerte en el otro elemento b) “los otoños” (como símbolo de los hombres, elementos que conforman a esa sociedad cuyo símbolo, decíamos, es  el otoño)? Y una respuesta rápida puede sugerir que esa importancia busca precisar el interés, la urgencia de que los hombres (otoños) tomen conciencia de su ser social: hijos de la sociedad (vástagos del otoño), dejando de lado su estar individual.

Y la misma progresión se sugiere en el verso diez con los siguientes elementos: a) “importa que el otoño”, y b) “se integre de retoños”, es decir, que los hombres (retoños, asumiendo conscientemente su ser social) sean verdaderamente “hijos” de su sociedad (otoño): que sientan ser retoños de ese otoño; que no sean partes aisladas sino partes integradas.

Y en el verso once, una vez más, se repite la progresión integradora: que el elemento a) “la nube” se integre de b) “semestres”; y que el elemento c) “la arruga” se integre de d) “pómulos”. Y en este caso, se está causando una sensación de ilogicidad, un cierto desquiciamiento, en tanto se relacionan elementos que en la realidad no pueden integrarse: se integre la nube de semestres, y más aún cuando se trata de los elementos c) y d): se integre la arruga de pómulos. Pero, en verdad, se está proponiendo la fusión del todo en la parte (de lo más grande en lo más pequeño: así como veíamos que se pedía en los versos noveno y décimo la compenetración de la sociedad en el individuo), en este caso la nube que es una parte del día ¡deberá integrarse de semestres! que es una acumulación mayor de días. Y lo mismo ocurre con los elementos subsecuentes: los pómulos y la arruga que serían también expresión temporal del hombre: es decir, hay la urgencia de acumular en cada hombre (en cada parte de la humanidad) la mayor cantidad de experiencia (recuérdese la famosa tesis de Marx sobre la “explicación del mundo”), que se traduce en extensión temporal y que debe resumirse en cada parte humana actuante para la “transformación del mundo”. Pero, por otro lado, esa ilogicidad va preparando la sensación de locura que el locutor poético propondrá en los siguientes versos.  

El elemento “oler a loco” del verso doce entra en relación (reiterativa) con el verbo “importa”, que ya ha sido analizado antes, y es pertinente hacer -por nuestra parte- una relación de estos elementos con el Elogio de la locura de Erasmo de Rótterdam, que vendría a ser el paradigma de esta propuesta vallejiana. Porque la realidad enferma constituye para los “señores del poder” el estado normal de las cosas y lo llaman incluso el “orden” establecido, y, por lo tanto -según ellos-, quienes no están de acuerdo con ese “orden”, con esa realidad enferma, resultan estar locos. Entonces, según Erasmo (y Vallejo) lo que corresponde hacer a quienes ven las cosas de manera diferente, es elogiar la locura, es ser considerado loco. De ahí que a ese loco no se le ocurre otra cosa que postular (pretender) en los versos trece y catorce que se den las siguientes apreciaciones, “trastornadas”: a) “qué cálida es la nieve”, b) “qué fugaz la tortuga”, c) “qué sencillo el cómo”, y d) “qué fulminante el cuándo”, lo que equivale a decir que el “loco” debe proponer lo contrario de lo que se considera normal y lógico en una sociedad deshumanizada, y, por ende, si los señores del poder dicen que la nieve es fría, el “loco” debe decir que la nieve es cálida; si se piensa que la tortuga es lenta, decir, contrariamente, que es fugaz. Porque ello equivale a precisar que si se considera que el hielo de la maldad social es eterno, pues debe decirse que no es así, que puede derretirse, porque en el interior de esa maldad social hay suficiente calor humano que hace cálido al hielo. E igualmente, si se piensa que para ver transformado el mundo tendrán que pasar muchos años, es decir, si se tiene la sensación de que la revolución socialista -que según la comprensión política de Vallejo- avanza de manera muy lenta, pues entonces hay que decir lo contrario: ese cambio será o se hará rápido. Pero, ahí surge la pregunta: Si es así, ¿cómo se hará? Y, entonces -según el locutor poético- resulta que el cómo es sencillo, siempre y cuando se cumpla con esa integración de los retoños del otoño; al asumir el hombre su naturaleza humana, que rechaza el desquiciamiento de este presente enfermo (que es, según la expresión de Marx, la prehistoria de la humanidad), entonces también la otra pregunta que se imponía: ¿cuándo ocurrirá esto? debe obtener la respuesta de que el cuando será fulminante, dándonos, con esa expresión la imagen de lo que es la revolución, porque -también como postula el pensamiento marxista, y Vallejo lo suscribe-: para la revolución, varios años se sintetizan en una hora.




Las Conquistas Románticas de Rubén Darío

(En  Evocación de los 100 años de El Canto Errante)

 Roque Ramírez


En un programa de televisión de TVPerú atiendo el diálogo sobre Azul  el libro de poesía de Rubén Darío, donde los escritores invitados concuerdan en señalar que dicha obra significó un antes y un después para la literatura americana, la cual ingresaba al ámbito universal con la espada y pluma del adalid que la condujo a la palestra de las letras hispanas, plena de modernidad y autonomía sin influencias paternales.

Cierto, por el año de 1888 en que se publica  Azul, se inician las conquistas románticas de Rubén Darío, y no hablo de amoríos sino de heroísmos e ideales americanistas vindicantes. Como bien señaló Octavio Paz  (Los Hijos del Limo), el modernismo fue para América morena el proceso romanticista que décadas atrás se gestó en Europa,  "el modernismo insurgía  como respuesta al vacío de fe, a la falta de ideales en las sociedades americanas".

Por aquellas décadas de fines del siglo XIX, la sociedad española, incluidas sus letras y artes, sufre un período de decadencia, uno de los motivos, entre varios, es la extinción definitiva de su imperio a causa de las luchas de independencia de Cuba lideradas por el poeta modernista José Martí, lograda en 1898, el año clave de la primera insurrección literaria latinoamericana.

Antes de 1888, las letras y artes americanas, en opinión de Tamayo Vargas, se mantenían en un ambiente de grosera imitación  de los moldes letrados europeizantes. Imitan a esa España de escritores decadentes o también hacen la imitación que de la literatura francesa hicieron algunas plumas hispanas de la época, pues sus glorias imperiales de antaño se habían opacado por la emancipación independentista de América.

Sin embargo, este panorama cultural del entorno que precede al inicio del modernismo fue variando, y cambia por la renovación de poderes en algunos países que inician su proceso de industrialización. Los terratenientes o latifundistas perdían piso y tierras, ante el control del Estado, administrado por ascendentes burguesías nacionales.

Por la década de 1890, un sector de las letras americanas aún dirige su mirada al naturalismo y parnasianismo europeo, el propio Darío con Prosas profanas (1896). Y por otro lado, recobran vigencia e importancia las ideas positivistas que son el sustento del proyecto liberal decimonónico, y las ideas americanistas de emancipación y libertad, todas ellas se enarbolan y son la fuente que saciará la sed de lauros nacionales no sólo de los guerreros independentistas sino de sus poetas.

Es en esta escena donde insurge el modernismo. Con el dinamismo y auge de la industrialización  mundial e innovación técnica la información en los periódicos y radios se expande y difunde a más sectores sociales y más rápido, en las bibliotecas universitarias de nuestro continente  se llega a conocer todo el glorioso pasado de la cultura universal, aportada por el exotismo de las grandes civilizaciones orientales de Egipto, Babilonia, la India, Japón y  China.

Obviamente, inventos como el telégrafo, teléfono, trasatlánticos, trenes, aviones, la energía eléctrica, la radioemisora, etc., aportan nuevas terminologías que pasan a ser uso corriente en las calles y que luego incrementarán los diccionarios. Pero, la literatura engalanada por rígidas letras de molde clásico no les da importancia, y esa es la virtud visionaria de los modernistas, incorporar en sus obras estos vocablos para incluirlos en la tradición poética universal.

Circunstancias estas que, explícita e implícitamente, y como complemento de factores socio- económicos, contribuyeron a generar un ambiente cultural conveniente y acondicionado para la renovación e insurgencia de las letras latinoamericanas, a partir de Azul.

Es así que estas artes y letras, con el desbrozar de José Martí y el protagonismo de Rubén Darío, ingresan a su primer momento de gloria, pues se trata que suscribieron para la historia una etapa diferente e inédita. Como dice Amado Alonso, "es la primera vez que América asume la dirección poética en la lengua española. España se incorpora al movimiento americano".

Esta propuesta literaria, la podemos entender mejor desde el testimonio del propio Darío, en un comentario que nos ofrece sobre la obra de uno de los iniciadores del modernismo, el héroe combatiente por la libertad de Cuba, el poeta José Martí:

"Yo admiraba altamente el vigor general de aquel escritor único a quien había conocido por aquellas formidables líricas correspondencias que enviaba a diarios hispanoamericanos".

"Escribía una prosa confusa, llena de vitalidad y de color, de plasticidad y de música. Se transparentaba  el cultivo de los clásicos españoles y el conocimiento de todas las literaturas antiguas y modernas".

Opinión  que resume los rasgos característicos de la escuela modernista, muy aparte de que el comentario sobre Martí no sea certero respecto a su prosa, hoy bien conocemos que la lucidez  martiana fue de ideas vanguardistas, sobre todo visionarias. Rasgos éstos que además asumió el propio Darío, en su segunda etapa en que evoluciona y da pie a transitar hacia la vanguardia en libros como Cantos de Vida y Esperanza (1905)  y El Canto Errante (1907).

Los modernistas originales han recibido injustas acusaciones de emitir cantos de cisne con voces de cristales musicales nada más. Eso lo hicieron sus seguidores. Sus plumas de avanzada, Darío, Martí, Gonzáles Prada, Herrera Reisig, quisieron ser y fueron universales, quisieron por entereza desvincularse de yugos imperialistas y devolvieron ese período oscuro de la invasión con una conquista de luces, la creación poética americana imponiéndose en el viejo continente.

En lo que respecta solo a Darío, veamos de modo breve esa transición suya hacia la vanguardia en uno de sus libros menos difundidos y que este año cumple cien años salido de las imprentas, El Canto Errante, cuya poesía se mantiene vital. S. Yurkievich postula que la poesía última de Darío es iconoclasta, no sólo de denuncia sino también cuestionante de los grandes poderes, con un lenguaje renovado exento de galas.

Veamos dos de sus poemas. En el poema "A Colón" se presenta el asombro nativo y el espanto en piel de ovejas invasoras que significaron los hechos a partir del 12 de octubre de 1492, versos en cuyo trasfondo se percibe un canto de loores cargados de vindicaciones por la identidad continental de una América cobriza y morena.

En el poema "A Rooselvelt" canta a protagonistas inéditos en la poesía latinoamericana: los obreros y trabajadores negros y latinos, mostrando su función de constructores virtuales pero marginados por la sociedad industrial Anglosajona. Sobre todo advierte del peligro de las garras que afila el águila imperial norteamericana.

Cierto no es una poesía propia de la mejor vanguardia pero en su universalidad cruzó sus fronteras y se aproximó bastante a ella. Lo cual nos confirma que a los genios de la literatura universal resulta inútil encasillarlos en rígidas tendencias.

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