sábado, 5 de octubre de 2013

Arte



 Características del Arte Proletario


César Risso


El arte es una manifestación espiritual, y como tal refleja los pensamientos, sentimientos y ambiciones, en una palabra, los intereses del artista, los mismos que corresponden a intereses más generales, de los más amplios grupos denominados clases sociales.

Como arte, o manifestación espiritual, se expresa en los temas o motivos que trata, en cómo los aborda, en la técnica que utiliza, que se materializan en escuelas y tendencias.

       En este sentido se puede decir que una obra puede ser revolucionaria o reaccionaria, sin dejar de ser arte, vale decir, si cumple con los requisitos estéticos requeridos. Aquí podemos ilustrar este aserto con la obra de los poetas peruanos Cesar Vallejo y Víctor Mazzi, Eduardo Ibarra, Julio Carmona, Rosa del Carpio, entre otros.

Claro ejemplo de esta afirmación es el poema de Eduardo Ibarra, La mano diurna:

La mano diurna es una mano de rocío,
De cinco deslumbrantes dedos.

Es una mano en pie de puño.
La mano diurna
-decidida, ubérrima-
se adentra por el sexo femenino
del tiempo.

Como la sangre corre y hierve
diariamente en nuestras venas.

Mano diurna –deslumbrante racimo
de cinco vitales dedos- cómo quiero
cómo queremos danzar sobre tu palma.

Mano Viet Nam. Mano Cuba.
¡Mano en pie de puño!

Como es natural, las fuerzas sociales preñadas de un nuevo orden social, que pugnan por transformar la actual organización económico-social, postulan que el arte debe servir a este ideal, tratando de adecuar para ello sus temas y técnicas. En cambio, las clases que dominan económicamente y controlan políticamente en el actual sistema, tratar de embellecer a la realidad, o de distraer a la población convirtiendo el arte en puro entretenimiento. Claro que no siempre lo hacen conscientemente, pues esto es el resultado de las contradicciones de la vida, de la evolución del mismo arte, de las innovaciones técnicas, y del reflejo de esta problemática en la conciencia del hombre.

Así, por ejemplo, en el siglo XV, tres artistas, Brunelleschi, Donatello y Massaccio (arquitecto, escultor y pintor respectivamente) crearon un método de carácter científico (la perspectiva), del cual ninguna escuela o tendencia de la época podía sustraerse, para representar el espacio tridimensional en una superficie de dos dimensiones, el cual se empleó durante unos quinientos años permitiendo un desarrollo espectacular del arte, hasta que el cubismo, a comienzos del siglo XX introdujo el método de perspectivas múltiples.
Mientras la perspectiva se sustenta en una visión monocular, fija e instantánea, el cubismo planteó una técnica basada en una visión biocular, móvil y desarrollada en el tiempo. Por ello Picasso representa un rostro simultáneamente de frente y de perfil, logrando así reflejar el espacio con la misma complejidad de la visión humana.

En la cúspide del arte del renacimiento se encuentra Miguel Ángel Buonarotti, quien luego de desarrollar durante largos años el estilo clásico, termina cuestionando la pintura clásica de su época a través de su obra El juicio final, ubicada en la Capilla Sixtina. En ésta, el Cristo no es el que corresponde a la iconografía tradicional, pues ya no es el personaje barbado sino lampiño; igualmente, la virgen María es mucho más joven; tampoco es Satanás el que lleva a los condenados al infierno sino Caronte, personaje de la mitología griega. Además, la composición de la obra ha perdido la armonía de conjunto, y se presenta fragmentada, en grupos de personajes aislados.

Salta a la vista el que en un largo periodo histórico se representasen escenas religiosas, señal del poder económico de la iglesia, que además era parte del poder político, que permitió la utilización que se hizo de la pintura. Ya en el Concilio de Trento, el de la contrarreforma, se decía que había que educar en la fe por medio de la imagen. Pero la presencia de Caravaggio, a pesar de la temática religiosa que trató, nos muestra los personajes de un modo terrenal, tosco, descarnado, trasuntando naturalismo e iluminismo (revelación de la realidad a través de la luz), a diferencia de la forma  idealizada de las obras de los pintores del alto Renacimiento como Leonardo Da Vinci, Rafael Sanzio y Miguel Ángel Buonarotti.

Algo básico es que no se puede renunciar a la herencia cultural. En este sentido nos alecciona Aníbal Ponce, quien comentando la política dirigida al tratamiento de la literatura destinada al pueblo por lo que fuera la URSS, decía que “ignoraban los unos que no se trataba de una restauración de los clásicos, sino de su asimilación crítica por las masas obreras como el Renacimiento había sido la asimilación del pasado en nombre de la burguesía mercantil; desconocían los otros que el arte proletario no es el arte de los desarrapados, y que el desprecio de los graves problemas del estilo no es en el fondo más que una torpe jactancia de analfabetos”.

En torno a lo que debiera ser el arte, es necesario decir que sobre todo se trata de la integridad del hombre (Lucaks). Esto se manifiesta en el realismo y en el humanismo, que como es natural está en función de la época histórica correspondiente.

Las expresiones de la integridad del hombre se sustentan tanto en la actitud del artista como en la valoración del arte. En la presentación de la monumental obra de Sholojov El Don apacible, Konstantin Fedin dice que “Sholojov no calla, escribe toda la verdad. No convierte la tragedia en drama y del drama no hace lectura amena. No oculta las situaciones trágicas en consoladores ramilletes de flores silvestres. Pero la fuerza de la verdad es tan grande que la amargura de la vida, por muy horrible que sea, es superada por el ansia de felicidad, por el deseo de conseguirla y por la alegría de lograrla”.

No hay que olvidar que el arte no es la realidad, de lo contrario estaríamos avlando una visión esteticista. Lucaks, citando a Chernichevski dice que “las masas no ponen en modo alguno el arte por encima de la realidad; por el contrario, ni siquiera se les ocurre comparar sus valores, y si se ven obligados a dar una respuesta clara, dicen que la naturaleza y la vida son más hermosas que el arte”.

Hay que tener cuidado con pasar por arte aquello que no lo es. Por ejemplo, una línea seguida es la representación fotográfica de la realidad como recreación de aquello que sólo así se puede apreciar. Es el caso de las imágenes o pinturas incluidas en la obra Cosmos de Carl Sagan. Una de estas pinturas es Un quasar en el interior de una galaxia elíptica gigante dominando un cúmulo profuso de galaxias, de Adolf Schaller.

De igual modo, el escultor Soviético Tatlin, luego de una fructífera labor como artista decide dedicarse al diseño industrial, actividad de la que es el creador.

Las tendencias, temas y técnicas, varían de acuerdo al periodo histórico del que se trata, y en consecuencia, la valoración que se hace de la obra de arte no debe olvidar el contexto histórico. Así por ejemplo, en la década del 30 del siglo XX “el sentido revolucionario de las escuelas o tendencias contemporáneas […] está en el repudio, en el desahucio, en la befa del absoluto burgués” (J. C. Mariátegui).

Resumiendo, se trata del hombre en su integridad; del dominio técnico; del lugar del arte como representación y no como sustitución de la realidad; de la búsqueda de la verdad; de la asimilación crítica de la herencia cultural; de la defensa del ideal humano, esto es, de la contribución a la transformación de la realidad.

El optimismo en el arte, tomando en cuenta los elementos que hemos señalado, es entonces un programa. Pero no hay optimismo puro, sino que este también se enmarca, en este caso, en la época histórica actual y por lo tanto toma partido por una u otra visión del mundo y en consecuencia por una solución a la problemática actual.


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