viernes, 31 de agosto de 2012

Prólogo a la Cuarta Edición del Libro “Vargas Llosa. Mito y Realidad”


(Tercera Parte)

Julio Roldán


Repitámoslo. No hay una identidad. Sí hay muchas identidades. El Perú tiene todas ellas. ¿Cuáles? Un tremendismo o una generalización muy típica del novelista. En escritos o en declaraciones anteriores, Vargas Llosa ha sostenido que sólo existe la identidad personal. Que la identidad o identidades colectivas son un invento. Leamos lo que en 1993 declaró a Tomás Eloy Martines (1934-2010): “Creo que la identidad es un mito, una ficción. Lo afro es tan ficticio como lo blanco o como lo judío. La identidad es un producto de la ideología. Se trata de hacer pensar que existen comunes denominadores a los que no podemos escapar, y eso no es verdad.” (Martines 1993: 3)

Como se desprende de lo afirmado, no hay ninguna “identidad”. Lo dicho es meridianamente claro que no amerita comentario alguno. Luego, algunas líneas después, en la misma entrevista, viene la contraparte cuando afirma: “Sólo adviertes que hay identidad auténtica cuando te vuelcas hacia lo individual. Mira tú lo de las identidades nacionales: eso es una pura ficción, una invención de los antropólogos.” (Martines 1993: 3)

En 1998, citando a Octavio Paz (1914-1998), creemos con toda razón, nuestro autor escribió: “Conozco a muchos mexicanos y no hay dos que se parezcan entre sí, de modo que, respecto a las identidades nacionales suscribo con puntos y comas la afirmación de Octavio Paz: `La famosa búsqueda de la identidad es un pasatiempo intelectual, a veces también un negocio, de sociólogos desocupados.´” (Vargas Llosa 2009: 459)

Ahora, de nuevo afirma que no hay tal “identidad”. En la medida que estamos de acuerdo con esta opinión, sólo nos queda agregar, además de los sociólogos, según Paz, de los antropólogos, según Vargas Llosa, los etnólogos, habrá que agregar, de igual modo, a novelistas despistados, confundidos sobre el tema.

Una vez más en 2005, haciendo extensivo el tema de la “identidad” hacia toda la América Latina, negando la identidad colectiva y reafirmándose en la identidad individual, afirmó: “Una de las obsesiones recurrentes de la cultura latinoamericana ha sido definir su identidad. A mi juicio, se trata de una pretensión inútil, peligrosa e imposible, pues la identidad es algo que tienen los individuos y de la que carecen las colectividades, una vez que superan los condicionamientos tribales.” (Vargas Llosa 2009: 348)

En el mismo artículo, sólo diecinueve líneas después, en abierta contradicción con la afirmación anterior, escribe: “En verdad, América Latina es a la vez española, portuguesa, indígena, africana y varias realidades más. Cualquier empeño por fijar una identidad única en América Latina tiene el inconveniente de practicar una cirugía discriminatoria que excluye y abole a millones de latinoamericanos y a muchas formas y manifestaciones de su frondosa variedad cultural.” (Vargas Llosa 2009: 349)

Por lo tanto no hay una identidad en América Latina, pero sí hay varias “identidades colectivas” en el continente. Luego, ¿dónde queda que “… la identidad es algo que tienen los individuos y de la que carecen las colectividades”? De ser así, por qué él afirma que el Perú, que América Latina, tiene varias identidades. Que esta última: “… es a la vez española, portuguesa, indígena, africana y varias realidades más,…” Que no hay razón para empeñarse en fijar una identidad única. Con sus afirmaciones y negaciones, él demuestra, una vez más, que es una mente confusa, que es un personaje inconsecuente. Él es enemigo, por su incapacidad, de las definiciones conceptuales precisas.

Primero. “No hay identidad colectiva.” Segundo. “La identidad es individual.” Tercero. “Hay varias identidades colectivas.” En resumidas cuentas: ¿A cuál de los Vargas Llosa se le cree? ¿Al de la identidad individual? ¿Al de las identidades colectivas? ¿Al de que no hay identidad colectiva? Hay que repetirlo, Vargas Llosa es un hombre de figuras, de metáforas. Vargas Llosa no es una persona de razones, de conceptos. En este nivel no se le puede tomar, de ninguna manera, en serio.

Nosotros afirmamos que no hay ninguna “identidad”. Sea ésta individual o colectiva. La razón es que, en el plano individual, el Ser no es algo dado para siempre. El Ser es un hacerse y rehacerse constantemente. El Ser es un permanente construirse. A la pregunta clásica de: ¿Quién soy yo?, común en el mundo de la psicología y psiquiatría, la respuesta no puede ser otra que: ¡Yo soy en la medida que yo no soy!

De haber identidad como algo dado, no habría la necesidad de plantearse dicha pregunta. No habría la necesidad de autocuestionarse en ese nivel. Ningún inglés (alemán o francés, etc.) hablante se pregunta: ¿Hablo inglés? La paz y la calma, por no decir la quietud y la armonía, como sinónimo del encuentro o reencuentro identitario, serían las premisas determinantes de la vida psíquico-mental.

Más por el contrario, la esencia del Ser. La razón del Ser no es más que consecuencia de la ley de la contradicción (Yin-Yang, Lao Tse) y todos sus aspectos derivados y principios consustanciales. Ésta es sinónimo de unidad relativa y de lucha absoluta. Es el autodinamismo, como base del cambio, la razón de la existencia, de la transformación, de la evolución, de la revolución. Es por ello que la contradicción es sinónimo de vida. La contradicción es la dínamo de todo lo que fue, es y será. Resumiendo esta manera de pensar, Theodoro Adorno (1903-1969) y Max Horkheimer (1895-1973), en 1945, escribieron: “El concepto, que suele ser definido como unidad característica de lo que bajo él se halla comprendido, fue, en cambio, desde el principio el producto del pensamiento dialéctico, en el que cada cosa es lo que es en la medida en que se convierte en aquello que no es.” (Adorno-Horkheimer 2004: 70).

A la otra clásica pregunta a nivel colectivo, ¿quiénes somos nosotros?, típica de antropólogos culturales y etnólogos, de igual manera, corresponde la misma respuesta. ¡Nosotros somos en la medida que nosotros no somos! Si sólo fuéramos nosotros, no habría la necesidad de preguntarnos. No habría el deseo de autointerrogarnos. La “identidad” estaría allí, más que sobreentendida. No habría esa necesidad de buscarla, sabiendo que esta búsqueda es un salto al vacío. A pesar de ello, muchos la buscan. Aquí entra a tallar el deseo y el sentimiento.

Siendo condescendientes y aceptando que la “identidad” no es más que un sentimiento hacia algo. No es más que un deseo de pertenencia hacia algo, es sabido al mismo tiempo, que los sentimientos se transforman, que los deseos cambian, que estos valores desaparecen en muchos casos o dan origen a segundos en otros casos.

En resumidas cuentas, lo máximo que se puede decir es que la “identidad” es un deseo. Que la “identidad” es un sentimiento. Puede ser individual o colectivo. Pero hay que hacer la atingencia que no se da en todos los seres humanos. O cuando se da, es en grados diferentes. Es pertinente subrayar la existencia de millones de personas que sencillamente no se preocupan de ello y su vida no es más feliz ni más desgraciada que la de los preocupados por el tema de la “identidad”.

En este deseo, en ese sentimiento de buscar la “identidad”, se expresan dos aspectos contradictorios. Primero, esa necesidad psicológica que tienen algunos seres humanos de pertenencia. Otros, de sentirse como parte de algo. Segundo, el deseo de diferenciarse del otro. En la apariencia, la razón de la pregunta es buscar los puntos en común entre los miembros de la colectividad. En esencia es buscar y subrayar las diferencias.

A todo ello hay que agregar la historia de quién nombra. Originariamente nadie se da un nombre a sí mismo. Quién adjetiva. Originariamente nadie se autocalifica. Cómo ven. Originariamente nadie se auto-ve. Aquí es cuando se activan todos los prejuicios históricos. Aquí es cuando se mueven todos los estereotipos sociales. Aquí es cuando se despiertan todos los clichés culturales. Aquí es cuando entra a tallar la denominada Teoría del Otro. Es el Otro, los Otros, quien te nombra, quien te adjetiva, quien te ve de tal o cual manera, quien te encasilla en este o en otro molde.

Volviendo al punto original, si el Ser-yo es en la misma proporción que el no-Ser-yo, si este principio se da en el plano individual, a nivel colectivo se cumple con mayor razón. Si ninguna persona es idéntica a sí misma, con mucha mayor razón puede ser idéntica a otra. Un ente, un pueblo, una comunidad, un país conformado por varios entes no idénticos a sí mismos, no puede dar como resultado una identidad colectiva. Los seres-colectividades, que caprichosamente son denominados “idénticos”, a lo sumo podrían llegar a ser sólo parecidos.

Uno de los filósofos arriba citado, en torno al concepto de “identidad”, propiamente dicho, en su libro titulado Dialéctica negativa, afirmó: “El secreto de la no-identidad es el telos de la identificación, lo que en ella se ha de salvar; el efecto del pensamiento tradicional consiste en tomar la identidad por su objetivo. (…) El conocimiento de lo no-idéntico es también dialéctico porque precisamente él, más y de manera diferente al pensamiento de la identidad, identifica.” (Adorno 2008: 145)

Sobre esta diferencia-influencia-convivencia, los individuos-colectividades construyen, mayormente por necesidad, algunas reglas, principios, signos, símbolos, representaciones, convenciones, que los unen para poder convivir. Se expresan a través de las costumbres, tradiciones, leyendas, mitos, religiones, idiomas. Todos los códigos y la simbología socio-psicológica. Es decir, la denominada cultura en general. A esto, el pensar metafísico lo llamó “identidad”, a secas primero, e “identidad cultural”, después. El pensar dialécticamente lo denomina mentalidad. Mentalidad en constante cambio, que tiene toda individualidad, como parte de una colectividad, niveles que se condicionan mutua y permanentemente. Este tema de la “identidad” lo desarrollamos con mayor profundidad y amplitud en el libro titulado Exilio. Identidad. Ciudadanía mundial de pronta publicación.
Repitamos, una vez más, si se tratara de ser benevolente con el concepto de “identidad”, tendríamos que decir, en primer lugar, que es un sentimiento-deseo, en muchos individuos, legítimo. En segundo lugar, que la única “identidad” válida, sería la “identidad” humana. Más allá de ella, nada. Más acá de ella, nada. Reiterando siempre, ahora con Dardo Scavino (1964-), que: “… toda identidad supone un antagonismo y toda unidad, una lucha.” (Cit, Coronado 2010: 12)

Finalmente, volviendo a nuestro autor, después de argumentar en un momento que hay identidad, en otro momento que no hay identidad, fiel a su confusión, como antes respecto al Perú, reitera sobre América Latina: “Ser un continente que carece de una identidad porque las tiene todas.” (Vargas Llosa 2009: 349)

¿Cuáles son todas? ¿La española, la portuguesa, la africana, la indígena, la mestiza, la criolla? Párrafos antes afirmó que lo “afro, lo blanco, lo judío” es un mito. Es una ficción. Una creación ideológica. En estos últimos calificativos, Vargas Llosa tiene toda la razón del mundo.

La verdad es que cualquiera de estas discordantes colectividades ya no son lo que fueron. Tampoco serán lo que son, en la medida que no son entes cerrados, puros, incólumes. Por el contrario, son mezclas y re-mezclas, impurezas-mestizas, que normalmente tienen algunas expresiones culturales comunes, las que son válidas para determinados contextos y tiempo precisos. Eso se llama mentalidad. Mentalidad que nada tiene que ver con la “sangre”. Que nada tiene que ver con la “raza”. Que nada tiene que ver con la “identidad”. Más por el contrario, es producto del movimiento histórico, del intercambio social, de la simbiosis cultural. Es la razón del por qué evoluciona, cambia, se transforma y desaparece. Algunos estudiosos renuentes a renunciar al concepto de “identidad” lo denominan “identidad móvil”, “identidad cambiante” o “inconsciente colectivo”

Otro tema de confusión en el Premio Nóbel 2010, expresado en el discurso de Estocolmo, es el nacionalismo. El patriotismo. Él rechaza tajantemente el primero. Él acepta sin cortapisas el segundo. Leamos lo que escribió en relación al nacionalismo: “Detesto toda forma de nacionalismo, ideología -o, más bien, religión- provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues conviene en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la casa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente.” (Vargas Llosa 10.12.2010)

Luego, en torno al patriotismo: “No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del `otro´, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convienen en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni !os himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.” (Vargas Llosa 10.12.2010)

Aquí hay dos conceptos por dilucidar. Primero, todo nacionalismo es patriotismo. Todo patriotismo es nacionalismo. La nación y la patria son dos caras de la misma moneda. Los conceptos de patria y de nación son construcciones ideológicas que obedecen a necesidades-voluntades en un determinado tiempo y espacio. No han nacido espontáneamente. Por el contrario, son imposiciones familiares, grupales, de clases, de cultura, de tradición, etc.
En 1993, Vargas Llosa, contradiciendo lo que dijo en el discurso de Estocolmo sobre patriotismo, veía el nacionalismo como sinónimo de patriotismo. Para él, estos dos conceptos, no pasaban de ser una y la misma cosa. Leamos: “Detesto el nacionalismo, que me parece una de las aberraciones humanas que más sangre ha hecho correr y también sé que el patriotismo, como escribió el doctor Jonson, puede ser `el último refugio del canalla`.” (Vargas Llosa 1993: 47)

El problema en Vargas Llosa, una vez más, es que él es un personaje de figuras, no de conceptos. Es por ello que confunde el término “patria”, del cual se deriva país y patriotismo, con el concepto tierra. La tierra donde se nació, creció-socializó, es un hecho dado, impuesto histórica y socialmente. Ello impregna inconscientemente a los seres humanos de cualquier parte del mundo y condición. Nadie eligió la tierra donde nacer, tampoco a los padres que iba tener. Que éstos pueden rebelarse hasta determinado nivel, es verdad. Pero es bastante problemático liberarse, totalmente, de esa imposición histórica, social-cultural.

Claro que no faltan los voluntaristas, los libertarios, los librepensadores, para quienes estos hechos, por haber sido impuestos en contra de la voluntada humana, por no haber sido elegidos libremente, no se deben aceptar. Que los seres humanos tienen todo el derecho a rebelarse conscientemente en contra de estas imposiciones inconscientes, como enunciado teórico-voluntarista, está bien. En el fondo no pasa de ser, así como la búsqueda de la “identidad” para algunos, un buen deseo o un limpio sentimiento.

La relación entre los conceptos padre-patria-país-patriotismo es algo muy distinto al concepto tierra. A los primeros se puede renunciar conscientemente. Mientras que de la tierra se puede tomar distancia conscientemente, pero no renunciar totalmente por ser un hecho que subyace en el inconsciente del ser humano. En este trance, la memoria, madre del recuerdo, juega un rol fundamental.

La diferencia entre los conceptos padre-patria-país-patriotismo y madre-tierra fue dilucidada hace muchos siglos atrás por los teóricos latinos. El derecho romano lo sintetizó de esta manera: “Estoy seguro que soy hijo de mi madre. Mas no estoy seguro que soy hijo de mi padre.” En la actualidad eso continúa con la muy vigente “prueba de paternidad”. Mientras que la “prueba de maternidad” no tiene razón de ser.

En otro nivel se podría decir que la tierra es toda la vivencia, almacenada en la memoria, que el ser humano no puede dejar cuando se va. La tierra es toda la vivencia, almacenada en la memoria, que el ser humano no pudo abandonar cuando regresa. Es por ello que el binomio olvido-recuerdo, hijo de la vivencia, se acometen mutuamente hasta el infinito.

Históricamente la tierra-madre, como figura simbólica, es lo dado. El padre-país-patria, como figura simbólica, es lo deseado. La tierra-madre es un hecho. El padre-país-patria es una construcción ideológica-mental. Es un deseo. Es por ello que en la mitología del mundo antiguo y esclavista era frecuente hablar del País de Meropia. Del País de Jauja y no de la tierra de Meropia o de la tierra de Jauja. La tierra está allí viviente y presente.

En este mismo nivel, Mario Vargas Llosa ha declarado que él es un “apátrida”. En otras oportunidades, que él es un “ciudadano del mundo”. Esto implica haberse alejado racional y emocionalmente del sentimiento de patria. Implica no aceptar conscientemente ninguna nacionalidad. De ser verdad lo afirmado por el novelista, sólo nos quedaría admirar primero e imitar después a este personaje que ha tenido el enorme mérito de sacudirse la pesada carga de la patria, de liberarse de las pesadas cadenas de la nación. Él habría llegado al estadio de un “ser humano sin Estado”

La verdad es otra. Lo afirmado no ha pasado de ser demagogia. Son declaraciones para quedar bien con la tribuna. Él nunca ha renunciado a su patria o nacionalidad pudiendo haberlo hecho libremente. Cuando ha tenido algún motivo para hacerlo, tampoco lo ha hecho. Más por el contrario, en la realidad, él, en vez de una nacionalidad, tiene dos: la peruana y la española. ¿Dónde queda el “apátrida”? ¿Dónde queda “el ciudadano del mundo”? Todo no son más que palabras y nada más que palabras

Nuevamente, en el plano histórico-político, encontramos otra contradicción en el Premio Nóbel de Literatura 2010. Él, haciendo un balance de la acción política en el siglo XX, en 2004, escribió: “Por el contrario, el desarrollo de la ciencia en el siglo XX sirvió para apuntalar en algunos casos regímenes tiránicos y conquistadores que suprimían toda forma de libertad interior y practicaban el colonialismo y el imperialismo más desembozado o para amparar la explotación y el saqueo de los países pobres. En una época en que las divisiones internacionales se multiplican, en que los conflictos locales dejan a diario saldos atroces de víctimas, en que en el seno de las sociedades del Primer y Tercer Mundo, la represión y el terrorismo, el desempleo y la inflación, la corrupción y la tiranía causan estragos, …” (Vargas Llosa 2004: 147)

Como en los casos anteriores, nadie que tenga una mediana comprensión del desarrollo económico, político y social pondrá en duda lo afirmado por el escritor. Pero hay que recordar que el país imperialista por excelencia en el siglo mencionado, que no es nombrado por Vargas Llosa, es Estados Unidos de Norteamérica. Claro, el novelista, sabiéndolo, no lo dice. Aquí es cuando aparece, nuevamente, las orejas del filisteo.

Más por el contrario, sólo unos meses después, presenta a este país como el modelo de democracia en el mundo. Leamos: “Pero, hechas las sumas y las restas, creo que, entre las democracias del mundo, la de Estados Unidos es la más abierta y funcional, la que tiene mayor capacidad autocrítica, y la que, por eso mismo, se renueva y actualiza más rápido en función de los desafíos y necesidades de la cambiante circunstancia histórica.” (Vargas Llosa 2005: 335)
Finalmente, en el discurso de Estocolmo arremete con toda razón contra del “odioso machismo latinoamericano”. Fenómeno generalizado y típico de gente primitiva, antidemocrática y hasta brutal, no sólo de esta parte del mundo. El machismo europeo es tal detestable solo que tiene otra forma. Pero algunas páginas después, en torno a su esposa Patricia Llosa (1946-), dice: “Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: `Mario, para lo único que tú sirves es para escribir´.” (Vargas Llosa 10.12.2010)

Hay un viejo adagio, en jurisprudencia, que reza: “A confesión de parte, relevo de pruebas.” Con lo que él dice, su pobre mujer está sentenciada a ser su doméstica. Ella es su empleada que hace el servicio completo. Patricia no tiene tiempo, no tiene espacio, no tiene capacidad, no tiene energía para ilustrarse; menos para valerse por sí misma. Su tarea en la vida, en pleno siglo XXI, es criar a los hijos, cocinar y atender al marido. Sólo falta saber si va a la iglesia para que la trinidad embrutecedora medieval se cumpla. ¿Qué dirán sus lectoras feministas ante esta declaración de parte?

Vargas Llosa, con su práctica, confirma no sólo el “odiado machismo latinoamericano” sino el peor de los machismos. Su mujer en sí no es nada. Ella tiene significado en tanto y en cuanto le sirve a él. Sus desgracias femeninas, sus pocas luces personales están compensadas, largamente y con creces, por la felicidad de su macho. Por la brillantez del escritor. Da la impresión que nuestro personaje sigue pensando que la mujer es una parte y al servicio del hombre. Parece que el mito de Adán y Eva se lo tomó en serio.

Como se puede ver aquí, hemos recapitulado algunas de las principales inconsecuencias e incoherencias de un demócrata-liberal burgués. Los principios básicos del liberalismo, del democratismo, sólo son válidos para las conferencias. Sólo son aceptados para las declaraciones públicas. En la vida cotidiana, el liberal se transforma en el déspota. En la vida familiar, el demócrata se convierte en el dictador. Ese dicho popular que reza: “Candil de la calle, oscuridad de la casa”, se cumple a cabalidad para con el conocido escritor.

Las dos pasiones en la vida de Vargas Llosa: La política y la literatura. Se puede concluir diciendo que la pasión es la fuente principal de sus éxitos como literato. En particular como gran novelista. Ésta es la materia prima que le permite soportar sus demonios, que lo asechan permanentemente. A la par es la materia prima que le permite encandilar a sus millones de lectores con figuras, formas y metáforas. El Premio Nóbel de Literatura 2010 es la culminación de esa exitosa carrera. Al mismo tiempo, en la misma proporción, es la pasión la fuente de sus fracasos como ideólogo. Es la razón de sus fracasos como político. Teorizar implica, principalmente, moverse con conceptos, con categorías, con leyes, donde la pasión pasa a un segundo o tercer plano. Del mismo modo en la actividad política, más aún en la militancia, no sólo se hace con la cabeza, también se hace con el corazón, decía Weber. Pero se hace, sobre todo, con la cabeza. De la misma manera, como en la actividad anterior, la emoción pasa a un segundo o tercer plano.

Finalmente, guiado por su emoción, Vargas Llosa es un exitoso novelista. Uno de los más grandes en lengua española de todos los tiempos. Vargas Llosa, guiado por su emoción, es un fracasado político. Vargas Llosa, guiado por su emoción, es doblemente fracasado como teórico, como ideólogo. La emoción sin control quema. La emoción sin freno incendia. Particularmente en una mente agnóstica. En una mente ecléctica, como él se reclama.

Hecho este recuento de algunas de sus contradicciones, que son la base de sus inconsecuencias ideológico-políticas, nos preguntamos: ¿A cuál de los múltiples Vargas Llosa se le debe creer? ¿Es una persona confiable ideológica y políticamente? No obstante lo aquí expuesto, él se reclama ser único. Ser coherente. Ser consecuente. Al recibir el premio que lleva el nombre del teórico neoconservador estadounidense Irvin Kristol (1920-2009), sobre el acápite, dijo lo siguiente: “Acostumbrado a esta partenogénesis de mí, me siento, ahora, feliz, reintegrado a la totalidad de mi persona, gracias al Premio Irving Kristol que, en vez de practicar conmigo aquella esquizofrenia, me identifica como un solo ser, el hombre que escribe y el que piensa y el que, me gustaría creer, ambas cosas son una sola e irrompible realidad.” (Vargas Llosa 2009: 327)

En la contradictoria vida del famoso novelista se cumple lo que el filósofo Friedrich Nietzsche, otra alma desgarrada como Vargas Llosa, escribió: “… tiene más necesidad de enemigos que de amigos: sólo en la antítesis se siente necesario, sólo en la antítesis llega a ser necesario. No de otro modo nos comportamos nosotros con el `enemigo interior´…” (Nietzsche 1998: 60)

Por su parte el ya mencionado escritor Klaus Mann escribió, en su libro antes citado, en torno a un personaje algo parecido a Vargas Llosa, lo siguiente: “Su falsedad es su autenticidad. Suena complicado, pero es sencillo. Él lo cree todo y no lo cree nada.” (Mann 1995: 173)

Lo lamentable es que el gran público lo cree coherente y consecuente. Lo peor de ello es que él, sabiendo lo contrario, para el consumo externo vende la misma idea. Lo dicho se desprende del último párrafo de su autoría aquí trascrito. Si los hermanos Arkadi (1925-1991) y Boris (1933-) Trugastsk pusieron como título a una de sus novelas Qué difícil es ser Dios, fácilmente se podría poner a un libro sobre Vargas Llosa este titulo: ¡Qué difícil es ser coherente!

Al margen de que Vargas Llosa tenga problemas con los conceptos teóricos, de su incoherencia política, de su inconsecuencia ideológica, es un gran propagandista de las ideas en las cuales cree. Para prueba, ahí están sus artículos periodísticos, sus crónicas políticas y sus ensayos literarios. Además, sus exposiciones, sus conferencias, sus clases en las universidades, que le sirven como magma para hacer lo mejor que sabe hacer. En el campo donde es, técnicamente, un gran maestro. Escribir novelas.

Finalmente, algunas veces Vargas Llosa dice que él escribe por aventura. Otras veces dice que él escribe para expulsar sus demonios internos que lo asechan constantemente. En el ejercicio de escribir y corregir, él sufre, a la vez goza. En esta última parte, él se realiza destruyendo a sus figuras. Él se sublimiza degradando a sus criaturas. Él vive matando a sus personajes.

Esta necesidad de brillar haciendo sobrar a los demás, estas ansias de flotar hundiendo a los demás, debe tener algún tipo de explicación psico-emocional en la vida real. La verdad parece que en Vargas Llosa se cumple, de igual manera, lo que el escritor estadounidense Truman Capote (1924-1984), hace algunas décadas atrás en su libro de cuentos Música para camaleones, escribió: “Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse.” (Capote 1984: 9)

Sumarun sumarun, después de 12 años de haber sido publicada la presente investigación titulada Vargas Llosa entre el mito y la realidad. Posibilidades y límites de un escritor latinoamericano comprometido, hemos podido evidenciar en este Prólogo a la cuarta edición que las tesis fundamentales de carácter ideológico-políticos, artístico-literarias desarrolladas en torno al novelista se mantienen vigentes. Las principales se pueden resumir así: Las contradicciones entre el exitoso escritor y el fracasado político-ideólogo, la contradicción entre el mitificado novelista y el hombre que come y bebe, y la contradicción entre las posibilidades ilimitadas del fabulador que transgrede sistemas y los límites del intelectual latinoamericano comprometido que defiende el orden establecido.

Bibliografía


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