viernes, 31 de agosto de 2012

Páginas del Marxismo Latinoamericano


Nuestra Posición*


Luis de la Puente Uceda



FRENTE A LA REVOLUCIÓN MUNDIAL

Etapa culminatoria

En esta segunda mitad del siglo XX, la historia de la humanidad ha entrado en la etapa de acelerada culminación de un prolongado proceso revolucionario. Este proceso, que con la Revolución Rusa el gran Lenín hizo entrar en su etapa triunfante en 1917, ha hecho pasar-y de manera irreversible- a toda una serie de países al Socialismo y ha alcanzado una intensidad tal que en estos momentos sus éxitos se suceden mucho más rápido y su avance se ha hecho multilateral. En breve plazo de una década hemos visto triunfar la Revolución China, la Revolución Coreana y la Revolución Vietnamita, en Asia; la Revolución Cubana en América, y la Revolución Argelina en África, sin hablar de las revoluciones en el Este europeo, acaecidas inmediatamente después de la segunda guerra mundial. Hay asimismo revoluciones en marcha en los tres continentes; en Viet Nam del Sur, en Angola, en Venezuela (1).

La revolución avanza incontestable en el mundo entero. Toda la fuerza bruta y todas las calumnias desencadenadas contra el Socialismo han sido impotentes para impedir que sus quemantes verdades iluminen los ojos de los hombres y que sus ideales de justicia levanten el corazón de los pueblos. Ha sido pues imposible impedir que las fuerzas del Socialismo crezcan a punto de que hoy puedan equilibrar en escala mundial la correlación de fuerzas con el hasta hace poco todopoderoso imperialismo. Por el contrario este se está batiendo ya en retirada, empujado por sus propias crisis, que van desde lo económico hasta lo moral, y a las cuales no tiene ninguna salida positiva, progresista y humana que ofrecerles. Es innegable que el capitalismo con todas sus taras, con todas sus injusticias, desigualdades y miserias, con todos sus efectos deformadores de la personalidad del hombre, está condenado a perecer, en virtud de la voluntad de los pueblos y de los gigantescos progresos que, en todo orden, ha logrado la humanidad. El porvenir pertenece al Socialismo.

El imperialismo es capaz de desencadenar la III guerra mundial

Pero el imperialismo no va a abandonar voluntariamente el escenario de la Historia, bajo el impulso de una convicción o de algún sentimiento humanitario. Esto es contrario a su propia naturaleza. El imperialismo va a vender cara su derrota. Para ello posee todavía una gran capacidad de destrucción, posee las armas atómicas. Esto quiere decir que el porvenir el Socialismo lo tiene que conquistar luchando.

Para sobrevivir el campo capitalista es capaz de desencadenar la III Guerra Mundial, esta vez con armas atómicas. Los países capitalistas son guerreristas por naturaleza. Su economía basada en la propiedad privada de los grandes medios de producción, en explotación, en la competencia entre productores privados y en el afán de lucro individual imposibilita una economía planificada de acuerdo con las necesidades de la sociedad y lleva a la superproducción caótica y, por lo tanto, también a la permanente necesidad de conquistar y de asegurarse siempre nuevos mercados para sus excesos.

Es decir, lleva a la guerra. “El capitalismo, como decía Jean Jaurés, lleva en sus entrañas la guerra como las nubes llevan en sus entrañas la tormenta”. Existe pues permanentemente el peligro-proveniente de la naturaleza misma del capitalismo- de una III Guerra Mundial.

Los países socialistas quieren sinceramente la paz

Por suerte existe al mismo tiempo un poderoso campo socialista capaz de frenar aquellos impulsos guerreristas. Los países socialistas no pueden sino desear la paz. Siendo la negación y la superación del capitalismo, el socialismo no lleva a la guerra porque su economía planificada produce sólo de acuerdo con las necesidades del pueblo y no requiere conquistar mercados para la colocación de ningún exceso.

Esta naturaleza de los países socialistas se encuentra fielmente reflejada en su política de la coexistencia pacífica. Los países socialistas practican sinceramente y tratan de imponer la política de coexistencia pacífica, es decir, la política de la no-guerra entre los dos campos. Que para resolver las diferencias entre los dos sistemas no haya necesidad de recurrir a las armas. A ellas no tienen por qué recurrir los países socialistas sino para defenderse. Las poderosas fuerzas del socialismo son una garantía para la paz. En sus manos las armas atómicas sirven para disuadir a las potencias imperialistas de sus propósitos de hacer marchar atrás el curso de la Historia.

Coexistencia pacífica no puede haber entre colonias y metrópolis

Pero coexistencia pacífica no puede existir entre las colonias o semicolonias y las metrópolis imperialistas, entre las clases explotadas y las clases explotadoras. La coexistencia pacífica supone absoluta soberanía e igualdad de trato. Sobre la base del avasallamiento de la dignidad de un pueblo o de la explotación de una clase no se puede montar ninguna coexistencia pacífica. Esto significaría simple y llanamente total y absoluto renunciamiento al derecho que tiene todo hombre y pueblo a ser dueño de su propio destino. A esta cobarde y denigrante aberración llegaríamos si aceptáramos la coexistencia pacífica entre colonias y semicolonias y metrópolis imperialistas, o entre explotados y explotadores.

Sólo cabe una política justa de parte de los pueblos colonizados y de las clases explotadas: la lucha intransigente e irreconciliable por la reconquista de la plena soberanía nacional y la real igualdad de derechos. Esta lucha debe llegar en última instancia hasta la guerra revolucionaria. Una guerra emprendida por estos elementales e irrenunciables derechos es una guerra justa. Pueblo que no se levanta en defensa de su soberanía, o clase que se resigne a su triste condición de explotada merecen ser esclavos.

Luchar por la propia liberación. Paso pacífico: una ilusión

No hay mejor forma en los países coloniales y semicoloniales de luchar por la coexistencia pacífica, que luchar por su propia liberación. Luchando por su propia liberación los países dependientes debilitan en su base mas firme al imperialismo, y esta es la mejor forma de evitar la III Guerra Mundial. Si en estas circunstancias quiere el imperialismo poner en ejecución sus amenazas de guerra, lo hará siempre en peores condiciones. Es cierto que el mundo constituye hoy una fuerte unidad y que lo que sucede en su más alejado rincón repercute inmediatamente en todos sus extremos. Pero es suicida crear ilusiones en el sentido de que postergando indefinidamente las revoluciones de liberación nacional se contribuye en favor de la coexistencia pacífica, se aleja felizmente el peligro de destrucción de la humanidad por las armas atómicas. Por ese camino de claudicación jamás se hará renunciar al imperialismo de sus designios de guerra. Por el contrario, por ese camino no se hace sino darle mas aliento y dejarle más las manos libres. Es igualmente suicida crear ilusiones en el sentido de que la simple victoria económica del campo socialista sobre el campo capitalista, tras de una prolongada competencia política, le hará ganar nuevos países al socialismo. La única manera de seguir haciendo avanzar la revolución es realizándola en cada uno de nuestros propios países. Y en el caso por lo menos de los países coloniales, es un engaño equivalente a una traición, crear paralelamente ilusiones en cuanto a las posibilidades de un paso pacifico al socialismo. En estos países la revolución tiene que ser violenta. Y no podrá ser de otra manera porque en ninguna parte las contradicciones son más antagónicas. En ninguna parte tampoco las oligarquías y el imperialismo están más amenazados de muerte, lo que los lleva a las más feroces intransigencias.
Principal contradicción de nuestro tiempo

No es casual que sobre el fondo de la contradicción definitiva entre el campo socialista y el campo capitalista, la contradicción entre países coloniales o semicoloniales y las metrópolis imperialistas se destaque como la contradicción principal de nuestro tiempo. No es casual porque es la más urgente de resolver. Es en estos países en donde es más aplastante la miseria y en donde más presiona el hambre. La superexplotación ha colmado la paciencia y estos pueblos no pueden seguir dejándose esquilmar en nombre de ninguna incierta paz mundial ni la espera de ninguna liberación que les venga desde el exterior. Estos pueblos han decidido asumir plenamente la impostergable tarea de su propia liberación; y, de pueblos supuestamente sumisos han pasado a ser ejemplo de pueblos heroicos; de pueblos eternamente subestimados y postergados, se han puesto decididamente a la vanguardia de la revolución mundial. Inmediatamente después de las revoluciones triunfantes en países hasta hace poco sometidos al imperialismo, otros se han puesto ya en marcha en Viet Nam del Sur, en Angola, en Venezuela.

La revolución pasa por los países subdesarrollados

La revolución pasa por los países hoy así llamados subdesarrollados. Este es el camino que nos está mostrando la Historia. A excepción de Checoslovaquia y de la República Democrática Alemana, todos los países que han pasado al socialismo son o han sido países subdesarrollados. La lista es muy numerosa desde la Unión Soviética hasta Argelia. Este es un fenómeno que hay que constatar, que se debe explicar, mas, que no se puede discutir.

Las potencias imperialistas al someter a los países más atrasados, la superexplotación ya se ejercía en contra de las clases trabajadoras de esos países. Sobre la base de esta superexplotación, por otro lado, y para librarse de la presión de sus propias clases explotadas, pudieron permitirse el lujo de aliviarles a éstas un tanto su situación. Mientras que en las colonias y semicolonias la explotación y la miseria alcanzaban las expresiones más denigrantes de la condición humana, en las metrópolis colonizadoras la situación de las clases explotadas mejoraba significativamente en relación con la que atravesaron el siglo anterior. En tales condiciones, la vanguardia tenía que pasar naturalmente a ser ocupada por quienes más urgencia sentían de la revolución.

Las clases trabajadoras de los países oprimidos marchan a la vanguardia. Al luchar por su propia liberación están contribuyendo de la manera más heroica y positiva a la liberación de las clases trabajadoras de las potencias imperialistas y a la consolidación del campo socialista. Es un deber de todos los países de este campo y de las clases trabajadoras de las metrópolis imperialistas practicar con ellas, de la manera más leal y más amplia, el internacionalismo proletario.

La revolución latinoamericana es una sola

América Latina es la semicolonia más importante del más poderoso imperio del mundo y de la Historia: el imperialismo yanqui. Su dominio -a pesar de uno que otro tímido desmentido- se ejerce y se continúa con la complicidad orgánica de las clases explotadoras de cada una de nuestras desnaturalizadas Repúblicas. Ellas hacen bloque con el amo imperialista para ponerle atajo, en bloque, a la revolución en todo el continente. La Revoluciona Latinoamericana, por eso, es una sola. Ninguna revolución en nuestro continente podrá considerarse definitivamente consolidada mientras superviva en gran monstruo del Norte.

El ejemplo de Cuba es la prueba más rotunda. El imperio le ha jugado una guerra a muerte y sobre ella se ha lanzado toda la jauría de sus lacayos. Cuba vive permanentemente agredida y amenazada. La revolución que Cuba ha iniciado esta exigiendo nuevas victorias.

La Revolución Cubana no es sino el comienzo de la Revolución Latinoamericana, el comienzo triunfante de la 2da. Gran Gesta por la emancipación de América Latina. En Cuba el imperialismo quiere decapitar esta gran gesta emancipadora.

Es bien probable que el destino de nuestra revolución se juegue en una gran guerra de todos los pueblos oprimidos del continente en contra del monstruo imperialista. Difícilmente se ha de volver a dar, aislada, otra autentica revolución como en Cuba. La Revolución Cubana ha desentrañado la lógica sobre la que se halla montada la realidad latinoamericana: hay que desembocar en el socialismo sino se quiere dar marcha atrás, si es que se quiere salir del subdesarrollo. En el socialismo tendrá que desembocar toda revolución autentica, es decir, toda revolución que lleve al Poder a las masas con las armas en la mano. Porque no dio este paso ha fracasado la Revolución Guatemalteca y ha dado marcha atrás la Revolución Boliviana. A ninguna otra revolución se le esperará que se manifieste desde el Poder para atacársela con todas las armas. El imperialismo se jugará entero ayudando a cada uno de sus lacayos en cada país. Las revoluciones serán más duras pero no por eso dejarán menos de producirse ni de afirmarse. En el camino irán formando un solo gran frente hasta definirse, tal vez, en un nuevo y glorioso Ayacucho.

FRENTE A LA REVOLUCIÓN PERUANA

La revolución pasa por los países subdesarrollados, hemos dicho. Pues bien, en éstos -a no ser que confluya un conjunto de circunstancias extraordinarias- la revolución pasa por el campo. Es lo que demuestra la ya rica experiencia, y detrás de ella se descubren poderosas razones.

Campo: el aspecto más débil y el más vulnerable

El campesinado en estos países es no sólo la clase más numerosa, sino también la más explotada. El problema de la tierra es el problema clave, el problema insoluble, el problema frente al cual se estrellan todos los intentos de reformas. El campo es pues el aspecto más débil del sistema. Es a su vez el más vulnerable porque al campo sólo llegan los últimos extremos, los extremos más frágiles y los más corrompidos del Poder Estatal. Es de las ciudades, por el contrario, que la oligarquía feudal y burguesa ha hecho sus más inexpugnables fortalezas. Todo el Poder está en ellas concentrado. Esta gran barrera se opone ahí al ímpetu revolucionario de la clase obrera, barrera que de no ser la intervención de circunstancias extraordinarias como en el caso de la Revolución Soviética, tiene que ser el campesinado quien ayude a destruirla.

El país vive una etapa pre-revolucionaria

Tal es el caso del Perú. Nuestro país vive una etapa prerrevolucionaria de una profundidad y de una continuidad sin precedentes. Nunca como hoy el sistema ha sentido con más estremecimiento hasta qué punto están carcomidas las bases de su estructura, justamente ahora que nuestro campesinado se ha puesto violentamente, con sus recuperaciones de tierra, en toda la encrucijada de nuestra historia. Obedeciendo a la ley espontánea de nuestra realidad, el campesinado ha tomado la vanguardia y nos está señalando el camino.

Por qué han fracasado los partidos revolucionarios

Si la revolución en el Perú se ha estancado y los partidos revolucionarios han fracasado no es porque no hayan existido condiciones –condiciones han existido desde hace mucho tiempo, mejores aún que en Cuba- sino porque no se había encontrado el camino. Sin darse cuenta de la diferente situación –radicalmente diferente- en que se encuentra la burguesía y la clase obrera cuando se plantean el problema del Poder, sin darse cuenta de las especiales circunstancias que hicieron posible el triunfo de la Revolución Soviética dentro de los moldes clásicos de las revoluciones burguesas, los partidos siguieron obstinadamente golpeando sobre las ciudades y haciendo del proletariado el pivote de las revoluciones. Grave error. Cuando la burguesía asalta el Poder, lo comparte ya de antemano, por lo menos en una gran medida. Esto le permite, apoyándose una vez sobre todas las clases explotadas, conquistárselo súbitamente en una revolución relámpago. El proletariado, por el contrario se encuentra completamente ausente del Poder. Para conquistarlo tiene ante todo que destruirlo en su totalidad. Así, con menos fuerza, tiene que realizar una tarea de mucho más envergadura. Fue la 1ra. Guerra Mundial, de la que salió el régimen zarista derrotado y casi completamente destruido, la que puso al proletariado ruso en la posibilidad de asaltarlo de la noche a la mañana, desde su más insigne fortaleza, la capital, Petrogrado. A falta de tan propicias circunstancias, es un error empecinarse en seguir buscando salida por el mismo camino. Otro es el camino en este caso y nos lo está demostrando hasta la evidencia la Revolución China y la Revolución Cubana, para no citar sino estas dos ya clásicas revoluciones.

Fracasados en sus intentos estos partidos se corrompieron en la “explotación de todas las posibilidades legales” y se empantanaron en la búsqueda del cumplimiento de una serie de condiciones previas, postergando indefinidamente la consigna de la lucha por la toma del Poder. Todo esto es lógico dentro de aquellas perspectivas sin horizontes.

Campo: un camino natural de la guerra de guerrillas

Nosotros nos ubicamos dentro de otra perspectiva. Tomar el camino del campo implica escoger una ruta que conduce a la toma del Poder. Además de ser, desde el punto de vista social y económico, el aspecto más débil del sistema, además de ser el más vulnerable desde el punto de vista de la presencia misma del Poder, el campo es el escenario natural de una estrategia y una táctica que permiten enfrentarse a las fuerzas represivas e ir destruyéndolas poco a poco, eludiendo a la vez todo choque frontal con el grueso aplastante de sus efectivos. El campo es el escenario natural de la guerra de guerrillas. Esta es la forma de violencia que ha liberado ya a muchos pueblos como el nuestro y es la forma que corresponde para liberar al Perú.

Elecciones no, la guerra irá creando las condiciones que faltan

Es fácil darse cuenta de que en esta perspectiva el juego electoral, el juego parlamentario, el juego en suma de la política tradicional pierde absolutamente en importancia. Puestos en la perspectiva de una guerra larga, es claro que poco, ridículamente poco, tiene que hacer al lado de la capacidad creadora y transformadora de la misma guerra del pueblo. Una guerra de esta naturaleza, desencadenadora de todas las potencias heroicas de las masas, no necesita inevitablemente de tan mezquinos recursos para ir creando las condiciones revolucionarias. Si algunas faltan, ella misma las irá creando en el camino. Por eso nos abstenemos nosotros de entrar en ese juego corrompido y corruptor y preferimos identificarnos con ese profundo y alentador rechazo que expresa el pueblo cuando dice: “La política es una cochinada”. Nosotros nos abstenemos y nos seguiremos absteniendo. Nosotros no nos llamamos a engaño: si el pueblo participa – y en alta proporción- en las elecciones, no es porque el pueblo crea en ellas. El pueblo participa porque hasta ahora no se le ha abierto otro camino. Mas, cuando este camino se le ofrezca, recuperando su fe, el pueblo se lanzará incontenible por el mismo. Identificándonos con su rechazo nosotros tenemos una cita histórica con el pueblo. Puntualmente en ella nos encontremos.

Hay que tener fe en el pueblo

Nosotros vamos al encuentro de esa fe. Hay que tener fe en el pueblo, hay que tener fe en la revolución. Este es el requisito indispensable. Si no se cree en ella, jamás se podrá hacer la revolución. Para garantizar la adecuada conducción de la guerra del pueblo y para que el proceso alcance plenamente sus objetivos, la revolución deberá ser dirigida por su vanguardia revolucionaria con la ideología del proletariado, la misma que para ser tal, deberá romper con el circulo vicioso de las dudas, indecisiones y “tareas previas”, que solo indican falta de fe en la revolución y en el pueblo.

La revolución puede y debe iniciarse desde hoy

Dentro de las permanentes condiciones del país, a las que hay que añadir la actual violencia desencadenada por el régimen, la revolución puede y debe iniciarse desde ya. La violencia ha sido desencadenada como la expresión más rotunda del fracaso de este último ensayo de democracia representativa. Su curso normal será el de seguir acentuándose cada vez con mayor brutalidad. Juntamente con la izquierda, todo el pueblo está amenazado de la peor dictadura. Las masas responderán al llamado de una revolución que sepa mostrarles, con sus primeros éxitos, una nueva forma de lucha. Sus mismas formas clásicas de lucha cobrarán entonces un nuevo impulso porque adquirirán un nuevo sentido. Ellas lucharán en todas las formas y la revolución asumirá las características de una verdadera guerra del pueblo.

El triunfo de la revolución exige sin duda la unidad de todo el pueblo, la unidad de todas las fuerzas interesadas en el mismo. Solo cuando esta unidad se haya logrado a su máximo nivel, es decir, a nivel de lucha armada, podremos dar por asegurado el triunfo. Mas es una utopía pensar que la unidad –no sea más que la de las principales fuerzas de izquierda- se ha de lograr a su máximo nivel discutiendo sentados en torno a una mesa. Jamás se ha logrado en esta forma la unidad. Esta se ha de lograr tan sólo en la lucha. Tan sólo en la lucha se irán fundiendo las diferencias y las desconfianzas provenientes de distintos factores, pero sobre todo del diferente grado de aproximación al nivel más elevado de la misma. Consideramos la unidad como un objetivo fundamental, mas cuyo logro es un proceso. No nos apresuramos, por eso, ni desesperamos. Ella se irá logrando a distintos niveles: pero mientras subsistan diferencias entre las distintas fuerzas dispuestas a unificarse, será conveniente mantener la autonomía de las organizaciones hasta determinada etapa en que nuevas condiciones lleven a la conformación del Partido Único de la Revolución Peruana.

En todo momento, sin embargo, los objetivos mismos de la revolución exigen que el proletariado se ha de procurar la formación de un frente único con todas las otras fuerzas con intereses opuestos a la oligarquía y al imperialismo, es decir, con la pequeña burguesía y la burguesía media. Los objetivos de este frente serán, en una primera etapa, la expulsión del imperialismo y la liquidación de la oligarquía feudal burguesa. Pero la base obrero-campesina de por si abrumadoramente mayoritaria, la práctica de la línea de esta alianza como línea del frente, así como la presencia de un ejército revolucionario propio garantizarán a estas clases que la revolución marche hasta sus últimas consecuencias, sentando desde un primer momento las bases del socialismo.

FRENTE AL RÉGIMEN

Supervivencia de una forma de combatir la revolución cubana

El presente régimen es la supervivencia de una etapa vivida por toda América Latina inmediatamente después del triunfo de la Revolución Cubana, inaugurada con el claro y exclusivo propósito de mejor combatirla: etapa de ensayos de democracia y de reformas estrictamente controladas y orientadas por el imperialismo dentro del ya tristemente célebre Plan de la Alianza para el Progreso. Esta etapa, que bien podríamos denominar de “Kennedismo”, ha sido trágicamente clausurada en su propia cuna por uno de los crímenes más monstruosos y más aparentemente absurdos de la Historia: el asesinato de su inspirador: John F. Kennedy. Adelantándose en la carrera del mismo destino, otros regímenes hermanos pertenecen también ya al pasado: el de Bosh en Santo Domingo, el de Villena Morales en Honduras, el de Arosemena en Ecuador y el de Joao Goulart en el Brasil. Es sencillamente imposible combatir la Revolución Cubana con falsas democracias o con vanas apelaciones al sentimiento y a la cordura de las enceguecidas oligarquías. La Revolución Cubana es invencible. Y nuestra Latino América vuelve a situarse ahora dentro de los términos de su más estricta lógica: o dictaduras militares o revolución; - o si se quiere mejor: dictaduras militares y revolución. Latinoamérica está volviendo a la etapa de las dictaduras militares.

El presente régimen no se explica pues sin la presencia de la Revolución Cubana. Es ante todo un intento por conjurar su contagioso ejemplo, un intento por evitar la revolución en el Perú.

No es régimen de transición sino de transacción

Este no es un régimen de transición –en realidad este régimen no va a ninguna parte- sino un régimen de difícil transacción. No obstante habérsele preparado cuidadosamente la cama, es resultado de un laborioso insignificante parto. Fueron necesarias dos contiendas electorales, una dictadura militar y una represión brutal contra toda la izquierda y contra el pueblo para hacerlo posible. Al fin se le dejó pasar. Entre tanto, su candidato Belaúnde había hecho una declaración en el sentido de que no restablecería relaciones con el gobierno popular de Fidel Castro.

Difícil fue la transacción. Tenía que serlo porque, urgidos por la necesidad de conjurar el nuevo peligro, de lo único que se trataba era de ver a cuál de las partes cómplices se hacía correr con los gastos de la operación. Ninguna de las partes es nueva en la transacción. Lo único que de nuevo hay es la distinta participación de sus fuerzas en el poder.

El imperialismo alarmado quiere apoyarse más en la burguesía

Hasta entonces el imperialismo -que en todo esto es el gran componedor- se había apoyado para resguardar sus intereses sobre sus cómplices más naturales: la oligarquía latifundista y los sectores importador y exportador de la burguesía. Más la Revolución Cubana ha revelado hasta qué punto son ya inseguros estos soportes. Ha puesto en evidencia que, por ser ellos la expresión más escandalosa de la opresión y de la injusticia, incuban una bomba de tiempo que amenaza hacer volar en añicos todo el sistema. El imperialismo se ha alarmado y ha querido cambiar de puntos de apoyo. Este imperialismo alarmado es el “Kennedismo”. Este aceptó apoyarse más decididamente en otros sectores también poderosos de la burguesía y de algunos sectores no-latifundistas vinculados a la tierra. Sobre estas bases, el propósito era construir una democracia representativa capaz de llevar a cabo la soñada revolución pacífica, con abundante crédito del exterior y con sacrificio parcial de la oligarquía imponiéndole no sea más que un remedo de Reforma Agraria.

El esquema se ofrecía magnifico y dejaba amplio margen a la demagogia. Con él se presentaron ante las masas y, en efecto, lograron arrastrar tras de sí muchas esperanzas. Así, con el visto bueno de Kennedy, apoyándose en poderosos sectores de la burguesía, más el sector medio de los terratenientes, respaldado por el equipo de militares en el Poder y con el voto de una gran parte del electorado, ascendió al gobierno el abanderado de esta nueva composición de fuerzas acuñadas en la Alianza Acción Popular-Democracia Cristiana, Fernando Belaúnde Terry.

La oligarquía quiere dar la última batalla

Como se desprende fácilmente, el esquema, para que siquiera comenzara a marchar, necesitaba que se cumpliera ante todo un requisito indispensable: que la oligarquía entendiera razones y aceptara dejarse liquidar pacíficamente. Pero, como decíamos anteriormente y lo demuestra a cada paso la realidad, en vano es apelar a los sentimientos y a la cordura de las enceguecidas oligarquías. Por el contrario, confirmando las enseñanzas del Marxismo, tampoco aquí quiere ella abandonar la escena de la Historia sin antes dar la última batalla. Desplazada el Ejecutivo, la oligarquía comenzó a organizar su defensa. No le fue difícil lograrlo. Alquilando y reconciliando viejos traidores, ahora la tenemos atrincherada en el parlamento dominándolo a través de esa “cópula contranatura” que es la Coalición APRA-UNO. Ahí la tenemos, intransigente, no dejándose tocar uno solo de sus cabellos.

Tal es el primer engranaje que no ha querido funcionar dentro del esquema. El más importante acaso, pero no el único.

Estas mismas fuerzas que en el Parlamento se han erigido en los defensores a muerte del latifundio, han asumido igualmente la defensa de los intereses del imperialismo “no alarmado” ó –muy de otra manera alarmado- representado por el Pentágono. Este es el sector del imperialismo –el más fuerte porque es el más consecuente con la naturaleza agresiva del mismo- que no está dispuesto a hacer ninguna concesión; que le mezquina los créditos al Plan de la Alianza para el Progreso; que ha asesinado a Kennedy; que prefiere seguir apoyándose en la antiguas oligarquías, que confía más en las dictaduras militares y que no acepta, por supuesto, pasar siquiera un decoroso arreglo sobre el petróleo de la Brea y Pariñas. De este sector reciben sus consignas el Apra y la Uno. Nada más natural siendo los representantes de la oligarquía cavernaria. Como tales colaboran también en privar al gobierno de otra de sus bases fundamentales: los créditos. Para ello no trepidan en hacerlo sospechoso de comunismo.

También los créditos dejaron de funcionar

El imperialismo, que nunca dejó de suministrar el crédito a cuentagotas, orientado de nuevo totalmente por el Pentágono desde el asesinato de Kennedy, tiende a reducirlo cada vez más. Los créditos, por otra parte, ofrecidos a través de la Alianza para el Progreso, fueron desde el primer momento desnaturalizados, desviándolos de sus objetivos. Contraviniendo sus demagógicos propósitos de basarse en una cuantiosa ayuda estatal norteamericana, han devenido en un canal de inversión privada, diminuta, esporádica y dispersa. Las inversiones no son de carácter reproductivo, no conducen al desarrollo integral y acelerado de nuestra economía; son de carácter improductivo y especulativo, orientados por el interés de la oligarquía y de los monopolios.

Revolución pacífica: una sarcástica mentira

De esta manera empequeñecidos y desnaturalizados, los créditos son también otros de los engranajes del esquema que han dejado de funcionar.

Estas son las principales contradicciones del presente régimen. Los recursos que posee no son para poderlas resolver. La famosa democracia representativa revélase una inútil maquinaria, digna de ser arrojada al lugar de los trastos viejos. La Ley no es capaz de hacerle un rasguño ni al latifundio ni al imperialismo. La revolución pacífica queda reducida a una fórmula hueca, una sarcástica mentira. Enfrentando a la realidad el magnífico esquema no ha podido siquiera “despegar”. El régimen ha sido cogido por la parálisis y el gobierno obligado a retroceder hasta ir hundiéndose, de hecho, quiéralo o no, en la repudiada súperconvivencia. Retroceso obligado, porque el hecho de haber alcanzado el Ejecutivo no significa haber alcanzado todo el Poder. En la nueva correlación de fuerzas la oligarquía sigue siendo aun más poderosa. Para desplazarla sería necesario movilizar otras fuerzas que el Ejecutivo, por sus propias razones, no se atreve a poner en acción.

El latifundio tiene que ser liquidado

El ensayo ha fracasado como tenía que fracasar. Es que el problema no consiste simplemente en hallar una nueva y mágica combinación de sus términos, sino en la eliminación de uno de ellos. El latifundio con todas las relaciones de servidumbre que él implica tiene que ser liquidado, porque es la única forma de desencadenar las fuerzas productivas que necesitamos y que él tiene atadas. La oligarquía latifundista vive de la explotación, del atraso, de la miseria y de la ignorancia de más de medio Perú. Estas son las fuerzas que hay que desencadenar. El latifundio no es solamente una pieza que se puede recortar para hacerla entrar dentro de un nuevo cuadro. El latifundio es una compuerta a la que hay que eliminar para que las aguas sigan su curso. Esto lo sabe la oligarquía. De ahí que no le interese entender razones. Ella opone la fuerza. Ante ella las razones son ruego, son imploración, son cobardía, en fin, claudicación. A la fuerza hay que oponer la fuerza.

Mas el gobierno -este gobierno de la oligarquía y de los terratenientes medios, de Acción Popular y de la Democracia Cristiana- sólo se atreve a oponer razones. ¿Es que no tiene otra cosa que oponer? Ahí están las masas que no esperan sino ser llamadas al combate. ¿Por qué este gobierno no se atreve siquiera a movilizarlas? En esto consiste otra de sus principales contradicciones.

Es más grande el temor a las masas

El gobierno teme más a las masas que a la propia oligarquía que le está cerrando el paso. Las clases en el representadas tiene con ella algo de común que es más importante; con ella comparte el Poder, es decir, la posibilidad de explotar y seguir explotando, es decir, la posibilidad de seguir existiendo como clases. Con las masas sólo tiene de común el interés de liquidar a la oligarquía. Pero un abismo insalvable las separa: el hecho de que mientras ellas son explotadoras, las masas son también sus explotados. Esta diferencia radical entraña para el gobierno este incontrolable peligro: que vayan las masas, si les da la posibilidad de jugar un papel activo en esta lucha, más allá de su propio designio, y liquiden, con la oligarquía, también a la burguesía con todas sus más refinadas formas de explotación. Este gobierno como el de todos los ejemplos ya citados de Santo Domingo, Honduras, Ecuador y Brasil, preferirá en todo momento dejarse derrocar por la oligarquía antes que permitirle a las masas la posibilidad de llevarlo al triunfo.

La fuerza de este gobierno estaba en las esperanzas que logró despertar en un gran sector del pueblo. Ahora no las puede satisfacer. Su miedo a apoyarse en las masas lo tiene reducido a la impotencia. Ante la imposibilidad de satisfacerlas, no tiene más remedio que dejar languidecer esas esperanzas, dejar languidecer sus propias fuerzas. Más aun: socavarlas con la represión cuando las masas, cansadas de tanto esperar, pasan a la acción por su propia cuenta. Son testigos las sucesivas masacres, persecuciones políticas y violaciones de la legalidad realizadas por el actual gobierno durante esta su corta y contradictoria etapa.

Resumiendo podemos caracterizar el presente régimen por los siguientes rasgos más importantes:

1. Supervivencia de una etapa de ensayos en toda América latina de democracias y de reformas con el fin de conjurar el contagioso ejemplo de la Revolución Cubana.

2. No es un régimen de transición sino un régimen de difícil transacción.

3. Lo único que hay de nuevo en este régimen es la distinta participación de las fuerzas en el Poder. La burguesía predomina por primera vez en el Ejecutivo acompañada del sector medio de los terratenientes a través de la Alianza Acción Popular-Democracia Cristiana, predominio favorecido por un visto bueno, hoy puesto en cuestión, del imperialismo, el apoyo de un sector de las fuerzas armadas y un cierto calor popular en proceso de enfriamiento. La oligarquía, aunque arrinconada en el Parlamento, ahí predomina a través de la Coalición Apra-Uno, a la vez que sigue controlando los factores más decisivos del Poder. El imperialismo, además, está volviendo a preferirla como punto de apoyo.

4. El esquema del gobierno consistente en la democracia representativa y la revolución pacífica se ha revelado improcedente porque eran falsos los dos supuestos sobre los que estaba montado: la aceptación de la oligarquía de dejarse liquidar pacíficamente y la abundancia del crédito exterior.

5. El miedo del gobierno de apoyarse en las masas lo tiene reducido a la impotencia y lo obliga a retroceder ante la oligarquía hasta la superconvivencia de hecho y a perder sistemáticamente su mejor fuerza: la simpatía popular, reprimiendo a las masas cuando éstas, desesperadas, se movilizan por su propia cuenta. Este gobierno preferirá dejarse derrocar por la oligarquía, antes que permitirle a las masas la posibilidad de llevarlo al triunfo.

De esta manera, en breve, configurado el régimen, podemos ahora descifrar más fácilmente su perspectiva.

Impotencia, superconvivencia y represión

Sin duda la característica que mejor define al régimen es la impotencia del gobierno, es decir, de la burguesía, principal fuerza del Ejecutivo. En esta característica se resumen todas sus contradicciones. Retrocede ante la oligarquía que no lo deja pasar, y reprime a la masa que lo empuja. De concesión en concesión -primero ante la Reforma Agraria, luego ante la reivindicación del petróleo- cae, por un lado de hecho en la superconvivencia que repudia por impopular; de represión en represión, por otro lado, va socavando su propia base con el aplauso de sus enemigos. De su parte, el imperialismo, que más rápido que ninguno ha sacado la lección de esta etapa de falsas democracias ha regresado, a sus antiguas preferencias en todo el continente.

Al final le espera el golpe

Es claro que la suerte de este gobierno está echada. Al final de su carrera le espera el golpe. Mientras tanto no le queda sino durar. Durar por durar. Durar hasta que el completo desgaste de su relativa popularidad haga insensible el golpe.

En última instancia, la impotencia de este gobierno ilustra la incapacidad histórica de la burguesía para hacer la revolución. En todo momento y en todas partes es víctima de sus propias contradicciones, de sus propias limitaciones, de sus propios egoísmos. Es hora de que otra clase que sea capaz de representar los intereses de las grandes mayorías, que no esté enemistada con la verdad ni con la justicia, que no tenga miedo de llevar la revolución hasta sus últimas consecuencias, pase a colocarse a la vanguardia. Esa clase está ahí, y desde hace tiempo, en escala mundial, está tomando el relevo. Esta clase es el proletariado. Su verdad el Marxismo y su justicia es el Socialismo.

No cabe equívoco: lucha por la toma del poder

Ante este destino claro e inapelable de la burguesía, del gobierno y del régimen, no cabe equivoco de parte de las fuerzas de izquierda. Ellas deben prepararse para no dejarse sorprender si no quieren también ser arrastradas por la tormenta. Ellas deben preparase para cumplir con su propio destino histórico. Y no hay mejor manera de prepararse que planteándose desde ya la tarea suprema, la tarea definitiva de la lucha por la toma del Poder.

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[1] Viet Nam del Sur, Kampuchea y Laos triunfaron sobre el imperialismo norteamericano en 1975 y Angola en 1976. A éstos siguieron los triunfos de Mozambique, Guinea y Etiopía. En 1979 triunfó la Revolución Iraní, mientras los palestinos continúan su larga resistencia contra el sionismo. En América, es Centroamérica el punto focal de la revolución, después del triunfo de Nicaragua. (Nota tomada del libro Obras de Luis de Puente Uceda. Comité de Redacción).

*Discurso pronunciado por Luis de la Puente Uceda el 4 de marzo de 1964 en la Plaza San Martín de la ciudad de Lima. A cuarentaiocho años de este evento, el marxismo y, por lo tanto, el anti-revisionismo del jefe del MIR siguen siendo ejemplo, aunque, al mismo tiempo, el discurso da cuenta de algunas limitaciones muy extendidas en el movimiento marxista peruano de la época, como por ejemplo aquella que presenta la lucha electoral y la lucha armada como formas de lucha en todo momento antagónicas. Luis de la Puente fue un eminente continuador de José Carlos Mariátegui. En octubre de 1965 murió en combate en las alturas de Amaybamba, en el departamento de Cuzco, demostrando así su consecuencia con sus propias convicciones. Esto es un ejemplo imperecedero para el proletariado consciente. (Nota de la Redacción).





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