miércoles, 13 de junio de 2012

(Primera parte)

Felipe de J. Pérez Cruz*

   “Tal es mi opinión honrada de luchador. Creo estar en lo cierto,
pero si no lo estoy, dispuesto a cambiarla me encuentro”.

Julio Antonio Mella, 1926

El libro Síntesis Histórica Municipal. Centro Habana, (Carlos Bartolomé Bárquez, Editora Historia, La Habana, 2010), proclama desde la contraportada brindar una acuciosa investigación de la historia de este municipio capitalino.

En nuestro país un libro de historia local siempre tendrá un público agradecido. No se puede olvidar que la historia del municipio y la provincia, es parte del currículo en las escuelas primarias y medias, y también en las universidades. El título que refiero, con el marketing editorial que le acompaña, y un precio asequible, tiene asegurada una muy buena recepción por profesores, padres y madres, jóvenes estudiantes y pobladores. Esta pudiera ser una muy buena noticia, pero desafortunadamente no lo es.

La problemática de la excelencia acompaña a los autores desde antes de la invención de la imprenta. Entonces se afirmaba que al mejor escribano se le iba un borrón. Hoy decimos que no hay obra perfecta, en el entendido de la criticidad que nos debe acompañar en la evaluación, en primer lugar sobre nuestra propia creación. Los diversos puntos de partida, el desigual acceso al conocimiento y la profesión y muchos otros factores explican, pero nunca justifican. Sí antes y ahora la crítica y los críticos, al precisar insuficiencias, siempre han hecho la diferencia entre errores y errores, y entre lo que es un trabajo profesional, y aquello que no clasifica como tal. Y el libro Síntesis Histórica Municipal. Centro Habana, se coloca –si de literatura historiográfica se trata- en lo que no es.

La Introducción a la Síntesis -anónima, aunque resulta evidente que también es de la responsabilidad editorial-, menciona que el libro puesto en circulación, utiliza la primera versión de la Historia de Centro Habana de un equipo de autores del territorio (2).  En tanto se re-exponen los resultados de investigación de la citada obra colectiva, el texto que ahora se presenta, no logra salvar algunas imprecisiones de la primera entrega, añade muchas otras, y sobre todo, descalifica en varios órdenes el objeto que declara, de brindar a los lectores una visión del devenir histórico de los territorios que conformaron el actual municipio capitalino (p. 5).

LO QUE NO ES

En la referida Introducción se fija el vínculo con la historia centrohabanera de varias importantes figuras de la historia patria, cuya actuación en el territorio luego no se sustenta. El error y la imprecisión desdibujan a otras personalidades  que se tratan en el texto. Los silencios y los olvidos privan a la Síntesis de acontecimientos y procesos decisivos en la historia de la localidad.

Es débil la explicación que se refiere a la orden de expulsión de intramuros de las festividades de los negros el Día de Reyes (p. 31). Se sabe que los colonialistas permitieron la constitución de los cabildos de negros de una misma etnia o tribu, medida con la que pretendían fomentar la división entre las dotaciones esclavas. Ya desde 1568 se hace mención a estas asociaciones religioso-mutualistas de negros de nación, y sus descendientes, que  enmascaraban bajo la pretendida finalidad del baile y la diversión, sus objetivos de resistencia, cohesión y ejercicio de sus religiones. No hay “casualidad” de que fuera en el año 1792 y no antes que la música y demás rituales  molestaran a las llamadas “buenas familias”: Sí una causalidad que está en la política de seguridad y represión contra los esclavos y en particular los negros y mulatos libertos -que ya en San Cristóbal de La Habana constituían un nutrido grupo social-, que se despliega a raíz de la Revolución de Haití. En el año a que se hace referencia, se intensifica la vigilancia  sobre los cabildos de negros, y a instancias de la Iglesia y bajo severas penas, se les prohíbe a  los negros incursionar con sus deidades por la ciudad (3). La sostenida resistencia de los oligarcas criollos a la implantación en Cuba del Código Negro de 1789, da la medida del paroxismo racista que imponía la clase esclavista colonial (4).

En la etapa colonial no es correcto situar la masonería en Centro Habana en la segunda mitad del siglo XIX (p. 32). Ya en el año 1798 se habían establecido las logias francesas L’Amitié y Bénéfique Concorde (5). Desde 1802 funcionó Le Temple des Vertus Théologales, que en 1804, obtuvo su carta patente (fundacional) expedida por  la Gran Logia de Pennsylvania. Estas logias designadas con los nombres castellanos de Amistad, Benéfica Concordia y Virtudes Teologales dieron sus nombres respectivos a las conocidas calles de las Virtudes, de la Concordia y de la Amistad, por reunirse y estar si­tuados sus templos en las casas de vivienda de las antiguas fincas que existían en la zona que encierra la Calzada de Galiano, de San Lázaro (hoy Ancha del Norte), de Gutiérrez (hoy Belascoaín), y la de Zanja, cuyas fincas eran conocidas por de Saint Gérvais o Gervasio, de Betancourt y el Jardín Social. La Logia Amistad tu­vo su templo en la calle de su nombre esquina a San Luis Gonzaga (hoy Reina), palacio después del Obispo Espada (6).

Resulta una omisión notable en la Síntesis desconocer que los masones Román de la Luz Sánchez Silveira y Luis Francisco Bassave Cárdenas, miembros de la logia El Templo de las Virtudes Teologales, fomentaron en el escenario del territorio, la primera conspiración para la emancipación del país. Dirigida por habaneros blancos y acomodados, la conspiración creció entre los trabajadores negros y mulatos libres de los barrios de extramuros. Bassave Cárdenas era un joven capitán de carabineros, que tenía amplias simpatías entre los sectores más humildes de la capital. Captó para el movimiento a prominentes miembros de Batallón de Milicias Disciplinadas de Pardos y Morenos Libres, como el cabo José Antonio Aponte Ulabarra. Los conspiradores se proponían desatar un levantamiento armado el 7 de octubre de 1810, que sería secundado por la población. Uno de los barrios donde se trabajaba para secundar la rebelión era el de Barracones (hoy Colón). Descubierto el movimiento, fueron arrestados sus principales líderes y un grupo importante de complotados (7).

La figura histórica de José Antonio Aponte Ulabarra, es sin duda la más trascendente de la historia cultural y política de la localidad a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Aponte, criollo de tercera generación, procedía de una familia intensamente vinculada con el nacimiento de las tradiciones combativas y religiosas afrocubanas, la lucha contra la invasión inglesa en 1762 y la participación en apoyo a la guerra de independencia de los Estados Unidos a partir de 1776.  Logró evadir la inquisitoria de las autoridades coloniales durante el movimiento de 1810, y continuó el fomento de las redes conspirativas. Negro destinado a los oficios artesanos en la excluyente sociedad esclavista, su sensibilidad artística lo hizo un reconocido tallador, y a golpe de entereza logró poseer una notable cultura autodidacta. Reconocido como ogboni del Cabildo lucumí Shangó Tedum, fue el primer intelectual orgánico del movimiento negro, popular, abolicionista e independentista. Sin embargo el tratamiento que se le da en el libro que referimos, está lastrado por la inexactitud (p. 45).

Para quienes sostenemos el honor del trabajo, la carpintería es un honroso y útil oficio. Pero este no es el enfoque de la elitista cultura blanca y racista que predominó en Cuba, y cuyas reminiscencias se metamorfosean en el cuerpo aún joven de la cultura socialista. Repetir como hace el libro que Aponte era un carpintero tallador, es mantener la clave ideológica del menosprecio, característica en el enfoque racista y clasista de la historiografía burguesa.

Sobre la conspiración organizada por Aponte, se afirma: La rebelión estalla en oriente a principios de 1812, sin que logren la insurrección de los complotados en la capital. Entre varios estudiosos del tema se ha debatido el vínculo conspirativo de Aponte con los acontecimientos orientales, pero de lo que no existe la menor duda, por la sólida fundamentación existente en los documentos del proceso judicial, es el liderazgo del patriota negro y sus capitanes, en los acontecimientos  insurreccionales que se dieron los días 14 y 15 de marzo en el entonces valle azucarero del Partido de Guanabo, territorio que hoy comparte Habana del Este, con Jaruco y Santa Cruz en la provincia Mayabeque. El eje directivo que se extendió desde el centro conspirativo centrohabanero hasta la sublevación del Ingenio Peñas Altas, fue documentado en el proceso de instrucción judicial por las autoridades colonialistas. A este propósito sugiero consultar la más reciente publicación del acucioso investigador del municipio Habana del Este, Mario J. González Martín (8).

La condición de movimiento independentista de la conspiración de Aponte, no se reconoce en el libro. A su vez el carácter abolicionista es sobredimensionado con la afirmación de que la conspiración  se proponía subvertir la estructura social de la colonia.

Es errónea la afirmación sobre la detección  de la conspiración  por las autoridades colonialistas en el mes de abril: El apresamiento de Aponte y sus más cercanos capitanes  se produjo a partir del 19  de marzo. Es equivocada la ubicación que se hace de la casa de Aponte. José Luciano Franco y otros historiadores la sitúan en la calle Jesús Peregrino (9). José Martí Pérez interesado en rescatar y escribir la historia revolucionaria de su ciudad y país, se interrogó sobre el insigne patriota negro y nos dejó la confirmación: Vivía en la Calle de Jesús  Peregrino… (10).

El paso del Héroe Nacional por localidad precisa de un tratamiento más totalizador. Cuando se aborda la niñez y juventud de José Martí en el municipio (pp. 48-49) es de rectificar el nombre de la cantera donde el joven Martí fue obligado a trabajar, tras ser condenado a presidio forzado por un tribunal colonialista. Aunque las antiguas canteras se llamaban de San Lázaro, el  nombre de la sección donde  trabajó Martí era el de cantera La Criolla. En la actualidad esta área es ocupada por La Fragua Martiana, museo de notable valor patrimonial.

El detalle histórico, de rigor en la labor investigativa, no basta. El oficio del historiador –más allá de posicionamientos filosóficos, ideológicos o políticos-, no reconoce licencias para decidir lo que en verdad y deber se está obligado a develar. La reconstrucción del trabajo forzado en la cantera, que nos dejara el propio Martí en su ensayo de denuncia El Presidio Político en Cuba (Madrid, 1871), precisa de quien se trace la tarea de rescatar  la historia y la memoria local, explicitar cómo aquel joven de 17 años, junto a sus compañeros de infortunio, recorrió durante seis meses con una gruesa cadena que rodeaba su cintura y grilletes que ulceraron sus canes, a partir de las 4:30 de la mañana, dos kilómetros en la ida hacia a la cantera para trabajaba doce horas bajo el sol, y luego dos kilómetros de vuelta hacia la cárcel. Tal recorrido diario por lo que hoy prácticamente es todo el borde Norte de Centro Habana, no puede ser asunto de olvido.

La historia y la memoria local y nacional vuelven a sufrir, cuando en el libro se refiere a la hermandad religiosa abakuá (pp. 31-32), y luego al crimen de los ocho estudiantes de medicina en 1871 (p 49-50), y aparece silenciada la heroica actuación de cinco abakuás, cuyas edades oscilaban entre catorce y cuarenta años, todos negros, que se inmolaron en las inmediaciones de la Cárcel de la Habana, en un ataque suicida contra las tropas españolas que conducían al paredón de fusilamiento a los jóvenes universitarios, todos blancos.  Los nombres de los cinco valientes, que intentaron rescatar a los jóvenes reos, no trascendieron en la memoria  historia, y el hecho mismo fue enterrado y desconocido por la historiografía burguesa (11). La cubanía que en justicia y por ley se lo otorgó al Comandante Ernesto Che Guevara, se ratifica en que fue el primer dirigente revolucionario, que redimió la acción de los abakuá, en su discurso en el acto de conmemoración por el asesinato de los estudiantes de medicina celebrado el 27 de noviembre de 1961 (12).

Para orgullo de nuestros padres hispanos, del pueblo hermano y de los camaradas de la España popular, culta, antimonárquica y revolucionaria, tampoco debía silenciarse el acto pundonoroso de dos capitanes del Ejército colonial, el valenciano Federico Capdevila Miñano y el canario Nicolás Estévanez Murphy. Designado Capdevila Miñano como defensor de los jóvenes en el amañado juicio sumario que se les celebró, no se prestó a la farsa y realizó, a riesgo de su carrera y vida, una valiente defensa de los acusados. El capitán Estévanez se encontraba hospedado en el insigne hotel Inglaterra, cuando escuchó los gritos de la multitud y los disparos del pelotón de fusilamiento, salió indignado a la Acera del Louvre, y en prueba de su desacuerdo rompió la espada y se arrebató los galones. Años más tarde, confirmó que nunca se arrepentiría de tal gesto por el honor de España.

Cierto es, como afirma el libro, que la Sociedad Económica del País fundó en Dragones, en 1796,  la primera biblioteca pública. Sin embargo no se debe dejar de recordar que no lejos de la biblioteca de la Sociedad, la casa de Aponte funciona además de casa-culto, como centro de la cultura criolla negra del territorio. Se conoce la existencia de la nutrida biblioteca que  Aponte  tenía -cuando la posesión de libros por su rareza y alto costo estaba vedada al pueblo humilde-, en ella se podían encontrar títulos como el Don Quijote de la Mancha, de Cervantes.

La Síntesis desconoce la importancia de la religiosidad popular (pp. 91-93). Precisamente, según José Luciano Franco, la calle Jesús Peregrino se debe a la efigie religiosa que desde finales del siglo XVIII figuraba en la puerta de la casa-taller y residencia del revolucionario negro José Antonio Aponte (13).

Los cultos sincréticos más extendidos en Cuba, la Caridad del Cobre y San Lázaro, tienen una fuerte presencia en este territorio capitalino, pero en el texto que se nos presenta ni siquiera se mencionan. Este no es un tema más.  En la historia de los barrios de Centro Habana, sin estudiar y entender el mundo sincrético afrocubano, el complejo de la santería y la conexión barrio-juego abakuá –los Mutunga Efoqué, Usagaré, Efori Mebó entre otros-, en la cotidianidad, desde la colonia hasta nuestros días, no se puede aprehender las realidades de este municipio en su devenir socio cultural.

Sin cansar a los lectores con una lista mayor de erratas, me referiré a una última. En la etapa republicana, al nombrar la primera organización fundada por Antonio Guiteras Holmes se comete otro error. La organización  se llamó TNT, no dinamita, como se afirma (p. 115).   Esta se creó en el edificio Carrera y Jústiz, a finales de marzo o principios de abril de 1934 (14).

LA ARIDEZ TEÓRICO METODOLÓGICA

La Síntesis del municipio Centro Habana es expresión  de varios de los galimatías que se debaten entre los especialistas en historia local, lo que tiene que ver directamente con el reconocimiento de lo que Hernán Venegas define como dialéctica del proceso regional (15).  Cuando desde la política se pretende imponer los límites de la historia de una localidad, sin tener en cuenta su evolución espacial y cultural, se manifiestan discontinuidades, incoherencias y rupturas. Pero frente a este debate no resuelto,  sería injusto evaluar el texto de referencia. Me referiré solo a aquellas cuestiones que resultan más gruesas.

El libro se caracteriza por sustantivas debilidades teóricas. Confunde y empobrece la utilización de conceptos sin valor categorial, sin precisar desde qué tradición disciplinar o construcción epistemológica se parte, y en tanto a qué se refiere en el orden histórico uno u otro término. En la Introducción se utiliza el término sincretismo étnico (p. 5), luego sincretismo cultural (p. 91) sin explicación al margen, ni demostración en la narración que continúa.

Es notable la ausencia de enfoque metodológico.  Se carece de un diseño orgánico, y resulta evidente la asincronía. Más bien el libro es un agregado de informaciones con una guía que nos recuerda la de Wikipedia (16),  y relatos con evidente desbalance temático.

No basta con seleccionar una localidad para ser estudiada. Hay que precisar el objeto y campo de estudio. Síntesis, es suma, compendio cualitativo y articulado de lo fundamental, nunca construcción anárquica.

La historia de la localidad que se declara como objetivo, está afectada constantemente con digresiones que se alejan del objeto de estudio, y colocan temas y valoraciones de la historia nacional, cuya atención no se justifica. Entonces a la narración se le sobrepone un discurso que de hecho desplaza lo local, en interés de lo que sobre el espectro nacional, le interesa decir al autor. Estas divagaciones –lo son porque carecen de la más elemental fundamentación -, no solo alejan el asunto de la historia del municipio, sino que introducen vaguedades y elucubraciones infundadas, en particular sobre la historia política de la nación cubana.

Es notable el desbalance temático. En el acápite titulado Los vicios marginales (pp. 103-107), dedica cinco páginas del texto a referir con detalle el mundo de la prostitución, las casas-burdeles, los juegos del azar y sus personajes. En el tema religioso, las predominantes religiones afrocubanas son solo mencionadas en generalidad (pp. 29-31), y ceden ante la prioridad que el autor le concede  a las religiones cristianas y china, a la comunidad árabe y la masonería (pp. 91-94). Por espacio de más de diez páginas (pp. 117-127),  el libro se detiene en narrar con lenguaje de thriller los encuentros y desencuentros de los grupos gansteriles de los años 40 del pasado siglo.

No es de criticar recolocar los procesos y las figuras ya trabajadas y conocidas de la historia nacional en el contexto de la localidad. Si lo es, no rescatar en la historia del municipio a los  sujetos del barrio, a los que nadie conoce, para  salvar del olvido los procesos sociales e individuales del quehacer cotidiano de la comunidad centrohabanera.

Adolfo, el barbero de Neptuno 823 entre Marqués González y Oquendo, delegado del Partido Ortodoxo, Emilio, el militante comunista y combatiente clandestino, fundador de los CDR, el zapatero remendón de Xifré entre Estrella y Maloja, inválido por un accidente, que más que andar, corría en muletas para movilizar el barrio en interés de las tareas de la Revolución. También es historia la fonda de Luis Pérez (Chung Leng) en Zanja y Rayo, el Caballero de Paris  por muchos años en los portales de Infanta y San Lázaro, y Olga, La Tamalera, humilde trabajadora informal  que fue inmortalizada con un popular danzón. Ellos y ella y muchísimos y muchísimas más, merecen tener un lugar y ser conocidos en la Historia de su municipio.  Se menciona, en la misma calle Xifré,  la existencia de la Asociación Cultural de Elaboradores del Yeso de La Habana–con error en el nombre de dicha organización, a pesar de que está grabado en la piedra del edificio-, pero no se explicita que se  trataba de un sindicato revolucionario, con una importante gestión en el barrio y una postura antigansteril, unitaria, siempre alineada con el movimiento del sindicalismo revolucionario liderado por Lázaro Peña González.

En general la labor socio-comunitaria de los centros obreros radicados en la localidad, la lucha de las organizaciones locales comunistas, guiteristas, auténticas y ortodoxas no son objeto de atención.

El aparato referencial es débil, carente en lo fundamental de fuentes primarias documentales, testimonios y otras evidencias sustantivas. Se cita al final  de las páginas, pero tales anotaciones con frecuencia son insustanciales o están incompletas. Un ejemplo ilustrativo es el que referencia la Colección Facticia de Emilio Roig de Leuchsenring (p. 47). No está la colección en el Archivo Histórico del Museo de la Ciudad como se afirma, si en la Biblioteca Histórica Cubana y Americana Francisco González del Valle de la Oficina de Historiador de la Ciudad de La Habana.  En esta cita falta el tomo y el folio correspondiente, por lo que un interesado en consulta el original tendría que hacer una nueva búsqueda entre los 1269 tomos que tiene esta colección.

Hay afirmaciones costumbristas y referencias históricas que precisarían notas aclaratorias. Se afirma: En 1919, al calor de las “vacas gordas”… (p. 55), y no necesariamente los lectores y sobre todo los jóvenes, tienen que saber qué refiere esa expresión. El público escolar y general, no tiene por qué conocer la diferencia entre un negro horro y un negro curro (p. 19), se precisa  en estos casos la nota aclaratoria.

Falta una bibliografía mínima, que certifique el estudio de orientación realizado, y el estado del arte desde el que se realiza la investigación. La ausencia de bibliografía impide además, que al lector interesado se le dejen sugerencias para otras continuidades.

La utilización del término afeminados para referirse a varios homosexuales que regentaron prostíbulos, refuerza el leguaje machista y sexista que acompaña el discurso de este libro. El tratamiento de la mujer prostituida es profundamente discriminatorio (p. 107).  Aseverar que la masividad del cortejo fúnebre de Alberto Yarini en 1910 pone al desnudo…la asimilación de la prostitución (p. 104) por la población del territorio, es una especulación que  desfigura e irrespeta –en el sentido que se utiliza- el contorno socio-moral de los habitantes y de los barrios del territorio. Es que el enfoque de la prostitución como vicio, resulta tan desacertada, como la afirmación de que resulta un inevitable mal social (p. 104).

La visión de prostitutas y homosexuales viciosos, reproduce la doble moral de la sociedad burguesa y responsabiliza, a quienes esencialmente son víctimas del sistema de explotación capitalista. La historia de la vida profunda en Centro Habana, en los barrios populares –y este no es solo un patrimonio cubano-, confirma que sobre el daño humano a las personas disminuidas por la marginalidad y la exclusión, siempre prevaleció –y hoy predomina- una inmensa mayoría que mantuvo sus valores positivos.

Mi padre y dos de sus compañeros debieron su vida durante el primer batistato, a varias de esas cubanas obligadas a prostituirse, cuando perseguidos por los esbirros, a punto de ser capturados, se les abrió solidaria una puerta en Plasencia y Maloja, en el barrio “malo” de La Victoria. Al segundo día de refugio, quien se brindó para ir a dar la noticia de sosiego a las familias de los jóvenes revolucionarios, fue un solidario cubano –“afeminado” según el lenguaje prejuicioso del libro-, que hacía las labores de servicio en la casa. Esa amistad se mantuvo, y fue parte de la red de apoyo a los luchadores clandestinos en la última guerra de liberación. Conocí a estas personas, ya mayores, recuerdo su entusiasmo por la oportunidad que abría la Revolución.

LA CRÍTICA PRINCIPAL

Los que compraron el libro “estimulados” por el marketing de presentación, han hecho una mala “inversión”. Siempre censurable, coincidirán en que se trata de un hecho muy casuístico. La recién finalizada Feria Internacional del Libro en La Habana y en toda Cuba, fue la más reciente ratificación, de la solidez y calidad del movimiento intelectual y editorial cubano. Precisamente desde esas fortalezas que poseemos, considero que estamos en posibilidad de convertir el desatino, en oportunidad de estudio y debate, en aprendizaje de unos y otros, de todos y todas.

En tanto Síntesis Histórica Municipal. Centro Habana no clasifica como un trabajo profesional, la crítica principal no debe dirigirse al libro como tal, sino a lo improcedente de que se publique en el país un texto que precisaba de crecimiento teórico-metodológico, elaboración y validación académica, así como de una seria evaluación editorial.


Notas:

1.   Julio Antonio Mella: Carta a Gustavo Aldereguía. En  Mella. Documentos y Artículos,  Ob.cit.p.260.
2.   Ver: Colectivo de Autores: Ciudad de La Habana. La identidad una provincia, Tomo I, Subregión Centro-Norte. La Habana Vieja, Centro Habana, Cerro, Plaza de la Revolución, Publicitaria Imágenes, La Habana, 2006.
3.   Eduardo M. Bernal Alonso: Rincón y la peregrinación de San Lázaro, Editorial José Martí, La Habana, 2011, p 72.
4.   Martha Teresa González: Aproximaciones y diferencias entre los hacendados y el Código Negro Español. En Colectivo de autores: Temas de la esclavitud, Editorial de Ciencias Sociales, La Haban1988, p 194-2004
5.   Eduardo Torres Cuevas: Historia de la masonería cubana. Seis ensayos; Imagen Contemporánea, La Habana, 2005, p 67
6.   6. Obispo Juan José Díaz de Espada Fernández y Landa
7.   Ver: José Luciano Franco: Las conspiraciones de 1810 y 1812, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1977;  Eduardo Torres-Cuevas: De la Ilustración reformista al reformismo liberal. En Instituto de Historia de Cuba: Historia de Cuba. Eduardo Torres- Cuevas y Oscar Loyola: La Colonia. Evolución socioeconómica y formación nacional. De los orígenes hasta 1867, La Habana, Editora Política, 1994.
8.   Mario J. González Martín: En el bicentenario. La sublevación de los esclavos del Este de la Habana, Rebelión, 16-03-2012.
9.   José Luciano Franco: Las conspiraciones de 1810 y 1812, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1977, p 13
10.       José Martí y Pérez: Obras Completas, Tomo 22, Editora Nacional de Cuba; La Habana,  1966, p 247.
11.       Ver: Tato Quiñones: historia y tradición oral en los sucesos del 27 de noviembre de 1871, La Gaceta de Cuba, no. 5, septiembre de 1998; Mario Castillo: Los ñáñigos y los sucesos del 27 de noviembre de 1871: memoria histórica, dinámicas populares y proyecto socialista en Cuba. En: Antología de Caminos: Raza y racismo, Editorial caminos, La Habana, 2009, p 325-342.
12.       Ver: Ernesto Che Guevara: Discurso en la conmemoración del 27 de noviembre. En: Escritos y Discursos, Tomo 5, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1977, p 321.
13.       José Luciano Franco: Ob cit, p 13.
14.       José A Tabares del Real: Guiteras, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1990, p 272.
15.       Hernán Venegas: L a región en Cuba: Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2001, p 41.
16.       Ver: Centro Habana, http://es.wikipedia.org/wiki/Centro_Habana

*Doctor en Ciencias Pedagógicas. Profesor e investigador. Presidente en La Habana, de la Unión Nacional de Historiadores de Cuba (UNHIC)


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