martes, 1 de junio de 2021

Política

Lineamientos programáticos

 La Cuestión de la Crítica y la Autocrítica en el Programa del Partido

Eduardo Ibarra

EN EL SENO DEL PARTIDO, la crítica es un medio de elevación y cohesión ideológico-teórica y de elevación y cohesión político-orgánica, pero, como es obvio, para ello es necesario que sea consciente (con conocimiento de causa) y racional (no emotiva sino resolutiva). Asimismo, la autocrítica es, también, un medio de elevación y cohesión ideológico-teórica y de elevación y cohesión político-orgánica, pero, como es igualmente obvio, para ello es necesario que sea consciente (no forzada sino voluntaria) y racional (no enervante sino estimulante).

        Así, pues, la crítica y la autocrítica son armas marxistas para cohesionar la organización partidaria, fortalecer la unidad de su militancia y potenciar su capacidad de lucha.


Teniendo en cuenta que el ser humano es falible por principio, pero perfectible, también por principio, en el Partido todos los militantes, sin excepción, pueden cometer y, de hecho, cometen errores, pueden corregirse y, de hecho, muchos se corrigen. Por eso en la vida partidaria, la crítica y la autocrítica sirven para elevar el grado en que el militante es la encarnación de la doctrina proletaria. Precisamente por esta razón tales armas marxistas son una expresión de la solidaridad de clase en el seno del Partido. Si no estamos interesados en que un militante determinado que haya cometido un error continúe aportando a la causa partidaria, ¿lo criticaríamos? Si no estamos interesados en continuar aportando a la cusa partidaria, ¿nos autocriticaríamos? En ambos casos, lo que está en el fondo de la cuestión es, como se ve, el interés de la causa partidaria. Entonces, tanto en la crítica como en la autocrítica, el móvil del militante es la causa partidaria. La causa partidaria es el interés de la lucha de clase del proletariado, el interés de la revolución, el interés del socialismo.

Son muchos los ejemplos de crítica en el movimiento comunista internacional, y también son muchos los ejemplos de autocrítica de los maestros del proletariado. Entre nosotros, Mariátegui dio ejemplo de crítica y de autocrítica. De lo primero hay numerosos casos en su producción literaria, y el lector puede consultar especialmente «Presentación a ‘El movimiento obrero de 1919’» y «Nota polémica a ‘El conflicto minero’ por César Falcón» (Ideología y política). A propósito de lo segundo, el maestro escribió en Defensa del marxismo: «En su doble calidad de intelectual y universitario, mi amigo debe haberse escandalizado, en más de un comicio, del materialismo simplista y elemental de ortodoxos catequistas. Conozco muchos de estos casos; y yo mismo he hecho su experiencia en las primeras etapas de mi indagación del fenómeno revolucionario» (cursivas nuestras). Esta declaración es una autocrítica, y no hay manera de no reconocer que ella es una expresión de grandeza y un ejemplo a seguir.  Pero, además, en su comentario a la obra La casa de cartón, de Martín Adán, Mariátegui dejó escrito: «De la publicación de este libro soy un poco responsable; pero como todas mis responsabilidades acepto y asumo ésta sin reservas.» (Peruanicemos al Perú; cursivas nuestras). Empezando, desde luego, por la responsabilidad de sus ideas: «Acepto íntegramente la responsabilidad de mis ideas.» (Ibídem). Estas afirmaciones son expresiones de la entereza del maestro y constituye una invalorable enseñanza para el pueblo, la clase, los marxistas, los revolucionarios en general.

 

Sin embargo, puede ocurrir que algunos militantes no se ajusten al interés de la causa partidaria o confundan este interés general y permanente con algún interés parcial y temporal, por lo cual caen en un mal empleo de la crítica y la autocrítica. Esta circunstancia puede darse en grados diferentes, pero en cualquier caso es menester resolver el problema planteándolo en sus verdaderos términos.

 

Tanto la crítica como la autocrítica tienen un móvil: el interés de la causa partidaria. Y tienen, asimismo, un objetivo: cohesionar la organización partidaria, fortalecer la unidad de su militancia, potenciar su capacidad de lucha.

 

Solo cuando la militancia cumple cabalmente con el móvil y el objetivo señalados, la crítica y la autocrítica se presentan como armas marxistas.

 

Por tanto, la crítica y la autocrítica tienen que cumplir con ciertas condiciones intrínsecas al método marxista: tener en cuenta las causas sociales (la cuestión de clase), las causas históricas (la situación específica) y las causas gnoseológicas de los errores (mayor o menor asimilación del marxismo).

 

La lucha entre las dos líneas en el seno del Partido es la lucha de la línea marxista-leninista contra alguna línea oportunista (todo oportunismo no es revisionismo, pero todo revisionismo es oportunismo). En esta lucha entre líneas, la crítica y la autocrítica cumplen un papel especialmente importante: mientras tiene curso la lucha entre las dos líneas como lucha interna, en el plano orgánico la contradicción antagónica con la línea oportunista puede y debe tratarse como contradicción no antagónica. Solo cuando la línea oportunista ha sido desenmascarada y, por tanto, la lucha entre las dos líneas alcanza su punto máximo de desarrollo, esta lucha cesa de ser lucha interna pues se resuelve orgánicamente con la división de uno (el Partido) en dos (una nueva unidad de la militancia partidaria  sin los partidarios de la línea oportunista).

 

Es decir que, si normalmente la crítica tiene que salvar al paciente, en las circunstancias de la lucha entre las dos líneas esta norma juega también un papel importante. A esta cuestión puede aplicarse la afirmación mariateguiana según la cual si el socialismo es algo serio en los compañeros discrepantes, volverán a nuestras filas.

 

En el seno del pueblo, la crítica y la autocrítica son armas que sirven para desarrollar la conciencia revolucionaria y fortalecer las organizaciones populares. Por eso hay que diferenciar el empleo de esas armas entre quienes luchan por los intereses inmediatos y los objetivos de las clases trabajadoras, y entre quienes, cayendo bajo la influencia ideológica de la burguesía, se han aderezado una doctrina contraria a esos intereses y objetivos. Acerca de esto último, la más que centenaria lucha contra los desviacionistas, es cosa que el lector puede constatar a cada paso en la literatura de Marx, Engels, Lenin, Stalin, Mao y, entre nosotros, en la de Mariátegui.

 

(Dicho sea entre paréntesis: en la lucha contra la burguesía, la crítica cobra un sentido diferente. Aquí de lo que se trata es de demoler la concepción del mundo de la burguesía, desenmascarar su línea política y debilitar lo más que se pueda sus organizaciones. Las dos primeras cuestiones siguen siendo plenamente válidas en el socialismo, y la tercera puede aparecer como supervivencia de partidos de la democracia pequeño-burguesa en condiciones de supervisión mutua).

 

En las últimas décadas hemos visto que en nuestro medio se ha hecho un empleo grotesco tanto de la crítica como de la autocrítica, así como se ha hecho usanza en algunos grupos un desempleo de toda crítica y toda autocrítica marxistas; así, el principio liberal burgués de dejar hacer y dejar pasar se ha impuesto sobre el espíritu marxista. Obviamente, esta es una situación que hay que corregir bien y lo más pronto posible.

 

No solo el militante puede cometer errores, sino también la organización como tal organización. A propósito, Lenin señaló:

 

… la actitud de un partido político ante sus errores es uno de los criterios más importantes y más seguros para juzgar de la seriedad de ese partido y del cumplimiento efectivo de sus deberes hacia su clase y hacia las masas trabajadoras. Reconocer abiertamente los errores, poner al descubierto sus causas, analizar la situación que los ha engendrado y discutir atentamente los medios de corregirlos; eso es lo que caracteriza a un partido serio; en eso consiste el cumplimiento de sus deberes; eso es educar e instruir a la clase, y después a las masas. (La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo).

 

Esta cita es una valoración de la autocrítica como medio de educación de la clase, de las masas y del propio partido y, por tanto, una forma de potenciar la influencia del Partido entre las masas.

 

Por su parte, Stalin fulminó

 

… [la] costumbre de [los oportunistas de la Segunda Internacional] de ocultar los errores, de velar los problemas espinosos, de disimular los defectos con una ostentación de falsa prosperidad que embota el pensamiento vivo y frena la educación revolucionaria del partido sobre la base de sus propios errores. (Los fundamentos del leninismo).

Obviamente, tal costumbre no fue exclusiva de los especímenes de la Segunda Internacional, sino que es característica de los oportunistas de todos los tiempos y de todos los países.

En conclusión, la crítica y la autocrítica en el seno del partido proletario es una cuestión de fundamental importancia para su permanente construcción, y ya solo por esto su exposición debe ocupar un espacio en su Programa General.

30.06.2019.

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