viernes, 9 de diciembre de 2011

PRÓLOGO A LA CUARTA EDICIÓN
DEL LIBRO “VARGAS LLOSA. ENTRE EL MITO Y LA REALIDAD*

(Primera Parte)

Julio Roldán


Génesis

Con la experiencia de haber realizado una considerable cantidad de investigaciones en el campo de las humanidades y las ciencias sociales y haber publicado algunas de ellas, en forma de libro, en el Perú, a mediados de los años 90 del siglo pasado, llegó la necesidad-deseo de continuar con la misma actividad, pero viviendo ya en condición de asilado político en la ciudad de Hamburgo-Alemania.

Fue el doctor Jorge Oshiro (1942-), con más de 40 años de estadía en este país, quien me informó cómo funciona el mundo académico-intelectual en Alemania. Al filósofo lo había conocido, algún tiempo atrás, en esta ciudad, cuando dio una conferencia sobre un libro suyo que lleva por título Razón y mito. El pensamiento filosófico de José Carlos Mariátegui. Luego de algunas conversaciones sobre temas históricos, sociológicos, políticos y filosóficos, Oshiro me motivó a escribir mi doctorado en este país.

Pasaron algunos meses para procesar la idea y posteriormente decidirme a hacer lo que el mencionado intelectual me sugirió. Luego de haber tomado esta decisión, el siguiente paso fue elegir la especialidad en que se haría. La decisión final fue en el área de filosofía. Finalmente, el último escalón, en este nivel, fue buscar los asesores. En Alemania, para materializar una investigación de esta naturaleza, se necesitan dos profesores que cumplan con esta función académica.

Después de haber barajado algunos nombres, a través del doctor párrafos arriba mencionado, conocí al Profesor Martin Franzbach (1936-), miembro de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Bremen. Él, luego de leer un par de libros de mi autoría, aceptó ser el asesor titular. Posteriormente, el Profesor Franzbach me contactó con el Profesor Fernando Mires (1941-), miembro de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Oldenburg. Mires aceptó ser el segundo asesor. El doctorado se escribiría en la Facultad y Universidad del asesor principal.

Cumplida esta tarea, con el primero de los nombrados nos dedicamos a discutir algunos temas que podrían ser objetos de investigación. Después de algunas reuniones, se llegó a la conclusión de que trabajaríamos el personaje Mario Vargas Llosa (1937-). Se haría en dos niveles. Vargas Llosa como literato. Vargas Llosa como político. En reuniones posteriores, como ya teníamos decidido el tema central de la investigación, se convino que la misma lleve por título: Vargas Llosa entre el mito y la realidad, acompañado del subtítulo: Posibilidades y límites de un escritor latinoamericano comprometido.

Nos interesaba investigar, ordenar, sistematizar e interpretar la abundante información que existe en torno al exitoso escritor y fracasado político. Esta tarea se haría desde una perspectiva multidisciplinaria. Se abordaría el tema recurriendo a la historia, la sociología, la literatura y la filosofía.

En este plano, las enseñanzas teórico-metodológicas de los filósofos-sociólogos alemanes Max Horkheimer (1895-1973), Jürgen Habermas (1929-), los argentinos Juan José Sebreli (1930-) y Blas Matamoro (1940-) fueron de gran valor. En la medida que los nombrados seguían insistiendo, hasta subrayando, la necesidad de buscar la explicación de los fenómenos en los fenómenos mismos; que debe descubrirse las contradicciones que los impulsa y las concatenaciones internas que los rigen y orientan; a la par, los condicionamientos mutuos que caracterizan a todo trabajo de investigación de esta naturaleza; en pocas palabras, abordar el tema de principio a fin como una unidad, con sus contradicciones internas y externas y en perenne movimiento.

En cuanto al método, propiamente dicho, en el proceso de pasar del conocimiento sensorial al conocimiento racional y su respectiva comprobación, las orientaciones formuladas por Inmanuel Kant (1724-1804) fueron de suma importancia. Ellas están sintetizadas en el siguiente párrafo: “… el método más adecuado, que es el de pasar analíticamente del conocimiento vulgar a la determinación del principio supremo del mismo, y luego volver sintéticamente de la comprobación de ese principio y de los orígenes del mismo hasta el conocimiento vulgar, en donde encuentra uso.” (Kant 2006: 7)

Con lo expuesto párrafos arriba, entrábamos en polémica con la corriente predominante hasta la actualidad en el mundo académico, que pone el acento en la especialización y hasta en la superespecialización del conocimiento. Por esa vía terminan, algunos, en el tecnicismo; otros, en el academicismo y cuando no, unos terceros, en su antípoda, el pragmatismo.

La mayoría de estos especialistas recurren al argumento de que ésta es la única vía para hacer avanzar el conocimiento científico. Lo cierto es que, en el mejor de los casos, los mencionados podrían ver los fenómenos investigados con mayor profundidad, pero ignoran lo que los rodea. Obviando su precedencia y soslayando su tendencia, el en sí parece ser el alfa y el omega de este tipo de investigación, de estos investigadores.

A la par de lo afirmado, sostienen que la imparcialidad del investigador es condición determinante para hacer ciencia. La verdad es que con este tipo de argumentos sobredimensionan la unilateralidad en desmedro de la multilateralidad. Potencializan la parte en desmedro del todo. El resultado final es una investigación parcializada, unilateral, metafísica; pero, naturalmente, con el argumento de que es imparcial, por lo tanto, científica.

Normalmente los defensores de las investigaciones “científicas” e “imparciales” argumentan que los otros investigadores, aquellos que no son fieles a estas categorías de “ciencia” e “imparcialidad”, se quedan sólo en el nivel del ensayo. Es decir, investigaciones descriptivas que no han pasado por la dura prueba, lógico-racional, de la demostración científica. Esta última se sintetiza, para ellos, en el principio de causa-efecto. Como es ya conocido, esta manera de razonar tiene un nombre, se llama neopositivismo.

Como este argumento, la “imparcialidad” del “científico”, domina el mundo académico-intelectual, deseamos detenernos un momento en el respectivo acápite. El punto central es la objetividad del científico. En nuestro caso, del humanista o científico social.

En principio, la mayor objetividad en la investigación no es mala, por el contrario, es buena y deseable. El problema es que todos los científicos (incluso los que hacen ciencias naturales) llevan una carga emocional que es intrínseca a su existencia. Carga subjetiva que no les permite lograr totalmente la ansiada objetividad, si es que ésta realmente existe. El ser humano, también el científico, además de ser un ente conceptual-analítico, es al mismo tiempo un ente emocional-valorativo.

Con esta controversia-relación entre la objetividad-subjetividad, entre la razón-emoción, los criticados “juicios de valor” cruzan todos los niveles del conocimiento y la vida. Veamos algunos casos a manera de ilustración. G. W. F. Hegel (1770-1831) nos dice al respecto lo siguiente: “... nada grande se ha hecho en el mundo sin pasión.” A reglón seguido desarrolla esta idea en los términos siguientes: “Son dos los momentos que concurren en nuestro objeto; uno de ellos es la Idea y el otro son las pasiones humanas; uno es la urdimbre, y el otro, la trama de ese gran tapiz de la historia universal que se extiende ante nosotros.” (Hegel 1989: 43)

Mientras que el contradictorio Friedrich Nietzsche (1844-1900), relativizando y hasta ridiculizando el “juicio de valor”, sostiene: “Los juicios, los juicios de valor sobre la vida, a favor o en contra, no pueden, en definitiva, ser verdaderos nunca: únicamente tienen valor como síntomas, únicamente importan como síntomas -en si tales juicios son estupideces. Hay que alargar del todo los dedos hacia ella y hacer el intento de agarrar esta sorprendente finura, que el valor de la vida no puede ser tasado.” (Nietzsche 1998: 44)

Como hemos podido ver, los filósofos citados, desde sus respectivas perspectivas, entienden que los “juicios de valor” desempeñan un rol en la investigación científica. Más aún, lo hacen extensivo a otros ámbitos de la vida. Algunas décadas después de lo escrito por los filósofos, el sociólogo Max Weber (1864-1920) se muestra un tanto contradictorio al respecto. En un primer momento, coincidiendo con Hegel, escribe: “... pues nada vale para el hombre en cuanto hombre lo que no puede hacer con pasión.” (Weber 1992: 61)

Algunas páginas después vuelve sobre el tema, pero ahora separando tajantemente al científico del ser humano. Es por ello que afirma: “... siempre que un hombre de ciencia se presenta con sus propios juicios de valor, cesa su plena comprensión de la realidad.” (Weber 1992: 76)

Sólo habría coherencia en lo escrito por Weber, centramos en él por ser quien más ha criticado-popularizado el “juicio de valor”, si es que alguna ciencia o disciplina hubiese demostrado que entre la objetividad del investigador y el juicio de valor no existe ninguna relación. En consecuencia no habría ningún tipo de condicionamiento mutuo. Esto es un buen enunciado teórico. Es una plausible aspiración académica. Lo cierto es que en la práctica concreta no se cumple. Lo anunciado, en teoría del conocimiento, tiene un nombre y no es más ni menos que metafísica.

El gran problema para el sociólogo, y los que piensan como él, es dilucidar dónde termina el hombre de pasión y dónde comienza el hombre de ciencia, y viceversa. Nosotros pensamos que el hombre es un ente indivisible en permanente transformación. El hombre de ciencia, por un lado, el hombre con su pasión, por otro, son abstracciones de abstracciones circunstanciales que podrían tener importancia metodológica en algún nivel en el proceso de la investigación científica. Pero luego su valor se diluye hasta esfumarse, en la medida de que solamente en ese cruce de caminos, donde el hombre actuante-pensante es el punto medio, podemos distinguir lo diferente en lo similar, lo similar en lo diferente, la pasión en la razón y la razón en la pasión, etc.

Está plenamente demostrado que, en los hechos, lo emocional influye en lo científico. Lo científico hace lo propio en lo emocional. Todo ello en la medida que el hombre-investigador es una unidad contradictoria. Es un ente en desarrollo y en permanente mutación. Mas no una abstracción en sí y para sí, como piensan los que separan la razón de la emoción, o viceversa. No se debe olvidar que cuando el pensamiento lógico-conceptual se agota, encuentra nuevos caminos a través de la pasión. Nuevos campos de exploración a través de la fantasía.

Volvamos a nuestro tema central. Luego de haber finiquitado en nuestra investigación sobre Vargas Llosa estas cuestiones teóricas-metodológicas, a mediados del año 1996, se comenzó la investigación propiamente dicha en su primera fase. Se acordó que el doctorante escriba la investigación solo. Que cada 6 meses haga llegar lo avanzado a los asesores. Ellos, además de corregir-suprimir, sugerirían algunas ideas en los tópicos que creerían pertinente.

Siguiendo estos lineamientos generales, se trabajó durante casi 5 años. A fines del año 2000 la investigación estaba finiquitada. En diciembre de este mismo año se realizó el coloquio público en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Bremen. El resultado final fue aprobatorio.

El Libro y sus Críticos

Algún tiempo después de haber sido terminada la investigación, Tectum Verlag, empresa ubicada en la ciudad de Marburg, se interesó en publicar la investigación en forma de libro. Hasta la fecha que se escribe este prólogo a la cuarta edición, es decir, 12 años después de la primera edición, han aparecido, con algunas modificaciones pequeñas, tres ediciones.

En estos años se han escrito algunos estudios y una regular cantidad de reseñas sobre la presente investigación. De lo mencionado deseamos nombrar un par de cada cual. Los primeros corren a cargo de peruanos: el lingüista y profesor universitario César Ángeles (1961-) y el escritor Eduardo Ibarra (1944-). De los segundos, mencionemos el del politólogo alemán Reiner Huhle (1946-) y el del filólogo francés Guy Nondier (1941-).

El trabajo de Ángeles (2001) lleva por título: Mario Vargas Llosa: Historia de un deicidio. En torno a un nuevo ensayo crítico sobre el escritor peruano. Mientras que el de Ibarra (2002) se titula: Mario Vargas Llosa. El frustrado compromiso de un escritor.

La verdad es que después de más de una década de la primera lectura, releo los escritos mencionados. Lo sustancial es que las coincidencias teóricas-conceptuales son evidentes entre las plasmadas en el libro y las vertidas por los estudiosos aquí mencionados. A la par, las críticas son más de forma que de fondo. Éstas son las razones del por qué no insistiremos en comentar, debatir o rebatir las opiniones de los estudiosos líneas arriba mencionados.

En el caso de Reiner Hohle, hay algo que deseamos mencionar. Él piensa que en el trabajo: “no se profundiza debidamente en el caso Uchuracay”, donde Vargas Llosa fue el Presidente de la Comisión que investigó la matanza de los periodistas en el año 1983. Además cree que “esta investigación es una biografía política de Vargas Llosa”. Como consecuencia, ésta termina en este plano “en el año 1990”, a nivel literario “en 2000 con la Fiesta del Chivo”, por lo tanto, “… la biografía política del escritor queda aún por escribirse”.

Hay que decir, respecto al caso Uchuracay, que en el libro se sostiene que en el informe emitido por esta Comisión se dice que ella “… ha llegado a la convicción absoluta de que el asesinato de los periodistas fue obra de los comuneros”, en la medida “que los confundieron con terroristas” de Sendero Luminoso, a sus “cámaras fotográficas con armas de fuego”. La conclusión final reza: “Todos los peruanos somos culpables de la tragedia pues no supimos civilizarlos.”

En este informe no se menciona que la zona había sido preparada, previamente, por las Fuerzas Armadas. Trabajada bajo la concepción de la Guerra de baja intensidad, como se vio posteriormente cuando la acción subversiva se fue ampliando a otras zonas del país. Las denominadas “montoneras” y “rondas campesinas” compuestas por campesinos-indígenas, organizadas y orientadas por las Fuerzas Armadas, tuvieron en Uchuracay su partida de nacimiento.

Respecto a la biografía política, ésta no es verdad. Por lo menos ésta no fue nuestra intención cuando realizamos la investigación. No es una biografía política ni literaria de Vargas Llosa. Que recurramos, en el proceso de la investigación, a datos históricos del personaje para explicar acciones políticas, giros ideológicos y su producción literaria, o lo contrario, no significa necesariamente que ésta sea una investigación biográfica en el sentido estricto del término.

Por su parte el profesor de la Universidad de Rouen sostiene “que con los zigzagueos” conocidos, “Vargas Llosa es mucho más que el portavoz de la gran burguesía latinoamericana”. Ésta es una de las conclusiones a la que llegamos en la investigación. Efectivamente, en gran medida se dice en ella que Vargas Llosa es mucho más que eso. En cualquier nivel de la vida, el escritor es un caso especial al interior del conjunto de intelectuales latinoamericanos de su tiempo y su nivel. Sus giros ideológicos, sus cambios políticos, son extremos. Su defensa de los mismos es apasionada. Su defensa del “orden democrático-liberal”, de la “libre empresa”, en las últimas décadas, es persistente. Su anticomunismo es visceral y consecuente.

Por último, como resultado del otorgamiento del Premio Nóbel a Vargas Llosa en 2010, el libro, que se había circunscrito al mundo académico-intelectual, logró abrirse cierto espacio y así ganar algo de popularidad. La misma se acentuó cuando el director de Le Monde Diplomatique, Ignacio Ramonet (1943-), publicó en dicho mensuario (noviembre 2010) un artículo titulado Los dos Vargas Llosa, en el cual se menciona un par de veces a esta investigación.

(*) Publicamos este texto –al que seguirán las partes restantes– como un avance de la cuarta edición del libro que menciona el título, edición próxima a concretarse (Nota de la Redacción).

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