viernes, 3 de julio de 2026

Literatura

Análisis e Interpretación del Primer Texto de Poemas Humanos

Julio Carmona

 

Altura y pelos

 

¿Quién no tiene su vestido azul?

¿Quién no almuerza y no toma el tranvía,

con su cigarrillo contratado y su dolor de bolsillo?

¡Yo que tan sólo he nacido!

¡Yo que tan sólo he nacido!

 

¿Quién no escribe una carta?

¿Quién no habla de un asunto muy importante,

muriendo de costumbre y llorando de oído?

¡Yo que solamente he nacido!

¡Yo que solamente he nacido!

 

¿Quién no se llama Carlos o cualquier otra cosa?

¿Quién al gato no dice gato gato?

¡Ay, yo que sólo he nacido solamente!

¡Ay, yo que sólo he nacido solamente!

 

Introducción 

El título, «Altura y pelos», del primer poema del libro de César Vallejo Poemas humanos, hace pensar en el poema «Intensidad y altura», de este mismo libro, mas no porque la palabra altura tenga igual sentido en ambos. Se piensa en ella para, justamente, hacer la distinción. En el otro se refiere a la dimensión o logro superlativo del trabajo poético. En este, creo, debe relacionarse con el desarrollo del ser humano, es decir, con referencia «al crudísimo día de ser hombre» (del poema «Desnudo en barro» de Los heraldos negros). Situación, esta, que va aparejada con el crecimiento de todos sus «pelos». 

Igualmente, debe relacionarse con el último poema de Los heraldos negros, «Espergesia», en el que el locutor poético da cuenta de su nacimiento como ser humano, y rechaza ser uno del rebaño de ovejas de dios, quienes nacieron cuando este estaba sano. Y los miembros de ese rebaño ponen su vida al servicio de ese dios. Mientras él se pone al servicio de la humanidad que ‘sólo ha nacido solamente’. 

Y este uso de dos términos, aparentemente redundante, no hay que considerarlo como una incorrección idiomática. O un «capricho poético». Tiene una explicación: que el adverbio «sólo» (con tilde) está modificando al adjetivo (sin tilde) «solo» modificado, a su vez, por la terminación adverbial «mente», para precisar que su soledad es constante, una soledad que no sólo significa falta de compañía sino, además, como ser humano especial, diferente. Y esto no implica arrogancia o discriminación, sino que se ofrece como la enseñanza de una manera de despertar. Enseguida, pasamos al análisis y a la interpretación: 


¿Quién no tiene su vestido azul?

¿Quién no almuerza y no toma el tranvía,

con su cigarrillo contratado y su dolor de bolsillo?

¡Yo que tan sólo he nacido!

¡Yo que tan sólo he nacido! 

Separemos el primer verso: «¿Quién no tiene su vestido azul?», y vemos que con él se presenta la visión del hombre como un animal social y, es por ello, que se lo mimetiza con sus congéneres del mundo animal, en un horizonte azul que viste a todos, porque es común a todos los seres vivos, aunque el hombre se distancia de los no humanos por la diferencia de tener su «vestido», separado de él, mientras los otros lo tienen incorporado, pues tienen su pelambre, sus plumas o sus escamas. 

En los versos siguientes: «¿Quién no almuerza y no toma el tranvía, / su cigarrillo contratado y su dolor de bolsillo?» se destaca la dimensión social del ser humano, de todos los humanos, pues, entre estos, el que más y el que menos, realizan esas acciones: almorzar, movilizarse en vehículos públicos y hasta fumar, porque es parte del «contrato» social (Rousseau dixit), aunque todo eso tenga que sentirse en el bolsillo (imagen donde se guarda el dinero) como un dolor de dimensión variada, dependiendo de quién lo sufre. 

Y en los dos últimos versos de esta estrofa aparecen los dos versos que (a manera de estribillo, con variantes) se repetirán en las estrofas siguientes: «¡Yo que tan sólo he nacido! / ¡Yo que tan sólo he nacido!» Y con ellos el locutor poético precisa que para él todo eso le es indiferente porque (como digo en la introducción, al relacionarlo con «Espergesia») se siente diferente a los demás, pues tan sólo (solamente) ha nacido (solo), pues, para colmo, ha nacido ‘cuando Dios estuvo enfermo’ y él quedó fuera de su rebaño. Aclaremos el agregado –por nosotros– de la palabra solo (de soledad), y lo hemos hecho porque decir «tan sólo» (de solamente) es hacer la fusión de nada más estar solo, pero en situación muy especial: «TAN-sola-MENTE»: la soledad modificada por los adverbios «tan» y «mente». Pasemos a la segunda estrofa: 


¿Quién no escribe una carta?

¿Quién no habla de un asunto muy importante,

muriendo de costumbre y llorando de oído?

¡Yo que solamente he nacido!

¡Yo que solamente he nacido! 

En esta estrofa se da la proyección del ser humano con la visión del hombre como un animal funcional, un animal de costumbres o gregario, es decir: una persona que forma parte de un grupo sin distinguirse de los demás («¿Quién no escribe una carta?»), especialmente si carece de ideas e iniciativas propias y sigue siempre las de los demás: escribir o hablar de cosas importantes («¿Quién no habla de un asunto muy importante?») por ejemplo, pero «muriendo de costumbre»: cuando se llega al conocimiento de que uno se muere en cada segundo que marca el reloj biológico, «y llorando de oído»: esta última frase (de oído) se la usa, como es sabido, en música, para referirse a alguien que toca un instrumento sin estudios académicos, solo por la intuición que le marca el oído; si esta cualidad se aplica al llanto es como decir que se hace sin aprendizaje previo, por reacción natural (como el saber que se muere ininterrumpidamente). Y el locutor poético reitera que todo eso no funciona en él por imitación, sino porque él ha nacido solo = solamente, es decir, sin tener a nadie a quien imitar, equivalente a decir ‘he nacido triste = tristemente’ o ‘alegre = alegremente’. 


¿Quién no se llama Carlos o cualquier otra cosa?

¿Quién al gato dice gato gato?

¡Ay, yo que sólo he no nacido solamente!

¡Ay, yo que sólo he nacido solamente! 

En esta estrofa se da la visión del hombre enajenado (ajeno a sí mismo) o cosificado. El llamarse «Carlos» (o cualquier otro nombre) es haberse convertido en «cosa», es la enajenación del ser humano creado por un dios sano, el ser humano que sin su nombre no existe; y que, sin embargo, con ese nombre y esa existencia se ha convertido en una cosa o un animalito cualquiera que tiene su nombre común (como es el caso de «gato» o sillón o lápiz): se ha vuelto ajeno a sí mismo. Como dice Carlos Marx: «El nombre de una cosa es completamente ajeno a su naturaleza. Yo no sé nada de un hombre por saber que se llama Santiago» (Marx, 1972: El capital. EDAF. Tomo 1: 104). Pero es preciso indicar que el locutor poético, al plantear su situación como diferente a esa comunidad indiferenciada, no está postulando una especie de solipsismo: que sea él el único que existe como humano, y los demás, no. Es la constatación de una situación dolorosa (de ahí la interjección «¡Ay!»), porque el ideal humano que postula el locutor poético es que los demás se liberen de estar sujetos a una rutina y un accionar borreguil; liberarse —como dirá en otro poema de la misma época: «… para que el individuo sea un hombre, / para que los señores sean hombres, / para que todo el mundo sea un hombre, y para / que hasta los animales sean hombres» (Poema «Batallas» de España, aparta de mí este cáliz). Y reitero, el locutor poético no es un ególatra cuando termina con el estribillo: «¡Ay, yo que sólo he nacido solamente!», sino que la exclamación de ese «yo» se podría respaldar con frase unamuniana: si hablo de mí es porque soy el ser humano que tengo más a la mano, y si estoy solamente solo tengo la posibilidad de pensar que es algo que debieran poder hacer todos los seres humanos. Lamentablemente encorralados o enrebañados.

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