viernes, 3 de julio de 2026

Fascismo

Psicología de Masas de la Pequeña Burguesía* 

Wilhem Reich 

DECÍAMOS QUE el éxito de Hitler no se explica ni por su «personalidad» ni por el papel objetivo que ha jugado su ideología en el capitalismo en descomposición. Ni tampoco por una «obnubilación» de las masas que lo seguían. La cuestión central es para nosotros averiguar qué sucedía en el seno de las masas para que se convirtieran en seguidores de un partido cuyos fines eran objetiva y subjetivamente antagónicos a los intereses de las masas trabajadoras. 

Para responder a esta cuestión hay que recordar, en primer término, que el movimiento nacionalsocialista se apoyaba en su primer despegue exitoso en las amplias capas de las llamadas clases medias, es decir en los millones de empleados y funcionarios, en los comerciantes medios y en el campesinado medio y pequeño. Desde el punto de vista de su composición social, el nacionalsocialismo era originariamente un movimiento pequeñoburgués doquiera que entrara en escena, ya fuera en Italia, en Hungría, en Argentina o en Noruega. Por tanto, esta pequeña burguesía, que antes militaba en las filas de los diversos partidos democráticos pequeñoburgueses, debía de haber sufrido una transformación interna que le hacía modificar su ubicación política. La situación social y su correspondiente estructura psicológica de la pequeña burguesía explican tanto las semejanzas fundamentales como las diferencias entre las ideologías burguesa-liberal y fascista. 

La pequeña burguesía fascista es la misma que la democrática liberal, sólo que en otro período histórico del capitalismo. En los años electorales de 1930 a 1932, el nacionalsocialismo creció casi exclusivamente a expensas del Partido Nacional Alemán, del partido de la economía y de las pequeñas agrupaciones minoritarias del Reich alemán. Sólo el centro católico mantuvo sus posiciones incluso en las elecciones de Prusia en 1932. Tan sólo en esas elecciones el nacionalsocialismo pudo ganar terreno entre las masas de obreros industriales. Pero las clases medias siguieron siendo la columna vertebral de la cruz gamada. En la más grave conmoción económica del sistema capitalista (1929-1932) desde su origen, las clases medias entraron en la escena política bajo la forma del nacionalsocialismo y detuvieron la transformación revolucionaria de la sociedad. La reacción política percibía claramente la importancia de esta función de la pequeña burguesía: «Las clases medias tienen una importancia decisiva para la existencia de un estado», rezaba un panfleto del Partido Nacional Alemán del 8 de abril de 1932. 

Después del 30 de enero de 1933, comenzó a darse una gran importancia en las izquierdas a la discusión del papel de las clases medias. Hasta esa fecha no se le había dado la importancia necesaria, porque los espíritus se hallaban cautivados por la evolución de la reacción política, por el régimen autoritario, y porque la problemática psicológica de las masas no era asumida por los políticos. Después del 30 de enero, la «rebelión de las clases medias» comenzó a pasar en algunos sitios a primer plano. Si seguimos más de cerca la discusión de este problema, podremos comprobar que se fueron formando dos opiniones principales: la primera consideraba que el fascismo «no era otra cosa» que la guardia de partido de la gran burguesía; la segunda no negaba este hecho, pero daba primacía a la «rebelión de las clases medias», lo que valió a sus representantes el reproche de que difuminaban el papel reaccionario del fascismo; para dar fuerza a esta argumentación se invocaba el nombramiento de Thyssen como dictador de la economía, la disolución de las organizaciones económicas de las clases medias, la revocación de la «segunda revolución»: en una palabra, el carácter puramente reaccionario del fascismo, que aproximadamente a partir de junio de 1933 se manifestaba de modo cada vez más patente. 

Podía observarse que había puntos poco claros en esta virulenta discusión: el hecho de que después de la toma del poder el nacionalsocialismo revelara cada vez más su carácter de nacionalismo imperialista, celosamente empeñado en excluir todo elemento «socialista» del movimiento y en utilizar todos sus medios para preparar la guerra, no contradice el otro hecho de que desde el punto de vista de su base de masas era en efecto un movimiento de los sectores medios. Sin la promesa de iniciar la guerra contra el gran capital Hitler jamás se habría ganado a las capas medias de la sociedad. Le ayudaron a triunfar porque estaban en contra del gran capital. La presión de las clases medias obligó a los dirigentes a tomar medidas anticapitalistas, del mismo modo que luego tuvieron que frenarlas bajo la presión del gran capital. Si no distinguimos los intereses subjetivos de la base de masas de un movimiento reaccionario, de la función objetivamente reaccionaria del mismo y que se contradice con aquéllos (aunque al principio estuvieran unidos en el conjunto del movimiento nazi), hablaremos dos idiomas distintos cuando, al hablar de «fascismo», uno se refiera al papel reaccionario del fascismo y el otro a los intereses reaccionarios de las masas fascistas. El antagonismo entre estos dos aspectos del fascismo da origen a todas sus contradicciones y también al vocablo único de «nacionalsocialismo» que caracteriza al movimiento hitleriano. Mientras el nacionalsocialismo se vio obligado a poner de relieve su carácter de movimiento de las clases medias (antes de la toma del poder y poco después de la misma), era en efecto anticapitalista y revolucionario; cuando —al no desposeer de sus derechos al gran capital— se despojó cada vez más de su carácter anticapitalista y su función se volvió exclusivamente capitalista, a fin de consolidar y mantener el poder alcanzado, se convirtió en defensor a ultranza del imperialismo y en pilar del orden económico del gran capital. Poco importa entonces que algunos de sus dirigentes fueran socialistas honestos (¡según ellos!), o cuántos eran demagogos y ávidos de poder. Una política antifascista de fondo no puede basarse sobre este tipo de distinciones. Toda la duplicidad del fascismo alemán podría haberse comprendido a partir de la historia del fascismo italiano, pues también éste reunía en su seno las dos funciones netamente contradictorias entre sí. 

Los que niegan o no aprecian justamente la función de la base de masas del fascismo se enquistan en su concepción de que las clases medias, que no disponen de los principales medios de producción ni trabajan en ellos, no pueden a la larga hacer historia y deben, por tanto, oscilar entre el capital y la clase trabajadora. Olvidan que los sectores medios pueden «hacer historias» y de hecho la hacen, si no a largo plazo, al menos durante un período históricamente limitado, como lo muestran los fascismos italiano y alemán. No nos referimos aquí únicamente a la destrucción de las organizaciones obreras, a las innumerables víctimas, al asalto de la barbarie, sino sobre todo a los obstáculos puestos a la transformación de la crisis económica en una subversión política de la sociedad, en la revolución social. Una cosa es evidente, cuanto más numerosas e influyentes son las clases medias en una nación, tanto mayor es su importancia como fuerza social cuya acción es decisiva. En el período de 1933 a 1942 se dio la paradoja de que el fascismo nacionalista pudo superar al internacionalismo social-revolucionario como movimiento internacional. Los socialistas y los comunistas compartían la ilusión de que el avance del movimiento revolucionario sería proporcional al de la reacción, con lo cual cometieron un verdadero suicidio político, a pesar de sus buenas intenciones. Esta cuestión merece ser examinada con el mayor detenimiento. El proceso que ha tenido lugar en la última década en el seno de las capas medias de todos los países merece una atención mucho mayor que el hecho banal y conocido de que el fascismo significa la más extremada reacción económica y política. Esta última afirmación no sirve para hacer política, como ha demostrado sobradamente la historia de los años 1928 a 1942.** 

Las clases medias se pusieron en movimiento y entraron en escena como fuerza social revestidas de la forma del fascismo. Por eso, lo que importa no son las intenciones reaccionarias de Hitler y de Goering, sino los intereses sociales de las capas medias. Como consecuencia de su estructura caracterológica, las clases medias tienen un poder social inmenso, que supera en mucho su importancia económica. Es la capa social que ha sostenido nada menos que el sistema patriarcal durante varios milenios y que lo mantiene vivo pese a todas sus contradicciones. 

La existencia de un movimiento fascista es sin duda la expresión social del imperialismo nacionalista. Pero el hecho de que este movimiento fascista haya podido convertirse en un movimiento de masas e incluso tomar el poder —y sólo entonces se cumple su función imperialista— es el efecto del movimiento masivo de las clases medias. Quien quiera comprender los fenómenos contradictorios del fascismo deberá tener en cuenta estas oposiciones y antagonismos, cada cual a su debido tiempo. 

La situación social de los sectores medios está determinada: 

a) por su posición en el proceso capitalista de producción; 

b) por su posición en el aparato del Estado autoritario; 

c) por su situación familiar particular, que está determinada directamente por su posición en el proceso de producción y que da la clave para la comprensión de su ideología. La situación del pequeño campesinado, de los empleados y de los comerciantes medios son económicamente distintas, pero se caracterizan por una situación familiar básicamente idéntica. 

El veloz desarrollo de la economía capitalista en el siglo XIX, la mecanización constante y rápidamente creciente de la producción, la concentración de diversas ramas de la misma en sindicatos y trusts monopólicos, han dado como resultado la pauperización progresiva de los comerciantes y artesanos pequeñoburgueses. Incapaces de resistir la competencia de la gran industria, que produce a menor precio y más racionalmente, las pequeñas empresas están condenadas a perecer. 

«Las clases medias no tienen otra cosa que esperar de este sistema que la destrucción despiadada. La cuestión es, pues, la siguiente: ¿queréis hundiros todos en una gran masa gris y sombría de proletarios, en la que todos poseen lo mismo, es decir, nada, o queréis que la fuerza y la aplicación vuelvan a hacer posible que cada cual se cree un patrimonio a través del arduo trabajo de toda una vida? ¡Clase media o proletariado! ¡He ahí la cuestión!». 

Esa advertencia la lanzó el Partido Nacional Alemán antes de las elecciones a presidente del Reich de 1932. Los nacionalsocialistas se guardaron mucho de abrir un abismo entre la clase media y los obreros industriales a través de declaraciones tan burdas, y su propaganda resultó más eficaz. 

En la propaganda del NSDAP tenía un papel importante la lucha contra los grandes almacenes. Pero la contradicción entre el papel que el nacionalsocialismo cumplía en la gran industria y los intereses de las clases medias sobre las que se apoyaba, se evidenció, por ejemplo, en la conversación que mantuvieron Hitler y Knickerbocker: 

No haremos depender las relaciones germano-americanas de una tienducha (se refería al futuro de Woolworth en Berlín) [...]. La existencia de tales empresas impulsa el bolchevismo [...]. Destruyen muchos negocios pequeños. Por eso no las toleramos; pero puede usted estar seguro de que sus empresas de este género en Alemania no serán tratadas de otro modo que empresas alemanas similares1. 

Las deudas privadas exteriores eran sumamente gravosas para las clases medias. Pero mientras que Hitler estaba a favor del pago de las deudas privadas, dado que en política exterior dependía del cumplimiento de los reclamos del extranjero, sus seguidores reclamaban la supresión de esos pagos. La pequeña burguesía se rebeló, pues, «contra el sistema» que entendía como la «dominación marxista» de la socialdemocracia. 

Ahora bien; por más que estas capas de la pequeña burguesía intentaran lograr una unidad organizativa en medio de la crisis, la competencia económica entre las pequeñas empresas había actuado en contra de un sentimiento de solidaridad semejante al de los obreros industriales. La posición social es la que impide al pequeño burgués solidarizarse con su propia capa social o con el obrero industrial; no puede hacerlo con su propia capa porque en ella predomina la competencia; tampoco con el obrero industrial, porque precisamente a nada le teme más que a la proletarización. No obstante, el movimiento fascista produjo una unificación de la pequeña burguesía. ¿Sobre qué base psicológica de las masas? 

La respuesta la da la posición social de los funcionarios y empleados pequeños y medios. El empleado y el funcionario medios se encuentran en una posición económica peor que el obrero industrial especializado medio; esta situación se compensa parcialmente por la escasa esperanza de promoción, y en el funcionario sobre todo por la perspectiva de un sustento asegurado hasta el fin de su vida. La dependencia de esta capa con respecto a las autoridades engendra frente a los colegas una actitud competitiva que actúa en contra del desarrollo de un sentimiento de solidaridad. La conciencia social del funcionario no está determinada por el sentimiento de una comunidad de destino con sus colegas, sino por su postura ante la autoridad estatal y ante la «nación». Esta postura consiste en una total identificación con el poder estatal2 y, para el empleado privado, en una identificación con la empresa en que trabaja. El funcionario se encuentra tan sometido como el obrero industrial. ¿Por qué no desarrolla el mismo sentimiento de solidaridad que este último? Porque ocupa una posición intermedia entre la autoridad y los trabajadores manuales. Súbdito respecto de la autoridad, es representante de la misma en sus relaciones con sus subordinados, con lo cual goza de una especial protección moral (no material). Los cabos de todos los ejércitos nos proporcionan el ejemplo más acabado de este producto de la psicología de masas. 

El poder de esta identificación con el empleador se manifiesta de modo especialmente pronunciado en el caso de los criados de casas nobles, de ayudantes de cámara, etcétera, que, adoptando la postura, la mentalidad y las maneras de la clase dominante, se modifican por completo y hasta exageran esta segunda naturaleza para esconder sus orígenes modestos. 

Esta identificación con las autoridades, con la empresa, con el Estado, con la nación, etc., que puede resumirse en la fórmula: «yo soy el Estado, las autoridades, la empresa, la nación», constituye una realidad psíquica y es uno de los mejores ejemplos de una ideología convertida en fuerza material. Al principio, el empleado o el funcionario se contentan con el ideal de ser como sus superiores, hasta que paulatinamente, a consecuencia de la dependencia material crónica, su naturaleza se transforma a imagen de la capa dominante. Con la vista constantemente clavada en las alturas, el pequeño burgués termina por abrir una brecha entre su situación económica y su ideología. Vive en condiciones modestas, pero adopta hacia fuera una actitud representativa, exagerada a menudo hasta el ridículo. Se alimenta mal e insuficientemente, pero le concede un gran valor al ir «correctamente vestido». El sombrero de copa y el traje elegante se convierten en los símbolos materiales de esta estructura caracteriológica. Nada más revelador, desde la perspectiva de la psicología de masas, que la observación del modo de vestir de una población. Esa «vista clavada en las alturas» es lo que distingue específicamente la estructura pequeñoburguesa de la estructura del obrero industrial.3 

¿Cuán profunda es esta identificación con la autoridad? Su existencia ya era conocida, pero la cuestión es averiguar de qué modo los hechos emocionales han cimentado y fijado la actitud pequeñoburguesa, al margen de los factores económicos de efecto inmediato, hasta tal punto que la estructura pequeñoburguesa no se ve sacudida ni siquiera en épocas de crisis, en épocas en que el paro destruye su base económica inmediata. 

Decíamos que la situación económica de las diversas capas de la pequeña burguesía es variada, mientras que su situación familiar es esencialmente similar. La situación familiar es la que nos da la clave del fundamento emocional de la estructura descrita anteriormente. 

___________

(*) Reich, Wilhem. Psicología de masas del fascismo. Capítulo 2: La ideología de la familia autoritaria en la psicología de masas del fascismo. Apartado 3: La psicología de masas de la pequeña burguesía.

(**) Consideramos que, si bien a estas alturas de la historia resulta ciertamente “banal” el considerar al fascismo como la reacción extrema, sin embargo, en el momento en que se iniciaba la propaganda fascista, por los mismos motivos que esgrime el autor, era necesario desenmascarar al fascismo. En consecuencia, no resulta banal denunciar al fascismo como la reacción extrema, por el contrario, es absolutamente necesario hacerlo. (Comité de redacción CH).

(1) Tras la toma del poder durante los meses de marzo-abril comenzó un asalto masivo contra los grandes almacenes, que pronto fue frenado por la dirección del NSDAP (prohibición de intervenir sin autorización en la economía, disolución de las organizaciones de los sectores medios, etcétera).

(2) Por «identificación» el psicoanálisis entiende el hecho de que una persona comience a sentir que forma una unidad con otra, a adoptar cualidades y posturas de ella, que antes no tenía, y a poder colocarse imaginariamente en su lugar; en la base de este proceso existe una modificación real de la persona que se identifica con otra «interiorizando» las cualidades de su modelo.

(3) Esto rige para Europa. En los Estados Unidos, el aburguesamiento de los obreros industriales difumina los límites.

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