Interpretación del Poema «Un hombre está mirando a una
mujer»
Julio Carmona
Un
hombre está mirando a una mujer (*)
Un
hombre está mirando a una mujer,
está
mirándola inmediatamente,
con
su mal de tierra suntuosa
y
la mira a dos manos
y
la tumba a dos pechos
y
la mueve a dos hombros.
Pregúntome
entonces, oprimiéndome
la
enorme, blanca, acérrima costilla:
Y
este hombre
¿no
tuvo a un niño por creciente padre?
¿Y
esta mujer, a un niño
por
constructor de su evidente sexo?
Puesto
que un niño veo ahora,
niño
ciempiés, apasionado, enérgico;
veo
que no le ven
sonarse
entre los dos, colear, vestirse;
puesto
que los acepto,
a
ella en condición aumentativa,
a
él en la flexión del heno rubio.
Y
exclamo entonces, sin cesar ni uno
de
vivir, sin volver ni uno
a
temblar en la justa que venero:
¡Felicidad
seguida
tardíamente
del Padre,
del
Hijo y de la Madre!
¡Instante
redondo,
familiar,
que ya nadie siente ni ama!
¡De
qué deslumbramiento áfono, tinto,
se
ejecuta el cantar de los cantares!
¡De
qué tronco, el florido carpintero!
¡De
qué perfecta axila, el frágil remo!
¡De
qué casco, ambos cascos delanteros!
Introducción
El poema «Un hombre está mirando a una mujer», pertenece al libro Poemas humanos de César Vallejo. En este libro aparece sin título propio. Y, cuando esto ocurre, se entiende que el poeta ha optado por hacer que el primer verso haga las veces de título. Esta explicación es aplicable a la mayor parte de los poemas de este libro. Luego de esta breve explicación, paso a interpretar los versos que conforman el poema.
Interpretación del poema «Un hombre está mirando a una mujer»
Un
hombre está mirando a una mujer,
está
mirándola inmediatamente,
con
su mal de tierra suntuosa (1)
y
la mira a dos manos
y
la tumba a dos pechos
y la mueve a dos hombros. (2)
(1) Si no se pierde de vista la interpretación de los dos primeros poemas del mismo libro, Poemas humanos, se puede concluir —para el análisis de este— que hay una relación de continuidad respecto de una visión del mundo basada en la concepción filosófica materialista y dialéctica. O sea que con este poema se manifiesta el reconocimiento de la existencia plena del mundo objetivo, independientemente de que el hombre lo piense o no, es decir que el principio, mencionado de Descartes: «Pienso, luego existo» queda descartado. Porque —conforme lo precisan Marx y Engels, y en este poema lo ratifica CV— «… el amor es, verdaderamente, lo primero que enseña al hombre a creer en el mundo objetivo fuera de él» (1967: 86). Y ese es el sentido de que un hombre (indeterminado, equivalente a cualquier hombre) ‘que mira a una mujer’ lo hace de manera inmediata. Porque la presencia de esa mujer es objetiva, no es subjetiva, ella existe por sí misma, no porque él la piense, subjetivamente. Más aun, si se trata de un hombre creyente en un dios, este la reconoce como proveniente del barro paradisíaco, que carga el mal del pecado original, y que, sin embargo, la ve como a Eva en el Paraíso, y este, el Paraíso, es la esencia de lo suntuoso, es decir: el sumo de lo magnífico.
(2) Y en eso no hay idealismo que valga; no es que —como en el amor platónico— a la mujer (ideal) no se la toca ni con el pétalo de una flor (que es como se manifiesta el amor ideal de Los heraldos negros), no; ese hombre que mira a esa mujer quiere tocarla con sus dos manos, y quiere estar con ella ‘pecho con pecho’, y quiere tener las piernas de ella en los hombros de él.
Pregúntome
entonces, oprimiéndome
la
enorme, blanca, acérrima costilla: (3)
Y
este hombre
¿no
tuvo a un niño por creciente padre? (4)
¿Y
esta mujer, a un niño
por constructor de su evidente sexo? (5)
(3) Y, otra vez, el locutor poético retoma la idea bíblica del paraíso: de la costilla de Adán, que es una idea «acérrima», es decir: fuerte, vigorosa, tenaz (que él no puede dejar de oprimirla), para hacerse preguntas a propósito de lo que le ocurre a cualquier hombre que mira a una mujer…
(4) ‘¿y ese hombre no tuvo a su vez a un padre que también fue niño como producto de que su abuelo también mirara a su mujer, y que a su vez fue niño, y así hasta el infinito?’
(5) ‘y si esa mujer —siguiendo esa retrospección antropológica— tuvo a un niño, es decir, parió a un niño con lo cual quedó demostrada la evidencia de su sexo, ¿dónde queda el cuento de la costilla?, ¿no es que queda convertido en mito?
Puesto
que un niño veo ahora,
niño
ciempiés, apasionado, enérgico; (6)
veo
que no le ven
sonarse
entre los dos, colear, vestirse; (7)
puesto
que los acepto,
a
ella en condición aumentativa,
a él en la flexión del heno rubio. (8)
(6) Y lo real, lo verdadero es que ahora lo que se ve es al niño «ciempiés», al niño común, al constructor milenario del evidente sexo, y es un niño que se impone con energía, asumiendo todas las pasiones que hereda.
(7) Pero el locutor poético dice: «veo que no le ven», a pesar de que suena (o se suena) entre los dos (hombre / mujer), vivito y coleando, es decir creciendo a vista y paciencia de los dos, y aprendiendo de ellos todo: comenzando por el «vestirse».
(8) Y, para más prueba de esa objetividad desmitificadora, el locutor poético dice aceptar esa realidad: pues observa en esa mujer el aumento de su gestación, y a ese hombre lo ve inclinarse para acariciar su vientre como hace el campesino cuando cosecha su siembra ya amarilla.
Y
exclamo entonces, sin cesar ni uno
de
vivir, sin volver ni uno
a
temblar en la justa que venero: (9)
¡Felicidad
seguida
tardíamente
del Padre,
del
Hijo y de la Madre! (10)
¡Instante
redondo,
familiar,
que ya nadie siente ni ama! (11)
¡De
qué deslumbramiento áfono, tinto,
se
ejecuta el cantar de los cantares!
¡De
qué tronco, el florido carpintero!
¡De
qué perfecta axila, el frágil remo!
¡De qué casco, ambos cascos delanteros! (12)
(9) Y, entonces, frente a todas las evidencias puestas y expuestas, el locutor poético exclama y ratifica todo lo dicho, pues ‘ninguno de los dos (hombre / mujer) cesa de vivir’, y ninguno de los dos tiene ya miedo de encontrarse en esa «justa» (lucha que hace justicia a la vida), y por la que él (a diferencia del locutor poético de los primeros poemas idealistas de Los heraldos negros) siente veneración.
(10) Y su veneración se funda en esa felicidad de vivir que el Padre (el hombre) asume tardíamente, a diferencia del Hijo y de la Madre: que asume la vida, uno, y da la vida, la otra, lo cual les procura esa felicidad de reacción tardía en el hombre; y obsérvese que las mayúsculas de los tres, no hacen referencia a la «trinidad» cristiana o católica, sino por su realidad representativa de la humanidad, y no por ser, descendientes de un mito. Además, no se pierda de vista que el locutor poético está alterando la conformación de esa trinidad cristiana: Padre, Hijo y Espíritu Santo, pues en lugar de este, pone a la Madre.
(11) Y siendo un instante real de la vida en su esplendor («redondo, familiar») ‘¡ya nadie lo siente ni lo ama!’, por haberse enajenado, por haberse extraviado en la ilusión del mito.
(12) Por el contrario, si se observa bien, cabe
preguntarse ¿de dónde surge «el cantar de los cantares» en la Biblia, si no es
de ese encuentro de dos amantes? Un encuentro de dos seres que se deslumbraron
mutuamente, sin necesidad de decirlo, porque su realidad se aprecia como el
vino al verlo «tinto». Es una realidad que no necesita de una demostración,
sino solo de observación; si no, ¿de dónde saca el carpintero la belleza de sus
obras, si no es del tronco de un árbol? o ¿cómo se inventó el remo si no es del
mismo brazo y de su axila que sirvieron de modelo?, ¿y no fue acaso el casco de
un cuadrúpedo que hizo idear al hombre los zapatos que lo hacen seguir adelante?
Referencias bibliográficas
Marx y Engels (1967). La Sagrada Familia.
Grijalbo.
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