La Inducción*
Athanase Joja
ANTERIORMENTE HEMOS
propuesto un nuevo criterio para la distinción entre el razonamiento deductivo
y el inductivo, criterio susceptible de revelarnos la esencia de la deducción y
de la inducción y, en consecuencia, permitirnos el resultado de algunas conclusiones
de orden teórico y práctico.
Como se sabe, la deducción
y la inducción son, habitualmente, caracterizadas por el descenso de lo general
a lo particular y a lo singular, y por el ascenso de lo singular y lo
particular a lo general, respectivamente. Es verdad que esta fórmula ha provocado
críticas justificadas, pero las fórmulas propuestas se han quedado a mitad de
camino, o han incluido errores graves. Así Globot, que ironiza sobre la
definición corriente, contrapone al silogismo la deducción, privando a esta
última de su misma célula, de su punto de partida y de su hipótesis. Es más, él
parece ignorar una importante forma de la deducción: la deducción analítica, al
admitir, únicamente, la sintética. Por otra parte, Globot mismo, aunque repudia
la fórmula del ascenso y del descenso, retorna de hecho a ellas.
Henri Poincaré no concibe
ni la función generalizadora de la deducción, pues estima que tan solo la inducción
puede generalizar. Couturat, en el Vocabulario Lalande, define a la
deducción como “la operación lógica mediante la cual se concluye rigurosamente
de una o más proposiciones tomadas por premisas una proposición que es la
consecuencia necesaria en virtud de las reglas lógicas”.
Esta definición, aparte de
su formulismo, no es característica; No conviene omni et soli definitio.
Es en realidad la definición -defectuosa- del razonamiento en general y
tiene por objeto excluir la inducción de entre las operaciones lógicas.
La definición de la
inducción, en el mismo Vocabulario, se mueve únicamente en el plano de
las “proposiciones” –“de las proposiciones singulares o especiales a las
proposiciones más generales”- omitiendo el hecho esencial del paso del plano
sensorial al conceptual, de los hechos a los conceptos. El contenido idealista
de estas definiciones falsifica la relación real.
J. S. Mill opone “el
raciocinio” o silogismo a la inducción: el raciocinio es el paso de una
generalidad más pequeña o igual, a la distinción por la inducción, que es el
paso a una generalidad mucho mayor. En su Concepción, la deducción es tan sólo
el empleo de las cadenas de razonamiento, no una de las dos formas
fundamentales del razonamiento en general. Mas no es consecuente y retorna
siempre a la distinción habitual, conforme al criterio de generalización (inducción)
o de particularización (deducción).
Sigwart y Wundt consideran
a la deducción y a la inducción como “procedimientos” metodológicos y no como
formas de razonamiento. Este transporte la lógica formal a la metodología
estrecha y naturaliza a la lógica formal. Por ello, los autores mencionados
analizan de modo totalmente insuficiente la naturaleza de estas dos formas de
razonamiento, y no logran separar ni la estructura de cada una, ni la relación
que los vincula.
Por esta causa, aunque
admiten la existencia de dos formas de la deducción -analítica y sintética-
restringen el valor de esta dicotomía; Sigwart, al considerar que sólo la
deducción sintética es generalizadora y fructífera, y Wundt, por la
subestimación (no negación) del papel del silogismo en la deducción, en
especial, en la sintética.
Partiendo de la tesis leninista
de la unidad e interpretación de lo general y de lo particular, hemos
comprobado que la unidad G-S-P (general – singular – particular) constituye el
principio mismo del razonamiento. Este principio único del razonamiento se
manifiesta axiomáticamente en el razonamiento deductivo (dictum de omni et
de nullo) y postulativamente en el razonamiento inductivo (quiqquid de
pluribus dicitur etiam de ómnibus dici potest).
Hemos caracterizado la
deducción por la conceptualidad, necesidad, autarquía y origen en la inducción,
distinguiendo dos formas: la deducción analítica y la sintética. La deducción
analítica tiene tanto una función generalizadora, como una particularizadora;
la deducción sintética, encuentra su aplicación más destacada en el dominio de
las relaciones y es, tanto generalizadora como especializadora.
Tal como hemos definido la
deducción por la conceptualidad, hemos definido la inducción como un proceso de
conceptualización, como un paso del plano sensorial al racional, de los hechos
a los conceptos, de lo singular a lo general.
Si lo singular y lo
particular, si el fenómeno no estuviera cargado de accidentalidad, podríamos
descubrir relativamente fácil lo general, la esencia, la ley en lo singular y
en lo particular. Y se trataría, por cierto, de algo más que de una gran
facilidad, porque la in-ducción (in-ductio), la progresión de lo singular a lo
general, el hecho de conseguir separar la ley que rige los fenómenos,
revestiría, entonces, caracteres de necesidad.
Sin embargo, lo singular y
lo particular manifiestan la esencia, la ley, lo general, con una exuberancia
de atributos, en los cuales es difícil distinguir lo esencial de lo inesencial,
tanto más que lo inesencial es, con frecuencia, más visible y, a veces, desde
ciertos puntos de vista, puede desempeñar un papel esencial.
Un objeto es la unidad negativa
de sus características. Negativa: pues niega su individualidad y su
independencia en unidad e interdependencia. La conexión orgánica de las
características torna difícil distinguir la característica esencial de lo inesencial.
De aquí proviene el carácter postulativo que reviste el principio único del
razonamiento en la inducción. Y la falta de rigor y necesidad lógica propias del
razonamiento inductivo.
La inducción es movimiento
del plano sensible al lógico; la marcha de concepto a concepto es un proceso de
deducción. Este es el criterio conforme al cual distinguimos el razonamiento
deductivo del inductivo. Corresponde a la definición aristotélica: inductio
est a singularibus ad universale progressio.1 “La demostración,
dice el Estagirita, proviene de lo universal y la inducción de lo singular”, y añade:
“Es imposible contemplar los universales, de otra manera que por la inducción”,2
lo que creemos que debe ser interceptado de otro modo: los universales no
pueden ser extraídos, en última instancia, más que de la experiencia
sensible y de la práctica. Y, en verdad, a continuación, Aristóteles precisa
que “es imposible que los que no tienen sensibilidad obtengan conclusiones
mediante la inducción”. Por cierto, que la sensibilidad es la facultad por la
cual percibimos las cosas singulares; no es posible alcanzar la ciencia de las
mismas, pues ni las podemos obtener de los universales sin inducción, ni por la
inducción, sin la “facultad” “de sentir”.3
Lo singular no es objeto de
ciencia; el objeto de la ciencia es únicamente lo general, como tal; los
singular es únicamente objeto del conocimiento sensorial: “Lo singular no puede
sino ser percibido mediante los sentidos, mas la ciencia consiste en el
conocimiento de lo general”.4 En lo que se refiere a lo general (objeto
de la ciencia), “se torna claro (visible) en una pluralidad de singulares.5
Lo singular no es objeto de
ciencia, pero lo universal aparece en una relación dialéctica con él y se
separa de “muchos singulares”, en el fundamento de la citada interpretación y
de la unidad de lo general y de lo particular. Sin embargo, la ciencia comienza
a un tiempo por lo general, luego, mediante la inducción nos elevamos de lo
singular a lo general y, por ella, del conocimiento sensorial al conocimiento
lógico y, principalmente, a su forma superior, la ciencia.
Recordemos que lo universal
auténtico, el que deriva de la misma naturaleza de las cosas es necesario y, en
consecuencia, esencial. Así, por la inducción, partiendo del plano sensible de los
singulares y de los hechos, nos elevamos al plano lógico de lo general y de los
conceptos. La concepción expuesta está en concordancia con las ideas de Aristóteles,
y, lo que es más importante, con la realidad lógica. Además, tantas veces como
pasamos de conceptos (aún subordinados) a otros conceptos (supraordinados)
hacemos una deducción. De tal manera, tenemos un criterio preciso sobre la
distinción entre la inducción y la deducción, al derivar de la naturaleza el
proceso lógico. Lo singular es el fenómeno; la inducción, el ascenso del
fenómeno a la esencia, a la ley. En consecuencia, el camino de lo singular a lo
general constituye la marcha del fenómeno a la esencia: entonces, nos
encontramos con un universal verdadero, es decir, que refleja la esencia. Este
es el sentido primordial, propio y adecuado del término “universal”.
Aún si todos los cisnes
fueran blancos -este no es el caso, pues en Australia hay cisnes- el color
blanco no sería universal propissime et primo et maxime, como afirma Aristóteles
acerca de las sustancias primeras. Luego, el paso de los singular a lo general
no es siempre un paso del fenómeno a la esencia; sin embargo, únicamente ésta
tiene el carácter de un prototipo de la inducción y es, en verdad, evidente.
Pero es igualmente difícil
saber en qué consiste en el fenómeno la expresión y la manifestación de la
esencia. Por ello, en la inducción estamos expuestos a errores y, por otra
parte, en el caso de identificar lo esencial en el fenómeno, no estamos ya en la
inducción, sino en la deducción, pues lo esencial no es de orden sensorial,
sino conceptual.
Lo general se encuentra
apresado en lo singular y en lo particular -ya como lo general esencial,
ya como lo general, propio o accidental. Comenzamos a descubrir
lo general también en la sensación, que nos señala lo singular; “pues aun
cuando lo universal no constituye objeto de la sensación, sin embargo esta
contempla lo universal (literalmente: pertenece a lo universal), por ejemplo,
se refiere al hombre en general, no al hombre Callias”.6 Es decir:
en lo singular percibimos lo general, que está incluido y realizado en él;
conforme a la plástica expresión de Filopon, “lo universal es la comunidad
mediante la cual se comunican todos los particulares”.7 Cuando
percibimos a Sócrates, dice Themistio, percibimos al mismo tiempo que es un
hombre y, cuando vemos una cosa blanca, pensamos también lo blanco.
Tal es el fundamento de la
inducción. Pero si es fácil separar lo particular y lo singular de lo general,
es, en cambio muy difícil desentrañar lo general (sobre todo lo general
esencial, universale directum) de lo particular o de lo singular. En
tanto es fácil pasar de todo (o todos) a algunos o a
uno, no lo es, empero -y teóricamente difícil de justificar- ir de algunos
a todos.8
El problema es todavía más
complicado, cuando lo singular es también contingente. Por ello, Lachelier
escribe: “Concluir de los hechos a la ley significaría concluir no tan solo de
lo particular a lo universal, sino también de lo contingente a lo necesario,
luego, es imposible considerar a la inducción como una operación lógica”.9
Mas, lo contingente abarca lo necesario (lo esencial) y es una posibilidad de
manifestación de la necesidad.
La inducción es una
operación lógica, pero -como decíamos- en mucho menos medida que la
deducción, por causa de su carácter de probabilidad; con todo es una operación
lógica, porque al partir de los hechos, se mueve, en primer término hacia
y, después en el cuadro conceptual, lo mismo que la deducción.
Mientras -en el caso de la
inducción científica- ella parte no de algunos, considerados en
extensión, sino de algunos o más bien de uno determinado como
esencial, o por lo menos, propio, el carácter de probabilidad de la conclusión
desaparece al ser reemplazado por el de certidumbre y necesidad, al igual que
en la deducción: pero, en este caso, la inducción se vuelca en la deducción, se
torna deducción; de acuerdo con nuestra definición, es como una forma de la
deducción: la deducción absorbe la inducción. Cuando hemos separado, con
la ciencia, un carácter esencial ipso facto nos hemos elevado al plano
conceptual.
El propio término medio no
constituye una colección sino una naturaleza universal, una esencia;
luego, la distinción entre la inducción y la deducción desaparece: el dominio
de la inducción se restringe, el de la deducción se amplía.
El particular del cual
partimos, no es un particular cualquiera, un término extensivo, sino un
particular esencial: es decir, necesario y general.
Lo contingente de que habla
Lachelier, no es un contingente more metaphysico, sino more dialectico,
como expresión particular y accidental de lo necesario, que pudo ser distinto.
En suma, nada más erróneo
que creer que Aristóteles no conoció la inducción o que no ha advertido su
naturaleza, la ascensión de los hechos a los conceptos, de lo singular a lo
general: lo general es extraído por el nous de la experiencia de los
singulares. Pero, como en la antigüedad la ciencia experimental casi no existía,
era natural que la inducción extrajera lo general -la forma, la esencia- de las
pocas observaciones empíricas que existían y “se elevase” (evolare), como
afirma Bacon, ad axiomata maxima generalia. Por tal razón, Aristóteles
ha consagrado los Primeros Analíticos al silogismo, la base de la
deducción, y en los Segundos Analíticos se ha ocupado de la ciencia de
la demostración, basada en el silogismo -sin tener en cuenta a la inducción (v.
por ejemplo, el famoso capítulo XIX)-, al cual analiza también en Topicos.
El estado rudimentario de
la ciencia en la antigüedad tornaba posible tan sólo el desarrollo de las
ciencias deductivas (filosofía, geometría, moral, derecho), y también la física
y la mecánica, que, de hecho no se habían desprendido de sus orígenes
filosóficos, se organizaban deductivamente. Más o menos, se emancipaba de esta
tutela la biología, en general, y la medicina, en particular.10
Este es el motivo por el
cual Aristóteles ha construido la lógica de la deducción, sin desarrollar la
inducción, cuya importancia -como biólogo, médico e historiador del derecho
constitucional- no ignora. Bacon sabía perfectamente bien esta cuestión. Él le
censura a Aristóteles y a sus continuadores no haber practicado una inductio
vera, sino una apresurada, ya que “de la sensación y de las cosas
particulares se salta bruscamente a los principios más generales, como a
algunos polos fijos en torno a los cuales se pueden realizar querellas, y que de
estos principios se deducen todos los otros con ayuda de las proposiciones
medias; el método es por cierto expeditivo, pero apresurado, e incapaz de
encaminarnos por las vías de la naturaleza, aunque muy favorable y acorde con
las disputas. Mas, en nuestra opinión, corresponde hacer aparecer los axiomas
insensiblemente, mediante una marcha gradual, de tal forma que no lleguemos
sino al final de un proceso a los principios generales”.11
Bacon ha prestado un
inapreciable servicio al pensamiento científico al protestar con vehemencia
contra el formalismo lógico, contra el empleo del silogismo como obstáculo en
la vía de la experiencia. La escolástica había impedido el desarrollo de las
investigaciones científicas, precisamente, por esta forma de utilizar el
silogismo, que había sido rebajado de su función natural de instrumento del
progreso del pensamiento de lo conocido a lo no conocido, tal como lo había
concebido y elaborado teóricamente Aristóteles.
Aunque en el fuego de la
polémica, Bacon identificó, injustamente, esta forma de empleo del silogismo,
con la forma utilizada por su creador, él representa -en esta época- el
verdadero continuador de la obra del Estagirita. El brillante abogado y
procurador londinense ha defendido espléndidamente, pero con parcialidad, la
causa de la observación, de la experimentación y de la inducción.
Concuerda, no obstante, con
su adversario en un punto importante al concebir la inducción como el paso
del plano sensible al lógico, de los hechos a los conceptos. Mucho más
todavía: afirma el paso de la ley, expresando así la conciencia
científica del tiempo (aun cuando expresa “formas” por ello entiende “leyes”).
Bacon declara
categóricamente que esta inductio vera, única esperanza de la ciencia (spes
una in inductione vera), parte de la sensación y de las cosas particulares
a los axiomas generales. Por su método inductivo él cree que realiza la unión
entre la facultad empírica y la racional (inter empiricam et rationalem
facultatem coniugium).12
La posición de Bacon está
claramente expresada en el aforismo 19 del Novum organum: duae viae sunt, atque
ese possunt ad inquirindam et inveniendam. Altera a sensu et particularibus advolat
ad axiomata maxima generalia… atque haec via in usu est. Altera a sensu et
particularibus excitat axiomata, ascendendo continenter et gradatim… quae vera
via est, sed intemptata.
En consecuencia, no sólo la
inducción no científica pre-Baconiana “se eleva” (ad volat) de la sensación
y lo particular a los axiomas más generales, sino que también la
inducción verdadera extrae de la sensación y los hechos particulares,
los axiomas, los principios, las leyes, ascendiendo sin interrupción y
gradualmente (continenter gradatim).
La unilateralidad de Bacon
radica en que no ve provechoso el movimiento de concepto a concepto, sino casi
exclusivamente de los hechos a los conceptos.13
La inducción formal (aristotélica). Tal como hemos subrayado
el razonamiento se basa en la mediación. Pero ella se manifiesta,
particularmente, en la deducción y en la inducción.
El silogismo es el alma de
la deducción, y el motor del silogismo es el término medio, que revela la causa,
lo general, lo necesario. El medio muestra la naturaleza universal, la esencia,
en virtud de la cual el término mayor se atribuye de modo necesario al sujeto (el
término menor), sobre la base del axioma quidquid de aliquo subiecto
universalitir (essentialiter) dicitur, dicitur de omni quo sub tale subjecto
continentur.
Aristóteles, pretendiendo
mostrar tanto la identidad como la diferencia entre el silogismo e inducción,
ha puesto la inducción en forma silogística.
Este problema ha dado
nacimiento a numerosas discusiones; unos consideran que, para Aristóteles, la
inducción es un silogismo (en darapti), otros, que entre la inducción y
la deducción hay absoluta heterogeneidad. La verdad es que, Aristóteles, por
una parte (Primeros Analíticos, II, 23) declara que “en cierto modo, la
inducción se opone al silogismo” (et quodammodo opponitur inductio
syllogismo), pero en aquel pasaje habla de la “inducción y el silogismo por
la inducción” (inductio quidem et per inductionem syllogismus) y, de
esta manera, construye el silogismo de la tercera figura representando la
inducción completa. Además, en los Segundos Analíticos describe la
inducción no como inducción completa, sino, más bien, como inducción
amplificadora.
En los Primeros Analíticos,
II 23, se declara: Pues toda verdad se obtiene bien a través del silogismo o
por la inducción.
Cuando Aristóteles define
el silogismo, define también, implícitamente al razonamiento deductivo. Basándose
en el texto citado sobre “la inducción o el silogismo inductivo”, algunos creen
que Aristóteles entiende, en extremo, por silogismo al razonamiento en general.
En este caso, “ex inductione syllogismus” significaría, pura y
simplemente, el razonamiento por inducción, lo que, al menos en apariencia,
simplificaría las cosas.
Pero, exactamente a un
nivel más alto, Aristóteles distingue, hasta oponerlos, silogismo e inducción. Es
decir, que no ha empleado aquí la palabra silogismo en sentido de razonamiento,
como se emplea actualmente, sino en un sentido especial, restrictivo, al
considerar que el razonamiento es deductivo, basado en el silogismo, y que, la
inducción es razonamiento, en la medida en que puede revestir las formas del silogismo.
Y me parece que Aristóteles
tiene razón. En verdad que, el razonamiento, etimológicamente, es un cálculo,
una cuenta,14 un cálculo lógico, mediante conceptos y juicios, no
mediante números. Todo cálculo lleva a un resultado. Si de 20 sacamos 4,
resulta 16. Si efectuamos un silogismo en darii:
Todo M es P
Algunos S son M
Luego, algunos S son también P.
o en cesare:
Ningún P es M
Todo S es M
Luego, ningún S es P.
se obtienen algunos
resultados del cálculo lógico, que, en el caso, aparece como una resta, pues de
lo general hemos deducido lo particular. Hemos visto, sin embargo, que en la
deducción se pueden obtener resultados semejantes a una adición o multiplicación.
Así, en la inducción, donde no puede actuar la resta o división. Precisamente, en
la inducción no pueden actuar sino las adiciones y las multiplicaciones:
s + s + s + s + s = U(niversal)
= (LA LEY)
S X 1000 = U(niversal)
Más, debe observarse que el
cálculo deductivo (silogístico, analítico, sintético) es necesario y
riguroso, como corresponde a un cálculo, pero el cálculo inductivo se
caracteriza por probabilidades. Por ello, la inducción completa (formal)
aparece como un cálculo riguroso. Verdaderamente:
El hombre, el caballo, la mula viven mucho tiempo;
Pero, todos los animales sin bilis son el hombre, el
caballo, la mula.
Luego, todos los animales
sin bilis viven mucho.15
La conclusión es rigurosa,
puesto que hemos inventariado todos los animales sin bilis; por ello, esta
forma de la inducción es, por su rigor y necesidad, cercana al silogismo, y Aristóteles
le dio su forma como prototipo de la inducción. Tal es la identidad con el
silogismo, pero el Estagirita señala también la diferencia. Por cierto, como
sabemos, el silogismo está caracterizado por la posición, por la función del
medio. El medio “revela la causa” (lo universal), pues representa la naturaleza
universal, la esencia de los fenómenos. El silogismo inductivo, presentado por Aristóteles,
no tiene, con todo, un medio que exprese la esencia, sino un término medio que
representa una “totalidad”, una “colección”. Hemos mostrado que la relación, en
cierta forma, jerárquica, es esencial -necesaria- universal; más en la
inducción la relación se invierte; razón por la cual, también declara Aristóteles
que la inducción es más clara, más corrientemente vista por nosotros. Lo
universal nos resulta más accesible y formulamos también el axioma del
silogismo en extensión. Pero, el silogismo imita el orden natural, lo refleja;
de ahí su rigor y necesidad, lo que hace de él el tipo del razonamiento.
En la inducción, el medio no
expresa la esencia más que por la enumeración de todos los singulares, es un
universal, en cierta forma, aritmético. No obstante, por esta forma, la
inducción puede ser convertida en silogismo, es decir, racionalizarse. La
inducción completa formal (formal, aristotélica) es la forma que muestra cómo
se desvía la inducción al silogismo.
Mas consideramos falsa la
opinión de Lachelier, de acuerdo con la cual “la inducción no pertenece a la
lógica sino por su forma”.16 Opinión en total discordancia con la
teoría de Aristóteles, quien afirma categóricamente que “conocemos todas las
cosas por el silogismo o por la inducción”,17 y habla del silogismo
inductivo para probar la posibilidad de la formulación silogística (es decir,
lógica por excelencia) de la inducción.
Porque el silogismo nos
parece más lógico que la inducción, resulta de lo expuesto hasta ahora: se
mueve directamente en el plano de los conceptos. La inducción, por el contrario,
se eleva de los hechos a los conceptos: en este sentido, por su punto de
partida, es menos lógica, sin embargo, por su movimiento del plano
sensorial al racional, y mucho más, por su punto de llegada, la ley, constituye
sin reservas un movimiento lógico, no tan solo por la forma, sino por su
contenido, por el reflejo de la esencia. Seguramente que, mientras nos
encontramos en el plano sensorial y contemplamos los singulares, los hechos, no
estamos en el plano lógico y no realizamos una operación lógica; Lachelier ha
visto únicamente este aspecto. Más aún, en la contemplación viva separamos lo
general y, en consecuencia, comenzamos la operación lógica. Con todo, por su
naturaleza, la inducción es menos lógica que la deducción.
Mucho menos fundada es la
opinión de Globot, quien cree que, particularmente por el hecho de su
silogización, la inducción completa (formal) es mucho más verbal que lógica.18
Por otra parte, no es una simple totalidad, pues su conclusión le confiere el
carácter de universalidad y de necesidad de algunas comprobaciones empíricas.
Bacon ha considerado la
inducción per enumerationem simplicem in qua non invenitur instantia
contradictoria, como una cosa pueril.19
Stuart Mill20 no
ha comprendido el sentido del silogismo por inducción, al no advertir que Aristóteles
demuestra también el carácter lógico del proceso inductivo en su extensión
imaginándose que así, realmente, realizaba el Estagirita las inducciones.
De modo equivocado,
interpreta también Sigwart la concepción aristotélica acerca de la inducción,
cuando declara que Bacon se ha levantado con toda razón (mit vollem Rechte)
contra este concepto del silogismo de la inducción.21 Pero Sigwart
le reprocha a Bacon no haberse liberado de la concepción escolástica y que Aristóteles,
a quien combate, le ha enseñado los presupuestos de su método: el concepto y
sus notas tienen una significación inmediatamente real y, así como el concepto
se compone de notas, también la cosa concreta se compone de sus distintos
aspectos.22
Aristóteles no ha pensado
que procedemos habitualmente por el silogismo inductivo, sino que mediante éste
se formula lógicamente el procedimiento inductivo y se lo vincula con el
silogismo. De hecho, el Estagirita sabía muy bien que, salvo en casos sumamente
errados, podemos enumerar todos los miembros de una clase. Y que no tan solo el
hombre, el caballo y la mula, son animales sin bilis; pero, en este silogismo
célebre, se ha ceñido a su enumeración, para ejemplificar cómo se vincula al
silogismo el caso-límite de la inducción.
En los Segundos Analíticos,
II, 19, Aristóteles ha mostrado, por una parte, que los principios de la
ciencia nos son proporcionados por la inducción; más aún, que el mismo concepto
se forma por la percepción y la condensación de la sensación y que es una
necesidad para nosotros conocer los principios por inducción, porque la propia
sensación produce también lo universal.
Sin embargo, en todo este
famoso capítulo, no existe ni la más vaga alusión al hecho de que la inducción
se constituiría por la enumeración de todos los singulares. El completo
espíritu del capítulo predica en favor de la tesis contraria, de una inducción
que de algunos singulares recoge lo universal. La sensación misma separa
lo universal, por ejemplo, del hombre en general, no del hombre Callias.23
Aristóteles está lejos de pensar que, prácticamente, estemos obligados a
utilizar en forma exclusiva la inducción completa: él sostiene que aprendemos
los principios del material de los hechos por un acto intuitivo del nous.24
Esta intuición intelectual
es el acto del nous, al cual algunos traducen (para darle una coloración
idealista) por la intuición, otros por la inteligencia, otros por
intelecto, oponiéndole el término dianoia, pensamiento discursivo
(Verstand).
Otros textos aristotélicos,
distintos de los constantes del Organon, suelen dar razón a Menudo a las tesis
de los intérpretes idealistas de este capítulo final de los Segundos Analíticos;
pero la nota absolutamente dominante aquí es sensualista-materialista, porque
el intelecto (nous) extrae las proposiciones primeras e inmediatas, los
principios, de la experiencia sensorial, como lo prueba todo el contexto
del capítulo 19.
En conclusión, Aristóteles
considera que:
1) La inducción, como
proceso lógico, toma la forma de un silogismo donde el medio-universalidad es
reemplazado por el medio-totalidad aritmética; de este modo él vincula la
inducción con el proceso lógico prototípico del silogismo, afirma la logicidad
de la inducción y las condiciones de esta logicidad (Primeros Analíticos,
II, 23);
2) Por su estructura y
función, la inducción es otra forma del razonamiento, opuesta al silogismo (quodammodo
opponitur syllogismo), que tiene como objeto procurar las proposiciones
generales, que preceden a toda demostración y ciencia extrayéndolas de la
experiencia sensible25 (Segundos Analíticos, II, 15) y constituyen
una progresión de lo sensible a lo lógico (Tópicos, I, 12);
3) Los principios y axiomas
extraídos por el nous de la experiencia sensorial son ciertos y
rigurosos (Segundos Analíticos, II, 15), pero por otra parte, tal
certidumbre va decreciendo en virtud de los principios propios de las distintas
ciencias, y en el conocimiento corriente debe adoptar la forma del silogismo
inductivo, para que sean necesaria;
4) El fundamento de la
inducción puede ser buscado en la crítica que él mismo realiza a la teoría
platónica de las ideas en el capítulo 11 de los Segundos Analíticos (libro
II): la unidad no está fuera y separada por los singulares múltiples,
sino en ellos.26
Hemos insistido en las
discusiones establecidas en torno a la inducción completa, no por interés
histórico, sino porque ella lanza una viva luz sobre la naturaleza de la
inducción.
En resumen, sin embargo, el
capítulo de la inducción no ha sido suficientemente explicitado por Aristóteles
y, en las condiciones de la época, tampoco hubiera sido posible. Aristóteles ha
escrito un órganon del razonamiento deductivo; en lo que se refiere a su teoría
sobre la inducción, aun cuando ha captado exactamente su naturaleza, manifiesta
dudas y tanteos y, en lugar de conceder el primer lugar a inducción incompleta,
se lo ha concedido a la rigurosa, pero raramente empleada inducción completa.
Los límites de la ciencia
antigua explican con exceso esta falta que, para ser subsanada, debe esperar el
desarrollo tempestuoso de la ciencia moderna.
La inducción incompleta (amplificada,
Baconiana). La inducción completa no tiene que justificar el fundamento. En lo que
se refiere a la inducción que desprende el universal de la experiencia sensible,
Aristóteles no ha dado, hablando propiamente, en ninguna parte, una
justificación expresa; su teoría sobre la realización de lo general en lo
singular puede servir como justificación general de la inducción, mas no como
una justificación “técnicamente” elaborada.
La verdad es que la
inducción incompleta (amplificadora) no es susceptible, como el razonamiento
deductivo, de una justificación rigurosa, bajo la forma de un axioma, sino como
hemos precisado, mediante un postulado. Francis Bacon no se preocupó en
demostrar el fundamento de la inducción, sino en mostrar su necesidad y
utilidad.
Mas corresponde a reconocerle
el mérito histórico de haberse rebelado contra la inducción especulativa de los
escolásticos y de la antigüedad, que “se elevaba” vertiginosamente ad axiomata
maxime y generalia, no en base a algunas experiencias científicas
minuciosamente organizadas, que desprenden continenter et gradatim lo
general, la ley, de gran cantidad de fenómenos, sino en base a una especie de
impulso especulativo que confía tan sólo en un pequeño número de observaciones
mucho más empíricas.
“Podremos depositar
confianza en la ciencia, afirma Bacon en el Novum Organum, cuando la
mente suba por una escala verdadera y escalones ininterrumpidos, sin hiatos, de
los hechos a las leyes menos elevadas, luego las leyes medias, y cada vez más y
más, hasta alcanzar, en fin, a las más generales de todas. Ya que las leyes
menos elevadas no se distinguen mucho de la simple experiencia… No hace falta
ponerle alas a la mente del hombre, sino más bien plomo y pesas, para detener
el impulso de su vuelo… Para establecer las leyes más generales, es preciso
buscar otra forma de inducción que la empleada hasta ahora y que no sirva,
únicamente, para el descubrimiento y la constitución de los principios, como se
les llama, sino también para las leyes menos generales, las leyes medias y, en
una palabra, para todas. La inducción que procede por simple enumeración es
cosa de niños, que llega a una conclusión poco sólida, y puede derrumbarse ante
una experiencia contradictoria, o pronunciarse, las más de las veces, acerca de
un número de hechos bastante restringido o tan solo acerca de los que se
presentan a la sola observación… Al establecer las leyes generales por medio de
esta inducción, corresponde investigar si la ley general, que establecemos, no
abarca más que los hechos de los que ha sido extraída y si no excede su medida
o si los sobrepasa y tiene una extensión mayor”.
Bacon se ha esforzado por
crear un órganon de la inducción, indicando la forma en que deben ser
realizadas las experiencias, “los instantes” a los que debe someter el
descubrimiento y verificación de las leyes desprendidas de los hechos,
poniéndonos en guardia contra los “ídolos” que nos alejan de la recta
investigación, y fundar tablas de presencia, ausencia y comparación, especie de
filtros, a través los cuales debe pasar la ley, antes de ser aceptada como tal.
Entre la inducción pre-baconiana
y la baconiana hay, como se advierte, una diferencia cualitativa: está pensada
en el espíritu de la ciencia experimental moderna. La ciencia moderna ha
acumulado materiales inmensos y de ellos ha procurado separar leyes,
procediendo inductivamente: de los hechos a la ley.
La inducción ha probado ser
muy fructífera, pero con frecuencia sus resultados han sido reemplazados por
otras inducciones, previstas ya por Bacon. Ha subrayado la falta de un criterio,
con valor de certidumbre axiomática, en particular por el hecho de haber
pretendido, incansablemente, la aplicación de un conjunto de medidas
preventivas (los instantes privilegiados y las tablas). Para Bacon, pues, en la
base de la inducción se encuentra el doble supuesto de que los hechos están
gobernados por leyes y que, de la investigación de un número suficiente de
hechos es verosímil, también, entresacar la ley.
Con todo, los primeros que
han procurado fundamentar filosóficamente la inducción han sido la escuela
escocesa y los eclécticos franceses (Roger-Collard y Jouffroy). Han afirmado
que la inducción se legítima porque: a) el mundo está regido por leyes estables;
b) el mundo está regido por leyes generales27. Formulada así, la
idea es pletórica, pues, las leyes son generales y constantes, por definición,
y sumamente amplias, ya que no todas ellas poseen igual generalidad y
estabilidad (unas se refieren sólo a un grupo de fenómenos, otras tienen
carácter histórico).28
Tomando en cuenta esta
reserva, la razón de Roger-Collard es justa, pero incompleta, pues no pone en
el fundamento de la legalidad la relación objetiva entre lo general, lo particular,
lo singular, en el mismo aspecto de las relación esencial, necesaria,
general. En un mundo donde no existiera la unidad de lo general y de lo
particular, en un mundo compuesto únicamente de puros singulares heterogéneos,
no podría existir ninguna clase de ley y, en suma, ninguna suerte de
razonamiento inductivo y, mucho menos, deductivo, es decir, ninguna previsión
científica. Un mundo tal no constituiría ni un cosmos, ni un universo, o sea un
orden y una totalidad organizada.
Sin la relación G-S-P no
podría existir el condicionamiento recíproco y la correlatividad de los
fenómenos, que según la expresión de Engels, es “la verdadera causa final de
las cosas. No podemos ir más allá del conocimiento de esta interacción,
precisamente, porque más allá no tenemos qué conocer”29. Sin embargo,
el mismo condicionamiento recíproco y la correlatividad de los fenómenos están
en la relación G-S-P = E-N-G.
“Solo partiendo esta
interacción universal llegamos a la verdadera relación de causalidad. Para
explicar los fenómenos aislados, debemos arrancarlos de su ligazón general y
examinarlos aisladamente, pues procediendo así los movimientos alternativos se
nos aparecen, unos como la causa, otros como efecto”30. Y Engels añade:
“Para quien niega la causalidad, toda ley de la naturaleza es simplemente una
hipótesis, inclusive el análisis químico de los cuerpos celestes, con la ayuda
del espectroscopio. ¡Qué superficialidad de pensamiento quedarse detenido ahí!”.31
Y Lenin nos afirma: “La
causalidad, tal como la entendemos corrientemente, es sólo una pequeña
partícula de las relaciones universales, pero… no… una partícula de las
relaciones subjetivas, sino de las relaciones objetivas reales”.32
En consecuencia, la
relación G-S-P (E-N-G) es el núcleo mismo de la conexión universal, que es la
causa final de las cosas en cuyo cuadro se destaca la causalidad, la legalidad,
el determinismo.
John Stuart Mill define la
inducción como una “generalización de la experiencia” y que consiste en “inferir
de algunos casos particulares, en los cuales un fenómeno es observado, el que
se volverá a encontrar en todos los casos de cierta clase, es decir, en todos
los casos que se parecen a los primeros en lo que tienen de esencial”33.
Subraya que, para saber, “por qué medios las circunstancias esenciales pueden
ser distintas de las que no son (esenciales), y por qué algunas circunstancias son
esenciales y otras no”34, debemos explicar el fundamento propio de
la inducción.
Corresponde en primer lugar,
dice Mill, observar que existe un principio implicado también en el enunciado
mismo de la inducción, un postulado relativo al curso de la naturaleza y al
orden del universo, es decir: que existen en la naturaleza casos paralelos; que
lo que sucede una vez sucederá tantas veces como se presenten de nuevo las
mismas circunstancias. Este, afirma, es un postulado implicado en cada
inducción. Y, si consultamos el curso actual de la naturaleza, encontraremos en
él la garantía de este hecho.
El universo, tal como lo conocemos,
está constituido de modo que lo que es verdad en un caso cualquiera, es verdad,
igualmente en todos los casos de una cierta naturaleza. La única dificultad es
saber cuál es esta naturaleza. Este hecho universal, que es la garantía de
todas las conclusiones extraídas de la experiencia, ha sido descripto por los
filósofos en términos diferentes; unos afirman que el curso de la naturaleza es
uniforme; otros, que el universo está regido por leyes generales y otras
expresiones semejantes.
La proposición: “El curso
de la naturaleza es uniforme es el principio fundamental, el axioma general de
la inducción”. Pero, destaca Mill, “sería grave error dar esta vasta
generalización como una explicación del procedimiento inductivo”. Por el
contrario, sostiene que ella misma es el resultado de una inducción.
La teoría de Mill
constituye una declinación de la teoría materialista baconiana de la inducción,
a la cual quiere integrar y sistematizar. La teoría de Mill denota la
influencia de David Hume, quien pensaba que nuestras ideas se unen entre sí,
conforme a las leyes de la asociación que, para la vida psíquica son tanto como
la gravitación para el mundo material. Según su opinión, las leyes de la
asociación determinan la relación de causalidad, que no es innata en nuestra
mente, sino efecto de la costumbre, un hábito subjetivo, al que objetivamos,
transportándolo en forma arbitraria al mundo objetivo y decretándolo, con
nuestro poder, ley de las cosas.
La experiencia, cree Hume,
nos muestra únicamente la relación de sucesión entre dos fenómenos, y no el
vínculo necesario de la relación de causalidad. En suma, para Hume, el
principio de causalidad no reside en la realidad objetiva, como ley, de donde
lo extraemos como principio. El principio de causalidad es tan solo un
principio subjetivo, sin correspondiente determinante en la realidad objetiva. Nosotros
esperamos siempre que de los mismos antecedentes deriven las mismas
consecuencias, pero esto no porque la naturaleza imprima en nosotros una
relación propia, sino porque las leyes de la asociación nos han habituado a
ello. Al igual que el principio de causalidad, el mismo objeto está reducido a
un conjunto de sensaciones ligadas y ordenadas entre sí por asociación de ideas.
No en vano ha confesado kant que la lectura de Hume lo había despertado del
sueño dogmático; este despertar ha significado, sin embargo, la adhesión al
idealismo subjetivo y al agnosticismo. Lenin muestra cuál es la idea
fundamental común, “tanto en Hume, como en Kant”: la negación de las
leyes objetivas de la naturaleza y la deducción de tales o cuales “condiciones de
la experiencia”, de tales y cuales principios, postulados, premisas, del sujeto,
de la conciencia del hombre y no de la naturaleza”.35
“La filosofía, que
investiga más profundamente, escribía Hume, observa de pronto que aun en los
acontecimientos más familiares, la energía de la causa es tan poco inteligible,
como en los más inusitados, y que sólo por la experiencia conocemos la unión (conjunction)
frecuente de los objetos, sin encontrarnos nunca en condiciones de comprobar lo
que sería su conexión (conection)”.36
Desde las posiciones del
idealismo subjetivo y del agnosticismo, Hume ha negado con tanta decisión la
causalidad y la conexión de los objetos, que también hoy los teóricos
subjetivistas se colocan bajo su autoridad en el problema del fundamento de la
inducción. De esta manera, en Hume se origina la llamada “teoría de la
probabilidad según la frecuencia”, de acuerdo con la cual no se le puede
acordar ninguna “credibilidad” racional a la inducción, sino tan sólo “credibilidad”
en sentido literal, la aptitud de ser creída, resultado de la “costumbre de
trabajar sobre la imaginación”, según Hume, o lo que Santayana denomina “fe
animal”37. Un libro de Santayana se intitula “Escepticismo y fe
animal” (“Scepticism and Animal Faith”, New York, 1923).
Algunos positivistas
lógicos buscan el fundamento de la inducción, en su éxito, mas este argumento,
comprueba Donald Cary Williams, es “escandalosamente circular”, pues motiva la
inducción mediante la inducción.
“Más graciosa, dice D. C. Williams,
pero no más útil es la doctrina pragmatista extrema, según la cual la
investigación realiza sus propias predicciones creando sus objetos, esculpiendo
los hechos en la hyle (materia) bruta de la experiencia, “inventando”
entidades científicas y construyendo modelos del mundo. Aun el pragmatista más
inveterado debe confesar que existe un sólido residuo de hechos que corresponde
precisar, sin poderlos crear y, que este residuo es, precisamente, el punto de
apoyo que habrá de sostener la palanca de las predicciones”.38
Esta teoría, aunque se
presenta como justificando la inducción, la arruina completamente,
arrebatándole todo carácter lógico al trasponerla a un plano subjetivo y al
poner en duda toda su correspondencia con el mundo exterior.
La doctrina de Stuart Mill
ha abierto el camino a las teorías que privan a la inducción de su fundamento
lógico y de la eficiencia en la investigación científica; su autor está
profundamente influido por el agnosticismo de Hume y por el positivismo de su
contemporáneo Augusto Comte, con el cual mantuvo correspondencia activa.
La orientación agnóstica y
nominalista de Mill se advierte en el hecho de que, en la base de la inducción
y el razonamiento en general, pone la inferencia de lo particular a lo
particular. Por una cadena semejante de “inferencias” se constituyen las
denominadas “uniformidades” en la trama de los fenómenos, generalmente llamados
leyes.
La argumentación de Mill es
un círculo lógico; la inferencia de lo particular a lo particular presupone,
conforme a Mill, la garantía de una inducción más general (la afirmación del
principio de causalidad) y es la resultante de un mayor número de inducciones
de lo particular a lo particular.
Si, en verdad, razonamos
únicamente lo particular a lo particular, ¿cómo es posible y, cómo se explica
la inducción que es, en esencia el paso de algunos a todos? ¿Cómo se
puede pasar de algunos a todos, si de hecho pensamos únicamente de uno
a otro? De este modo podría ser fundamental únicamente la inducción formal (completa
aristotélica), pero no la incompleta (amplificadora, baconiana).
El nominalismo y el
agnosticismo de Mill -agravado en extremo por los neo-nominalistas
contemporáneos- torna imposible el fundamento de la inducción. Por supuesto que,
ni la explicación de Lachelier en su célebre tesis “Sobre el fundamento de la
inducción” es oportuna. Lachelier censura a Mill el haber dado una demostración
empírica del principio de la inducción, y encuentra en la demostración de Mill
una evidente petición de principio. Si la demostración de Mill, dice, no es ni
círculo, ni petición de principio, entonces se reduce a dos suposiciones
arbitrarias, entre las cuales la segunda es, ante todo, contradictoria39.
Al criticar el empirismo
agnóstico de Mill, Lachelier busca la solución en el plano del subjetivismo
kantiano. “Debemos buscar ahora, escribe Lachelier, el fundamento de la
inducción en el pensamiento (el subrayado es nuestro) y en su relación
con los fenómenos”40. La posibilidad de la inducción se basa, según
él, en el doble principio de las causas eficientes y de las causas finales41.
“Las verdaderas razones de
las cosas son los objetivos, que constituyen bajo el nombre de formas,
las cosas mismas; la materia y las causas no son más que hipótesis necesarias o,
más bien símbolos indispensables, mediante los cuales, proyectamos en el tiempo
y en el espacio lo que es en sí, superior a lo uno y lo otro42.
Sobre esta base idealista,
la tentativa para fundamentar la inducción se ha malogrado una vez más. La
tesis de Lachelier, célebre y celebrada, debe su fama y aprecio, precisamente,
a su carácter idealista, que sirve a los intereses de la burguesía y presta
argumentos a la gnoseología burguesa.
El fundamento de la
inducción en las causas finales, caídas en el más profundo descrédito
científico, pero a la que algunos quieren revivir, prueba el contenido retrógrado
de la teoría de Jules Lachelier.
_________
(*) Athanase Joja, La
lógica dialéctica y las ciencias, apartado VI. Sobre la naturaleza de la
deducción y de la inducción: La inducción. Juarez editor S. A., Buenos
Aires, 1969.
(1) Aristóteles, Topica,
I, 12.
(2) Aristóteles, Anal.
Post., I, 18.
(3) Aristóteles, obra
citada, I, 18; I, 31.
(4) Ibídem, I, 5.
(5) Trendelenburg, Elementa,
p. 132.
(6) Aristóteles, Anal.
Post., II, 15 y 19.
(7) Aristóteles, Organon,
IV, p. 246 (nota). Traducción Tricot. Librairie philosophique Vrin, París,
1938.
(8) Aristóteles, Anal. Priora,
II, 20, 3, nos previene de creer, sin embargo, que la aplicación de lo general
a lo particular se realiza tan simplemente. Se trata aquí, de una relativa
facilidad.
(9) J. Lachelier, Du
fondement de l’induction, Ed. Alcan, París, 1907, p. 6.
(10) A. Rey, La maturité
de la penseé scientifique en Grèce, L’évolution de l’humanité, París, 1939,
p. 24. “El espíritu médico, tal como aparece en este final del siglo V y a
principios del siglo IV, al mismo tiempo que las doctrinas de Demócrito y de
Platón, completamente racionales y apriorísticas, es una protesta de la
experiencia contra lo inteligible puro, de la práctica eficaz contra la teoría
contemplativa, de la acción contra el conocimiento desinteresado.” Cfr. Th.
Gomperz, Les penseurs de la Grèce, trad. Raymond Payot, París, 1928, t.
I, p. 348: “Lo que constituye una gran honra para ella (la escuela de Cos), es
más bien el haber entendido que las premisas indispensables para el uso del
método deductivo no habían sido todavía descubiertas, no habían sido aún
presentadas y en lugar de inducciones sólidas, las únicas mediante las cuales
pudieran ser establecidas, no existían más que conceptos fantásticos”. Cfr.
Prof. Anton Dobrovici, Orígenes de la biología, Hipócrates, Bucarest,
1939, p. 22: “Hipócrates predica exclusivamente la investigación del hecho y se
levanta contra la hipótesis. Nadie, afirma él (Hipócrates), está autorizado a
asentar la medicina en una hipótesis, no importa cuál, pues la medicina tiene
hechos positivos de los cuales corresponde partir, prefiriéndolos a cualquier
presuposición”.
(11) F. Bacon, Oeuvres,
Novum Organum, t. I, p. 47, afor. 14: “El silogismo se compone de
proposiciones de términos que no tienen otro valor que el de las nociones. Por
ello, si las nociones (lo que es fundamental) son confusas y debidas a una
abstracción apresurada, nada sólido se construye en ellas; luego, no confiamos
más que en una justa inducción”. Add. afor. 14: “La lógica actual es más propia
para consolidar y perpetuar los errores cuyos fundamentos son las nociones
vulgares, que para descubrir la verdad; por ello, es mucho más peligrosa que
útil”. Afor. 15: “El silogismo no se arroga los principios de la ciencia; se
arroga vanamente las leyes intermediarias, porque es incapaz de abarcar la
naturaleza en su sutilidad; liga el espíritu, mas no la mente”.
(12) F. Bacon, Oeuvres,
I, p. 31.
(13) Para Lachelier, la
inducción es “la operación mediante la cual pasamos del conocimiento de los
hechos al de las leyes que los guían”. Le fondement de l’induction, p.
3.
(14) Silogismo ha
significado, inicialmente, cálculo, cuenta, más bien a cuenta de un pago, v. Diodori
Siculi Bibliothecae historicae quae supersunt, XVII, XCIV, vol. II, París,
Ed. Didot, 1854; ver también Jenofonte, Ciropedia, I, IV, 3, Didot,
1838. Trendelenburg, Elementa logices aristotelae, p. 88: silogizar
significa unir por el cálculo o el raciocinio… Aristóteles ha reducido ese
sentido más amplio de la palabra silogismo (empleado por Platón) a la forma de
conclusión en la que las tres nociones se subordinan la una a la otra de modo
que por interposición del término medio ellas pueden ser reunidas en un solo
enunciado, como en nuestro ejemplo: oro y dúctil son reunidos por
el proceso de razonamiento. Así el primer sentido (vis) no ha
desaparecido sino que se ha restringido (contracta est). Mas la
autoridad de Aristóteles ha motivado que esta acepción de la palabra silogismo
delimitada por sus términos se haya introducido en la lengua latina. Sin
embargo, se hallan en el mismo Aristóteles restos (vestigia) del antiguo
sentido, cuya extensión es más amplia, como silogismo por inducción (Anal.
Priora, II, 23). Empero, los latinos llamaban al silogismo, ratiocinatio;
por ejemplo, Cicerón, De inv., I, 33; Quintiliano, V, 10, VII-8.
(15) El silogismo, según Anal.
Priora, II, 23, se desarrolla así: “En consecuencia, la inducción o el
silogismo inductivo consiste en concluir, apoyándose sobre uno de los extremos,
que el otro es atribuido al medio. Por ejemplo: sea B el término medio entre A y
C, se probará por C que A pertenece a B; es así, en efecto, que realizamos
nuestras inducciones. Admitamos que A significa el hecho de vivir largo tiempo,
B el hecho de ser desprovisto de hiel, y C los individuos de larga vida, sea el
hombre, el caballo o la mula. A pertenece entonces a la totalidad de C, pues
todo animal sin hiel vive largo tiempo. Pero B (el hecho de estar desprovisto
de hiel) también pertenece a todo C. Si, pues, C se convierte en B, y el
término medio no tiene más extensión que C, necesariamente A pertenece a B. Se
ha demostrado, en efecto, más arriba que si dos atributos pertenecen a un mismo
sujeto y el extremo se convierte en uno de los dos, el otro predicado
pertenecerá al predicado convertido. Pero es indispensable concebir a C como
compuesto de todos los seres particulares, porque la inducción procede por la
enumeración de todos ellos. Ese género de silogismo sirve para procurar la
premisa primera e inmediata; pues en el caso en que haya un término medio el
silogismo procede por el término medio, y en el caso en que no lo haya, por
inducción. Y de cierta manera, la inducción se opone al silogismo: esto prueba,
a través del término medio, que el extremo mayor pertenece al tercer término; aquél
prueba, por el tercer término (la menor), que el extremo mayor pertenece al
medio. En el orden natural, el silogismo que procede por el medio es, en
consecuencia, anterior y más conocido, pero para nosotros, el silogismo
inductivo es más claro”. Lachelier (Le Fondament de l’induction, p. 9) comenta
así el silogismo inductivo referente a los animales sin hiel: Ese silogismo es
irreprochable y no difiere, en cuanto a la forma, de los silogismos habituales
de la primera figura; pero difiere en cuanto a la materia, en que el término
medio, en lugar de ser un término general es una colección de términos
particulares. Esta diferencia es la que expresa el carácter esencial de la
conclusión inductiva, porque esta conclusión consiste, en oposición a la
conclusión deductiva, en extraer de la conclusión completa de los casos
particulares una regla general, que no es otra cosa que su propio resumen.
(16) J. Lachelier, Etudes
sur le silogisme, p. 37.
(17) Aristóteles, Anal.
Priora, II, 23.
(18) E. Globot, Traité
de logique, p. 288: “Ella presenta una estrecha relación con el silogismo
categórico de las dos primeras figuras, donde constituye la premisa mayor. Lo
que se sabe de cada cosa se puede afirmar de todas, y lo que se sabe de todas
se puede afirmar de cada una. Estas dos operaciones, mucho más verbales que
lógicas, sirven para transformar, conforme a la necesidad y conveniencia, la
expresión de un conocimiento ya establecido”.
(19) Bacon, Novum
Organum, afor. 105.
(20) J. Stuart Mill, Système
de logique déductive et inductive, I, p. 352: La inducción de los antiguos
ha sido muy bien expuesta por Bacon bajo el nombre de inductio per
enumerationem simplicem, ubi non reperitur instantia contradictoria.
Consiste en darle el carácter de verdades generales a todas las “proposiciones
que son verdaderas en todos los casos conocidos”.
(21) Ch. Sigwart, Logik,
II, p. 425.
(22) Ch. Sigwart, Logik,
p. 426.
(23) Aristóteles, Anal.
Post., II, 19.
(24) Ibídem.
(25) Bien resumido en L.
Robin, La penèe, L’évolution de l’humanité, París, 1933, pp. 306-307.
“Mas, aunque son abstractos y lógicos y, sin ninguna relación fácil de obtener
por la experiencia, estos principios indemostrados no pueden ser suficientes
para la demostración: ésta solicitará a la experiencia misma otros datos
inmediatos (directos). Los reúne la inducción, extrayendo lo universal de lo
particular. En efecto, no existe la ciencia de lo singular; el objeto de la
sensación, de donde parte la inducción es singular. En la sensación, sin
embargo, como hemos visto, está implicado lo universal. La inducción es, pues,
para las demostraciones de la ciencia una fuente de sus premisas universales.
Acaso también la fuente última, si, como afirma Aristóteles, la desaparición de
un orden de sensación, con las inducciones correspondientes, debe tener como
efecto la desaparición de una ciencia… Por otra parte, es inexacto que la
inducción aristotélica pretende, como se asegura constantemente, según el mismo
Aristóteles, la reunión total de los casos singulares que constituyen la
extensión de una clase. Es más bien una condensación de la experiencia, análoga
a la que se cumple maquinalmente cuando muchas más sensaciones se agrupan en
torno a una de ellas, que es la más intensa, preparando así la formación de una
noción. Mas es una condensación pensada y sabia que anuncia explícitamente, al
mismo tiempo, también las observaciones que han servido para formarlo y las
características de hecho, que verificadas en los casos observados, pueden ser
presupuestos, por tal razón, como inherentes a la clase entera”.
(26) Aristóteles, Anal.
Priora, I, II: “Así la demostración no implica la existencia de las formas
ni de lo uno junto a lo múltiple, pero sí implica necesariamente la posibilidad
de predicar en verdad la unidad de lo múltiple”.
(27) Royer-Collard ap.
Gratry, Logique, P. Téqui, París, t. II, p. 32: “El principio de la
inducción se basa en dos juicios: el Universo está gobernado por leyes
estables, la primera de ellas; el Universo está gobernado por leyes generales,
la segunda. Del primer juicio se saca que, conocidas en un solo punto de la
duración, las leyes de la naturaleza son conocidas en todos los puntos; del
segundo juicio: conocidas en un solo caso, estas leyes son conocidas en todos
los casos perfectamente parecidos. De esta manera, la inducción nos da de
pronto el futuro y la analogía. Su carácter propio es el de concluir de lo
particular a lo general y, por ello, diametralmente opuesta a la deducción o razonamiento
puro, que concluye siempre de lo general a lo particular. La inducción hace que
existan, de algún modo, dos razones humanas, cada una con sus principios,
reglas y lógica. La lógica del razonamiento puro y de la geometría, según la
cual toda proposición cierta se origina por una cadena ininterrumpida, es un
principio evidente en sí mismo. La regla del razonamiento inductivo ha sido
creada por Bacon en el Novum Organum; las cuatro reglas de Newton, “regulas
philosophandi, son sus principios más generales. Es mucho más difícil y más
útil que la otra, pues al ser la filosofía natural y la filosofía humana,
ciencias de la inducción pura, la lógica de la inducción es el instrumento de
todos los descubrimientos que se pueden realizar en ellas”.
A. Gratry mismo escribe (Logique,
II, pp. 33-34): “Estos dos razonamientos sobre los que habla Royer-Collard, son
los dos procedimientos de la razón y constituyen las dos lógicas que se pueden
denominar: lógica de la deducción, que va de lo mismo a lo mismo; y la lógica
de la invención, que pasa, en verdad, de lo conocido a lo desconocido”.
(28) F. Engels, Dialéctica
de la Naturaleza, p. 232 (ed. cast.): “Las leyes eternas de la
naturaleza se transforman también ellas, cada vez más, en leyes
históricas”.
(29) Ibídem, p. 197.
(30) F. Engels, obra
citada, p. 197.
(31) Ibídem.
(32) V. I. Lenin, Cuadernos
Filosóficos, p. 154 (ed. cast.)
(33) J. St. Mill, Système
de logique déductive et inductive, I, p. 346.
(34) Ibídem, pp. 346-347.
(35) V. I. Lenin, Materialismo
y Empiriocriticismo, pp. 176-177 (ed. cast.).
(36) D. Hume, Investigación
sobre el entendimiento humano, p. 63 (trad. rumana de S. Câteanu,
Bucarest).
(37) La philosophie
américaine, vol. colectivo, dirigido por M. Farber, París, 1950, p. 203.
(38) Ibídem, p. 204.
(39) J. Lachelier, Du
fondement de l’induction, p. 21.
(40) J. Lachelier, obra
citada, p. 37.
(41) Ibídem, p. 12.
(42) Ibídem, p. 85.
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