Stalin.
Historia y Crítica de una Leyenda Negra
(27)
Domenico
Losurdo
LA ANDADURA COMPLEJA Y CONTRADICTORIA DE LA ERA DE STALIN
Del nuevo impulso de la «democracia soviética» a la «noche de San
Bartolomé»
Es necesario en todo caso afirmar -como reconoce contradictoriamente uno de los autores del
Libro
negro del comunismo-la
necesidad de
la «inserción de
la
violencia
política bolchevique antes y estaliniana después, en
la "larga duración" de
la historia rusa»: es
necesario no perder de vista «la "matriz" generadora del estalinismo que supuso el período de la Primera guerra mundial, de las revoluciones de 1917 y de las guerras civiles tomado en su conjunto». Y por lo tanto, gestado cuando nadie puede
prever la llegada de Stalin al poder, y antes aún de la revolución
de
los bolcheviques, el "estalinismo" no es el resultado en primer lugar
ni de la sed de poder de un individuo ni de una ideología, sino más bien
del
estado de excepción
permanente que
invade
Rusia
a partir de
1914. Como hemos visto, ya desde comienzos
del siglo diecinueve a
ciertas personalidades diversas
no se les escapan los signos premonitorios de la inaudita tempestad que se cierne
sobre el país
colocado entre Europa
y Asia, y ésta comienza
a manifestarse en toda
su
violencia
con
el estallido de la Primera guerra mundial.
Es
desde aquí, desde la amplísima escala del Segundo período de desórdenes, donde hay que
tomar impulso. No por
caso
se trata de un
fenómeno de andadura todo menos unilineal: lo veremos atenuarse en los momentos de relativa normalización y manifestarse en toda su dureza cuando el estado de excepción alcanza su cénit.
Comencemos planteándonos una pregunta preliminar: ¿a partir de qué momento se puede hablar
respecto de
la Rusia
soviética de
dictadura personal y solitaria? Historiadores respetables parecen estar de acuerdo en un punto esencial: «A comienzos de los años treinta Stalin no era todavía un autócrata. No se veía exonerado de tener que enfrentarse a la crítica, a la disensión y la
propia
y auténtica oposición
dentro del partido comunista». No se ha producido todavía la
llegada al
poder en
solitario de
un líder
coronado por el
culto a la
personalidad: persiste la tradición leniniana de «dictadura de
partido» y de
poder oligárquico325. Los historiadores aquí citados utilizan indiferentemente las dos categorías; de todas
formas la segunda
se
atiene mal a un régimen
que estimula una
fortísima promoción social de las clases subalternas y que abre la vida política y cultural del país a estratos sociales y grupos
étnicos hasta aquél momento totalmente marginados. Parece claro
que, a partir en todo caso de 1937 y del desencadenamiento del Gran terror, la dictadura de partido cede su puesto a la autocracia.
¿Debemos entonces distinguir dos fases dentro del "estalinismo"? Pese a
tener el mérito de poner
en
duda la habitual visión
"monolítica", esta periodización no constituye un auténtico paso adelante en la comprensión de aquellos años: quedarían por explicar todavía
el paso de la primera a la segunda
fase y la forma concreta de ambas.
Para ser conscientes del problema, veamos
lo
que ocurre a mediados de los años veinte, en un momento en el que, superada la crisis aguda representada por la intervención extranjera y la guerra civil, la NEP ha conseguido ya
resultados significativos: no
solamente no
hay autocracia, sino que pese
a continuar la dictadura del partido comunista, la gestión del poder tiende de algún
modo
a hacerse más
"liberal". Bujarin parece permitirse llegar a reivindicar una
suerte de rule
of
law, imperio de la ley. «El campesino debe
tener frente a sí el orden soviético, el derecho soviético, la ley soviética y no el arbitrio soviético, moderado por una "oficina de
reclamaciones" cuya ubicación es desconocida». Son necesarias «claras
normativas legales», vinculantes también para los comunistas. El Estado se debe
implicar en el «pacífico trabajo organizativo», y el partido, en su relación con
las masas, debe «adoptar la persuasión y solamente la persuasión». Ya no tiene sentido
el terror: «éste pertenece ya al pasado»326. Se trata de dejar espacio
a la «iniciativa de las masas»: en tal contexto es necesario contemplar
favorablemente el florecimiento de «asociaciones populares» y «organizaciones
voluntarias»327.
No estamos
frente a opiniones meramente personales. Estos son los años del «duunvirato»328:
Bujarin gestiona el poder junto a Stalin, que en 1925 pide repetidas veces la «liquidación
de los vestigios del comunismo de guerra en el campo» y condena la «desviación»
que denuncia una imaginaria «restauración del capitalismo» llegando así «a
reavivar la lucha de clases en el campo» y «la guerra civil en nuestro país»329.
Es necesario darse cuenta sin embargo de que «estamos en la fase de la
edificación económica»329.
El
desplazamiento del acento, de la lucha de clases a la edificación económica comporta
consecuencias relevantes también en el plano político: la primera tarea de los estudiantes
comunistas es la de «enseñorearse de la ciencia»331. Sólo así pueden
aspirar a desarrollar un papel dirigente: cuenta «la competencia»; «ahora se exige
que la dirección sea concreta, práctica». Y por tanto: «Para dirigir
verdaderamente es necesario conocer el propio trabajo, es necesario estudiarlo concienzudamente,
pacientemente, con perseverancia»332. La centralidad de la
edificación económica y por lo tanto de la competencia hace menos rígido el
monopolio del partido: «es indispensable que el comunista se comporte hacia el sin-partido
de igual a igual», aún más por el hecho de que «el control de los miembros del partido»
por obra de los «sin partido» puede producir resultados bastante positivos333.
En
conjunto, se impone para Stalin un cambio político radical: «hoy ya no es
posible dirigir con métodos militares»; «ahora no necesitamos la máxima presión,
sino la máxima ductilidad, tanto en la política como en la organización, tanto
en la dirección política como organizativa»; es necesario dedicarse a captar, y
de manera receptiva, «las aspiraciones y necesidades de los obreros y de los
campesinos». También en lo que respecta a los campesinos, que a menudo se
muestran más atrasados que los obreros, la tarea de los comunistas y de los cuadros
es la de «aprender a convencerlos sin ahorrar para esta tarea tiempo ni
esfuerzo»334.
No
se trata solamente de asimilar una pedagogía política más sofisticada. Es
necesario acabar con elecciones puramente formales y teledirigidas, con una mala
costumbre que conlleva «la falta de control, el abuso de poder, el arbitrio de
los administradores». Se requiere un giro radical: «la vieja práctica electoral
era un remanente del comunismo de guerra, que debía ser liquidada como práctica
nociva y podrida de arriba a abajo»335. Se trata ahora «de reactivar
los Soviets, de transformar los Soviets en auténticos órganos electivos, de
instaurar en el campo los principios de la democracia soviética»336.
Ya
antes de Octubre los Soviets habían comenzado a transformarse en «estructuras
burocráticas», y viendo menguar «la frecuencia y consistencia de las asambleas»337;
pero ahora, devueltos a su función originaria, los Soviets están llamados a
asegurar «la participación de los trabajadores en el trabajo cotidiano de administración
del Estado»338. ¿De qué manera ocurre ésto?
Ocurre
a través de organizaciones surgidas a iniciativa de las masas, a través de
comisiones y comités de todo tipo, conferencias y asambleas de delegados que se
forman alrededor de los Soviets, a través de los organismos económicos, los comités
de fábrica y de oficina, las instituciones culturales, las organizaciones del
partido, las organizaciones de la Unión de la Juventud, las cooperativas de
todo tipo, etc. etc. Nuestros compañeros quizás no se dan cuenta del hecho de que
alrededor de nuestras organizaciones de base del partido, soviéticas,
culturales sindicales, educativas, de la Unión de la Juventud comunista, del ejército,
de las secciones femeninas, y de todo tipo, se agitaba un auténtico hormiguero
de organizaciones, comisiones, conferencias surgidas espontáneamente, que abarcan
a masas de millones de obreros y campesinos sin partido, un hormiguero que crea
con su trabajo cotidiano, imperceptible, meticuloso y silencioso la base y la
vida de los Soviets, la fuente de la fuerza del Estado sovíétíco339.
Por
todas estas razones es erróneo «identificar el partido con el Estado»: es más, proceder
así «significa desnaturalizar el pensamiento de Lenin». Por otra parte, una vez
consolidada la posición del nuevo Estado en el plano interno e internacional, es
necesario «extender la Constitución a toda la población, incluida la burguesía»340.
En
este momento, retomando algunas expresiones utilizadas por Marx en el momento
de la celebración de la Comuna de París, Stalin mira con interés el ideal del
sometimiento e incluso extinción del aparato estatal. La reactivación de los
Soviets y de la participación política quiere ser un paso en tal dirección. Se
trata «de transformar nuestro aparato estatal, de vincularlo a las masas populares,
hacerlo sano y honesto, simple y barato»341; deben además impulsarse
las asociaciones que surgen de la sociedad civil: éstas «conectan los Soviets con
los "estratos inferiores" más profundos, funden el aparato estatal con
masas de millones de hombres y suprimen gradualmente todo aquello que puede
parecer una barrera entre el aparato estatal y la población»342. En conclusión:
«La dictadura del proletariado no es un fin en sí mismo: la dictadura es un
medio, es la vía que lleva al socialismo. ¿Y qué es el socialismo? El
socialismo es el paso de la sociedad en la que exista la dictadura del
proletariado a la sociedad sin Estado»343. Desde luego no el final, sino
más bien una perceptible disminución de la «dictadura del proletariado» y del
partido parece estar a la orden del día.
A
esta línea de apertura común a Bujarin y Stalin, pero descrita por los seguidores
de Zinoviev como «bolchevismo del campesino medio»344, le sigue la
crisis que desemboca en la liquidación de la NEP, en la colectivización forzada
de la agricultura y en la industrialización a marchas forzadas, con la
consiguiente radical expansión del universo concentracionario. Lo que determina
el cambio no es, como se dice a menudo, el furor ideológico del grupo dirigente,
es decir, la manía de liquidar toda forma de propiedad privada y de mercado. Mientras
tanto, no debe menospreciarse la presión proveniente de abajo; en sectores nada
despreciables de la sociedad continúa actuando la nostalgia por el igualitarismo
previo a la introducción de la NEP. Además entra en juego otro elemento.
Casi
como queriendo responder al tipo de interpretación hoy dominante, de noviembre
de 1928 Stalin afirma que quien dirige la Unión Soviética es «gente sobria y
tranquila», angustiada sin embargo por el problema de cómo defender «la
independencia» de un país decididamente más atrasado que los potenciales enemigos
que lo rodean345. Actúa por lo tanto la preocupación por una situación
internacional percibida como cada vez más amenazadora. A finales de noviembre
de 1925 había sido estipulado el tratado de Locarno. Reaproximando Francia y
Alemania, había recompuesto la fractura de las potencias occidentales que se
habían enfrentado durante la Primera guerra mundial, sancionado así el
aislamiento de la URSS: no faltaban voces que pedían «una cruzada europea
contra el comunismo»346. De modo que en Moscú, personalidades de
primer plano como Zinoviev, Radek y Kamenev subrayan dramáticamente el peligro
de agresión que se está dibujando en el Horizonte.347
Interviene,
algunos meses después, el golpe de Estado que corona en Polonia la ascensión al
poder de Pilsudski, un enemigo declarado de la Unión Soviética: en su estudio está
bien a la vista el Napoleón de David, retratado mientras pasa los Alpes; en realidad
Pilsudski lo admiraba por su invasión dé Rusia. Esta última empresa había contado
con la participación de los polacos: lo subraya con orgullo el nuevo hombre
fuerte de Varsovia, que aspira a arrancar Ucrania a la URSS para hacer de ella
un aliado fiel y subalterno348. El 24 de agosto de 1926, Pilsudski
rechaza la propuesta de Moscú de un tratado de no agresión, y más tarde el
ministro de Exteriores soviético denuncia los planes de Polonia dirigidos a
«adquirir un protectorado en los países bálticos». El año después la situación internacional
se oscurece aún más: Gran Bretaña rompe relaciones comerciales y diplomáticas
con la Unión Soviética y el mariscal Ferdinand Foch invita a Francia a hacer lo
mismo; en Pekín la embajada de la URSS sufre la incursión de las tropas de
Chiang Kai-shek, azuzadas quizás desde Londres (al menos según Moscú), mientras
en Varsovia el embajador soviético es asesinado por un emigrado de la Rusia
blanca; finalmente, en Leningrado se produce una explosión en una sede del
Partido comunista.
Llegados
a este punto, es el mismo Tuchacevsky, jefe del Estado Mayor, el que hace sonar
las alarmas y exige una rápida modernización del ejército. La NEP no parece ya
capaz de resolver el problema: sí, la economía da señales de recuperación y en
1926-1927 ha vuelto a los niveles anteriores a la guerra pero en lo que respecta
a la producción industrial y la tecnología, la distancia respecto a los países capitalistas
más avanzados permanece igual. Se imponen medidas incisivas o drásticas349.
Y en los ámbitos militares se presiona por medidas similares también en la
agricultura, con el fin de asegurar la regularidad del aprovisionamiento para
el frente. Como se ve, el giro de 1929 no es resultado del capricho azaroso de
Stalin, que de hecho debe, si no contener, al menos encauzar el empuje proveniente
del ámbito militar: rechazando los sorprendentes objetivos reivindicados sobre todo
por Tuchacevsky, advierte del «militarismo rojo» que, apuntando exclusivamente
a la industria armamentística, correría el riesgo de comprometer el desarrollo
económico y por lo tanto la misma modernización del aparato militar en su
conjunto350. El viraje no es tampoco el resultado de un cisma
ideológico: más allá del poder del partido comunista y de las relaciones
sociales vigentes en la URSS está en juego la existencia de la nación: esta es
la opinión de una gran parte del grupo dirigente soviético, comenzando
obviamente por Stalin.
La
alarma parece estar más justificada por el hecho de que al oscurecerse el
horizonte internacional tanto en el plano diplomático como en el económico
(1929 es el año de la Gran depresión) se le añade dentro de Rusia la
"crisis del trigo" (la brusca caída de la cantidad de trigo puesta en
el mercado por los campesinos): «colas para adquirir alimentos se generalizaron
en las ciudades» provocando un ulterior agravamiento de la crisis. Era una
situación que «no podía no ir contra las directrices de Bujarin» -observa uno
de sus biógrafos-351. Es en este punto donde la suerte del
duunvirato está echada. La ruptura no se explica sólo por los escrúpulos
morales del miembro derrotado del duunvirato, que prevé con antelación la
«noche de San Bartolomé» provocada por la colectivización forzada de la
agricultura (supra, pp. 138-139). Lo que provoca la fractura interna es sobre
todo otro factor. También Bujarin está gravemente preocupado por el peligro de
una guerra, pero no cree que se pueda encontrar una solución en el plano
puramente nacional: la victoria real definitiva del socialismo en nuestro país
no es posible sin la ayuda de otros países y de la revolución mundial». El
dirigente bolchevique, que ya había condenado la paz de Brest-Litovsk como una
deserción cobarde y nacionalista de la causa de la lucha internacional del
proletariado revolucionario, continúa siendo fiel a tal visión del
internacionalismo:
Si
exageramos nuestras posibilidades, podría surgir una tendencia... "a
escupir" sobre la revolución internacional: tal tendencia podría dar
origen a una ideología específica, un "bolchevismo nacional"
peculiar, o cualquier otra cosa en este mismo espíritu. De aquí a otras tantas
ideas aún más peligrosas no hay más que un paso.352
Stalin,
sin embargo, parte con mayor realismo de la premisa de la estabilización del
mundo capitalista: la defensa de la URSS es en primer lugar una tarea nacional.
No se trata solamente de promover la industrialización del país a marchas
forzadas: como demuestra la "crisis del grano", la afluencia de
alimentos del campo hacia la ciudad y el ejército no está en absoluto
garantizado. A este problema era especialmente sensible un dirigente como
Stalin, que a partir de la rica experiencia acumulada en el transcurso de la
guerra civil había subrayado varias veces la importancia primordial que
tendrían para un futuro conflicto la estabilidad de la retaguardia y los
suministros alimentarios provenientes del campo. He aquí las conclusiones que
emanan de una carta a Lenin y de una entrevista a Pravda, respectivamente del
verano y del otoño de 1918: «la cuestión de los aprovisionamientos alimentarios
está naturalmente conectada con la militar». Es decir: «un ejército no puede
subsistir mucho sin una retaguardia sólida. Para que el frente sea estable es
necesario que el ejército reciba regularmente de la retaguardia los
complementos, suministros militares y avituallamientos». Todavía en vísperas de
la agresión nazi, Stalin prestará gran atención a la agricultura, considerada
como un elemento central de la defensa nacional353. Se entiende
entonces por qué al final de los años veinte la colectivización de la agricultura
pareciera la vía obligatoria si se quería acelerar drásticamente la
industrialización del país y asegurar de manera estable a las ciudades y el
ejército los suministros que necesitan todo en previsión de la guerra. En
efecto:
Dejando
aparte los costes humanos, los resultados económicos del primer plan quinquenal
fueron sorprendentes. Incrementando un 250% su producción industrial, la Rusia
soviética daba pasos de gigante para convertirse en una gran potencia
industrial [...]. Obviamente, el "gran salto adelante" en la economía
industrial de la Rusia soviética conllevaba un "gran salto adelante"
en el sector militar, con los gastos militares multiplicándose por cinco entre
1929 y 1940354.
Más
modestos son los resultados alcanzados en la agricultura, donde la superación
de la economía de subsistencia y la centralización crean en todo caso
condiciones más favorables para el normal avituallamiento de un ejército de
grandes dimensiones.
_________
(325) Tucker (1990), p. 120; cfr. también Cohén
(1986), pp. 54-5.
(326) En Cohén (1975), pp. 204-5.
(327) lbid, p. 209.
(328) lbid, pp. 215 SS.
(329) Stalin (1971-73), vol. 7, pp. 106,309 y 292 (=
Stalin, 1952-56, vol. 7, pp. 143,403 y 380-1).
(330) lbid, p. 110 (= Stalin, 1952-56, vol. 7, p.
148).
(331) Ibid, p. 76 (= Stalin, 1952-56, vol. 7, p. 104).
(332) lbid, pp. 148-9 (= Stalin, 1952-56, vol. 7,
pp. 197-8).
(333) Ibid, pp. 167-8 (= Stalin, 1952-56, vol. 7,
pp. 221-2).
(334) Ibid, pp. 109 y 147 (= Stalin, 1952-56, vol. 7,
pp. 147 y 195).
(335) Ibid, pp. 158-9 (= Stalin, 1952-56, vol. 7,
pp. 210-1).
(336) Stalin (1971-73), vol. 7, p. 108 (= Stalin,
1952-56, vol. 7, p. 145).
(337) Figes (2000), p. 555.
(338) Stalin (1971-73), vol. 7, p. 139 (= Stalin,
1952-56, vol. 7, p. 185).
(339) Ibid, pp. 139-40 (= Stalin, 1952-56, vol. 7,
p. 186).
(340) lbid, pp. 139 y 160 (= Stalin, 1952-56, vol. 7,
pp. 185 y 212).
(341) lbid, pp. 108-9 (= Stalin, 1952-56, vol. 7, p.
146); cfr. Marx, Engels (1955-89), vol. 17, p. 341.
(342) Stalin (1971-73), vol. 7, p. 140 (= Stalin,
1952-56, vol. 7, p. 187); cursivas en el original.
(343) Ibid, pp. 137-8 (= Stalin, 1952-56, vol. 7, p.
183).
(344) Ibid, p. 329 (= Stalin, 1952-56, vol. 7, p. 428).
(345) Stalin (1971-73), vol. 11, pp. 219-20.
(346) Taylor (1996), p. 89.
(347) Carr (1968-69), vol. 2, pp. 265-6.
(348) Jedrzejewicz (1982), pp. 93-4 y 145-6.
(349) Davies (1989), pp. 441-2 y 462; Schneider
(1994), pp. 197-206; Mayer (2000), pp. 619. 623 y 625.
(350) Davies (1989), pp. 443-7.
(351) Cohén (1975), pp. 263-4.
(352) lbid, p. 191.
(353) Wolkogonow (1989), pp. 506-7.
(354) Mayer (2000), pp. 630-1.
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