¡Defender el Pensamiento de Mariátegui de Toda Tergiversación y Desarrollarlo en Función de la Realidad Actual!
Donald
Trump: ¿Nuevo Fascismo o Viejo Imperialismo?
Marcelo
Ñaupari
LA FIGURA DE TRUMP no puede
entenderse simplemente como un accidente histórico o por sus anomalías
psicológicas, sino como la cristalización de contradicciones profundas del
capitalismo, ya que, en “el país de la libertad”, el trumpismo es tolerado o
incluso aplaudido por la burguesía estadounidense y aliados. Ante su matonería
mundial, la violación de tratados internacionales y el rapto de Maduro, su
poder judicial se lavó las manos y dijo que no existe el Cartel de los soles,
sin embargo, sigue con el juicio ilegal; y el poder legislativo le envió una
tenue advertencia: “pero no lo vuelvas a hacer”.
La
burguesía estadounidense está preparándose desde hace algún tiempo para
enfrentar a su principal contrincante económico, la economía china, y está
generando sus condiciones para una guerra, por eso necesitan a una figura como
Trump para volver a someter a sus colonias económicas e intentar aislar a China
de insumos básicos y tecnología, y así azuzar una respuesta que escale a un
conflicto mayor.
La
claridad sobre este momento nos permite entender la estrategia de los pueblos
para esta parte del siglo XXI y organizarnos frente a fenómenos parecidos en
nuestras regiones.
El
estilo de Donald Trump es el que más nos ha hecho recordar al fascismo desde
los años 40, en que Europa se veía desbordada por este fenómeno irracional.
Trump tiene la capacidad de unificar a sectores de la pequeña burguesía y a una
clase trabajadora desposeída por la desindustrialización, canalizando su
descontento no contra el capital, sino contra chivos expiatorios: inmigrantes,
minorías, el "Estado profundo", la “ideología woke”, China y el tan
temido comunismo.
Su
movimiento está respaldado principalmente por sectores extractivos (petróleo),
militar, alta tecnología (Elon Musk, Peter Thiel) y fondos de capital privado
que ven en las regulaciones democráticas un obstáculo para su acumulación
insaciable. Es decir que la burguesía imperialista ya no se sentía protegida
por el gobierno norteamericano.
Su
fin es fortalecer un estado acorde a sus intereses (Project 2025), busca
desmantelar la administración estatal demoburguesa para sustituirla por una red
de lealtades personales, concentrando el poder ejecutivo bajo la "teoría
del ejecutivo unitario".
Como
vemos, no es un gobierno típico estadounidense, sin embargo, ¿basta con eso
para definirlo como fascista? El gobierno estadounidense ha usado muchas veces
el intervencionismo militar, las cacerías de brujas y el control del estado
para fines de grupo y no se le catalogó como fascista. La característica
principal del fascismo es convertirse en un estado corporativo, es decir tener
control total de las instituciones del Estado y organizaciones de base, las
cuales puede proscribir, infiltrarse o paralelizarlas, con el fin de enfrentar
pueblo contra pueblo y así imponer violentamente sus decisiones en las masas de
trabajadores; todo esto porque el avance del proletariado ha puesto en jaque a
la burguesía y necesita defenderse a como de lugar.
Si
bien El fenómeno Trump puede acercarse al fascismo, catalogarlo así es lavarle
la cara al capitalismo de siempre, el trumpismo es el imperialismo quitándose
la careta de la "misión civilizadora" y el multilateralismo; entonces
estaremos de acuerdo de que un Estado brutalmente represor no es exclusividad
del fascismo. Es decir que nuestra consigna debería ser desenmascarar al
capitalismo para derribarlo, definirlo como fascismo implica que nuestra
política debería ser básicamente de resistir y defender, incluso, el estado
Demoliberal, en alianza con la burguesía democrática.
La tarea es poner en
evidencia al imperialismo de Trump pues sirve a los mismos intereses de clase
que el de sus predecesores: asegurar el dominio del dólar, el control de
recursos estratégicos y la contención de rivales hegemónicos. La guerra
comercial explica su interés explícito (casi desesperación) en los recursos de
Groenlandia. Con respecto a sus propios aliados, no ejerce una presión
diplomática sino un imperialismo unilateral. Trump rompe con el orden de la
posguerra (OTAN, acuerdos comerciales) para renegociar los términos de la
hegemonía estadounidense desde una posición de fuerza bruta, sin las trabas del
derecho internacional.
Sin
embargo, el imperialismo no es incompatible con el fascismo, ya decía Dimitrov
(1935) que el fascismo es: “la dictadura terrorista abierta de los elementos
más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital
financiero"; y Trump y sus seguidores son admiradores del fascismo y lo
implantarían si pudieran someter a todo el aparato estatal estadounidense;
tampoco paralelizan organizaciones de trabajadores, básicamente porque ya no
tienen el poder de antes y muchas veces no existen; volvemos a señalar, la
respuesta de Trump responde más a intereses de hegemonía global que al avance
de procesos revolucionarios.
La
lucha contra este fenómeno no puede limitarse a la defensa de la democracia
liberal, sino que requiere la construcción de una solidaridad transnacional que
cuestione las bases mismas de la acumulación capitalista e imperialista.
Tampoco podemos subestimarlo ya que es muy peligroso, como todo capitalismo, incluyendo a esa mezcla rara de liberalismo y conservadurismo que se propaga en nuestras regiones. Ahí se hace evidente nuestra táctica, ya que no es momento para unirse a la democracia burguesa que los llaman fascismos para afirmarse como el “capitalismo bueno”.
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El Asedio
Imperialista y Reaccionario Sobre Venezuela Continúa Hasta el Día de Hoy
Santiago
Ibarra
EL 3 DE ENERO DE 2026, luego de un asedio
ininterrumpido de 19 semanas con la tecnología militar más letal del mundo, que
dejó un saldo de 105 personas asesinadas acusadas de ser narcotraficantes sin
prueba alguna, Estados Unidos invadió Venezuela, violando el derecho
internacional. El imperio en declive bombardeó Caracas, Aragua y La Guaira y
secuestró al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, la diputada Cilia Flores,
dejando asesinados a 32 militares cubanos, 24 militares venezolanos y decenas
de civiles. Con semejante asedio militar, a la vez que presionaban sobre el
gobierno venezolano, presionaban y presionan aún a los gobiernos de Cuba,
México, Colombia, Brasil, Centro América, el Caribe y Sudamérica, para obtener
de ellos concesiones económicas y, algo muy importante para Estados Unidos, que
tomen distancia de China (aumentándole los aranceles, como es el caso de
México, por ejemplo, o expulsándola de rutas marítimas fundamentales, como es
el caso reciente de Panamá).
En realidad, el asedio reaccionario
e imperialista contra Venezuela empezó bastante pronto. Poco tiempo después de
que Hugo Chávez ganara las elecciones nacionales (a fines de 1998), en abril de
2002 la oposición le dio un golpe de Estado cívico-militar e intentó asesinarlo.
Dos días después el pueblo venezolano repuso a H. Chávez como presidente de su
país.
Desde entonces, son varios los
momentos en que la oposición intentó desestabilizar y hacer caer a los
gobiernos de Chávez y Maduro. Así, por ejemplo, entre 2002 y 2003 se dio un
sabotaje petrolero nacional que duró 63 días. La oposición, altos ejecutivos y
sectores sindicales paralizaron PDVSA, exigiendo la renuncia de Hugo Chávez;
ocasionaron pérdidas económicas por un valor de 20 mil millones de dólares.
En mayo de 2004 son detenidos
50 paramilitares colombianos en una hacienda del municipio Baruta, propiedad de
Roberto Alonso, líder del grupo opositor “Bloque Democrático”. El caso es
conocido como “Rancho Daktari”.
Luego, bajo el gobierno de
Nicolás Maduro, entre febrero y marzo de 2014, se dieron protestas violentas a
nivel nacional, conocidas como “La Salida”, con el objetivo de sacar a Maduro
del poder. En febrero de 2015 se dio un intento de golpe de estado que fue
desmantelado (“Operación Jericó”), se planeaba un ataque aéreo al palacio
presidencial. En abril de 2017 se dieron nuevamente protestas violentas con
varios meses de duración. En abril de 2018 se desarticula una célula terrorista
(Operación “Gedeón II”) que buscaba desestabilizar al país.
En agosto de 2018 se da un
atentado terrorista contra Maduro con drones explosivos. En abril de 2019 se
dio un levantamiento militar (“Operación Libertad”) liderado por Juan Guaidó,
que fracasó en pocas horas.
A esto hay que agregar la
retención de 31 toneladas de oro que son parte de las reservas internacionales
de Venezuela y que están depositados en el Banco de Inglaterra. La oposición
venezolana pugna por quedarse (ilegalmente) con esas reservas. La cuestión está
en litigio en los tribunales ingleses.
La lucha contra el gobierno de
Hugo Chávez y el de Nicolás Maduro se presentaba como una lucha contra una
dictadura. Este argumento no dejó de estar presente nunca, hasta la fecha, a
pesar de que el chavismo y posteriormente el madurismo ganaron 32 elecciones
nacionales y regionales. En las elecciones de julio de 2024 Maduro ganó con más
del 51% de los votos; sin embargo, la oposición alegó que hubo fraude y que
ellos ganaron con el 70% de los votos. Empero, luego del atentado terrorista
contra Venezuela el propio Trump dijo que no le entregaría el poder a Corina
Machado porque no tiene el respeto necesario del pueblo para ejercer el cargo.
No es una casualidad desde luego que después del secuestro del presidente
Maduro no se diera en Venezuela ni una sola movilización de la oposición para
reivindicar el acto terrorista de Estados Unidos.
Las medidas unilateralmente
impuestas a Venezuela por Estados Unidos, como las sanciones económicas del 2013
al 2019, provocaron una pérdida del 98% de los ingresos económicos de Venezuela
por concepto de exportación de petróleo, como lo muestra Francesca Albanese.
Luego del bloqueo económico, el producto interno bruto se contrajo en un 80%
hasta el 2021, según el Fondo Monetario Internacional, y se produjo una
hiperinflación que América Latina no había conocido jamás, alcanzando una tasa
anual de 130.060% en 2018. Como consecuencia de la crisis económica, se produjo
un éxodo de 7.8 millones de venezolanos. No obstante que la crisis tiene su
origen en gran medida en las sanciones económicas, los medios de comunicación
han transmitido la idea de que la crisis tuvo su origen en las políticas
públicas de los gobiernos de Chávez y Maduro.
No obstante la profundidad de
la crisis económica, el gobierno de Maduro logró un crecimiento económico
ininterrumpido durante 19 trimestres. El año 2025 Venezuela logró un
crecimiento económico del 9%, siendo el país que más creció en Latinoamérica
ese año. Desde luego, para los grandes medios de comunicación este hecho
incontestable no ha sido motivo de mayores comentarios.
Lo que tenemos delante de
nuestros ojos es una lucha de clases en la que la clase dominante
estadounidense procura el control del petróleo y de otros recursos naturales
existentes en Venezuela. Por su parte, la oligarquía venezolana ha buscado
alcanzar el mismo objetivo, y asaltar el poder político, pero subordinada a los
Estados Unidos. En ese marco también se han desenvuelto las acciones del
gobierno venezolano, lo que no hay que dejar a un lado al momento de hacer un
análisis de los hechos ocurridos en este período de tiempo (1999-2026).
Aún hoy en día, después del
atentado terrorista del 3 de enero, el pueblo y el gobierno venezolanos siguen
amenazados por los buques de guerra y la tecnología militar de los Estados
Unidos. No hay tregua para Venezuela. En medio de todos los obstáculos, empero,
la dirigencia maniobra para continuar adelante.
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